Disclaimer: Ni Glee ni sus personajes me pertenecen.

III. Negando una verdad

Quinn siempre estuvo de acuerdo respecto de la relatividad del tiempo, pero nunca fue tan consciente de ella como durante esos minutos junto a Rachel. Para ella, el tiempo compartido desde ese primer abrazo a las afueras de aquel parque había sido eterno. La verdad era que no había transcurrido más de media hora desde entonces.

Rachel la había llevado hasta su coche y había conducido hasta su hogar. El viaje transcurrió en silencio, pero sin incomodidad. Quinn pegó su cabeza al vidrio de la ventana y se perdió en sus pensamientos, sólo para dirigir su mirada interrogante a la morena cuando el vehículo se detuvo. Rachel le informó que no había nadie en su casa, que era un lugar seguro. Sus padres estaban trabajando y regresarían entrada ya la noche.

Se sentaron en el cómodo sofá del living de la casa de la cantante y Quinn comenzó nuevamente a llorar. Era como si la sola presencia de Rachel le provocara tal confianza que se permitía bajar sus barreras y liberar sus temores. La morena se limitó a abrazarla con fuerza, sin emitir comentario alguno, entendiendo que lo que la rubia necesitaba era eso: silencio y apoyo que le permitiesen liberar todo lo que estaba guardando para sí y que tan afligida la tenía.

–Gracias –murmuró Quinn cuando pudo por fin hablar.

–No tienes nada que agradecerme, Quinn –respondió la morena–. Sé que el mundo puede ser abrumador algunas veces –agregó con una tímida sonrisa.

–¿Cómo supiste? –una pregunta sin mucho contenido, pero que Rachel entendió a la perfección.

–Estaba caminando por el parque y los vi. De la nada, tu rostro, tus ojos... no sé, de pronto supe que necesitabas ayuda con Noah.

–Puck no me hizo nada –aclaró Quinn.

–No quise decir eso. Conozco a Noah, sé que es un buen chico –Rachel sonrió antes de agregar–. Aunque muchas, muchísimas chicas del McKinley digan lo contrario.

La sonrisa de Rachel contagió a Quinn, que se encontró respondiéndole con una sonrisa similar.

Su sonrisa ilumina el lugar.

–Sé que te debo una explicación, Berry –Quinn sabía que tenía que decirle algo para justificar su actitud–. Pero no somos amigas, no tenemos confianza. Te agradezco lo de hace un rato, pero...

–No tienes nada que explicarme –murmuró Rachel esquivando la vista de Quinn–. Tengo claro que no somos amigas, Quinn. El cambio de ropa esperando en mi casillero lo demuestra –suspiró–. Sé lo que se siente no tener nadie con quien hablar, necesitar llorar y no tener nadie que te apoye.

Una sensación de angustia comenzó a invadir a Quinn.

Se siente como si la garganta comenzase a cerrarse y no pudieses respirar.

Era consciente de la situación de Rachel y sabía que en gran parte ella era la culpable del aislamiento que sufría la morena en clases. Pero no podía permitirse cargar con esa culpa.

No ahora, no justo en este momento.

–Yo sí tengo con quien hablar y quien me apoye –atacó Quinn. El ataque siempre había sido su mejor defensa–. No te compares conmigo. Nunca lo hagas, manhands.

Y tan pronto como lo dijo, se arrepintió. Rachel no había hecho más que ayudarla ese día.

–No me estaba comparando, Quinn. Y te pido respeto, al menos por hoy.

El sonido de la puerta interrumpió cualquier posible respuesta o disculpa por parte de la rubia. Pronto una voz que desconocía se hizo notar.

–¡Estrellita, adivina quién salió más temprano hoy! –anunció la voz de un hombre a sus espaldas. Quinn se enterneció ante dicho apodo–. Rachel, no nos dijiste que tendríamos visitas hoy –agregó al percatarse de la presencia de Quinn–. ¡Qué emoción!

Quinn le dedicó una sonrisa a aquel hombre cuyas vestimentas le recordaban a una versión adulta de Kurt Hummel.

–Quinn Fabray, mucho gusto –se presentó rápidamente la porrista, intentado dar una buena impresión.

Algunas costumbres no se olvidan fácilmente.

–Leroy Berry, encantado –respondió el padre de Rachel–. Finalmente conozco a la famosa Quinn Fabray –si no fuera por la afectuosa sonrisa que adornaba la cara de Leroy Berry, Quinn hubiese temido frente a aquella frase–. Mi estrellita siempre nos habla sobre sus amigos del Glee Club, pero especialmente sobre la famosa capitana de las porristas. Siempre le decimos que invite a sus amigos a casa, bueno, mi marido Hiram no tanto a decir verdad. Él cree que debemos dejar que Rachel tome sus propias decisiones y que cuando ella se sienta cómoda, nos presentará a todos sus amigos.

