Plantamos a Grover en cuanto llegamos a la terminal de autobuses. Ya sé que fue muy grosero por nuestra parte, pero que conste que Percy me obligó. Decía que le estaba poniendo de los nervios, y con razón. Se había dedicado a mirarnos durante todo el camino como si estuviéramos muertos, y no paraba de refunfuñar: «¿Por qué siempre pasa lo mismo?» y «¿Por qué siempre tiene que ser en sexto?». Cuando Grover se disgustaba solía entrar en acción su vejiga, así que no me sorprendió que, al bajar del autobús, nos hiciera prometer que lo esperaríamos y fuese a la cola para el lavabo. En lugar de esperar, Percy recogió nuestras maletas y nos hizo tomar el primer taxi hacia el norte de la ciudad.
—Al East, calle Ciento cuatro con la Primera —le dijo al conductor.
Unas palabras sobre nuestra madre antes de que la conozcas. Se llama Sally Jackson y es la persona más buena del mundo, lo que demuestra la teoría de Percy de que los mejores son los que tienen peor suerte.
Sus padres murieron en un accidente aéreo cuando tenía cinco años, y la crió un tío que no se ocupaba demasiado de ella. Quería ser novelista, así que pasó todo el instituto trabajando y ahorrando dinero para ir a una universidad con buenos cursos de escritura creativa. Entonces su tío enfermó de cáncer, por lo que tuvo que dejar el instituto el último año para cuidarlo. Cuando murió, se quedó sin dinero, sin familia y sin bachillerato.
El único buen momento que pasó fue cuando conoció a nuestro padre. Percy y yo no conservamos recuerdos de él, yo sólo me acuerdo de una especie de calidez, quizá un leve rastro de su sonrisa. A mamá no le gusta hablar de él porque la pone triste. No tiene fotos.
Verás, no estaban casados. Mamá nos contó que era rico e importante, y que su relación era secreta. Un buen día, él embarcó hacia el Atlántico en algún viaje importante y jamás regresó. Se perdió en el mar, según mamá. No murió. Se perdió en el mar.
Ella trabajaba en empleos irregulares, asistía a clases nocturnas para conseguir su título de bachillerato y nos crió sola. Jamás se quejaba o se enfadaba, ni siquiera una vez, pese a que no éramos unos críos fáciles. Al final se casó con Gabe Ugliano, que fue majo los primeros treinta segundos que lo conocimos; después se mostró como el cretino de primera que era. Cuando éramos más pequeños, Percy le puso el mote de Gabe el Apestoso y le venía al dedillo. Lo siento, pero es verdad. El tipo olía a pizza de ajo enmohecida envuelta en pantalones de gimnasio. Entre los tres le hacíamos la vida a mamá más bien difícil. La manera en que Gabe el Apestoso la trataba, el modo en que nos llevábamos con él…
En fin, nuestra llegada a casa es un buen ejemplo.
Entramos en nuestro pequeño apartamento con la esperanza de que nuestra madre hubiera vuelto del trabajo. En cambio, nos encontramos en la sala a Gabe el Apestoso, jugando al póquer con sus amigotes. El televisor rugía con el canal de deportes ESPN. Había patatas fritas y latas de cerveza desperdigadas por toda la alfombra.
Sin levantar la mirada, él dijo desde el otro lado del puro:
—Conque ya estáis aquí, ¿eh, chavales?
—¿Dónde está nuestra madre? —pregunté.
—Trabajando —contestó—. ¿Tenéis suelto?
Eso fue todo. Nada de «Bienvenidos a casa. Me alegro de veros. ¿Qué tal os han ido estos últimos seis meses?».
