Era un nuevo día, podía comenzar aquella hermosa mañana con tranquilidad y segura con su pequeña.
La miró un instante en tanto la arropaba con ternura. Era su "ángel" su hermosa esperanza para regresar al lado de su padre y retomar una vida plena y bella.
Miró el lugar al que gentilmente esa mujer le asignó. Además de encontrarlo acogedor, podía sentirse en casa. Idea que desechó al recordar que su padre se encontraba enfermo y seguramente angustiado. "Debo regresar", murmuró.
Al rededor de las diez de la mañana la joven madre estaba lista. Su pequeña envuelta en finas frazadas rosadas dormía en la cama, ajena a todo lo que sucedía a su alrededor. No tardaron en llamar a la puerta de madera. Pronto atendió y miró a la mujer del día anterior, sonrió.
-Vaya cariño, despertaste muy temprano y por lo que veo ya atiendes el día.
La chica le abrió paso con una sonrisa en los labios y notó que detrás de Anabel un pequeño de cabellos lilas caminaba titubeante.
-He traído comida fresca y un poco de ropa para ti y tu nena- la mujer fue directo a la cama, después de colocar la cesta de cosas en la mesa y miró a la pequeña. - yo creí que siendo vieja no tendría la oportunidad de sentir esta ternura que ahora me embarga, ¿quién no se enternece con sólo mirarle? - tocó la mejilla suavemente para no perturbar el sueño de la bebé.
- No tengo palabras, para agradecer lo que están haciendo por nosotras... - los ojos de la chica se cristalizaron ante el bello gesto.
- No es necesario, es voluntad de Athena que te encuentres aquí y menester del santuario es ayudar - la mujer realmente se conmovía ante la situación de la joven madre. Su instinto maternal parecía aflorar dentro de su ser. Le estaba tomando aprecio. -No te pongas melancólica, mejor alégrate de tener esta hermosa criatura. Además, hoy he venido con un acompañante, ven Mu, mira te presentaré una linda nena- extendió su mano y el pequeño de apenas cuatro años caminó hacia ella.
Sara observó al pequeño que desde su llegada no apartó la mirada de ella. Era un encanto, físicamente parecía un niño normal, aunque a detalle miró sus cejas que parecían dos lunares en lugar de ellas.
Anabel lo sentó en sus piernas para que pudiera ver a la recién nacida. La miró unos instantes, y una leve sonrisa adornada con hoyuelos se dibujó en su pequeño rostro.
- Es linda, ¿verdad? - le alborotó los cabellos al pequeño y lo puso en el suelo, al tiempo que el chiquillo se sonrojaba - ¿cómo le has llamado? -
- Se llama Shaina.
- ¿Shaina? - cuestionó el chiquillo, a lo que ambas mujeres sonrieron.
- Su nombre es perfecto- dijo con afinidad - Debes tener una buena razón para estar aquí, no creo que huyas con tu bebe por problemas en casa... ¿O sí?
Sara soltó un suspiro imperceptible y desvió la mirada hacia la bebé.
- La verdad es que sí huyo, pero no por deshonra sino porque mi padre me lo pidió.
- Ven, cuéntame qué te ha pasado. No temas, juro por Athena que este es el lugar más seguro que puedas imaginar.
Y así hizo. La joven narró a detalle su vida. Anabel de vez en cuando cuestionaba a lo que la ojiverde respondía con sensatez.
Así que al cabo de una hora que pareció un parpadear, las dos mujeres se miraban extrañamente con un aire de absoluta confianza. Anabel narró a manera de que la chica pudiera comprender que era ese sitio tan raro y desconocido para ella.
- Bueno, yo estoy por retirarme hija, aún tengo que ir por un chiquillo, la verdad es que me ha hecho ver mi suerte. Es una calamidad, desde que amaneció no está en donde debería y sabrá Athena en qué lugar se escondió.
- Son unos inocentes, ¿por qué los preparan para morir en nombre de una diosa la cual aún no reencarna?, ¿en verdad habrá una guerra santa?, comprendo poco. - Soltó con vehemencia - Es cruel, no imagino el dolor de los padres al enterarse de el amargo destino de estos pequeños.
La chica se puso a la altura del pequeño de lunares y lo abrazo a su pecho.
- No hay otra opción, ellos son traídos para proteger a Athena y esta tierra. Su signo los ha elegido, para guardar cada casa zodiacal.
-Aun así, es cruel...
- Lo es, pero falta mucho para ello, además la mayoría de estos pequeños son huérfanos o abandonados a su suerte. A excepción de Milo, él ha sido arrancado de una familia hermosa y parece que le está costando adaptarse, sinceramente creo que no debería estar en este sitio. - Suspiró resignada -Pero ya. Me retiro. Ven Mu, iremos donde Aioros y Aioria tal vez ahí se encuentre Milo, anda.
Antes de seguir su camino Anabel golpeó la frente y miró a la joven.
- Es verdad, Shion vendrá más tarde, no debes preocuparte en absoluto.
- Si tú lo dices confiaré en ello.
