Capítulo 3: Extraños en la noche.
La noche había caído sobre los amplios e inagotables prados del condado de Derbyshire, al norte de Inglaterra. Desde allí, el cielo se veía más azul y por la noche las estrellas parecían danzar alrededor de la luna en cuarto menguante siguiendo una melodía de la cual tan solo ellas sabían la partitura. El ambiente era frío y esquivo en el exterior y los árboles se movían con el arrastre del viento procedente de tramontana. Sin embargo, en el interior de Amberley Manor, la señora de la casa había mandado encender las chimeneas de las habitaciones y por eso disfrutaban de una agradable temperatura sin llegar a ser asfixiante. En su habitación del piso de arriba, una pálida figura de cabello largo y negro permanecía tumbada en su cama con las sabanas cubriéndola hasta el pecho y los ojos azules fijos en el techo. Llevaba así ya más de veinte minutos y, sinceramente, Pansy no estaba acostumbrada a una situación como esa. Y mucho menos cuando la razón de sus desvelos era ÉL.
Esa había sido una semana muy extraña para ambos. Acostumbrados a que la única forma de comunicarse era discutiendo, habían descubierto, con sorpresa, que también era capaces de permanecer en un cómodo silencio consentido. Extraño, repitió Pansy en su cabeza; esa era la palabra que los definía a ellos dos. Porque a pesar de conocerse desde hacia tantos años, Draco y ella nunca habían pasado de ser meros extraños, únicamente unidos por el vinculo con Hermione. Hacia también mucho tiempo que Pansy no se permitía pensar en un hombre como tal, y pensar que el objeto de sus pensamientos impuros era Draco…la desconcertaba. Desde la muerte de Theo se había vuelto mas esquiva con el amor, y no se había dado cuenta hasta esa semana que las discusiones con Draco enmascaraban, precisamente, su miedo a volver enamorarse y salir herida.
Pansy sabia muy bien lo que era estar enamorada y, a pesar de todo el sufrimiento posterior, no cambiaria los meses de cortejo de Theo por nada del mundo. Habían sido los más felices de su vida. Por eso animaba tanto a Hermione a olvidarse se Víktor y dejarse llevar por los dictados de su corazón. A lo largo de los años había visto como su amiga se iba entristeciendo cada vez más, obligada a cumplir un trato que sus familias habían hecho cuando ella tenía tan solo tres años.
Una ráfaga de aire caliente proveniente de la chimenea azotó a Pansy en el rostro de la misma forma en que lo haría una bofetada y le dejó la frente perlada en sudor a su paso. La morena bajó el límite de la sabana hasta su cintura, dejando a la vista el fino camisón de raso y encaje negro que se le pegaba al cuerpo como una segunda piel. Sentía, también, las mejillas arreboladas, pero esta vez el calor no tenia nada que ver con ello. Había sido la lujuriosa forma en la que brevemente se había permitido pensar en Draco. Suspiró de forma audible y se llevó una mano a la frente. Estaba claro que esa noche no conseguiría conciliar el sueño fácilmente. En su cabeza no dejaban de dar vueltas las imágenes del vigoroso torso desnudo de Draco. Su piel era tan pálida como la de un vampiro, y Pansy estaba segura de que si la tocaba…estaría fría también. Con los ojos cerrados sintió unas irrefrenables ganas de tocar su pecho, apoyar las manos en los hombros, recorrer sus brazos, besar sus labios…y que él la besara y acariciara también.
Pansy abrió los ojos de golpe; chasqueó la lengua y meneó la cabeza varias veces para quitarse la imagen de su mente. Con ella solo había conseguido acalorarse más. Tal vez todo seria diferente si esa misma tarde no lo hubiera visto de esa guisa cuando entró en su habitación sin avisar. Había sido un accidente, pero sus neuronas ya estaban sacando provecho de él, para bochorno de ella. Pansy estaba sumamente confundida, pues ni Theo había despertado esos instintos en ella.
Se levantó con delicadeza, procurando no mover demasiado el colchón a su paso. Su corazón latía con fuerza y el sonido del "bum bum" le taladraba los oídos como la más potente bomba. Las piernas le temblaban de forma escandalosa mientras se arrastraba hacia el alfeizar de la ventana en busca del aire fresco que tanto necesitaba. No era la primera vez que pensaba en un hombre de esa manera, pero nunca antes había sentido ese dolor interno que clamaba por ser calmado. Abrió la ventana y volvió a cerrar los ojos al tiempo que el aire frío penetraba en su cuerpo. Eso estaba mucho mejor, pensó. El cabello lacio comenzó a hondear suavemente y la piel del pecho se le erizó pero era una sensación perfectamente soportable. Diez minutos hubieron de pasar antes de que abriera los ojos y mirara al exterior con la respiración más tranquila. La oscuridad se había adueñado de todo lo que la rodeaba y a duras penas era capaz de distinguir algo en el horizonte. Tan solo la luna llena servia de faro conductor para las estrellas.
Las suaves notas de una melodía extremadamente bella, delicada y conocida por Pansy, llegaron a sus oídos. Desvió la vista hacia el piso inferior, donde se encontraba la biblioteca, y vio el tenue parpadeo de una vela que luchaba contra la oscuridad infinita. Enseguida se sintió embriagada por la música y comenzó a mover su cuerpo hacia un lado y a otro con parsimonia. El compás se repetía una y otra vez y estaba segura que las teclas del piano eran acariciadas con una cadencia que pocas veces se podía distinguir en alguien que no fuera un artista. Sintió unas ganas tremendas de bajar a ver quien era el artífice de tan bello sonido, aunque estaba bastante segura de que esa persona era su amiga. Pansy no tenía conocimiento de que nadie más en la casa supiera tocar el piano. Así que no entendió su propia curiosidad, pero supo satisfacerla.
