Disclaimer: Osomatsu-san y todos sus personajes son propiedad de Fujio Akatsuka, yo sólo los utilizo para cumplir mis más raras fantasías, sin fines de lucro.

Advertencias: Yaoi, no-incesto, AU, Ooc, lenguaje fuerte y/u obsceno, violencia moderada y un muy mal manejo del castellano.

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Escuchó a Choromatsu con perplejidad, no se esperaba un comentario así, pero antes de reaccionar y defenderse, vio como el otro se acercaba a la mesa cerca de la puerta.

-¿Merlín, por qué me hiciste aceptar a este energúmeno en mi casa?

Se dedicó a encender las velas de su habitación y, una vez iluminados, tomó los brazos de Osomatsu para poder examinar mejor lo que ocurría. Aparentemente, todo su cuerpo estaba cubierto por una gruesa capa de pelo negro. No tenía hocico, pero aun así le abrió su boca para comprobar, y ahí descubrió que la dentadura seguía siendo la misma de un humano normal. Sus orejas, en medio de tanto pelaje, tampoco parecían haber cambiado, salvo por una ligera capa de terciopelo obscuro que se formó en el lugar.

-Quítate la ropa.- Demandó.

-Oye, oye. Cortéjame primero, eso vendrá después.

Mirando al cielo, Choromatsu se abstuvo de responder a las provocaciones y comenzó a jalar su camisa con ánimos de arrancarla.

-¡Oh calma, que puedo hacerlo yo mismo!

-Entonces hazlo.

Y así fue, Osomatsu fue quitando las vestiduras restantes revelando que efectivamente todo su cuerpo estaba cubierto de pelo. Al verse por primera vez, un grito agudo salió de su garganta: ¿Qué me has hecho?- Dijo con un tono de voz demasiado alto.

-¡¿Perdona? Vos te lo has hecho!

-Por supuesto que no, tal abominación no es de humanos, Vos sos un maldito brujo.

-No es "brujo" es "hechicero". Y no pienso repetirle a tremendo bruto que yo no he sido el culpable de… ésto. – Dijo, con grandes movimientos de brazos para enfatizar su punto.

-Tuviste que haber sido vos, servidor del maligno.

-Oh calla remedo de Ucumar(1). Que yo sepa ni una sola pócima ha pasado de mis manos a las tuyas.

-Pero es obvio que las tenías, y no me llames Ucucaca o lo que sea.

-Ucumar, idiota. En fin, si no hubieses jugado con mis cosas nada de esto habría pasado. Acepta las consecuencias de tus actos.

-Deja de lavarte las manos, sabes bien que VOS sos el responsable.

-Ja ja ¿disculpa? ¿Yo? Si no fueres tan estúpido estarías en tu casa cagando y tragando como si nada, no en la mía cual vil prófugo de la justicia.

Osomatsu, hirviendo en cólera por esas acusaciones, se lanzó contra él, en busca de cerrarle la boca al "esbirro de Satán". Lo tomó del cuello y le dio un puñetazo en pleno rostro.
Choromatsu trastabilló y cayó de espaldas al piso, enojado también, se levantó y regresó el golpe, siendo esquivado a su vez por su adversario. Y es que Osomatsu sería idiota, pero no se sobrevive tanto tiempo sin saber cómo usar la fuerza a falta de cerebro.

Tomando el brazo del hechicero, lo jaló hacia sí y propinó un nuevo puñetazo esta vez en el estómago. Sintió un líquido al costado, quizás vómito, pero no le importó. Aquel ser, porque ni hombre podía ser nombrado, le hizo eso y tal demostración de brujería merecía un castigo.
Empujó el cuerpo contrario haciéndolo caer al suelo nuevamente.
Recibió una mirada rabiosa en respuesta al golpe y fue jalado de la pierna, golpeando su cabeza contra el suelo. Rugió, dispuesto a levantarse a darle la paliza de su vida, cuando sintió un dolor agudo en la cabeza. Choromatsu le había arrojado el portavelas como método de defensa.


Despertó sintiendo una punzada de dolor que le atravesó desde su frente hasta su barbilla. Le dolía tanto que todo le daba vueltas y parecía ver a través de un delgado manto.
Intentó ponerse de pie, y se sorprendió grandemente al notarse atado a una silla de madera con unas gruesas correas de piel.

