Bueno, se acabó la espera. Por fin está aquí el último capítulo. Disculpas por el retraso. Exámenes, otros proyectos y demás han tenido la culpa.

Disclaimer: Como todos, no poseo MLP.


Las pisadas de Bon Bon sobre el suelo de hormigón de su celda, multiplicadas por el eco, y el silencioso silbido de su propia respiración eran los únicos ruidos que se oían en el corredor de la muerte. Encerrada en él y sin esperanzas de salir, Bon Bon esperaba su ejecución desde que, tras el juicio, el policía amarillo y su compañero azul la habían llevado a su celda.

Desde el momento en que la reja se había cerrado tras ella y los dos policías se habían marchado, miles de pensamientos habían cruzado su mente. Pero ninguno de ellos era de miedo ante su próxima muerte, que ella misma reconocía que merecía. Ni tampoco de arrepentimiento por sus crímenes.

Bon Bon no se arrepentía de nada en absoluto. Sabía perfectamente que sus crímenes eran execrables, y también por qué lo eran; pero no se arrepentía de haberlos cometido, ni siquiera después de que la hubieran condenado a muerte por ellos. Había disfrutado el placer que aquellos potrillos inocentes le habían proporcionado impulsados por el miedo que les infundían sus amenazas; y estaba segura de que volvería a abusar de un potro si se le presentaba la oportunidad.

Ya lo había demostrado con la prima de Lyra después de seis años sin haber tocado a un potro.

Aquel pensamiento hizo que el resto se dirigieran hacia su amiga, y no pudo evitar una punzada de culpabilidad. Lyra…

Bon Bon posó sus cuartos traseros en el suelo, y dejó escapar un suspiro cansado. Cada vez que pensaba en ella, Bon Bon no podía evitar recordar el momento en que había interrumpido su juicio y había tratado de cargar hacia ella con los ojos cubiertos de lágrimas. Saber que su amiga había llorado por su culpa… Era lo único que cambiaría de todo el proceso, si tuviera la capacidad de hacerlo. Todavía se estremecía al recordar su cara, arrasada por las lágrimas y contraída en un gesto de ira tras oír cómo Bon Bon había abusado de su prima pequeña cuando había venido a pasar el verano con ella en Ponyville.

En aquel momento, Bon Bon estaba segura de que Lyra iría a verla en la cárcel, aunque solo fuera para vengar a la pobre Cithara. Pero hasta aquel momento, y estaba bastante segura de que aquella era la última noche antes de su ejecución, nadie había entrado en el corredor de la muerte.

No; aquello no era cierto. Sí que había visto a alguien. Unas horas después de que la encerraran, habían aparecido otra vez los dos policías, escoltando a aquel pegaso fanático que la había insultado y le había escupido en su primera noche en prisión. Nesedap, creía que se llamaba. Incluso antes de que hiciera su aparición, Bon Bon podía oír sus gritos e insultos contra los ponis normales. Cómo habían logrado aguantar los policías sin partirle la boca, nunca lo sabría.

Y entonces, la puerta se había abierto y los tres habían entrado. El poni amarillo y el poni azul se habían limitado a seguir con su camino sin prestar atención a Bon Bon; pero el pegaso la vio. Los ojos de los dos presos se cruzaron durante apenas una centésima de segundo; pero que fue más que suficiente para que una chispa de crueldad y superioridad ardiera visiblemente en los del poni rojo mientras sus labios se curvaban en una retorcida sonrisa.

Un escalofrío recorrió todo el cuerpo de Bon Bon al ver aquella la expresión sádica y siniestra que reflejaba el rostro del pegaso. Su primer impulso fue retroceder, amedrentada, y alejarse de él todo lo posible; pero se forzó a permanecer serena y a resistir sus instintos. No iba a darle la satisfacción de saber que él la asustaba.

Y entonces comenzaron los insultos. Contra ella, contra su familia, contra su raza, contra todo lo que el pegaso pudo pensar en aquel instante; y a los que Bon Bon solo respondió con una mirada desafiante. Incluso se permitió escupirle cuando pasó por su lado, en una especie de venganza por el salivazo que Nesedap le había lanzado la noche anterior.

Al sentir el contacto del líquido sobre su fiero pelaje rojo, Nesedap se giró hacia Bon Bon, estupefacto; y cuando sus ojos vieron la mancha de saliva sobre su marca de belleza y la sonrisa de superioridad que la lanzaba la yegua, el pegaso explotó. Profiriendo un salvaje rugido de guerra, el pegaso se liberó de sus guardianes y se lanzó contra los barrotes que le separaban de Bon Bon, pero apenas había abierto las alas cuando los dos policías se lanzaron sobre él y lo redujeron con una serie de coces estratégicamente dirigidas a su cara y su abdomen.

Apenas medio minuto después, toda la fiereza y la ira que había mostrado el pegaso habían desaparecido, y él mismo había quedado reducido a una bola jadeante, acurrucada en el suelo y dándole la espalda a los policías para evitar mostrarles sus partes más vulnerables. Respiraba con dificultad por los muchos golpes que había recibido en su vientre, y su cara estaba hinchada allí donde los cascos de los agentes le habían golpeado. Un grueso hilo de sangre, apenas visible sobe el brillante color rojo de su pelaje, manaba de sus fosas nasales.

Los dos agentes intercambiaron una mirada entre ellos y, tras asentir brevemente, se llevaron a Nesedap a rastras hacia la puerta del final del pasillo, sin desviar la mirada de ella o pronunciar una sola palabra. Poco antes de llegar, Nesedap dobló su cuerpo lo suficiente como para lanzarle a Bon Bon una última mirada llena de odio y desprecio; a la que Bon Bon respondió moviendo su casco en un gesto de despedida al tiempo que sus labios se curvaban en una amplia sonrisa.

Cuando finalmente los vio desaparecer en la sala contigua y oyó el ruido de la puerta al cerrarse, Bon Bon ni siquiera se molestó en disimular el profundo suspiro de alivio que cruzó sus labios desde lo más profundo de sus pulmones. Se acabó Nesedap. Se acabó aquel pegaso psicópata sediento de sangre, repetidor ciego de consignas grabadas a fuego en su cerebro. Haciendo un gesto de victoria, Bon Bon se tumbó en el suelo y estiró todas sus patas. Ahora ya estaba muerto; y nunca más oiría hablar de él.

Sin embargo, apenas diez segundos después, un nuevo rugido de Nesedap se encargó de rebatir a Bon Bon. Como un rayo, Bon Bon se levantó del suelo y se acercó todo lo posible a la puerta por la que habían metido al pegaso, mirándola con intensidad a través de las rejas; como si esperara que de repente se volviera transparente y le revelara lo que ocurría al otro lado.

Pero, por supuesto, aquello no podía ocurrir; y Bon Bon tuvo que contentarse con escuchar los gritos que se filtraban al pasillo. Eran muchos, pero también difusos e inarticulados, más propios de una lenta agonía que de alguien furioso; y cada vez que un nuevo alarido rompía el silencio de la noche, lo que ocurría cada diez segundos, aproximadamente, un escalofrío recorría toda la longitud de espalda hasta su cola. Los gritos de dolor de Nesedap le recordaban a los lamentos de los fantasmas en las historias de miedo que su hermano mayor solía contarle cuando era pequeña.

La agonía del pegaso se prolongó durante unos cinco minutos, aunque a medida que transcurría el tiempo sus alaridos sonaban cada vez con menos intensidad y más espaciados entre sí; lo que implicaba sin lugar a dudas que su fin estaba cada vez más cerca. Y, cuando finalmente se hizo el silencio en el pasillo, Bon Bon comprendió al instante que Nesedap había muerto.

Sin embargo, Bon Bon no sintió absolutamente nada por él. Es más, incluso se alegraba de que ese maldito asesino fanático hubiera muerto. Por fin se habían acabado para siempre todas aquellas frases llenas de odio. Los ponis normales terminarán por destruir Equestria, había dicho. Bon Bon negó con fuerza, y después escupió con fuerza en la dirección de la puerta. Maldito idiota… Él sí que destruiría Equestria con su odio y su desprecio.

Apenas cinco segundos después, la puerta volvió a abrirse, y los dos policías salieron de la estancia que había al otro lado buscando salir del corredor de la muerte. Espoleada por la curiosidad, Bon Bon sacó la cabeza por entre las rejas y trató de ver qué era lo que se ocultaba tras la puerta. Necesitaba saber cómo era la estancia en que habían dado muerte a Nesedap. Tenía que saber de qué manera sería ejecutada cuando llegara su turno. Debía saber quién sería el encargado de quitarle la vida cuando los dos policías la llevaran ante él.