Se puso una bata encima del camisón y alumbrada por un candelabro de plata, salió al solitario y helado pasillo. Era ya muy tarde y todos los demás habitantes de la casa dormían profundamente. Pansy pasó por delante de la veintena de retratos de los antepasados de Hermione que había colgados en las paredes, y bajó las escaleras sigilosamente mientras el bajo de su bata de raro se arrastraba por el suelo.
La puerta de la biblioteca estaba entrecerrada, de forma que el sonido que salía de allí era minino. Tan solo Pansy había sido capaz de escucharlo al abrir la ventana superior. Empujó levemente la puerta, introduciendo su cabeza a la par. Por poco deja caer el candelabro cuando vio quien estaba sentado en la banqueta del piano. La luz de su vela era muy frágil, pero a él no le importaba, pues ya de por si, lo veía todo negro. Pansy entró del todo a la habitación y cerró la puerta tras de si. Apenas un imperceptible 'click', pero bastó para que Draco se detuviera en medio de su pieza y moviera la cabeza.
- ¿Quién anda ahí? –su voz sonó fuerte y desafiante.
- Pansy. –dijo esta sin moverse de la puerta. Vio como él suspiraba y dejaba caer las manos a los lados.
- ¿Qué haces aquí? –su voz era cortante, como siempre que se dirigía a ella. Pansy conseguía sacarle de sus casillas con su sola presencia.
- No sabía que pudieras tocar. –dijo ella obviando su pregunta. Dejó el candelabro en una cómoda que había cerca de la puerta.
- Hay muchas cosas de mi que no sabes. –murmuró más para si mismo que para ella.- Lo que perdí fue el sentido de la vista, los demás están perfectamente, gracias.
- No pretendía ofenderte. Será mejor que me marche. –Pansy se volteó para abrir la puerta y coger el candelabro de nuevo.
- Perdona. –dijo Draco majestuoso, sentado derecho con su pantalón y camisa de tela negra contrastando con su tez blanca.- No me has ofendido.
- Bueno es saberlo.
- ¿Te…te gustó lo que tocaba?
- Es una de mis canciones preferidas. Cuando estaba en Londres la escuchaba diariamente…en la radio.
- No lo sabía.
- Es que hay muchas cosas de mi que no sabes. –dijo ella usando su misma frase y sonrió al tiempo que se sonrojaba.
- ¿Querrías escuchar un poco más? –le propuso él un poco inseguro aun.
- Es-estaría bien, si. –Pansy soltó el pomo de la puerta.
- Acércate. Puedo saber donde estás por el sonido de tu voz, pero…preferiría…notarte también.
Pansy se acercó en silencio y se sentó a su lado en la banqueta. Era muy pequeña para los dos, así que se tuvieron juntar mucho. La morena estaba sumamente sonrojada y se llevó una mano púdicamente hacia el cuello de la bata para taparse mejor. Formaban un extraño dúo, los dos con sus pijamas negros, y aun así se veían naturales. Draco colocó las manos sobre las teclas y cerrando los ojos comenzó a tocar de nuevo. Pansy no se había equivocado, sus finos dedos se movían con una delicadeza impropia de él, parecía que acariciaba cada tecla y se movía con seguridad de un lado a otro. El rubio podía escuchar el latir acelerado de su inesperada compañera, para él también era una situación extraña, después de lo que había pasado esa tarde y la forma en que se había comportado.
- Siento mucho haberte hablado así antes. –dijo sin dejar de tocar. No era fácil para él pedir perdón, y menos a ella.
- ¿Antes cuando? Porque han sido muchas tus salidas de tono para conmigo este último mes. –repuso ella dolida.
- Lo se. –reconoció Draco.- No pretendía gritarte ni decirte todas esas cosas de mal gusto.
- Si crees que yo disfruto viendo como cada día te amargas y te encierras cada vez más en ti mismo…te equivocas. Erraste el blanco al ver en mi a una enemiga.
- Yo no te veo como a una enemiga.
- ¿Entonces como me ves? –Pansy lo miró de reojo.
- Tienes el extraño don de sacarme de mis casillas con tu sola presencia, Pansy. –desvió él.
- ¿Tiene eso que servirme de alivio?
- No, pero es un hecho constatado.
- Te puedo asegurar que lo de esta tarde ha sido un accidente. Yo no pretendía…-se sonrojó de nuevo.- Fue un descuido de mi parte que no se volverá a repetir.
- Bien. –Draco ladeó la cabeza hacia donde estaba ella. La cinta negra que cubría sus ojos contrastaba notablemente con su cabello rubio platino.- ¿Sabes como se llama esta canción?
- Extraños en la noche. –recitó ella de memoria.
- Pues así es como me siento cuando estoy contigo. No estoy seguro de saber quien eres, Pansy Parkinson.
- Curioso es que yo sienta la misma incertidumbre con respecto a ti, Draco Malfoy. –opinó ella sin quitarle los ojos de encima. Draco le dedicó una de sus escasas medio sonrisas, más no dijo nada.
Continuaron en silencio durante unos minutos, hasta que el rubio dejó de tocar. Pansy, que había cerrado los ojos, los abrió y sintió como la mente de él la taladraba. Comenzó a tener calor y se aventó con la mano sin éxito. Ajeno a su bochorno, Draco bajó la tapa del piano y se levantó; lo siguiente que escuchó fue el grito de Pansy.
