Prompt: Dinnertime
Word Count: 10.061
Summary: Imelda y Héctor probablemente tuvieran una idea más clara de lo que pretendían hacer de ahora en adelante, pero eso no significaba que el resto de la familia fuese partícipe de sus planes. Y, de entre ellos, la que se sentía más perdida con la nueva situación era Victoria. Porque no solo no conocía a su abuelo; es que también empezaba a no reconocer a su abuela.


Alma mía

Cuando Héctor se instaló con los Rivera, Victoria comprendió rápidamente que ella era quien se encontraba en mayor desventaja ante la nueva situación. No porque le inspirase ningún tipo de animadversión (en realidad, se sorprendió de lo fácil que era tenerlo cerca e interactuar con él), sino porque pertenecían a mundos tan distintos que la brecha que los separaba parecía difícil de salvar.

Para empezar, no solo no lo conocía a él, sino que tampoco estaba familiarizada con la música. Y Héctor llevaba la música enraizada en los huesos, no se podía pensar en uno sin pensar en la otra. Mientras que Óscar y Felipe habían crecido junto a su cuñado y sabían de él casi tanto como Imelda, Julio y Rosita habían nacido en otra familia y tenido oportunidad de disfrutar de la música antes de incorporarse a los Rivera. Eso sin contar la secreta ventaja que tenía Julio, por haber conocido a Héctor a través del amor que Coco le profesaba. De una forma u otra, todos tenían medios para conectar con él. Pero ella era la primera difunta Rivera que pertenecía a la "nueva generación". La que se había criado bajo la prohibición y para la que la oscura figura de su abuelo era un completo tabú. Darle la vuelta a lo que había conformado su existencia desde que nació, por muy buenas que fueran sus intenciones y su disposición, no iba a ser tarea fácil.

Victoria odiaba que se le escapase el significado de algo que para otros parecía obvio, pero había muchas cosas que le resultaban incomprensibles. La misma mañana posterior al Día de Muertos, mientras preparaban una habitación para Héctor, les comentó a sus tíos que jamás habría imaginado que Imelda cediera tan rápido después de tanto tiempo. Ellos intercambiaron una mirada y luego le devolvieron expresiones sorprendidas.

—¿En serio?

—¿Después de haber interpretado juntos?

—Ahora no la verás quitarle los ojos de encima.

—Y más sabiendo por fin lo que sucedió en realidad.

Ella se volvió hacia Rosita en busca de apoyo, pero esta se limitó a encogerse de hombros, sonriendo.

—Me pareció evidente también, m'ija —confesó—. Mamá Imelda solo necesitaba romper esa barrera. Si se mantuvo firme tanto tiempo fue porque pensó que él no se merecía otra oportunidad. Pero ahora…

Y, sin saber cómo ni por qué, Victoria se encontró a sí misma plantada allí, mientras los otros tres intentaban explicarle la trascendencia de que Imelda hubiese cantado acompañada por Héctor, cómo ese simple hecho suponía un punto de inflexión para ambos, el tipo de comunicación que habían compartido y varias cosas más que le sonaron a chino y la hicieron sentir bastante estúpida. Desde su perspectiva, aunque el número de su abuela había sido una preciosidad, no era más que eso: una canción. No era posible que ese breve instante pesara más en la balanza que los cien años que había pasado odiando la música, ¿no? Era incoherente. Pero según sus tíos y su tía, cantar había reventado la presa que Imelda había levantado para reprimir sus sentimientos, y ahora todo volvía a fluir. A trompicones, inestable y revuelto, pero fluía. El primer paso para la reconciliación estaba dado.

—Y se reconciliarán —aseguró Rosita, dirigiendo una sonrisilla a los gemelos—. Aún están locos el uno por el otro.

—Imelda es terca, pero no es inconsciente.

—Solo necesitaba una buena excusa para perdonarlo.

—No que la muerte por intoxicación no fuera una buena excusa ya de por sí…

—Pero morir asesinado es una excusa mejor.

—No mejor de mejor, claro, solo más… ¿determinante?

—Lo mejor habría sido que Ernesto no matara a nadie.

—O que se matara a sí mismo y nos dejase en paz.

—Eso habría sido lo mejor de lo mejor, sí.

Victoria alzó una ceja, pero prefirió no insistir. No tenía ganas de que empezaran de nuevo a explicarle el significado del universo.

Sin embargo, aquella charla la dejó pensativa y preocupada. Una cosa era aprender a adaptarse a Héctor, y otra cosa era tener que redescubrir a su familia bajo la nueva luz que él trajera a la casa. ¿Iba su influencia a cambiarlos a todos, sacando a la superficie facetas de sus seres queridos que ella no sabía ni que existían? Demasiadas variables; y la perspectiva se volvía aún más inquietante si tenía en cuenta que la primera a la que había afectado era la mismísima Imelda. Para Victoria, su abuela siempre había sido el ancla del hogar. No importaba lo mucho que pudieran cambiar o evolucionar los demás, Imelda era el suelo firme que los sustentaba, férrea e inmutable. La presencia que les daba seguridad a todos, porque siempre había estado ahí y siempre había sido así.

Pensar que ahora pudiera convertirse en una persona diferente o, peor, darse cuenta de que en el fondo nunca la había conocido de verdad era… extraño.

Sus temores se confirmaron esa misma tarde, después de haber recibido a Héctor formalmente en casa. Se suponía que él iba a retirarse a descansar a solas, pero cuando Victoria se asomó a la cocina a la hora de la cena, buscando a su abuela, no la encontró por ninguna parte. Tuvo que subir al piso de arriba y, de camino a su cuarto, se quedó parada ante la puerta abierta del despacho. Allí estaba Imelda, sentada en una silla junto al sofá en el que dormía Héctor, como velando su sueño.

—¿Mamá…? —musitó, tentativa. Ella alzó la vista y le dedicó un movimiento de cabeza, instándola a acercarse—. ¿Sucede algo?

—No —respondió Imelda, también en un susurro, y volvió a centrar su atención en él.

Al llegar a su lado, Victoria se dio cuenta de que tenía en el regazo la mano de Héctor. La aferraba con una de las suyas, como si estuviesen enzarzados en un pulso, y la cubría con la otra, envolviéndola en un gesto protector. No pudo evitar alzar las cejas.

—¿Se encuentra mal?

—No. Es solo… —Imelda se interrumpió, frunciendo la boca—. No podía dormir. Tiene miedo.

Victoria examinó el rostro de Héctor, que al menos en ese momento estaba indudablemente dormido. Se notaba cierta tensión en su entrecejo, pero por lo demás parecía en calma, con la boca entreabierta y la respiración profunda y rítmica. Un leve espasmo contrajo su mano, e Imelda la sujetó un poco más fuerte. De hecho, fue en la expresión de esta donde Victoria encontró auténtico estrés.

—¿"Tiene"? —dejó escapar con suspicacia, antes de poder reprimirse.

Imelda cerró los ojos y soltó un suspiro de agotamiento. Luego la encaró con esa mirada que le lanzaba siempre que consideraba que se estaba haciendo la lista.

Tenemos —admitió—. Tenemos miedo. Los dos.

