Continuaron así durante un buen rato. Kristine tenía las manos sobre la joya pulida, ignorando la cada vez mayor temperatura que estaba alcanzando, adorando ya a su compañero. Por su parte, Dave seguía hipnotizado, acariciando las vetas amarillas y el pálido nácar, como si tratara de calmar a un bebé.

Más de una hora después, seguía sin pasar nada. Al menos visto desde fuera. Por lo tanto, el ministro les indicó a los muchachos que cambiaran de huevo. Pero ninguno de los dos lo escuchó. Ellos seguían en su mundo paralelo.

-Jóvenes, intercambiaos -repitió la condesa.

-Kristine, Dave. Apartaos ya y dejad al otro intentarlo -dijo el administrador-, sin conseguir un efecto diferente.

Entones, se acercaron para hacerlo por la fuerza. Los agarraron por los hombros y fue en ese momento cuando de los huevos surgió un sonido como de agua en ebullición, seguido de pequeños balanceros. A excepción de esos ecos, en la sala se hizo el más absoluto silencio. Casi parecía que la habitación se hubiera oscurecido y sólo quedaran iluminados los dos tesoros de los cojines.

El óvalo blanquecino empezó a moverse cada vez más y más violentamente. Se oían golpes desde dentro, intentando salir de su cautiverio. En uno de ellos, el cascarón se rajó, y con el siguiente, pareció descascarillarse entero, para que, con un tercer impacto, la estructura se resquebrajara por completo y dejase ver a una criatura pálida, algo parecido a un reptil, pero con la apariencia de tener minúsculos diamantes a lo largo de su cuerpo, de donde salían dos membranas desde el lomo. Era un dragón de nácar y estrías de oro translúcido.

-Hola -le dijo el muchacho, acercándose para volver a acariciarlo.

Y al rozarlo, un destello provino desde el punto en el que se tocaban, y cuando pudieron verle la mano, le había nacido un marca, una especie de ojo retorcido, de color plateado.

Hubo un gran revuelo. Los jóvenes se acercaron a él, para ver la marca que le había quedado en la palma. Por su lado, Lady Glauçia y el ministro se estaban felicitando mutuamente por aquel logro que no les pertenecía. Los elfos, en su profunda admiración por el pequeño dragón se acercaron y le hablaban en el idioma antiguo. El par de guardias que había por ahí, corrieron a fuera para dar la buena nueva.

Sin embargo, Kristine no notó nada. Ella estaba sólo pendiente del movimiento del huevo relampagueante. A veces era tan tenue que temía que se hubiera arrepentido. Los golpecillos que se oían eran débiles. En su mente algo le dijo que aquello no era normal. Sin pensarlo dos veces, agarró a Ulianea, que estaba cerca suya adorando al recién nacido. La elfa rechazó el contacto, indignada por que hubiera osado tocarla. Pero pareció darse cuenta, por la cara de angustia de Kristine, que el atrevimiento había sido necesario. La chica le señaló con la cabeza el precioso huevo de profunda noche de tempestad. Dentro de la seriedad total que parecía reflejar la elfa, se podía ver un resquicio de nerviosismo. Movió los labios y también Vanir dejó de atender al dragón blanco. Comenzaron a emitir murmullos, a hablar tan bajito que Kristine no podía entenderlos. Aunque, claro, no lo habría hecho de todas formas porque no entendía el idioma antiguo (aunque había aprendido a leerlo y escribirlo). Eso hizo que se inquietara más.

Vanir preguntó a un distraído administrador por una habitación más privada y al indicarle éste una, los dos elfos llevaron el huevo hacia ella, seguidos a la carrera por Kristine, dejando atrás todo el barullo.

La nueva habitación en la que entraron era un pequeño despacho, con una mesa, varias sillas y una pared ocupada por una estantería llena de documentos.

Aún se escuchaba el júbilo exterior, pero, tras unas palabras de Ulianea, las paredes quedaron completamente insonorizadas. Ello no hizo más que acentuar lo amortiguado que salía el sonido del huevo, como si la criatura que aguardaba en su interior fuera demasiado débil.

Los dos elfos seguían murmurando. La tensión crecía en Kristine.

-¡¿Qué? ¡¿Qué pasa? ¿Qué es lo que le ocurre?

