CAPITULO III

Enterarse

-¿Hola?

Oí el sonido de mi voz rebotar contra las inmensas paredes de un teatro abandonado. Un teatro a donde llegué como si me hubiese materializado al igual que un fantasma.

Caminé sobre el escenario a paso lento. La madera bajo mis pies rechinaba aguda y lastimosamente. Miré para todos lados y seguía estando solo, en un lugar donde jamás había puesto un pie.

-¿Hay alguien?

Un estruendo arriba de mi cabeza fue lo único que obtuve como respuesta. Observé la tira de luces encendidas agitarse de un lado a otro, amenazantes, sacudiéndose de manera inquietante y a punto de venirse abajo.

Frente a mí, sobre el tablado y a unos cuantos metros de distancia, la figura de una mujer rubia, ataviada con un antifaz y un largo vestido rojo de terciopelo, fue iluminada por una luz blanca que parecía mantenerla suspendida en el aire, dentro de su halo de luz.

-Hola – dije delicadamente, como si me sintiera obligado a susurrar cada palabra.

La desconocida no respondió. Un nuevo estruendo me hizo volver el rostro hacia el techo. La tira de luces se precipitaba al suelo vertiginosamente y aunque quise correr, mis pies se quedaron pegados a la madera como un par de rocas al fondo del mar.

-¡Cuidado! – gritó la chica corriendo hacia mí - ¡Cuidado, Terry!

-¿Terry? Pero si yo no...

Fue cuando reconocí a mi hermana quien extendió los brazos con las facciones aterrorizadas, para empujarme lejos de donde había estado parado, salvándome la vida.

Después de ser arrojado a menos de un metro de los escombros, sentí mi cuerpo henchido de golpes y completamente exhausto. Me apoyé en los brazos para ponerme de pie y algo aturdido, caminé aprisa hasta "Su" quien yacía como muerta bajo los hierros retorcidos.

-¡Su¡Despierta¡Abre los ojos¡Susana!

Sacudí a mi hermana una, otra y otra vez. La acomodé entre mis brazos y le quité el antifaz.

-¿Susi?

No, no era Susana quien yacía conmigo en el piso del escenario. Era otra mujer. Su rostro, sus ojos... Los había visto en alguna parte pero no podía recordar dónde, no podía… ¿Quién era¿Quién?

Mucho gusto, yo soy Candy... Candice White.

-¿Candy? – dije, acariciando su mejilla.

Sí. Era la persona que conocí en la estación de trenes, pero… ¿Qué era todo esto?

-Richard – habló alguien a mis espaldas.

Giré la cabeza para encontrarme con Susana, de pie, sin muletas, sin bastón, con ambas piernas y llegando hasta mí para tocarme el hombro.

-Se quedará a tu lado... – dijo mi hermana con tal convencimiento, que me perturbó por entero.

-¡No necesito que se quede a mi lado, necesito un médico!

-Lo siento tanto, Richard.

Susana rodeó mi cuello con sus brazos y pegó su cabeza a la mía. Lloraba, sentí sus lágrimas enjugar mi piel… ¿Pero qué estaba haciendo¿Acaso no podía ver a Candy, herida en mis brazos!

-Susana, suéltame. ¿No lo entiendes¡Un médico, llama un médico!

-Se quedará… – me susurró al oído – ella hubiera hecho lo mismo que él, si hubiese estado en su lugar.

-¡Susana, reacciona! – grité desesperado.

De repente, todas las luces del escenario se apagaron, quedando solamente la que se hallaba sobre mí. Susana y Candice desaparecieron. Se desvanecieron ante mis ojos y comencé a llorar, similar a un niño perdido de sus padres.

¿Qué me pasa?

-Omaet… Richard – dijo la voz de una mujer en mis oídos – hasta siempre, "Di"…

El último reflector estalló en mil pedazos y todo en derredor se hundió en una espesa oscuridad. Al final del sueño yo también desaparecí, y el enorme telón de color marrón con listones dorados, cayó a lo largo del entarimado seguido por el triste rumor del viento. Al siguiente minuto, un hombre me despertó sacudiendo mi hombro con insistencia para anunciarme que el tren que abordé en Pennsylvania, estaba llegando a Nueva York.


NUEVA YORK
1916

-Quita esa cara, Albert-sama – dijo Aoi, sentándose a mi lado -. Así no ayudas a nadie.

-Con o sin esta cara, no he podido ayudar a mi familia, Aoi.

-Oh, aquí vamos de nuevo – suspiró, recargando la mejilla en su mano -. Pobre de mí, pobre de mí…

-Aoi – protesté, poniéndome de pie -. Hablo en serio.

-Sí, y eso es lo que me preocupa. ¿No hemos venido para animar a tu sobrino? Ahora el único que tiene rostro de enfermo eres tú.

-Solo… estoy pensando.

-Presumido – dijo, ahogando una risita burlona.

-Aoi – refunfuñé, buscando un poco, sólo un poco de comprensión de parte de la mujer que se suponía tenía que estar conmigo en las buenas y en las malas.

-¿Qué te dijo, Otousan?

