Capitulo 3.


-Kikyo- susurró Inuyasha al tiempo que esta caía al suelo, debilitada por la falta de almas.

Inuyasha la sujetó entre sus brazos, preocupado.

-¿Ella... Está bien?- preguntó Kagome timidamente.

Realmente para Kagome era una situación algo incomoda cada vez que se aparecía Kikyo. Era obvio que Inuyasha quería estar con Kikyo, pero al mismo tiempo con ella, así que cada vez que la sacerdotiza se cruzaba en el camino, ella sólo se apartaba, porque le dolía. Le dolía que al hanyou se le hiciera tan difícil aquella decision y lo peor era que en algunas ocasiones incluso se inclinaba más hacia la hermosa sacerdotiza.

-Necesita almas. Ahora sus serpientes cazadoras podrán entrar y traerle mas. La señorita Kikyo estará bien.- dijo Miroku.

-Ese maldito de Naraku. ¡¿Pero qué demonios era lo que se proponía?- dijo exaltado el hanyou.

Por su cabeza pasaban muchas cosas, muchos momentos. Como cuando Kikyo le había dicho que ella exterminaría a Naraku, que a ella le sería más sencillo porque él aún tenía sentimientos hacia ella. Recordaba la impotencia que sintió en ese momento, la rabia que le habia provocado el solo pensar que Naraku pudiera estar enamorado de Kikyo.

Y ahora, ahora la había encontrado en ese estado, con las ropas alborotadas, incluso pudo notar un poco de hinchazón en la boca de la mujer, como si...

-¡Maldito!- gritó.

-I... Inuyasha- susurró Kikyo abriendo lentamente los ojos.

-Señorita Kikyo. ¿Se encuentra usted bien?- preguntó Miroku.

La mujer asintió mientras se recobraba y se ponía de pie. Inuyasha la miraba como si ella se fuera a quebrar en cualquier momento.

-¿Qué... Qué te ha hecho Naraku, Kikyo?-

La sacerdotiza miró a Inuyasha entonces. No sabía que decirle, le daba tanta vergüenza, ella, una mujer pura, siendo tocada del modo en el que aquel individuo la había tocado. Ella solo miró al piso, evitando la mirada de Inuyasha.

-¡¿Es que acaso el se atrevió a hacerte algo?- se exaltó y tomó a Kikyo por los brazos, sujetandola suavemente.

-Él solo me demostró que aún es incapaz de matarme. No tuvo tiempo de... hacerme nada- dijo apenada.

El hanyou apretó los puños fuertemente, apretando también los dientes. Naraku no le habia hecho nada, pero aún así había puesto sus asquerosas manos en ella, y no había necesidad de decirlo, pero también se había atrevido a besarla.

-Debo irme. Gracias por auxiliarme.- dijo la mujer, empezando a caminar fuera de la casa. Pero algo la detuvo. Inuyasha la había sujetado delicadamente del brazo.

-Espera Kikyo. No pensarás viajar sola ahora que sabes lo que Naraku quiere. Te quiere a tí. No permitiré que algo asi vuelva a pasar!-

El siempre se preocupaba tanto por ella, siempre quería cuidarla, protegerla de cualquier cosa. Siempre había sido así, desde hacía cincuenta años. Inuyasha, su amado Inuyasha. Aún ella no entendía porqué las cosas tuvieron que suceder de ese modo. Pero ya habían sucedido, ya no había nada que hacer. Ahora ella estaba muerta, era solo un cuerpo de barro y huesos, y por más que lo deseara con todo su corazón, no podría volver a la vida que tenía antes. Así que no tenía caso ilusionar a Inyasha, lo mejor sería que el rehaga su vida, con alguien que pueda hacerlo feliz. Kagome.

Lo odiaba, odiaba que Kagome si podía estar con él. Pero así eran las cosas.

-Inuyasha. Sé cuidarme sola. Naraku me tomó por sorpresa esta vez, pero no dejaré que vuelva a pasar.-

Y mientras decía eso, sus cazadoras la envolvían y la elevaban en el aire, llevándola lejos, lejos de su adorado Inuyasha.