A/N: Hola, no sé si me recuerdan, soy ZombieCBM y me demoro siglos en actualizar. Quiero dejar en claro que lo que escribí en el capitulo anterior no lo he editado porque me da pereza (xD), pero en verdad no planeo detener este proyecto, o al menos en un futuro cercano. He estado muy ocupada, y apenas hoy tuve tiempo de escribir un poco, pero como me tardé tanto, les puse también lo que debería haber sido el capítulo 4 si no fuera tan corto(?) uvu Todavía no estoy muy segura acerca de lo que va a suceder con esta historia, así que si tienen ideas, mi buzón de mensajes privados está abierto~

Sin más preámbulos, el capítulo doble en el que me tardé más de lo planeado:


Beep, beep, beep, beep…

Arthur abrió los ojos al oír la alarma, y no necesitó ver más que el techo para darse cuenta de que estaba en su habitación en la mansión. No le sorprendía, así era como sucedía todos los días; el demonio tomaba posesión de su cuerpo a las ocho de la noche, hacía sus… cosas demoníacas, lo que fuera que fuesen, y luego volvía al enorme hogar, justo a tiempo para tener que volver a materializarse en la prisión que era el reloj de pulsera que llevaba el inglés. El único problema que eso le causaba directamente al rubio, sin embargo, era que no tenía recuerdos de la noche anterior, pero su cuerpo sí.

Beep, beep, beep…

Estiró su brazo para apagar la alarma antes de sentarse en la cama y sentir el dolor punzante en su espalda baja que experimentaba al menos dos veces por semana. Soltó un leve gruñido ante la incomodidad que no podía evitar. ¿Quién lo mandaba a hacer tratos con un demonio sexópata y además pasivo? Nadie. Nadie lo mandaba a hacerlo. Él simplemente lo hizo por incredulidad, por el alcohol que estaba en sus venas en ese momento, porque la idea de un ser que concedía deseos a cambio de almas no era más que un objeto de ficción, alguna excusa de un escritor para asegurarles un futuro de sufrimiento y arrepentimiento a algún personaje indeseado. ¿Qué clase de mente enferma era la que había escrito en su historia algo tan injustificado como aquella "posesión temporal"?

Se puso de pie y se dirigió al baño. Le importaba una mierda si no era más que un experimento de alguna entidad superior, es ese momento tenía cosas más importantes en las que pensar, como por ejemplo, el por qué la manía del engendro de llevarlo a acostar desnudo. Si hubiera tenido al menos su ropa interior y su camisa puesta, no habría visto aquello al pasar frente al espejo. Su mandíbula inferior cayó irremediablemente al observar bien aquella mancha en el lugar donde su cuello y su hombro se encontraban. No era poco común encontrar chupetones de los amantes del demonio en variadas partes de su cuerpo, pero ese… ese era enorme. No parecía hecho por un ser humano, ya que era casi tan grande como su mano con los dedos abiertos. Ya había aceptado que el demonio prefería el sexo homosexual, pero ¿qué clase de criatura podría haber dejado una marca así? ¡¿Ahora el jodido engendro follaba con leones?!

Se llevó una mano al cuello y tocó la zona purpúrea, incrédulo, mas no sintió nada fuera de lo normal. Lentamente, alejó su mano de la marca. Su expresión de sorpresa se deshizo de inmediato, y quedó transformada en una de furia silenciosa.

Era maquillaje.

El puto engendro le había puesto maquillaje púrpura en el hombro.

Rompería algo, lo haría. Y ese algo sería el reloj que le indicaba casi burlonamente que eran las 8:07 a.m., de no ser porque estaba irremediablemente ajustado a su muñeca.

"Respira hondo," se dijo. "Recuerda lo que te enseñaron en el curso de manejo de la ira, respira hondo y cuenta hasta diez. Uno… dos… tres…"

Llegó hasta 225 antes de poder calmarse y entrar a la ducha. De todos los demonios existentes en el infierno, o donde fuera que vivieran, simplemente le tenía que haber tocado un íncubo. Y de todos los malditos íncubos que alguna vez abrieron los ojos, le tuvo que tocar el más inmaduro. Y no solo eso, sino que además el más promiscuo y desvergonzado de todos los seres de los que había oído hablar en su vida. Era verdad, le había dado dinero, éxito, y la aprobación del público general, pero le estaba colmando la paciencia de manera vertiginosa, además de manchar su reputación durante la noche, lo que le costaba varios millones cada vez que quería evitar que los escándalos aparecieran en los periódicos más leídos. Claro, era un pequeño precio que pagar, comparado con las ganancias mensuales de su compañía y lo que le ganaban sus inversiones, y no estaba ni cerca de ser suficiente para dejarlo en las calles una vez más, pero estaba definitivamente perjudicándolo. Y no solo eso, también estaba jugando con su cabeza, dejándole esas pequeñas "bromas" de vez en cuando, como esa vez que se encontró una tarjeta con un número telefónico sobre su mesa de noche, que decía "Llámame, amor ;)" rodeado de corazones y firmado "Joe" (O al menos quería creer que eso había sido una broma. Joe era un nombre bastante intimidante, considerando que estuvo cojeando durante dos días luego de ese supuesto encuentro).