-No mucho – regresé con ella al sillón de la sala -. No sabe qué es exactamente lo que le pasa a Candy. Quiere que se practique varios estudios y que estemos al pendiente de lo que le ocasiona ese tipo de trastornos, pero no tiene una idea clara.

-¿Y ella, no dijo nada?

-Nada. Cuando volvió en sí, únicamente me pidió tiempo.

-¿Tiempo?

-Para explicármelo.

-Entonces, no es la primera vez que le pasa.

-No.

-¿Y desde cuándo es que…?

-Aoi, quisiera decirte más pero yo mismo estoy perdido en esto.

Perdido, angustiado, molesto… ¡Sí, molesto conmigo mismo! Y a punto de estallar gracias a la extrema impotencia de no poder ayudar a alguien, a quien había ayudado toda la vida. ¿Y ahora qué¿Esperaríamos hasta que Candy…¡Qué absurdo, detenerse, detenerse… Jamás había escuchado tal cosa. Pero sucedía, y le sucedía a mi mejor amiga. Eso era suficiente para que lo absurdo dejara de serlo.

-Albert-sama, ayudaremos a tus sobrinos. Confía ¿Ne?

-Pero…

-Y cambia ya esa cara. ¡Cámbiala, cámbiala! Hoy es noche para celebrar.

-Hoy es noche para celebrar – repetí llenando mis pulmones de aire -. De acuerdo.

Fue verdaderamente embarazoso que mi estómago gruñera de hambre en ese momento. ¿Dónde estaría Candy con la comida?... y con mi sobrino, claro.

Aoi-san decidió volver a la cocina y yo a nuestra recámara para desempacar las últimas maletas. Justo cuando entré a la alcoba, llamaron al timbre de la puerta y retorné de inmediato hasta el recibidor.

-¿Candy? – dije, pensativo -. No, ella tiene llaves. ¿Quién más?

Una punzada en el abdomen, una punzada de mal augurio que me provocó no responder al insistente llamado del timbre, me detuvo a centímetros de la perilla. No obstante, alejé de mi cabeza ese cúmulo de tonterías y abrí cautelosamente.

-¡Hola, tío!

Aoi-san reaccionó igual que yo; la sangre se nos heló en las venas. Lo deduje cuando el ruido de una taza quebrándose en el piso, viajó desde la cocina hasta la puerta.

-Neil – apunté en principio, para luego preguntar con incredulidad - ¿Neil?

-¡Hola¿Cómo estás? Tenía tiempo¿no?

-Una semana… - increpé haciéndome de lado, porque el chico concluyó pasar sin invitación.

-Una larga semana, tío. Oye, que bonito lugar. Grande eh, muy grande. ¡Hola Ali!

-Aoi – corregí con fastidio – ¿Puedo saber qué quieres a esta hora, Neil?

-Konbanwa, Neil-san – saludó mi prometida con la mejor de sus caras. Sabía quién era Neil, y también entendía por qué nadie de nosotros lo deseaba cerca.

-Sí, sí… igualmente Ali – respondió Neil, despreocupado. Una vena me reventó de furia y le corté el paso cuando curioseaba cerca del pasillo que conducía a nuestras habitaciones.

-Es Aoi¿Escuchaste? – protesté, enérgico - ¿Qué quieres Neil?

-¿Esos son modos, tío? – refutó, cruzándose de brazos – soy de la familia ¿Lo olvidas? Todo lo tuyo es mío, y todo lo mío…

-Todo lo tuyo, Neil – intervine, empujándole hacia la salida – exaspera, cuando no inoportuna. Si lo que necesitas es dinero… o cualquier otra cosa, búscame mañana en la oficina. Aquí no te quiero ver.

-¡Hey! – se defendió con un manotazo -. Esta bien, me voy. Pero antes quiero ver a mi prometida.

Aoi-san apretó el cuello de Neil con la mirada y yo muy estuve cerca de lanzarlo por la ventana. Estábamos en un segundo piso así que tan solo acabaría con un brazo o una pierna rota. La cuenta del hospital era lo de menos.

-Sé que está aquí, por lo tanto… esperaré – dijo el fresco, dejándose caer con pesadez en mi sillón favorito.

-¿Estás… ebrio? – inquirí mirándolo a los ojos. Sus desatinados movimientos y el hecho de que estuviera a punto de tropezar con la mesa de centro, me enfurecieron aún más.

-¿Yo, tío?

-¡Ya entiendo! – lo cogí por el cuello de la camisa -. Quieres dinero para seguir con la fiesta ¿No?

-Suéltame – dijo con tono imperativo – o hablaré con la tía abuela.

-Habla con quien te de la gana, pero vete ya.

Casi a rastras lo llevé hasta la salida. Aoi-san permanecía en silencio, observando. Siempre lista para intervenir de ser preciso, siempre prudente pero firme a mi lado.

-¡Ya… ya! – vociferó Neil, al liberarse con torpeza -. Comprendo las indirectas. Pero dile a Candy que volveré a visitarla. Tengo el permiso de la tía abuela y no pienso hacer…

-¡Aquí no vuelves! – lo amenacé, abriendo la puerta -. Los permisos de la familia Andrey los concedo yo, que no se te olvide. Así que si la tía abuela dispone otra cosa es que, o escuchaste mal o sigues ebrio. ¡Buenas noches! – y cerré de un portazo.