-No lo sabemos -le respondió Vanir.

Ningún otro grupo de palabras la hubiera conducido de mejor manera hasta una histeria que logró controlar sólo por su preocupación.

La elfa miró al rededor, buscando algo. Kristine la vio ir hacia la pared, mirar fijamente un espejo y murmurar unas palabras en idioma antiguo. La superficie se movió como hondas en el agua y se formó una imagen en ella, como si hubiera pasado de ser un espejo a un cuadro. En la imagen se veía una habitación de madera. Elfo se dijo Kristine al ver la decoración.

De repente, la imagen dentro del marco se movió, y apareció un ser muy extraño. Era una figura antropomórfica, con mucho pelo, que, a pesar de todo, resultaba algo atractivo. Se dio cuenta de que, por difícil que pudiera parecer, aquello era un elfo cuando empezó a hablar con Ulianea.

Kristine tenía un oído puesto en la ininteligible conversación y otra en los débiles sonidos del huevo de dragón, como el latido del corazón de un moribundo.

Otra figura más apareció en el marco. Parecía otro elfo, pero le faltaba la luz que éstos emitían. Siguieron hablando durante dos o tres minutos,... hasta que el autocontrol de Kristine se agotó.

-¡¿ALGUIEN PUEDE DECIRME QUÉ NARICES ESTÁ PASANDO?

Cuatro pares de miradas se posaron en ella. Fue la figura que parecía y no parecía un elfo quien le contestó.

-¿Cómo te llamas?

-Me llamo Kristine -contestó de forma áspera y grosera.

-Kristine, pocas veces en la historia de los dragones se ha dado una situación parecida a ésta. Parece ser,... sospechamos, que el dragón que hay en el interior carece de energía, o tiene algún bloqueo que le impide canalizar la energía necesaria para romper el cascarón.

-¡¿Y por qué no le ayudáis? -miró a los dos elfos de la sala- ¡Vosotros sabéis hacer magia!

-Pero no somos lo suficientemente buenos -dijo Vanir.

-¿Qué va a pasar entonces?

-Lamentablemente todo los jinetes están a dos días de camino. Para entonces podría ser demasiado tarde. De todas formas, me pondré en contacto inmediatamente con ellos.

Kristine sentía que iba a caer en la desesperación. No podía creer que la criatura que le esperaba allí adentro no fuera a salir nunca. Por una vez que necesitaba a los Jinete de Dragón y no estaban allí para ayudarla.

Un momento, pensó Kristine, sí que había un jinete cerca.

-¿Y si,... y si yo,... y si trajera a alguien tan fuerte como un jinete?

Todos la miraron. Los tres elfos no hicieron gesto ninguno, pero en el cuarto se dejaba ver algo de incredulidad y mucha, mucha curiosidad.

Kristine ya había tomado la decisión.

-Esperad aquí -dijo, y salió corriendo sin esperar réplica.

Corrió y corrió y corrió como si la llevase el diablo, como si la persiguiera una manada de depredadores, como si su corazón hubiera decidido escapar y lo estuviera persiguiendo para no perderlo de vista. Dejó el pueblo atrás y corrió por la llanura, hasta internarse en el bosque. Corrió y corrió, y esquivó los obstáculos que a su camino iba encontrando. Y en menos tiempo de lo que nunca antes hubiera pensado que se podría cruzar tal distancia y terreno (y menos con ese incómodo vestido), llegó al claro del día anterior, que estaba completamente vacío.

Se estaba ahogando por la carrera. Pero sólo se dejó tomar algunas bocanadas de aire.

-¡MURTAAAAGH! -oyó el eco de su voz y el trino de miles de pájaros asustados. Espero y volvió a gritar- ¡MURTAAAAGH!

No escuchaba más respuesta que su propia voz devuelta por las rocas.

Nadie le contestaba. Le faltaba el aire y la adrenalina se transformó en rabia.

El sol empezaba su marcha hacia la tierra.

-¡MURTAAAAGH! -gritó con el último resuello de su voz.

Se ha marchado se dijo.

-Ven, por favor -le susurró al aire.

Y lo oyó. Oyó lo que identificó como el batir de unas inmensas alas. Espina.

