Asduasdausa. ¡Perdón por el retraso! (Re que nunca actualizo un mismo día xD) Igual, bad me, boludeé toda la semana y lo fui dejando para después. Con este capítulo me pasó algo raro: ¡Me costó horrores terminarlo! Se me fue retrasando y retrasando y lo terminé con un último suspiro antes de morirme frente a la computadora. Perdón si no comprenden el idioma bebé (Cosa que Nefest me hace aclarar), pero es total y completamente entendible cuando se rodean de niños (yo no me rodeo de niños y lo hago, ¡hasta lo invento!). Como siempre (WTF?) Gracias por sus reviews, por su aliento, por apoyarme en todo, hasta en el tren, y también por followear el fic. En una sola palabra: ¡Mil gracias! (Nefest le hace una seña de dos). ¡Dos mil gracias!


Greg aparcó el auto en el estacionamiento del edificio. Vió la hora antes de apagar el motor y suspiró. Sentía que el día no terminaba, se sentía exhausto, agotado, por lo menos su trabajo terminó satisfactoriamente. Se apeó y alejándose de su viejo auto activó la alarma, por más que supiera que era absurdo; el edificio donde Mycroft tenía cada uno de sus departamentos tenía un nivel de seguridad muy alto.

Durante el viaje en ascensor siguió pensando en lo ocurrido esa misma tarde, Sherlock y John convertidos en dos niños de tres años, ridículo. Rió por lo trivial que todo le hubiera parecido si otra persona le contase que hubiera vivido una situación similar, aunque, algo muy en el fondo de él sabía que todo lo que se relacionase con los hermanos Holmes terminaba siendo extraordinario y lo mejor era adaptarse lo más rápido posible. Cuando entró, por fin, en el departamento pudo respirar en paz. El olor a madera y la sensación de estar en casa lo inundaban relajandolo de una manera increíble. Ya casi como un ritual, dejó su bolso y su saco en el armario al lado de la puerta de entrada y caminó en silencio, disfrutando del mismo hasta llegar a la sala de estar, donde se encontró a los dos pequeños durmiendo profundamente sobre uno de los sofá.

Cuando Mycfroft escucho los pasos en la sala y vio entrar a Greg su mirada denoto horror y vergüenza, ¿qué haces aquí tan pronto?, se quejó con un gemido ahogado al ser descubierto usando la ropa vieja de Greg, costumbre que había adquirido en los días que no pasaban juntos.

Por supuesto Greg sabía que Mycroft usaba su ropa de dormir cuando no iba a su departamento, olía a Mycroft cuando se la ponía y un hormigueo de satisfacción recorría su estómago, nunca le diría que sabía su secreto y ahora, al verse descubierto era mejor dejarlo pasar. Se sentó en el sillón a su lado, sin cruzar una palabra todavía, y lo besó profundamente. Enredó sus dedos entre los cabellos de su Holmes y se estremeció como con cada beso que compartían. Se separó y se quedó mirando a John y a Sherlock.

John tenía un dedo pulgar en su boca y cada tanto se escuchaban los chuk chuk cuando, en sueños, lo succionaba. Sherlock, por otra parte, tenía sólo un calcetín puesto, el otro lo sujetaba vagamente entre sus manos.

-¿Nos los podemos quedar? -dijo con su tono jovial característico. Realmente le gustaba la idea, con su ex mujer había intentado tener hijos, por lo menos uno, pero al parecer algo no funcionaba del todo bien.

-No podemos, Gregory, lo sabes.

-Pero miralos, son muy tiernos!

-Son mi hermano pequeño, ahora demasiado pequeño y su mejor amigo todavía más pequeño de lo que ya es.

-Como si no te gustara la idea de tener a Sherlock en miniatura para poder controlarlo mejor.

-No son mascotas, Gregory -siseó tajante. La idea le gustaba, pero no lo admitiría.

Unos segundos de silencio se hicieron entre ellos. Greg puso los ojos en blanco y Mycroft llevantó una ceja, apretando los labios. John hizo unos sonidos graciosos y Sherlock gruñó, respondiendo.

-Sherlock gruñe... y muerde -con sus ojos señaló cicatriz de la mordida de la pierna de Mycroft.

