¡MIL MILLONES DE PERDONES POR NO HABERLO SUBIDO CUANDO DIJE D:! Y por no dar aviso de nada y por solamente desaparecer.
Entiendo si me odian ;A;
Pero tengo buenas noticias: salí del hiatus y ya estoy dispuesta a escribir, y mejor(?)
Bueno, aquí les dejo el tercer cap.
Disfrútenlo, y si les gusta dejen review^^
A pesar de que tanto Alice como Alfred tenían muchas cosas por decir, todo el camino hacia la residencia Kirkland transcurrió en silencio. Ninguno de los dos se atrevía a romper esa tranquilidad que los rodeaba y preferían simplemente disfrutar de la compañía del otro.
Sin embargo, cuando llegaron a la casa de Alice aquella calma se vio interrumpida por varios y severos regaños por parte de Arthur, quien tenía una expresión notablemente preocupada.
—Alice, de verdad eres tan imprudente. ¿Por qué no te llevaste un paraguas? ¡Mira cómo estás empapada! ¡Te dará un resfriado! ¡Apresúrate y toma una ducha! Después hablaremos bien, señorita —la reprendió Arthur, quien parecía lucirse en su papel de hermano mayor preocupado sólo porque Alfred estaba ahí, tanto así que había pasado por alto que ni Alice ni él usaban paraguas, por más fuerte que lloviera.
La rubia estaba tan abrumada por sus pensamientos que lo único que pudo hacer fue asentir con una expresión de pesadumbre y obedecer, por lo que fue a bañarse —procurando ser rápida, ya que no quería hacer esperar una hora a Alfred, como lo había hecho con Antonio— y al salir se topó con que su hermano le había ofrecido su baño a Alfred.
"No creo lo odie…"
Pensar aquello no pudo evitar hacer que la rubia esbozara una pequeña sonrisa. La verdad era que Arthur también tenía una personalidad algo complicada, y cuando quería podía ser tan temperamental como la propia Alice, pero también tendía a esconder sus sentimientos. Una mueca, entornar los ojos e incluso bufar, todos aquellos podían ser signos de que le agradaba alguien o que se sentía bien con algo. ¿Sería ella igual? ¿Sería su manera de demostrar aprecio hacia algo o alguien? Una serie de preguntas se atiborraron en su cabeza. Pocas veces se detenía en verdad a pensar sobre sí misma. La verdad era que, prácticamente, no se conocía.
Luego de terminar de arreglarse y cambiarse, después de quince minutos, bajó hacia el recibidor de su casa y se topó con una nota de Arthur donde le decía que había salido con Francis —para variar—.
"De verdad, siempre se va cuando menos me lo espero. Ese idiota."
Alice soltó un suspiro y se dispuso a prepararse unos emparedados como aperitivo para descansar mientras miraba el televisor por un rato, cuando una idea cruzó su mente como un relámpago. Era cierto: Alfred seguía en la casa y, a juzgar por el sonido de la regadera, seguía bañándose. La rubia inmediatamente sintió su rostro arder y, de repente, escuchó que alguien la llamaba.
— ¡Alice! ¡Ayúdame por favor! —gritó Alfred desde la regadera, con un tono tan alarmado que no pudo hacer más que asustar a la británica, quien corrió hacia el cuarto de su hermano, tan apresurada, que iba dando de traspiés.
— ¿Qué sucede? ¿Estás bien? —preguntó la rubia entre jadeos
—Sí, es que necesito una toalla —respondió Alfred un poco apenado, mirando a Alice directamente, a través de la puerta transparente de la regadera —Oh…
Como era de esperarse la rubia salió corriendo inmediatamente de aquel cuarto, completamente apenada por aquel incidente, incluso aun cuando en el fondo sabía que no se arrepentía. Darse cuenta de eso le hizo detenerse de repente. Y entonces, como poseída por un sentimiento nuevo, se atrevió: en un majestuoso giro volvió hacia el baño, tomó a Alfred por el ángulo de la mandíbula y posó sus labios suavemente en los ajenos.
