No tengo el mismo concepto de "mascota" que la mayoría de la gente.
No soy una de esas personas que cuando llaman a su mascota "perro" responden, ofendidos, "¿Qué perro? ¡es una persona!" pero tampoco creo que nos pertenezcan.
El ser humano tiene un extraño complejo de…no sabría definirlo: necesita poseer. Creo que, reconocer que puedes tenerlo todo sin poseer nada, es admirable en un ser humano:
Cualquiera puede ponerle a un animal mas fuerte que él una cadena y un nombre, pero no cualquiera puede hacer que, sin cadena, ese mismo animal acuda a ti cuando le llamas, aunque sea con un silvido. Sin nombre.
El famoso Hachiko era un akita inu. Una raza de perro peligrosa, y solo vivió con su amo dos años. Pero, a su muerte, siguió acudiendo durante los diez años que le quedaban de vida al mismo sitio donde se reencontraban todos los días después del trabajo del hombre. La gente le erigió una estatua al perro fiel, pero podrían tomar ejemplo del hombre que se supo ganar esa fidelidad.
¿Dónde termina el amor y empieza la posesión? ¿Cuál es exactamente la diferencia entre protección y sobreprotección? Tal vez me como demasiado el coco para una simple historia colgada en un rincón de Internet, pero así soy yo.
El caso es que, para mi, una mascota no es una pertenencia, sino una responsabilidad:
¿tu hermano pequeño te pertenece? No, pero no puedes dejarle salir a la calle solo ni comer lo que quiera. Una mascota depende de ti igualmente, solo que nunca podrá independizarse. Mucha gente se enfadará conmigo por comparar a un hermano pequeño –o un hijo- con un animal, pero no se preocupen: sé que no son comparables.
Lo que pasa es que yo ya tenía bastante liándome la cabeza con estos dilemas existenciales, cuando tenía gato y perro. Y ahora tengo, además, un digimón.
Y tampoco lo puedo comparar a una mascota. Ni a un hermano.
¿es un término medio? ¿es mi protector? ¿mi alma gemela? ¿mi hijo…?
No. Es una bola de carne pelona con dos enormes ojos castaños que me miran fijamente. Y me miran fijamente. Muy abiertos. Como esperando el momento en que me quede dormida para tragarme.
¿no os pasa nunca que una cosa es adorable y da grima al mismo tiempo? Medianoche parecía mas asustada que yo. Ukimon podía ser un monstruo digital japonés con poderes electrónicos, pero yo había visto a mi gata saltarle a la cara a un pitbull y salir ganando…y dejando rastros de sangre. Es muy cariñosa, pero por esa misma razón muy territorial también. Antes de que se acercase al bichejo la cogí en brazos y la acaricié hasta que sus músculos se destensaron un poco.
-me llevó casi una hora- luego llamé a la bola de carne pelona, que, aterrorizado por la presencia del gato, reptó hasta mi como una oruga, y los acaricié por turnos a los dos, dándoles trozos de jamón. Los llevaba encima para ir ganándome la confianza de Ukimon, y aunque a Medianoche no le cayera muy bien, debía entender que no era una amenaza: como mucho, una fuente de premios.
-¡momantai!-
Mario beato regresó de clase deseando encontrarse con pollomon; y se sintió feliz y correspondido cuando el animalito lo recibió lloriqueando, saltando hasta él y estrechándose contra su pecho.
-¡Mario, Mario!- gimoteaba una y otra vez, pues de todas las palabras que se había aprendido a base de repetirlas, esta era a la que mas partido sacaba.
-¡compañero no…y…pollomón solo…y…¿compañero mal? ¿Mario mal? ¡pollomon siente! …
Mario no entendió mucho mas de lo que decía…al parecer había estado a punto de intentar romper la ventana para saltar por ella e ir a buscarle…
Había estado preocupado por él. Y temía haberle fallado como compañero: tenía instinto de protección, aún siendo tan pequeño…
-No, pollomón, estoy bien- dijo, sonriente, porque el pequeñajo se preocupara tanto por él. – solo me he ido al instituto. Tengo que ir todos los días por la mañana, pero siempre vuelvo sobre esta hora.