El imponente dragón apareció por entre las copas de lo árboles. Más bello a los ojos de Kristine por la esperanza que traía consigo.

-¿Qué te pasa ahora, niña? -preguntó Murtagh.

-¡Ven! ¡Tienes que ayudarle! -la desesperación se hacía palpable en el aire al emitir sus palabras- Tienes que ayudarle. ¡No puede nacer!

-¿Qué?

-¡El dragón! No sé qué es, pero dicen que le pasa algo y que no puede romper el cascarón y no puede nacer y que, y que,... -reprimió un sollozo- que para cuando venga alguien ya podría ser demasiado tarde. ¡Te necesita para que le ayudes!

Murtagh se quedó en silencia, mirando sereno a la chica.

-Y a mí qué más me da.

...

Una corriente de aire cruzó el claro. Lo hizo sin hacer ruido. Ya ni se oía el recién maltratado corazón de Kristine protestando por la carrera. Y tampoco resollaba, porque en sus pulmones no entraba aire. Cualquier animal había huido con los gritos de antes, y hasta un pequeño riachuelo que había no muy lejos, dejó de molestar.

La chiquilla calló al suelo de rodillas, porque sus piernas se negaban ya a seguir soportando su peso. Agachó la cabeza y escondió su cara bajo los mechones que habían escapado durante el viaje.

-Eres un Jinete de Dragón -dijo en voz muy baja-. Eso es lo que hacéis. No me importa quién hayas sido, no me importan vuestros nombres ni lo que tú quieras o no quieras hacer. Tienes la grandiosa suerte de haber sido elegido por un dragón y ahora le niegas la vida a uno de ellos. -levantó la cabeza y le miró con fiero semblante-. Haré lo que sea.

Murtagh la miró con una expresión inexpugnable. Se mantuvieron la mirada durante unos segundos. Y entonces Espina rugió. Murtagh seguía quieto, pero parecía que el dragón le estaba gritando.

-¿A dónde hay que ir?

La gratitud parecía un sentimiento de infinita capacidad, porque cada vez sentía más y más por aquel viejo joven.

-Al edificio de la administración.

-¿Quién hay allí?

Kristine supo a qué se refería.

-Dos elfos. Y además, en un espejo, hay otros dos. Uno parece un... lobo. El otro... bueno, el otro no estoy segura de que sea un elfo pero casi lo parece.

A Murtagh se le abrieron los ojos y Espina volvió a rugir. Ya no debían quedar ni lombrices en cientos de metros a la redonda. El jinete se acercó a su dragón. Tuvieron una muda conversación (Kristine supuso que a través de la conexión que los unía) y, finalmente, Murtagh se giró hacia ella y le tendió la mano.

-Vamos.

Sin saber muy bien qué hacía, sin pensar demasiado, fue hacia él, le cogió la mano, y para cuando se dio cuenta estaba sobre el lomo de un dragón, volando escasamente por encima de la copa de los árboles. Pero no sería hasta mucho más tarde que se dio cuenta de lo que suponía aquello, y además el viaje duró muy poco. Espina los dejó en la linde del bosque y el resto fue a la carrera. El cuerpo de Kristine protestaba, pero sus quejidos ni siquiera llegaban hasta ella.

El pueblo estaba entonces tranquilo. Quien no se había recogido ya en su hogar, habría ido a hacer una visita a la taberna. Aun así, Murtagh la hizo parar para decir algún hechizo, y de esa forma los rezagados no repararon en ellos. Siguieron avanzando por la calle a la velocidad del viento, y cuando a Kristine le fallaron las rebeldes piernas, Murtagh la agarró y le ayudó a continuar.

Llegaron al edificio y Kristine condujo hacia la habitación donde se encontraba el huevo de Dragón. Los elfos se sorprendieron al notar que entraban dos seres ocultados con magia y desenvainaron las espadas en un movimiento tan veloz, tan rápido que en realidad Kristine no había podido verlo. Simplemente antes estaban relajados y un pestañeo después estaban en guardia.

Murtagh murmuró palabras en el idioma antiguo y Kristine supo que el hechizo se había desvanecido al ver las caras de sorpresa de los dos presentes y los dos ausentes.

-¡Murtagh! -exclamó el que parecía y no parecía un elfo.

-Hola, hermano -respondió el interpelado.