Gabe había engordado. Parecía una morsa sin colmillos vestida con ropa de segunda mano. Tenía unos tres pelos en la cabeza, que se extendían por toda la calva, como si eso lo volviera más atractivo o vete tú a saber. De cualquier manera, no funcionaba. Trabajaba en el Electronics Mega-Mart de Queens, pero estaba en casa la mayor parte del tiempo. No sé por qué no lo echaban. Lo único que hacía era gastarse el sueldo en puros que nos hacían vomitar y en cerveza, por supuesto. Cerveza siempre. Cuando estábamos en casa, esperaba de nosotros que le proporcionáramos fondos para jugar. Lo llamaba nuestro «secreto de padre a hijos». Lo que significaba que, si se lo contábamos a mamá, nos molería a palos.
—No tenemos suelto —contestó Percy.
—Habéis venido en taxi desde la terminal de autobuses —dijo—. Probablemente habéis pagado con un billete de veinte y os habrán devuelto seis o siete pavos. Quien espera vivir bajo este techo debe asumir sus cargas. ¿Tengo razón, Eddie?
Eddie, el portero del edificio, nos miró con un destello de simpatía.
—Venga, Gabe —le dijo—. Los chicos acaban de llegar.
—¿Tengo razón o no? —repitió Gabe.
Eddie frunció el entrecejo y se refugió en su cuenco de galletas saladas. Los otros dos tipos se pedorrearon casi al unísono. Hice lo posible para mantenerme inexpresiva, cuando lo único que quería era vomitar
—¿Para qué te vamos a dar el dinero? —inquirió Percy—, ¿para que lo pierdas como siempre? Prefiero tirarlo por el retrete, sería más productivo.
Gabe agarró a Percy por el cuello de su camiseta y empezó a zarandearle. Sus amigos se habían enfrascado en sus cartas, ignorando el maltrato.
—¡Escúchame bien, mocoso...!
—¡No, no, no! —grité, interponiéndome entre ellos—. ¡Por favor, Gabe, yo tengo dinero, pero déjale!
Saqué del bolsillo algunos dólares. Nada más ver el dinero, Gabe soltó a Percy con brusquedad y me los arrebató. Sonrió asquerosamente.
—Aprende de tu hermana, chaval, ella sí que es razonable.
Dándole una última mirada de desprecio, Percy me agarró del antebrazo y me hizo caminar.
—Espero que realmente pierdas —murmuró por lo bajini.
—¡Ha llegado tu boletín de notas, cráneo privilegiado! —exclamó cuando le dimos la espalda—. ¡Yo no iría por ahí dándome tantos aires!
Cerró de un portazo nuestra habitación, que en realidad no era nuestra. Durante los meses escolares era el «estudio» de Gabe. Por supuesto, no había nada que estudiar allí dentro, aparte de viejas revistas de coches, pero le encantaba apelotonar nuestras cosas en el armario, dejar sus botas manchadas de barro en el alféizar y esforzarse porque el lugar apestara a su asquerosa colonia, sus puros y su cerveza rancia.
—No deberías haberle dado nada —gruñó Percy, dejando nuestras maletas en la cama que compartíamos.
—Da igual —dije, intentando que dejara el tema.
No funcionó.
—No, no da igual. —Sacudió la cabeza, enfadado—. Era tu dinero. No deberías haberle dado nada —protestó.
—Sólo es dinero, Percy.
—Tu dinero. —Me limité a encogerme de hombros. Percy suspiró y se sentó a mi lado, abrazándome de costado—. La próxima vez déjame lidiar a mí con Gabe, ¿vale? Tú eres demasiado pequeña, Lil.
Fruncí el ceño.
—¡Sólo tengo un año menos que tú!
—Pero sigues siendo más pequeña.
Resoplé mientras Percy reía entre dientes, pero no pude evitar sonreír. En esos momentos era cuando me daba cuenta de que Gabe, su suciedad y sus partidas de póquer no importaban. Lo único que importaba era aquel chico que estaba sentado a mi lado, animándome.
