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Un Príncipe para el Reino Novak
Por Ladygon
Capítulo 3: Adiós al Reino Winchester.
Así estuvieron un buen rato, recibiendo regalos, mientras desfilaba la multitud a sus pies. Los últimos fueron la familia real Winchester, quienes tenían obsequios para Dean. El primero fue Sam, quien le entregó una cajita pequeña de terciopelo rojo.
—Te lo iba a dar hoy de todas formas como un recuerdo —le dijo su hermano.
Dentro de la caja había un colgante, que reconoció al momento como propiedad de su hermano.
—Gracias, siempre lo quise. —Fue la respuesta sincera de Dean.
Sam hizo una reverencia y dio el paso a sus padres.
—Nuestro obsequio no está aquí, está afuera esperándote, por ahora te entregaremos la silla de montar.
Cuando escuchó eso de su padre, supo de qué se trataba.
—¡El Impala! ¿Me lo has obsequiado? —exclamó con ojos emocionados.
—Por supuesto, es tuyo, cuídalo mucho —le respondió su padre.
Dean quiso abrazarlo, pero Castiel no soltó su mano. El tipo llamado Uriel, quien ofició como maestro de ceremonias, no dejó que se acercaran, era como si tuviera una línea que no podía cruzar. Dean miró extrañado para todos lados y supo que debía volver al lado de su prometido.
—Rey Castiel —dijo el rey John fuera de protocolo.
Uriel quiso interrumpir, pero Castiel despidió al maestro de ceremonias con la mano. Uriel retrocedió unos pasos con rostro molesto. Pese a esto, el rey lo ignoró y prestó toda su atención a su futuro suegro.
—Puede hablar libremente, rey John —dijo con amabilidad Castiel.
—Es usted muy amable —continuó la diplomacia entre reyes—. Solo quiero pedirle que cuide bien a mi hijo. Es lo más valioso de mi reino y se lo está llevando. Espero que pueda apreciarlo como merece.
Murmullos.
—Prometo cuidarlo y protegerlo con mi vida si es necesario —respondió el rey Castiel con simpleza.
El rey Jhon, Mary, Sam y todos los presentes quedaron sorprendidos con la respuesta de ese rey. Dean quedó sin poder procesarlo como debía. No así su padre, quien respondió con la misma simpleza:
—Muchas gracias, Su Majestad. —Hizo una reverencia, acompañado de su esposa y se retiró.
El maestro de ceremonias marcó el término de la entrega de presentes. Ya se iban a retirar los prometidos, cuando llegó corriendo una muchacha toda desmarañada y se arrodilló ante el príncipe Dean.
—Queri… do… —dijo con voz entrecortada por la falta de aliento.
Dean miró asustado a la muchacha a sus pies, si era una de sus antiguas conquistas despechadas, estaba frito.
—… príncipe Dean… —continuó la muchacha.
Uriel apareció para quitar a la chica de allí.
—Mi lady, la entrega de presentes ha concluido, le ruego se retire —dijo Uriel.
Ahí fue cuando la chica levantó la vista y todos vieron de quién se trataba. Era Jessica, venía con la cara llena de ojeras y ojos hinchados. El llanto hizo un desastre en ese rostro tan hermoso. No tenía lágrimas en ese momento, porque parecía que sus ojos habían quedado secos de tanto llorar la noche anterior. El corazón de Dean se estrujó, e iba a decir algo, cuando la voz ronca de su prometido habló:
—Déjala, tiene algo importante que decir.
Uriel retiró su mano y volvió a su posición, resignado.
—Yo, no traje regalo —se disculpa la chica—, pero… pero quiero darle las gracias por… por todo. Muchas gracias, Su Alteza, gracias, gracias —le dice con intensidad.
Sam aparece y la toma del brazo.
—Jessica —le dice Sam con ternura—. Está bien, ven conmigo
El rostro de la chica se ilumina y asiente. Sam la levanta y la abraza por la cintura. Inclina su cabeza ante los futuros monarcas Novak con una mirada especial a su hermano.
Dean entendió la mirada de su hermano y sonrió al ver a la pareja como se abrazaban con cariño. Si antes tenía dudas de lo que estaba haciendo, esa imagen fue lo que lo convenció realmente.
Después partieron rumbo al Reino de Novak. No hubo banquetes, ni brindis, cosa que le llamó la atención a Dean. Su prometido lo guio, junto con su comitiva, hasta la caravana real a las afueras del castillo, donde vio el regalo de su padre, preparado para irse con ellos. Fue hasta él, alejándose del rey Novak, acarició su crin. Era un hermoso corcel negro con una pinta blanca en su frente y pintas blancas en sus patas.
—Seremos tú y yo baby —le dijo al caballo.