Bendita forma de terminar el día. Lo único que quería para entonces era justamente eso, que terminara de una vez. Aquella punzada en el estómago regresó con más fuerza. Esta no era la última ocasión en que veríamos a Neil ni ebrio, ni tocando a nuestra puerta. Esto sólo era el comienzo.


-¡No es cierto!

-Claro que sí.

-Que no.

-Sí, sí lo es...

-¡Archie¡Basta!

-¡Archie, basta! – dijo el muy cara dura, imitándome y haciendo muecas.

-Qué tierno – oímos decir a un hombre que salió a nuestro encuentro, frente al edificio de apartamentos al que nos disponíamos a entrar -. Cursi, pero tierno.

Archie y yo intercambiamos miradas de desconcierto. Me tomó de la mano y me colocó detrás de él para enfrentar al extraño que pronto nos mostró su despreciable, insoportable, insufrible y mezquino rostro.

-¿Y tú qué quieres aquí? – demandó Archie.

-Lo mismo que tú, pero veo que te has adelantado. No importa¿sabes? Candy al fin y al cabo es aún...

-¡Tu peor pesadilla! – exclamé, haciendo a un lado a mí primo-. No me hables con tanta confianza, Neil, que tú y yo no somos nada.

-Somos familia, Candy, para empezar – respondió con sorna – y yo no he dicho la última palabra con respecto a nuestro compromiso.

-Es que tú no tienes la última palabra – repuse sonriendo – la tengo yo. En todo caso, también la tiene Albert y según sé, en cierta fiesta de compromiso te lo dejó muy claro: Nuestro matrimonio simplemente es un mal chiste.

-Candy, Candy... – canturreó Neil -. Te explicaré de nuevo. Tú y yo...

-¡Tú te vas a la mierda¿oíste! – vociferó Archie empujándole con ambos brazos -. No sé qué haces aquí pero en última instancia me importa un carajo. ¡Aléjate o te juro que cada vez que te acerques de Candy te voy a romper la cara!

-¡No la quieras sólo para ti, Archibald! – dijo Neil, tambaleándose por el empellón - ¿Por qué no la compartes conmigo, tal y como Anthony la compartió contigo y con tu hermano?

-¡Cabrón! – gritó Archie antes de golpear a Neil en el rostro, derribándolo aparatosamente sobre el pavimento. La sangre en su nariz fluyó de inmediato.

Aunque al final acabé sujetando a Archie de la chaqueta, evitando que arremetiera un segundo golpe, en el fondo deseaba que alguien le diera una lección a ese maldito terco, que únicamente me quería por capricho. ¿Amor? Neil no conocía esa palabra... y tal vez nunca lo haría. Usar a la gente es de lo que él entendía.

-¡Le diré a la tía abuela! – chilló Neil, como un bebé.

-¡Pero, por favor! – le apuró Archie - ¡Ya mismo, ve, corre! Haz lo que tengas que hacer pero lárgate de Nueva York.

-Está ebrio – le dije a Archie en voz baja - Déjalo ya. No importa.

-No lo olvides – advirtió Archie, antes de darle la espalda -. No regreses.

Habíamos avanzado un par de metros rumbo a la entrada del edificio, cuando escuchamos a Neil gritar con todo su coraje y lo poco que le quedaba de sentido común.

-¡Veamos qué haces cuando sea él quien venga a buscarla!

Neil era un estúpido, verdaderamente un idiota. Acaricié la idea de volver sobre mis pasos y terminar lo que Archie había comenzado. Sin embargo, la sola insinuación de un famoso actor de Broadway me paralizaba. Fingí muy bien cuando regresé la primera vez de Nueva York: "Sí Susana, que Terry sea muy feliz contigo. Les deseo toda la suerte del mundo, cuida de él. Yo ya lo olvidé"... mentiras, todo fueron mentiras que yo misma me creí.

-¡Suficiente! – dijo Archie - ¡Te voy a matar!

-¡No! – lo jalé del brazo - ¡Déjalo ya, o estaremos aquí toda la noche! – busqué los ojos de mi primo y supliqué -. Él no va a cambiar, hagas lo que hagas jamás cambiará. Olvídalo.

-¿Todavía no te vas? – dijo Albert, saliendo del apartamento -. Tienes medio minuto para marcharte, Neil.

-Albert – lo llamé con la mirada para que me ayudara a contener a un Archie, ansioso por batirse a golpes -. Vamos adentro ¿Sí?

-¡No voy a hacer nada porque no vendrá¿Oíste? – dijo Archie clavando sus ojos en Neil - ¡Y si viniera terminaría mucho peor que tú!

-¡Basta! – pedí con un grito - ¡Ya basta¡Albert, por favor!

-Archie... – intercedió Albert, respondiendo a mis ruegos -. Deja que se vaya.

-¡Pero...!

-¡Hazlo! – ordenó mi padre, terminante -. Cesemos el espectáculo... Neil – se volvió a mirarle – no quiero repetirte que es urgente que te vayas.

-No, no tienes que hacerlo – dijo Neil al incorporarse y limpiar su nariz con el abrigo -. Hasta pronto... mi amor – y mandó un beso al aire, sin quitarme la vista de encima.

