3. Espinas

La noche de los muertos vivientes era en la que la frontera entre el mundo de los fallecidos y los vivos se volvía más difusa, la culminación del crepúsculo en la que las intenciones de las serpientes se volvían indecorosas y muy, muy lejos de llegar a ser honorables como la sangre que corría por las venas de los ofidios y el emblema familiar que aguardaba en el salón de sus despampanantes mansiones.

A pesar que en el castillo la noche de Halloween era una cosa para niños que debían aguantar por educación, cuando se apagaban las antorchas del colegio, se deshilachaban los murciélagos de pega y los dulces descansaban en el estomago de la mayoría de los habitantes, ellos, los menos queridos y más señalados de toda la escuela, disfrutaban de su momento. La noche de piruletas y calabazas de rostros tétricos, se desdibuja en música jazz demasiado indecente hilada por un tocadiscos que apestaba a nuevo y que te incitaba a bailar descontrolado, el Whisky de Fuego se filtraba por la boca de todos, los uniformes y sombreros de pico se transformaban en flamantes a la par que lujosos vestidos y túnicas de cinco mil galeones que, en los cuerpos de muchos duraba tres cuartos de la noche.

No obstante, aparte de que pensaran que los más oscuros, eran unos estirados que solo se interesaban por defender el orgullo de sus casas y sangre, estaban muy equivocados, porque cuando nadie les veía, en el momento que dejaban el mundo atrás, sabían divertirse, ver la otra cara de la moneda y aprovecharla sin miedo a ser criticados por nadie, porque, pensaban que nadie podría juzgar lo que hacían, estuviera bien o mal, porque ellos eran los reyes, de oro y espalda intocable.

Y a partir de las doce, en el nido de escurridizas serpientes, se respiraba un ambiente jovial, ameno y divertido que te incitaba a desencadenar y dar rienda sueltas a tus más oscuros deseos.

Yo con una elegancia agresiva e inquietante, recorrí la Sala Común escudada en un vestido de color crema que dejaba gran parte de mis pantorrillas al aire y una serena resolución en el semblante; la cabellera rubia de ángel ondulada sazonaba mi juvenil belleza, dignificándola, y me hacía vivir constante y temeraria, viviendo mi juventud: como si nunca tuviera que acabarse. No me importaba que miraran, me gustaba ser observada por los demás, ser una de las joyas de la corona de la casa Slytherin. Y no es por alardear, pero lucía preciosa aquel día, mientras las estrellas se ponían en mi mirada y me llevaba todos los destellos procedentes de las joyas de mis compañeros.

Estaba pletórica, sonreía coqueta sin perder el toque recatado, hablaba con mis allegadas y brillaba más que nunca. Las cosas con Lucius parecían ir entre seda y diamantes, llevábamos varios días encontrándonos por las noches en nuestras largas salidas de prefectos, donde la ropa entorpecía y la iluminación incitaba a pecar. Siempre recordaría esas noches, en las que el sol moría en el horizonte, mientras nosotros empezábamos a nacer desde el fuego. De ese tipo de fuego que emanaba una chispa sobre un bosque marchito y arrasaba con todo a su paso.

Sin embargo... el paraíso era efímero.

Rodolphus Lestrange a medida que caminaba, tuvo la brillante idea de acercarse a mí, con su flamante sonrisa y sus pasos altaneros y jactanciosos, atrayendo la mirada de jóvenes que bailaban al compás de la voz rasposa de la cantante de jazz.

Rodolphus…

Estudiante aventajado, nieto e hijo de listísimos comerciantes puristas que hicieron millones de galeones durante los primeros años cincuenta. Era alto, apuesto, de facciones tersas pero deshonestas, fundamentalmente políticas, el pelo rizoso y brillante, una mirada luminosa pero impúdica. No obstante, no podía compararse a Lucius a pesar de ser perfecto, unos de los chicos más suspirados en el colegio y un completo adonis. Ambos hermanos Lestrange lo eran, eran casi tan populares como él, pero… les faltaba esa chispa que Lucius portaba por naturaleza.

Al fin, después de deshacerse de todo el que se acercaba, llegó hasta mí, ofreciéndome que le acompañara a beber algo. Su educación fue sublime, muy distinto a como otras muchas veces le había visto rallar lo condescendiente y los susurros de víbora que salían cuando Lucius y él se juntaban para atormentar a algún desgraciado.

Accedí a acompañarle.