—No creo que… —Victoria calló; estaban hablando del miedo a no despertar, y eso no se podía tratar a la ligera. Optó por un tono más suave—. Mamá Imelda, no creo que vaya a suceder nada. Todo parece estar bien. Tú también deberías descansar y…

—Pueden cenar sin mí —atajó Imelda—. Me quedaré aquí el tiempo que haga falta para que este idiota pueda descansar. Dios sabe que lo necesita.

—Pero…

—Casi lo mato, Victoria.

La rotundidad de aquella respuesta la dejó boquiabierta.

—¡Mamá Imelda! —jadeó—. Eso no es así, ¿cómo…?

—Casi lo mato —reiteró Imelda, implacable, con el mismo tono que si estuviese señalando un hecho irrefutable. Sin excusarse, sin evadirse, solo aceptándolo sin más—. Héctor fue un estúpido, y yo también lo fui. Aquí nos trajo ese cúmulo de estupideces. —Su gesto se endureció al apretar los dientes—. Y aquí voy a quedarme hasta que esté segura de que no es demasiado tarde.

Victoria se quedó mirándola, muda por la impresión. Después de toda una vida de amargura, sintiéndose víctima de una traición imperdonable, escucharla asumir su propia culpa era…

Ahora no la verás quitarle los ojos de encima.

Un par de segundos después abandonó el despacho, con un nudo en la garganta y la mayor sensación de incertidumbre que había experimentado jamás, viendo que aquel suelo firme comenzaba a desquebrajarse.


Héctor pasó varios días limitándose a dormir. Estaba durmiendo casi todo el tiempo, y casi todo el tiempo Imelda permanecía sentada a su lado, ciñéndose a unas escasas dos o tres horas de sueño por las noches. Julio comentó que su suegro necesitaba descansar el agotamiento acumulado durante un siglo, y aquello debía acercarse bastante a la verdad. El propio Héctor les confirmó que llevaba muchos años manteniéndose en vela. Victoria lo encontró lógico: morir durante el sueño en la Tierra de los Vivos era de lo más apetecible, pero que la muerte final te sorprendiera en mitad de una cabezadita sonaba mucho peor. Una auténtica pesadilla, sobre todo si lo que te mantenía en pie era la presión por los asuntos pendientes de resolver.

Hacia el final de la primera semana, era más fácil encontrarlo despierto. Victoria los vio más de una vez en el despacho, Imelda enrocada en su silla y Héctor recostado en el sofá como un convaleciente, compartiendo una bebida caliente y hablando en voz baja. Durante la segunda semana, podías encontrarlo de vez en cuando sentado en la cocina, vistiendo aún ese ridículo camisón, mientras Imelda trajinaba a su alrededor. Y, a finales de la primera quincena de convivencia, Victoria lo sorprendió una tarde sentado en el banco del jardín, tomando el sol con los ojos cerrados y cara de profundo bienestar.

—Está ensayando su papel de abuelo —comentó Imelda desde el taller, por encima del traqueteo de la máquina de coser.

Su resignación no conseguía ocultar del todo el tono de broma. Héctor reprimió la risa y abrió un ojo para mirar a su nieta con simpatía.

—¿Qué tal lo hago? —susurró.

Antes de darse cuenta, Victoria se encontró esbozando una media sonrisa.

—Perfecto. Estás hecho todo un anciano.

Esa misma noche, Héctor se unió a ellos en la cocina a la hora de la cena, algo tímido aún, pero resuelto. La primera cena familiar propiamente dicha, con todos juntos, que marcaba el final del periodo de recuperación. O quizá el inicio de una nueva rutina.

Sin embargo, era difícil no sentir que estaban flotando en una especie de limbo. Un estado de espera continuo, aguardando a ver si sucedía algo o no, sin saber muy bien qué paso dar a continuación. Estaban viviendo al día, algo que Victoria jamás habría creído posible bajo el techo de Imelda Rivera. Su abuela era metódica y ordenada, poco dada a la improvisación. Cuadriculada, incluso. Aunque nadie más parecía preocupado, ella no podía evitar inquietarse ante aquella indefinición tan antinatural. Resultaba desequilibrante. Hacía un mes, tenían prohibido incluso pronunciar el nombre del hombre que había sido su marido, ¿nadie iba a hablar ahora del giro de ciento ochenta grados que había tomado el asunto? ¿Era eso correcto?

Ninguno de ellos había cuestionado jamás a Imelda. No habían cuestionado su dolor ni sus decisiones, ni se habían atrevido a pensar que pudiera estar extralimitándose. Ella siempre sabía qué hacer, siempre tenía respuestas para cualquier situación, y era muy difícil no pensar que fuese la autoridad máxima de todas las cosas. Pero Héctor, a pesar de ser un encanto (o quizá precisamente por eso), lo había puesto todo del revés con su mera presencia. Sin abrir la boca, conseguía que Imelda se cuestionase a sí misma. Con una mirada, conseguía que se mostrase más flexible y menos totalitaria. Victoria apenas podía creer el efecto que ejercía sin esforzarse siquiera, casi de forma inconsciente; y comenzaba a comprender que la historia que tantas veces había escuchado y que tan bien conocía era una versión distorsionada de la realidad. De verdad no sabía nada de su abuelo, pero tampoco de la relación que había compartido con Imelda.

Siempre se había considerado una mujer práctica y directa, acostumbrada a abordar los retos de frente. Detestaba los rodeos y las divagaciones, algo en lo que sus tíos y su tía se enredaban con demasiada frecuencia. Victoria prefería centrarse en los hechos: si quería saber algo, lo preguntaba; si algo le rondaba la cabeza, lo decía. Pero sabía que el tema de Héctor no se podría manejar de esa manera. No podía preguntar nada, porque pedir explicaciones sería demasiado invasivo. Sus abuelos (ambos) necesitaban espacio, eso lo tenía claro. De modo que ¿qué opción le quedaba? ¿Esperar y observar?

Era lo lógico; todo periodo de cambios conllevaba inestabilidad. Pero la idea le resultaba tan frustrante como engancharse a una de esas novelas por entregas que publicaban semanalmente en el periódico, sin poder acelerar la lectura porque el final aún no había sido escrito.

Una mañana, después de desayunar, cuando los gemelos ya se habían marchado al taller y los demás terminaban sus tazas de café, Imelda se plantó ante Héctor y le devolvió la ropa remendada.

—Toma, vístete.

Él alzó las cejas, pero obedeció de inmediato, sin molestarse en retirarse a otro lugar. Se puso los pantalones por debajo de los faldones y se levantó cuando Imelda tiró del camisón para ayudarle a sacárselo por la cabeza. Victoria se apresuró a apartar la vista con recato, pero compuso una mueca de fastidio al ver que su padre y su tía seguían mirando fijamente a los otros dos.

Tsk, tengo que conseguirte un cinturón en condiciones…

—No te preocupes, así está bien.

—Es una maldita cuerda, Héctor, vas hecho un desastre.

—¡Ey, ya no! Hiciste milagros con esto, ¡las dos perneras están a la misma altura!

Imelda resopló, abrochándole los tirantes al tiempo que él terminaba de anudarse la cintura del pantalón.