Al salir de la ducha, se encontraba casi completamente relajado. El alivio que lo inundaba al sentir como el agua caliente lo empapaba era comparable solo al que sentía cuando se sienta a leer con una taza de té tras una jornada agotadora un lunes, pero como su jornada ahora terminaba poco tiempo antes de la transformación, tenía que contentarse con los feriados y su ducha. El sentimiento de sosiego duró poco, ya que logró ver una vez más, a través del vapor que cubría el espejo, el reflejo purpúreo de un chupón en su hombro. Aunque esta vez sí parecía humano, habría preferido que no hubiera rastro alguno de cualquier actividad ilícita del…"otro".

Su teléfono sonó, un suave "bing" que lo alertaba de un mensaje en su buzón de voz. Genial. Probablemente una de las quién-sabe-cuántas personas que se acostaron con él esa noche. Soltó un suspiro, ya habiéndose cansado de estar enfadado con la vida, el universo y todo, y se terminó de secar antes de darle un par de toques a la pantalla táctil para que reprodujera la grabación en altavoz, mientras él se vestía.

– Señor Kirkland, es Angelique… –sonó la voz de su secretaria. No sonaba del todo bien, pero conociéndola, podía estar solo fingiendo una enfermedad para no ir al trabajo. No sería la primera vez que lo hacía. Se oyó un estornudo antes de que la voz prosiguiera. – Creo que tengo gripe y no podré ir a trabajar hoy… –Ah, esa chica podía ser tan predecible a veces. Estaba a punto de cortar la grabación y llamarla para exigirle que se presentara al trabajo, pero la voz continuó. – Antes de que me acuse de fingir una enfermedad para poder faltar al trabajo, le diré que… –Otro estornudo.– …Que conseguí un amigo que me reemplazara mientras esté enferma, ¡así que no me llame apenas termine de oír esto, porque confío en que él hará mi trabajo tan bien como yo! ¡Hasta luego, señor cejas! –Clic. –

¡Esa chiquilla irrespetuosa! ¡Si no hiciera tan bien su trabajo no dudaría un segundo en despedirla! ¡Ni siquiera sonaba enferma en esas últimas dos líneas! Pero si de verdad estaba enferma, y él la llamaba para exigirle que fuera al trabajo, ella era perfectamente capaz de demandarlo por abuso laboral. Le daría una oportunidad al "amigo" de la chica, y le descontaría a ella días de sus vacaciones pagadas. Sí, eso haría, pensó, terminando de ajustarse su corbata. No estaba de humor para recibir caras nuevas, pero si de verdad trabajaba tan bien como Angelique y era aunque sea un poco más respetuoso, consideraría contratarlo a él como reemplazo permanente. Conforme con ese plan, se encaminó hacia el enorme edificio en el que se encontraba su oficina.


Arthur había descontado el sueldo del reemplazante progresivamente hasta llegar a una veinteava parte del original cuando se aburrió de esperarlo. De la ya poca paciencia que le quedaba por la bromita de Belial en la mañana, le quedaban menos que unos pocos retazos. Había esperado, y esperado, y esperado, hasta que el paisaje que se vislumbraba por las enormes ventanas que cubrían una pared del pasillo del piso de oficinas se había vuelto de un negro solo quebrado por las luces artificiales de los autos y los edificios que lo rodeaban.

Su reloj marcaba 19:04 cuando terminó el descenso del elevador hasta el tercer subterráneo, en el cual se encontraba el auto que utilizaba cuando tenía el tiempo suficiente para no tomar un taxi. Estaba furioso. Tanto así que ni siquiera se molestó en usar el claxon cuando se cruzaron unos adolescentes frente a él. Necesitaba desahogarse. Gritar, romper algo… Romper a alguien, le susurró una voz felina. Pisó el freno con fuerza al oír eso. No lo haría, no le daría el gusto a ese demonio. Ya lo hizo una vez al venderle su alma y su cuerpo, y no lo haría jamás, sin importar cuanto necesitara liberar su furia.

– Silencio, engendro… –murmuró, con el ceño fruncido y la mandíbula apretada.