Sin embargo, Bon Bon no tuvo suerte. Los dos ponis le obstaculizaban la visión del cuarto, de modo que apenas pudo ver algunas tablas en el suelo por entre las patas de los agentes antes de que la puerta se cerrara. Decepcionada, Bon Bon introdujo de nuevo la cabeza en su celda, dejó escapar un tenue suspiro a través de sus labios y se sentó en el suelo de la celda. No importa, se dijo. Ya lo descubriría cuando le llegara la hora de morir.

Pocos segundos después, los dos ponis pasaron por delante de ella; pero la ignoraron por completo. Ni una mirada, ni un movimiento en su dirección, ni una palabra; hasta que salieron del corredor de la muerte. Como si no existiera. Habían pasado de ella. Pero Bon Bon lo comprendía. ¿Qué tendrían que decir dos policías a una yegua condenada a muerte por haber asesinado a un potro y a un caballo y que además había abusado sexualmente de diecinueve potros?

Desde aquel momento, y hasta entonces, nadie más había aparecido para romper la soledad de su celda. Su único contacto con el mundo exterior se limitaba a la hogaza de pan y los dos cuencos de agua que aparecían mágicamente sobre el suelo de hormigón tres veces al día, que Bon Bon identificaba con el desayuno, el almuerzo y la cena. En total, si no se había equivocado al contar, le habían dado de comer nueve veces; y de ello podía concluir que aquella era la última noche que vería.

Bon Bon suspiró de nuevo, y se tumbó de costado sobre el suelo para tratar de dormir. Prefería mil veces emplear sus últimas horas en reposar tranquila que en dar vueltas por la celda, nerviosa y angustiada como un soldado novato en su bautismo de fuego. Y tal vez cuando despertara ya estarían allí los policías, esperando para llevarla esposada hacia el cuarto en el que acabaría su vida.

Al menos, no estaba nerviosa. ¿Por qué debería estarlo? Se había ganado su ejecución con todos y cada uno de sus actos. Su condena era justa, y no había nada que apelar a ella. Y si, por alguna suerte de milagro, su abogado lograra que la pusieran en libertad, acabaría abusando de otro potro inocente. No; lo mejor para todos y para Equestria era que ella muriera al día siguiente.

Bon Bon bostezó con fuerza, se giró hasta que sus ojos quedaron mirando al techo, y cerró los ojos, dejando que la tranquilidad la invadiera. Pronto se acabaría todo. Pronto Equestria estaría libre de una violadora y asesina de potros.

Y para redondearlo, Lyra no había venido a visitarla.

Bon Bon dejó escapar un suspiro de satisfacción al mismo tiempo que sus labios se curvaban hasta formar una sonrisa. Podía sonar extraño, pero lo cierto era que le encantaba dormir en aquella celda. El silencio era perfecto. No había ningún ruido, salvo el de su propia respiración, que la ayudaba a relajarse, y no había ventanas por las que pudiera entrar la luz del sol. Además, como ya había asumido la idea de que iba a morir dentro de poco y aquello no le molestaba, no había nada que le impidiera dormir a pierna suelta por las noches.

Bon Bon sonrió de nuevo, y se dio la vuelta hasta quedar de costado. Qué paz… Completa calma, y ningún ruido indeseado que la molestara. Bueno, casi ninguno. Si se concentraba, todavía podía oír algunos jadeos al otro lado de la puerta, que ella supuso procedentes del guardia que la guardaba.

Bon Bon se encogió de hombros antes de volver a cerrar los ojos. Tal vez le estuviera dando un infarto y se estuviera muriendo, tirado en el suelo sin que nadie le hiciera caso. Pero ¿qué más le daba a ella?, se preguntó mientras intentaba conciliar el sueño. Total, tampoco podía hacer nada por ayudarle.

Unos minutos más tarde, los jadeos al fin cesaron, aunque Bon Bon ni siquiera se dio cuenta de ello. Ya estaba a punto de quedarse dormida, con suerte hasta que los dos policías la despertaran para llevarla al patíbulo.

Y, justo entonces, un golpe seco, como el de una coz, resonó por el pasillo apenas un instante antes de que la puerta golpeara contra la pared y su estampido se sumara al ya existente, duplicándolo. Sobresaltada, Bon Bon se puso en pie de un salto, corrió hacia la reja de su celda y metió la cabeza entre los barrotes para ver qué había provocado aquel estruendo; pero, cuando al fin descubrió al culpable del alboroto, sus ojos se abrieron desmesuradamente y su rostro se contrajo en una expresión de puro terror al mismo tiempo que el miedo abría un pozo en su estómago.

Lyra estaba allí. Lyra había venido. Y a juzgar por la expresión de ira en su rostro y la manera en que mantenía la mirada fija en el suelo, estaba furiosa.

Aterrada, Bon Bon trató de retroceder hasta la esquina más alejada de su celda en un vano intento de huir de su ex amiga, pero enseguida descubrió que el miedo había paralizado su cuerpo y que sus músculos no le respondían. Espoleada por la urgencia, Bon Bon trató una y otra vez de mover sus pezuñas del suelo y alejarse de allí, pero unos segundos y varios intentos fallidos después Bon Bon no tuvo más remedio que rendirse ante la evidencia: sus cascos estaban tan fijos al suelo como si alguien los hubiera clavado a él.

Los pasos de Lyra comenzaron a resonar por el pasillo, y cada vez que uno llegaba a los oídos de Bon Bon su respiración se volvía algo más irregular y el pozo frío de su estómago se agrandaba un poco más. Ya no tenía escapatoria posible; y debería enfrentarse sí o sí a la ira de su amiga.

Cuando el cuerno de Lyra y la punta de su hocico asomaron por entre las rejas del extremo, Bon Bon creyó que el corazón se le iba a salir del pecho y que iba a caer muerta allí mismo.

Pero, por desgracia para ella, aquello no llegó a ocurrir; de modo que se vio obligada a ver con horror creciente cómo Lyra caminaba en silencio absoluto hasta colocarse enfrente de ella y se giraba sin separar la mirada del suelo hasta quedar frente a frente con ella.

— Bon Bon —siseó Lyra, en un tono que pretendía ser frío y distante, pero en el que se filtraban claramente la ira y el odio contra la yegua que tenía delante.

Bon Bon no respondió. En su lugar, se limitó a mantener la mirada fija en el suelo al mismo tiempo que bajaba la cabeza, esperando resignada cualquier cosa que Lyra quisiera hacerle.

Durante unos segundos, Lyra no dijo nada, sino que simplemente miró a Bon Bon con los dientes apretados y ojos llenos de furia. Su boca se abrió y se cerró varias veces para intentar decir algo, pero de ella no llegó a brotar ningún sonido.

Entonces, la unicornio apretó los dientes con fuerza al mismo tiempo que su rostro se contraía en una expresión de ira y le dio una bofetada a Bon Bon que resonó por todo el pasillo.

Bon Bon no respondió. Se lo merecía. Se merecía eso y mucho más. Cualquier cosa que las familias de aquellos inocentes potrillos decidieran hacerle.

El sonido de una inspiración rasgada llegó a sus oídos, pero antes de que Bon Bon pudiera levantar los ojos Lyra le había propinado tres nuevos golpes con su pezuña, uno a cada lado de la cara y el último de arriba abajo.

Una vez más, Bon Bon no hizo ningún movimiento, sino que se quedó quieta, escuchando la respiración agitada de la unicornio que estaba encima de ella y resistiendo el ardiente dolor de las tres bofetadas. Pero, sin embargo, aquello no había acabado. En los cuatro años que habían pasado juntas, había aprendido que Lyra nunca estaba enfadada más de diez minutos seguidos.

Pero lo que ella había hecho no era una ofensa normal, como aquellas veces que alguien le había dicho que estaba loca por creer en la existencia de los humanos. Lo que ella había hecho era muchísimo peor. Se había aprovechado de la prima de Lyra, una potrilla de apenas ocho años, para satisfacer sus depravados impulsos carnales, le había arrancado brutalmente la inocencia y le había causado heridas y traumas muy profundos que tardaría años en sanar, si es que alguna vez llegaban a hacerlo.

Y había hecho lo mismo con otros dieciocho potros; si bien Bon Bon creía que Lyra estaba más indignada por su prima que por ellos.

De repente, Bon Bon notó el contacto de una pezuña en su barbilla, y antes de que se diera cuenta su rostro estaba frente al de su amiga. Instantáneamente, Bon Bon cerró los ojos y apartó la mirada de su rostro furioso. No podía mirarla a la cara. No después de todo lo que había sufrido por su culpa.