- ¡Ahh! ¡Maldito seas! ¡Lo has hecho aposta! –dijo Pansy desde el suelo. Al levantarse el rubio, todo el peso de la banqueta se fue en contra de ella haciendo que se cayera. El sonido de la risa de Draco la desconcertó dos segundos, pero no pudo aplacar su ira.
- Ha sido un descuido de mi parte que no se volverá a repetir. –la recitó él entre risas.- Perdona, pero daría lo que fuera por verte ahora mismo despatarrada en el suelo.
- Eres un idiota. –Pansy se levantó del suelo y se tomó su tiempo para colocarse bien el camisón y la bata.
- Tu también me encantas, Pans.
- Idiota. –repitió ella mientras salía de la habitación y subía presurosa las escaleras hasta su habitación.
En la biblioteca se quedó Draco pensando en lo último que había dicho. Ya no reía y se mesaba la barbilla en una pose de suma concentración. Tenia que reconocer que había sido agradable compartir esos minutos con la morena. El olor a lilas que desprendían su piel y su cabello, aun se hallaba en sus fosas nasales, así como podía recordar la tibieza y la fragilidad de su cuerpo contra el suyo.
- Tu también me encantas, Pansy. –repitió en la oscuridad.- Ese es el problema.
0O0O0O0O0O0O0O0O0
En el segundo piso del ala norte de Amberley Manor, Hermione daba vueltas alrededor de la pequeña salita que había en su habitación. Obligada a desistir de la lectura de su libro favorito por falta de concentración, sus gafas descansaban en la pequeña mesilla que había junto al canapé en tonos azules de delante de la chimenea. Durante veinte minutos había mirado el fuego crepitar, con sus llamas que buscaban una salida desesperada hacia el exterior, buscando ella también una solución a un problema que no había sabido ver venir.
Como si hubiera sido sacado del mismo fuego, en el bolsillo derecho de su bata blanca, quemaba el sobre con la nueva carta de "Víktor". Podía sentir como el calor traspasaba la tela y se extendía por su piel, consiguiendo un leve sonrojo en sus mejillas. Se preguntaba quien era ese desconocido que con bonitas palabras había conseguido hacerla sentir tan especial…y sobretodo querida. Tal vez, teniendo en cuenta que no sabia a ciencia cierta si Víktor estaba vivo o muerto, estaba mal aceptar la correspondencia amorosa de otro hombre, pero…Hermione no quería renunciar a esa sensación. Era la primera vez que sentía mariposas en el estómago y que le faltaba el aliento. Ahora comprendía a los personajes de las novelas de amor que devoraba Pansy con tanta insistencia. Y eso que hasta hacia un mes, ella creía que esos sentimientos no existían, al menos no para ella.
Suspiró mientras se acercaba a la ventana y descorría las cortinas de terciopelo azul. Su habitación daba hacia los jardines traseros y en las noches claras podía ver hasta el pequeño lago que había cerca del linde. Esa noche, sin embargo, la oscuridad era pasmosa y se erigía como soberana en una vista que parecía no tener fin. La luna intentaba hacerle la competencia en vano, aunque tenía a su favor un basto manto de estrellas. Apoyó el hombro derecho contra el marco de la ventana y volvió a suspirar. Hacia casi una hora que había dejado a Emma completamente dormida en su habitación. Esta era la más cercana a la suya, y con el paso de los años, Hermione había desarrollado un sueño ligero que le permitía levantarse cada vez que la niña lloraba. En ningún momento había dejado que a Emma se le acercara ninguna niñera, para disgusto de su tía Minerva. Pero Emma era suya y solo suya; la única certeza que tenia de momento.
Una sola lágrima escapó de sus ojos marrones y rodó por su mejilla izquierda. A pesar de todo, se sentía sumamente sola e incompleta. Había perdido la razón de su existencia y las cartas del desconocido se habían convertido en su particular bombona de oxigeno. Ese desconocido que le brindaba consuelo y amor desde la distancia. Se preguntaba como seria y si se sentiría tan solo como ella; qué le había impulsado a escribirle y porqué. Sacó el sobre verde del bolsillo de su bata y lo miró durante lo que pareció una eternidad. Estaba arrugado y algo rasgado en las puntas, pero ya había comenzado a distinguir la apresurada escritura de su desconocido amigo. Tal vez había sido un poco precipitado de su parte descartar a Víktor desde el principio y tan rápido, pero Hermione era una mujer sumamente inteligente. Había llegado a conocer a Víktor lo suficiente como para saber que ninguna de esas palabras ni esa ternura saldría jamás de sus labios.
Se preguntó qué pasaría si en algún momento recibiera la notificación oficial de la muerte de Víktor… ¿se sentiría aliviada o la inundaría la tristeza? No lo sabía; la muerte de alguien conocido siempre era motivo de tristeza, pero…no intuía su reacción. Aunque para ella lo peor era la incertidumbre de si el castaño regresaría o no. ¿Qué pasaría con su bello desconocido si Víktor volvía y ella se veía forzada a cumplir el compromiso? ¿Se acabarían las cartas?
Estos pensamientos hicieron que el corazón de Hermione se acelerara de una manera nada sana para ella. Podía sentir el fuerte martilleo contra la caja torácica, un "bum bum" insaciable que le provocó un sudor frío en la frente y en la nuca. Desde pequeña tenia una dolencia que tenia que ir controlando regularmente. El canto de un búho se escuchó en la oscura noche y Hermione se sentó de nuevo en el canapé azul, alejándose de la ventana; se llevó una mano a la frente, cerró los ojos y suspiró. No era así como había planeado su vida…siempre a la espera de algo que no acababa de llegar. Recogió las piernas, apoyándolas en el canapé y colocó el bajo del camisón para taparlas. Después cogió las gafas que había dejado en la redondeada mesilla y rasgó el sobre que contenía la última carta de su desconocido amigo. Como por arte de magia, los latidos de su corazón se regularon y una imperceptible sonrisa acudió a su rostro.
