Abajo, en la ciudad, media docena de autos y el doble de camionetas pickup habían convergido en una gasolinería. Muchachos que aún llevaban puesta su ropa de domingo daban vueltas en el estacionamiento, sorbiendo cervezas bien disimuladas y fumando cigarros liados a mano. Era una tradición dominical en Otogakure. Más tarde, una vez que el sol se hundiera detrás de las montañas, a esos mismos vehículos se les vería pasear por el centro en círculos interminables que podían dejar aturdido y desorientado a un observador. Aunque veía todo desde la ventana de su recámara, Hinata nunca había participado en esos rituales. Fingía que no le importaba, pero la verdad era que nunca la habían invitado.
En alguna parte entre el gentío estaba Tayuya Hokumon, la responsable de haber hecho de ella una marginada ocho años atrás. Habían sido amigas hasta el día en que Hinata se desmayó frente al grupo entero de cuarto grado. Cuando despertó, le contó a Tayuya del chico llamado Indra al que ella extrañaba más que a nadie en el mundo y de las visiones que podían agobiarla en los peores momentos. Hinata vio la confusión apoderarse lentamente de la cara bonita de Tayuya, y supo que debía de haber hecho caso a las advertencias de Chiyo y no haber mencionado nunca las cosas que veía. Pero no se detuvo. Herida y enojada, siguió hablando hasta que Tayuya supo toda la historia.
Nadie le dijo nada en su cara. Pero después de todo, era la nieta de Chiyo Akasuna. Pero las invitaciones a dormir dejaron de llegar. Otros niños murmuraban que estaba loca. Que decía horrores. Aun los adultos, que debían haber sido más prudentes, la veían con temor.
A instancias de Chiyo, Hinata se vio obligada a pasar dos tardes de la semana en la oficina del doctor Orochimaru. Su padre se opuso, pero su madre aceptó, con la esperanza de que el nuevo pastor les ayudara a entender las cosas que Hinata decía. Ansioso de encajar en su comunidad de adopción, el doctor Orochimaru se había ganado pronto los corazones y mentes de Otogakure. Sus ardientes sermones recordaban a los ancianos del pueblo los que habían oído en su juventud, y era prueba de la popularidad de Orochimaru, que apenas unos meses después de su llegada a nadie pareciera importarle que fuera un extraño.
Alto y pálido, de cabello largo y una cara que asemejaba al de una serpiente, el doctor Orochimaru se sentaba en su escritorio, garabateando notas en silencio mientras Hinata hablaba. Abajo del púlpito, era amable y de voz dulce, y no pasó mucho tiempo antes de que convenciera a Hinata de repetir las palabras que tantos problemas habían causado.
Cuando lo hizo, él no pareció asombrarse. Hinata había esperado que el pastor lanzara un grito ahogado o hiciera una mueca o se pusiera a rezar. En cambio, se levantó tranquilamente de su silla y rodeó su enorme escritorio de roble para darle a Hinata un reconfortante apretón en el hombro. Y cuando ella se deshizo en lágrimas de alivio y vergüenza, el apretón se convirtió en abrazo.
―Lamento que hayas pasado por un momento tan difícil ―le dijo el doctor Orochimaru una vez que sus lágrimas se secaron―. Por lo que he oído de ti, puedo asegurar que eres una niña muy especial. Y a las personas especiales no siempre se les aprecia en ciudades pequeñas como Otogakure. Pero grábate mis palabras, Hinata. Un día encontrarás un lugar donde te admirarán por ser diferente. Sé de cierto que tienes una fabulosa vida por delante, siempre y cuando logremos poner un alto a tus visiones.
―¿Por qué veo esas cosas? ―preguntó Hinata.
―No sé ―admitió el doctor Orochimaru―. Pero es un hecho que tus visiones no son buenas ni sanas. Sin embargo, no vamos a permitir que un pequeño desmayo se interponga en el camino de tu maravilloso futuro. ¿Verdad, Hinata?
―Supongo que no ―murmuró ella sin ganas, mirando al suelo.
―¡Oh, vamos! ―exclamó el pastor, tomándola del mentón y alzándolo hasta que los ojos de ella se toparon con los suyos―. ¿De dónde ese desánimo? ¡Yo estoy aquí para ayudarte! Así que qué dices. ¿Te puedo ayudar, Hinata?
―Sí, me puede ayudar ―contestó ella, sintiéndose más optimista que en siglos.