— Bon Bon, mírame a los ojos —ordenó Lyra autoritariamente, con tanta ira y tanta rabia en su voz que le impedían gritar como ella hubiera querido. Unos segundos antes había intentado un hechizo para mantener la cabeza de Bon Bon a la altura de su línea de visión, pero el conjuro antimagia colocado sobre el pasillo con el fin de evitar que los presos pudieran ayudarse de la magia para intentar fugarse se lo había impedido—. Bon Bon, mírame a los ojos, maldita sea.

Por supuesto, Bon Bon no la obedeció. Mantuvo la mirada clavada en el suelo de hormigón, sin moverla un solo milímetro; e incluso hizo un amago de darse la vuelta que exasperó a la unicornio.

— ¡Mírame cuando te hablo, maldita zorra violapotros! —rugió Lyra al mismo tiempo que levantaba un casco y le propinaba una nueva bofetada a Bon Bon. El impulso hizo que la cabeza de la yegua golpeara uno de los barrotes con un fuerte sonido metálico, que se extinguió con rapidez tras rebotar en las paredes del pasillo.

Bon Bon había aguantado sin dificultad los cinco golpes que le había propinado Lyra, pero esta vez tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no dejar escapar un grito de dolor; aunque sí se permitió llevarse un casco al lugar en que su cabeza había golpeado el barrote y masajeárselo suavemente para aliviar el dolor. Cuando separó el casco de su piel, Bon Bon pudo ver en él una pequeña mancha de sangre.

Aquel fue el momento que Lyra aprovechó para obligar a Bon Bon a mirarla a la cara. Como un rayo, la unicornio se puso sobre sus patas traseras, metió las delanteras por entre las barras de metal que conformaban la puerta y sacó la cabeza de Bon Bon del interior dándole un fuerte tirón. Antes de que Bon Bon pudiera reaccionar, su cabeza estaba fuera de la celda e inmovilizada entre las patas de Lyra, imposibilitándole cualquier cosa que no fuera mirarla directamente a la cara.

Bon Bon emitió un largo suspiro, y se forzó a mirar a la cara de su antigua amiga. Su cerebro le gritaba, urgiéndola a romper el contacto y correr hacia la pared posterior de la celda, pero Bon Bon se obligó a no hacerles ningún caso. Por mucho que quisiera evitarlo, ya no tenía alternativa posible.

Tan pronto como sus ojos se posaron en el rostro de su ex amiga, Bon Bon trató de contener un resoplido teñido de culpabilidad que finalmente terminó por escaparse navegando entre sus dientes y a través de su boca abierta. Frente a ella, estaba el rostro de Lyra, contraído en un gesto de ira y rabia contra la yegua que tenía enfrente; si bien detrás de aquella máscara de violencia se podía leer una tercera emoción: el desengaño. Dos líneas de pelo achatado, que señalaban por dónde habían bajado las lágrimas que había derramado al oír el testimonio de su prima, surcaban su rostro, desde su nacimiento debajo de sus ojos hasta morir en su barbilla, rodeando su hocico en su camino. Sus ojos estaban enrojecidos y surcados por centenares de diminutos vasos sanguíneos; otra señal inequívoca de que había estado llorando, si bien Bon Bon no descartaba que hubiera pasado alguna noche sin poder dormir. Mantenía los dientes apretados con fuerza, tanta que incluso le dolían; y al lado de su boca había una pequeña mancha de un líquido blanquecino.

— Lyra, tienes…

El sonido de una bofetada resonó por el pasillo, y antes incluso de que pudiera sentir el dolor un casco empujó su rostro hacia arriba hasta que estuvo frente al de la unicornio. Ahora el gesto de rabia en su rostro era mucho más evidente; y en sus ojos comenzaban a agolparse algunas lágrimas que amenazaban por desbordarse.

— ¿Sabes lo que he tenido que hacer para que me permitieran venir a visitarte, Bon Bon? —Lyra inspiró profundamente, trató en vano de ahogar un sollozo, y cogió a Bon Bon del cuello con una pezuña mientras se limpiaba la boca con el otro—. ¿Lo sabes, maldita zorra?

Bon Bon negó débilmente con la cabeza; aunque en lo más profundo de su ser podía adivinar lo que había ocurrido en los minutos anteriores a que su ex amiga hiciera su entrada en el corredor. Y aquello, junto con las lágrimas que ahora amenazaba con derramar, hacía que sintiera remordimientos.

Qué hipócrita, pensó Bon Bon. No se arrepentía en absoluto de los terribles abusos a los que había sometido a aquellos potrillos inocentes para obtener apenas unos segundos de placer criminal, ni de haberles arrebatado la inocencia de un modo tan brutal, ni de los traumas y heridas que sus actos les habían causado; pero sí de haber provocado el sufrimiento de su ex amiga.

Pero, dentro de su mente enferma, aquellos pensamientos tenían lógica. Después de sus padres, Lyra era la única pony que se había preocupado por ella, le había ofrecido su amistad, e incluso le había permitido vivir en su casa cuando se enteró de que no tenía otro sitio para dormir que la trastienda de su confitería. Lyra era la pony más amable que Bon Bon había conocido jamás; y, en su opinión, también era la pony más amable de toda Equestria. Que ella se hubiera enterado de sus crímenes equivalía a traicionar su confianza. Y eso era algo que ella no se merecía.

— ¿Cómo has podido, Bon Bon? —inquirió Lyra, tal vez retóricamente, tal vez con la intención de obtener una respuesta, y con dos nuevos ríos de lágrimas fluyendo alrededor de su hocico—. ¿Cómo has podido hacerle eso a tantos potros? —Lyra hipó con fuerza, se limpió las lágrimas y miró directamente a Bon Bon con ojos llenos de furia antes de tragar saliva, reuniendo fuerzas para hacerle aquella pregunta que amenazaba con destrozarla por dentro—: ¿Cómo has podido… cómo has podido hacerle eso a mi prima?

Tan pronto como la última palabra traspasó la puerta de sus labios, la unicornio colapsó en una potente y horripilante mezcla de gemido y grito de rabia, tras el cual sus patas delanteras cedieron y su cuerpo se precipitó sobre el suelo con un ruido sordo. Lloraba. Por el desengaño que había supuesto conocer los crímenes de la yegua a quien creía su amiga, por descubrir que esa yegua había violado a casi veinte potros, uno de los cuales era su prima; y por la rabia y la impotencia que sentía por no poder dar su merecido a la criminal protegida tras las rejas.

Bon Bon no respondió, y bajó la cabeza hasta casi tocar el suelo, intentando contener las lágrimas. Sabía perfectamente que la respuesta que iba a dar solo conseguiría exasperar aún más a Lyra. Pero, por desgracia para ella, su silencio tuvo el mismo efecto que habrían logrado sus palabras; y tras aproximadamente un minuto de mutismo el casco de Lyra impactó por séptima vez en su rostro, haciendo que su cabeza volviera a chocar contra uno de los barrotes. La fuerza del golpe abrió una pequeña brecha en su frente, de la que enseguida brotó la sangre, formando una fina corriente escarlata que bajaba por el lateral de su cabeza, tiñendo su pelaje crema con el color de la sangre.

Una vez más, Bon Bon no hizo ningún gesto de dolor, ni tampoco se alarmó cuando sintió el líquido vital correr por su cara. Era su merecido, se decía una y otra vez para soportarlo estoicamente. Era lo que se merecía por sus crímenes.

— Al menos dime que te arrepientes —dijo Lyra, iracunda, sujetando la cabeza de Bon Bon con su casco y mirándola directamente a los ojos. Estaba tan furiosa que se había olvidado de gritar—. Dime que te arrepientes de haberle hecho eso a mi prima. Dime que lo sientes, maldita sea.

De nuevo, Bon Bon se limitó a mirar a Lyra, pero esta vez lo hizo temblando. Ahí estaba. Ahí estaba aquella demanda que quería evitar.

Porque Bon Bon no se arrepentía en absoluto de nada. No lamentaba en absoluto haberse aprovechado de la potrilla para obtener su depravado placer. Sabía que era un acto horrible, pero lo había hecho, lo había disfrutado, y lo volvería a hacer si tuviera la oportunidad.

Pero ¿podía decirle eso a Lyra? ¿Podía decirle que en absoluto sentía remordimientos por lo que había hecho?

Bon Bon la miró, y suspiró. Sería tan fácil mentirle… Tan solo tenía que decir una palabra, y Lyra se quedaría tranquila el resto de su vida.