Una risa infantil resonó en su cabeza, con la voz que reconocería por siempre como la suya propia cuando era usada por el íncubo, una melosa y cruel a la vez, pero aterradoramente idéntica a la de él: ¿Qué sucede, Artie? ¿Muy cobarde para dejarte llevar por tus emociones?

El sonido de un teléfono antiguo cortó la respuesta sarcástica que comenzó a atravesar los labios del inglés. Respiró hondo un par de veces, y contó hasta 10 mientras se estacionaba para no matar a nadie mientras hablaba por teléfono. Cuando sacó su iPhone de su bolsillo, la pantalla no mostraba un número, si no que un alias: "Alfred ;DD". Su entrecejo se habría fruncido más, de no ser porque ya no podía. No conocía a nadie con ese nombre, o nadie a quien le daría su número telefónico, al menos. Algo no le pintaba bien.

– Buenas noches, –dijo de manera monótona, mientras Belial se reía una vez más en su cabeza. ¿Qué le parecía tan gracioso? – ¿Lo conozco?

– ¡Holas, jefe! –le contestó una voz alegre. Mucho más alegre de lo que Arthur podía soportar, estresado e iracundo como estaba. – ¡Soy el reemplazo de Angie!

Arthur estaba a punto de lanzar el teléfono por la ventana.

– ¿Por qué mierda no te presentaste al trabajo? –gruñó, haciendo uso del colorido vocabulario característico de él. – ¿Y cómo coño conseguiste mi teléfono?

– Woh, ¡relájese un poco, señor gruñón! –la voz rio, solo logrando que Arthur considerara las consecuencias de volverse un homicida. – Angie me lo dio, y lo del trabajo es bastante difícil de explicar…

– ¡No quiero tus putas excusas! –interrumpió con un grito. Sostuvo el puente de su nariz con sus dedos índice y pulgar, y respiró hondo una vez más. Contó hasta veinte, apenas logrando tranquilizarse, antes de hablar de nuevo: – Mañana. Te quiero ver en la oficina con al menos una hora de anticipación para que te encargues de todo lo que no hiciste hoy, más el trabajo de mañana, o te despediré y le diré a todas las personas que conozco que alguna vez podrían necesitar a un empleado que eres un trabajador incompetente.

– ¡Pero mañana es doming… –alcanzó a oír antes de colgar.

Apagó su teléfono y lo lanzó al asiento del pasajero antes de volver a encender el auto. ¿Podía su día haber ido peor? No. No podía. Ni siquiera si realmente hubiera matado a los adolescentes y hubiera tenido que explicarse inventando una mejor excusa que "Estaba brutalmente emputecido" o "No me culpen a mí, fue el demonio que vive en mi reloj".

Como si aquella idea lo hubiese hecho reaccionar, se escucharon los primeros dos bips de alerta del reloj digital. Mierda. El día sí podía ir peor, y eso podría pasar sólo si se transformaba en mitad de la calle donde un montón de personas lo veían. Pisó el acelerador. Tendría que usar unos atajos no precisamente legales… Ay, Dios, ¿quién demonios lo había mandado a hacer un trato con ese jodido engendro?


20:05 marcaba el reloj de Belial cuando el teléfono volvió a sonar. Sonrió ladino al ver de quien era la llamada, pero no se tardó en contestar, pues sabía que la persona que estaba del otro lado no era de las que apreciaban los atrasos.

– Hello~! –saludó el demonio con entusiasmo.– ¡No pensé que llamarías tan temprano esta noche, cariño! –rio, imitando una voz femenina para irritar a su compañero.

– No me llames así, –contestó la voz, cortante.

– Vamos, ¡arriba ese ánimo! ¿No está yendo todo de maravilla?

– Para ti, quizás. Aunque… ¿no crees que podrías reírte más bajo la próxima vez? Hasta yo te oí, y estaba durmiendo.

– No te preocupes por eso, de seguro él no se dio cuenta~

– No eres tú el que estaba ahí.

– ¡Tú y tus tecnicismos! ¡Hablemos de algo más interesante! –se quejó infantilmente el pelirrojo.

– …

– ¡Puedo oír como ruedas los ojos! –soltó una risa.

– Belial, ya tienes 1000 años, ¿quieres dejar de comportarte como si tuvieras 50?

El demonio resopló. – ¡Que aburrido eres!

– Antes de que digas nada, sí, acabo de volver a rodar los ojos. Y a lo que íbamos, ¿tuviste que hacerlo enojar tanto? Si queremos que esta cosa funcione, no podemos dejar que se repelan.