La abuela de Hinata no quedó satisfecha con el bondadoso estilo con que el doctor Orochimaru atacó el problema. Días después emitió su propio veredicto. Hinata era víctima de un demonio, anunció a quien quisiera oírla, y su dolencia era signo de ello. Una niña inocente no debía de haber traído jamás a un enemigo tan poderoso. Los pecados de su padre le causaron daño a ella. Chiyo intruyó a la ciudad para que rezara por Hinata. Pero advirtió que no habría salvación hasta que su yerno examinara su conciencia. Hyashi Hyuga, dijo, había dado acceso a Satanás al corazón de su propia hija.
Fue entonces cuando Hinata empezó a oír rumores sobre Kurenai Yuhi. Esta mujer era la cajera de la ferretería de su padre, una azabache pechugona que le daba chocolates a escondidas cuando sus padres no veían. Durante las horas que había pasado en la tienda, Hinata había visto a Kurenai celebrar ruidosamente los malos chistes de su padre. Y había visto los ojos de Kurenai seguir a Hiashi del pasillo de pinturas a los cajones de clavos y de regreso. Todos en Otogakure podían ver que Kurenai Yuhi estaba loca por su padre.
―Le gustas a Kurenai ―le había dicho Hinata para importunarlo una ocasión en que la llevaba a la escuela.
―¿Ah, sí? ―respondió Hiashi Hyuga muy sorprendido―. ¿Qué te hace pensar eso?
―Te mira como si te quisiera comer.
―¿De veras? ―había dicho su padre luego de soltar una sonora carcajada―. Bueno, estoy completamente seguro de que estás imaginando cosas, nena. Además Kurenai es demasiado lista para eso. Todos saben que soy un hombre felizmente casado.
Ahora, en las noches, después de acostarse, Hinata escuchaba los ruidos apagados de su padre al discutir y de su madre al llorar. Sabía que la gente decía que había habido algo entre su padre y Kurenai. Aunque su papá juró que era inocente, la ciudad se había puesto en su contra. El escándalo obligó a Kurenai a huir avergonzada de Otogakure, y pocas personas siguieron comprando en la tienda de los Hyuga. Iban hasta Cha por una caja de clavos o una lata de pintura. El dinero escaseaba y las cuentas ya no podían pagarse. Y gracias a Chiyo Akasuna, toda la ciudad creía que los pecados de Hiashi Hyuga habían llevado a Satanás hasta Otogakure.
Una vez oscura y en silencio la casa, Hinata practicaba el control de sus visiones. La primera noche que oyó discutir a sus padres, murmuró un último adiós a Indra y lo echó de su cabeza. Aprendió a vaciar su mente justo cuando sentía que el calor comenzaba a subirle por las piernas. Combatía las visiones cada vez que aparecían y pedía de rodillas que no regresaran.
Hinata se esforzó mucho en apurar su curación antes de que el diablo destruyera a su familia. Con el tiempo, su otro mundo se atenuó cada vez más hasta desaparecer por completo. Casi había logrado olvidar el rostro de Indra cuando una tarde, al volver de la escuela, encontró a Chiyo en su casa empacando sus cosas en una maleta. Hiashi Hyuga había muerto, y su madre había desaparecido. Chiyo había recibido la custodia de Hinata, y la niña se mudaría a casa de su abuela.
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En los meses posteriores a la muerte de su padre y la desaparición de su madre, Hinata desarrolló el curioso hábito de espiar a los vecinos de Otogakure. Se escondía detrás de un seto mientras el señor Kinuta podaba el pasto, o se sentaba en la rama de un árbol fuera de la sala de la señorita Tsuchi mientras la anciana veía sus historias en una televisión antigua. Sabía que la señora Abumi, que decía tener un problema glandular, escondía sus MilkyWay en una caja vacía de detergente para ropa. Y había visto al señor Amachi visitar la casa de su cuñada a media tarde cuando su hermano estaba trabajando. Pero no eran sólo los secretos de las personas lo que le interesaba a Hinata. Sospechaba que cambiaban cuando ella no los veía —que la cara que se ponían en público se les despegaba cuando no había nadie a su lado—, y nada quería más en el mundo que presenciar el momento en que su verdadera naturaleza se revelara.