Bon Bon sacudió la cabeza con fuerza, y después tragó saliva. No. No podía hacerlo. Lyra era su amiga, y se merecía la verdad. No podía mentirle. No a ella.

— No.

Durante un segundo, Lyra se limitó a mirar a Bon Bon con cara de tonta, sin comprender muy bien lo que pasaba. Aquello no tenía que pasar. Bon Bon tenía que decir que lo sentía. Que desearía no haber puesto nunca un casco encima de un potrillo inocente. Y por ello, su negativa la golpeó con mucha más fuerza.

— ¿Cómo que no? —inquirió Lyra. Intentaba aparentar calma, pero en su interior nueva furia comenzaba a agolparse, uniendo a la que ya estaba ahí y creando una peligrosa acumulación de furia que, al no encontrar salida, seguía creciendo hasta alcanzar niveles peligrosos. Casi sin que ella se diera cuenta, su casco delantero derecho subió hasta formar un gesto de amenaza—. ¿Qué quiere decir que no?

— Quiere decir que no me arrepiento de nada —dijo Bon Bon con toda la firmeza que pudo reunir, y obligándose a mirar a Lyra a los ojos—. Que volvería a hacerlo.

En aquel momento, Lyra estalló. Había soportado muchas cosas hasta aquel momento. Averiguar que su amiga no era la simple confitera que ella creía que era, sino una depravada violapotros, descubrir que su propia prima había sido una de sus víctimas, y saber que, no contenta con abusar de ellos, también había cometido dos asesinatos. Pero escuchar que no vacilaría en cometer aquellos depravados actos si se le ofrecía la oportunidad fue demasiado para ella.

Profiriendo un potente grito de rabia que el guardia apostado en el exterior del pasillo no oyó, o más probablemente decidió ignorar, la unicornio se lanzó sobre Bon Bon y desató su ira sobre ella en forma de una furiosa lluvia de golpes salpicada de insultos e improperios contra Bon Bon. Bofetadas, coces, pisotones, uno detrás de otro cayeron sobre su cabeza uno detrás de otro sin que la yegua se molestara en defenderse ni evitarlos. Tan solo permanecía echada sobre su vientre, con los ojos cerrados, a la espera de que la ira de Lyra desapareciera y la paliza terminara.

Sin embargo, aquello todavía tardó algunos minutos en ocurrir; y cuando por fin los golpes de la yegua cesaron, Bon Bon se encontró de costado sobre el suelo de su celda, con el rostro hinchado por todos los golpes que había recibido y todos los nervios de su cabeza gritando de dolor. Sin embargo, ella permanecía en absoluto silencio; con su respiración entrecortada como el único sonido que salía de su cuerpo. Dos gruesos chorros de sangre fluían desde sus fosas nasales, aplastando y tiñendo su pelaje de escarlata allí por donde pasaban.

Respirando con dificultad a través de su nariz obstruida por la sangre, Bon Bon trató de ponerse en pie, pero tan pronto como hizo el primer movimiento la yegua sintió una pezuña en la parte posterior de su cabeza y la presión punzante de la punta del cuerno de Lyra sobre su garganta. Instintivamente, la adrenalina corrió por sus venas al mismo tiempo que el gélido miedo bajaba por su columna; y giró los ojos hacia el rostro de su ex amiga, si bien por la postura en que estaba no logró verlo.

—Te mato, Bon Bon —siseó Lyra, con tanta ira en la voz y en un tono tan amenazante que hubiera asustado a la mismísima princesa Celestia. Después, cerró los ojos con fuerza al mismo tiempo que dejaba escapar un fuerte sollozo, y apretó con más fuerza su cuerno sobre el cuello de Bon Bon, hasta que una minúscula gotita de sangre saltó a su piel turquesa—. ¡Yo te mato, maldita pederasta!

Si hubiera sido cualquier otro poni el que amenazara con matarla y tuviera su cuerno contra su garganta, a Bon Bon no le hubiera importado en absoluto. Se habría limitado a mirarlo con ojos vacíos y una expresión de total indiferencia; y muy probablemente hubiera hecho algo para provocarlo, o incluso se hubiera empalado ella misma. A ella todo le daba igual: estaba condenada a muerte; y cuándo y a manos de quién terminaría su vida carecían totalmente de importancia para ella. Es más, cuanto antes muriera, mejor, pensaba. ¿Para qué retrasar lo inevitable? Y si su asesino terminaba condenado a la misma pena, tanto peor para él.

Pero la poni que estaba delante y que amenazaba con darle muerte no era un poni cualquiera, sino Lyra. La misma poni que le había ofrecido su amistad cuando acababa de llegar a Ponyville y todavía no conocía a nadie. Aunque ahora Lyra la odiaba, y tenía toda la razón del mundo en hacerlo, Bon Bon todavía albergaba sentimientos de amistad hacia ella y deseaba que no le ocurriera nada. Si acababa ejecutada por su culpa, nunca sería capaz de perdonárselo.

— Lyra, no lo hagas —le suplicó. Su cuello se movió arriba y abajo con cada palabra que pronunciaba, clavándose un poco más su cuerno, pero Bon Bon no hizo ningún gesto de dolor—. Lyra, por favor, recapacita. No me mates, Lyra.

Lyra inspiró con fuerza, y estampó una pezuña en el suro suelo de hormigón.

— ¡Dime por qué debería hacerlo! —le exigió a gritos, pateando el suelo con el mismo casco que había usado para darle un pisotón, preparándose para cargar, tal y como lo había hecho en el juicio, algunos días antes—. ¡Dame una sola razón por la que no deba matarte aquí y ahora!

A pesar de la delicada situación en que se encontraba, y de que debía reaccionar con rapidez si quería evitar que Lyra cometiera una locura de la que se arrepentiría más tarde, Bon Bon se permitió dejar escapar un largo suspiro. Necesitaba encontrar un motivo para perdonarle la vida; y había tantos y tantos para hacer justo lo contrario…

— Porque no quiero que te condenen a ti también —murmuró finalmente, tras un tiempo que a las dos yeguas se les hizo eterno—. No quiero que te maten, Lyra. Tú no eres una asesina. —Negó con la cabeza, y miró fijamente al rostro de la unicornio, cuyos ojos estaban muy abiertos en un gesto de sorpresa—. No te conviertas en una.

Durante un larguísimo segundo, Lyra se limitó a mirar a Bon Bon, con rostro desorientado y reflexionando sobre sus palabras sin saber muy bien qué hacer. Por cómo habían sonado, casi parecía que Bon Bon, después de todo lo que había hecho, se preocupaba por ella. Sobrecogida, retrocedió un paso, solo para volver al darlo y colocar su cuerno sobre el cuello de la yegua con un gesto de rabia y una inspiración rasgada.

Los ojos de Bon Bon se abrieron de par en par, pero apenas un segundo después los cerró de nuevo, y luchó para erradicar la sensación de fracaso que sentía por no haber podido convencer a Lyra y relajar su cara en un gesto pacífico. Así, en paz, era como quería que todo terminara.

— Lyra, no lo hagas —susurró en un tono que ella quería que hubiese sido neutro, pero que su ex amiga captó como suplicante—. Por favor.

Lyra negó con fuerza, e hizo retroceder su cabeza unos centímetros para poder embestir con más fuerza contra su garganta. Entonces, profirió un agudo grito, y Bon Bon apretó los ojos con fuerza, preparándose para el fin mientras un último pensamiento le recriminaba no haber podido salvar a su amiga.

Sin embargo, el cuerno nunca llegó a hundirse en su carne, sino que se detuvo a un casco de distancia de su piel. Detrás de él, estaba Lyra, con los ojos cerrados con fuerza y apuntando a un punto distante. Un sollozo brotó de lo más profundo de sus pulmones, y las lágrimas comenzaron a deslizarse una vez más por su rostro.

Bon Bon tenía razón. No era una asesina. No podía matarla.

Tan pronto como los sollozos entrecortados de la unicornio alcanzaron sus oídos, los pensamientos de fracaso de Bon Bon desaparecieron para ser sustituidos por una expresión de victoria y una enorme paz y alivio en su pecho antes de comenzar también a derramar lágrimas de alivio y agradecimiento. En silencio, agradeció a quien fuera que lo hubiera conseguido que Lyra no hubiera cometido el error más terrible de su vida.