Carstairs, Francia
28 de septiembre de 1945
Mi amada Hermione,
Es hermoso comprobar que no te has olvidado de mí en ningún momento. Tus cartas son como una ráfaga de aire puro que se instala en mis pulmones y se niega a dejarme, y eso me hace la convalecencia mucho más fácil. A menudo sueño despierto con que tú estás aquí conmigo, mas cuando abro los ojos…tu imagen se evapora y mi corazón se llena de congoja.
- ¿Mami? –dijo una cabecita castaña asomándose desde la puerta que comunicaba ambas habitaciones. Emma llevaba un camisoncito rosa que le llegaba por debajo de las rodillas y el cabello suelto estaba algo despeinado.
Hermione se sobresaltó de tal manera al escuchar la dulce voz, que pegó un brinco y la carta de Ron se le escapó de las manos instalándose en el suelo. Se llevó una mano al pecho y suspiró con tranquilidad un par de veces antes de levantarse y acercarse a donde estaba la niña. Emma enseguida soltó el pomo de la puerta y se cobijó en los brazos de la castaña.
- ¿Qué haces despierta aun, mi amor? No te encuentras mal, ¿no? –preguntó Hermione dándole un beso en la frente y mirando sus grandes ojitos azules.
- Tengo miedo. Está muy oscuro en mi habitación. –explicó la niña jugando con un rizo de la castaña.- ¿Puedo dormir contigo, mami?
- No tienes porqué tenerle miedo a la oscuridad, mi amor. No hay nada diferente a cuando hay luz. –acarició el cabello castaño de la niña mientras caminaba con ella en brazos.
- Pero yo tengo miedo. ¿Puedo quedarme? –insistió Emma haciendo un puchero.- Por favor.
- Está bien. Pero tienes que prometerme que te dormirás enseguida y que esto no se convertirá en una costumbre. –dijo Hermione mientras la dejaba en la cama.
- Lo prometo, lo prometo. –la niña estaba muy emocionada. Se sentó en el mismo centro de la cama y apoyó la cabeza en uno de los grandes cojines. Observándola, Hermione no pudo evitar sonreír abiertamente, pues parecía que la enorme cama se tragaría en cualquier momento a la pobre Emma.
- Bien. Yo voy a buscar una cosa y enseguida vuelvo. –informó la castaña después de arroparla con el edredón.
- Mami, ¿puedes cogerme a Cordelia? –pidió la niña con su encantadora vocecita. Cordelia era su muñeca de trapo preferida.- Se ha quedado solita en mi habitación.
- Ahora la traigo. –concedió Hermione.- Tu no te muevas de ahí.
- Nooo. –movió la cabeza vigorosamente la niña.
Hermione fue a la habitación de al lado y cogió una muñeca de cabello rubio y cuerpo frágil, con un vestido rojo y unos zapatos negros. Toda era de trapo y llevaba un relleno de espuma. Siempre había sido la preferida de Emma y sabía que la niña no dormía si no era con la muñeca en sus brazos. De regresó a su propia habitación, recogió la carta del desconocido del suelo y apagó la lamparilla de aceite que había en la mesilla redonda. Junto a la cama se percibía el tenue titilar de una vela.
- Aquí tienes. –dijo tendiéndole a la niña la muñeca. Abrió de nuevo el edredón de la cama y se metió ella también.
- ¿Crees que habrá pasado miedo Cordelia? –preguntó Emma abrazando a la muñeca y acomodándose ella en el pecho de Hermione.
- No lo creo, mi amor. Cordelia es muy valiente.
- Si que lo es. –convino la niña convencida.- Buenas noches, mami. Te quiero.
- Buenas noches, amor. Yo también te quiero. –le dio un beso en el cabello castaño y pasó un brazo por los hombros de la niña.
- ¿Tu no duermes?
- Enseguida, pero antes voy a leer esto. –señaló la carta que había tenido que aplazar y la cual estaba ansiosa por terminar.
- Bien, pero no apagues la luz. Recuerda que a Cordelia y a mi no nos gusta la oscuridad. –Emma cerró sus ojitos tranquila.
- No lo haré. –le prometió Hermione con una sonrisa.
Y ahora si, sin interrupciones, continuó leyendo la carta de Ron y conteniendo el aliento.
Carstairs, Francia
28 de septiembre de 1945
Mi amada Hermione,
Es hermoso comprobar que no te has olvidado de mí en ningún momento. Tus cartas son como una ráfaga de aire puro que se instala en mis pulmones y se niega a dejarme, y eso me hace la convalecencia mucho más fácil. A menudo sueño despierto con que tú estás aquí conmigo, mas cuando abro los ojos…tu imagen se evapora y mi corazón se llena de congoja.
Por las noches, que es cuando mas pienso en ti, miro por la ventana y dirijo mis ojos hacia el cielo azul plagado de estrellas. Me pregunto si tu también lo estarás viendo desde tu habitación y pensando en mi. O si puedes escuchar como yo el canto del mirlo o el ulular del búho.
Pensamientos nuevamente cursis para un abogado como yo, pero es la única forma que tengo de conciliar el sueño de nuevo, cuando despierto con dolor en mis piernas.
Siento que después de tantos años separados, ya no nos conocemos, aunque eso no quita que te eche muchísimo de menos. Me pregunto si sonreirás de la misma manera, si tu voz sigue siendo tan dulce o si tu cabello ahora lo llevas más largo.