Pollomón lo miró con sus diminutos y brillantes ojitos.
-…¿instiqué?- cuando no entendía una palabra enlazaba lo que había entendido con el qué. Luego se aseguraba de repetirla una y otra vez hasta cansarse, para asegurarse de aprenderla bien.
-instituto- respondió Mario, sonriente, asegurándose de vocalizarlo bien.
-…¿ins-ti…tuto?- preguntó pollomón.
-si. Muy bien.
-…¿y eso duele?
-No…que va…es lo mas normal del mundo…
-¡Y ENTONCES POR QUÉ CARTONES NO ME HAS ABISADO!
-¡pollomon enfadado! ¡enfadado enfadado enfadado!- dijo el pequeñajo saltando de sus brazos y botando en dirección contraria. Mario se sintió confuso, pero no podía contener la risa: era monísimo, pero, con el cabreo… ¡estaba tan gracioso!
Pollomón se pasó el resto del día botando de un lado a otro y mirando por las ventaas, alegando que había perdido un tiempo precioso preocupándose y asustándose sin sentido, e incluso preguntó cómo abrir la ventana sin romper el cristal, por si surgía la necesidad. Mario era incapaz de tomarse a mal el arranque del pequeño: había salido de casa, como todos los días, con prisas: levantarse, asearse, bestirse, desayunar y correr para no llegar tarde. Estaba acostumbrado a esto, pero el pobre y recién nacido pollomón, aún con las legañas en los ojos, y el deseo de estar junto a él todo el rato, no sabía por qué dejaba la comodidad del sueño y de la casa con tanta prisa…¿estaría asustado por algo? Mario ni siquiera le había explicado nada antes de irse, y comprendía como el pobre se había asustado.
Pollomon se desplazaba flotando, a duras penas, como quien nada a través del aire. No obstante, el pollomon de Mario se entretenía jugando a botar contra el suelo. De hecho, cuando se aburría, se dedicaba a recorrer la habitación botando y repitiendo, una y otra vez, con aire enojado: "instituto instituto instituto…enfadado enfadado enfadado…" Mario le pidió perdón, y el bichejo, después de un momento de duda, y de preguntar el significado de la palabra "perdonar" se lanzó contra su cara.
-¡pollomon enfadado, pero pollomon perdona!
Un rato después, Mario salió de casa con unos amigos: desde que tenía a pollomón, se pasaba el día encerrado en su cuarto, y su madre estaba preocupada. Se puede decir que prácticamente lo echó de casa. Cuando llevaba un rato caminando, escuchó una voz chillona y familiar junto a su oreja:
-¿Mario al instituto?
-No. Mario a casa de un amigo…¿eh?
-amigo. Amigo amigo amigo- dijo pollomón mientras Mario giraba la cabeza por encima de su hombro y se lo encontraba metido en la capucha de la chaqueta.
-Pollomon amigo…¿de amigo Mario?
-¿…Takato…mon?-
Snowbotamón, la fase bebé de gatomón, un animalito de color blanco, mullido como el algodón, con un hociquito adorable y dos orejitas redondeadas, salió botando de debajo de la cama muy contenta cuando entró en la habitación su entrenadora. Minako adoraba cada parte de ella: no solo su aspecto; pues por pequeña que fuese, ya conocía sus rasgos de personalidad, como si hubiera conectado con un alma gemela. Ni siquiera le importaba que le cambiase el nombre: como la llamara era irrelevante: fueran las que fueran, sus palabras destilaban cariño. Le había puesto un nombre italiano muy acorde con su aspecto: Bianca.
-¡Miyuki miyuki miyuki! ¿verdad que se siente bien?