Claramente Rachel sacó la verborrea de Leroy.

–Papi, detente... –murmuró avergonzada la morena.

–Pero si estamos en confianza, ¿no? –Quinn asintió, no tanto porque aquello fuera verdad, sino por la emoción que Leroy denotaba al hablar. Se podía apreciar el interés que tenía en la vida de su hija–. ¿Ves, estrellita? Tu amiga Quinn no tiene problema con que tu viejo padre esté aquí conversando con ustedes –Rachel negó, mientras Leroy se dirigía únicamente a Quinn–. Me alegra saber que personas como tú, Quinn, están presentes en la vida de mi hija. Deberías ayudarme a convencerla a que hagamos algo aquí en la casa con todos sus amigos.

–Papi, Kurt ha venido muchas veces a casa –aclaró Rachel–. Él es mi mejor amigo.

Y probablemente, el único.

–Y sabes cuán bien me llevo con él, estrellita. Pero siempre hablas de todos tus otros amigos del Glee Club con tanta emoción que siento que ya los conozco también.

–Conoces a Finn también.

–Sí –afirmó Leroy con una mueca–. Bueno ese chico no es, ¿cómo decirlo?... un gran conversador. Parecía tan nervioso mientras te esperaba junto a nosotros... fue algo incómodo a decir verdad –hizo una pausa antes de agregar conmocionado–. ¿No será homofóbico verdad?

¿Qué hacía Finn visitando a Rachel y esperándola junto a sus padres?

–¡Papi! ¿Cómo se te ocurre pensar que yo podría salir con alguien homofóbico? –Leroy se encogió de hombros con gran exageración. Al parecer el drama Rachel también lo había heredado de él–. Además, el papá de Kurt y la mamá de Finn están saliendo, por tanto ellos tienen cada día una relación más cercana, pueden llegar a convertirse en hermanos.

–¿Estás con Finn? –la voz de Quinn fue casi un susurro.

–No, mi estrellita no tiene novio –respondió Leroy por Rachel–, ¿cierto?

–Así es, papi –dijo Rachel mientras abrazaba a su papá. Quinn sintió una punzada de envidia frente a esa relación. Era lo que siempre había querido tener con su padre, o al menos algo similar.

–Bueno chicas, yo iré a preparar la cena –anunció Leroy dirigiéndose hacia la cocina antes de detenerse y girar sobre sus pasos para dirigirse a Quinn–. ¿Hay algo en particular que desees comer o no comer, Quinn?

–Yo no... –balbuceó la rubia.

–Eres mi invitada, no vas a rechazar mi exquisita comida, ¿cierto? –Leroy le plantó su mejor sonrisa.

–Claro que se quedará, papi –respondió por ella Rachel–. Estaremos en mi habitación mientras esperamos por tu comida.

Leroy asintió y siguió con su camino, mientras Rachel tomó de su mano y la guió escaleras arriba. Una vez allí, en el segundo piso de la acogedora casa de los Berry, se detuvo frente a una puerta que tenía una estrella bastante grande y la abrió. Una vez dentro, Quinn pudo apreciar a cabalidad toda aquella habitación amarilla que le parecía tan familiar por los videos que la morena subía a MySpace.

–Tu papá es encantador –dijo Quinn para romper el silencio instalado entre ellas–. Yo siento lo de antes, estuvo fuera de lugar.

–Puede llegar a ser abrumador, lo sé. Ambos somos bastante intensos.

–¿Por qué no saben lo de los slushies? –Quinn pensó que si ella fuese Rachel habría dicho todo a sus padres.

–Sí lo saben –respondió Rachel mirando sus zapatos–. Pero no saben toda la verdad. Les di a entender que era una especie de guerra entre los distintos grupos, algo que todos sufrimos. No estuvieron de acuerdo en que yo participara en ese tipo de actos, pero les aclaré que el Glee Club respondía de otra forma –la rubia le hizo saber con la mirada toda la confusión que sentía–. ¿De qué serviría decirles la verdad? Ellos creen que soy perfecta, que todo el mundo debe adorarme, ¿por qué hacerlos sufrir? Nada va a cambiar, tú y yo lo sabemos. En el McKinley no harán nada, nunca lo han hecho... y Carmel no es una opción para mí. Jesse St. James está a cargo y sabemos que nuestra relación no es la mejor. Yo necesito brillar si quiero salir de aquí. En New York todo esto habrá valido la pena.

