Disclaimer: One Piece y sus personajes son propiedad de Eichiro Oda. La historia pertenece en su totalidad a la escritora Betty Neels, esto es solo una adaptación. Contiene OC.
Capítulo 3
La casa era muy luminosa y estaba decorada con muebles grandes y cómodos. Cruzaron el vestíbulo y entraron en un majestuoso salón desde el que podía verse a lo lejos la catedral. La baronesa, que seguía hablando, fue trasladada en su silla de ruedas hasta una butaca mientras que una joven, a quien la hermana de la baronesa presentó como Penguin les servía café y pastas.
— ¿Te importa si te llamamos Nami? —añadió la hermana de la baronesa, sonriendo. Hablaba inglés tan bien como su hermana.
—Por favor, hágalo —contestó Nami.
—Mañana por la mañana, querida, te irás de compras tan pronto como me hayas ayudado —dijo la baronesa—. Necesitas algo de ropa bonita. No es mala idea llevar uniforme, pero ahora que vas a disponer de tiempo libre, querrás salir a divertirte.
Sus tres acompañantes la miraron con amabilidad, pero veía cierta incertidumbre en sus rostros. Si hubiera sido guapa, pensó irónicamente, podría pasárselo en grande, pero tendría que contentarse con visitar los museos y otros lugares de interés. Nami se deshizo de esos pensamientos horrorizada ante su autocompasión. Ahora por fin la fortuna le sonreía y ya no tenía por qué sentir lástima de sí misma.
Aceptó con gran entusiasmo y recordó que aún no habían realizado los ejercicios diarios y, puesto que el médico de familia iba a visitarlas aquella misma tarde, era mejor que los hicieran antes de que llegase. La baronesa fue transportada hasta su dormitorio en la planta baja. Era una habitación extremadamente cómoda con baño incorporado. Al otro lado, había otra habitación más pequeña pero igual de confortable que sería para Nami.
Una vez hubieron terminado los ejercicios, acomodó a su paciente en la silla de ruedas y la acercó hasta la ventana mientras ella deshacía sus maletas, tarea que frecuentemente interrumpida por su acompañante. La baronesa observaba el tráfico y veía cómo los turistas bajaban de sus autobuses camino a la catedral.
—Debes ir allí —declaró la baronesa—. Es una catedral muy bonita. A mí también me gustaría verla otra vez.
—Entonces iremos juntas —dijo Nami al instante—. Está muy cerca. Yo empujaré la silla de ruedas. Algo de ejercicio me vendrá bien.
La baronesa tenía sus dudas.
—Law dijo que no debías levantar mucho peso. Él parece creer que no eres demasiado fuerte.
Nami resopló.
—Pues se equivoca. Soy tan fuerte como un caballo. Cuando estaba en casa solía hacer todo el trabajo yo sola. Era una casa bastante grande con suelos y escaleras que encerar y grandes muebles que mover.
— ¡Qué vergüenza! —exclamó la baronesa indignada—. Deberían juzgar a tu madrastra por tratarte así —reflexionó durante un momento—. Naturalmente, las doncellas en casa hacen gran parte de las tareas domésticas, pero ninguna de ellas está saturada de trabajo —se giró de la ventana y observó a Nami, que en ese momento colgaba un vestido de terciopelo negro en el armario—. ¿Has pensado qué prendas comprar?
—Bueno, puesto que hace calor creo que compraré un par de vestidos de algodón. Pensé que iba a hacer más frío…
—Puede hacerlo, pero un vestido o dos de algodón te serán muy útiles. Busca también una chaqueta para combinarla con ellos. ¿Y qué más?
— ¿Pantalones? Algunas camisetas, quizá un jersey y unos zapatos o sandalias…
—Y naturalmente un vestido para la noche. Mejor dos.
Nami, que no había tenido un vestido nuevo durante mucho tiempo, estaba muy contenta.