Miré a mi alrededor. Hogar, dulce hogar. El olor de Gabe era casi peor que las pesadillas sobre la señora Dodds o el sonido de las tijeras de la anciana frutera. Me estremecí sólo de pensarlo. Recordé la cara de pánico de Grover cuando nos hizo prometer que lo dejaríamos acompañarme a casa. Un súbito escalofrío me recorrió. Sentí como si alguien —algo— estuviera buscándonos en aquel preciso instante, quizá subiendo pesadamente por las escaleras, mientras le crecían unas garras largas y enormes.
Entonces oí la voz de mamá.
—¿Percy? ¿Lily?
Abrió la puerta y mis miedos se desvanecieron. Mamá es capaz de hacer que me sienta bien sólo con entrar en mi habitación. Sus ojos refulgen y cambian de color con la luz. Su sonrisa es tan cálida como una colcha tejida a mano. Tiene unas cuantas canas entre la larga melena castaña, más clara que la mía, pero nunca la he visto vieja. Cuando nos mira, es como si sólo viera las cosas buenas que tenemos, ninguna de las malas. Jamás la hemos oído levantar la voz o decir una palabra desagradable a nadie, ni siquiera a mí, a Percy o a Gabe.
—Oh, chicos. —Nos abrazó con fuerza—. No me lo puedo creer. ¡Cuánto habéis crecido desde Navidad!
Su uniforme rojo, blanco y azul de la pastelería Sweet on América olía a las mejores cosas del mundo: chocolate, regaliz y las demás cosas que vendía en la tienda de golosinas de la estación Grand Central. Nos había traído «muestras gratis», como siempre hacía cuando veníamos a casa.
Nos sentamos juntos en el borde de la cama. Mientras Percy atacaba las tiras de arándanos ácidos y yo devoraba los bombones de chocolate, nos pasó las manos por la cabeza y quiso saber todo lo que no le habíamos contado en nuestras cartas. No mencionó nuestra expulsión, no parecía importarle. Pero ¿estábamos bien? ¿Sus pequeños se las apañaba? Percy le dijo que no nos agobiara, que nos dejara respirar y todo eso, aunque sabía que se alegraba muchísimo de tenerla a su lado, como yo.
—Eh, Sally, ¿qué tal si nos preparas un buen pastel de carne? —vociferó Gabe desde la otra habitación.
Rechiné los dientes. Mamá es la mujer más agradable del mundo. Tendría que estar casada con un millonario, no con un capullo como Gabe. Por ella, intentamos sonar optimistas cuando le contamos nuestros últimos días en la academia Yancy.
Le dijimos que no estábamos demasiado afectados por la expulsión (esta vez casi habíamos durado un curso entero). Habíamos hecho nuevos amigos. Mis notas seguían siendo buenas. A Percy no le había ido mal en latín. Y, en serio, las peleas no habían sido tan terribles como aseguraba el director. Me gustaba la academia Yancy. De verdad.
En fin, lo pintamos tan bien que casi me convencí a mí misma. Se me hizo un nudo en la garganta al pensar en Grover y el señor Brunner. Ni siquiera Nancy Bobofit parecía tan mala. Hasta que Percy empezó a hablar de aquella excursión al museo…
—¿Qué? —le preguntó mamá. Nos azuzaba la conciencia con la mirada, intentando sonsacarnos—. ¿Os asustó algo?
—No, mamá —dije.
No me gustó mentir. Quería contárselo todo sobre la señora Dodds y las tres ancianas con el hilo, pero pensé que sonaría estúpido. Apretó los labios. Sabía que nos guardábamos algo, pero no nos presionó.
—Tengo una sorpresa para vosotros —dijo—. Nos vamos a la playa.
Pusimos unos ojos como platos.
—¿A Montauk?
Soné como una niña con una muñeca nueva.
—Tres noches, en la misma cabaña.
—¿Cuándo? —preguntó Percy, ansioso.
Sonrió y contestó:
—En cuanto me cambie.
En ese momento Gabe apareció por la puerta y masculló:
—¿Qué pasa con ese pastel, Sally? ¿Es que no me has oído?
