Paralelos
Capítulo III
Encuentro
Kido Tsubomi corría entre las sirvientas sin mirar atrás. Su corazón agitado casi se salía de su pequeño pecho por cada palpitar.
Tenía miedo, pero ¿de qué?
Él era un niño, tal como ella. Su rostro no era el de un monstruo de pesadillas ni de una quimera de alguna leyenda, al contrario, el misterioso chico rubio parecía tan o más asustado que ella misma en aquel momento.
Entonces, ¿por qué?
Ah, cierto.
Kido Tsubomi no temía de él, temía de ella misma. Su inseguridad le hacía creer que haría algo mal, que su sola presencia causaba desagrado y que ese niño no sería la excepción, no quería volverse una molestia en su vida como en la de todos; su hermana y padre… El tenerla cerca solo significaba mala fortuna, mala reputación.
¿Sería un gato negro?
— ¡Espera! —le gritó el chico pisándole los talones. La peli-verde cerró con fuerza sus ojos y tensó su mandíbula con frustración, necesitaba correr más rápido, pero…
Tenía que ser una señorita… ¡debía serlo! El correr no sería apropiado para una dama, sobretodo usando vestido o falda.
— ¡Aléjate de mí! —exclamó Kido considerando su desventaja.
— ¡¿Por qué?! —escuchó con más intensidad. Él se iba acercando peligrosamente.
— ¡Porque sí! —respondió molesta y al borde del llanto.
Los regaños de las mucamas no se hacían esperar, le ordenaban que detuviera su ritmo tanto a ella como al rubio. Ni caso les hicieron.
— ¡Detente!
— ¡No!
— ¡Por favor!
— ¡No!
— ¡Para!
— ¡Nunca!
Una lucha de palabras que no tendría un buen final… Kido Tsubomi lo tenía claro, pero por alguna razón estaba resultando divertido.
Kano Shuuya perseguía a esa pequeña niña de ropas tan elegantes. Su curiosidad ocasionaba que sus pies se movieran solos y también él ponía de su parte, pues su garganta la controlaba a la perfección.
Le gritó, ella contestó. Volvió a hablar y lo rechazó.
¡¿Por qué?!
Acaso… ¿inspiraba miedo?
Le intrigaba de tal forma esa actitud, esas palabras, esa mirada; todo de ella. Casi como un fantasma de dulce apariencia que lo deleitaba con su débil presencia.
Corrección, su presencia no era débil, ella quería que lo fuera.
— ¡Por favor! —gritó Kano mientras que la fija mirada de las mucamas se mantenía en él.
Al parecer todo lo de "no hagas desorden" que su madre le exigió se había ido muy, pero muy lejos.
— ¡Jamás! — le respondió ella.
Era gracioso, justo después de que le dijera lo último estaba a punto de alcanzarla, más gracioso fue cuando con desesperación chocó contra la puerta y rodó por el césped del inmenso jardín.
No fue gracioso cuando él chocó contra una mucama cargando ropa y rodó junto a la niña.
Kido Tsubomi sintió la caída sobre el suave césped recién regado, su blusa perfectamente ordenada se empezaba a volver verde y café, arrugando en cada vuelta que daba, y que decir sobre su falda, ésta ya estaba llena de colores distintos al rojo italiano que por lógica debía tener.
Se detuvo al fin aunque con un peso extra encima.
Era… ¿Un Brasier de su hermana? ¡Un Brasier de su hermana!
—Auch…—susurró casi adolorida la prenda interior, ella soltó un gritillo aterrado. A pesar de que la Kido comprendía perfectamente que estaba frente a lo más fantasioso y raro del mundo seguía viéndolo sin despegar los ojos, pues parecía estar mal.
—Señor, ¿está usted bien? —preguntó con cordialidad.
Escuchó su voz, tímida y ordenada, aunque eso no era lo importante en aquel momento.
Algo suave tocaba su rostro al contrario del doloroso agarre que mantenía con su cabello. Olía dulce y sofisticado, algo que le desagrado por ser, bueno, tan femenino. Alzó la mano para apretarlo un poco; Blando y con un poco de grosor, tenía dos formas medias esféricas de no gran tamaño…
Él se dio cuenta. Palideció al instante.
Era ese artefacto que las mujeres de gran edad utilizaban para que sus pechos de tamaños grandes, al contrario de los hombres (vale decir que algunos eran a excepción), fueran sostenidos y no hicieran ruidos tales como"¡Bomk bomk!" o "¡bonki bonki!" cuando ellas caminaran.
Lo soltó levemente para ver que aquella niña, debajo de él, lo observaba por la misma razón.
Él gritó y como acto consecutivo, ella también. Se lo quitó luego sin importarle que un mechón de su rubio cabello quedara aún enganchado en el broche, casi como si quemará lo lanzó tan lejos como su brazo lo permitió. Suspiró aliviado, casi como si una carga le saliera de encima.
Kano Shuuya escuchó algo dulce, una risa delicada y contenida; él también empezó a reír, con ganas, como nunca.