Todavía nerviosa, atiné solamente a mostrarle la lengua. Luego, los tres lo vimos desaparecer tal y como había llegado: como una sombra extraviada entre tantas otras que nos perturbaba con su infecciosa presencia.

-Bienvenido – dijo Albert, mirándonos de reojo -. Tenía preparada una sorpresa, pero no era precisamente ésta.

-Gracias – contestó Archie, ligeramente más tranquilo -. Es bueno volver a verte, tío.

Aoi-san, siempre como un ave vigía o más bien un ángel guardián, nos esperaba al pie de la entrada con una amplia sonrisa.

-Okaeri nasai, Archie-dono – saludó mi futura "madre".

-Eh... – dudó Archie, sin saber qué contestar.

-Tadaimasu – murmuró Albert cerca de su hombro -. Dile "Tadaimasu".

-Tadaimasu, Aoi-san – obedeció mi primo con timidez. Aoi sonrió complacida.

-¿Entramos entonces? – propuso Albert pasando su brazo sobre los hombros de Archie.

No sé si Albert ya lo había pensado, pero estaba segura que no sería la última vez que veríamos a Neil, haciendo hasta lo imposible por arruinarnos la vida.


-No es muy... amigable¿Cierto?

-¿Te ha hecho alguna grosería? – pregunté a Richard, mientras me cubría con el cobertor hasta el cuello – Así esta bien, gracias.

-No... en lo absoluto. Lo imaginé distinto, es todo.

-Terry siempre ha sido así. Desde que lo conozco no habla con mucha gente. Casi todo el tiempo está sumido en sus pensamientos y no logra socializar con los demás.

-¿Y no te resulta un poco... frío?

¿Frío? Preguntó Richard y me reí con tristeza. Sí, tan frío una muralla de grueso acero.

-Susana.

-¿Sí? – respondí distraída.

-Es contagioso, ya veo.

-¿Contagioso?

-Tú también estás todo el tiempo sumida en tus pensamientos.

-Creo que sí... es algo contagioso – sonreí sutilmente - pero háblame de ti. No me has escrito ni llamado en meses.

-No quería molestarte. Tu madre dijo que...

-¿Mamá? – inquirí con extrañeza - ¿Cuándo has hablado con ella?

-En el verano. Quise venir a verte y te llamé. Sara me dijo que era mejor darte tiempo.

-¿Tiempo para qué?

-No lo sé – dijo, encogiéndose de hombros -. Pero algo en su tono de voz me dio a entender que mucho, mucho tiempo.

-Es increíble – refunfuñé, apretando los puños -. Nunca me dijo nada. ¿Qué le sucede?

-Te ama, eso pasa. Somos celosos y egoístas cuando nos metemos en ese problema.

-¿Problema? – pregunté con simpleza.

-El problema de amar.

Richard se quedó sentado a mi lado, paseando sus dedos por entre mi cabello. En ese instante volví a tener ocho años. Regresé a uno de los lugares más felices de mi accidentada existencia acompañada de este joven cuya mirada anhelaba, desde el momento en que lo conocí, condensar y comprender al mundo en la letra de una canción. Después de tanto tiempo, mi medio hermano Richard estaba conmigo. Richard, a quien mi madre despreciaba profundamente por recordarle a perpetuidad que sería la número dos en la lista de prioridades de mi padre. La segunda esposa, el segundo amor, la segunda, la segunda... Nunca tuvo el valor de reclamarle al señor Marlowe lo mucho que detestaba ser su afecto secundario. Se creyó que le amaba demasiado para eso. Fue entonces que decidió convertir a Richard en el blanco de sus frustraciones, yendo en contra incluso de sí misma por haberse permitido ser parte del reparto y no la intérprete principal.

-¿Te sientes muy cansada?

-No. Canta.

-Bien – asintió cogiendo su guitarra – ¿Qué quieres escuchar?

-Lo que sea, no importa. Todas tus canciones son hermosas.

-¿Lo que sea? Mmh… esa no la conozco.

-¡Richard! – reí con ganas

-¡De verdad! – dijo, sobándose el hombro donde estrellé mi puño.

-Di¿Puedo pedirte un favor antes?

-¿Di? Hacía años que nadie me llamaba así – resolvió pensativo – Pídeme los que quieras.

-Quédate conmigo toda la noche ¿Sí?

-Me quedaré hasta verte dormida ¿Qué tal?

-¿Y mañana, cuando despierte, aún estarás aquí?

-Susana…

Richard envolvió mis manos con las suyas y me observó como a un ciervo asustado. ¿Hace cuánto que alguien no me miraba y me acariciaba con aquel amor sincero que confortaba el alma? Terry Granchester me tocaba con desconfianza, con misericordia, con prisa de salir corriendo al baño para lavarse con alcohol. Y su mirada… su mirada azul seguía tan perdida como su corazón. Obtuve lo que quería, por supuesto. Tenía al hombre de mis sueños a punto de hacerme su esposa. El problema consistía en que ya no era un hombre, sino una sombra.

-¿Dónde estás? – habló Richard, sacándome de mi monólogo interior.

-Perdón – apreté fuerte su mano – Sí, quédate hasta que me duerma.