-¿el que se siente bien?
-ah, no se. ¡tu lo sabes?
Miyuki miró a snowbotamón con perspicacia. Su particular trocito de cielo sonreía casi con luz propia. Miró en derredor. Parecía expectante. ¿habría hecho algo? Conociéndola, seguro que era una sorpresa…después de mirar en todas direcciones, -snowbotamón esperaba pacientemente, pero canturreando felizmente, divirtiéndose con el juego- llegó a la conclusión de que no lo veía. Cerró un momento los ojos y suspiró profundamente, y entonces notó algo.
Olía diferente. En el aire flotaba un aire dulzón, mezcla de mirra y vainilla, muy sutil, pero reconfortante.
-¡que bien huele! ¿lo has hecho tu, Bianca?
La bolita blanca asintió, muy contenta- he puesto el fuego y el buen olor debajo de la cama.
Miyuki bien poco tardó en gritar. -¡¿Qué has puesto QUÉ debajo de la cama?
Snowbotamón pareció no darse cuenta de su dilema
-¡ven, que te lo voy a enseñar!- dijo, y saltó de sus brazos, metiéndose bajo la cama. Extrañada, y un poco preocupada, Miyuki se puso a cuatro patas, y luego se tendió boca abajo en el suelo, y se impulsó acercándose cada vez mas a un rincón de la cama…de aspecto concurrido.
Se quedó de piedra: parecía la habitación de una adolescente de una casita de muñecas. Tenía un jarrón en miniatura con una flor silvestre diminuta, una jarrita de agua, ¡un auténtico sofá! Hecho con un par de jerseys doblados. Tenía una cajita de música a modo de mesita, y unos cuantos libros bien colocados. No había ni rastro de pelusas. Y a modo de alfombra, se había colocado una camiseta vieja muy bonita.
En un rincón, había un inciensario líquido: estos aparatos de cerámica tienen un apartado para meter una vela pequeña, y encima una plataforma donde se hechan aceites esenciales que se evaporan con el olor. De esta forma, el calor apenas llegaba a la cama, y corría menos riesgo de incendio. Bianca parecía muy orgullosa de su "habitación" pero especialmente de este detalle. Al parecer se había comido el coco largo rato para idear una chimenea que no corriera el riesgo de incendiar su escondite, y a su amada Miyuki con él. La quería tanto, que se había pasado horas hablando con ella sin dejar de mirarla, atenta a sus gestos, a sus expresiones, a su personalidad y su aspecto, memrizándolo, y estaba orgullosa de que, si cerraba los ojos, podía recitar cada detalle de ella. Desde el tono castaño, casi negro de su pelo, y la medida exacta del susodicho, hasta las diferentes tonalidades grises o verdes que sus ojos podían adoptar, dependiendo de la luz.
Otra persona no haría algo así, pero ella quería hacerlo.
-Bianca, esto es…-Miyuki no tenía palabras. Parte del orgullo de Bianca residía en haberla impresionado.
La pequeña Snowbotamon no era mas que una cría, y a veces podía parecer un bichillo recién nacido: plenamente curioso e inocente, siguiéndola a todas partes como un patito a su mamá; pero en el fondo tenía una naturaleza plenamente independiente y orgullosa: no le había pedido permiso a nadie para coger aquellas cosas y hacerse su propio nido particular, pero tampoco se lo escondía a Miyuki: se lo mostraba con orgullo. Miyuki pensaba cómo elogiarla y al mismo tiempo explicarle que no podía coger cosas sin permiso.
-¡es increíble! Y cuánto detalle…pero…robar está mal. Si querías cualquier cosa, me lo puedes pedir…
Entonces sintió un golpe en el tobillo. ¿alguien la había visto metida bajo la cama hablando sola? Cuando iba a salir, algo tiró de ella con una fuerza inesperada: la arrastró fuera del "santuario" de Bianca de un tirón, y cuando ella pudo mirar arriba, se encontró con dos desconocidos, cada uno del tamaño de un gorila.