De lo que no tengo duda es de la pureza y la dulzura de tu corazón. Siempre fuiste una criatura generosa, y la pequeña Emma es muy afortunada al tenerte como su mamá. Tiene que ser una niña muy especial, y desde ya se ha ganado un hueco en mi corazón.
Siempre estás en mis pensamientos, Hermione. Eres mi estrella particular y la que más brilla en mi reducido cielo. Quiero que pase lo que pase, nunca lo olvides. Se que no han sido muchas las veces que te he podido decir te quiero, pero siempre se me ha dado mejor escribir mis sentimientos que decirlos en voz alta.
A la espera de tu próxima carta, me despido.
Tuyo siempre,
Víktor
Posdata: te amo.
Hermione se quedó observando la carta durante unos segundos después de terminarla. Sus ojos fijos en las tres ultimas palabras. Al igual que la primera vez, no se acostumbraba a leer esas palabras dirigidas a ella. Unas palabras que consiguieron provocar la misma sensación encantadora y de paz interior. Eso Víktor jamás lo había conseguido. Volteó la cabeza para mirar a través de la ventana y se fijó en el cielo negro y en sus estrellas brillantes.
Con una sonrisa en los labios, dejó la carta encima de la mesita de noche, se quitó las gafas y las dejó encima también. Apoyó la cabeza en el cojín y sintió como esa paz se extendía por todo su cuerpo. Repasó mentalmente lo que acababa de leer y sacó dos nuevas características de su amigo desconocido: era abogado y tímido a la hora de declararse en persona.
Sopló suavemente la vela, dejando la habitación en penumbra y cerró los ojos mientras abrazaba a Emma. Esa noche, Hermione soñaría con un hombre sin rostro que la cogía tiernamente de la mano.
0O0O0O0O0O0O0O0O0O0O
En los alrededores de RoseHill Cottage hacia un día primaveral, a pesar de que ya estaban prontos a entrar en octubre. Hacia ya varias horas que había amanecido, pero Harry y Ginny se resistían a abandonar la comodidad de su cama. Los dos estaban despiertos desde hacia bastante rato, mas no se habían movido de sus posturas abrazadas. Se miraban fijamente, hierba contra tierra, y no se cansaban. Hacia una semana escasa que Harry había vuelto de la guerra y la pequeña familia Potter no podía sentirse más feliz. Había momentos en los que Ginny todavía no se podía creer que su esposo se encontrara de nuevo con ella. Había pasado tanto tiempo…aunque la mas emocionada, sin duda, era Lilith, que por fin había conocido a su papá y podía pasar tiempo con él. Harry también se había quedado prendado de la pequeña pelirrojita, tan parecida a su madre.
Pero las mañana estaban reservadas a Harry y a Ginny como pareja, pues Lilith tenia el sueño muy pesado y si podía hasta el mediodía no se despertaba. Harry besó la mejilla derecha de Ginny y acarició su espalda desnuda al tiempo que ella hacia lo mismo con su pecho. Desde la primera noche de su regreso, habían reanudado sus relaciones, y a pesar de haber pasado tanto tiempo desde la última vez…habían descubierto que era como montar en bicicleta y no se olvidaba nunca.
- Voy a llamar a Lilith para que se vaya levantando. –dijo Ginny casi sin ganas, haciéndose la remolona ella también. Se apartó levemente de Harry, pero él la atrajo de nuevo.
- Aun es muy temprano; déjala que duerma. –besó sus hombros y rodó para colocarse levemente encima de ella.
- Pero ya casi es la hora del almuerzo. –a Ginny se costó hablar por culpa de las sensaciones que producían los besos de Harry en su piel.
- Haremos un almuerzo tardío, o simplemente comeremos y ya. –Harry la aplacó con un beso en los labios mientras sus manos se aposentaban en la cintura de la pelirroja.
- Harry, ¿qué haces? Es de día. –dijo Ginny sin mucha convicción de su parte. Aunque era adorable verla azorada por pensar en hacer el amor de día.
- ¿Y? –Harry se detuvo para mirarla.
- Pues que no se si sea correcto que tu…que tu y yo…ya sabes…
- ¿Qué hagamos el amor de día? –sonrió Harry cogiendo un mechón de pelo rojo.
- Si. –Ginny estaba tan sonrojada como su cabello.- No es que no quiera, pero… ¿cómo sabes que se puede hacer también de día? ¿Y si viene alguien y nos ve?
- Mi amor, estamos casados desde hace mas de seis años. Podemos hacer el amor siempre que queramos, no hay ninguna ley que lo prohíba. –la besó.- Aunque si no quieres que…
- No es eso. –Ginny se movió para que Harry se pegara más a ella.- Pero… ¿y la luz? Nos vamos a ver mucho, ¿no?
- Ginny, ya nos hemos visto "mucho" antes. ¿A que vienen tantos temores, mi amor?
- Es que…pensarás que soy una tonta, pero temo que si lo hacemos demasiadas veces, te cansarás de mi y ya no querrás estar más conmigo. Además, mi cuerpo ha cambiado mucho desde que nació Lilith y ya no es tan bonito y puede que no te guste. –admitió Ginny con un deje de tristeza en sus ojos.
- Tienes razón. –dijo Harry con parsimonia y ternura.- Eres una tonta, pero una tonta adorable. –acarició su mejilla izquierda.
- Yo…lo siento…-se sonrojó de nuevo Ginny.
- No lo sientas. –Harry se sentó a horcajadas encima suyo y la taladró con sus ojos verdes fijos en ella.- Escúchame bien, Ginny Potter, porque lo voy a decir una sola vez. Nunca, nunca me cansaré de ti, eres mi esposa y la persona que más quiero en el mundo. Tu cuerpo es maravilloso, simplemente perfecto, y podría pasarme la vida entera besándolo sin descanso. Te quiero, Ginny, y cada día lo hago más.