Mycroft resopló e ignoró completamente el último comentario. Se levantó, alisando con sus manos la vieja camiseta como si se tratase de un traje.

-Veo que pudiste resolver satisfactoriamente el caso, en verdad no esperaba que vinieras.

-¿Crees que no soy bueno? Se que no tengo las mismas capacidades que los hermanos Holmes, pero mi puesto no me lo gané destapando un yogurt -dijo aburrido y resopló, los Holmes eran así, siempre menospreciando al resto.

Mycroft alzó una ceja y un temblor casi imperceptible recorrió sus labios, uno que Greg sabía se debía a contener una sonrisa.

-En realidad no esperaba que vinieras hoy.

Greg entrecerró los ojos y sonrió.

-Bueno, si lo prefieres puedo volver a mi departamento y dormir solo, sin la agradable y cálida compañía del Gobierno Británico a mi lado -sacó su lengua y la arrastró lentamente sobre sus labios, con la mirada fija en Mycroft, que tomó la taza sobre la mesa baja que tenía delante y se aclaró la garganta incómodo.

-Estuve revisando las anotaciones de mi hermano -cambió la taza de mano y miró con interés a Sherlock-. No pude concluir nada, la mitad de los papeles estan quemados y la otra mitad está pegada por la humedad.

-Supongo que en su departamento debe haber más información sobre loqueseaquehayahecho Sherlock, probablemente en su laptop pueda haber algo.

-No traje su laptop, solo las anotaciones.

Dejó su cuerpo caer con todo su peso sobre el gran sofá de cuero y lo dejó resbalar hasta que su cabeza se acomodó en el hombro de Lestrade.

-Mañana puedo ir a su departamento y traerte lo que encuentre.

-No es necesario, ya envié a Anthea.

-Supongo que la ropa de ellos también es a causa de ella.

Mycroft asintió. Solo le había enviado un mensaje de texto y al llegar a su departamento se había encontrado en la habitación de huéspedes con varias bolsas con lo necesario para Sherlock y John.

-¿No le das un descanso a esa pobre mujer? -movió su cabeza unos centímetros para poder ver mejor al otro.

-Ella sabe hacer bien su trabajo. Para eso le pago -arrugó la nariz.

Lestrade pasó su brazo sobre el cuerpo de Mycroft y besó su sien. Se miraron a los ojos. Lo amaba, y cuánto lo amaba. Su petulancia, su prepotencia, su seguridad en sí mismo, esas miradas de desdén completamente despectivas lo derretían, sentía un terremoto dentro de él que lo hacía caer y caer más profundamente en el amor que sentía por Mycroft. Sus ojos azules como el más profundo océano lo arrastraban dentro del mismo, ahogándose en deseo y necesidad.

Mycroft perdió el hilo de la conversación. Se relamió y acercándose atrapó entre sus labios uno de los de Greg, presionó y succionó sin apartar la mirada. Dos segundos después se levantó abruptamente y sonrió.

-Si piensas quedarte a dormir deberías buscar un pijama apropiado, porque no pienso prestarte el mío -y se dirigió a la cocina sin voltear ni una vez.


Mycroft sintió como era presionado contra la mesada de la cocina, las manos de Greg estaban a sus lados dejándolo sin escape. Una traviesa nariz inspiró a lo largo de su cuello arrancándole un suspiro de sorpresa, y luego su cuello fue besado de un lado a otro sin olvidar ni una pulgada de su piel.

-Adoro tus pecas -sus labios se posaron sobre la base de la nuca, una de sus manos atacó la piel bajo la camiseta. Acarició y frotó sus dedos calientes sobre la blanca y tibia piel.

Otro suspiro. Mycroft sintió como se aflojaron sus piernas y apoyó su cuerpo en el otro.

-Gregory -su voz quebrada resonó entre las paredes. Levantó una de sus manos para acariciar el pelo y el cuello del detective, sentirlo cerca suyo.

-Oh no, no me hables con esa voz -metió su otra mano, apretando su piel-, no me digas Gregory -empujó el su cuerpo contra el de Mycroft nuevamente-, no me mires de ese modo si no quieres que en este mismo momento y lugar te baje los pantalones y haga que despiertes a esas dos cosas que duermen en el sofá con tus gritos de placer.