A la mañana siguiente la baronesa estaba inusitadamente dócil. Permitió que Nami la ayudara a vestirse y realizó sus ejercicios a la perfección mientras conversaban sobre la visita de la doctora Kureha la noche anterior antes de la cena. La doctora sabía tanto acerca de las dolencias de la baronesa que Nami estaba segura de que el barón Law se había encargado personalmente de darle todos los detalles. La doctora había alabado su progreso y había recomendado que los ejercicios aumentaran en intensidad. También les había prometido volver en dos días y llevarles unas muletas para que la baronesa pudiera empezar a caminar de nuevo.
—Cuanto antes se ponga de pie, mejor —había señalado la doctora—. ¿Cuánto tiempo estará aquí? ¿Dos, tres semanas? Cuando nos deje, creo que será capaz de manejarse muy bien, baronesa.
Luego le dio a Nami un par de instrucciones y le sonrió muy amablemente.
Nami se marchó de compras. La baronesa le había dicho que había un par de grandes almacenes que estaban muy cerca, Sundt & Co en Kongens Gate y Steen & Stroom en Olva. Merodeó alrededor de ellos y finalmente regresó a la casa del cónsul cargada de paquetes que tuvo que deshacer y mostrar a la baronesa, quien la esperaba estratégicamente en el salón.
Dos vestidos de algodón y una chaqueta que combinaba con ellos, pantalones azules y un par de camisetas de algodón, sandalias planas y un par de zapatillas, una falda estampada y una blusa de encaje a juego y un jersey verde claro muy sencillo.
—Un gusto excelente —añadió la baronesa—. ¿Eso es todo, Nami?
Nami se había gastado casi todo el dinero que tenía, pero no quería decírselo. Cuando cobrara su próxima paga quizá pudiera comprarse otro vestido, pero estaba decidida a ahorrar todo lo que pudiera. Su trabajo en Noruega era más bien como unas vacaciones, pero una vez llegara a Holanda y obtuviera trabajo en un hospital, necesitaría todo el dinero del que pudiera disponer. Tendría gastos alimenticios para ella y los animales, de alojamiento, de electricidad, calefacción y muchos otros de orden cotidiano. Además, la ropa que había comprado había sido bastante cara.
—Echaré un vistazo —le dijo a la baronesa—, y cuando vea algo que me guste, me lo compraré.
Algo con lo que la baronesa estuvo totalmente de acuerdo, puesto que eso era lo que ella siempre había hecho.
El barón Law volvió a telefonear aquella tarde y esa vez pidió hablar con Nami. Ella le transmitió fielmente los comentarios de la doctora Kureha, le aseguró que su madre estaba haciéndolo muy bien, cosa que lo sorprendió. Cuando ella hubo terminado, el barón le preguntó si se lo estaba pasando bien y si había tenido tiempo de hacer un poco de turismo por la ciudad.
Ella le contestó que tenía un montón de tiempo libre y le preguntó por Chopper y Momo.
—Están perfectamente y son muy felices. ¿Aún no has tenido un día libre, Nami?
— ¿Yo? No. ¿Qué haría? —le preguntó con total naturalidad—. Estoy muy contenta y la baronesa es una paciente estupenda.
—Podrías conocer a gente de tu edad —insistió el barón—, y pasar el día con ellos. También podrías hacer algunos viajes interesantes…
—No creo que conozca a nadie. De todas formas, no estoy de vacaciones —le recordó severamente.
Pero durante la siguiente semana pareció que sí lo estaba. Ciertamente la baronesa ocupaba la mayor parte de su tiempo. Había que enseñarle a manejarse con las muletas y dado que su paciente consideraba que la hacían parecer torpe y patosa, le estaba costando un gran esfuerzo persuadirla para que se acostumbrara a utilizarlas. Sin embargo, después de los primeros días empezó a hacer progresos. Tenía tan poca confianza en sí misma que se negaba a ir a ningún sitio sin que Nami estuviera a su lado, pero como a la casa siempre acudían un montón de visitas, Nami se las apañaba para conseguir una hora libre aquí y allá.
También conoció gente. La vida del cónsul era bastante tranquila, pero había muchas idas y venidas entre cónsules, cenas, reuniones para tomar el café por las mañanas, el té por la tarde… y puesto que la baronesa no podía salir mucho, las visitas se hicieron mucho más frecuentes.