Lo vi colocar uno a uno sus dedos sobre las cuerdas y afinar brevemente cada nota.

-¿Recuerdas el vecindario donde vivíamos? – preguntó, comenzando a tocar una tierna melodía.

-Sí. Poco, pero sí.

-Había una niña... Julieta ¿La recuerdas?

-Julieta… Julieta… - dudé pinchando mi mejilla – No, no lo creo.

-Yo sí, y quizás ahora tu también. Ojalá te guste lo que escribí para ella. – sonrió, en complicidad con su corazón – Y Su…

-Dime.

-Que bueno es volver a verte…

Que la tierra y el tiempo que corría para hacerla girar, se detuvieran. Eso fue lo que deseé al cerrar los ojos y escuchar la voz de Richard empezar a cantar.

Las noches son un mar de oleaje turbo

Que a veces me traen recuerdos

Y qué recuerdos los que vuelan esta noche

De donde hacen tantos años

Se habían quedado durmiendo

-¡Aoi-san! Está delicioso.

-¿Honto ni, Archie-dono?

-Honto… ¿Qué?

Recuerdos que me van llegando a oleadas

Y sugieren otros tiempos

Tiempos de más… facilidad es la palabra

Que hoy me falta y que hace tanto no comprendo

-Candy, no me llamaste desde la estación.

-Aoi-san, es cierto¡Está delicioso!

-¡Candy¡Te estoy hablando!

No tengo más que un vago sentimentalismo

Dulce y triste pero viejo…

Viejo como el viejo sabor de viejas lágrimas

Y viejo como el muro de su casa

Donde aparecía corriendo de la mano de su hermana

Cuando la estaba queriendo más que a todo lo que quise

Y sobre todo lo que entiendo que quiere alguien con diez años

-Candy no puede evitarlo.

-¿De qué hablas, Archie?

-Los tipos sin cerebro tienden a enamorarse de ti.

-¿Perdón!

-Pero creo que ninguno ha probado tu cocina. ¿Por qué no intentas ese método como último recurso para alejarlos? Invítalos a comer…

-¡ARCHIE!

Como me gustaba Julieta

En ese entonces todo venia en otros nombres

Desde el amarla en secreto

Hasta el vivir con la confianza en que me amaba

Tras de sus ojos risueños

Siempre se resumía en la frase acostumbrada

Y para mí todo lo envolvían tres palabras

Ciertas como la verdad:

Me gustaba Julieta…

Me gustaba Julieta…

Me gustaba Julieta…

-Será un placer, tío. En nombre de mi hermano, me honra poder ser testigo de tu boda.

-Gracias, Archie.

-Gracias a ti, por haberme ayudado a volver.

Cuando iba mirando a cualquier sitio sin hacerlo

Cuando imaginaba y se peinaba los cabellos negros

Negros como noches y largos, y largos como inviernos

Que nunca acaban de estar cerca ni estar lejos

Solo y tan solo a mi lado, y a mi lado les recuerdo

-¿Un qué?

-Un auto, Candy. Archie lo necesitará para desplazarse de la escuela al trabajo.

-¿Sabes manejar, Archie?

-No gatita, por eso me lo obsequia el tío. Para que vaya y me estrelle contra el primer muro que encuentre.

Me gustaba Julieta

Cuando imaginaba que la amaba de hace tiempo

Cuando me escribió que era su amor

Cuando lo entiendo y además

Como cuando hoy lo rememoro

Dulce y triste como lágrimas y besos

De mejilla y de la infancia y de hace mucho tiempo atrás

-Aoi-san…

-¿Sí, Candy-chan?

-Siento no haber traído las cosas para la cena ¿Pero mañana iremos juntas, cierto?

-Por supuesto. Además iremos al hospital del que te hablé. No te preocupes, no dejaré que te sientes sola.

-¿Qué me siente sola? No comprendo.

-Albert-sama dice que te caes de las sillas con facilidad y me pidió no dejarte sentar sola.

-¡WILLIAM!

Me gustaba Julieta

Cuando murió su papa y se lo dijeron

Cuando en la sorpresa soltó el llanto

Y el cuaderno en donde decía que me amaba,

Siempre y cuando fuera eterno como el sol

-Bien, sigan riéndose. No me importa.

-Vamos, Candy ¿Dónde esta tu sentido del humor?

-¿Qué tal esto, Archie? La próxima semana yo voy a cocinar...

-¿Q-Qué!

-Toma agua para que te pase lo que se te acaba de atorar en la garganta, primito. La venganza es dulce…

Me gustaba Julieta

Cuando la llevaron a vivir con sus abuelos

Cuando dejo de ir a clases con su hermana

Cuando una tarde como cualquier tarde gris se me fue lejos,

Lejos, más allá de donde van todos los sueños

Que han venido desde entonces y esta noche me repiten

Que de niño y en las tardes…

-Vayamos a dormir.

-Sí, abuelito William.

-¡Candice!

-Es broma, es broma…

-Lo que sucede, prima, es que el tío quiere llegar lo antes posible a su recámara ¿Verdad Aoi-san?

-¡Archibald!

-¿Qué?