Fueron tan solo cinco segundos.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco…
Cinco segundos en los que miles de sentimientos estallaron al contacto con los labios ajenos. Tantos recuerdos, tantos pensamientos, tantas palabras calladas. Todo eso fue liberado cuando los delgados labios de Alice tocaron los cálidos labios de Alfred. Todo era tan intenso que dolía. Los labios de la ojiverde ardían, le lastimaban. Pero… ¿Por qué? ¿Que no era eso lo que ella buscaba desde hacía tanto tiempo? Sí, definitivamente lo era. ¿Entonces, qué sucedía?
Algo no estaba bien.
Una vez pasados aquellos cinco segundos, que se sintieran como una eternidad, lo primero que hizo Alice fue ver aquellas cristalinas ventanas al alma del estadounidense: nada. No lograba ver nada. Era como si estuviera vacío por dentro. Luego examinó su semblante. ¿El resultado? Confusión en su máxima expresión.
No lograba comprenderlo… Pero no tenía caso quedarse ahí. Dio un enorme suspiro y se retiró de la habitación.
Esa misma tarde, mientras los hermanos Kirkland y Alfred cenaban juntos en el comedor, el silencio reinaba como si sus vidas dependieran de ello. Arthur sabía lo que sucedía, pero no pensaba preguntar. Aquellas miradas apenadas y tristes de parte de Alice hacia Alfred ya decían demasiado. Sería mejor si él simplemente se hacía tonto e ignoraba aquello.
— ¿Y qué te parece Londres, Alfred? —preguntó Arthur sin dirigirle la mirada al estadounidense
—Eh… eh… —aquella pregunta había tomado por sorpresa al rubio, pues sabía que Arthur no lo tenía en un buen concepto y de alguna manera sentía como si se tratara de alguna evaluación —Pues es bastante interesante, muy clásico.
— ¿Clásico? —Arthur arqueó una ceja
—S-sí. Ya sabes, por la época Victoriana, el Big Ben, el London Eye, el palacio de Buckingham…
— ¿Ya fuiste a tantos lugares en dos días? —inquirió el inglés con un tono serio, cosa que puso a Alfred un poco más intranquilo. Definitivamente Arthur debía odiarlo.
—Eh, no… Pero esa es la impresión que tengo de Londres —respondió Alfred. —Perdón si suena un poco tonto, es que siempre me ha gustado este país; es muy diferente a Estados Unidos. Quiero decir, diferente bien. Me gusta.
— ¿Entonces no has visitado ningún sitio? —cortó Arthur, interrumpiendo el agradable comentario
—No —admitió el otro en un suspiro, sintiéndose avergonzado, pues creía que Arthur ahora debía tener una peor opinión de él
—Pero viviste aquí tres años ¿no? —cada pregunta parecía una prueba a pasar
—Sí, pero nunca salía a ningún lado. Me la pasaba ocupado en mis tareas y actividades de los clubes. En realidad sólo salía de la casa a la escuela y viceversa.
— ¿Entonces qué esperas? Vamos Alice, ve con él. Muéstrale todos los lugares de Londres que puedas. El chico necesita conocer este lugar tan hermoso, pero necesita conocerlo de verdad y con alguien que sepa sobre Londres.
— ¿Q-qué…? —la chica estaba sorprendida. ¿Cómo podía hacerle eso su hermano?
— ¡Pero anda! Se les hace tarde.
—E-está bien… —musitaron Alfred y Alice al mismo tiempo, mientras Arthur los animaba a salir de la casa Kirkland.
La ciudad de Londres era sencillamente inexplicable. Era tan majestuosa que no se podía expresar en palabras: los edificios, la gente, los paisajes, y su mágico olor. Todo era demasiado increíble como para poder describirlo con palabras.
Alfred quedaba maravillado entre más cosas veía. Y es que, en realidad era como un niño pequeño, sorprendido por cada novedad con las que se encontraban.