Tuvo que renunciar a su nuevo pasatiempo cuando su madre volvió a Otogakure. Tenía mucho que hacer cuidando a Hana Hyuga. Sabía que a su madre la habían llevado a toda prisa al hospital cuando se enteró de que su esposo había muerto en un accidente automovilístico. En ausencia de Hana, Hinata fue informada de que su madre estaba enferma del corazón. Chiyo se lo dijo rápida y serenamente, como si estuviera ansiosa de olvidar el asunto. Hinata supo sin preguntar que no se le permitiría visitarla. Imaginaba a su madre acostada en una cama de hospital, conectada a cables y agujas intravenosas mientras se recuperaba de un infarto. Pero cuando Hana atravesó por fin la puerta de la casa de Chiyo, Hinata vio que su cuerpo funcionaba a la perfección. Era en algún lugar de su interior que Hana Hyuga se había estropeado.
Hinata le hacía de comer dos veces al día, y se sentaba a su lado mientras ella veía su avena o sus huevos revueltos con la mirada perdida. Finalmente, Hana comenzó a tomar el tenedor. Luego empezó a hablar otra vez. Pero la verdadera Hana —la que reía y bailaba y cantaba mientras cocinaba— jamás regresó. Aceptó el apoyo financiero de su acaudalada madre, y hasta estuvo de acuerdo en que Chiyo conservara la custodia de Hinata. Sin esposo, responsabilidades ni un trabajo que la mantuvieran ocupada, Hana Hyuga se volvió poco más que un fantasma, condenada a vagar por la casa de la que una vez había escapado con Hiashi Hyuga. Prácticamente huérfana, Hinata depositó su confianza en la única persona que le quedaba: el doctor Orochimaru. Aunque ya no por obligación, seguía visitándolo en su oficina después de clases. A menudo llevaba algunos de sus dibujos más recientes para enseñárselos, y él los examinaba con diligencia antes de anunciar que Hinata estaba destinada a grandes cosas. A veces le preguntaba si había tenido visiones, pero ella siempre aseguraba que habían terminado. Platicaban entonces del mundo más allá de Otogakure. El doctor Orochimaru había crecido justo al norte de Konohagakure, y le gustaba contar sus días en la universidad de esa ciudad. A Hinata le sorprendió descubrir que sabía cuando el pastor confundía las calles o se equivocaba en las paradas del metro, pero tenía mucho cuidado de no corregirlo.
Después de cada visita, Hinata salía de la oficina del doctor Orochimaru con la sensación de que una vida la esperaba más allá de las montañas. Una vez el pastor le regaló incluso una tarjeta postal: una vista aérea de Konoha, con su deslumbrante bosque de concreto y acero. Hinata la fijó en la pared de su recámara, y la estudiaba cada noche antes de acostarse. Mientras examinaba todos los edificios y seguía todas las calles, su sensación de certidumbre aumentaba. Detrás de una de esas ventanas —o en uno de esos coches— había alguien o algo que ella debía buscar. A veces las ganas de iniciar la búsqueda eran casi imposibles de resistir, y ella pedía que, fuera lo que fuere, la siguiera esperando cuando al fin escapara de Otogakure. A los diez años de edad, Hinata comenzó la cuenta regresiva de los días. Cuando cumpliera dieciocho—, saldría en busca de lo que la aguardaba entre los rascacielos.
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Aun teniendo como confidente al pastor de la cuidad, aquéllos habrían sido ocho años solitarios para Hinata si Ino Yamanaka no hubiera aparecido en la cafetería de la escuela con una lonchera de Barbie. Él era entonces uno de los chicos más populares del colegio; tan guapo, aun a esa edad, que las niñas se ruborizaban y reían nerviosamente cuando él miraba en su dirección. Todos sabían que la familia de Ino pasaba por momentos difíciles. Su ropa había estado de moda años atrás, y constaba de herencias parchadas de primos mayores. Pero la lonchera rosa de Barbie montada en un unicornio centellante era un tesoro original. Alguna de las niñas veían con envidia que Ino la abría con orgullo y sacaba un sándwich. El resto sabía que algo marchaba mal, aunque la mayoría no habría podido decir qué era. Se hacían comentarios. Hinata oyó la palabra maricón. Alguien dio un empujón. Y luego se desató una aglomeración de épicas proporciones.
