Capítulo 3: Juguemos a seducirnos
Un año pasó en ese maldito agujero. Los trenes no dejaban de llegar, llevando más condenados en centenas. A pesar de las muertes diarias, el número de presos iba en aumento, por lo tanto, la comida comenzaba a escasear; más pronto que tarde sólo recibían el pedazo de pan de aserrín, sin embargo, este mismo se reducía de tamaño con cada día. Igualmente el agua iba en descenso, permitiéndoles tomar unas cuantas gotas una vez por semanas.
Los días cada vez eran más calurosos conforme la primavera avanzaba, despiadada. El sol se los dejaba saber, cada vez con más potencia, brillando con intensidad a la mitad del cielo; sus rayos contra las rocas provocaban un destello, además de triplicar la sensación de calor y el sudor, el cual hacia que los apestosos uniformes se les pegaran al cuerpo. Aun así eran obligados a trabajar día tras día sin descanso, construyendo más "casas" para el resto de los condenados, acareando piedras o metales enormes dentro de los hornos de forjado; no era exagerar decir que ahí, particularmente, las temperaturas alcanzaban al Infierno.
El peligro era cada vez más latente. Todos los días alguien desfallecía o se desmayaba a causa del calor, sin embargo, era golpeado por los soldados hasta que le rompían el cráneo o se lograba parar a seguir trabajando. La mayoría de las veces, ese desafortunado tenía un hueso roto debido a la paliza y por ende, moría poco después.
Mientras, él estaba escondido, le dolían mucho los brazos. Grell estaba tumbado en el piso polvoroso a la sombra de unos materiales de construcción, dejados cerca del alambrado. El pelirrojo veía más allá de las púas, observando la vegetación del otro lado extenderse… era tan extraño pensar que se trataba del mismo lugar… parecía que detrás de esa cerca se abría otro mundo totalmente diferente… el mundo de la libertad.
Por primera vez en mucho tiempo, había nubes en el cielo. Al parecer llovería, bueno, eso resultaba ser una bendición en aquellas condiciones; refrescaría el ambiente y algún listo dejaría un pequeño bote para recolectar el agua, o bien, la mayoría tomaría de los charcos. Grell, por su parte, moría por tener un baño, aunque fuera con agua helada… le molestaba sentir el cabello pegado a su frente sudorosa, además de la comezón al tener polvo y mugre por todo el cuerpo.
-ahí estabas…-dijo una voz. Alan estaba parado cerca, con una ligera sonrisa y dos pedazos del llamado "pan"-pude salvar este para ti, Miss Sutcliff…- agregó.
-gracias, Alan, cariño, eres un amor- contestó Grell, tomando la comida ofrecida, mientras el muchacho se acostaba a su lado. El pelirrojo miró en silencio el pan y se lo llevó a la boca; el sabor áspero a madera le llenó la lengua, causándole asco…
-¿Qué haces?-preguntó el más joven, igualmente comiendo
-pensando… o mejor dicho…"soñando" como era mi vida antes de esto…-contestó Grell, mirando otra vez los frondosos árboles frente a sus ojos
-¿Qué hacías antes de ser traída aquí?-preguntó el joven. Él también miró el mundo tras la barda, parecía que ellos estuviesen en el desierto, pero con solo un paso afuera del alambrado, fuera un bosque amplío…
-era modista… y actriz, bueno, no de profesión, pero era muy buena en ambos aspecto… un amigo mío solía montar obras de teatro y siempre me llamaba para interpretar sus personajes… algunas veces de obras nuevas y otras, de clásicos…-contestó Grell, mirando el infinito con nostalgia y alegría-amaba ser Julieta- agregó, volviéndose a Alan-¿y tú?