—¿Aún igual? —inquirió ella entonces, como retomando otra conversación que hubiesen dejado a medias antes.

—No, no, solo… Más o menos.

—¿Y la pierna?

—Mejor.

—Mmfm. —Imelda le tendió el chaleco en el que había quedado convertida su chaqueta azul y lo sostuvo mientras él pasaba los brazos por las sisas, alisándole después las solapas con aire reflexivo.

—¡Qué guapo, Héctor! —dejó escapar Rosita, risueña.

—Cierto —asintió Julio con una sonrisa—. Tienes mucho mejor aspecto.

Él se rio en un murmullo y les dirigió una cálida mirada.

—Gracias, gracias…

—Te vas a anquilosar si no empiezas a moverte un poco —continuó Imelda, anudándole el pañuelo rojo al cuello—. Salgamos a dar un paseo, ¿sí?

Héctor bajó la vista hacia ella y, por primera vez en muchos días, volvió a parecer tan inseguro como cuando se reunieron la noche del Día de Muertos, tras el incidente del cenote.

—No… no quisiera mantenerte más tiempo lejos del taller, ya me acompañaste sufi…

—Llevo cien años en el taller.

Se hizo un silencio extraño en la cocina, mientras ambos se sostenían la mirada seriamente. Victoria no se dio cuenta de que estaba conteniendo la respiración hasta que vio a Héctor asentir con la cabeza. Y, cuando Imelda le devolvió el gesto, fue como si acabaran de intercambiar un discurso sin necesidad de decir ni una palabra.

—Hay un mirador cerca de aquí, a unas pocas cuadras. ¿Crees que podrás llegar o prefieres que solo demos vueltas por el barrio?

—Podemos intentarlo. Si vamos despacio…

—Pepita puede traernos a casa si te quedas sin fuerzas a mitad de camino.

El rostro de Héctor se suavizó con una leve sonrisa.

—¿Podré sentarme en su lomo esta vez?

—Eso depende de cómo te comportes. —Imelda se mantuvo seria, pero sus ojos no eran distantes—. O de lo mal que estés.

En apenas un minuto, terminaron de prepararse, se despidieron y se marcharon. Cuando les llegó el ruido de la puerta principal al cerrarse, Julio dejó escapar el aire y le dio un sorbo a su café.

—Y allá van.

Victoria le dirigió una mirada interrogante.

—Lo está sacando de casa para poder hablar —explicó Julio, esta vez con un matiz algo más triste en la sonrisa, como preocupado—. Esto era solo una tregua, lo importante viene ahora. Y Mamá Imelda siempre tuvo una política muy estricta contra "pelear delante de los niños". Es lo mismo que hacía siempre con Coco cuando discutían: salir a pasear para que ustedes dos no se enterasen.

—¿Mamá discutía con abuelita? —Victoria volvió a quedarse boquiabierta, a lo que su padre respondió con una sincera carcajada.

—¡Ay, m'ija! ¡Pues claro que sí! ¿Acaso no discutiste tú nunca con tu mamá? ¿O con Elena? —Julio sacudió la cabeza—. Discutir no es malo de por sí ni significa que no quieras a la otra persona. A veces es hasta necesario. Mejor fuera que dentro, ¿no?

—Y ellos tienen mucho dentro que sacar —suspiró Rosita.

Ninguno se llegó a enterar de qué hablaron Imelda y Héctor exactamente durante aquellos paseos, pero sus salidas se convirtieron en una constante a lo largo de la segunda quincena de noviembre. A veces solo estaban fuera un rato, pero otras veces tardaban horas en regresar. Los primeros días volvían a casa con expresiones taciturnas, señal evidente de que la conversación no había sido fácil, y entonces se instalaban en lugares distintos, dándose espacio el uno al otro. Imelda regresaba al taller, donde empezó a fabricar unos zapatos cuyo destinatario nadie preguntó, pero todos conocían. Héctor solía quedarse en el jardín, fundiéndose en el silencio y la tranquilidad. Ninguno hablaba, aunque el flujo de sus pensamientos era tan intenso que resultaba casi tangible. Tenían demasiado que asimilar y digerir, como había dicho Rosita.

Pero, poco a poco, tanto sus gestos como sus poses se fueron relajando. La seriedad de Imelda comenzó a diluirse y la cautela de Héctor, también. Hasta el punto de que Victoria llegó a preguntarse si de verdad salían para hablar de asuntos delicados o solo querían pasar tiempo a solas para acostumbrarse de nuevo a la compañía mutua. Desde el primer momento había sido muy difícil verlos separados, siempre cerca el uno del otro y reacios a perderse de vista, como si de verdad temieran que el otro se desintegrase en cuanto le dieran la espalda. Pero ahora había algo diferente en su actitud; menos desesperación y más comodidad. Parecían satélites orbitando en torno a un mismo punto, readaptándose a su estado natural.

Por eso, la tarde de finales de mes en que Imelda regresó sola del paseo fue una auténtica sorpresa.

—¿Y Héctor? —preguntó Julio.

—En los suburbios. —Todos se envararon ante la respuesta, compartiendo miradas alarmadas, pero Imelda no dio tiempo a nadie a replicar—. Óscar, Felipe, acompáñenme a ver al señor Márquez.

—¿El carpintero? —Felipe frunció el ceño, mientras ambos se levantaban.

—¿Por qué?

—Encargamos una cama hace unos días y ya está lista, tenemos que recogerla. No podemos seguir teniendo a Héctor durmiendo en el sofá, ni siquiera cabe en él. Y quiero el sofá de vuelta en su sitio de una vez.

La familia entera suspiró a la vez, aliviada. Todos menos Imelda, que se limitó a lanzar una mirada al techo y agitar una mano con desdén, dando instrucciones a los demás para que fueran recolocando los muebles.

—A ver si podemos dejar todo listo antes de que vuelva ese idiota.

El "idiota" en cuestión regresó poco antes de la cena, cuando el despacho ya había quedado convertido oficialmente en su dormitorio y todos estaban reuniéndose en la cocina, con la mesa a medio poner. Entró en casa con un alegre "¡Hola, familia!", casi arrancándose el sombrero, y se rio sin ningún reparo cuando Imelda salió a su encuentro con las manos en las caderas, regañándolo por haber tardado tanto.

—Tranquila, tranquila. Tuve que hacer una paradita. —Y le mostró un paquete envuelto en papel de pastelería.

—¿Oh? ¿Y de dónde sacaste eso?

—Bueeeno, conozco a alguien que me debía un favor —entonó Héctor, y se rio otra vez cuando Imelda entornó los ojos con recelo—. ¡No me mires así, es cierto! Más o menos. Qué importa, hoy es un día para celebrar. —Con una extravagante floritura de la mano libre, abrió el paquete y lo dejó caer en el centro de la mesa—. ¡Tadaa! ¡Alegrías para todos!

Julio recibió los dulces con una exclamación de aprobación, Rosita aplaudió con entusiasmo y los gemelos se apresuraron a coger una cada uno, mirándose con sonrisillas elocuentes.

—Alegrías, ¿ah?

—Qué apropiado.

—Qué puedo decir —bromeó Héctor, con los brazos en jarras—. Me gustan las metáforas.