Ino derribó a tres niños mayores que él con atinados puñetazos antes de que un grupo de chicos de séptimo grado se le echara encima. Cuando los maestros los separaron, la cara de Ino estaba ensangrentada, y sus ojos, desorbitados. Mientras los combatientes eran escoltados a la oficina del director, Hinata se arrastró sobre el cenagal de leche derramada y alimentos pisoteados para rescatar la lonchera de Barbie debajo de una mesa. La enjuagó en el lavabo del baño, la secó con cuidado y arregló las abolladuras lo mejor que pudo.
Cuando el padre de Ino llegó a recoger a su hijo a la oficina del director, Hinata esperaba. Le tendió la lonchera al chico alto con dos ojos morados y sangre coagulada en las comisuras. Él le sonrió al tomarla, y el corazón de Hinata empezó a latir por primera vez en meses. Haya hecho lo que haya hecho (y Hinata podía entenderlo), Ino Yamanaka no estaba avergonzado.
A partir de entonces, Hinata y Ino se volvieron inseparables y la amistad de ella con el doctor Orochimaru se apagó poco a poco. El pastor aconsejaba a Hinata guardar distancia de Ino. No era una buena influencia, insistía el doctor Orochimaru, y su opinión era compartida por Chiyo Akasuna, quien sermoneó a Hinata acerca de manzanas podridas y malas semillas. Pero Hinata no se dejó persuadir. Después de haber encontrado a Ino, no estaba dispuesta a soltarlo. Y pasó los ocho años siguientes tratando de convencerse de que un amigo leal era todo lo que necesitaba.
Pero aun así algo faltaba. Algo que la atormentaba, un vacío que no se podía explicar. Había mañanas en las que despertaba con el corazón latiéndole fuertemente y la sensación de unos brazos que la envolvían. Pero era impresión desaparecía en cuanto abría los ojos; y por más rápido que volviera a apretarlos, no recuperaba la dicha que había sentido.
En noveno grado, vio que sus compañeros empezaban a formar parejas, hasta que, al parecer, Ino y ella fueron los únicos que quedaron. Y no es que Hinata no tuviera su porción de admiradores. En segundo año de prepa, Kimimaro Kaguya la había perseguido con una pasión evidente para todos menos para su novia, la ex amiga de Hinata, Tayuya Hokumon. Si Hinata hubiera aceptado su afecto, eso le habría asegurado un lugar entre los estudiantes más populares de su escuela. Pero lo rechazó. Sabía que en algún lugar había alguien para ella; pero que quienquiera que fuera, sin duda no era un alumno de la preparatoria Otogakure.
Sin vida social de la que hablar, Hinata se hallaba en libertad de dedicarse por completo al negocio que había puesto con Ino en primer año. Para sorpresa y alivio de ambos, floreció de inmediato. Como le había prometido a su achacosa madre que asistiría a la Universidad Suna, Ino necesitaba dinero para la escuela. Hinata tenía sus propias razones para trabajar. Le dijo a Chiyo que quería contribuir a pagar su universidad en Konoha. Pero la verdad era que siempre había sospechado que necesitaría dinero en efectivo para el día en que su destino se le revelara al fin.
Cuando las visiones regresaron, Hinata supo que se acercaba la hora. Estudiaba los estados de su cuenta de ahorros cuando llegaban por correo, para cerciorarse de que el fondo de fuga de doce mil dólares que había acumulado estuviera seguro aún en las arcas del Banco Ciudadano. Ahora, gracias a Chiyo, permanecería ahí un poquito más.
La puerta de la recámara rechinó al abrirse, y tímidas pisadas atravesaron la habitación.
―Tengo algo para ti, Hinata.
Despatarrada en la cama con los ojos apretados, Hinata se negaba a reconocer a su visitante. No tuvo que mirar para ver la encorvada figura y la ansiosa sonrisa de su madre. Era una actitud que había hecho que las personas buenas quisieran protegerla, y las malas, patearla.
―Sé que estás molesta por lo de la escuela y todo. Pero creo que quizás quieras ver esto ―dijo Hana Hyuga, esta vez en un murmullo. Hinata abrió un ojo y vio que su madre apretaba una caja de zapatos contra su pecho. ―¿Qué es?
Hinata echó las piernas a un lado de la cama y se enderezó.
Su madre se sentó a su lado. Estaba chapeada y le brillaban los ojos. Por primera vez en años, casi parecía viva. Sus manos acariciaban la caja como si fuera piel humana.
―Algo que Hiashi hizo hace mucho. Lo traje con nosotras cuando nos mudamos aquí. Mi madre no lo sabe. Pero pienso que ya es hora de que le eches un vistazo.