-estudiante… de Literatura…-contestó Alán, entre mordidas, y siendo ahora su turno de perderse en la marea de los recuerdos-mis padres eran escritores e igualmente ese fue mi sueño…
-¿eran?-preguntó Grell, sin gustarle como se escuchó eso
-no te preocupes… están bien o eso creo… -respondió Alan-antes de que me arrestaran recibí una carta de mi madre… Ambos huyeron a Estados Unidos cuando la Guerra comenzó a tomar más fuerza, junto a las ideas del Führer
-espera un segundo… si ellos se fueron ¿Por qué te quedaste?-preguntó Grell-si yo hubiese tenido oportunidad de largarme, lo hubiese hecho…
- mis padres querían… pero mi tutor más querido es… era… judío…-respondió Alan, tras unos segundos de silencio-le debía tanto y me sentía mal en abandonarlo, además quería pelear en esta guerra tras mi barricada de literatura… supongo que fue eso lo que me mandó aquí…
-¿libre pensador y crítico? Sí, no fue tu mejor decisión-contestó Grell, fijándose ahora en el cielo, el cual cada vez se llenaba con más nubes grises
-bueno, tú también actúas de maneras muy imprudentes-comentó Alan entre risas, Grell sonrió ligeramente ante esa ironía tan cierta-además, no puedes culparme, soy joven y tonto… creí que dar mi opinión ayudaría a cambiar la vida de miles…
-y ahora… no tienes nada…-comentó Grell, un tanto deprimido
-no es cierto… aún tengo vida y mientras la tenga, habrá esperanza-contestó el muchacho, estirando ambas manos al firmamento. El pelirrojo lo miró otra vez
-esperanza ¿de qué? ¿De ser liberado?-preguntó, un tanto molesto-Lo siento, nene, pero sólo los cadáveres salen de aquí
-no estoy seguro… los guardias creen que somos perros, pero se les olvida que oímos y memorizamos todo-contestó Alán, sentándose- oí a unos hombres hablar, al parecer la entrada de Estados Unidos y la Unión Soviética ha jugado a favor de los países Aliados y han liberado otros campos de concentración… Imagina: es un día, como cualquier otro, de repente, aparecen por el horizontes miles de tanques con la bandera americana o de la Unión. Comienzan a ingresar, obligando a los soldados a irse…
-sería fantástico…-suspiró Grell, tratando de ver lo mismo que el muchacho. Por un instante le pareció oír las llantas de los mencionados vehículos destrozando las piedras; entonces, creyó ver a un hombre vestido de soldado con la bandera azul con estrellas y franjas blancas y rojas, o con la bandera roja con el escudo de la oz y el martillo, diciéndole a todos que eran libres- sí así fuera… lo primero que haría sería largarme de aquí… iría a América, no me importa cuál país, la verdad. Sólo ya no quiero volver a pisar ni este ni otro país europeo en lo que me queda de vida… ¿y tú?
Alan guardó silencio unos momento, haciendo sonar su lengua en los dientes, observó una nube pasar perezosamente. Grell lo contempló, en silencio
-iría a la heladería con la que fui con mis padres en New York y me comería un tazón enorme de todos los helados con crema chantillí y chispas de chocolate-dijo, al cabo de un tiempo con una gran sonrisa. Grell no pudo evitar soltar una carcajada.
-sí… también se me antoja hacer eso…-contestó el pelirrojo, sonriente.
Efectivamente, aquella tarde llovió como nunca antes había llovido, alcanzando pronto el grado de tormenta eléctrica. A pesar de la tempestad, los prisioneros seguían trabajando, esta vez, alegres por la bendición del cielo. Se encontraban trabajando un tanto retirados de la parte principal; no había muchos guardias. Tal vez era por aquella reunión, la cual había sido rumoreada por semanas.
"Dios está en la lluvia", pensó Grell, caminando lentamente. Sus zapatos viejos salpicaban con el agua del suelo, mientras el agua del cielo se escurría por su piel, ropa y cabellos. Recordaba que cuando era un infante, alguien le había dicho eso… ¿Quién? No estaba seguro y no le había importado, recientemente menos que antes, pues ese Dios había sido muy cruel con él, si es que existía. Pero, por primera vez en mucho tiempo, creía comprender el significado de esa oración, conforme el agua helada lo limpiaba, purificando su cuerpo y mente...
Lentamente, el pelirrojo comenzó a dar vueltas bajo la lluvia, agradecido de sentir su frescura remover el sudor seco de quién sabe cuántos días de su ser. Pronto comenzó a mover los brazos, para acompañar los lentos movimientos de sus caderas y sus pies se movían libremente. Un rayo partió el cielo, seguía del trueno correspondiente que hizo retumbar la tierra; pero para Grell había sido como la marcha de un tambor en su danza silenciosa. Dio vueltas lentamente, danzando, recordando cuando le había gustado el baile, cuando aún tenía libertad.