Mycroft intentaba no dejarse caer, el cuerpo caliente de Greg pegado al suyo sofocaba sus sentidos, las manos reptaban por su torso dejando un rastro de calor, se metieron debajo de los short que estaba usando sin tocar nada. La voz que le hablaba en susurros, como un ronroneo, erizó su piel. Se mordió un labio y fregó sus caderas contra la erección pujante de Greg.

-Dímelo Myc, dilo: Oh Greg, por favor, quédate y fóllame, no es tan difícil -movió sus caderas apretando su erección todavía más-. Es bueno ser amable sin ser hipócrita algunas veces -la punta de sus dedos acariciaban la superficie que rodeaba a la erección turgente, tentando.

Los segundos le parecían eternos, y los labios de Mycroft se mantenían rígidos sin producir sonido. Desde el comienzo fue de esa forma, negándose a interactuar. Le gustaba su carácter frío y decidido, completamente seguro de él mismo, pero tratándose de una situación más íntima, parecía todavía más difícil deshacer esa máscara de hielo. No sabía si era vergüenza, timidez, o alguna otra rara razón Holmes, pero el que había dado el primer paso nunca había sido Mycroft. Greg deslizó sus dedos fuera del pantalón y con lentitud se separó, dejando un corto beso en el cuello de Mycroft.

-Bueno -dijo con optimismo-. Creo que mi cama me está esperando. Mañana por la mañana puedo pasar por aquí antes de ir a Scotland Yard. Traigo el desayuno -besó la mejilla de Mycroft y desapareció por la puerta de la cocina.

Mycroft oyó la puerta principal cerrarse con suavidad y dejó que el aire de sus pulmones pudiera escapar. Miró hacia abajo, una erección completa e incómoda reinaba en sus shorts de dormir. Bueno, en los de Gregory, pero eso no quitaba la incomodidad. Abrió el grifo de agua y puso la taza debajo, dejándola correr. No pudo despedirse adecuadamente, como una pareja lo haría, con un tierno beso en los labios, el deseo de verse lo más pronto posible, y no ese sentimiento de culpa que estaba estrujando su estómago.

Le costaba mucho ser demostrativo, ese beso en el sillón era una de las pocas cosas que había hecho en un arrebato de locura, todavía podía sentir los ojos pardos de Gregory fundiéndolo en deseo, lo deseaba tanto pero no sabía cómo demostrarlo. Movió sus piernas incómodo.

-¿Myc? -un adormilado John Watson apareció a su lado, apretando su pequeña mano en uno de sus ojos-. Piwi.

-¿Kiwi? Es un poco tarde para un aperitivo nocturno Doctor Watson -se inclinó quedando casi a la altura de John y sonrió-. ¿No sería mejor volver a dormir?

John lo miró y negó sutilmente. Juntó sus piernas y se movió molesto en el mismo lugar.

-Myc, quiedo piwi, no aguanto.

-¡Oh! Ya, piwi, entiendo. Bien, por aquí entonces -tomó la mano del pequeño y se dirigieron al baño del pasillo- ¿va a ser solo piwi o también...?

-Poupo no, sólo piwi.

-Ok, perfecto entonces -abrió la puerta del baño y encendió la luz- todo suyo, Doctor Watson.

Mycroft quedó al lado de la puerta del baño, esperando que John terminase. Pensó que debía llamar a Anthea para pedirle se hiciera cargo en la mañana de cuidar a los ahora niños que estaban en su casa. Volvió a mirar hacia abajo notando que la erección en sus pantalones había desaparecido. También debía llamar a Gregory, quería oír su voz antes de dormir y sacarse ese peso que persistía en su estómago. Dentro del baño la infantil voz de John lo llamó, quería lavarse las manos pero no llegaba hasta los grifos, así que lo ayudó alzando su pequeño cuerpo y abriendo el agua.

-Listo, Doctor Watson, ahora vamos a dormir de nuevo.

John terminó de secarse las manos y levantó los brazos. Mycroft levantó una ceja y los brazos pequeños se estiraron un poco más. Puso los ojos en blanco antes de levantarlo del suelo, apagó la luz del baño y se dirigió a la sala.