Me gustaba Julieta…

Me gustaba Julieta…

Me gustaba Julieta…

Julieta… (1)


-¿Qué te pasó en la cara? – dijo Elisa al dejar su lectura y caminar hacia mí con el ceño fruncido.

-Saludos cordiales de tu primito Archibald.

-Eres un idiota – espetó, a punto de romperme de nuevo la nariz - ¿Has ido a verlos?

-Fui a verla a ella. El otro se cruzó por accidente.

-El accidente te ocurrió a ti pero en el rostro. ¡Marlene! – llamó a la criada mientras me dejé caer pesadamente en el sillón frente a la chimenea, sosteniendo mi nariz.

-Déjalo, no es grave. Sólo quiero descansar.

-Tienes mierda en la cabeza, Neil. Ir a buscarla a estas horas, y además… - dijo luego de olfatear mi ropa -… borracho.

-No estoy borracho – contesté, indiferente - ¿Qué nadie puede divertirse con unos amigos?

-Sí, seguro – se sentó frente a mí –. Pero tus amigos Perignon y Chardoney se han vuelto demasiado cercanos ¿No te parece?

-No fastidies, Elisa. ¿O acaso yo te reclamo cada vez que corres al baño después de comer?

-¡Ese no es tu problema! – espetó arrogándome su libro.

-¿Señora, puedo pasar? – preguntó la mucama del otro lado de la puerta.

-No es nada Marlene – respondí en voz alta -. Déjanos.

La doméstica obedeció y Elisa y yo nos miramos esperando a que alguien abriera la boca.

-¿Y la tía? – me animé a ser el primero.

-Llega mañana.

-¿Con mamá?

-No. Decidió venir sola.

-Mejor. Con la tía y tú basta y sobra.

-¿Basta para qué? – preguntó fastidiada.

-Para los preparativos de la boda… de mí boda.

Vi a Elisa negar con la cabeza, recelosamente. Seguía sin creer que lograría casarme con Candy. Sin creerlo y sin aprobarlo. Le asqueaba la sola idea de vernos compartir la cama. Ni siquiera yo lo consideraba un hecho, pero me había pasado casi un año insistiendo como nunca, a pesar de haber sido rechazado como siempre. Estaba harto y concluí que si no la hacía mi esposa en las próximas semanas, al menos la haría mi mujer con o sin la bendición de un sacerdote, con o sin el permiso del vagabundo que se ostentaba como jefe de la familia y con o sin la voluntad de esa estúpida enfermera que me tenía obsesionado.

-Nada distinto a tus planes con Granchester, hermanita.

-No te metas. Vinimos juntos a Nueva York pero no estamos juntos en esto. Si tu plan es tomar a esa gata y arrastrarla hasta tu recámara, es tú problema. Lo mío es distinto así que deja las narices afuera.

-Tranquilízate. Finalmente trabajamos para lo mismo. Tú con él, yo con ella. No veo grandes distancias. Los dos queremos divertirnos y satisfacer el capricho.

-No confundas la gimnasia con la magnesia, Neil. Yo no me quiero casar con el actor.

-¿Ah, no¿Entonces una aventurita y listo?

-Ese imbécil me la debe. Hundirlo más en el infierno en el que vive me basta. Hundirlo hasta que sea él quien deseé arrojarse de un edificio.

-No entiendo una palabra – aseguré, sacando la cigarrera de mi bolsillo -. Tradúcelo.

-Eres una colección de vicios. Me voy a la cama – resolvió al ponerse de pie y salir visiblemente molesta.

-Y tú una colección de huesos. Deja de llevarte el dedo a la boca, hermanita.

-¡Púdrete!

La cabeza comenzó a dolerme más, cuando el escandaloso portazo de Elisa retumbó en mis oídos. Pero así se había mantenido mi hermana desde que se enteró sobre la mudanza de Candy a Nueva York: con un humor de perros. Estar donde estuviera la huérfana para arrebatarle todo lo que ella no pudiera conseguir por sus propios medios, se había transformado en su filosofía de vida… Cosa de locos. Y es que yo aspiraba a lo contrario; darle a Candy todo cuanto deseara, exigiera o demandara.

Faltaba poco para ese día, pero también faltaba poco para que me estallara la cabeza por la resaca. Decidí imitar a Elisa al subir a mi alcoba y esperar el arribo a la mañana siguiente de nuestra mejor y única aliada contra William Andrey y sus designios: la señora Elroy.


-Buenas noches – dijo Candy desde la entrada de mi habitación.

-Me fascinaba ver su sonrisa, más que nada en este mundo. Mirarla sonreír significaba que todo, de una manera u otra, estaría bien.

-Buenas noches – le respondí -. La cena estuvo deliciosa. Ah, pero… es que no la cocinaste tú. Lo olvidé.

-¡Archie!

Ambos reímos de buena gana y Candy se adelantó hacia mí con una ridícula pijama encima. Las mangas le colgaban de los brazos y lo mismo sucedía con el largo de las piernas. El cuello le llegaba prácticamente hasta las orejas y en medio de la camiseta tenía grabado el dibujo de una luna llena entre nubes, espantosamente mal hecha.

-¿Qué es eso?

-¿Qué es qué? – se miró de pies a hombros.

-Candy ¿Tienes cinco años¿Así piensas dormir?