¿cómo habían llegado a su cuarto?
-Hola, preciosa- dijo uno de los hombres- nadie te oirá si gritas, así que…
-Hemos venido a negociar- atajó el otro, pero no pudo decir nada, porque la snowbotamón salió de debajo de la cama como una estela, y se lanzó contra uno de los hombres, mordiéndole la mano. El tipejo ahogó un grito y se sacudió con fuerza, hasta que golpeó al animal, que calló al suelo como lo haría una cría de gato.
-¡joder! Prefiero a los pokemon…- murmuró con desprecio frotándose la mano.
-¿pokemon? ¿Qué saben ustedes de nosotros?
-jeje…sabemos mucho mas que tu, desde luego…hemos venido a por él.
Miyuki miró a Bianca, y luego a aquellos hombres. –no puede ser- dijo. –es mi compañera.
-oh, no que va: nos pertenece. Tu, bicho-blanco-mon comotellames. Ven aquí.
La Snowbotamón no se movió del sitio. Miró a Miyuki y le pregunto quiénes eran aquellos hombres. Miyuki la tomó en brazos y se puso en pie.
Cuando parecía que estaban atentos le pegó una patada en la entrepierna al que tenía mas cerca y salió corriendo por el pasillo. Esperaba llegar por lo menos a llamar la atención de un vecino…pero no se esperaba ver a aquel insecto gigante, con aspecto de araña deforme y sonriente, cortándole el paso. Debía de ser de niver campeón, por lo menos.
No le dio tiempo a frenar: uno de los hombres la agarró del pelo y ahogó un grito. Bianca saltó de sus brazos y atacó a la araña. Era mas fuerte, desde luego, que un digimón nivel principiante corriente, pero no lo bastante como para dañarla de verdad. Mientras, Miyuki se debatía a la desesperada con aquel hombre, que se llevó tres arañazos profundos, pero le retorció el brazo por detrás de la espalda.
Aquella especie de araña gigante escupió una tela de araña por la boca que enredó el cuerpo de la snowbotamon y la dejó aturdida. Cuando intentaba quitársela, el hombre al que había pegado en la entrepierna avanzó hasta ella y puso un pié sobre el animalito.
Empezó a presionar, y la pequeña gritó.
-¡No! ¡No, déjala!
-No nos es útil si no es obediente.
Presionó aún mas, y Bianca chilló de nuevo. -¡miyuki!
-¡no la toques! ¡Déjala en paz! ¡es mi compañera!
-¿has pagado algo por ella?- preguntó el hombre que la sujetaba por la espalda, en su oreja. –pues sigue siendo nuestra. Gracias por hacerla salir del huevo…pero si no nos obedece, no es útil.
-¿de qué están hablando? ¡Miyuki!
-¡por favor! No se la lleven…no se la lleven…haré lo que sea…
El tipo que aplastaba a la pequeña se detuvo un momento para mirarla a la cara.
-¿si? ¿Qué estarías dispuesta a pagar?
Era la misma pregunta que le había hecho el hombre de gris.
-¿Qué estarías dispuesta a pagar?-
El día que Ukimon digievolucionó a ktsunimón yo estaba eufórica, hasta que apareció aquel desgraciado para agarrarlo como a un peluche y meterlo en un saco.
Ukimón era adorable, pero Ktsunimón me encandilaba cada vez que lo miraba y me respondía con su mirada de diablillo: todo su cuerpo lo cubría un pelaje amarillo tostado, coronado por dos enormes orejotas de zorro. Tenía bigotes, una naricilla como las de los conejos, y una sinuosa cola de zorro bifurcada en dos.
Su ataque era "pantallazo" y con él dejó en una especie de shock a uno de los hombres que nos atacaron, pero no llegó muy lejos. Aquel digimón con aspecto de araña-payaso.