Las voces oscilantes silbaban en lo alto. Los siseos lejanos y cada vez más espaciados, se escuchaban de fondo, la música y el vasto zumbido de todos ellos desvelados le prestaban a la noche una profundidad mágica que no tenían las otras noches del año. La Sala Común exhalaba aromas untuosos, húmedos y ligeramente pútridos, mientras caminábamos nos abríamos paso entre hombros dorados, vaharadas dulzonas de jóvenes cuerpos excitados y pechos agitados. Nos oprimían mientras caminábamos en esa dirección. Rodolphus me agarró de la cintura para no perderme. Jamás había notado tan próximo el efluvio de unos brazos tersos y fragantes que no fueran de Lucius. Me di la vuelta para mirarle, encontrándome con el confiado chispeo de unos ojos azul celeste. Quise deshacerme de su agarre, pero en medio de toda esa gente me fue imposible. Cuando al fin llegamos a por unas bebidas, Rodolphus puso bastante ginebra de ninfas en mi vaso y me lo entregó.

—Ven conmigo —le bisbiseé después de tomar un trago, haciéndole un gesto para que nos sentáramos en unos de los sillones más cercanos a la chimenea, donde la gente escaseaba y se podía estar tranquilamente y mantener una conversación sin agobios.

Me obedeció con los ojos brillantes, al parecer, por estar a mi lado. No era ningún secreto que la mitad o todos los que estaban en ese momento en la Sala Común, se morían por un segundo de mi atención. Comenzamos a charlar, él en ocasiones rozaba mi muslo y yo le reía las gracias. Puro teatro. Todo parecía ir bien, estuvimos hablando de la pureza, como era habitual. A medida que se desarrollaba la conversación, seguía riendo con delicadeza mientras él intentaba conquistarme, por un momento, incluso olvidé mis intenciones: estaba con él para no pensar en lo que estuviera haciendo Lucius. Pero mi vida era un chiste amargo y justo utilizó las palabras exactas para que esa conquista que estaba llevando a cabo se desviará por completo de él.

No puedo recordar con exactitud como lo dijo, ni que palabras utilizó, pero si lo que me quiso dar a entender: Lucius quería grabarse en la piel la marca de los mortífagos.

Me lo comentó orgulloso, como si Lucius fuera el más audaz, el hombre más increíble del planeta. Lo que a todo el mundo que estaba en ese momento allí le hubiera enorgullecido escuchar, a mí me disgustó. No quería que Lucius terminara... Yo compartía sus ideales puristas, no obstante se podía hacer de otra forma, con unos métodos más ortodoxos. Y, Lucius era demasiado joven para entrar en aquel estilo de vida. No era lo que yo quería para él.

Ya no escuché más lo que me decía Rodolphus, mi mente estaba totalmente concentrada en Lucius y ya no había sitio para nadie más. Lo que me rodeaba, se había vuelto invisible, como si alguien hubiera corrido un velo. Sin ningún tipo de disimulo, le busqué con la mirada por toda la Sala Común, hasta que le localicé rodeado por un corro de chicos y chicas de nuestra edad. Pude apreciar cómo me observaba, celoso por estar con otro chico aunque lo disimulará con su gesto cargado de altivez chuleándose delante de todos y todas, pero… yo le conocía bien. No como esa panda de patanes e ineptos que danzaban a su alrededor como pavos sin cabeza.

—Narcissa... ¿Me estás escuchando? —me preguntó Rodolphus, sebresaltándome y agarrando con sus manos mi barbilla. Yo simulé una sonrisa y alce mi cuerpo.

—Tengo que ir al tocador… Discúlpame.

Mentira.

Todo era una burda y vil mentira.

Lo único que necesitaba era hablar con Lucius.

Crucé la Sala Común y no me importó en lo absoluto si Rodolphus estaba viendo lo que hacía. Bajo las atentas miradas, llegué hasta Lucius, él alzó las cejas sorprendido (normalmente solía guardas las apariencias), pasé mis finas manos por sus hombros y me acerqué a su oreja, comenzando a hablar en pequeños susurros y bisbiseos, lo que a él tanto le gustaba.

—Rodolphus me aburre demasiado... y yo solo pienso en ti... ven conmigo...

Fue fácil. Si quería que viniera conmigo en ese momento tenía que regalarle los oídos, ser astuta y escurridiza como una serpiente. Ese era el pan de cada día en nuestras vidas; amoldarnos a cada tipo de situación, vivir la vida como si fuera un teatro y, cuando por fin estuviéramos a solas y bajásemos el telón, quitarnos la máscara y desquebrajarnos en mil pedazos.