La baronesa era muy meticulosa en presentar a Nami a todo el mundo y, a pesar de sus protestas, ella asistía a todas las cenas. Todo el mundo la trataba como si fuera una hija en vez de una enfermera. Además, le caía bien a todo el mundo, aunque ella no fuera consciente de ello.
—Nami no es muy agraciada, pero tiene encanto, un carácter apacible y la más dulce de las sonrisas. También es una enfermera estupenda. Debo decirle a Law que se asegure de conseguirle un buen trabajo cuando regresemos. Esta criatura se merece lo mejor después de esos horribles años que ha pasado —le dijo la baronesa a su hermana.
Ambas damas, que se habían dejado llevar por la emoción del momento, parecían haber discutido aquel asunto en alguna otra ocasión.
Nami, fiel a su promesa, llevó a la baronesa a la catedral. Era un día soleado pero no demasiado caluroso, por lo que el trayecto no le resultó muy duro. La catedral de Nidras se erguía frente a ellas, con su imponente fachada de granito negro. También era oscura en el interior, pero sus magníficas vidrieras la dotaban de una tenue luz que Nami encontró relajante a la vez que impresionante.
Una vez dentro se unieron a un grupo de visitantes. Nami que bordeaba el grupo debido a la silla de ruedas, se perdió gran parte de la explicación del guía y se prometió a sí misma que volvería sola al día siguiente, cuando varias damas acudieran a la casa a tomar café y la baronesa le dijera que podía disfrutar de un rato libre hasta la hora de comer. Entonces se aseguraría de estar en primera línea para poder seguir al guía y no perderse nada, inspeccionar el arte gótico del interior, deambular por los pasadizos que había tras el altar y recorrer el exterior para admirar el gran edificio.
Le tomó el gusto a hacer turismo después de visitar las cabañas de madera a orillas del lago, los veits, que eran los callejones medievales escondidos entre las calles principales, y el Stiftsgaarden, un gran palacio de madera en el centro de la ciudad. Sólo había un lugar que no había podido visitar, el museo local en las afueras de Trondheim. Estaba muy lejos para poder ir caminando hasta allí en los breves intervalos de tiempo que tenía libre y, aunque hubiera intentado tomar un taxi, tenía miedo de llegar tarde. La baronesa era muy gentil, pero le gustaba que todo el mundo fuera puntual a pesar de que ésa no era una de sus propias virtudes.
El barón Law telefoneaba regularmente y algunas veces pedía hablar con ella para darle noticias de Chopper y Momo. En una semana viajarían a Holanda y Nami estaba impaciente por volver a ver a sus viejos amigos, a pesar de que lamentaba haber podido ver tan poco de Noruega. Había disfrutado allí cada minuto y había tenido más suerte de la que merecía. Pensar en tener un nuevo trabajo y ser libre la hizo sentirse embriagada, por lo que se compró un top de punto y una falda en un agradable tono rosa palo simplemente porque le parecieron bonitos. Volvió a probárselos de nuevo por la noche antes de irse a dormir y brincó por su dormitorio, peinada con un elaborado recogido y sus mejores zapatos, diciéndose a sí misma que la vida era divertida.
Y seguía siendo divertida por la mañana. Hacía un tiempo estupendo y se puso el uniforme y una cofia con algo de arrepentimiento. Un vestido de algodón habría pido mucho más adecuado, pero la baronesa tenía ideas anticuadas sobre las enfermeras. Quería que Nami vistiera de uniforme a menos que estuviera libre. Se colocó a cofia, se aseguró de que su rostro estuviera bien maquillado y fue hasta el vestíbulo, como de costumbre, para recoger el correo de la baronesa y la bandeja de café que estaría preparada en la mesa del comedor.
La última persona que habría esperado ver estaba de pie junto al balcón con las manos en los bolsillos y mirando a la calle. Él se giró cuando ella se detuvo en la puerta, dedicándole una larga y considerable mirada.
—Buenos días, Nami —dijo el barón Law.