—Ya siéntate, don Metáforas —atajó Imelda, agarrándolo por los hombros y empujándolo hasta una silla—. Cenemos de una maldita vez.

Pero su tono no era duro de verdad, sino más bien divertido, como si estuviera reprimiendo una sonrisa. Héctor giró el rostro hacia ella con expresión radiante, rozando con su mano una de las de Imelda, antes de que esta volviera a retirarlas. Pero Victoria captó la mirada que compartieron en ese breve instante y comprendió que la elección del postre estaba más que justificada.

En aquella cena ya no hubo timidez. Héctor desplegó sin vergüenza alguna su carisma y su sentido del humor, con la comodidad que da el sentirse aceptado y bienvenido; y los que no habían tenido oportunidad de conocerlo en vida pudieron disfrutar por fin de él en todo su esplendor. Sin filtros, sin restricciones. Les contagió de tal modo su entusiasmo que la cocina entera parecía bullir. Cuando Imelda le entregó los zapatos terminados, su emoción tocó a todos como una descarga. Victoria vio a su padre casi llorar de risa, los gemelos estaban más habladores y chistosos que nunca e incluso Imelda tenía dificultades para mantener la compostura. Aunque aquello no era exactamente una fiesta, se sentía como tal, y ella no recordaba la última vez que habían celebrado algo con tanto espíritu.

Todos parecían felices. Felices de verdad, sin la sombra de ningún antiguo dolor planeando sobre sus cabezas. ¿Era ese el secreto de Héctor? ¿Su energía? ¿Esa era la razón de que Imelda hubiese decidido dar marcha atrás y reconfigurar su vida una vez más?

Aquella noche sí que supuso un antes y un después para los Rivera.

—Mamá Imelda dijo que fuiste a los suburbios —le comentó Victoria a Héctor por lo bajo cuando la cena terminó, mientras recogían la mesa—. ¿Fuiste a por tus cosas?

—No, no. —Él le dedicó una amplia sonrisa, con ojos brillantes—. Solo fui a despedirme. Todo lo que tengo siempre estuvo aquí.


Imelda no consultó con los demás su decisión de instalar a Héctor en la casa de forma definitiva, aunque tampoco es que hiciera mucha falta. Sus hermanos parecían llevar años esperando en secreto que llegase aquel momento. A Julio, siempre un poco dividido entre la lealtad a Imelda y la lealtad a Coco, le había conmovido profundamente descubrir la verdad sobre su suegro y ahora era un apoyo incondicional. Rosita, la eterna romántica, estaba encantada con el giro que habían tomado los acontecimientos. Y Victoria… bueno, ella necesitaba gafas, pero no estaba ciega. Era obvio lo que ese paso significaba para Imelda, y ella jamás habría objetado nada contra cualquier cosa que hiciera a su abuela un poco más feliz.

Sin embargo, en el fondo no podía evitar lamentar que todo ese proceso hubiese ocurrido "fuera de escena", sin que ellos se enterasen de los pormenores. Sí, sabía que no era asunto suyo, pero seguía sintiendo la misma curiosidad que la mañana posterior al Día de Muertos y estaba acumulando más preguntas que respuestas. Preguntas que, si seguía así, quedarían para siempre sin resolver. ¿Cómo y en qué términos se habían reconciliado? ¿Qué había pasado con ese "cúmulo de estupideces" que había mencionado Imelda? Los errores de uno y otra, las heridas, el dolor. Después de tantos años y de tantas cosas… ¿no debería haber habido más fuegos artificiales o algo?

No se sentía demasiado orgullosa de esa línea de pensamientos. A fin de cuentas, la familia ya había tenido suficiente drama para lo que le quedaba de existencia. Que ellos hubiesen decidido no desperdiciar más tiempo era algo que celebrar. Pero la imagen que conocía de su abuela, apasionada, cabezota y de fuertes convicciones, no encajaba con la idea de arreglar todo aquello en apenas unos días, sin alboroto alguno. No encajaba con la Imelda que veía ahora alrededor de Héctor, sobria pero serena, sin esa potencia suya tan característica. De modo que optó por cambiar un poco de enfoque. Seguía sin querer inmiscuirse, por supuesto, pero no haría daño a nadie que ella empezara a observarlos con un poco más de atención. O que estuviera más pendiente de la forma en que interactuaban.

O que escuchara sus conversaciones como quien no quiere la cosa.

Victoria se convenció a sí misma de que, técnicamente, aquello no era espiar. No lo hacía con afán de cotilleo, solo quería entenderlos mejor. Además, si sus abuelos le ponían delante la oportunidad en bandeja de plata, no se podía considerar que ella estuviese violando su intimidad. Y, de hecho, lo hicieron, porque una de las nuevas rutinas que adoptaron a lo largo de diciembre fue la de sentarse juntos por las tardes a charlar en el banco del jardín. Imelda pasaba las mañanas en el taller y Héctor solía salir por ahí a visitar gente o cumplir recados, pero esas reuniones en las horas previas a la cena, cuando el sol del atardecer daba de lleno en el banco y calentaba los huesos con su agradable caricia, se convirtieron en algo sagrado para ellos. Victoria no tenía que hacer nada más que sentarse ante la máquina de coser más cercana a la ventana que daba al jardín y aguzar el oído, aislándose de los ruidos y voces del taller.

De todas formas, si no salían de la casa ni se escondían en ningún sitio para tener aquellas conversaciones era porque tampoco eran tan privadas, ¿no?

—Estuve un tiempo con ellos, pero no mucho —comentó Imelda un día, hablando sobre su llegada a la Tierra de los Muertos y la incómoda reunión con sus padres—. Aunque tuve que volver a empezar desde cero, era mejor que quedarme bajo su techo.

—¿Tan mal estabais?

—No, pero yo no estaba a gusto.

—Aún me sorprende que no te ayudasen más cuando yo falté. No me lo esperaba de ellos. Ok, la boda no les hizo mucha gracia, pero pensé que… —La voz de Héctor se apagó con un leve toque de amargura—. Pensé que, si me culpaban a mí del desastre, al menos cuidarían de ti y de Coco.

Imelda bufó.

—Oh, mamá te maldijo mil veces, sí, pero sobre todo me culpó a mí. Yo era la esposa que había fracasado en mantener unida a la familia. Papá… bueno, lo suyo era distinto. Él te tenía en buena estima y confiaba en ti, así que se sintió muy traicionado. A veces se ponía demasiado desagradable. Hasta que les dije que no tenía ganas de escuchar a ninguno de los dos. Yo ya tenía bastante con mi propia rabia, no necesitaba la de nadie más.

Hubo una pausa, y Victoria pensó en su bisabuela, Mamá Rita. La había conocido como una anciana con tendencia a sermonear, distante tanto en vida como en muerte. Apenas tenía relación con ella ni con Papá Santi, a quien solo había visto un puñado de veces en la Tierra de los Muertos. Ignoraba que la razón del distanciamiento fuese cosa de Héctor también.

—Lo lamento —murmuró este, de corazón.