Quise pegarle un puñetazo, pero Percy y yo cruzamos la mirada con mamá y comprendimos que nos ofrecía un trato: sed amables con Gabe un momentito. Sólo hasta que ella estuviera lista para marcharnos a Montauk. Después nos largaríamos de allí.
—Ya voy, cariño —le dijo a Gabe—. Estábamos hablando del viaje.
Gabe entrecerró los ojos.
—¿El viaje? ¿Quieres decir que lo decías en serio?
—Lo sabía —murmuró Percy—. No va a dejarnos ir.
—Claro que sí —repuso mamá sin alterarse. ¿Cómo lo hacía?—. Vuestro padrastro sólo está preocupado por el dinero. Eso es todo. Además —añadió—, Gabriel no va a tener que conformarse con un pastel normalito. Se lo haré de siete capas y prepararé mi salsa especial de guacamole y crema agria. Va a estar como un rajá.
Gabe se ablandó un poco.
—Así que el dinero para ese viaje vuestro… va a salir de tu presupuesto para ropa, ¿no?
—Sí, cariño —aseguró mamá.
—Y llevarás mi coche allí y lo traerás de vuelta, a ningún sitio más.
—Tendremos mucho cuidado.
Gabe se rascó la papada.
—A lo mejor si te esmeras con ese pastel de siete capas… Y a lo mejor si los críos se disculpan por interrumpir mi partida de póquer.
«A lo mejor si te pegamos una patada donde más duele y te dejamos una semana con voz de soprano», pensé. «O quizá debería dártela en toda la boca y así terminar con los pocos dientes que te quedan».
Pero los ojos de ella nos advirtieron que no lo cabreáramos. ¿Por qué soportaba a aquel tipejo? Tuve ganas de gritar. ¿Por qué le importaba lo que él pensara?
—Lo sentimos —murmuró mi hermano—. Sentimos de verdad haber interrumpido tu importantísima partida de póquer.
—Sí, en serio. —Le di la sonrisa más falsa del mundo—. Vuelve a ella inmediatamente. No desperdicies tu tiempo con nosotros.
Gabe entrecerró los ojos. Su minúsculo cerebro probablemente intentaba detectar el sarcasmo en nuestras declaraciones. Hasta un mono lo habría hecho.
—Bueno, lo que sea —resopló, y volvió a su partida.
Pero, evidentemente, un mono era más inteligente que Gabriel Ugliano.
—Gracias, chicos —nos dijo mamá—. En cuanto lleguemos a Montauk, seguiremos hablando de… lo que se os ha olvidado contarme, ¿vale?
Por un momento me pareció ver ansiedad en sus ojos, el mismo miedo que había visto en Grover durante el viaje en autobús, como si también nuestra madre sintiera un frío extraño en el aire. Pero entonces recuperó su sonrisa, y supuse que me había equivocado. Nos revolvió el pelo y fue a prepararle a Gabe su pastel especial.
Una hora más tarde estábamos listos para marcharnos. Gabe se tomó un descanso de su partida lo bastante largo para vernos cargar a Percy y a mí las bolsas de nuestra madre en el coche. No dejó de protestar y quejarse por perder a su cocinera, y lo más importante, su Camaro del 78 durante todo el fin de semana.
—No le hagáis ni un rasguño al coche, cráneos privilegiados —nos advirtió mientras cargaba la última bolsa—. Ni un rasguño pequeñito.
Como si fuéramos a conducir. Percy tenía doce años y yo once. Pero eso no le importaba al bueno de Gabe. Si una gaviota se cagara en la pintura, encontraría una forma de echarnos la culpa.