– Ah, ¿de eso querías hablar? Heh, podemos arreglarlo~

– No a menos que le hagas un cambio drástico de personalidad a tu inglés. Recuerda que estamos atados por más de un contrato, y no podemos arriesgarnos a quebrar más términos de los que ya hemos quebrantado.

Belial sonrió. – Aunque ahora que lo pienso, nuestro contrato tiene muchos espacios en blanco que podemos utilizar…

– ¿Oh? ¿Sabes que lo que sugieres es extremadamente arriesgado para los cuatro?

– Exacto~ Y eso es lo divertido.

Una leve risa se oyó salir del auricular. – ¿Y cuánto estimas que nos tardemos usando tu plan de lanzarse por los blancos?

– Hm… Conociéndonos, diría que un par de semanas, más o menos.

– No, digo lo que ocurre después de eso.

– Oh, en ese caso, será un largo tiempo… –Se quedó en silencio, pensativo. ¿De verdad era necesario el primer paso? – ¿Puedo hacerte una pregunta? –dijo, repentinamente serio, y sonando más preocupado que burlón.

– Supongo, –el demonio podía percibir la sorpresa ajena incluso a través del teléfono.

– Esto… ¿Lo haces por ti o por él? –No sonaba curioso, si no que más bien acongojado, como si ya supiera la respuesta, pero necesitara oír que su suposición era errónea.

–… –Silencio. Ni el "sonido" del rodar de ojos ni la "presencia" de la sorpresa llegaban a las orejas del pelirrojo.

– …

– …

–…Sabes, mejor olvida que pregunté, –quería colgar, pero su mano no se movió.

– Es… –contestó la otra voz, que ahora sonaba más grave y lenta, como si le fuera difícil encontrar las palabras adecuadas para expresarse. – Es mucho más complicado que eso. Aún más de lo que podrías entender con solo una llamada.

– Oh, entiendo, entiendo, –Belial mantuvo su tono serio, pero no pudo evitar la leve sonrisa que apareció en su rostro. – Buenas noches entonces, cariño~–se despidió con una risa quebrada, y terminó la llamada antes de poder oír otra palabra ajena.

Se quedó mirando la pantalla táctil por un par de segundos, y se rio una vez más, igualmente quebrada, antes de borrar los datos de las últimas llamadas registradas.

Lo comprendía, lo comprendía todo, o al menos casi todo. Era un íncubo más perceptivo que muchos otros demonios, y eran pocas las veces en las que necesitaba explicaciones. Esta no era una de ellas. Se dejó caer de espaldas sobre la mullida cama de la habitación del inglés, con la vista fija en un punto indefinido del espacio.

– ¡Llevas más tiempo que yo en este mundo, y aun así conozco mejor a sus habitantes! –murmuró, con una sonrisa triste en el rostro. Él era un íncubo, no se supone que debería sentirse así. Era… ¿ilógico? No, impensable. – Si me hubieras dicho que no ganas nada… Si me hubieras cambiado el tema… Si me hubieras ignorado y hubieras cortado la llamada, habría podido rodear la respuesta, y evadirla, –suspiró. – "Esto es más complicado de lo que podrías entender". Más que una ofensa, es… –cerró los ojos. ¿Cómo completar esa frase? – No soy tonto. Aunque te lo parezca, no lo soy, –Sus labios temblaron, y sus párpados se apretaron. No lloraría. Llorar era una conducta muy humana, e imitar a los seres que más despreciaba era lo que menos quería hacer. Eso le molestaba más que nada. Más que verse débil, y vulnerable como no era, le molestaba verse humano. Tragó saliva, y se giró hacia un lado, adormilado por la comodidad de la cama, y por algo más que no podía identificar. – Jodidos humanos... –musitó, dejando que una sola lágrima se deslizara hasta la almohada, antes de caer dormido.

En otro lugar de la misma ciudad, en un hogar bastante diferente al del inglés, la historia era distinta. La figura con el teléfono desechable lo arrojó al basurero, con el ceño fruncido. Belial era distinto a él en varios sentidos, uno de ellos siendo su capacidad para oír cosas que otros no podían. Donde unos como él oían el latido de un corazón, la sangre fluyendo por las venas, Belial oía nerviosismo, emoción, impaciencia… Y eso lo frustraba. ¿Por qué? No eran celos, de eso estaba más que seguro, era el estar expuesto. Belial conocía su problema. Y eso no era bueno para él. Pero, ¿qué podía hacer? No podía matarlo, ni quería hacerlo tampoco, después de todo, alguna vez lo consideró su hermano menor. Quedaría esperar, y esforzarse para que el desenlace saliera a su favor, y en un tiempo no muy largo.

Tenía casi 4000 años ya, y los ojos bien puestos en su regalo de cumplemilenios…