-¡Desatadme! No soy un monstruo, soy un humano. Lo juro por el rey. ¡Desatadme, os lo ruego! ¡Por favor!

-¿¡Quieres callarte!?

El peludo hombre cesó sus lamentos reconociendo esa vos.

-Vos, maldito pajero hijo de tu pagana madre…

-A mí madre no la insultes. Vos sos, no sólo el idiota que se transformó en Merlín sabrá qué, sino también el que me atacó cual animal salvaje. Así que si sos tan amable de cerrar el hocico, te lo agradecería infinitamente, o de lo contrario te quemaré con brasas ardientes, vos decides.

-¿Cómo si fuera a obedecer a un seguidor de Satanás?- susurró para sí, recibiendo a su vez un maderazo como última advertencia. Decidió que sería sensato mantenerse callado, aunque fuere por un instante y todo gracias al caliente y espeso líquido que comenzó a deslizarse por su nuca.

Miró a su costado, donde el "brujo" parecía echar cosas asquerosas en el caldero mientras leía un libro muy grueso.

-Tres patas de rana y siete de araña, dos ojos de cerdo y uñas de perro. Claveles de mayo y un pico de gallo- revolvió energéticamente un total de 12 veces hacia la izquierda y otras doce a la derecha –El pelo de un calvo, uñas de ganso, dos colmillos de dragón, tres mocos de Amaimon, 6 clavos de olor y un poco de licor.

Dejó la exótica mezcla, dirigiéndose a unos cajones de la cocina dónde empezó a revolver cosas. Curiosamente la varita nunca dejó de batir a pesar de no tener mano que la moviera. Volvió al cabo de un rato, dejando un desastre a su alrededor. Comprobó el color que estaba tomando el contenido del caldero, arrojó una pizca de pimienta y caminó hacia Osomatsu, tijeras en mano.

-Por último necesitamos el pelo del tarado.

Cortó un gran mechón de su cabeza para tirarlo a la poción. A su vez comenzó a recitar un extraño cántico en un idioma desconocido, aquellas rimas hacían saltar chispas y la habitación se llenó de una suave melodía en medio de una bruma del color de la llama de un huevo.

Todo eso no era para Osomatsu un poco más que "badabin badaban", sin embargo, mientras aquel surrealista espectáculo le devolviera su atractiva apariencia, él estaría contento.

La luz lunar entró por la ventana mientras el aire se hacía cada vez más espeso, volteó nuevamente a ver al hechicero y quedó abrumado por semejante visión.
Ahora no sólo eran las luces que flotaban fuera de la pócima, no era la luz de la luna junto al amarillento vapor, ni siquiera la letanía inteligible, sino aquel que las propinaba. Decir que fue consciente del paso del tiempo habría sido una mentira, afirmar que volteo la mirada del brujo sería una blasfemia mayor, tendría que admitir que no habría salido de su ensoñación de no haber sido por una fuerte explosión que hizo temblar hasta el piso.

-Terminé.- Gritó un exhausto y sonriente Choromatsu.

Cogió un cucharón y vertió una pasta marrón dentro de un pequeño frasco, para justo después caminar rumbo a Osomatsu con una peligrosa sonrisa asomando sus labios. El peludo hombre tragó saliva. Ya no estaba tan seguro de querer beber lo que sea que el otro hubiese preparado.

-Bebe.- Ordenó.

-Y-yo no es…

-Bebe.- Repitió esta vez acercando aquella olorosa cosa a su rostro. No podía creer que existiera algo con un olor peor que lo que él derramó en el suelo esa mañana.

-P-pe-pero…

Choromatsu empujó nuevamente el frasco contra su mejilla, decidido a que si el otro no lo tomaba por voluntad propia él lo obligaría.
Observando la mirada que le era dirigida, Osomatsu bebió -más por miedo que por gusto- lo que le era ofrecido.

Tuvo que contener una violenta arcada, esa sustancia era increíblemente espesa y tenía un sabor peor que su olor. Fue tanto el asco que un par de lágrimas se desprendieron de su rostro. Viendo lo que sucedía, Choromatsu rápidamente apretó la nariz del contrario, inclinó su cabeza hacia atrás y de un zarpazo le vertió la poción en la boca.