—No tienes por qué. Me ofrecieron ayuda, pero fui yo quien no la aceptó. Me daban demasiadas órdenes sobre lo que debía hacer. No estaba dispuesta a ceñirme a sus condiciones.

—¿Oh? —El tono de Héctor volvió a aligerarse—. Ya veo…

Imelda sofocó una risa sarcástica y Victoria no pudo evitar sonreír a medias, pensando en Miguel.

—¿Y tú? ¿Cómo fue tu llegada aquí?

—Bien, en cierto modo. —A Héctor se le reflejó la sonrisa en la voz—. Me recibió mamá.

Silencio de nuevo y, cuando volvió a hablar, Imelda sonó sin aliento.

—¿Viste a Mamá Lupe?

—¡Sí! Estuvo conmigo las primeras décadas, me enseñó a vivir aquí y…

—P-pero ¿cómo…? ¿Todavía está…? ¿Está…?

Victoria miró de reojo hacia el jardín, sorprendida al oír a su abuela tartamudear así, y la encontró mirando a Héctor con ansiedad, mientras este negaba con la cabeza. Imelda se llevó una mano a la boca y bajó la vista, abrumada.

—Héctor, lo… Yo no…

—Ey, ey, ey, está bien, no pasa nada. —Él se inclinó para encontrar su mirada—. No pasa nada, Imelda. Pude estar con ella. Me diste cincuenta años a su lado, ¡toda una vida! Tú mantuviste viva su memoria. Se fue cuando llegaste.

Tomó sus manos entre las suyas, estrechándolas con fuerza, e Imelda volvió a alzar el rostro hacia él, con una mirada indescriptible. Pero esta vez Victoria sí comprendió. Si ella no hablaba jamás a nadie de su esposo, mucho menos iba a hablar de su suegra. Aquella mujer nunca había sido mencionada en la casa, nunca habían puesto ningún recuerdo suyo en la ofrenda, su memoria no había sido transmitida. Y, cuando Imelda murió, la muerte final se la llevó.

—Háblame de ella —musitó Imelda—. Dime cómo era.

Aquel día, Victoria descubrió que su otra bisabuela materna se había llamado Guadalupe, que murió muy joven cuando Héctor aún era muy pequeño, que sonreía mucho, que tenía un don para ver siempre el lado positivo de las cosas, que nunca perdía la esperanza… y, en definitiva, que se parecía tanto a su propia madre, a Coco, que al final de la jornada abandonó el taller con un nudo en la garganta.

—No fue fácil que confiaran al principio —le contó otro día Imelda, hablando sobre los primeros tiempos del negocio—, pero unos clientes fueron atrayendo a otros y no tardamos mucho en despegar.

—Puedo imaginar a Cris encargándote botas para todos sus empleados y creando tendencia —rio Héctor.

Imelda sonrió con cariño.

—Algo así. Cris se portó muy bien con nosotros, siempre pude contar con ella. ¿Sabes quién nos daba más problemas? Leti.

—¿Leti? ¿La novia de Rafael?

—Esposa. Se casaron poco después de que te fueras.

—¡Ay, pobre Rafa! ¿No era Leti la que siempre decía que yo no engordaba porque tú no sabías cocinar?

—Esa misma. Adivina de qué murió Rafa.

—No digas…

—Intoxicación alimenticia.

—¡JA! —Héctor se cubrió la boca con ambas manos para tragarse la carcajada y enseguida adoptó un tono culpable—. Ay, no, no, no, no es chistoso, pobre Rafa de verdad, no… ¡Imelda! ¿Te estás riendo?

Ella hundió la cara entre las manos, sacudiéndose.

—Nunca me pareció gracioso hasta ahora, pero la verdad es que…

Y Victoria también siguió trabajando con una sonrisa, escuchándolos hablar de su viejo grupo de amigos de la parroquia, con quién se había casado cada uno, a qué se habían dedicado, qué había sido de ellos… Personas que ella misma recordaba de su infancia en Santa Cecilia, pertenecientes a la quinta de su abuela y, por tanto, también de su abuelo.

Era agradable poder ubicar a Héctor en un ambiente y un contexto concretos, después de tanto tiempo siendo solo una figura sin rostro en una vieja fotografía. Durante las cenas familiares, y en general siempre que se relacionaba con los demás miembros de la casa, solía ser él quien pedía que le contasen cosas de sus vidas y de su hogar, ansioso por ponerse al día. Pero Victoria disfrutaba mucho más las anécdotas que oía en secreto desde la ventana del taller, porque rellenaban el vacío generado por el tabú y le ofrecían un retrato de él más preciso.

Héctor no había sido un elemento extraterrestre cuya única función consistió en abandonar a su abuela. Había sido un niño, un joven, un hombre normal, con familia, amigos, sueños y preocupaciones… Con una vida. Había formado parte del pequeño mundo que conformaba Santa Cecilia y, por la forma en que se hablaban, también había formado una parte vital del mundo de Imelda, así como ella del suyo. No era solo el matrimonio y la hija en común; era algo que iba más allá, con raíces muy profundas. Incluso cuando sus charlas se ceñían al presente en la Tierra de los Muertos y a la época que habían pasado separados, Victoria podía percibir esa conexión en sus dinámicas. Gracias a ello empezaba a vislumbrar con un poco más de claridad el tipo de relación que habían compartido.

Aunque no fue hasta el incidente del bordado, ya a principios del año nuevo, cuando se presentó la oportunidad de descubrir la imagen completa.

—¿Que quieres que aprenda a bordar? —se sorprendió Héctor, una mañana en que Imelda lo arrastró con ella al taller y lo hizo sentarse a su lado en el banco de trabajo.

—Ya es hora de que te ocupes en algo útil.

—Hermana, si lo que quieres es una excusa para tenerlo aquí… —empezó Óscar, burlón.

—… ¿por qué no le enseñas a hacer zapatos sin más? —terminó Felipe, riéndose.

—¿Y ustedes dos por qué no se meten en sus asuntos? —Imelda los fulminó con la mirada—. Ya hablaremos de eso en otra ocasión. Por ahora, bordar es más sencillo y Héctor ya sabe coser. Le ayudará a ejercitar las manos.

—¿Todavía agarrotado? —inquirió Julio.

—Sí, un poco. —Héctor flexionó los dedos con cautela—. Ya empiezo a acostumbrarme, pero aún es una sensación extraña. Tirante.

—¿Como una tendinitis? —ofreció Victoria.

—Ehhh… ¿eso qué es?

—Lo que le ocurre a la gente que se pasa el día sin hacer nada —intervino Imelda.

—Bueno, técnicamente…

—¡Vamos, a bordar!

Durante la hora siguiente, Héctor se dejó instruir con docilidad, bastidor en mano, mientras Imelda le iba guiando en el arte de la aguja. La ocurrencia parecía estar divirtiéndolo, a pesar de haberle pillado desprevenido. Su buen humor se extendió por el taller, y la charla habitual que compartía la familia durante las horas de trabajo comenzó a salpicarse de bromas y comentarios ligeros. Victoria se preguntó si aquello tendría algo que ver con el hecho de que Imelda estaba prácticamente recostada contra él, vigilando sus puntadas por encima de su hombro. Era la primera vez que compartían ese tipo de contacto delante de todos los demás, como si se tratase de una cosa natural. Y ella no fue la única que percibió lo cómodos y relajados que estaban; también vio de refilón cómo sus tíos intercambiaban sonrisitas y Rosita le lanzó un guiño desde su propio puesto.