Al verlo regresar torpemente hacia el edificio, me enfadé tanto que hice algo que no sé explicar. Cuando Gabe llegó a la puerta, hice la señal que le había visto hacer a Grover en el autobús, una especie de gesto para alejar el mal: una mano con forma de garra hacia mi corazón y después un movimiento brusco hacia fuera, como para empujar. Percy me miró raro. Entonces el portal se cerró tan fuerte que le golpeó el trasero y lo envió volando por las escaleras como un hombre-bala. Puede que sólo fuera el viento, o algún accidente raro con las bisagras, pero no nos quedamos para averiguarlo. Subimos al Camaro y Percy le dijo a mamá que pisara a fondo.
Nuestro bungaló alquilado estaba en la orilla sur, en la punta de Long Island. Era una casita de tono pastel con cortinas descoloridas, medio hundida en las dunas. Siempre había arena en las sábanas y arañas por la habitación, y la mayoría del tiempo el mar estaba demasiado frío para bañarse. Nos encantaba. Íbamos allí desde que éramos niños. Mamá llevaba más tiempo yendo. Jamás nos lo dijo exactamente, pero sabíamos por qué aquella playa era especial para ella. Era el lugar donde había conocido a nuestro padre.
A medida que nos acercábamos a Montauk, nuestra madre pareció rejuvenecer, años de preocupación y trabajo desaparecieron de su rostro. Sus ojos se volvieron del color del mar.
Llegamos al atardecer, abrimos las ventanas y emprendimos nuestra rutina habitual de limpieza. Luego caminamos por la playa, les dimos palomitas de maíz azules a las gaviotas y comimos nuestras gominolas azules, caramelos masticables azules, y las demás muestras gratis que mamá había traído del trabajo.
Supongo que tengo que explicar lo de la comida azul. Verás, Gabe le dijo una vez a mamá que no existía tal cosa. Tuvieron una pelea, que en su momento pareció una tontería, pero desde entonces mamá se volvió loca por comer azul. Preparaba tartas de cumpleaños y batidos de arándanos azules. Compraba nachos de maíz azul y traía a casa caramelos azules. Esto —junto con su decisión de mantener su nombre de soltera, Jackson, en lugar de hacerse llamar señora Ugliano— era prueba de que no estaba totalmente abducida por Gabe. Tenía una veta rebelde, como nosotros.
Cuando anocheció, hicimos una hoguera. Asamos salchichas y malvaviscos. Mamá nos contó historias de su niñez, antes de que sus padres murieran en un accidente aéreo. Nos habló de los libros que quería escribir algún día, cuando tuviera suficiente dinero para dejar la tienda de golosinas.
Al final, reuní valor para preguntarle lo que me rondaba por la mente desde que llegamos a Montauk: nuestro padre.
Percy se irguió enseguida, completamente interesado. A ella se le empañaron los ojos. Supuse que nos contaría las mismas cosas de siempre, pero nunca nos cansábamos de oírlas. A mamá no le gustaba hablar de nuestro, pero yo sabía que aún le amaba. Sólo había que oírla hablar de él.
—Era amable, Lily —dijo—. Alto, guapo y fuerte. Pero también gentil. Los dos tenéis sus ojos verdes, ya lo sabéis, y Percy tiene su pelo negro. —Mamá pescó una gominola azul de la bolsa de las golosinas—. Ojalá él pudiera veros, chicos. ¡Qué orgulloso estaría!
Me pregunté cómo podía decir eso. ¿Qué tenía yo de fantástica? Era una cría hiperactiva y disléxica, expulsada de la escuela por sexta vez en seis años y con un boletín lleno de aprobados raspados.
—¿Cuántos años teníamos? —le preguntó Percy—. Quiero decir… cuando se marchó.
Observó las llamas.
—Sólo estuvo conmigo dos veranos, Percy. Justo aquí, en esta playa. En esta cabaña.
—Pero nos conoció de bebés, ¿no? —dije.
—No, cariño. Llegó a ver a Percy en una ocasión y sabía que yo estaba esperando otro bebé, pero nunca te vio. Tuvo que marcharse antes de que nacieras.