- Dios mío, qué tonta soy. –Ginny se tapó la cara con lágrimas en los ojos.- Yo también te quiero muchísimo, Harry.
- No llores, mi amor. –Harry le apartó las manos del rostro y quitó todo rastro de lágrimas con suaves y amorosos besos.
- Harry…te deseo. –jadeó Ginny.
- ¿Estás segura? Es de día. –bromeó él.
- Ahora el tonto eres tu.
- Lo se. –dijo Harry antes de besarla en los labios.
Las manos de Harry se colaron por debajo del corto camisón verde de Ginny y fueron subiendo por sus muslos hasta que llegaron a su ropa interior. La pelirroja gimió en los labios del moreno y movió sus manos por la ancha espalda que se le echaba encima. Poco a poco se fueron despojando de toda su ropa, intercalando besos, caricias y jadeos. Harry se apartó levemente para admirar el cuerpo de su esposa y se quedó prendado de sus pechos, ligeramente más grandes que antes de tener a Lilith. Se agachó para besarlos y se metió en la boca uno de los ya endurecidos pezones provocando de nuevo el gemido de Ginny. Su mano derecha acariciando el vientre plano y bajaba levemente hasta colarse por su mojada intimidad.
- Más preciosa que nunca. –murmuró Harry cuando soltó el pezón derecho y se fue a darle el mismo trato al otro.
- Umm…Harry…-Ginny gimió y le urgió al sentir la dureza de su miembro contra uno de sus muslos.
El moreno no necesitó que se lo repitiera más veces y con mucha lentitud se introdujo en el interior de su esposa. Ambos gimieron y comenzaron el vaivén de cuerpos. El placer que sentían cuando estaban juntos era exquisito y consiguió que Ginny se olvidara de todas sus inseguridades. Atrajo a Harry hacia ella y lo besó con urgencia en los labios. Se mantuvieron en el mismo compás, subiendo y bajando la intensidad de las embestidas, durante varios minutos. Ginny se arqueó para que la penetración fuera más profunda y eso les llevó a los dos a gemir al unísono.
Al saberse cerca del clímax, Harry aceleró sus embestidas con movimientos fuertes y rápidos, logrando que dos minutos después Ginny tuviera un orgasmo y él se corriera dentro de ella. El moreno cayó levemente y con cuidado encima del cuerpo de su esposa. Los dos estaban sudados y algo sonrojados por el esfuerzo, pero sumamente felices. Harry continuaba en el interior de Ginny, y no tenia ninguna intención de salir. La pelirroja, por su parte, una vez recuperada la respiración normal, alzó su cabeza para besarlo en los labios.
- Umm…-gimió Harry.- Te quiero.
- Te quiero. –correspondió Ginny.- ¿Sabes? Si seguimos así podemos darle un hermanito a Lilith pronto.
- No lo había pensado, pero me encantaría. –sonrió Harry.- Siempre sentiré no haber estado a tu lado cuando Lilith.
- Lo sé, pero no fue culpa tuya.
- ¡PAPIIII! ¡ERROL NO ESTÁ! –el angustioso grito de Lilith se coló a través de la puerta cerrada.
- Será mejor que vaya enseguida si no queremos que se presente aquí y nos vea de esta guisa. –dijo Harry saliendo del interior de Ginny.
- Es extraño que se haya levantado ella sola. –opinó Ginny tapándose púdicamente con una sabana. Por mucho que hubiera disfrutado de hacer el amor a la luz del día, seguía un poco vergonzosa con respecto a su cuerpo.
- Es que ya son las doce del mediodía. –Harry se terminó de ponerse un pantalón y una camiseta. Luego se daría un baño refrescante.
- ¡¿Qué dices?! ¡Las doce ya! ¡Oh, Dios mío! –Ginny saltó de la cama olvidándose de la sabana y de que estaba completamente desnuda y comenzó a correr por la habitación de un lado a otro.
Harry rió con ganas al verla de esa guisa, pero ella estaba demasiado nerviosa como para prestarle la debida atención. El moreno meneó la cabeza y la dejó cogiendo una toalla y entrando precipitadamente al baño. Salió de su habitación y que fue hacia la de Lilith, que le esperaba sentada en su cama.
- Papi, Errol no está. –sollozó la niña echándole los brazos al cuello.
- Tranquila, estoy seguro de que lo encontraremos. No ha podido ir muy lejos, ¿no? –Harry la cogió y los dos miraron por la ventana.
- No se. Mami le hizo esa pequeña casita, pero creo que ya no le gusta y por eso se ha ido. –la niña arrugó la nariz del mismo modo en que lo hacia Ginny.
Harry miró la caja de madera que hacia las veces de casita para el pequeño pajarillo que tenia su hija como mascota. La verdad es que dejaba mucho que desear, pero no quería ofender a su esposa.
- Vamos a hacer una cosa. –le dijo Harry a la niña.- Tu y yo vamos a hacerle una nueva casita a Errol…más bonita, y ya verás como él regresará.
- ¿Podemos pintarla de amarillo? –pidió Lilith.
- Del color que tu quieras.
- Vale. Gracias, papi. Errol tiene que volver, ¿verdad? –lo abrazó con fuerza.
- Claro.
Lilith observó a su papá y sonrió. Estaba muy feliz de tenerlo junto a ella por fin. Además, se había afeitado la barba y ya no pinchaba cuando le daba muchos besos en la cara.