En los dos minutos siguientes, ninguna de las dos yeguas se movió ni siquiera un milímetro. Lyra permaneció sentada en el suelo, llorando y contemplando en su mente el terrible crimen que había estado a punto de cometer al mismo tiempo que se alegraba por haberse detenido a tiempo; y Bon Bon siguió tumbada sobre su costado, con la cabeza apretada contra su cuerpo y su garganta contra su pecho, dando gracias en su mente por seguir viva. Nunca se había sentido tan contenta de estarlo.

—Gracias, Lyra —susurró.

Un gesto de confusión y desesperación a partes iguales apareció en el rostro de la unicornio; y antes de que alguna de las dos se diera cuenta de lo que ocurría se había dado la vuelta y coceado a Bon Bon en la cara.

Incapaz de contenerse, Bon Bon emitió un fuerte grito de dolor al tiempo que se llevaba los cascos a la boca; y enterró la cabeza en su pecho en un intento infructuoso de acallar el dolor que sentía. La sangre comenzó a fluir, llenando su boca con su fuerte sabor metálico; y Bon Bon tosió con fuerza, escupiendo un par de dientes enrojecidos.

— Volveré mañana, Bon Bon —siseó amenazadora, señalándola acusadoramente con un casco—. Volveré mañana para ver cómo te ejecuten. Estaré allí mientras agonizas y sufres, y cuando al fin el verdugo haya acabado con tu miserable vida cogeré tu cabeza y se la enseñaré a esos pobres potros para que puedan celebrar que estás muerta.

Bon Bon no respondió. Ni siquiera hubiera merecido la pena hacerlo. Solo habría conseguido enfadar todavía más a Lyra. Pero, en cambio, sí trató de sobreponerse al dolor que irradiaba desde su boca, y a duras penas y apoyándose en sus barrotes, logró ponerse en pie justo a tiempo para ver cómo Lyra le lanzaba una última mirada asesina y se marchaba de allí a la carrera.

Cuando el portazo que dio la unicornio al salir del corredor llegó a sus oídos, Bon Bon se dejó caer sin fuerzas sobre el suelo, que golpeó con un ruido sordo. Muy lentamente, como si temiese que se rompería si se movía a más velocidad, se giró hasta quedar mirando al techo, y dejó escapar un largo suspiro.

El enfrentamiento con Lyra había transcurrido exactamente como lo había pensado, con la unicornio recriminándole a gritos sus crímenes y ella limitándose a soportarlos tratando de contener sus gestos de dolor. Pero, sin embargo, nunca hubiera esperado que Lyra llegara a golpearla. En las raras ocasiones en que algún comentario despectivo sobre su música o su firme creencia en la existencia de los humanos lograba enfadarla, nunca se había puesto violenta. Siempre se había limitado a ignorarlo y a tragarse su mal humor.

Claro que lo que ella había hecho era infinitamente más grave que decirle que desperdiciaba su vida en una fantasía sin fundamento.

Pero aquel momento en que había estado a punto de clavarle su cuerno en la garganta… Bon Bon resopló con fuerza. No quería admitirlo, pero lo cierto era que, en el instante en que Lyra había retrocedido para embestirla había sentido verdadero pánico. No por ella, sino por Lyra. Una lágrima brotó en su ojo derecho, que enseguida desapareció enjugada por su casco. No podría haber soportado que la ejecutaran por su culpa.

Bon Bon dio un fuerte resoplido; y trató de limpiar aquellos pensamientos de su mente. Todo había terminado ya. Se había enfrentado a Lyra, y todo había terminado bien. O al menos, todo lo bien que podía pedir.

Sin embargo, sus pensamientos no cesaban de desviarse hacia la última amenaza que había proferido la unicornio, justo después de cocearla y antes de abandonar el corredor de la muerte. "Estaré ahí cuando te maten, y recogeré tu cabeza para enseñársela a esos pobres potros". Esas habían sido sus palabras textuales. Pero ¿cumpliría lo dicho? ¿O era solo un farol, una última frase escupida como producto de la ira y que no resultaría posible llevar a la práctica?

Exhalando un último y prolongado suspiro, Bon Bon se giró lentamente y cerró los ojos, tratando de conciliar el sueño. A fin de cuentas, ¿qué más daba si al final sus palabras eran ciertas? La sentencia se llevaría a cabo estuviera Lyra presente o no; eso desde luego. Con ella o sin ella en el patíbulo, Bon Bon entraría en él viva y saldría de allí muerta. Aquellos eran sus últimas horas de vida, que había decidido invertir en dormir para aparecer presentable en lugar de con ojeras y los ojos rojos, surcados de pequeñas venas.

Sin embargo, su última noche en el mundo no resultó tan placentera como el que ella había planeado. En lugar de transcurrir plácidamente y dormir de un tirón hasta que los dos agentes la despertaran para llevarla al patíbulo, su sueño resultó ligero y fragmentado, interrumpido por escenas de su vida o de sus crímenes cada vez que había logrado conciliar el sueño. Y estas, no contentas con impedirle dormir, devolvían además a su cerebro a la plena actividad, introduciendo en él reflexiones sobre sus actos; y más concretamente sobre los resultados de las mismas. ¿Había valido la pena todo aquello?¿Había valido la pena abusar de aquellos potros? ¿Había merecido la pena aquellos breves y frecuentes instantes de placer conseguido mediante abusos y amenazas a cambio de ser condenada a muerte?

Con toda seguridad, cualquier preso hubiera dicho que no y que daría cualquier cosa por poder volver atrás en el tiempo y evitar cometer aquellos crímenes; pero Bon Bon no. Había disfrutado cada segundo, y había aceptado desde el principio que este sería su destino.

Y por ello, cuando al fin el sol disipó las tinieblas de la noche y los dos policías entraron en su celda, no opuso resistencia ni hizo gesto alguno más allá de uno de completa sumisión y resignación. A paso lento y con los dos policías flanqueándola, el azul a su derecha y el amarillo a su izquierda, Bon Bon salió de su celda por última vez en su vida. Tras algunos pasos, el policía azul se separó de su lado, y un segundo después la puerta de su celda se cerró con un fuerte estampido metálico.

Aquella vez, el ruido no pilló a Bon Bon por sorpresa; pero cuando el sonido del choque entre piedra y metal llegó a sus oídos dio un fuerte respingo y un pequeño salto que hizo que los policías se volvieran a mirarla.

— Por no perder la costumbre —murmuró, medio para sí, medio para nadie, sin saber muy bien por qué.

El pony azul y el amarillo, que no entendían en absoluto lo que había querido decir su prisionera, intercambiaron una mirada de asombro y extrañeza; para negar con la cabeza y retomar su camino a un paso mucho más rápido del que marcaba Bon Bon. Al contrario que ellos, que querían llevarla a la sala de ejecuciones lo antes posible y acabar de una vez con aquella obligación, Bon Bon caminaba a un ritmo mucho más lento, tratando de alargar lo máximo posible la última caminata de su vida. A pesar de todas las veces que había manifestado que no le importaba en absoluto morir, una vez había llegado el momento de enfrentarse a su ejecución se había encontrado a sí misma tratando de retrasar el momento todo lo posible. Al igual que lo habían hecho la inmensa mayoría de los reclusos que habían recorrido el mismo camino antes que ella.

Sin embargo, al contrario de lo que hubiera podido esperarse, los dos policías no se cansaron de su lentitud ni la obligaron a acelerar el paso. Los dos compañeros habían llevado a un condenado a su ejecución varias decenas de veces, y tras tantos viajes habían aprendido a dejar que cada uno recorriera a su propio ritmo el corredor de la muerte y a intervenir si y solo si el condenado oponía resistencia y se negaba a caminar. Los resultados eran buenos, y desde que lo hacían así apenas se las había revelado un preso, un noble que dirigía un sindicato del crimen y al que Celestia quería ejecutar en público para que sirviera de lección sus súbditos.

Y, por supuesto, Bon Bon no fue la excepción. Sabedora de que no tenía salvación posible, la yegua anduvo hasta la puerta al ritmo más lento que pudo, tratando de alargar unos minutos más su vida. Pero, al fin, su camino se acabó, y se encontró frente a frente con la puerta del patíbulo.

El momento había llegado.

Bon Bon inspiró hondo varias veces para calmarse y reunir fuerzas, y levantó un casco cuando uno de los policías alargó el suyo para abrir la puerta para impedírselo. Aquel momento le correspondía a ella y solo a ella.

No quería reconocerlo, pero estaba realmente nerviosa. Su casco temblaba a medida que cortaba al aire hasta el picaporte, y cuando finalmente lo asió sus temblores alcanzaron tal intensidad que parecía que había recibido una descarga. Bon Bon dedicó una mirada asustada a los policías, que le devolvieron una de completa neutralidad —e incluso superioridad, se atrevería a decir—. Entonces, tragó saliva y abrió la puerta; y la sala de ejecuciones se descubrió ante sus ojos.