Hinata sintió enchinársele la piel de los brazos. Hana Hyuga sólo había mencionado a su esposo unas cuantas ocasiones desde el accidente. Oír su nombre en voz alta fue como escuchar a alguien invocar a un espíritu. Cuando Hinata era chica, y mientras su padre estaba en el trabajo, su madre la había contado innumerables historias. Cómo conoció a su papá en su primer día en la ciudad. Cómo se escaparon tres semanas más tarde, jóvenes y pobres y locamente enamorados. Cómo él se esclavizó quince horas al día para ganar dinero con el cual abrir su tienda. A Hinata no le había sido difícil creer que el héroe de todas las anécdotas de Hana era el hombre de nariz recta y cabello castaño largo que compartía con ellas su hogar. Visto a través de los ojos de su madre, Hiashi Hyuga era la imagen misma de la perfección, el príncipe azul que había rescatado a Hana de manos de una bruja malvada y con quien ella estaba destinada a vivir feliz para siempre.
Las historias se interrumpieron después de la muerte de Hiashi Hyuga. Pero Hinata se preguntaba a veces si Hana Hyuga no se las seguía contando a sí misma ya bien entrada la noche, cuando pensaba que nadie podía oírla llorar.
Hana Hyuga deslizó la caja sobre el regazo de Hinata. Al principio, temerosa de tocarla, la chica la dejó ahí un momento, pesada como losa de granito. Estaba pandeada y manchada por fuera, y cuando Hinata se asomó en su interior, la halló llena de papeles. Hojas arrancadas de libretas. Piezas de papel, copia dobladas en cuadros diminutos. Palabras garabateadas en notas de gasolinería. Hinata metió los dedos y sacó una cuenta de propano. Su padre había usado el otro lado para escribir el borrador de una carta. Hinata la leyó por encima y fue a dar a una línea a la mitad de la primera página: "Indra no es un muñeco. Es real"
―¡Dios mío!
Sus ojos se encontraron con los de su madre. Supo al instante el riesgo que corría Hana Hyuga.
―Él lo escribía ―susurró Hana―. Todo lo que tú decías. Nunca creyó que te pasara algo malo.
―¿Y tú? ―Hinata apremió a su madre―. ¿Tú crees que me pasa algo malo?
Hana Hyuga estudió sus manos, apretadas en su regazo.
―No ―admitió―. No lo creo. Y después de que eches un vistazo a todo esto, tal vez tú tampoco lo creas.
Hinata vio en silencio que su madre se levantaba para disponerse a salir de la habitación.
―Perdóname, Hinata ―dijo antes de retirarse―. No debí haberlo escondido tanto tiempo.
La puerta se cerró. Los ojos de Hinata volvieron a la caja sobre sus rodillas, y sacó otro montón de papeles. Pronto comenzó a acordarse de todo lo que había tratado de olvidar.
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Bueno hasta aqui llegamos, agradezco que hayan estdo leyendo mi fic, me hace muy feliz. Le recuerdo que esta historia no es mia, es de Kirsten Miller, yo solo lo adapté a nuestra hermosa pareja sasuhina, quienes tampoco son mios, sino de Kishi.
tenshihinata: y no te equivocaste, como muchos decíamos, Sasuke es Indra. Por eso se me ocurrió adaptar la historia, bueno no, de hecho fue una coincidencia jeje. Si, Ino es un hombre muy guapo, imagínatelo: rubio, alto, de ojos azul-verde (no recuerdo el color jeje), si... Es un muchacho bien parecido, lastima que sea gay.
AntoniaCifer: Muchas gracias por leer. Jeje Ino es hombre, pero no importa, igual es un amor. Ella/el va a ser muy importante en la historia, y si me animo a poner la segunda parte, será de gran importancia. Continua leyendo, me hace muy feliz leer sus comentarios.
Nivoe: Que bueno que te este gustando, me hace muy feliz, pero no es mi historia, así que todos los créditos se los lleva Kirsten. de hecho leer su novela fue una tarea mía de literatura, al principio no le entendí muy bien pero me engancho bastante su historia. Ya veras, no te decepcionara la historia, quedaras mas intrigada que ahora
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Nos vemos en el próximo capitulo, por favor, si les gustó o quieren dar sus teorías u opiniones, están libres de hacerlo, comentando aquí abajo. No se pierdan el próximo capitulo, denle follow y fav aquí abajo. Gracias