Una vez terminó, se retiró mientras veía al otro toser estrepitosamente y respirar con ganas. El hombre peludo volteó a verlo con una mirada de odio antes de cambiar su expresión a una de preocupación total. Sintió un dolor sólo comparable al de un rayo atravesándote y escuchó nuevamente el tronido de sus huesos como si se rompieran. Su piel se sintió cual fuego y empezó a brincar con todo y silla en un intento de, no sólo apagar las llamas invisibles, sino también de quitarse toda esa piel que le quemaba.
Afortunada o desafortunadamente ni la silla, ni sus ataduras, parecían querer ceder.

Aulló de dolor, y no dejó de gritar ni siquiera cuando su garganta parecía estar sangrando. Lloraba y se retorcía. Choromatsu sólo pudo estar ahí para apoyarlo en la distancia, mientras recogía un poco el alboroto e ignoraba como podía los sollozos del hombre.


El amanecer llegó de forma lenta, un hombre desnudo y de apariencia enfermiza, reposaba atado en una silla, brindando uno que otro quejido lastimero a quien gustara oírle. A su alrededor en el suelo, se vislumbraba una espesa capa de pelo, piel y grasa, que más parecía ser una masa inconsistente que dejaba grotescas manchas de humedad.
Al otro lado, un hombre diferente dormía en medio de un montón de telas en la esquina de la habitación tirado en el suelo, cerca de un viejo librero.

Osomatsu abrió sus ojos llenos de lagañas, se sentía como si unos caballos le hubieran dado una paliza. Examinó con dificultad la habitación. El caldero estaba donde siempre, luciendo tan impoluto como siempre, la casa estaba limpia, los libros en su lugar, las plantas regadas en su rincón de siempre, algunas partes de animales colgadas en el techo al igual que el día anterior… y sí, todo lucía normal. Su cerebro no alcanzaba a detectar el error hasta que vio la única prueba de que lo vivido el día anterior había sido más que un sueño.
En el rincón había un bulto roncando, y la silla que tanto le gustaba era en la que él se encontraba sentado.
Trató de mover las manos, y se encontró atado todavía, pero esta vez estaba demasiado cansado. Dormiría un poco más y se preocuparía de las otras nimiedades al día siguiente.


Como si el mundo lo hubiera planeado, los dos protagonistas despertaron al mismo tiempo. Uno se desperezó lentamente en el suelo y otro comenzó a quejarse de su espalda.

Cruzaron miradas.

Choromatsu se dirigió a quitar las ataduras de la silla mientras bostezaba sonoramente. Osomatsu sólo miraba. Una vez libre, trató de ponerse de pie, y fue un trató, porque sus piernas se negaron rotundamente a sostenerlo, cayendo directo contra el hechicero, quien cayo junto con él al no esperarse tal reacción.

-¡Joder!- gritó el hechicero.

-¿Y me lo decís a mí? ¡Me duele hasta el cabello!

A pesar de su cansancio siempre había energías extras para discutir.

-Que sepáis que hoy no me apetece pelear, y me espera mucho trabajo esta tarde, así que calla y déjame llevarte a mi cama.

-En otros momentos semejante propuesta no me molestaría, pero hoy no estoy de humor.- Dijo con voz pastosa y una sonrisa picarona.

-Oh maldito, ahora a ver cómo hacéis para irte solo hasta la cama.

-Era broma. Por favor.- Suplicó con su mejor mirada de cachorro.

Choromatsu lo levantó, y juntos se fueron directo a la alcoba. Dejó el cuerpo magullado de su vasallo en su cama e iba saliendo por la puerta cuando escuchó: Gracias por todo, lamento todo lo que dije ayer.

Con un asentimiento se fue cerrando la puerta, luciendo un aspecto perturbado y un increíble sonrojo.

-Como si me hubiese importado lo que me dijiste ayer.- Susurró más para sí que para el otro.

Y sin más, se fue listo para continuar con todas sus labores de ese día.

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1.- Una criatura mitológica de América del Sur, conocido como "El hombre oso". Siendo terriblemente feo, con ligeros rasgos humanoides, manos y pies muy grandes y cuerpo enteramente cubierto de pelos, larga barba y frente angosta.