¿Cómo lo hace?

–Yo... yo si fuese tú me habría dejado en evidencia frente a tu papá –Rachel se encogió de hombros–. No nos merecemos que nos trates así –el tono de Quinn fue tajante y la morena la miró confundida–. Todos los que te hemos hecho daño, los que te hemos tratado mal. Tienes razón, en el McKinley no harán nada y, bueno, no entiendo bien el otro motivo, pero si eso es más importante para ti, está bien también... pero ¿por qué les mientes? Tu padre acaba de tratarme como si fuésemos mejores amigas. Dice que todo el tiempo hablas de nosotros, de mí...

–Insisto Quinn, ellos piensan que soy el ser más espectacular que ha pisado la tierra. Ellos me conocen, me enseñaron a amar, a perdonar, a ser tolerante, a brillar –bufó–. ¿Qué querías que les dijera? "Papás en el colegio todos me odian, me tiran slushies porque no les gusta la ropa que visto, porque ustedes son mis padres, porque todo lo que a ustedes les enorgullece a ellos les produce repulsión". ¿Eso quieres que les diga? Yo puedo soportarlo, pero ellos no. Ellos intentan protegerme de todo y de todos. Ellos no tienen la culpa de amarse y de amarme. Yo soy feliz con ellos. Y soy feliz al llegar a este hogar. Si hablara, todo eso cambiaría. No quiero que se culpen, pero si les digo la verdad, eso será lo primero que harán –Rachel hizo una pausa antes de continuar–. Así que les comencé a mentir, les contaba todo de ustedes, todo lo que veía que hacían, como si yo fuese parte de eso. Les contaba como todos me oían cantar, pero omitía que detestaban hacerlo. Y se volvió una costumbre, así, cada vez se fue haciendo más fácil.

–¿Y Kurt? ¿También te ayuda a mentir? –preguntó Quinn, cuya culpa crecía con cada palabra que la morena emitía.

–No. Él sólo sabe que mis papás no conocen la verdad sobre los slushies, pero no el resto de la historia –una sonrisa entre irónica y triste se formó en sus labios–. Tú eres la única que sabe todo. ¿Ironías de la vida, dicen?

Quinn quería abrazar a Rachel, pedirle perdón por todo, jurarle que todo mejoraría a partir de ese día, pero sabía que eso sería mentirle. Y no quería más mentiras para Rachel. Saber que sufría en silencio para que sus padres no lo hicieran, le produjo tal tristeza que sintió que se instalaba en su corazón.

–Lo siento. De verdad, Rachel –se sinceró Quinn–. Sé que yo he prolongado la ola de slushies y odio que recibes. Primero por intentar retener a Finn y ahora simplemente por temor.

–¿Temor?

–Si yo no soy la HBIC del McKinley, ¿quién soy? Tú tienes tu talento, tu familia que te apoya, tus sueños. ¿Yo? Odio, respeto reverencial y apariencias.

Y un pequeño corderito que cada día resulta más difícil de ocultar.

–Tú eres mucho más que eso, Quinn –Rachel se acercó a Quinn y tomó sus manos–. Eres inteligente, tienes talento, quizás no tanto como yo –agregó, provocando una sonrisa en Quinn–. Tienes un cuerpo de envidia y eres hermosa. Aunque no fueses la HBIC la gente igual se daría vuelta a mirarte, porque es imposible que pases desapercibida, Quinn.

La porrista no pudo evitar pensar en que pronto nadie dejaría de mirarla, pero no por lo que Rachel decía, sino porque su barriga sería imposible de ocultar. Tenía los días contados antes de que su mundo se hiciese trizas. Las ganas de llorar se hicieron presentes y por más que lo intentó, fue imposible que reprimiera el sollozo que llegó a oídos de Rachel.

La morena casi por instinto la abrazó, no tuvo que ver las lágrimas. Cuando Quinn bajó la mirada tras sus palabras supo que algo había pasado y sintió la misma necesidad de protegerla que horas atrás. No sabía por qué, pero intuía que Quinn la necesitaba y ella estaría ahí cada vez que fuese necesario.

Quinn sintió que esa verdad que tenía guardada bajo 7 llaves, luchaba por salir a la luz. Sin saber cómo se encontró diciendo esas dos palabras a otra persona. Ese acto que lo volvía todo real.

–Estoy embarazada.

Pequeño corderito, nunca habías sido tan real como ahora.