-Hace frío – hizo una tierna mueca con los labios -. Además, Aoi-san la hizo para mí.

-Vaya. Que bueno que no cocina igual.

-Te voy a acusar – canturreó la pecosa -. ¿Listo para mañana?

-Ya casi – respondí desempacando lo último de mi maleta -. ¿Y tú?

-También. Aoi-san me acompañará al Hospital donde trabaja su padre al mediodía. Tenemos una cita que conseguimos, por supuesto, gracias a las influencias del abuelito William.

-Cállate, no te burles – le advertí, colgando un par de camisas.

-Te ayudo – dijo al sujetar mis manos. De repente, me percaté de que mi camisa estaba arremangada y abrí grande los ojos, aterrado. No supe cómo reaccionar. Me liberé bruscamente, escondiendo los brazos y tirando al suelo la ropa.

-¿Qué te pasa? – preguntó, desconcertada.

-No, nada – dije con las manos en las bolsas -. Creo que sentí un piquete de electricidad – mentí - Déjalo, yo puedo hacerlo.

-¿Qué tienes? – insistió, recogiendo las camisas de la alfombra y dejándolas sobre la cama.

-Nada, ya te dije que fue…

-Dime – pidió, al coger mi brazo y haciéndome temblar de pies a cabeza.

Nadie excepto Albert, sabía del origen de un par de cicatrices impresas en mis manos. Y así quería que continuara. No le dije más a Candy, a pesar de que me sacudía para provocar una respuesta. Estaba demasiado cansado para explicar tantas cosas, así que lo único deseaba era meterme a la cama lo más pronto posible.

-Estás raro – dijo pinchando mi frente con su índice -. Pero con todo y todo, me alegra que estés aquí.

Se paró de puntillas y me abrazó. Rodeó mi cuerpo de tal forma que tuve que concentrarme para no explotar de ansiedad y devolverle el abrazo junto con toda la pasión que sentía por ella y que despertaba del letargo en el que la mantuve mientras le juraba "amor y lealtad" a una callejera.

-Tú eres la rara – hablé aprisa, sacudiendo mi nerviosismo -. Pronto serás jefa de enfermeras y te vistes como un infante de guardería.

-¿Jefa de quién? – inquirió levantado una ceja.

-¿Jefa, dije jefa? – tragué con dificultad, recordando la palabra "secreto" de labios del tío, cuando me dio la noticia.

-Sí, dijiste jefa, no finjas demencia. Explícame eso – insistió al verme morder los labios -. Habla Cornwell o sufrirás un castigo terrible.

-Bueno… sí… jefa de… enfermeras… ¿No? Eres muy inteligente así que no me extrañaría que en poco tiempo…

-En poco tiempo volveré a Chicago – dijo, enterrando su dedo sobre mi pecho -. Tú sabes algo que yo no, señorito Archibald. Habla.

-Candy – reí al escucharla decir mi nombre, como si Dorothy lo hiciera -. Te juro que yo no…

-Ah, ya veo – cruzó los brazos con fingido enojo - por eso Albert me recomendó ir ahí. ¡O me dices o…!

-¿O qué? – la desafié –. No me amenaces gatita. Si quieres podemos ir a preguntarle personalmente a Albert lo que gustes, y de paso puedo comentarle lo sucedido en la estación.

-¡No! – respondió, ahogando un grito –. Por favor, no.

-No creas que olvidé mencionarlo durante la cena.

-Te prometí hacerme cargo. De verdad, cuidaré mejor mi alimentación.

-¿Y me informarás de los resultados?

-Sí, y también me verás tomar las medicinas.

-¿Segura?

-Lo juro – levantó la mano -. Pero, sobre lo de jefa de enfermeras… es que yo no… no estoy capacitada… Albert quizás piensa que… no podría, Archie ¿Cómo es que de pronto, así…?

-Para, para, para… - cubrí su boca con mi mano – Espera a mañana ¿Sí? Decide tú qué es lo quieres hacer mientras vivimos aquí. Después, si aún lo deseas, ambos volveremos a Chicago.

-¿De verdad? – preguntó, deslizando sutilmente mis dedos por sus labios.

-De verdad.

Intercambiamos miradas en silencio y sus ojos resplandecieron como dos cristales de rocío en la aurora. Era Candy. Candy la de Anthony, la de Terrence, Candice White frente a mí. Dulce, amable, cariñosa… sensual. Que saliera pronto por favor, que saliera o yo…

-¿Todo bien?

No supe si odiar con todas mis fuerzas a mi tío, o darle las gracias de rodillas.

-Sí – respondió Candy en tono irónico -. Archie estaba a punto de explicarme cómo es que tus influencias me han convertido en la jefa de enfermeras de un hospital donde nunca he puesto un pie.

-Ah, fue sencillo – dijo Albert con naturalidad y transformando su mano en un teléfono -. Una llamada y listo.

-¡William! – espetó Candy pataleando en el piso.

-No empieces Candice, ya es hora de dormir – dijo mi tío, cogiéndola de los hombros -. No eres jefa de nada pero mañana hablaremos.

-Mañana hablaremos… mañana hablaremos… - iba diciendo Candy entre dientes y con la nariz arrugada al salir de la recámara -. Hasta mañana, Archie.