Yo sabía que eso de llevárselo en un saco, como una patata y sin dar ninguna explicación no era un truco: sin mi no les era útil. Mas tarde me enteraría de que, si no hubiera luchado por él, no habría seguido viviendo.
-¡no! ¡Basta! ¿Qué queréis por él?
-¿Qué estás dispuesta a pagar?- se ofreció aquel tipo, enseguida.
Me quedé en blanco. Desde luego, mi cuerpo no. Y no iba a trabajar para unas personas que le ponen precio al cariño…
Solo me quedaba una solución.
-¿Qué les parece…dinero? Es todo lo que puedo ofrecer…
Los dos se miraron el uno al otro
-niña, un animal corriente ya es caro. ¿de verdad crees que podrías permitirte semejante lujo?
Aquel tipo agitó el saco. Dentro, mi pequeño Ktsunimón gimoteó lastimeramente, llamándome. Si iban a llevárselo, el dinero no era problema.
-…puedo pagar.
-¿cuánto? ¿Qué precio le pondrías tu?
Me quedé callada. Aquellos tipos sonreían. No jugaban sucio, pero no pensaba responder: incluso dentro del saco se había hecho el silencio, como si Ktsunimon quisiera saber si yo sería capaz de valorarlo en dinero. Que repugnante.
-¿Qué les parece una cantidad todos los meses? Como el alquiler de una casa. A la larga ganarían mucho.
Los dos se miraron uno al otro. Uno de ellos sacó un reloj de muñeca y un puntero. Apuntó algo y esperó.
-¿cuánto dinero?
-¿hay trato o no? – quería confirmar que podría salvar a mi compañero.
El primero miró al del reloj. Este asintió con la cabeza. Solo entonces dijo:
-hay trato. ¿cuánto?
Entonces me relajé un poco y empecé a hacerme la dura, aunque fuera por el pobre Ktsunimon, que lo estaba pasando fatal. En realidad yo también estaba temblando: tal vez esos tipos no se dejaran torear.
-¡antes de nada me soltáis al pobre bicho que me lo vais a traumatizar!- le quité a uno la bolsa y la vacié en el suelo. El pequeño calló rodando como lo haría uno de esos peluches de pajaritos furiosos. Estaba llorando.
-¡Nora!- exclamó, yendo hacia mi como para abrazarme. Yo lo recibió con cariño, pero en seguida me lo quité de encima: no quería arriesgarme haciendo esperar a esos tipos.
-corre y escóndete. Lo tengo todo controlado.
-¡pero…!
-¡hazme caso!
Dudó un momento.-¡no!- estaba llorando y temblando. Pero estaba determinado a quedarse allí. Parecía que mas herido estuviese su orgullo. -¡me quedo contigo!
-¡Ktsunimon, es una orden!
Se quedó de piedra. Nunca le había ordenado nada; y no era mas que una máscara. Por dentro, el miedo y la impotencia me rompía a mi también. pero al fin el pequeño se dio la vuelta y se fue botando tras la puerta de mi cuarto. Poco después, se volvió a asomar.
el tipo del reloj se reía por lo bajo. ¿Qué le hacía tanta gracia? Si un día me lo encuentro a solas en un callejón sin salida y tengo un cuchillo…
-disculpen señores en seguida estoy con vosotros.
Me dirigí descalza hacia mi cuarto. Pasé junto a mi compañero. Se me partía el alma al verlo con las orejitas caídas hacia delante, como queriendo taparse sus ojitos con ellas. Vacié entera mi hucha y mi bolso: 300 euros. Se los entregué con toda la dignidad y el arrojo que me quedaba. O con la que pretendía fingir.
-¿que significa esto? ¿crees de verdad que puede ser suficiente?
-es, mas o menos, el alquiler de un piso. Y es todo lo que puedo ofrecer. Una vez al mes. No es poco.
-…¿podrás conseguir mas?