La sala de ejecuciones era, después del Tártaro y el Bosque Everfree, el lugar de Equestria sobre el que más mitos se contaban. El imaginario popular, inflamado por la falta de datos sobre las ejecuciones y el enorme secretismo que rodeaba a estas, había suplido la ignorancia con una imaginación desbordante y cientos de historias que corrían de boca en boca, modificándose y agrandándose cada vez que un poni la contaba. Se decía, por ejemplo, que aquellos desdichados que tenían la desgracia de ser condenados a muerte cumplían su condena en una minúscula jaula en la que no se les proporcionaba comida alguna hasta que morían de hambre. Otros afirmaban que los condenados eran llevados al Imperio Grifo, donde eran devorados por estos, algunos, que las fuerzas de élite del ejército los utilizaban como enemigos en sus maniobras militares; y había incluso quienes se atrevían a afirmar que los verdugos pertenecían en realidad a una secta de ponis caníbales leales a la mismísima Nightmare Moon y devoraban a los condenados aún con vida hasta que de ellos no quedaban más que los huesos mondos.

Por supuesto, Bon Bon nunca había creído nada de aquello, que consideraba como cuentos de viejas sin fundamentos. Por ello, cuando por fin sus ojos descubrieron lo que se ocultaba tras la puerta, sus ojos brillaron con orgullo al tiempo que una amplia sonrisa cruzaba su rostro. No se equivocaba.

Las ala de ejecuciones era un espacio pequeño y rectangular, de unos cinco metros de largo por tres de ancho y dos de alto; pero lo justo y necesario para un verdugo y un condenado, y tal vez un par de espectadores. Las paredes estaban pintadas de un blanco verdoso, que al recibir la luz que se filtraba por una claraboya sumía toda la habitación en una débil luz verde que daba la impresión de que alguna clase de magia especialmente poderosa impregnaba aquella estancia. El suelo estaba cubierto por baldosas triangulares de color naranja, perfectamente limpias y sin ninguna mancha de sangre, que se unían en el centro de la habitación, donde se levantaba un solitario palo de madera de dos metros de alto. De él colgaban dos cuerdas, clavadas a él a diferentes alturas; y a aproximadamente metro y medio del suelo se hallaba abierto un anillo de metal, en cuyo punto medio había una bola de hierro de tamaño mediano. Al lado del aparato, se encontraba un poni normal de pelaje verde lima y crin turquesa. Bon Bon lo reconoció inmediatamente como el verdugo que llevaría a cabo la ejecución.

— ¡Buenos días! —saludó alegremente a los dos policías, con una sonrisa cordial en su rostro. Bon Bon cerró los ojos y suspiró. Por su actitud, podía deducir que le entusiasmaba su trabajo, y que seguro que disfrutaría ejecutándola. Bueno, por lo menos uno de los dos se divertiría—. ¿Qué, chicos, qué me traéis hoy?

— Una pederasta y asesina —respondió Bon Bon en tono neutro. Prefería enumerar ella misma sus crímenes antes de que otro lo hiciera por ella.

Al instante, la expresión del verdugo cambió radicalmente. Su amplia sonrisa se transformó en una mueca de repulsión, su expresión se llenó de odio y su mirada se volvió asesina. Sin embargo, Bon Bon no le prestó la menor atención. Iba a morir. ¿Qué más le daba lo que los demás pensaran de ella?

— Se llama Sweetie Drops. Fue condenada a muerte hace tres días por diecisiete violaciones de menores y dos asesinatos, uno de ellos de un potro —explicó el policía amarillo, y con cada palabra que salía de su boca la expresión del verdugo se volvía más sombría y llena de rabia, hasta el punto en que apretaba los dientes con tanta fuerza que por un momento pareció que iban a romperse—. Lenta y dolorosa. Que sufra mucho. Que sufra por sus crímenes.

Por un momento, Bon Bon miró al policía sin comprender, pero en cuanto escuchó hablar del sufrimiento cayó en la cuenta de que hablaban de su muerte. Entonces, bajó la cabeza, y dejó escapar un largo suspiro. Teniendo en cuenta sus actos, no merecía una muerte rápida e indolora.

— Descuida, yo me ocupo —dijo el verdugo, y después se giró hacia Bon Bon, de tal manera que, por primera vez desde que estaba en la sala, pudo ver el arco y la flecha que componían su marca de belleza. Le dedicó una última mirada de odio, a la que Bon Bon replicó con indiferencia, y le hizo un gesto para que se acercara—. Venga, acércate al garrote y quédate mirando a la puerta.

Bon Bon abrió los ojos al oír aquel nombre, y lo ojeó con curiosidad renovada mientras cumplía la orden y caminaba hacia el lugar que el verdugo le había indicado. Ya sabía el nombre del aparato en que terminaría su vida. Solo le faltaba saber cómo lo haría.

— Bien. Ahora ponte de pie, con la espalda contra el palo.

Una vez más, Bon Bon obedeció bajo la atenta mirada de los policías, que a pesar de estar quietos se mantenían listos para actuar si fuera necesario, y del verdugo. Debido a su falta de práctica necesitó tres intentos para poder mantener el equilibrio mientras se mantenía en pie, pero al fin sintió el frío contacto de la madera sobre su espalda. Sin perder su expresión de indiferencia, se giró hacia el verdugo, esperando su próxima orden.

— Caballeros, si son tan amables —dijo él, dirigiéndose a los policías en lugar de a la yegua; y estos respondieron con afirmaciones de cabeza.

Como si fueran un solo pony, los tres avanzaron al mismo tiempo hacia el garrote, y una vez allí ataron las dos cuerdas que caían del mismo alrededor del cuerpo de Bon Bon, una alrededor de su pecho y la otra alrededor de su cintura. El proceso fue rápido, gracias a la experiencia que habían acumulado tras múltiples ejecuciones, de modo que en menos de un minuto Bon Bon estaba atada al palo con tanta firmeza que era imposible que se cayera.

Una vez los tres ponis concluyeron el trabajo, los dos policías se separaron del instrumento asesino, mientras que el verdugo permaneció a su lado, comprobando con su pezuña la tensión de las cuerdas y si había alguna posibilidad de que las uniones entre ellas cedieran por el peso. De vez en cuando, afirmaba con la cabeza y murmuraba algo para sí mismo.

Aproximadamente dos minutos después, el verdugo dio por concluidas sus comprobaciones y, tras unos instantes de descanso a cuatro patas y unas palabras de agradecimiento y elogio a los agentes, volvió a ponerse en pie. Usando el palo de madera como punto de apoyo y tratando de evitar la mirada vacía e indiferente de la yegua, el poni normal alargó su casco y cerró el anillo de metal alrededor de la garganta de Bon Bon.

Al sentir el frío contacto la bola de metal sobre su piel, el rostro de Bon Bon se contrajo ligeramente en un gesto de incomodidad. Su reacción instintiva fue echar su cuerpo hacia atrás, pero su cuello estaba tocando el palo de madera, que le impedía hacer aquel movimiento. Entonces, trató de apartarla con un casco, pero las mismas cuerdas que evitaban que su cuerpo cayera al suelo inmovilizaban también sus patas y le impedían cualquier movimiento.

— Bueno, señores, a partir de ahora me encargo yo —anunció el verdugo, mirando directamente a los dos agentes, e inclinó ligeramente la cabeza en un gesto de agradecimiento—. Muchas gracias por su ayuda.

— A ti, por ejecutarla y borrar a este desperdicio de espacio de Equestria. —Un gesto de dolor cruzó por un instante el rostro del verdugo al tiempo que volvía brevemente la mirada al suelo—. Venga, nos vemos cuando ejecuten a otro. ¿No iban a juzgar pronto a uno que se había cargado a unas cuantas yegüezuelas? —le preguntó a su compañero amarillo, que ya había salido por la puerta y enfilaba el pasillo en dirección al patio.

Sin embargo, este no le oyó, o bien decidió no responderle; de modo que el poni azul se vio obligado a murmurar una disculpa y retirarse rápidamente. Una vez se hubo marchado, el verdugo cerró la puerta y se dirigió a la parte posterior del garrote, donde podía verse una barra de hierro horizontal soldada a un tornillo que se hundía en la madera del instrumento, exactamente a la altura de la bola metálica que incomodaba a Bon Bon. Desde donde ella estaba no podía verlo, pero el verdugo caminaba con la cabeza gacha y arrastrando los pies lentamente por el suelo.