Sentados en el césped, todos mojados, sucios y maltrechos, pero con unas grandes sonrisas que no paraban que soltar carcajadas por aquella situación. Cada vez que uno dejaba de reír veía el aspecto del otro y volvían a cansar a sus pulmones de pequeños tamaños.
— ¿Cómo te llamas? —preguntó el rubio, sus ojos se clavaron en la chica.
La peliverde se cohibió en cierto modo, sus mejillas se tornaron de un tierno tono carmesí y evitó el verlo.
— ¿Te doy miedo? —volvió a intentarlo Kano, directo.
Efusiva, Kido, negó. El pecho del rubio subió y bajo con lentitud, era grato saber que ese no era el problema.
—Entonces…—en ese momento Kano se dedicó a pensar. Era la primera vez que hablaba con una niña más o menos de su edad y parecía tan vulnerable y diminuta que por un momento temió hablar.
Kano se calló al notar como su sudadera estaba semi-abierta mostrando su cuello marcado y moretones alrededor, aquellos que estaban con ese color tan oscuro y azulado que indicaba al instante que era reciente. Alcanzó su frente con su mano, apretó un poco para sentir dolor… Esa marca aún seguía también.
No, debía negarlo, ella no debía enterarse de eso. Lo más lógico que ella culpara a quien más cercana era de él, su querida madre, la que lo cuidaba y amaba, corregía y sonreía. Empezó a taparse, estirando la ropa con tanta fuerza que sus mismas uñas arañaron su piel y el cierre rozo con fuerza su cuello. Sudaba frio del solo pensar todas las posibilidades que existían ante el caso.
—Tsu…Tsubomi—susurró de pronto la peliverde rompiendo todo su estado. Esa voz lo sacó del trance. Kano Sonrió — Kido Tsubomi.
— ¡Es un lindo nombre! —exclamó Kano causando que la chica se sonrojara hasta las orejas— Un gusto, Tsubomi-chan.
Kano quedó encantado. No en el sentido romántico que las teleseries o películas mostraban en la televisión normalmente, si no en la esencia, en cada expresión que ella hacía. Una mezcla de emociones que ella mantenía ocultos y que temía sacar, escondía tanto y a la vez era tan transparente.
Él quería conocer más acerca de ella.
Kido Tsubomi se dejó llevar. A pesar de que no debía, lo hizo.
Le habló, pues de verdad quería hacerlo… ¿Estaba siendo egoísta? Quizás sí, pero quería serlo un poco más, deseaba sonreírle con fluidez y hablar sin temor. Ella existía, eso le daba la oportunidad de verlo, conocerlo, de tener aquella oportunidad que solo tenía con su hermana, él no era una ilusión ni su mirada mentía sobre la calidez de sus palabras… Esa agradable sensación no era mentira.
— ¿Cuál…es tu nombre? —se atrevió a preguntar. Se sintió terrible, estaba haciendo mal.
— ¡Oh, cierto! —exclamó el rubio golpeando su frente con torpeza— Soy Kano Shuuya.
— ¿Kano-san?
— ¡No es necesario que seas tan lejana!
— Shuuya…-kun—dijo nuevamente con vergüenza de su error anterior. Con ansiedad jugaba con un mechón de su cabello preparándose para decir las siguientes palabras. —, encantada.
Sonrió cerrando los ojos, ladeó un poco la cabeza y dio una pequeña reverencia.
—Ne, ¡Tsubomi-chan! —llamó Kano. Abrió los ojos y vio como le lanzaba a la cabeza el Brasier de su hermana a la cara, debido a la sorpresa cayó de espalda. — Oh no, Tsubomi-chan, ¿no te hiciste daño?
Le extendió la mano que no tardó en tomar y tirar para que el chico cayera también.
—Eh, ¿dónde quedo la tierna e inocente Tsubomi-chan?
Ella comprendió que él era distinto a todo lo que conocía.
Rieron y jugaron como nunca, fueron niños como debían serlo. Volvieron a tener lo que les faltaba tanto.
Actos espontáneos y juegos donde no importaba la opinión de los adultos ni la limpieza de sus ropas, lo único relevante era ser ellos mismos y disfrutar de ello.
Y así tuvieron su primer amigo, ese que no sabía nada del otro y que sonreía de todas formas. Fueron felices. Olvidaron esa tarde todas sus dudas, miedos, pesadillas, incertidumbres y sobre todo, todos esos impedimentos para ser lo que eran, pequeños e inexpertos en la vida que solo debían conocer más y más.
La hermana de Tsubomi Kido llegó molesta, sostuvo su prenda personal llena de lodo mientras agitaba sus manos con ira. Ambos niños corrieron por su vida, aquella travesura era graciosa, pero al parecer sería letal para ellos.
— ¡Kido Tsubomi y compañía, no se escondan! —exclamaba la fémina mayor— ¡Cuando los encuentre les juro que…!
Risas cómplices que continuarían al transcurso del tiempo…
Continuara…
Fin del capítulo III