No les dije que mi paga semanal eran solo 20 euros, y que a base de masajes a mi madre no juntaría trescientos.
-podré- fue todo lo que dije. Dentro de mi mente se había roto algo, como la cáscara de un huevo: siempre he tenido determinados límites de ética, o he querido pensar que los tenía. Me preguntaba ¿sería capaz de robar por alguien a quien quiero? ¿y por mí misma? Suponía que si se trataba de delitos menores, la respuesta era si, pero por algo se empieza. ¿sería capaz de matar?
Solo cuando los dos hombres y ese monstruo; (los tres monstruos, mejor dicho) abandonaron mi casa pude dejar caer mi máscara y darme la vuelta, dubitativa, asustada, y arrodillarme para abrazar a Ktsunimon. Lloramos los dos juntos. Yo en silencio, él con grandes sollozos. Yo no hacía mas que pensar: "tengo que explicarle por qué le he hablado así delante de esos hombres, tiene que saber que no iba en serio…" y en cómo me las arreglaría para, con 17 años y en plena crisis ganar 300 euros mensuales y cómo explicar su desaparición. Solo se me ocurría una solución, la mas sencilla: carteriso.
Ktsunimón me perdonó por hablarle mal. Desde el principio no se lo había tomado en serio, pero jamás se perdonaría a si mismo el no haber sabido defenderme como compañero digital. No le importo el ser demasiado pequeño aún, ni la minoría, ni que fuera una trampa: él debía defenderme, y otra excusa no existía.
yo pensaba de otra forma: ¿Quién debía proteger a quien? ¿Quién lo había dicho? Éramos dos, y de momento él era el mas indefenso, y mi responsabilidad.
¿Esas cosas le echáis a los huevos? ¡Es un insulto para nuestra cultura gastronómica!
Mario acarició con cariño la cabeza de tokomon. No le había dado tiempo a celebrar su digievolución. Si le había sorprendido como, sin aceptar la derrota, aquel enano de hociquito adorable y colmillos punzantes se había lanzado una y otra vez contra sus agresores. Había tenido que agarrarlo durante la negociación, y mientras el pequeño no había dejado de insultarlos con las pocas palabras que conocía. Porque ahora que había digievolucionado parecía conocer un extenso vocabulario, pero casi siempre apto para los niños.
Casi siempre. Claro.
-¡SUÉLTAME QUE LE ATIZO! ¡QUE LE FOSTIO! ¡MARIO SUELTAMEEE! ¡VOY A DEJARLE LA CARA COMO EL AGUJERO DEL CULO! NO SERÁ DIFÍCIL, ¡SUÉLTAME!
Parecía un niño pequeño pidiendo una piruleta.
-jajajaja anda, suéltalo- se había burlado el digimón con aspecto de araña. Su voz había vibrado como una música puesta a un volumen inadecuado, y a su paso titilaron todos los aparatos electrónicos de la casa. Mario agradeció quedarse solo cuando todo hubo pasado. No recordaba ninguna experiencia peor: se había visto obligado a cogerle dinero a su madre, a su padre, y de la emergencia de la casa. No quedaba nada, y sus padres lo sabían. Con todo, los hombres y el digimon no estaban conformes.
-Volveremos por mas- le habían amenazado- mas te vale tener para entonces algo mejor que calderilla.
A su lado, Tokomon, a medio camino entre la preocupación y el enfado se dejaba acariciar, mientras buscaba las palabras adecuadas para animarle.
-No te preocupes, Mario. Te conozco: no harás nada de lo que puedas arrepentirte. ¡y esto no durará mucho! Espera y verás cuando evolucione…
Se lanzó como un cachorrillo de gato sobre un cojín.
-¡les daré el viejo uno y dos! ¡y mi ataque especial y…!- dijo mientras saltaba una y otra vez mordiéndolo. Al menos le hizo sonreír.