— ¡Vaya! —exclamó Nami mientras se enfadaba por ver cómo se sonrojaba—. Buenos días. No esperaba verlo…
— ¿Por qué deberías? —le preguntó fríamente—. No te dije que vendría.
Sonrío mientras caminaba por la habitación, pero no hacia ella, sino hacia otra persona. No estaba solo, había una chica alta y elegante sentada en el brazo de una silla en una esquina del comedor. Llevaba pantalones y una vaporosa túnica que le daba el aspecto que Nami siempre había soñado pero nunca había conseguido. También era guapa. Tenía las facciones muy marcadas y unos brillantes ojos que, cuando se giraron hacia Nami, dejaron claro que era la hermana del barón. Ella le sonrió de manera amistosa mientras el barón Law se dedicaba de nuevo a mirar por la ventana.
—Te sorprendes de vernos —comentó despreocupadamente—. Lammy, ésta es Nami. Ella cuida de mamá —dijo mirando vagamente en la dirección de su hermana—. Nami ésta es mi hermana Lammy.
Nami la saludó y pensó por qué se había sentido tan aliviada al saber que era la hermana del barón y no su novia. No tenía razón alguna por la que sentirse aliviada. Nami frunció el ceño.
—Hemos decidido pasar unos días aquí —dijo el barón con brío.
— ¿Ah, sí? Eso está muy bien.
Nami sintió lo inadecuado de sus palabras y les sonrió en un intento de solucionarlo.
La chica sonrió aún más.
—Dijiste que no era muy agraciada —le dijo a su hermano—. Un gato medio muerto de hambre.
Él volvió a mirar a Nami.
—Y así era. Debe de haber sido la comida y el aire fresco —dijo dedicándole a Nami una simple sonrisa—. Estás más rellenita, Nami
¡Aquel hombre era imposible! Nami lo odiaba, aunque no en la misma manera que odiaba a Arlong. Había una diferencia.
—Si ha terminado de discutir conmigo, iré a decirle a la baronesa que están aquí —le dijo con altanería—. ¡Qué modales! —exclamó al cruzar la puerta.
Lammy cruzó la habitación y apoyó un brazo sobre el de su hermano.
—Te ha puesto en tu sitio, querido mío —le dijo mirándolo—. Hemos sido abominablemente groseros. ¿Sabes?, yo voy a disculparme. Personalmente creo que es un encanto.
Él le sonrió.
—¿Sí? La decepcionaría si yo lo hiciera. Está muy agradecida porque la rescatara, pero eso no evita que tenga una muy pobre opinión sobre mí. Supongo que estoy siendo autoritario, mal educado y demasiado egoísta.
—Menudo cambio para las chicas que se derriten a tus pies. A pesar de todo, eres bastante agradable.
Lammy se giró cuando la puerta se abrió y Nami entró de nuevo.
—La baronesa quiere que vayan inmediatamente —anunció con una vocecilla fría—. Es la puerta a la derecha de las escaleras. ¿Desean tomar café con ella o quizá más tarde?
Lammy cruzó la habitación y se puso a su lado.
—Siento haber sido tan grosera contigo —le dijo gentilmente—. Es imperdonable. Has sido tan buena con mamá… Espero que disculpes mis modales — le dijo ofreciéndole su mano—. Me gustaría que fuéramos amigas.
Nami estrechó su mano.
—Claro que sí. Sería muy agradable que fuéramos amigas.
Miró de reojo y vio que el barón Law la miraba fijamente. Pudo ver la burla en sus ojos.
Él le tendió la mano de mala gana.
—No me mires así, Nami —le dijo suavemente—. Sabes que no tengo modales.
Pero cuando él se acercó, vio que simplemente estaba siendo educado, de manera impersonal. Aquello le sonaba a «por favor, enfermera», «levanta la pierna, ¿quieres, enfermera?» o «sé buena y pásame el martillo, enfermera». Ella, por su parte, estaba actuando como pensaba que él esperaba que hiciera, de forma tranquila, hablando sólo cuando le hablaban y anticipándose a sus necesidades como una buena enfermera haría.