Cuando me separé de él y pestañeé lentamente, él lanzó una sonrisa ladeada con picardía y superioridad. Una sonrisa maliciosa brilló en mi cabeza. Si le hubiese dicho mis verdaderos motivos no hubiese conseguido que viniera conmigo.

Sin darle tiempo a cambiar de opinión, comencé a caminar meneando mi distinguido cuerpo, hasta salir de la Sala Común. Sentía como caminaba detrás de mí, pero de todas formas me di la vuelta para asegurarme. Me arrepentí de haberlo hecho nada más girar la cabeza. Verle, tan alto y apuesto, hizo que se me exaltara el corazón. Debía ser fuerte y no sucumbir a sus encantos. El tema que quería tratar con él, era mucho más importante que darnos unos cuentos besos en la tenebrosa oscuridad del pasillo. En el momento que cruzamos la esquina, donde en las noches los besos y caricias no escaseaban, él me adelantó y sin ninguna vergüenza me agarró y me presionó contra él haciéndome sentir su cuerpo, como era costumbre, pero esta vez no sería así.

Me retiré, deslizando sus brazos bajo mi cintura, a pesar de que no me separé de su cuerpo. Dejé que siguiera agarrándome. Él frunció su ceño extrañado y contrariado, como si me hubiera vuelto completamente loca.

—¿No querías que viniera contigo? —preguntó, deslizando las palabras, saboreándolas por sus papilas antes de soltarlas.

—Sí, Lucius, pero no te he dicho que sea para eso... —contesté inocentemente. De repente, me soltó.

—¿Y para qué querías que viniera? —volvió a cuestionar, arrogante y enfadado. Su tono y distanciamiento, rozó mi humor como una daga en el corazón. Igualmente suspiré e intenté controlar la poca paciencia que me quedaba al ver su reacción, sabía que lo que se avecinaba era aún peor—. Si querías hablar podrías haber seguido sentada con Lestrange.

—Y si quisiera hacer otra cosa también lo podría hacer con Lestrange, Lucius —exploté, mirándole directamente a los ojos.

—Perfecto. Entonces, adiós.

Su frialdad me partió en dos. Me repuse rápidamente. En otra ocasión tal vez hubiera dejado que se marchara, estaba siendo un descortés, pero no quería que se fuera, necesitaba hablar con él.

—Lucius, espera... —susurré, intenté que no sonara a súplica, pero para mi propia desgracia, así sonó. Tragué saliva y a la siguiente, me salió más firme—. Quería hablar contigo porque Lestrange me ha dicho lo que tienes pensado hacer.

Se dio la vuelta lentamente. Su sonrisa picarona del principio ahora era una despiadada y totalmente congelante, podía ver en ella todos sus sentimientos rotos y su máscara por no querer expresarlos. No me gustaba ese gesto en su cara y mucho menos cuando la empleaba conmigo.

Quise acercarme a él, sin embargo, cuando me vio dar un paso en su dirección, él retrocedió uno para atrás, metiéndose las manos en los bolsillos.

—Narcissa, no me agobies, no es asunto tuyo. Olvídame.

Esas fueron las últimas palabras que me dijo aquella noche antes de irse. Esperé echa mil pedazos y cuando me vi preparada volví al nido de serpiente, pero nunca se está preparada cuando te enfrentas a Lucius Malfoy.

Al cruzar el muro lo vi.

Estaba besándose con una chica.

Me quedé estática sin saber donde refugiarme. No tenía donde esconderme del puñal que el mundo me clavaba constantemente. En donde encerrarme hasta que dejara de llover y no le tuviera miedo a los estruendos. Me sentía como un corazón roto que aniquilaba las esperanzas para construir un paisaje sobre la devastación. Depende de las ganas, puedes afrontar las cosas, solía decir la gente. De las ganas que tuvieras de intentarlo, del aplomo que pudieras ponerle, de sonreír siempre que la noche se ponga y la oscuridad pareciese tragarse la luz de las estrellas.

No me quedó más remedio que ponerme la máscara de indiferencia cuando estaba en ruinas.

Nadie me advirtió de los efectos colaterales que conlleva amar a alguien repleto de espinas.

Le odie. No quise quererle, porque dolía hacerlo.

Y aún así, lo hacía.

Pero eso iba a cambiar…