Intenté conciliar aquello con el hecho de que yo creía recordar algo de mi padre. Un resplandor cálido. Una sonrisa. Siempre di por supuesto que él me había conocido al nacer. Mamá nunca lo había dicho directamente, pero aun así me parecía lógico. Y ahora me enteraba de que él nunca me había visto… Me enfadé con mi padre. Puede que fuera una estupidez, pero le eché en cara que se marchara en aquel viaje por mar y no tuviera agallas para casarse con mamá. Nos había abandonado, y ahora estábamos atrapados con Gabe el Apestoso.
—¿Vas a enviarnos fuera de nuevo? —pregunté—. ¿A otro internado?
Sacó un malvavisco de la hoguera.
—No lo sé, cariño —dijo con tono serio—. Creo… creo que tendremos que hacer algo.
—¿Por qué no nos quieres cerca? —preguntó mi hermano.
Le lancé una mirada envenenada, pero Percy pareció arrepentirse al instante de pronunciar esas palabras. Los ojos de nuestra madre se humedecieron. Nos agarró las manos y las apretó con fuerza.
—Oh, chicos, no. Yo… tengo que hacerlo, queridos. Por vuestro propio bien. Tengo que enviaros lejos.
Sus palabras me recordaron lo que el señor Brunner nos había dicho: que era mejor para nosotros abandonar Yancy.
—Porque no somos normales —respondí.
—Lo dices como si fuera algo malo, Lily. Pero ignoráis lo importante que sois. Creí que la academia Yancy estaría lo bastante lejos, pensé que allí estaríais por fin a salvo.
—¿A salvo de qué? —preguntó Percy.
Cruzamos miradas entre los tres y me asaltó una oleada de recuerdos: todas las cosas raras y pavorosas que nos habían pasado en la vida a los dos, algunas de las cuales había intentado olvidar.
Cuando estaba en tercer curso, un hombre vestido con una gabardina negra me persiguió por un patio. Los maestros lo amenazaron con llamar a la policía y él se marchó gruñendo, pero sólo Percy me creyó cuando le dije que bajo el sombrero de ala ancha el hombre sólo tenía un ojo, en medio de la frente.
Antes de eso: un recuerdo muy, muy temprano. Estábamos en preescolar y una profesora puso a Percy a hacer la siesta por error en una cuna en la que se había colado una culebra. Mamá gritó cuando vino a recogernos y se encontró a mi hermano jugando con una cuerda mustia y con escamas, que de algún modo había conseguido estrangular con sus regordetas manitas.
En todas las escuelas nos había ocurrido algo que ponía los pelos de punta, algo peligroso, y eso nos había obligado a trasladarnos. Sabía que debía contarle a mamá lo de las ancianas del puesto de frutas y lo de la señora Dodds en el museo, nuestra extraña alucinación de haber convertido en polvo a la profesora de mates con dos espadas. Pero no me atreví. Tenía la extraña intuición de que aquellas historias pondrían fin a nuestra excursión a Montauk, y no quería que eso ocurriera.
—He intentado teneros tan cerca de mí como he podido —dijo mamá—. Me advirtieron que era un error. Pero sólo hay otra opción, chicos: el lugar al que quería enviaros vuestro padre. Y yo… simplemente no soporto la idea.
—¿Nuestro padre quería que fuéramos a una escuela especial? —pregunté.
—No es una escuela. Es un campamento de verano.
La cabeza me daba vueltas. ¿Por qué nuestro padre, que ni siquiera se había quedado para verme nacer, le había hablado a mamá de un campamento de verano? Y si era tan importante, ¿por qué ella no lo había mencionado antes?
—Lo siento, chicos —dijo al ver nuestras miradas—. Pero no puedo hablar de ello. Yo… no pude enviaros a ese lugar. Quizá habría supuesto deciros adiós para siempre.
—¿Para siempre? —Percy frunció el ceño—. Pero si sólo es un campamento de verano…
Se volvió hacia la hoguera, y por su expresión supe que si le hacíamos más preguntas se echaría a llorar, así que le hice un gesto a Percy que entendió enseguida.