—¿De qué te ríes? —soltó Imelda de repente, y Victoria brincó, pensando que la había descubierto sonriendo ante la escena.

Pero no; se estaba dirigiendo a Héctor, que no se molestó en reprimir una carcajada.

—Me estaba acordando de Diego Montoya. ¿Recuerdas a Diego Montoya, Imelda?

¡Argh! No me hables de ese impresentable —resopló ella, agitando una mano.

Él volvió a reír y continuó, imitando una voz grave:

La chava te pone a cocinar y a lavar la ropa, ¿pues qué será lo próximo? ¿Enseñarte a bordar? —Soltó otra carcajada, aún más fuerte que la anterior—. ¡Su profecía se cumplió!

Imelda se enderezó, con la boca abierta y el ceño fruncido.

—¿Cuándo rayos dijo Diego semejante cosa?

—¡Lo decía todo el tiempo! —Héctor sacudió la cabeza—. ¿Por qué crees que se reían de mí todos los chamacos del pueblo?

—Se me ocurren varias opciones…

—¿Tus orejas? —sugirió Felipe.

—¿Tu nariz? —añadió Óscar.

—Ja-ja, muy simpáticos los tres. ¡Decían que siempre me tenías comiendo en la palma de la mano! —Victoria no estaba segura de si aquello pretendía ser una anécdota humillante, por lo amplia y soñadora que era la sonrisa de Héctor mientras la rememoraba—. Todos los días estaban burlándose de mí. Pero les decía: ¡Ríanse, me da igual! ¡Yo tengo al amor de mi vida conmigo!

Se citó a sí mismo con una espontaneidad tan estrambótica que ni siquiera pareció ser consciente de lo que acababa de decir. Pero los demás sí lo fueron. Todos se quedaron rígidos en sus asientos, girando los rostros hacia él con los ojos muy redondos. Todos menos Imelda, que seguía mirándolo con gesto suave, igual de inconsciente, como si el comentario tuviese la misma relevancia que un simple "hoy hace buen día".

—¿Ah, sí? —entonó—. ¿Y funcionaba?

—No, lo cierto es que no —rezongó Héctor, sin inmutarse—. Siempre que lo decía me recordaban aquella vez que me partiste un abanico en la cabeza cuando te invité a bailar.

Imelda se atragantó al intentar contener su propia carcajada y se apresuró a apretarse una mano contra la boca. Eso amplió un poco más la sonrisa de Héctor, que la miró de soslayo con aire divertido.

—¿Cómo puede ser que no sepas esto? ¿Y qué pasa con el abanico, Héctor, eh? ¿Te acuerdas del abanico? ¡Qué le digan al abanico! Todo un clásico. Claro que ninguno de ellos vio cómo me pediste perdón después.

¿Acababa de guiñarle un ojo? Victoria no estaba segura, no lo veía bien desde su perspectiva, y casi se cayó del taburete al inclinarse inconscientemente en busca de un ángulo mejor. El brusco movimiento atrajo la atención de Imelda, qué brincó y borró de inmediato la expresión con la que se había quedado mirando a su marido. Algo a medio camino entre la picardía y la ternura que Victoria no había visto jamás.

—Bueno, ¡ya déjate de historias, estás distrayendo a todo el mundo! —exclamó con rapidez—. Y no estás prestando ninguna atención a las puntadas, está todo torcido.

—Ok, ok, no más historias en horario de trabajo —bromeó Héctor, riéndose.

Dos segundos después, sin embargo, empezó a tararear en un murmullo. Solo una melodía sin letra que Victoria, obviamente, no supo identificar, pero que le ganó una extraña mirada por parte de Imelda. Pensó que ella le diría que parara, pero no lo hizo. De hecho, esbozó una minúscula sonrisa y siguió trabajando como si no pasase nada.

A partir de entonces, fue fácil encontrar a Héctor tarareando o silbando en cualquier momento y en cualquier lugar, a veces absorto, otras veces compartiendo miradas cargadas de intención con Imelda. Así, la música comenzó a filtrarse de nuevo en la casa de los Rivera, como una enredadera que se extiende poco a poco por un muro. Y la relación entre los dos dio un giro que Victoria no se esperaba, dejándole claro que su vínculo también había estado atravesando su propio proceso de recuperación.


El asunto de aprender a bordar terminó convirtiéndose en una especie de chiste privado entre sus abuelos que no hizo más que evolucionar en los días posteriores. Durante las mañanas que pasaban en el taller solían guardar las formas para no "perturbar el ambiente de trabajo", pero Héctor cargaba con el pequeño bastidor a todas partes y seguía practicando incluso cuando se sentaban a cenar por las noches. Era entonces cuando las pullas y provocaciones volaban a discreción sin vergüenza alguna.

—¿Qué fue de la norma de no traerse el trabajo a la mesa? —protestó una vez Felipe.

—Sí, me pone nervioso verlo bordar a todas horas —apoyó Óscar, más jocoso.

—Cuanto antes aprenda, antes podrá empezar a ayudar de verdad.

—Eso no es del todo cierto, vamos, dilo bien. —Héctor se inclinó para darle un suave codazo a Imelda, sentada a su lado—. En realidad me retó a terminar estas flores antes de una semana, sin deshacer ni una puntada. Es una cuestión de honor, ya saben.

Imelda le devolvió el codazo con un poco más de fuerza, pero estaba sonriendo.

—No me gusta perder el tiempo. Si resultas ser un inútil con la aguja, prefiero averiguarlo lo antes posible.

—No sé por qué no tienes más fe en mis capacidades. Tú mejor que nadie deberías saber lo hábiles que son mis dedos.

Hubo algo en su tono que hizo que Julio escupiera el agua que estaba bebiendo, Victoria y Rosita se envararan, a Óscar se le desencajara la mandíbula y Felipe dejara caer la cena en la mesa en vez de en su plato.

—¿Qué? ¿Qué dije? —exclamó Héctor, a la defensiva—. Es cierto, ella sabe perfectamente cómo toco. —Imelda se estampó una mano contra el rostro y a él le cambió la cara—. ¡Cómo toco la guitarra! ¡La guitarra! De verdad, son… ¡son un montón de mentes sucias! —Los señaló con un dedo acusador y se giró dramáticamente hacia su esposa—. ¡Imelda, esto es escandaloso!

—¡No me digas! —espetó ella, y le soltó un manotazo en el brazo que restalló en toda la cocina—. ¡Calla y cose, tarugo!

—Ay, esto es algo que no extrañaba. —Óscar hundió el rostro entre las manos, agitando la cabeza.

—Sí, sus malditos jueguitos de palabras… —gruñó Felipe, mientras limpiaba la mesa.

—No era nada de eso, lo han sacado todo de contexto. —Héctor les dedicó una mueca de irritación demasiado exagerada para ser sincera, y luego volvió a mirar a Imelda con cara de no haber roto un plato en su vida—. ¿Tú echabas de menos nuestros jueguitos? De palabras, digo.

