Tres.
Estoy en mi habitación cuando suenan las once de la noche en el reloj de la planta baja, pero no quiero quedarme dormida. Me paso los dedos por la muñeca y caigo en la cuenta de que la marca roja ha adquirido un tono púrpura oscuro, y que el nudo que tengo en el estómago va en aumento con cada campanada.
He terminado los deberes, me he dado una ducha y he colocado los libros de la estantería por orden alfabético, esforzándome al máximo por permanecer despierta; pero después de un publirreportaje sobre unas medias panty que levantan los glúteos, un compilado de Cops –la legendaria serie televisiva– y más de una hora de anuncios de joyas en un canal de televenta, empiezo a dar cabezadas.
Hasta que oigo una llamada en la puerta.
–Adelante –digo elevando la voz, y doy por sentado que es mi madre. Acostumbra a venir a verme por las noches.
Pero la puerta no se abre.
Me incorporo en la cama y enciendo la lámpara de noche.
–Mamá... ¿eres tú?
Nadie responde.
Dejo escapar un suspiro, me levanto y me encamino a la puerta. Trato de girar el picaporte, pero no se mueve; es como si me hubiera quedado encerrada por dentro.
– ¿Mamá? –Vuelvo a llamar, aún intentando girar el picaporte. Empiezo a dar golpes en la puerta, con la esperanza de llamar la atención de mis padres, al final del pasillo.
Pero nadie acude. Y el picaporte sigue atascado.
–Bella –susurra una voz a mis espaldas. Es su voz. La que oigo en sueños.
Me giro para mirar, mientras el corazón me golpea en el pecho.
– ¿Estas preparada para hablar? –continúa la voz de él.
Paseo la mirada por la habitación, si bien no lo veo por ningún sitio. Mientras tanto, todo esta diferente. La ropa de cama es de color azul marino, en lugar del rosado de hace un momento. Y las placas de natación y de hockey sobre hierba que colgaban de la pared –las que he ganado en los últimos cinco años– han sido reemplazadas por objetos de recuerdo de los Bruins: banderolas, palos de hockey sobre hielo y pósters.
Sacudo la cabeza de un lado a otro a medida que me pregunto dónde estoy, consciente de que esta no es mi habitación.
Y de que no debería estar aquí.
–Tenemos que hablar –susurra su voz. Noto su aliento en la nuca.
Me giro y trato de apartarlo de un empujón, pero no encuentro a nadie. Luego, la lámpara en la mesa de noche se apaga y me quedo en tinieblas.
Instantes después, la luna proyecta una franja de luz a través de la ventana, iluminando un rincón del dormitorio donde una sombra se desliza junto a la pared.
Me dirijo otra vez hacia la puerta. La golpeo y empiezo a dar patadas; después, tiro del picaporte con todas mis fuerzas.
Nada de eso funciona.
–No tengas miedo –dice él, mientras se coloca en el rayo de luna y me permite verlo. Tiene los ojos verde y una leve sonrisa en los labios. Debe de ser de mi edad; o puede que haya cumplido los diecisiete o dieciocho, como mucho. Me supera en estatura unos diez centímetros, por lo menos, y su pelo es de color bronce.
Cuando se acerca, una sombra desaparece de su frente dejando al descubierto una hendidura, como si le hubieran golpeado con un objeto contundente. La herida es profunda y reciente.
–Me llamo Edward –explica–. Y llevo mucho tiempo esperando a alguien como tú.
Vestido de negro de la cabeza a los pies, desde la camiseta que cuelga sobre su torso a las botas con suela de goma, se me queda mirando –fijamente– y sus ojos se niegan a parpadear.
– ¿Alguien como yo? –pregunto.
Asiente y se acerca un poco más.
–Alguien que pueda verme y oírme. Llevo mucho tiempo esperando que me escuchen.
Intento dar otro paso hacia atrás, pero me encuentro atrapada entre él y la puerta.
–Lamento lo de tu muñeca– alarga el brazo para tocarla, aunque aparto la mano de un tirón antes de que lo consiga–. No pretendía hacerte daño –prosigue–. Solo trataba de agarrarme de ti, para que no desaparecieras del sueño al despertarte –da otro paso más, y ahora esta plantado a unos centímetros de mí–. Es difícil para nosotros, los fantasmas. Desconocemos el poder de nuestra propia fuerza, sobre todo cuando tratamos de establecer contacto físico con quienes no están dormidos o, como en tu caso, están a punto de despertarse. Es una cuestión relativa a la frecuencia y la energía. Asuntos muy complicados –esboza una sonrisa.
Sacudo la cabeza y me afano por despertarme. Creo que se da cuenta porque, segundos después, me agarra del brazo con fuerza.
–Por favor –suplica con expresión seria–. No me abandones esta noche.
– ¡No! –exclamo con un grito, apartándome de él.
Intenta volver a agarrarme del brazo, pero mi propio grito me despierta.
– ¿Bella? –dice mi padre, que abre de golpe la puerta del dormitorio.
Me incorporo en la cama y trato de recobrar el aliento, al mismo tiempo que me percato de que todo ha regresado a su estado normal: la ropa de cama rosada y las placas en la pared.
– ¿Te encuentras bien? –pasea la vista por la habitación.
Me esfuerzo todo lo posible por asentir, aunque no me encuentro bien en absoluto, aunque sigo notando en el brazo una sensación de hormigueo, de calor.
Hola nuevamente gracias por seguir leyendo. Espero que con este capítulo se hayan solucionado algunas dudas. Cualquier pregunta que tengan que hacerme, por favor, no duden y pregunten.
Ale74: espero que este capítulo haya resuelto tus dudas, en caso contrario no tengo problema en aclarártelas yo misma.
Un saludo grande para tod s y sigan disfrutando.
Only Love.