Allí estaba, preparada con las muletas para que el barón pudiera ver el progreso de su madre, vendándole la rodilla a toda prisa. La doctora Kureha había llegado también y los dos médicos hablaban y, ocasionalmente, le pedían información a ella mientras que la baronesa, sentada en su silla de ruedas, se impacientaba.
—Y bien, ¿no vais a decirme cómo progreso? Esta charla tan solemne, ¿es realmente necesaria? Me estoy aburriendo —dijo mirando a Nami —. Supongo que Nami también, pero ella está bien enseñada para no parecerlo.
Su hijo se rió.
—Déjanos quitarte por un momento el protagonismo, mamá —le rogó—. Y sí, estamos encantados con tu progreso. Lo has hecho muy bien. No hay razón por la que no debas empezar a andar con normalidad, siempre y cuando lo hagas con cuidado. Naturalmente, tendrás que llevar la venda durante algún tiempo más, pero en un par de semanas podremos quitarte la escayola de la otra pierna. Esperaremos a hacerlo cuando estés en casa —dijo mirando a Nami —. Espero que estés con mi madre una semana más en Holanda, hasta que pueda andar con ayuda de un bastón. Eso también te dará tiempo para buscar otro trabajo.
Nami aceptó, le dio las gracias y se sintió aliviada ante la idea de tener algo más de tiempo para adaptarse a un país extraño, buscar un trabajo y un sitio donde vivir. Hizo unos rápidos cálculos mentales y decidió que no compraría nada más para ahorrar hasta el último penique.
—Nami—le dijo el barón suavemente, y ella se dio cuenta de que había estado llamándola varias veces—. Sólo estaba diciendo que los ejercicios podían prolongarse considerablemente.
Estuvo ocupada el resto de la mañana. La baronesa estaba emocionada e impaciente y quería evadirse de la rutina diaria, pero como Nami no le permitía hacerlo, recuperó el humor cuando todo el mundo se reunió a tomar el aperitivo. Después, durante la comida, la baronesa dominó la mesa con su amena conversación. Luego quiso descansar en su habitación para poder cotillear, con Lammy y Nami pudo tener una hora libre para ir a Sundt y admirar los bordados de seda.
—No tardes mucho, querida —añadió la baronesa—. Dijiste que me darías un masaje en los hombros.
Nami se retiró inmediatamente, se puso uno de sus vestidos de algodón y se dirigió hacia las tiendas. Le habría gustado tener algo más de tiempo. Hacía tan buen tiempo que le apetecía dar un gran paseo. Sin embargo, tuvo que regresar pronto. Tuvo que enhebrarle un hilo a la baronesa, ya que ella se quejaba de que su vista estaba empeorando, y también quiso que Nami e alcanzara un chal que quería mostrar a Lammy.
Fue por la tarde, a la hora del té mientras Nami animaba a la baronesa a apoyar el peso en la pierna sana, cuando su hijo se reunió con ellas. Cuando terminaron de hacer los ejercicios y la baronesa se hallaba de nuevo sentada y Nami había ido en busca de Lammy para que su madre pudiera seguir conversando con ella, Law le preguntó a su madre:
—¿Ha tenido Nami algún día libre, mamá? Lleváis aquí dos semanas, sin contar los días del barco.
La baronesa no parecía contenta.
—Oh, querido. Te dije que le daría un día libre a la semana, ¿o eran dos? Pero me olvidé. Es una chica tal dulce y me hace tanta compañía… Ha disfrutado de varias horas libres al día, la mayoría de las tardes, ¿sabes?
—¿Has tenido que despertarla alguna noche?
—Una o dos veces cuando tenía sed o no podía dormir —parecía un poco avergonzada—. ¿He sido egoísta, Law?
Él se inclinó para besarle la mejilla.
—No, mamá, pero creo que deberíamos concederle unos cuantos días libres, ¿no crees? He estado hablando con la doctora Kureha. Ella conoce a una enfermera que podrá venir a cuidar de ti cuando Nami disfrute sus pequeñas vacaciones.
—Por supuesto, querido. Pero, ¿a dónde irá Nami?
El barón se levantó y caminó hacia la ventana.