—¡Héctor!

Pero la broma ya iba cuesta abajo y sin frenos y, aunque lograron cenar en relativa calma, sus abuelos siguieron apiñados en torno al bastidor, murmurándose cosas demasiado surrealistas.

—Ahí.

—¿Aquí?

—No, más arriba. Un poco más arriba. A la derecha. ¡Ay, Héctor, dije derecha!

—Ok, ok, derecha… ¿Aquí?

—¿Me estás provocando a propósito?

—¿Yo? Nooo…

—¿No? Pues qué lástima. Te recordaba más hábil con la aguja.

—Demasiados años sin practicar…

—Ajá, seguro. Supongo que sabes que no sirven de mucho los dedos ágiles si no tienes puntería.

¡Ouch! Qué golpe más bajo, Imelda, no…

—¡BastabastaBASTA! —chilló Felipe, llevándose las manos a los oídos al mismo tiempo que su hermano, mientras este gritaba "lalalalala" para acallar la conversación.

Si aquel suceso los empujó a tomar la decisión o si simplemente fue la excusa perfecta para llevar a cabo un plan que ya tenían, Victoria nunca lo supo. Pero el caso fue que, un par de días después, sus tíos se presentaron en el taller portando una guitarra. Era sencilla y bastante austera, con obvias señales de desgaste, pero el rostro de Héctor se iluminó al verla y el bastidor se le escurrió de entre las manos.

—¡Muchachos! —jadeó, levantándose de un salto—. ¿De dónde la sacaron?

—Tú no eres el único que conoce gente que le debe favores. —Óscar le dedicó una sonrisita ufana.

—Y así ocuparás de una vez los dedos en lo que te corresponde de verdad —bromeó Felipe.

Héctor sonrió ampliamente y se acercó a la guitarra casi con reverencia. Pero no la llegó a rozar. En el último segundo, retiró las manos muy despacio, suavizó su sonrisa y se quedó quieto. Siguiendo la línea de sus pensamientos, Victoria lanzó una mirada a Imelda, que estaba petrificada en su asiento. Su expresión era difícil de descifrar, con un rictus tenso en la boca pero un brillo extraño en los ojos. Ella sabía que tenía fuertes sentimientos encontrados hacia lo que acababa de ocurrir; y Héctor también lo supo, aunque él no necesitó mirarla para percibirlo.

—Gracias, chamacos. —Héctor palmeó los hombros de sus confusos cuñados con afecto—. Pero tal vez no sea buena idea. Las cosas están bien así. No voy a romper las normas de la casa. —Giró el rostro hacia Imelda y la miró con amor—. La familia es primero.

Victoria contuvo el aliento. Todos se volvieron hacia la matriarca de los Rivera, pero ella tenía los ojos fijos en los de su esposo, con una emoción tan intensa que pareció densificar el aire a su alrededor. El silencio solo duró un instante, pero ella tuvo la impresión de que la imagen de su abuela que siempre había conocido terminaba de desmoronarse por completo.

Había renunciado a la furia, había renunciado al rencor, y ahora…

—¡N-no seas ridículo! —bufó Imelda, cuando recuperó el habla—. Acepta esa cosa. Ya te pasas canturreando todo el día, de todas formas; si vas a traer de vuelta la música a la casa, que al menos sea música de verdad.

Héctor se echó a reír, pero no se movió del sitio.

—Ok, hagamos esto: música por las mañanas y bordado por las tardes. Tengo que seguir practicando, para poder empezar a ayudar cuanto antes, ¿no? ¿Te parece bien?

A Imelda le temblaron los labios, aunque frunció la boca para disimularlo.

—Sí —susurró trémulamente—. Me… me parece bien.

Solo entonces encaró de nuevo Héctor la guitarra. La tomó con cuidado y abrazó a Óscar y a Felipe, igual que aquella mañana posterior al Día de Muertos, tras escapar de la muerte final. Ellos le devolvieron el gesto con sonrisas felices y aliviadas, y cuando regresaron a sus puestos parecían tan satisfechos como si hubiesen cumplido una misión épica. Quizá lo hubiesen hecho, después de todo.

Héctor volvió a sentarse en el banco junto a su mujer, pero apoyando la espalda contra el borde de la mesa para poder acomodar la guitarra en su regazo. Un silencio solemne invadió el lugar.

—¿Algo que quieras escuchar? —le murmuró a Imelda, mientras probaba y afinaba las cuerdas.

Ella solo lo miró. Él le devolvió la mirada. Y comenzó a puntear suavemente, hasta que las notas formaron una melodía lenta y cálida, como una caricia. La música se extendió por el taller por primera vez, algo tímida al principio, como pidiendo permiso. Pero Victoria vio el efecto físico que tenía en su familia. Julio dejó caer los hombros y suspiró, sonriendo con la misma cara que si acabara de reencontrar a un viejo amigo muy querido. Rosita se quedó un momento con la boca abierta y expresión de estar a punto de llorar. Felipe y Óscar cerraron los ojos e inclinaron las cabezas en el mismo ángulo, hundiéndose en sus propios recuerdos. Poco a poco, todos fueron retomando sus tareas y continuaron trabajando sin decir nada, pero con un brillo diferente en las miradas.

Imelda, sin embargo, no se movió. Se quedó así, con las manos flácidas sobre la mesa, las herramientas a medio sujetar, los ojos fijos en Héctor sin parpadear siquiera. Él también seguía mirándola. Hablaban sin hablar. Fue tan evidente que Victoria notó una sacudida en el pecho.

En aquel momento, los sintió a años luz de distancia.


La música se apoderó de la casa tan rápido que resultó obvio que nunca había sido arrancada de raíz. Solo necesitaba reconectar, y era muy fácil conectar con cualquier cosa que tocase Héctor. Victoria no sabía mucho de música, pero el talento de su abuelo le parecía incuestionable, y no solo por ser un hábil guitarrista. Él tocaba desde el corazón, con un cariño tan intenso que calaba hasta la médula.

Siempre que no tuviese alguna otra tarea en la que echar una mano, se instalaba en el taller por las mañanas para amenizar el trabajo de los demás con sus tonadas. No cantaba casi nunca, pero atendía cualquier petición que le hicieran y acompañaba si algún otro se arrancaba con la letra. Rosita y Julio eran quienes más participaban en aquellas sesiones; de hecho, el humor de Julio se tornó excelente, solo comparable a la época de mayor felicidad, junto a Coco y sus hijas en la Tierra de los Vivos. Victoria sabía la historia de cómo se habían conocido sus padres, pero nunca imaginó que él también amase tanto la música. Cada vez que Héctor tocaba, era como verlo renacer, y la profunda nostalgia que sentía hacia su esposa y hacia Elena se aliviaba.

El propio Héctor también cambió ligeramente desde que la guitarra cayó en sus manos. Hablaba un poco menos, pero Victoria se dio cuenta de que expresaba mucho más. Durante aquellos meses había tenido oportunidad de comprobar que él era muy bueno escondiéndose detrás de una fachada de amable simpatía; y, aunque ella no dudaba que fuese amable y simpático de verdad, las notas trascendían las máscaras. Era mucho más fácil adivinar su estado de ánimo real a través de su música. Héctor tocaba canciones felices para Julio y Rosita, divertidas para los gemelos y suaves para Imelda, pero había veces en que se limitaba a acariciar las cuerdas sin rumbo definido, perdido en sus pensamientos, y era entonces cuando la guitarra hablaba por él.

