III. LA DESPEDIDA

Los días pasaban rápidamente para Rowena. Y las semanas. Y los meses. Tanto era así, que apenas se había dado cuenta de que ya casi era otoño. Disfrutaba tanto de las clases con Merlín que los meses le parecían días y no se enteraba siquiera de cuando amanecía o atardecía. Permanecía muchas semanas junto a él, haciendo alguna que otra escapada, para poder recoger algunos ejemplares de plantas o de alguna criatura mágica para las pociones nuevas que estaban creando.

Una mañana, salió temprano de sus aposentos cuando, de repente, se encontró con que Ronan le estaba esperando al final de las escaleras.

—Hace días que no sé de vos—su tono de voz sonaba más preocupante de lo normal.

—He estado muy ajetreada estos días—le contestó con una sonrisa extensa.

—De eso ya me he dado cuenta. Apenas nos vemos últimamente y...—quiso decirle algo más, pero no se atrevía a continuar.

—¿Y?—la sonrisa se le desvaneció y bajó las escaleras lo más rápido que pudo hasta tenerle enfrente suya—¿Ocurre algo, Ronan?

—Sí, yo...—vaciló un poco antes de continuar—, os echo de menos, Rowena.

Ésta, al escuchar sus palabras, se echó a reír, lo que le provocó cierto bochorno en Ronan.

—Me habíais asustado—dijo, aliviada—. Pensé que era algo grave.

—¿Y no os parece lo suficientemente grave que apenas sepa de vos, que ni siquiera sepa dónde os halláis o si estáis bien o no?—ahora su voz se tornó molesta.

—¡Eh! ¿Pero qué bicho os ha picado ahora?

—A mí, ninguno. Pero parece que no os dais cuenta de que pasáis demasiado tiempo con vuestro "maestro"—e hizo hincapié con los dedos al pronunciar esta última palabra.

—Merlín es mi mentor, el mejor que jamás pudiera tener. Me está enseñando cosas que jamás nadie va a poder enseñarme y estoy progresando mucho con la magia, con mis pociones, con mis inventos, con todo, hasta conmigo misma—su semblante permanecía serio durante su comentario—. Así que no me vengáis ahora conque paso demasiado tiempo con él, porque está haciendo por mí más de lo que nadie ha hecho en mis dieciséis años.

Ronan vio algo en su mirada; algo de lo que llevaba mucho tiempo temiendo que ocurriera.

—Os habéis enamorado de él, ¿no es así?—le preguntó con la voz rota. Apenas podía pronunciar aquellas palabras.

—Eso es algo que a vos no os incumbe en absoluto.

—Rowena, me temo que os estáis obsesionando con algo que no va a llegar a ninguna parte—le advirtió—. Dejadlo ahora antes de que sea demasiado tarde.

Rowena bufó al escuchar aquellas palabras. Por lo visto, no entendía lo más mínimo lo que ella sentía en esos momentos y se sentía decepcionada con su amigo.

—Creía que erais diferente, pero veo que no es así—su voz ahora sonaba despreciable—. Vos nunca seréis nada para mí como lo es él.

—Rowena, escuchadme—dijo, agarrándola fuertemente del brazo—, por favor...

Pero ésta se soltó de inmediato, finalizando la conversación.

—He de irme. No me esperéis despierto—y cerró la puerta tras de sí.

El joven muchacho observaba cómo se marchaba desde la ventana. No se podía creer todo lo que le había dicho. Se maldijo a sí mismo por no haber podido decirle nada más. Cobarde. Eso es lo que era, por no atreverse a decirle todo lo que llevaba dentro. Quizá eso fuese lo mejor, pero le quemaba en sus entrañas pensar en que, aquel extraño hombre llamado Merlín, fuese a destrozarle el corazón en mil pedazos.


El camino hasta la casa del mago se le hizo más largo que de costumbre. Por su mente sólo se le pasaba la absurda conversación que había tenido con su mejor amigo. No se podía creer que él, precisamente, le dijera de quien o no debía enamorarse. Masculló varias cosas mientras llegaba a la casita. Su mente sólo podía pensar en ese idiota de Ronan y no se percató de la presencia del mago en la puerta de la casita.

—Buenos días, Rowena—la saludó Merlín,con una leve inclinación de cabeza.

—Buenos días a vos también, Merlín—le contestó con el mismo gesto.

—¿Os encontráis bien? No tenéis buena cara.

—No os preocupéis. Estoy bien.

—Habéis madrugado mucho hoy.

—Sí. Hace bastante tiempo que no practicábamos un duelo y me apetecía comenzar temprano.

—Pues, cuando estéis preparada, comenzamos.

Durante todas estas semanas, Rowena había convencido, sin saber cómo, a Merlín de que comenzara a usar su varita. Ella, mientras tanto, usaba aún la que Ronan le regaló por su decimoquinto aniversario. Merlín cogió su varita y se puso en posición.

—¿Preparada?

—Cuando queráis.

Pero no estaba nada preparada. Nada más salir el hechizo de la varita del mago, ésta no pudo pensar en otra cosa que en el tarambana de Ronan.

«Rowena, me temo que os estáis obsesionando con algo que no va a llegar a ninguna parte. Dejadlo ahora antes de que sea demasiado tarde.»—escuchaba repetidas veces en su cabeza.

No podía sacárselo de la mente por más que quisiera. Tanto era así, que no se dio cuenta de que un hechizo se dirigía a la velocidad de un rayo hacia ella, impactándole en el hombro. Cayó desmayada por la fuerza del hechizo y estuvo a punto de golpearse la cabeza con una piedra cercana.