-Johnny, soy Johnny, no Doctod Watson -susurró escondiendo su rostro en el cuello de Mycroft.

-Oh, discúlpame, intentaré no cometer ese error nuevamente -se sentó en el sofá de la sala, con John sobre él, y luego de una trivial charla ambos cayeron dormidos.


Cuando Lestrade arribó nuevamente al departamento de su Holmes favorito se encontró con una escena que deshizo la molestia que le había quedado de la noche anterior. Mycroft dormía profundamente, ocupando todo el largo del sofá, con John descansando en su pecho, acurrucado como un gatito, y Sherlock, completamente despatarrado en pañales y una media, entre sus piernas.

Dejó la bolsa de papel que llevaba en la mesa frente al sofá y se limitó a observar. ¿Tan raro era lo que quería? Era justamente eso, una familia junto a Mycroft, pero cada vez que entre bromas se lo planteaba, el político agriaba su rostro y se limitaba a responder con un seco y tajante No.

Se acercó a su pareja y, sentándose en la mesita, besó sus labios con dulzura, casi con adoración, tocando con la punta de sus dedos los cabellos desprolijos del otro.

Mycroft respondió al beso aletargado, aunque sorprendido por el acto, creía que Gregory seguiría enojado o molesto por lo que había sucedido la noche anterior. Cuando lo sintió alejarse se levantó dejando a los pequeños todavía acostados.

-No en frente de los niños Gregory.

-No son niños, ¡puedo asegurarte que John ni siquiera es virgen! -murmuró.

Mycroft lo fulminó con la mirada, pero Greg no se dió por aludido.

-Son niños. Haz el desayuno, voy a bañarme y cambiarme. Olvidé llamar a Anthea para que se hiciera cargo de los niños, me encargaré de eso luego.

Luego de verlo desaparecer por el pasillo y una punzada atravesó su pecho. No era tristeza ni decepción. Era Anthea la que lograba todo eso. Mycroft siempre contaba con ella para todo, confiaba ciegamente en ella, pero no en él. Se mordió la lengua y escuchó la cándida risa de Sherlock, que lo miraba con esa alegría que usualmente (y siendo adulto) lo desbordaba cuando estaba en un caso.

-Buenos días Sherlock, ¿por qué estás desnudo?

Sherlock miró sus pies y se sacó la única media que llevaba puesta. Lestrade levantó todas las prendas del suelo y se sentó en el sofá al lado de Sherlock, que le dio la media que ahora tenía en la mano.

-Ponme las medias, Lestade -y estiró sus pequeños pies hacia Greg.

-¿En serio? ¿Eres un genio y no sabes ponerte las medias? -Sherlock rió mientras Greg lo vestía. Debía estar riéndose de él, poniéndolo en esa situación de, incluso en esos momentos, hacer lo que el detective consultor quería.


Cuando Mycroft regresó a la sala, Sherlock y John veían embobados las caricaturas, mientras tomaban chocolatada tibia en sus vasos con pico y comían donas glaseadas. Greg llevaba en sus manos una humeante taza de café y había otra esperando por él sobre los periódicos que estaban en la mesa.

-¿Donas? Gregory, ¿realmente les diste donas para desayunar?

Greg rumió unas ininteligibles palabras, la media rosquilla que le quedaba en la mano la metió entera en su boca y masticó con los ojos fijos en la televisión.

-Podrías haber traído algo mucho más sano, son niños en plena etapa de crecimiento -sorbió su café negro y tomó los diarios con desaire-. Anthea pasará por el departamento de mi hermano y traerá las cosas que considere importantes para investigar qué fue lo que hizo Sherlock. Luego vendrá a cuidar a los niños.

Greg tragó el trozo de dona que masticaba y lo bajó con un poco de café.

-Te dije que podía ir yo a buscar entre sus cosas. No hace falta que la llenes con tanto trabajo, puedo hacerlo yo, no tengo problema con eso.

-Oh, Gregory -una pequeña risa escapó de sus labios-, no dudo de tus facultades como detective, pero tu mismo necesitas a mi hermano para resolver ciertos casos.

Los pequeños rieron con la caricatura y comentaron algo graciosamente infantil que los inundó más en las risas. Tomó otro sorbo de café, uno largo y pausado. Era eso o estrellarle la taza a Mycroft en pleno rostro.