Así estuvo por unos cuantos minutos, mientras en su mente las percusiones, las cuerdas y los instrumentos de aire sonaban en un salón. Al final, se quedó quieto. Alzó la mano y rostro hacia el firmamento. El agua comenzó a mojar su palma y a correr libremente por su brazo, mientras más gotas salpicaban sus mejillas, frente, nariz y boca, algunas cuantas le cayeron sobre sus anteojos, nublándole la vista, sin embargo, no bajó el semblante. Imaginó poder tocar el cielo, rasgarlo con sus uñas largas y convertirse en un ave que volaría lejos, libre de las ataduras terrestres.
Sin darse cuenta, era observado. William estaba ahí, esperando reunirse con otros oficiales, sin embargo, se encontraba algo apartado del resto, escondido de la lluvia, pero no tanto para poder verlo. Cuál iba a ser su sorpresa al ver a Grell dando su espectáculo silencioso… El agua y esos movimientos lo hacían ver más hermoso…
-Señor-habló un soldado, sacando a William de su ensueño-todos los demás Oficiales acaban de llegar, Señor- volvió a decir. El pelinegro suspiró, antes de ver por última vez al pelirrojo, sin más siguió al subordinado hacia donde debía estar.
-maldición… -escupió Grell, tras estornudar sonoramente. Siempre había usado esa palabra, pero últimamente se le había dado por maldecir más y con mayor frecuencia
Estaba solo en su "casa", desnudo de la cintura para bajo, pues sus ropas habían quedado empapadas. Ahora sus pantalones estaban tendidos, mientras él se rodeaba con sus brazos, buscando aplacar sus temblores; ese Dios debía estar divirtiendo mucho con su persona, pues el día seguía nubloso, sin sol, ni siquiera un mísero rayo. Ironías, teniendo en cuenta los calores de los días pasados.
-¡agh! Lo odio todo… realmente lo odio… lo odio… lo odio…-suspiró el pelirrojo. Sentado al borde de una de las "literas", comenzó a jugar con su pie, alzándolo y bajándolo, estirando sus dedos y contrayéndolos. Suspiró, cuando la puerta al ser abierta lo puso en sobre aviso.
Se levantó de un salto. William junto a otros soldados estaban ahí, mirándolo fijamente; el resto de los hombres lo contemplaban con desprecio, entonces, siendo el imprudente que era, Grell no tardó en contestarles con el mismo sentir. Hasta que se topó con la mirada de William…
Ésta lo dejó desarmado por unos momentos. No había odio, ni tampoco frialdad en los ojos del alto bando, ni siquiera burla… no… Era un sentimiento que Grell no sabía nombrar… tal vez… ¿Intriga?
-¿Qué se supone qué haces aquí?-exclamó el mismo soldado con quien el pelirrojo tuvo su primer altercado al llegar, el tal Schneider-¿Qué esperas? ¡Sal a trabajar!
-por si no se ha dado cuenta, "soldado"… ¡Estoy desnuda!-exclamó Grell. Debido al hecho de que su petición por un cambio de ropa había sido negada y al verse obligado a andar con el uniforme empapado para enfermarse o hasta que se secara jugaban en contra de su corta paciencia.
-¿Qué dijiste, maldita ramera…?-Schneider inmediatamente fue en contra del pelirrojo, quien se quedó firmemente parado. El tipo lo tenía del cuello de su ropa; alzándole, sin querer, la prenda y revelando más de los firmes muslos de Grell.
-¡Soldado!-William exclamó, firmemente, mientras el hombre llevaba su brazo hacia atrás, con el puño listo- yo me encargo…
-pero, Señor…-se quejó el mencionado, mientras Grell miraba a uno y luego al otro
-yo me encargo-repitió William marcando sus palabras con fuerza, la mirada helada hizo correr un escalofrió por la espalda del subordinado, quien se limitó a arrojar a Grell al piso-salgan…-ordenó y todos, menos William y Grell, salieron del recinto.