Codi, la vida no es buena ni mala…la vida es, simplemente, maravillosa
Lucía salió corriendo de casa con lágrimas en los ojos, pero también con rabia contenida. No dejó de correr hasta que llegó a un gran parque, un poco lejos de su casa, y se metió entre los matorrales.
Quería ser fuerte. Mucho mas fuerte. Quería tener todos los pokemon posibles, todos ellos fuertes y orgullosos y poder deshacerse de aquellos desgraciados que se habían atrevido a entrar en su casa como salidos de la nada.
Pero en plena ciudad, y en el mundo en el que ella vivía, no había muchos pokemon, precisamente. Ni siquiera entre los matorrales. Lo mas que podía temer encontrarse era un asqueroso condón usado. ¿cómo haría para convertirse en una auténtica entrenadora pokemon?
No pasaron ni tres minutos antes de que oyera unos ruiditos adorables tras de sí, y un pequeño pingüinito azul apareciera junto a ella, lleno de rasguños y tiritas untadas en betadine. El animalito lloriqueó un poco y se lanzó contra ella, en un torpe abrazo.
-¡Cian! ¿que haces aquí? Tendrías que estar descansando.
Pero mas que el cuerpo de Cian, su orgullo estaba herido. No había peor desgracia para un pokemon que decepcionar a su entrenador, o que este no lo apreciara. Al menos esto pensaba la pingüinita. Había luchado con todas sus fuerzas, que, al nivel 1, no eran muchas. Con todo había seguido debatiéndose hasta que Lucía le había ordenado detenerse. Cian había visto todo su mundo derrumbarse cuando su entrenadora no solo no la apoyó, sino que se vio obligada a pagar por ella, y no al revés, como debía ser.
Sin dinero que ofrecer, y al borde de la desesperación, Lucía se había visto obligada a aceptar un contrato de aquellos hombres: a trabajar para ellos. No sabía qué tendría que hacer, pero desde luego su futuro no era prometedor: trabajar para aquellos desgraciados, ayudándoles, probablemente, a hacerle a mas gente lo mismo que a ella. ¿se convertiría en uno de esos malos de la serie, miembros del team roket o del magma…o de lo que fuera? Que horror. Esperaba no tener que obedecerles por mucho tiempo. ¡directamente, no quería hacerlo! Pero no tenía otra opción.
Cian le levantó la barbilla, haciéndola mirar al frente, ¡y le escupió un pistola agua a la cara!
-¡Cian! ¿pero que haces?- preguntó, sacudiéndose. Cian sonreía animadamente y daba saltitos. Intentaba animarla. Con sus alitas sin pelo, con suaves plumas impermeables restregó sus ojos mojados, borrando de ellos todo rastro de lágrimas.
-¡Piplup!- exclamó, toda feliz, como si cualquier problema desapareciera de repente, con una sonrisa. Lucía rió sin ningún sentido y abrazó al animalito.
Lucharían, de un bando o de otro, y lo harían juntas. Con mas compañeros o con enemigos. Lo importante es que estaban juntas.
-…deberéis criarlos bien-
Escritora2- Y hasta aquí el capítulo 3. me sigo enrollando mucho, y tardando mucho en publicar. TT hay, la dura vida del escritor nobel… en fin. En el próximo capítulo tendremos las primeras batallas¡ y algún que otro invitado especial, si es que algunas, se dignan a comentar ¬¬ (mirando despiadadamente a Escritora1)
Y, como de costumbre, las preguntas debidas:
-¿cómo pagas semejante deuda con los hombres de negro? ¿cómo consigues el dinero? ¿hasta que punto serías capaz de cometer un crimen para salvarte tu o a alguien que aprecias? (robo, destrucción de propiedad privada, mafia, asesinato…) ¿te considerarías una víctima, te odiarías a ti mismo o te mentalizarías para pasarte definitivamente al lado oscuro? ¿y si discutes con tu compañero? ¿Por qué sería?
¡Espero vuestras respuestas!