—Lammy cree que sería una buena idea ir a Molde y llevar a Nami con nosotros durante tres o cuatro días. Cuando regresemos podrá prepararte para que vengas con nosotros. ¿Crees que podrías soportar el viaje si pasamos unas tres noches en el camino? Te acomodaremos en la parte trasera del coche y así tendrás a Nami.
—Me lo pasaré bien —declaró su madre—. ¿Está muy lejos?
—Unos mil kilómetros, quizá un poco más. Pararemos siempre que estés cansada. Podemos cruzar desde Kristiansand a Hirtshals y conducir desde allí.
—Me pregunto qué dirá Nami —dijo su madre.
—Se lo diré esta tarde. Creo que deberíamos marcharnos mañana, después de comer. No creo que necesite mucho tiempo para hacer la maleta.
La baronesa lo miró pensativamente.
—No. Lamentablemente, no tiene muchas cosas que meter en la maleta. Se ha comprado muy poca ropa desde que llegamos aquí.
—Muy sensato de su parte. Probablemente esté ahorrando para asegurarse un futuro mejor.
—¿Acaso no te gusta?
Él se rió levemente.
—Depende de lo que quieras decir con eso, mamá. Me gusta Nami, es una buena enfermera y ha pasado por una mala racha, pero dista mucho de ser una belleza. ¿no es cierto? Tampoco es que tenga una conversación brillante. Digamos que no es mi tipo. Ese gato flacucho no me atrae lo más mínimo.
Fue una lástima que Nami lo oyera cuando se disponía a entrar en la habitación. Sintió perder la poca confianza que había recuperado desde que estaba con la baronesa mientras su rostro se tensaba en un intento de recomponer la expresión.
Era consciente de que estaba siendo observada, pero su voz sonó normal cuando informó a su paciente de que Lammy se reuniría con ella enseguida. No miró al barón, pero murmuró algo en voz baja mientras se dirigía a la salida. Él barón Law la siguió, le sostuvo la puerta y fue junto a ella hacia el pasillo.
—¿Puedo hablar contigo?
Nami sentía cómo la ira y la humillación le hacían hervir la sangre pero, poniendo la mejor de las caras, aceptó. Parecía que iba a despedirla o mostrarle su desagrado respecto a algo. Después de todo, acababa de decir… Su rostro no se alteró, pero sus ojos lo decían todo.
—No, no voy a despedirte —dijo el barón de manera desconcertante—. Por el contrario, debo decirte que estoy muy contento con el progreso de mi madre. Ella nunca se cansa de alabarte. Creo que no has tenido días libres. Lo siento mucho. Mi madre se olvidó de eso, pero los disfrutarás todos a la vez. Mañana Lammy y yo partiremos hacia Molde para pasar unos días y nos gustaría que vinieras con nosotros. Nos marcharemos después de comer.
Nami miró fijamente su corbata, ya que se encontraba al nivel de sus ojos, Nada, pensó, le haría aceptar algo semejante. Era un hombre arrogante que le estaba proponiendo unas vacaciones con el mismo interés que le tiraría un hueso a un perro.
—No, gracias —contestó rigurosamente.
—Oh, ¿por qué no?
—No disfrutaría de mi compañía.
—Probablemente no —él parecía divertirse—, pero Lammy quiere que vengas. Así os haréis compañía y me dejaréis en paz.
Nami lo miró pensativa. Fue entonces cuando se dio cuenta de que ella le convenía. Su hermana parecía considerablemente más joven que él, querría tener tiempo libre para disfrutar a solas en compañía de otras personas. Podría rechazar la invitación, pero él le había proporcionado los medios para empezar una nueva vida y además había salvado a Chopper y Momo de un trágico destino.
— ¿Cuándo quiere que esté lista? —le preguntó ella.
— ¡Buena enfermera! Mañana después de comer. No te preocupes por la ropa. Llévate sólo algo cómodo con lo que viajar y un vestido de noche.
Que, por cierto, era lo único que tenía.
Al día siguiente, se marcharon inmediatamente después de comer. Los hermanos se sentaron juntos y Nami lo hizo en la parte trasera del Rolls Royce.