El prisionero se puso de pie, acomodándose mejor los lentes, los cuales casi se habían caído por la caída. Se sacudió, con cuidado, hasta notar la presencia del alto mando muy cerca de él, mirándolo, o mejor dicho, mirándole las piernas, largas, bien formadas, blancas y aterciopeladas.
-¡Oye!-gritó Grell, apenado, jalando la camisa del uniforme para intentar cubrir sus muslos. Su rostro se volvía a enrojecer, mientras sus piernas temblaban un poco
William se le acercó, en silencio
-¿tienes algo que me quieres decir?-preguntó el pelirrojo, otra vez haciendo relucir su actitud tan desafiante, sin embargo, fue obligado a retroceder hasta la pared contraria
-me preguntaba si quisiera otra galleta-susurró el pelinegro, lentamente. Grell parpadeó por unos instantes, antes de sonreír, seductoramente
-oh~ ¿a William T. Spears le interesa un cambio…?-preguntó, mientras le rodeaba el cuello con ambos brazos y pegaba su cuerpo contra el del uniformado. Había pronunciado su nombre de manera lenta, saboreando los sonidos, como un caramelo, mientras acercaba su rostro al del hombre.
-tal vez…-indicó William, abrazando el cuerpo de Grell por su cintura, obligándolo a pegarse más a él. Estaba un poco nervioso, pero no lo iba a mostrar
-¿y qué clase de cambio le interesa a William T. Spears~?-canturrió Grell, colocando una de sus piernas entre las del más alto. En ese momento, sus aparatos sexuales tuvieron contacto, mientras el pelirrojo sonreía al notar cómo el alto mando se excitaba y apenaba con la cercanía.
-¿Qué tal… una comida entera… a cambio de un beso…?-le preguntó al oído, y Grell se estremeció un poco al sentir el aliento cálido recorrerle esa parte de su cuerpo…
¿A cambio de un beso o de algo más? Pensó Grell, interesado. Lo cierto es que siempre había odiado la idea de ser una prostituta y vender su cuerpo por algo, sin embargo, su estómago vacío y sus labios agrietados y secos le rogaban por agua y alimento. Además, el hecho de que no fuera una ramera, no significaba no haber tenido novios anteriormente…
-suma agua al pago y con mucho gusto te doy tu beso…-Grell se pegó más a él, mientras sus rostros apenas eran separados por sus narices-o algo más…-agregó, guiñándole un ojo.
Al poco rato, ambos estaban en la casa de William otra vez.
Ambos se besaban salvajemente en los labios, mientras las lenguas se enredaban en una lucha sin cuartel por la supremacía. Grell estaba acostado en la cama de William, mientras el otro hombre se mantenía entre sus piernas… no había nadie más, todos fueron corridos de la casa.
-Oh… Will~- gimió Grell en la boca del mencionado, mientras éste se movía para besarle el oído y el cuello. El pelirrojo le acariciaba la espalda, antes de abrirle el uniforme –no estas nada mal, Will~-canturrió
El hombre lo miró por unos momentos, antes de abrirle la ropa, dejándolo desnudo frente a él y se sonrojó profundamente. El cuerpo de marfil era delgado, sí, y con una musculatura firme y suave, en un punto entre lo femenino y masculino, como Grell.
Ante aquel pensamiento, William se sonrió, volviendo a besar al pelirrojo por todo su plexo. Se encontró con una de sus tetillas y se la llevó a los labios, mientras su mano jugaba con la otra. Grell gemía de placer, mientras sus manos acariciaban los hombros, la espalda y el cabello del pelinegro, más cuando él comenzó a descender por su cuerpo hasta su ombligo.
-siéntate… Will…-pidió Grell, empujándolo levemente a la cama; lo vio dudar un poco- oh, no temas… sólo relájate…-agregó, sonriéndole pícaramente. Ahora fue el turno del pelirrojo de besarlo todo, usando su lengua lentamente hasta llegar al pene erecto de William
El mencionado no había dejado de jadear al sentir las caricias suaves y los besos del hombre con comportamiento de mujer, hasta que él llegó a su masculinidad.
-es bastante grande…-indicó Grell, tomando el miembro en su mano, sonriendo seductoramente, mientras lo acariciaba, muy lentamente. William echó la cabeza hacia atrás, mientras un gemido escapaba de sus labios, provocando que la sonrisa del pelirrojo se volviera aún más grande.