— Bueno, ¿y esto cómo funciona? —preguntó Bon Bon de sopetón justo antes de que el poni normal se pusiera sobre sus patas traseras para alcanzar la manivela que controlaba el aparato.

— Me alegro de que lo preguntes —respondió él justo después de caer a tierra. Su expresión había animado un poco, y el gesto de dolor que la cruzaba había desaparecido—. Verás, la máquina se llama garrote vil. Tiene dos cuerdas para atarte, un collar de hierro y una bola de acero que va en la garganta del condenado. ¿La sientes? —Bon Bon respondió afirmativamente, y el verdugo asintió con la cabeza—. Bien, pues la idea es que al girar el tornillo que hay justo detrás del collar, este retrocede y la bola te rompe el cuello.

— Pero… —comenzó Bon Bon, segura de que había un pero. Si no, no hubiera dicho la palabra "idea".

— Pero casi nunca es así. —El poni verde volvió a erguirse sobre sus patas traseras, y esta vez consiguió apoyar las delanteras sobre la manivela del garrote—. Normalmente, lo que ocurre es que el condenado acaba asfixiándose porque la bola le aprieta la garganta y lo estrangula—explicó al tiempo que hacía pequeños movimientos con las pezuñas para comprobar que los mecanismos del aparato funcionaban como deberían.

Bon Bon cerró los ojos, pensativa, y después emitió un largo suspiro. Parecía que iba a tener un final acorde con los sufrimientos que había causado con sus abusos a aquellos inocentes potrillos y a sus familias; lleno del mismo dolor y sufrimientos que ellos habían padecido. Un final acorde con su vida.

— ¿Tienes algún último deseo, Sweetie Drops? —preguntó el verdugo, colocando la cabeza alrededor del poste del garrote para mirarla a la cara.

Bon Bon levantó la cabeza y miró al poni verde, pensativa. En realidad, solo deseaba que la ejecutaran ya y todo terminara de una vez. Pero, cuando estaba a punto de decir eso, un pensamiento atravesó repentinamente su cerebro y le hizo cambiar de opinión.

— Sí —dijo, y dirigió su mirada al infinito. Sabía que lo que iba a ocurrir si se lo concedían no sería agradable en absoluto, pero tenía que hacerlo. Sus víctimas merecían algo más que el consuelo de ver muerta a su violadora por destruir su inocencia y marcarlos de por vida—. Llama a Lyra Heartstrings y dile que tengo algo importante que decirle. Es una unicornio verde turquesa con una lira como marca de belleza. Me dijo que vendría a verme morir, así que debe de estar por aquí cerca.

El verdugo la miró durante un momento, sopesando su petición, y tras unos segundos de reflexión bajó a tierra, decidido a cumplirlo. Por lo menos no había sido nada descabellado, como cuando aquel psicópata pirómano le había pedido que quemara toda la ciudad de Canterlot en su memoria.

Por suerte para él, le fue fácil encontrarla. Lyra había decidido cumplir la promesa que le había hecho a Bon Bon, y estaba junto con el resto de las víctimas en el patio de la prisión de Canterlot, el lugar más cercano al patíbulo en el que las normas de la prisión le permitían permanecer. Caminaba en círculos, a veces mascullando algo contra las estúpidas normas qe no le permitían entrar, a veces mirando la puerta con impaciencia a la espera de que ella saliera un poni que anunciara la muerte de Bon Bon. Por ello, cuando vio aparecer al verdugo, enseguida se acercó a él para preguntarle si todo había terminado ya. Ambos intercambiaron unas palabras, y en cuanto el poni verde le dijo que era el encargado de la ejecución de Bon Bon y que su último deseo era poder decirle algo importante, Lyra solo dijo una palabra, con voz furiosa y una expresión llena de ira en su rostro:

— Vamos.

A paso ligero, los dos ponis se introdujeron en el edificio, pasaron con rapidez por la sala en la que habían juzgado a Bon Bon, y entraron en el corredor de la iba delante, impaciente por llegar y descubrir qué era aquello tan importante que Bon Bon debía decirle antes de morir. En su rostro se reflejaba todo el odio que sentía por ella, pero en su pecho latía una alegría secreta por saber que aquella maldita pederasta al fin iba a recibir su castigo y que ella podría verlo en primera fila, tal como le había dicho a Bon Bon que lo haría.

Medio metro por detrás de ella, la seguía el verdugo, sorprendido por la velocidad que demostraba la yegua, que él creía víctima suya o familiar de una. Solo así se explicaba la repulsión y la antipatía que sentía hacia la condenada que iba a ejecutar. Pero, sin importar lo furiosa que estuviera, él era el único autorizado para abrir la puerta de los dos; de modo que aceleró para llegar antes que ella.

El agudo y desagradable chirrido de la puerta al girar sobre sus goznes golpeó con fuerza los oídos de los tres ponis, poniendo una expresión de disgusto en sus rostros y forzando a Bon Bon a abrir los ojos. Hasta entonces, los había mantenido cerrados, en un estado a medias entre el sueño y el pensamiento profundo. Y aquella idea hizo que una sonrisa divertida aflorara a su rostro. Seguro que era la primera condenada a muerte de la historia en dormirse en su propia ejecución.

Sin embargo, Lyra no interpretó su sonrisa de la misma manera, sino que pensó que se estaba riendo de ella. Y aquello no le sentó nada bien. Después de abusar sexualmente de su prima y traumatizarla de por vida, que se riera de ella, su prima y la que debía haberla defendido de la perversidad de su ex amiga, aquella sonrisa burlona era la humillación definitiva.

Pero, sin embargo, Lyra no explotó. El dolor que sentiría durante su ejecución y su muerte sería suficiente castigo para ella. Además, esa maldita zorra no merecía que ella se rebajara a golpearla. Otra vez.

— Bueno, ¿se puede saber qué quieres? —inquirió, dando un fuerte pisotón al suelo; y Bon Bon cerró los ojos, pensando en cómo iba a formular su pregunta.

Por ello, la yegua no dijo nada durante los primeros diez segundos, algo que extrañaba al verdugo, después de que le hubiera dicho que tenía un mensaje para Lyra, e impacientaba extraordinariamente a la unicornio, que abrió la boca para ordenarle que se diera prisa. Sin embargo, justo antes de que la primera palabra abandonara su boca, Bon Bon habló finalmente:

— Lyra, ¿recuerdas mi tienda?

Lyra sintió con la cabeza, pero menos de un segundo después el horror y la incredulidad se adueñaron de sus rasgos; y levantó la cabeza para mirar a Bon Bon con ojos llenos de espanto. Había conseguido huir de la justicia durante diez años, y solo cuando le había sido imposible escapar había decidido confesar sus crímenes. Y por ello estaba segura de que lo que quería era sacar a la luz nuevos crímenes que aún no había revelado.

— ¿Qué has hecho, Bon Bon? —preguntó, con la voz temblorosa de rabia, pero al mismo tiempo asustada ante la magnitud de la revelación que presentía. Tragó saliva, e inquirió—: ¿A quién violaste? ¿A quién mataste? ¿Quién fue, y qué le hiciste?

Bon Bon bajó los ojos hacia ella, y le lanzó una mirada de resignación y culpabilidad, al tiempo que se lamentaba porque ella no lo supiera; aunque no fuera culpa suya que la hubiera sacado de la sala antes de que pudiera oírlo.

— Lyra… —comenzó, dubitativa. No sabía muy bien cómo expresar lo que iba a decir—. ¿Sabes por qué me condenaron a muerte?

Lyra asintió con la cabeza.

— Por dos asesinatos. Me lo dijeron los padres de Cithara.

Bon Bon hubiera asentido, pero el collar de hierro que rodeaba su cuello se lo impedía. Aquello simplificaba mucho las cosas.

— A uno de ellos lo maté en Ponyville. Se llamaba Caramel.

Al oír aquel nombre, Lyra sintió como si alguien la hubiera golpeado en la barriga y le hubiera sacado todo el aire de su pecho. Aunque no tenía mucha relación con él, lo conocía desde que era pequeña, desde que su familia se había mudado a Ponyville desde Canterlot. De hecho, había ido gracias a él y al libro de criaturas míticas equestrianas que había comenzado su obsesión por los humanos. Saber que estaba muerto por culpa de Bon Bon era un golpe bastante importante.

— Lo mataste —repitió ella, mirando al infinito y con la tristeza y la rabia reflejadas en la voz—. ¿Y qué más?