-Hasta mañana, Candy.

La vimos cruzar el umbral y la sonrisa de mi tío se desvaneció. La mía desapareció de igual manera al sentirme sojuzgado por sus fríos ojos azules, que se volvieron hacia mí.

-Adiós secreto – dijo con desagrado.

-Lo siento.

-Esta bien – repuso resignado – pero…

-¿Pero? – lo animé a continuar.

-Los conozco a los dos y sé que no tengo nada que reclamarles, mucho menos a ti – empezó a decir con aplomo –. Pero tienes el corazón roto y vulnerable, Archibald. Y con ella pasa lo mismo, así que…

-Y no me estás reclamando nada ¿Cierto? – protesté, sarcástico Menos mal. ¿Te puedo preguntar algo, tío?

-Sí.

-¿Cómo sabías que ella estaba aquí?

-No… no lo sabía, simplemente vine a…

-Ah, no lo sabías – repetí con suspicacia -. En Lakewood no había nada que no supieras. Por lo tanto, no creo que en este apartamento pase lo contrario – dije, volviendo a colgar mi ropa - ¿La seguiste?

-¿Quieres discutir a estas horas? – reparó, incrédulo.

-Estoy queriendo poner límites. Ni Candy ni yo necesitamos que nos sigas a todas partes. Tenemos el corazón roto pero todavía nos funciona el cerebro – repuse, apenas creyéndomelo -. Te agradezco nuevamente tu ayuda, pero lo que hagamos ella y yo me gustaría que estuviera más allá de tus miedos infundados.

Albert me conocía demasiado para leerme la inseguridad en el rostro. Sin embargo, creo que me aplaudió la entereza con la que pude decir todo ese discurso de corrido.

-Bien, es justo – asintió mi tío -. Siento lo que dije. Confío en tu cerebro entonces.

-Gracias.

Estupendo. Ahora tendría que arreglármelas para mantener todo lo que mi gran bocota había dicho. ¿En verdad me funcionaba el cerebro cuando tenía los labios de Candy a un roce de distancia? Difícilmente me funcionaban las piernas.


-Mmh, sí. Se ve mejor.

-¿Qué se ve mejor?

-Tu pierna.

-Por supuesto que sí. Me quité la bazofia que pusiste en mi rodilla.

-¡Ingrato!

Ahí estábamos de nuevo, Karen y yo discutiendo como un par preescolares en el ensayo de la mañana. Pero a pesar de que su presencia se asemejaba a una patada en la espinilla, lo cierto es que comenzaba a estimarla. Incluso a considerarla como la tonta hermana menor que siempre quise fastidiar.

-Cállate y déjame estudiar.

-¿Qué lees? – dijo asomando la cabeza al libreto entre mis manos.

-El reporte del tiempo en Alaska… ¿Tú qué crees?

-Que ni siquiera sabías leer – retomó, sacando su lengua -. Sí claro, como ya tienes motivos para poner más atención en cada función…

-Yo siempre presto atención a mi trabajo. Cállate y déjame estudiar – repetí molesto, sin registrar sus palabras.

-Seguro – repuso burlona - ¿Y no tiene nada que ver cierta rubia de ojos claros que besa el suelo por donde pasas?

-¡Mierda! – cerré el cuaderno de golpe - ¿Y qué tiene que ver Susana en esto?

-¿Susana? – inquirió, frunciendo el entrecejo -. ¿Quién habla de Susana?

-¿Qué?

-No me digas que no lo sabes… ¡Ay, no puede ser! – brincó similar a una niña con juguete nuevo.

-¿Qué? – insistí, impaciente.

-Te diré, no te diré, te diré, no te diré… - dijo, caminando a mi alrededor.

-¿Acaso eres un maldito buitre? – me levanté, furioso - ¡O me dices que rayos te pasa o me dejas en paz!

-No, ya veo que no lo sabes – insinuó con malicia -. Si supieras quien se ha mudado a Nueva York, tus moditos serían otros.

-¡Karen!

-Entérate, Terry. Candice White está en la ciudad.

El libreto cayó de mis manos deshojándose en el suelo, y todo me dio vueltas. Un sudor frío atacó mi piel como mil agujas ardientes y miré a Karen con ganas de estrangularla por jugarme una broma tan miserable como esa.

-No me veas así. No te miento.

-¿Cand…? - susurré apenas.

-Candy, dilo bien. La enfermera… Sí la recuerdas ¿No?

Continuará…


Notas:

Este capítulo se lo dedico a todos aquellos que han perdido amigos, por una o por otra razón: malentendidos, pleitos absurdos, envidias, resentimientos, traiciones, decepciones o desengaños. No puedo evitarlo, hay días que tener corazón apesta. Sin embargo, me dura poco la tristeza ya que aún en el dolor, el corazón sigue latiendo. Si no me creen, cuando lloren llévense una mano al pecho y compruébenlo. Gracias por leer. ¿Se quedan para lo que sigue?

Domo Arigato.

Referencias:

(1) Canción "Julieta", de Fernando Delgadillo.

Vocabulario:

Otousan: Papá.

Konbanwa: Buenas noches.

Okaeri nasai: Bienvenido.

Tadaimasu: Estoy en casa.