Grell continuó acariciando el miembro erecto, lamiéndolo de vez en cuando, disfrutando de ver los efectos de su atención en la ya no tan seria cara del soldado, quien llevó una mano a la cabeza del pelirrojo, mientras Grell seguía demostrando su maestría en el tema.
Sin más, el pelirrojo metió el pene de William en su boca y comenzó a lamerlo, primero lentamente, luego con más energía, mientras el pelinegro no podía evitar gemir por el placer que le estaba haciendo pasar, sin embargo, se detuvo antes de que William dejara salir su semen.
-espero que recuerdes tu promesa…-dijo Grell, trepando por el plexo del alto rango, moviendo sus caderas suavemente. Con cuidado, se sentó en él soltando un gemido cuando el sexo del hombre entró en su cuerpo-te haré sentir muy bien…
William también gimió al sentir el calor rodeado su área más sensitiva. Y entonces, abrió los parpados cuando Grell comenzó a moverse, permitiéndole entrar y salir de su cuerpo; los movimientos de cadera del pelirrojo eran una invitación y el soldado tuvo que sujetarle firmemente las caderas o sentía que se perdería en el delirio.
Sin darse cuenta, tuvo que moverse. Grell abrió los párpados, sorprendido, cuando en un ataque de pasión, William lo derribó contra la cama, ahora era él mismo quien penetraba al pelirrojo, sintiéndose cada vez mejor, cada vez más excitado. Grell se dejó hacer, gimiendo y revolcándose entre los fuertes brazos del más alto, como una mujer, mientras sentía como la fuerza y la velocidad de las embestidas aumentaba.
Ambos se abrazaron, al momento en que llegaban al clímax; William liberó su cálido semen dentro del pelirrojo, mientras la semilla de Grell quedaba regada por los abdómenes de ambos.
-eso fue interesante…-indicó el pelirrojo, viéndolo con una sonrisa provocativa. El pelinegro se puso lentamente de pie, apenas vistiéndose para luego ir a la puerta… parecía perdido en un mundo propio.
-espera aquí… te traeré la comida…-indicó, apenas pudiendo hablar, antes de salir
Grell suspiró y por unos segundos vio la habitación con atención. No había nada interesante, sólo una cama, un armario y un escritorio, más una puerta que daba a un baño. Realmente era un sitio aburrido, sin vida.
El pelirrojo se acostó, cubriendo su desnudes ¿Sexo a cambio de comida, eh? Esperaba que el haberse vendido como puta al menos tuviera buenas consecuencias… y ¿Quién sabe? También había disfrutado el encuentro con William. Si algo podía Grell era leer a las personas y juzgar por la actitud del alto rango, podía jurar que él deseaba más encuentros así…
Grell sonrió, mientras una idea, o mejor dicho, un plan se formulaba en su mente. Lo enamoraría, sí… se encargaría que el querido William T. Spears no pudiera pensar en nadie más que no fuera en su persona, lo haría suyo, ganaría su confianza hasta que el hombre se moviera conforme a sus deseos. Hasta tenerlo a sus pies.
Entonces, lo convencería de hacerlo su "esposa" y le pediría sacar a Alan también, con la justificación de necesitar un criado, o algo así. Entonces le pediría irse lejos, de vacaciones o cualquier cosa, tal vez cerca del mar… donde sea, sólo fuera de la protección de sus soldados. Ahí lo mataría y junto con Alan tomaría un barco a Norte América. Buscarían a los padres de Alan e irán por ese enorme tazón de helado.
Grell se sonrió, mientras la idea iluminaba su semblante y estiró la mano hacia el techo. La esperanza de ser libres estaba ahí. Otra vez la sentía, regresaba, después de haberla perdido, volvía a llegar, pero ahora estaba en su mano y la usaría, jugaría todas las cartas que tenía, después de todo, no por nada se había ganado fama de ser "un territorio peligroso". Cerró sus dedos en un puño, como encerrando el foco y su luz.
¿William T. Spears quería jugar a la seducción? Bien, jugarían. William se había topado con la horma de su zapato.