0O0O0O0O0O0O0O0O
Contrariamente a lo que la mayoría de gente pensaba, la noche era cuando Ronald Weasley se sentía mas seguro y satisfecho consigo mismo. Tenía un sueño muy pesado, pero difícil de alcanzar cuando tenía tantas cosas en la cabeza. Esa noche, sin embargo, no dormía por elección propia. Se hallaba despierto esperando algo, o a alguien. No sabría explicarlo.
Tumbado en su cama de la enfermería, disfrutaba de raros momentos de tranquilidad, desprovistos de los acostumbrados lamentos de sus compañeros. En el fondo todos sabían que eran afortunados, mas algunos hubiesen preferido la muerte directamente. Ron volteó a ver a Seamus, se habían hecho buenos amigos y poseían un sentido del humor similar. El castaño roncaba ligeramente, tumbado boca arriba en su cama. Ron suspiró. Al menos ya respiraba con normalidad. El caso de Dean era otro, prefería haber muerto y no había sido así, por lo que solo le quedaba resignarse.
Ron alargó una mano y cogió la cajetilla de cigarrillos de Seamus. Se enderezó hasta quedar cerca de la ventana abierta. La suave brisa de otoño se notaba más durante la noche y era un verdadero alivio para ese conjunto de cuerpos calientes y enfermos. El pelirrojo encendió un cigarrillo y cerró brevemente los ojos para respirar hondamente. De sus labios salió una basta nube de humo que se extendía hacia la izquierda.
- No deberías de estar fumando, Ronald Weasley. –dijo una voz femenina muy dulce y que le era totalmente desconocida.
Abrió rápidamente los ojos y vio lo que parecía ser la silueta recortada de su desconocida. Ella apartaba con brío el humo que se empeñaba en enmascarar su rostro. Pero cuando al fin pudo verla con claridad, Ron pestañeó varias veces y dejó caer el cigarrillo impresionado. Eso no podía ser real; se trataba de un sueño nada más.
- ¿Quieres envolvernos a todos en llamas? –dijo ella hablando con la misma parsimonia que la vez anterior. Recogió el cigarrillo de encima de la cama y lo sostuvo con sus finas manos de largos dedos. Después, para sorpresa de Ron, se lo llevó a los labios y le dio una calada.- Llevo buscándote mucho tiempo, Ron.
- N-no me he m-movido de aquí. –tartamudeó él. No podía ni quería quitar sus ojos azules de ella. Era más bonita en persona que en fotografía y al parecer había venido a verlo a él.- ¿Có-cómo sabes mi nombre?
- Se muchas cosas, Ron. –apartó un mechón de rizos castaños de su cara y Ron pudo apreciar mejor su esbelto cuello de cisne, sus labios rojos como una frambuesa de verano y sus ojos marrones curiosos y vivaces.- Eres muy importante para mi.
- Pero si no me conoces. –objetó él sin mucha convicción.- Deberías de estar enfadada conmigo.
- Error, si que te conozco; y error, no estoy enfadada contigo. Gracias a ti mis ilusiones están mas vivas que nunca y te agradezco cada palabra que has escrito pensando en mi. –dijo ella sentándose en el borde derecho de la cama.
- Eres preciosa. –afirmó ron levantando inseguro la mano. Quería tocarla, pero no sabía como ni si seria correcto. Ella al ver su vacilación, cogió su mano caliente entre las suyas, estaban frías, la llevó hasta sus labios y besó sus nudillos.- Eres real y estás aquí.
- Siempre que tu pienses en mi.
- No dejo de pensar en ti. Estás siempre en mi mente y en mis sueños. Solo tu recuerdo consigue que abra los ojos cada día. –subió la mano y acarició la cálida mejilla de ella.
- Eres un poeta del amor, Ron Weasley.
- Dilo de nuevo. –susurró.- Di mi nombre.
- Ron Weasley. –ella acercó su rostro al de él.- Ron Weasley.
- Me gusta como suena en tus labios. –movió la mano y acarició esos mismo labios que solo mirarlos le hacían estremecer.- Cr-creo que me…
- Antes de irme…-lo interrumpió ella.
- No te vayas, quédate conmigo. –le suplicó él.
- Tengo que irme, se hace tarde y está a punto de salir el sol. Pero antes, voy a hacer algo que llevo deseando desde que leí la primera de tus cartas.
La mujer se inclinó y posó sus labios encima de los de Ron. Él, sorprendido como estaba, casi ni se movió y le dejó todo el trabajo a ella. La mujer movía sus labios con lentitud, disfrutando de ese beso que estaba escrito que no debía de ser olvidado. El pelirrojo cerró los ojos y comenzó a corresponderle con ánimo, mas segundos después…dejó de sentir esa bendita presión en su rostro. Abrió los ojos, pero ella ya no estaba y de su paso solo quedaba el olor a rosas y orquídeas de su cuerpo y el sabor dulce de sus labios.
- Hermione…-pronunció Ron.- Hermione…te amo…
Ron se despertó sobresaltado. La frente perlada en sudor y las mejillas calientes y sonrojadas. Movió la cabeza hacia ambos lados, pero aparte de los ronquidos de Seamus…estaba solo. No había pista alguna de la presencia de Hermione a su lado. Tan solo había sido un estúpido sueño. Solo eso. Ron se llevó una mano a los labios y suspiró. Pero no fue eso lo único que quedó gravado en su mente. La ultima frase que él había pronunciado en el sueño se le repetía una y otra vez, taladrando su mente y su corazón. Meneó la cabeza negativamente y se echó el cabello rojo hacia atrás. ¿Sería posible que estuviera enamorado de una total desconocida? Eso no era propio de él, pero en los últimos tiempos le había tocado hacer cosas que iban en contra de su naturaleza pacífica.