Había tenido una mañana muy ajetreada explicándole a la nueva enfermera cómo quería la baronesa que se hicieran las cosas. La enfermera que la sustituiría mientras estuviera fuera era noruega. Una chica de pelo verde y corto muy guapa y que hablaba muy bien inglés. El barón también había estado hablando con ella bastante tiempo.
—Kamie parece una chica encantadora. A mamá le gustará su compañía. Bueno, de hecho, a mí también me gusta.
Lammy se rió y Nami, que había tomado un vaso de clarete en la comida y uno de jerez antes de comer, actuó imprudentemente al decir:
—De hecho, es su tipo, barón Trafalgar
Él la miró fijamente a los ojos a través del espejo retrovisor.
—Me pregunto si me escuchaste ayer. Parece que lo hiciste.
Ella lo miró a los ojos y sintió cómo la hipnotizaban. Gracias a una repentina avalancha de coches él tuvo retirar la mirada para fijarla en la carretera y así liberar a Nami.
Eso fue todo lo que él dijo al respecto. Enseguida salieron de Trondheim por la carretera sur y él empezó a relatarle cosas sobre los sitios por los que estaban pasando. Lammy participaba en la conversación contándole anécdotas de sus vacaciones, a lo que Nami hacía algún comentario de vez en cuando.
De repente Nami empezó a relajarse. Lammy era muy divertida. Le resultaba muy ameno oírla contar sus anteriores vacaciones en Molde.
—Deportes de invierno, Nami. Ya sabes. Hemos venido varias veces. El año pasado vine con mi marido—suspiró en voz alta—. Lleva en América unas cuantas semanas y lo echo mucho de menos —el suspiro se convirtió en una sonrisa—. Tengo que conformarme con Law, pero él sólo es mi hermano, ya me entiendes.
— ¿Cuándo paramos a tomar el té? —preguntó el barón Law—. Avisé en el hotel de que llegaríamos antes de la hora de cenar. Vamos muy bien de tiempo a pesar de que la carretera se empina un poco a partir de ahora.
Nami, que miraba nerviosa por la ventana, consideraba que ya lo había hecho. No le gustaban nada las alturas, pero había mucho que ver. Además, mientras Lammy siguiera charlando no tenía nada de qué preocuparse.
Los grises ojos del barón volvieron a encontrarse con los suyos a través del espejo retrovisor.
— ¿Te gusta el paisaje? —quiso saber el barón.
—Oh, sí. Es… Nunca había visto nada igual.
Su voz no puso de relieve su alegría, pero la emoción hacía brillar sus ojos y sonrojaba sus mejillas. Se había lavado el pelo la noche anterior y ahora lo llevaba recogido de forma que su melena caía hacia atrás despejando el rostro y haciendo que sus ojos parecieran más claros de lo que en realidad eran. El vestido verde claro de algodón que llevaba realzaba el pálido tono de su piel. Law pensó que parecía una mujer diferente a la que había encontrado medio abandonada en aquel camino. Debía asegurarse de encontrarle un buen trabajo cuando regresaran.
—No te puedes imaginar lo contenta que estoy de que estés aquí, Nami —dijo Lammy alegremente—. ¿Sabes?, acabo de enterarme de que estoy embarazada y Law no sabría qué hacer en caso de que algo fuera mal…
—Pero él… El barón es médico —exclamó Nami.
—Sí, pero no ese tipo de médico. Él es cirujano, entiende de pulmones, corazones y esas cosas.
—Entiendo —dijo Nami educadamente.
Lo entendía perfectamente. Todavía seguía siendo una enfermera al servicio del barón. Él podría llamarlo días libres, pero simplemente había cambiado una paciente por otra. Nami miró fijamente al respaldo que tenía frente a ella y frunció el ceño. Era un hombre dominante que la estaba manipulando a su conveniencia bajo el falso ofrecimiento de unas vacaciones. Podría haberse sentido muy furiosa, pero lo único que sintió fue tristeza.