Miró hacia unos metros atrás y vio a su familia, sus súbditos despidiéndolo desde la salida del castillo Winchester. Dean se despidió con la mano en alto, moviéndola en repetidas veces con una sonrisa nostálgica en su rostro. Luego sintió una mano en su hombro y cuando miró hacia un lado, estaba su prometido con rostro condescendiente.
—Supongo que ya es hora —dijo Dean.
—Te llevaré a tu carruaje —respondió Castiel.
Su prometido lo llevó hasta un hermoso carruaje demasiado grande para él. Un paje abrió la puerta y Castiel lo ayudó a subir con su mano, pero antes de entrar miró a su familia y les volvió a sonreír. Dentro del carruaje, había un pequeño sofá acolchado con terciopelo caoba y una mesita pegada a la pared del fondo, y del otro lado, una cama pequeña. Dean se sonrojó al verla.
—Descansa y duerme bien, porque cuando lleguemos al Reino de Novak nos casaremos de inmediato —dijo el rey.
Era temprano por la mañana, eso quería decir que, viajarían todo el día y llegarían al anochecer al reino. Dean se sentó en ese mullido sofá al lado de la puerta, lo miró sin retirar su mano que le ofreció para subirlo al carruaje.
—¿No vendrás conmigo? —preguntó Dean.
—Debo guiar la comitiva unos kilómetros, luego tendré una reunión de estado en el carruaje real. Si necesitas algo, Kevin te lo proveerá —explica el rey, mostrando al chico de porte oriental, soltó con suavidad su mano.
Castiel no dejó que el paje cerrara la puerta y la cerró él mismo. Dean sacó la cabeza por la ventana de la puerta del carruaje y vio al monarca darle instrucciones a Kevin, quien le hizo una reverencia al retirarse el rey hacia un hermoso corcel blanco, que montó con elegancia. Partió cabalgando hacia el frente donde lo perdió por los carruajes y otros jinetes de la caravana bastante grande para ser una comitiva. Las trompetas sonaron y su carruaje comenzó a moverse.
Volvió a mirar a su familia y sacó su mano para despedirse otra vez. Sus padres, su hermano, Jessica y todos los súbditos le respondieron el gesto, agitando un pañuelo blanco. Eso no se lo esperaba y el gesto lo llenó de tristeza al punto de las lágrimas.
La familia Winchester despedía a Dean con emociones encontradas y sin dejar de batir el pañuelo blanco en el aire. Su hermano, Sam, lloraba con amargura.
—No puedo creerlo, Dean se va por mi culpa —llora Sam a moco tendido.
Jessica lo abraza por la cintura y le limpia la nariz con su pañuelo con suavidad. Sam deja de llorar y le sonríe con tristeza.
—Tranquilo hijo —dice el rey Winchester—, tú no tienes la culpa. Si tú no hubieras aceptado, el rey Castiel hubiera pedido la mano de Dean de todas formas. Los Novak desde hace mucho querían enlazar sangre con nosotros.
—¡Cómo! ¿A qué te refieres? —pregunta Sam.
—Hace tiempo, el rey Miguel vio la posibilidad de pedir mi mano, pero no llegó a concretarse —respondió su padre.
—¿En serio? ¿Qué pasó? —preguntó curioso.
—En realidad no lo sé, yo era muy niño y él un adulto. Supe después, que su hermano Lucifer se opuso.
—¿Te imaginas hijo? —dice la reina Mary, riendo —. Tu madre no hubiera sido yo, sino Jhon.
—No digas eso —dijo el rey Jhon avergonzado—. El rey Miguel solo hubiera sido el monarca de Winchester también.
Sam quedó con la boca abierta.
—¡Oh! Es cierto —dice su madre—. No hubiera podido mantener el Reino de Novak, lo hubiera tenido que dejar a su hermano Lucifer. Fue bueno que esa alianza no se concretara, porque no tendríamos esta.
Todos la quedaron mirando sorprendido. Mary sonrió con misterio.
—¿En serio crees que es bueno que Dean se case con ese rey? ¡Ni siquiera lo conoce! —reclama Sam.
—¡Ah!, pero ya lo conocerá y tengo el presentimiento que serán el uno para el otro —concluyó la reina con certeza casi adivina.
—¿Cómo lo sabes? —le preguntó su esposo.
—Mmmh, ¿vieron cómo se miraban? —preguntó sin dejar de mirar a su hijo Dean a la distancia, ni dejar de agitar el pañuelo en ningún momento.
—No —respondieron en grupo.
—Pues yo sí, lo vi —dijo con una gran sonrisa cómplice.
Dean, al otro lado, trató de no llorar mientras se alejaba más y más de su hogar. Siguió, agitando su mano, hasta que no viera más a su familia por la distancia, y solo quedara los contornos del castillo de su niñez. Después, solo se quedó mirando, el desaparecer de todo el mundo que conocía.