Por su parte, Alice no podía evitar avergonzarse un poco de no darse antes la oportunidad de aprovechar realmente la ciudad dónde vivía, sin embargo se alegraba un instante después al contemplar la expresión facial del chico que la acompañaba. Era tan tierno verlo así.
Visitaron varios lugares, desde sitios históricos hasta algunos que formaban parte más bien de la cultura popular, y un par de horas después decidieron tomar un descanso, por lo que se dirigieron a un parque, donde se sentaron un rato a reposar.
Pasaron unos cuantos segundos en silencio, ya que ni Alfred ni Alice sabían bien de qué hablar. La experiencia de la mañana había sido un tanto incómoda para ambos. Aunque, más que nada, se limitaban a aprovechar de la compañía del otro.
—Alice… ¿por qué hay tanta gente aquí acostada, tomando el sol? —se decidió a preguntar Alfred, rompiendo el hielo
—Oh, ¿eso? Es porque aquí a la gente le gusta mucho el sol. Tú sabes, aquí el clima es muy poco predecible y el cielo gris abunda; así que cuando hace sol, todo mundo aprovecha y disfruta de lo poco que llegamos a tener.
—Vaya, eso sí que no me lo esperaba. ¡Y mira! Hay algunas chicas lindas con traje de baño —señaló Alfred inocentemente, sin pensar de verdad en lo que decía
—…Ah —masculló Alice, evidentemente celosa —Es hora de irnos. La última parada del tour es el río Támesis. —Al decir esto, la inglesa se paró sin titubear y se dirigió a la salida del parque, sin embargo, al ver que su compañero no la seguía, volvió por él y lo levantó a jalones.
Una vez que llegaron al río el sol comenzó a descender, dando a mostrar que la noche se acercaba.
—Gracias por un día tan maravilloso, Alice. Me divertí mucho, de verdad —dijo Alfred, mientras esbozaba una sonrisa. No, no sólo una sonrisa. Aquella era una de las sonrisas que Alice no creyó volver a ver jamás: tan radiante que podía derretir la capa de hielo alrededor del corazón de la rubia. Y aquello era un poco doloroso.
—D-de nada… Me alegra mucho que te gustara Londres —sonrió Alice tímidamente, mientras miraba hacia el suelo en un intento por ocultar todo el rubor que cubría sus mejillas, producto de su vergüenza.
—Bueno… —Alfred buscaba palabras para continuar hablando con Alice. A pesar de que había llegado el momento de irse aun buscaba un pretexto para permanecer ahí —… pues-
—Ya es tarde… —interrumpió Alice accidentalmente, pero se sentía muy torpe como para decir alguna otra cosa.
—Sí… Quizá debería irme.
—A-ah… está bien —en ese momento, más que nunca, la rubia hizo un esfuerzo por sonreír mucho más que como hubiese sonreído jamás. Quería que Alfred la recordara así: sonriendo (No como la última despedida, cuando ella le gritó y salió corriendo). Incluso si esa era la última vez que se veían. —Volverás mañana a Estados Unidos ¿no?
—Eh… s-supongo —suspiró el chico con pesadez. —Entonces ya me voy… —al decir esto el ojiazul se dio una media vuelta dispuesto a irse mas lentamente por si algo surgía.
—A-Alfred, espera —ante aquella petición el americano se detuvo inmediatamente. —Antes de que te vayas quisiera preguntarte algo
— ¿Sí? Dime
Alice tomó una gran bocanada de aire antes de atreverse a hablar
— ¿Por qué cuándo te besé no reaccionaste? —Hizo una pequeña pausa para respirar profundamente, pues lo que pensaba decir le costaba demasiado —La verdad creí que te gustaba o que al menos lo corresponderías. N-no me malinterpretes, no es como si yo piense que te gusto o algo así, simplemente pensé que reaccionarías de otra manera.
—Ah… eso. Es que me voy a casar.
Soy bien troll(?) Ok no.
Pues... la última vez dije "El próximo capítulo saldrá el Viernes" y no fue así, perdón por eso D: Así que, para no dar falsas esperanzas(?) ya no daré fechas aproximadas(?).