— Cuando lo maté —dijo, mirándola fijamente a los ojos para que comprendiera que lo decía en serio—, lo enterré detrás de mi tienda. Mi último deseo es que recuperes el cuerpo y se lo devuelvas a la familia; y una vez lo hayas hecho, vendas la tienda y repartas el dinero entre mis víctimas. —Cerró los ojos, tomó aire, y preguntó—: ¿Lo has entendido?

Lyra lo pensó durante un momento, y asintió con convencimiento. Si servía para ayudar a los pobres inocentes obligados a sufrir los abusos de Bon Bon, haría cualquier cosa. Bon Bon sonrió.

— Eso es todo — le dijo al verdugo, que esperaba sentado detrás del madero del garrote, justo debajo de la manivela que lo accionaba—. Puede empezar cuando quiera.

Al oír aquellas palabras, el poni verde se levantó del suelo con presteza, y en menos de un segundo estaba de pie, con sus patas traseras apoyadas sobre el suelo de baldosas y las amarillas sobre la manivela. Levantó la mirada al cielo y tomó aire, pero antes de hacer girar la manivela se volvió hacia Lyra, que permanecía de pie delante de la puerta, y le preguntó:

— ¿Vas a quedarte ahí a ver la ejecución?

—Sí —respondió Lyra sin demora, con una ira que aumentaba con cada palabra que pronunciaba—. Le prometí que la vería morir y que le daría la buena noticia a sus víctimas. ¿Está prohibido?

— No —replicó el verdugo en tono alegre—. De hecho, yo prefiero ejecutar con alguien al lado. Me quita la mente de que estoy matando a un pony, no sé si me entiendes. —Lyra asintió, y Bon Bon esbozó una sonrisa entre divertida e incrédula. ¿Pero a qué clase de verdugo le habían puesto?—. Pero a veces las ejecuciones no van demasiado bien, y el condenado comienza a gritar, y no es muy bonito. Por eso te lo pregunto, ¿estás segura de que quieres quedarte?

La unicornio sacudió la cabeza afirmativamente; y apenas un segundo después el verdugo levantó su pata delantera derecha y la dejó caer sobre el tornillo de la manivela. Inmediatamente, el collar retrocedió con un agudo chirrido y la esfera metálica se clavó en el cuello de Bon Bon, que emitió un largo aullido de dolor al tiempo que el aire era expulsado de su tráquea. Una sacudida de dolor recorrió todo su cuerpo de arriba abajo, y probablemente se hubiera retorcido de no ser porque las cuerdas se lo impedían.

— Sí, esto suele ocurrir… —comentó el verdugo al ver la expresión de asombro adornada con desagrado de Lyra, al tiempo que Bon Bon intentaba sin éxito llevarse los cascos a la garganta y quitarse el collar que la estrangulaba. Se había prometido a sí misma que moriría sin oponer resistencia, pero en el momento de la verdad su instinto de supervivencia había resultado ser más fuerte—. Puedes salir cuando quieras. ¿Estás segura de que…?

— Estoy segura —le interrumpió Lyra, haciendo un gesto con su pezuña para que se detuviera, pero al mismo tiempo apartando un poco la mirada del garrote—. Estoy bien. No te preocupes.

El verdugo se encogió de hombros y dio una nueva vuelta al tornillo, lo que sacó de los pulmones de Bon Bon el escaso aire que había logrado introducir en ellos durante la breve tregua que le habían por el dolor, volvió a gritar, pero la falta de aire ahogó su grito hasta convertirlo en poco más que un suspiro.

—Debería haber muerto a la primera vuelta —dijo el verdugo, como si estuviera hablando del tiempo en lugar de ejecutando la condena a muerte de un pony—. Pero esto casi nunca vez, un compañero tuvo que darle vueltas al tornillo media hora porque no había manera de que el condenado muriera. Fue un espectáculo terriblemente truculento —comentó, y un pequeño escalofrío lo asaltó al recordar los gritos y la sangre en el suelo y el garrote.

Lyra alzó las cejas, sorprendida, mientras trataba de calcular cuánto tardaría en morir Bon Bon. Esta, por su parte, trataba desesperadamente de conseguir algo de aire. Su rostro comenzaba a enrojecerse por la falta de oxígeno, y sentía los pulmones a punto de estallar. Espoleada por la necesidad, intentó tomar aire a grandes bocanadas, pero apenas consiguió que algunos jirones de aire llegaran hasta su pecho.

El poni verde dio dos vueltas más a la manivela, y el collar retrocedió. Un crujido resonó audiblemente por la estancia, y tanto Lyra como el verdugo levantaron la mirada con la esperanza de que hubiera sido del cuello de Bon Bon e indicara su muerte. Sin embargo, sus desordenados y desesperados movimientos en busca de aire demostraban que estaba viva.

Pero Bon Bon sabía que no le quedaba mucho. Sentía un dolor punzante en el cuello, su pecho ardía por la falta de aire, sus pulmones estaban a punto de estallar, su rostro comenzaba a amoratarse por la falta de oxígeno y la bola asesina del garrote comprimía su tráquea y le impedía por la desesperación, intentó levantar la cabeza, que no se movió ni siquiera un milímetro de su sitio, y tomó una bocanada de aire, que nunca llegó a pasar de su boca. Diminutos puntitos de vivos colores, rojos, verdes, amarillos, como si fueran los fuegos artificiales que solían lanzar en la celebración del solsticio de verano, comenzaron a llenar su visión al tiempo que las formas se difuminaban.

Voy a morir, voy a morir, pensó con urgencia; y, muy lentamente, sus labios amoratados se movieron hasta esbozar una última sonrisa. Muy pronto recibiría su merecido.

De repente, una gran masa de color verde turquesa se movió en una esquina de su campo visual, que iba apagándose gradualmente y en la que todos los colores se iban fundiendo progresivamente hasta el negro. Lyra. Se había levantado de la silla.

Peor Bon Bon no entendía muy bien por qué. Trató de pensar en alguna razón para que se hubiera levantado, pero su cerebro, falto de oxígeno, no lograba funcionar. Todas sus sensaciones iban desapareciendo gradualmente, como si alguien estuviera apagando su cerebro; pero aún pudo oír el ruido metálico de las pezuñas del verdugo al posarse sobre el tornillo del garrote. Resignada, Bon Bon cerró los ojos. Aquella vuelta sería la definitiva.

Se acabó todo, se dijo. Se acabó todo. Voy a morir.

Sin embargo, justo antes de morir, un último pensamiento, lo suficientemente claro e intenso como para superar las tinieblas de su próxima muerte, cruzó su cerebro. Pero no era un recuerdo de su familia, ni de su infancia, ni siquiera un postrero arrepentimiento por sus crímenes; sino que el relámpago mental que se había abierto paso en su cerebro eran los recuerdos de los cuatro años que había durado su amistad con Lyra.A toda velocidad, como si quisieran terminar de transcurrir antes de que la fría muerte se adueñara de su cuerpo, las escenas se sucedían en su cerebro, comenzando en el momento en que las dos se habían conocido y repasando los acontecimientos que habían vivido juntas hasta el momento de su detención.

A pesar de la inminencia de su muerte, una reconfortante sensación de paz y calidez, tan poderosa que incluso lograba hacerle olvidar su situación, se asentó en el pecho de Bon Bon al tiempo que rememoraba aquellos instantes tan felices de su vida. Había tenido tanta suerte al gozar de la amistad de una yegua tan alegre, amable y generosa; y había sido tan estúpida como para destruirla de un plumazo. Y lo que era peor: Lyra nunca sabría lo mucho que atesoraba en su corazón el tiempo que había pasado con ella.

Pero, sin embargo, lo intentaría. Aunque no pudiera conseguirlo, al menos moriría intentándolo. Muy lentamente, sus labios se abrieron, formando las palabras que la falta de aire le impedía pronunciar:

— Lyra… Muchas gracias por todo.


¿Por qué una ejecución en el garrote? La verdad, porque estaba buscando en la Wikipedia formas de ejecutar, encontré esta y me pareció original. Además, era el instrumento que se utilizaba en España. Agradecimiento especial a un blog especializado en modos de ejecutar por su magnífica explicación sobre cómo funcionaba.

Y hasta aquí este fic. Espero que os haya gustado. Si os habéis quedado con ganas de más, podéis leer cualquiera de los otros fics que tenemos. Recomiendo especialmente "La Trastienda" y "Amanecer".

Por cierto, ¿recodáis el capítulo dos, cundo confiesa que asesinó a Caramel? Aprovecho para anunciar que habrá un spin-off de un capítulo centrado en esa parte.