—Alteza, Alteza…
Dean reaccionó cuando escuchó que se dirigían a él. Era Kevin, quien desde su caballo, montaba al lado de su carruaje. El chico le hizo una pequeña reverencia, inclinando la cabeza hacia abajo y posando su mano a la altura de su corazón, luego se irguió.
—¿Necesita algo? —preguntó con amabilidad Kevin.
—No, gracias —respondió el príncipe—. Dormiré el resto del camino.
—Si necesita algo, recuerde que estoy para servirle —dijo el muchacho, haciendo la misma reverencia anterior con su cabeza y brazo.
El príncipe asintió con su cabeza, se retiró de la puerta y comenzó a quitarse las botas. Quizás el chico quería ayudarlo a desvestirse, pero estaba acostumbrado a hacerlo solo. Quitó su cinturón con la espada y lo dejó cerca de la cama, también hizo lo mismo con la capa. No se quitó ni la chaqueta, ni los pantalones y se metió entre las sábanas.
Nunca había viajado en un carruaje cama, era lo más elegante que había visto, ¿cómo sería el Reino de Novak? Debía ser muy fastuoso si podía darse el lujo. Las sábanas eran una maravilla de suavidad y la cama era pequeña, pero tenía barandas acolchadas para evitar caerse de ella por algún movimiento brusco del coche. El carruaje se movía poco, no como los de su reino, que parecían ser balanceados por un grupo de bárbaros. Así que este carruaje parecía flotar en comparación a lo que estaba acostumbrado. Le haría bien dormir de día, porque con toda la preocupación, no durmió casi nada la noche anterior y estaba muy cansado. Pronto se quedó dormido y tuvo un sueño agradable, aunque después no lo recordó.
Llegaron al anochecer. Kevin lo despertó con suavidad informándole que ya habían llegado. Lo ayudó a lavarse la cara en el mismo carruaje y a arreglarse. Bajó del carruaje frente a una puerta, que al abrirse, dio cabida a unos pasillos de hermosa arquitectura. Lámparas de aceite cubrían las paredes y la noche parecía día. Dean quedó medio ido, viendo tanta belleza en las paredes que ni se dio cuenta cuando estaba en una habitación. Kevin entró con él y comenzó a explicarle donde estaba el baño.
Abrieron la puerta y salieron tres mujeres riendo sonrojadas con el príncipe. Le hicieron una reverencia y se fueron. Kevin le explicó que aquellas eran quienes le prepararon el baño.
El baño era exquisito, pétalos de flores flotaban en una piscina pequeña con agua caliente. La fragancia estaba en el aire.
El chico le pasó un aparato extraño.
—¿Y esto qué es?
—Es un purificador —explicó el chico—. Antes de limpiarse por fuera, debe hacerlo por dentro.
La cara de Dean fue un poema, no entendió nada. Así que el chico tomó la manguera, la cual terminaba en una fina punta un poco larga e hizo como si se la metiera por atrás. El rostro de Dean enrojeció al instante. Luego, el chico le explicó el siguiente movimiento, el cual era presionar el émbolo para que el líquido entrara en su cuerpo y después lo que debía hacer. Dejó el aparato encima de una mesa y salió del baño para dejarlo solo.
Dean quedó parado un buen rato, mirando el aparato para ver si era real o no. Salió de su inercia y comenzó a sacarse toda la ropa con cuidado. La botellita que le dio Sam cobró sentido, así que la dejó al lado del aparato y terminó de quitarse la ropa. Si ya estaba en esto, lo haría bien.
Hizo lo que el chico le instruyó. Dolió un poco, aunque la parte alargada era muy delgada y fue desagradable la conclusión. El delicioso baño compensó el mal sabor del comienzo, se relajó y pudo disfrutarlo. Nadie lo molestó, ni lo apuró, cosa que le llamó la atención, pero decidió darse el tiempo necesario para todos los preparativos. Con calma y bien hechos.
Salió del baño después de un buen tiempo, limpio de pies y cabeza como también sus entrañas, dio paso a secarse con cuidado. En un hermoso diván comenzó su tarea, pasando por su pecho y su entrepierna, glúteos. Antes de ponerse el overol recordó la botellita.
Tragó saliva, se recostó en el diván y embetunó su dedo medio con cuidado. Abrió las piernas y comenzó a lubricarse. Lo hizo con cuidado y delicadeza, pero aun así, le dolió, por eso tomó su tiempo para acostumbrarse hasta que lo pudo meter por completo. Hizo lo mismo con un segundo dedo y hasta con un tercero. No sabía que porte tenía el pene del rey, pero si era como el suyo debía lubricarse lo mejor posible, aunque de todas formas dolería. Este pensamiento dio una reacción no deseada en su entrepierna. Se asustó, jamás pensó que esas ideas podían despertarlo. Decidió no pensar en eso y continuar su labor.
Después, limpió bien sus manos, se puso el overol y salió del baño. Kevin y dos sirvientes lo estaban esperando.
Fin capítulo 3