Como en su sueño, alargó una mano y cogió la cajetilla de cigarrillos de Seamus. Se encendió uno y dio una fuerte calada. Entrecerró los ojos al ver por la ventana como el sol comenzaba a salir majestuoso por el horizonte. Apoyó la cabeza en la almohada y fijó sus ojos azules en la nada. El destino era muy extraño y tenía una forma muy peculiar de jugar con los enamorados. Y aunque recién ahora se estaba dando cuenta, Ron Weasley se había enamorado de Hermione Granger.
Ausente como estaba, la voz de Seamus fue la única capaz de devolverlo a la realidad. El cigarrillo se había terminado y estaba a punto de consumirse entre sus dedos. Seamus lo miraba con semblante cansado, y eso que no hacia más que comenzar el día. Las bandejas con el desayuno habían arribado y él ya tenía la suya instalada sobre sus piernas. La miró con desgana y con un suspiro volvió a dejar caer la cabeza en la almohada.
- ¿Estás bien? –le preguntó Seamus. El castaño devoraba las tostadas con mantequilla y los huevos fritos que tenia delante. Hacia dos días que le habían quitado el suero y ya podía comer normal.
- Si, si, perfectamente. –respondió Ron aun ausente. Jugueteó con los cubiertos brevemente mientras desviaba la mirada.
- Hannah vino a traernos el desayuno. –Seamus no podía evitar el cambio de tono y el sonrojo que siempre le producía hablar de la bonita enfermera castaña. Hannah se había ocupado de él desde el principio y ambos se tenían un afecto especial.
- Bien. –convino Ron distraído.
- Dijo que tenías una carta, aunque no sabia de quien era. –añadió Seamus y acto seguido se zampó su último huevo frito y miró con deseo los que había en la bandeja de Ron.
El pelirrojo se movió rápidamente y comenzó a sacar cosas de la atestada bandeja del desayuno. Le dio a Seamus sus huevos y también sus tostadas. Él con un café se conformaba, pero en esos momentos hasta la bebida pasó desapercibida. Allí, agazapado en un lateral, había un sobre azul bastante grueso. En el reverso ponía: "A la atención de Ronald Weasley."
Ron enseguida rasgó el sobre y de dentro cayó otro sobre, esta vez del mismo color amarillento que los anteriores. El corazón empezó a latirle con fuerza y se llevó una mano al pecho mientras leía la breve nota que venia con él. Seamus observaba de cuando en cuando al pelirrojo, pero en realidad tenía más interés en terminarse su desayuno que en cotillear. Al menos en esos momentos precisos.
La caligrafía de la nota era pulcra y redondeada, pero se notaba que había sido hecho con prisa. Las letras parecían flotar.
Querido Ron,
Acaba de llegar una nueva carta para ti.
Como hoy no creo que pueda pasar a verte,
te la mando con el desayuno.
Espero que te ayude a tener un buen comienzo
de día y de semana.
Con afecto,
Fleur.
Acto seguido, Ron rasgó el sobre amarillo que contenía la nueva carta de Hermione para "Víktor". Sostuvo las hojas entre sus manos durante unos minutos mientras recordaba de nuevo su sueño. En él, la castaña sabía perfectamente que era él quien le había mandado las cartas de amor y no Víktor. Le decía que era importante para ella y que le había devuelto sus ilusiones. Palabras demasiado bellas para las cuatro palabras apresuradas que le había escrito. Y a pesar de todo esto, Ron sintió como en su interior se avivaba la llama de algo que estaba por llegar.
- Hermione…-murmuró tan bajito que Seamus no se enteró.
Amberley Manor
5 de octubre de 1945
Mi querido Víktor,
Es agradable leer que consideras mis cartas como tu bombona de oxigeno particular. Nunca jamás pensé que llegaría a producir un sentimiento como ese en otra persona, ni siquiera en ti. A menudo me encuentro pensando qué habría sido de nuestras vidas si esta guerra no se hubiera producido. ¿Me habrías escrito unas cartas tan maravillosas como las de ahora? Estoy segura de que no.
Pienso sinceramente que eres un poeta de los sentimientos y que guardas en tu interior mucho más amor del que admites. Tú y tan solo tú, me has devuelto mis ilusiones y has curado mis penas. Cada palabra tuya la siento como una caricia en lo más hondo de mi ser.
Es también por las noches cuando más pienso en ti. Supongo que tendrá mucho que ver la tranquilidad que no se respira durante el día. Curioso es que dos personas tan distantes como tu y como yo acaben pensando lo mismo una solitaria noche de otoño. Desde la ventana de mi habitación se ve el bosque de Aleph y cuando escucho el ulular de un búho, el canto del mirlo o el chapoteo del agua en el lago…me pregunto si tú también puedes verlos u oírlos.
Son detalles simples, pero que me hacen sentir conectada a ti de una manera muy íntima y especial. Creo que las estrellas hicieron un buen trabajo al ponerte delante de una hoja de papel y una pluma. Estoy descubriendo a un Víktor totalmente nuevo y del cual podría llegar a enamorarme. Aunque ahora mismo lo único que importa es tu recuperación y que puedas volver pronto a casa.
Eres muy importante para mi, Víktor. Mucho más de lo que piensas y de lo que yo misma llegué a imaginar. Desde pequeña me inculcaron que los sentimientos son para los pobres y los perdedores, pero no es así como yo veo las cosas. No es así lo que me transmiten tus cartas. A veces un simple minuto es suficiente para encontrar el amor de tu vida. Tú y yo no nos hemos visto, pero una sola frase tuya ha producido mas cosas en mi interior que miles de minutos de conocimientos.
Con amor,
Hermione.