Esa noche tuve un sueño muy real. Yo estaba junto a Percy. Había tormenta en la playa, y dos animales preciosos —un caballo blanco y un águila dorada— intentaban matarse mutuamente entre las olas de la orilla. El águila se abalanzaba y rasgaba con sus espolones el hocico del caballo. El caballo se volvía y coceaba las alas del águila. Mientras peleaban, la tierra tembló y una voz monstruosa estalló en carcajadas desde algún lugar subterráneo, incitando a las bestias a pelear con mayor fiereza.
Corrimos hacia la orilla, sabía que teníamos que evitar que se mataran, pero avanzábamos a cámara lenta. Sabía que llegaría tarde. Vi al águila lanzarse en picado, dispuesta a sacarle los espantados ojos al caballo, y grité «¡No!».
Me desperté sobresaltada, a la par que Percy. Fuera había estallado realmente una tormenta, la clase de tormenta quede arriba árboles y casas. No había ningún caballo o águila en la playa, sólo relámpagos que iluminaban todo con fogonazos de luz, y olas de siete metros batiendo contra las dunas como artillería pesada.
Al siguiente trueno, mamá también se despertó. Se incorporó con los ojos muy abiertos y dijo:
—Un huracán.
Eso era absurdo. Los huracanes nunca llegan a Long Island al principio del verano. Pero al océano parecía habérsele olvidado. Por encima del rugido del viento, oí un aullido distante, un sonido enfurecido y torturado que me puso los pelos de punta. Después un ruido mucho más cercano, como mazazos en la arena. Y una voz desesperada: alguien gritaba y aporreaba nuestra puerta. Mamá saltó de su cama en camisón y abrió el pestillo. Grover apareció enmarcado en el umbral contra el aguacero.
—He pasado toda la noche buscándoos —jadeó—. ¿En qué estabais pensando cuando os largasteis sin mí?
—¡Fue idea de Percy! —me apresuré a decir, señalándole con mi dedo índice.
—¡Traidora! —me gruñó.
Fue entonces me fijé bien en Grover. Pero no era… no era exactamente Grover.
Mamá nos miró asustada, no por Grover, sino por el motivo que lo había traído.
—¡Chicos! —gritó para hacerse oír con la lluvia—, ¿qué pasó en la escuela? ¿Qué no me habéis contado?
Nosotros estábamos paralizados mirando a Grover. No podía creer lo que estaba viendo.
—O Zeu kai alloi theoi! —exclamó Grover—. ¡Me viene pisando los talones! ¿Aún no le habéis contado nada a vuestra madre?
Estaba demasiado aturdida para registrar que él acababa de maldecir en griego antiguo… y que yo lo había entendido perfectamente. Estaba demasiado aturdida para preguntarme cómo había llegado allí él solo, en medio de la noche. Porque además Grover no llevaba los pantalones puestos, y donde debían estar sus piernas… donde debían estar sus piernas…
Mamá nos miró con seriedad y nos habló con un tono que nunca había empleado antes:
—Percy. Lily. ¡Contádmelo ya!
Percy tartamudeó algo sobre las ancianas del puesto de frutas y sobre la señora Dodds, y mamá se quedó mirándonos con una palidez mortal a la luz de los relámpagos. Por fin agarró su bolso, nos lanzó los impermeables y exclamó:
—¡Meteos en el coche! ¡Los tres! ¡Venga!
Grover echó a correr hacia el Camaro, pero en realidad no corría, no exactamente. Trotaba, sacudía sus peludos cuartos traseros, y de repente su historia sobre una dolencia muscular en las piernas cobró sentido. Comprendí cómo podía avanzar tan rápido y aun así cojear cuando caminaba. Sí, lo comprendí porque allí donde debían estar sus pies, no había pies.
Había pezuñas.
Era imposible, pero mi mejor amigo tenía patas de asno.