- Pasa buen día, te veo en la noche – la mujer se dirigió a la joven madre antes de salir por la puerta.
La tarde llegó y con ello la promesa de la visita del patriarca.
La voz sutil del lado opuesto de la puerta atrajo su atención. Ya había servido la cena cuando decidió abrir. La revelación de aquellos ojos amatista y el semblante angelical de ese hombre, cautivó sus sentidos. Su presencia era sublime.
- Tu debes ser Sara
- Si, adelante...
El hombre siguió la dirección del pequeño bulto rosado en la cama, se acercó lo suficiente como para ver a detalle a la chiquilla. Era blanca, tanto como su madre y unos cuantos cabellos verdosos se asomaban debajo de la frazada. Encontró perfección en aquel diminuto ser que dormía plácidamente. Colocó una mano sobre el pequeño cuerpo y una tenue luz dorada iluminó su brazo.
Sara se acercó con cautela y no pudo evitar ver el pequeño resplandor purpura que cubría a Shaina. El hombre sonrió.
- ...yo no entiendo...- Shion miró los ojos de la chica, su juventud era reflejada en esos orbes de color jade.
- Tu hija está al resguardo de una constelación muy peculiar. No pretendo hacer que lo entiendas, tal vez Anabel ya te explicó ...
- !No! - soltó enérgica
- Está escrito
- ¡He dicho que no!, !mi hija no dará la vida por un absurdo ideal, no lo permitiré, usted está loco si creé lo contrario! - estaba furiosa
Shion seguía con el semblante inmutable pero con sus ojos piadosos. No objeto nada en absoluto.
- Ahora mismo me iré con mi hija. Fue un error haber aceptado su ayuda.
La chica pasó a un costado del hombre, pero con delicadeza él sostuvo su brazo lo que hizo que Sara virara. La cercanía de ambos era lo suficiente para percibir el aroma del otro.
Él percibió el fino aroma que ella desprendía, olía a gardenias. Ella disfrutó de el candor que le transmitía el aroma de té de azar, recién servido.
- Por favor, no se vaya, éste es su hogar el tiempo que desee.
Las palabras salieron de su boca. La suavidad que ellas transmitían pareció colmar el angustiado corazón de la joven.
El tiempo pasó tan lento que ese instante logró hacer desistir a Sara de su precipitada idea de abandonar el recinto.
- Lo siento, pero no comparto su idea. Le agradezco el ayudarme.
- No iré en contra de tus principios. - Suavemente soltó el brazo de la chica casi como una tierna caricia. - Anabel te proporcionará de todo para que tengas una estadía confortable.
Shion miró una vez más a la pequeña antes de emprender su camino. Sara se quedó estática, un remolino de sentimientos le invadió. Estaba extremadamente confundida. Por un lado, angustiada por las palabras de Anabel y Shion; sólo trajeran dolor y muerte en el futuro para su hija. Y por otro ese sentimiento de gratitud para con ellos.
Tal vez erró en decidir quedarse. Pero ¿cómo no hacerlo ante ese hombre que lucía como un ángel? Quitó la imagen de Shion, inmediatamente de su cabeza.
- ¿Qué me pasa? - se reprendió.
Los días pasaron hasta juntar una semana. En ese lapso y ante la decisión firme de abandonar el santuario, Sara se dio por vencida, puesto que Anabel parecía una madre protegiendo a su hija haciéndola desistir en cada intento de huir.
No negaba que sentía cierto aprecio por la mujer de cabello cano. Era lo más cercano a una madre en esos instantes, por supuesto, no tenía las agallas de contradecir en absoluto.
Disfrutó por completo a su recién nacida. La llenó de ternura, cariño y los mejores cuidados que una madre entregada puede dar.
Una hermosa mañana se alzaba en el santuario. Otro día más.
Después de tomar el desayuno, Sara decidió ir por víveres sin compañía y en esa ocasión se tomaría el tiempo para visitar a aquella camarera que gentilmente le ayudó cuando recién llegó a Grecia. Dejó a su pequeña al cuidado de Anabel, confiando que estaría bien con ella por un par de horas.
-No demoraré más de medio día - soltó segura
-Lo sé, ve y dile que sus hijos están bien -
-Lo haré - besó con ternura a la bebé que dormía plácidamente en brazos de Anabel y salió sin desprender la mirada de su pequeña.
Esa noche...
Shion registraba los avances del entrenamiento de los futuros caballeros dorados. Miró el reloj y le sorprendió que Anabel no se hiciera presente. Acotó los últimos detalles y pronto se teletransporto en donde yacía la anciana.
Sentada en el umbral de la puerta de la cabaña se encontraba dicha mujer, las luces se habían encendido y el llanto incesante de la bebé le llamó la atención.
-¿Por qué no has regresado a tus labores? - le cuestionó ansioso.
- Su madre...- acarició a la pequeña, pero no bastaba para hacerla callar - no regresó...
La respuesta de Anabel se entrecortaba, la preocupación en ella era muy evidente con el desesperado llanto de la criatura. Sara se había esfumado.
Continuará...