La cabeza le daba vueltas; la vista se le volvió borrosa y la voz de Merlín la escuchaba lejana. No le entendía, no le podía escuchar bien. Quiso decirle algo pero, de repente, todo se volvió oscuro.

Mientras tanto, Merlín se acercó corriendo hacia ella. Rasgó su túnica para taponarle la hemorragia que le estaba emanando de su hombro derecho y la cogió en brazos. La llevó hasta dentro de la casita, donde la dejó encima de su cama. La sangre no paraba de salir y Merlín se veía ciertamente nervioso por la situación. Procuró mantener la calma, pero aquella herida no paraba de sangrar y no le facilitaba el trabajo. Cogió todas las vendas que encontró y le desgarró el vestido para poder limpiarle bien la herida. De su mesa, cogió un par de tarros e hizo una mezcla verdosa que le echó, a continuación, en la herida. Ésta dejó de sangrar y pudo ponerle bien el vendaje. Cogió un frasco morado que le hizo beber. Rowena tosió tras ingerir aquello. Respiraba con dificultad a causa de ello. Abrió los ojos lentamente y pudo cerciorarse de que los ojos celestes de Merlín estaba apenas a unos pocos centímetros de los suyos.

—¡Rowena! Menos mal que estáis bien porque...—dijo, nervioso.

Pero antes de que pudiera continuar, Rowena sonrió y, espontáneamente, besó los labios de su maestro. Merlín cerró un instante los ojos y se dejó llevar por el momento. Era la primera vez en mucho tiempo que nadie tenía ese gesto con él. Acarició suavemente el rostro de la joven, profundizando el beso. Una nube de sensaciones le recorrió el cuerpo; jamás había sentido nada parecido, pero debía volver a la realidad. Abrió los ojos y la apartó de golpe.

—Lo siento, pero no puedo.

—Pero, ¿por qué? ¿Ocurre algo?

—Rowena, me halagáis con esto, pero espero que comprendáis que lo nuestro es imposible.

—Os equivocáis—le intentó convencer—. Vos y yo estamos hechos el uno para el otro, ¿es que no lo veis? Juntos, podríamos hacer grandes cosas, enseñar a otros magos y brujas lo y...

—No, Rowena, no es lo que piensas—la interrumpió.

—Pero, ¿por qué? No os entiendo. Parecía que sentíais lo mismo. Lo sentí.

La muchacha no iba mal encaminada, pero Merlín tenía motivos más que suficientes para tener que rechazarla.

—Rowena, vuestro destino no es estar conmigo, sino con otra persona. Alguien que siempre estuvo a vuestro lado.

—¿Con quién, si puede saberse?—la impaciencia de Rowena se le notaba demasiado—No quiero a otro que no seáis vos.

—Sé que haréis grandes cosas en el futuro. Seréis una gran bruja y enseñaréis vuestra sabiduría a todo el que quiera escucharos. Tenéis una mente brillante, la mejor que jamás haya conocido. Pero yo no entro en ese futuro. Mi trabajo con vos ha concluido.

Los oscuros ojos de Rowena se empañaron en lágrimas. Por primera vez en la vida, le habían roto el corazón y era lo más doloroso del mundo.

—¿Y nuestras clases? Aún faltaban algunas cosas por perfeccionar y...

—No, ya no hay mucho más que yo pueda enseñaros—contestó con una amplia sonrisa—. Ya estáis preparada para poder trabajar en todo lo que os propongáis. Y me siento muy orgulloso de vos por ello.

Le acarició el rostro despacio y le besó la frente.

—Será mejor que os lleve a casa. Allí podréis descansar mejor para reponeros antes.

—¿Pero os volveré a ver?

Merlín se quedó pensativo. No quería decirle que, efectivamente, tal vez esa fuese su suerte. Pero, antes de que se marchara la joven definitivamente, quiso obsequiarle con algo. Se levantó de la cama y se dirigió a un baúl que había junto a los pies de ésta. Sacó una cajita de madera y se la ofreció a la muchacha.

—Perteneció a mi difunta madre. Quiero que la tengáis vos.

Al abrirla, pudo encontrar una diadema de un águila de plata, decorado con brillantes y un enorme zafiro en medio de ésta.

—No puedo aceptarlo—dijo cerrando la cajita y devolviéndosela—. Es lo único que os queda de vuestra madre.

—Por eso mismo quiero que lo tengáis. Además—dijo pasándose los dedos por el pelo—, seguro que a vos os queda mucho mejor que a mí—ambos se echaron a reír.

La ayudó a ponerse en pie y no pudo evitar mirarla a los ojos.

—¿Estáis segura de que podréis ir sola hasta a casa?—se le notaba preocupado. Ella asintió, tristemente.

—¿Nos volveremos a ver?—volvió a preguntar.

—Quien sabe—se encogió de hombros—. Tal vez, algún día, el destino vuelva a reunirnos una vez más. Tal vez.

Y dicho esto, le dio un último beso en la frente y dejó que se marchara la única chica que realmente lo amó.


Nota de la autora: Bueno, este es el final que se me ocurrió. Por si no lo dejé muy claro, Rowena sí que fue correspondida, solo que Merlín no quiso porque ella ya está predestinada a estar con el que un día será su futuro marido. Y eso Merlín no podía transmitirselo. Lo único que podía hacer es dejarla ir y que fuese feliz con su verdadero y único amor.

Con respecto a lo de la diadema, siempre me pregunté cómo la pudo adquirir. Nunca dicen si la compró o si la heredó de alguien, así que me pareció un bonito recuerdo por parte de Merlín que fuese él quien se lo obsequiara.

En fin, espero que os haya gustado este relato tanto como yo escribiéndolo.

Un saludo muy grande.

~Miss Lefroy~