-También puedo encargarme yo de los chicos, hoy solamente tengo papeleo por hacer, se quedarían conmigo en la oficina mientras tanto. Es probable que luego necesites a Anthea para algo en tu trabajo.

-Ya está dicho Gregory, Anthea se encargará.

Revolvió el contenido de su taza chasqueando su lengua. Bebió lo que quedaba y abandonó la taza.

-No confías en mi -sus ojos reclamaban más que su comentario.

-No es ese el tema del que estamos conversando -pasó la hoja del diario y siguió leyendo con interés, pero poniendo atención a la charla.

-Entonces déjame hacer alguna de las dos cosas, puedo buscar en el piso de Sherlock o encargarme de ellos.

-Anthea ya debe estar en el piso buscando. Y luego vendrá y se encargará de los niños. No hay nada más que discutir, Gregory.

John dejó su vaso en el suelo, se levantó quedándose quieto en el lugar en el que estaba y su rostro se puso rojo por la fuerza que estaba haciendo. Un poco discreto sonido se oyó y el color normal de John volvió a su rostro. Los diarios volvieron a la mesa y dos pares de ojos adultos estaban puestos en él.

-¿Qué fue eso? -dijeron a la vez ambos. John miró el techo y sonrió.

-¡Un dinosauio! ¡Piwi, Myc!

-¿Kiwi? ¿Myc? -Lestrade miró a ambos con las cejas alzadas, incrédulo. Mycroft asintió.

-Buen día Johnny, ¿recuerdas dónde está el baño?

-¿Johnny? -Sherlock miraba a su hermano enojado-. ¡John, no Johnny! -y se levantó con los puños cerrados y echando chispas por los ojos. Como si fuera un acto de magia, Mycroft sacó de uno de sus bolsillos un pequeño peluche con forma de abeja y Sherlock, al verlo, suavizó completamente su mirada y se acercó embelesado-. ¡Bee-Bee!

Ambos sonrieron, uno de tantos asuntos estaba resuelto.


Mycroft se alejó hacia el baño, feliz de haber controlado la ira infantil de Sherlock. Se alisó el traje y revisó su celular, perfecto Anthea ya venía a encargarse de los niños. De repente la televisión dejó de sonar y la puerta principal se cerró. Se movió a la otra pared del pasillo, intentando ver un poco más allá, pero era imposible. Se aclaró la garganta acercándose al living. Nada.

-¿Gregory? -¿Su voz sonaba impaciente? Imposible, ambos debían estar en la cocina. Volvió sobre sus pasos y la halló vacía. Probablemente en la habitación de huéspedes. No, los hubiera visto pasar. Se dirigió otra vez al living, encontrando una nota apurada sobre la mesa. Lo siento, ¡trabajo! Tenemos que irnos. :) Esa carita estaba dibujada por Sherlock. Tomó su celular y marcó. Sobre el sofá comenzó a vibrar el celular, apoyado sobre un papel que decía ¡Oops, me lo olvidé!

Bastardo de Gregory Lestrade. Lo iba a matar lo mas pronto posible. ¿Cómo iba a secuestrar a su pequeño hermano y llevárselo a su peligroso trabajo sin pedirle permiso? Y sobre todo ¿Por qué hacerlo cuando él ya tenía todo arreglado para que Anthea se ocupase? ¿Por qué Gregory tenía que dificultar todo? Solamente tenía que dejar todo en sus manos y las cosas saldrían de la forma esperada. Mensajeó a Anthea dándole indicaciones para buscar a Sherlock en el trabajo de Greg y llevarlo directamente a su departamento, luego, por la noche, citaría a Gregory para conversar sobre su mal accionar y reprenderlo de la forma que le pareciese más adecuada. Tomó las llaves y se dirigió a la puerta, el reloj en su muñeca marcaba lo tarde que iba a llegar a su trabajo si no salía en ese mismo instante. Tomó su maletín de cuero, peinó sus cabellos frente al espejo que estaba al lado de la puerta y giró el picaporte.

-¡Myc, lito! ¡Ya teminé! ¿Me limpias?

Cerró la puerta sin salir del departamento, con la cabeza gacha y suspirando derrotado.

-Poupo.