Pararon a tomar el té en un hotel situado en una curva en mitad de una montaña, y Nami se asombró de su lujosa apariencia. Se detuvo en la entrada para disfrutar del paisaje mientras que Lammy se apresuraba a entrar.
—No es para nada como piensas —le explicó el barón con una voz tan amable que la pilló por sorpresa—. No te he traído por conveniencia, por extraño que te parezca. Dado el caso, soy capaz de ocuparme de cualquier urgencia. Tú estás aquí de vacaciones, Nami. Y quiero que las disfrutes.
—No le gustan los moribundos y delgados gatos —le recordó Nami fríamente.
Sus ojos brillaron y su sonrisa le dejó muy claro que había cambiado de opinión con respecto a ella.
—Ya no estoy seguro de eso. Además, ya no estás tan delgada, ¿sabes?
Él la agarró del brazo y la condujo hasta el hotel. Allí encontraron a Lammy, que felizmente decidía qué pastel escoger de la inmensa selección que había.
—Vas a engordar —observó su hermano.
—Solo lo dices porque no te gusta el pan. Necesito mantener las fuerzas. Nami, siéntate conmigo. ¿Acaso no tenemos suerte de no tener que hacer dieta? Yo tomaré dos pastelillos de crema.
Nami también se comió dos. El baró solo tomó café, mientras las entretenía con un poco de conversación.
Llegaron a Molde a primera hora de la tarde. El barón redujo la velocidad para que Nami pudiera contemplar el paisaje. Había mucho que ver. Nami casi se partió el cuello al querer verlo todo, pero finalmente fijó la mirada en la calle por la que estaban pasando. El barón aparcó al otro lado del muelle.
—Ya hemos llegado —dijo mientras se bajaba del coche.
El hotel era grande, moderno, acogedor y tenía vistas al fiordo. Él barón era bastante conocido allí. Enseguida les mostraron sus habitaciones. Todas ellas tenían balcón y miraban hacia el fiordo. Nami, después de echar un vistazo a su apartamento, salió fuera.
Había un ferry acercándose al puerto y un gran ajetreo en el muelle. Procedente del fiordo divisaba un buque cuya pintura resplandecía a la luz del atardecer.
Nami apoyó los codos en la barandilla del balcón y admiró el paisaje hasta que la voz del barón la interrumpió.
Él estaba en el balcón contiguo al suyo haciendo lo mismo que ella.
—Es bonito, ¿verdad? He estado aquí varias veces y nunca me canso de ello. ¿Qué hacemos primero? ¿Cenar, tomar algo y después dar un paseo? Podemos explorar la ciudad mañana.
—Pero ya debe de conocerlo todo muy bien —dijo Nami con sentido práctico.
—Oh, sí, pero siempre es muy gratificante mostrarle a la gente lo que uno conoce y ellos no.
Nami sonrió.
—Deberías reírte más a menudo, Nami —le dijo el barón—. Ahora ya no hay razón por la que no debas hacerlo —él sonrió y asintió—. Voy a ducharme y a cambiarme. ¿Crees que tendrás suficiente con media hora? Lammy tarda siglos…
Se marchó a su habitación y Nami permaneció donde estaba sin decir una palabra. Debería reírse más a menudo, ¿verdad? ¿Acaso había querido decir que era aburrida e incapaz de divertirse? ¿Era eso lo que había dicho? No tenía chispa, ni brillo, ni era hermosa.
Nami se metió dentro. ¿De qué demonios se suponía que debía reírse?
N/A: Holaaaaaa! Aquí tenemos el 3º capítulo! Law es malvado verdad XD pero nuestra Nami sabe como defenderse ;).
REVIEWS:
Rous D. Monkey: me alegra mucho que te guste esta nueva adaptación -inserta kokoros- gracias por tu review! Encantada de saludarte aquí también x).
Guest: gracias por tu review! :D me alegro que te guste esta adaptación, es una linda historia, seguro que te sigue gustando ;).
Muchas, muchas gracias! A todos los fav y follows y personas que leen esta adaptación, de verdad se los agradezco mucho.
(Para Dorobo: 8"v onde anda!? Aquí se me están acumulando las genki-damas xD).