Sus sesiones de improvisación fueron de lo que más se enamoró Victoria.

Fiel a su palabra, continuó bordando por las tardes, durante los ratos que Imelda y él pasaban en el jardín. Pero incluso esos momentos adquirieron un matiz diferente. Entre ellos también hablaban menos, como si las palabras dejaran de hacerles falta. Había días en que permanecían en un cómodo silencio, solo roto por el esporádico tarareo de Héctor, cada uno con una labor en las manos. Y las veces que charlaban, lo hacían sobre el futuro, algo que hasta entonces habían solido esquivar. Una tarde, Victoria los oyó hablar sobre diseños de zapatos que pudieran incluir el tipo de decoración que Héctor estaba aprendiendo a bordar; y supo que, a pesar de las bromas, él se tomaba aquello muy en serio.

Héctor no era zapatero, sino músico. Siempre lo seguiría siendo, y quizá por eso Imelda no había intentado en ningún momento enseñarle a fabricar zapatos. Pero aun así saltaba a la vista que él quería formar parte de lo que había creado su esposa. Quería honrar su trabajo. Participar en ello era importante para él, aunque fuese solo con tareas puntuales y encargos específicos. E Imelda debía saber que lo deseaba con sinceridad, porque en cuestión de semanas comenzó a tararear ella también, sin disimulo.

Todo se fue transformando, como si se hubiese adelantado la primavera. La nueva rutina se asentó, la familia se acomodó en torno a los cambios y aquella vida nueva que habían ido configurando desde el Día de Muertos tomó forma definitiva. Los días de trabajo entre canciones y las cenas familiares llenas de risas y de música le hacían preguntarse a Victoria si su vida hubiese podido ser así, de haber conseguido Héctor regresar a casa. Si era aquello lo que se habían perdido. O lo que les habían arrebatado, más bien.

Ella nunca se había considerado infeliz, pero quizá…

Una noche especialmente memorable, Héctor puso música a una de las anécdotas más delirantes que Julio le había contado, de cuando Victoria y Elena eran pequeñas, y la cantó a modo de corrido tradicional. La payasada dejó a todo el mundo tronchado de la risa. Julio estuvo a punto de perder la mandíbula. Incluso Victoria tuvo que cubrirse la boca con las manos para acallar sus carcajadas, colmada por la calidez de los buenos recuerdos. Pero, horas después, tumbada en la cama sin poder dormir, todavía seguía pensando en su hermana, rememorando aquel suceso de su niñez, las caras de sus padres, de su abuela, de sus tíos… intentando dilucidar si ellos se rieron tanto entonces como lo habían hecho esa noche.

Era descorazonador. No, ella no había sido infeliz, pero quizá el peso que habían soportado los que la rodeaban había sido mayor del que siempre imaginó. Viendo cómo habían cambiado en esos meses, quizá su familia había albergado más corazones rotos de los que creía. Quizá por eso ahora todos parecían haber recuperado en mayor o menor grado una parte amputada de sus almas, completos de nuevo al fin.

La noche que habían celebrado la readmisión oficial de Héctor en los Rivera le pareció que la sombra de las viejas penas se diluía. Pero aquella sensación no había hecho más que reafirmarse y fortalecerse. Y la luz actual ponía de manifiesto lo oscuras que habían sido algunas cosas antaño.

Inquieta, se levantó y decidió bajar a estirar las piernas. La casa estaba silenciosa y a oscuras, pero ella estaba acostumbrada a los ataques de insomnio y sabía deslizarse de puntillas para evitar el crujido de las escaleras y esa baldosa suelta del pasillo. Sin embargo, al acercarse a la cocina oyó un suave rumor. Música. Frunció el ceño con extrañeza y se asomó discretamente desde el umbral. No había nadie allí, pero la puerta al jardín estaba abierta de par en par, dejando entrar la luz de la noche. Y, enmarcados por la ventana, vio a Imelda y a Héctor, sentados en su banco, hombro con hombro.

No estaban hablando. Solo parecían dejarse arrullar por la melodía que Héctor tocaba con delicadeza, acompañado por el tarareo de Imelda. A Victoria le costó un instante ubicarla, pero al final la reconoció: era la misma que había tocado en el taller la mañana que le regalaron la guitarra, y que le había oído canturrear alguna que otra vez cuando estaba con su esposa. Ahora, no obstante, se sentía diferente, quizá por lo especial del escenario. Por un momento, Victoria se dejó hipnotizar, perdiendo la noción del tiempo. Hasta que Héctor alzó la vista hacia Imelda y, en un suspiro, el murmullo de esta se convirtió en canto.

Alma mía, sola, siempre sola…
sin que nadie comprenda tu sufrimiento…
tu horrible padecer…

Victoria contuvo el aliento de golpe y se quedó paralizada. Era la primera vez que volvía a oírla cantar, desde la actuación en el Amanecer Espectacular.

Fingiendo una existencia siempre llena…
de dicha y de placer…
De dicha y de placer…

El viejo recuerdo de un escalofrío le recorrió los huesos. La voz de su abuela sonaba incluso más hermosa así, profunda y susurrante. Tan rebosante de sentimiento que ella tuvo que agarrarse al quicio de la puerta para sostenerse.

Si yo encontrara un alma como la mía…
cuántas cosas secretas le contaría…

Cantaba despacio y, en cada pausa, Héctor hacía trinar la guitarra, como si las cuerdas respondieran a la voz en un diálogo en perfecta armonía.

Un alma que, al mirarme, sin decir nada…
me lo dijese todo con la mirada…

Imelda alzó una mano y cubrió la mejilla de Héctor, delineando con los dedos los dibujos grabados en su pómulo. Él cerró los ojos, cediendo al roce.

Un alma que embriagase con suave aliento…
que al besarme sintiera lo que yo siento…

Su voz se quebró, pero Héctor punteó la guitarra con una floritura de notas que cubrió el desliz y le dio un respiro para recomponerse. Ambos se sonrieron como si acabaran de contarse un chiste.

Y a veces me pregunto qué pasaría… si yo encontrara un alma…

Si yo encontrara un alma… —repitió él quedamente.

—… como la mía…

Terminaron a coro, alargando la última sílaba mientras la música se apagaba. Cuando la nota final dejó de vibrar y el silencio se espesó, Héctor dejó escapar un profundo suspiro e inclinó la cabeza hasta unir su frente a la de Imelda.

No fue nada. Solo estaban sentados ahí, bajo el resplandor de la ciudad, con las cabezas juntas y la mano de ella en la mejilla de él. Pero Victoria se sintió tan violenta como si los hubiese sorprendido besándose apasionadamente o haciendo algo incluso más explícito. La intimidad del momento la sobrecogió y retrocedió con rapidez, separándose de la puerta y ocultándose en la oscuridad del pasillo. Se le había atascado la respiración.

¿Esa era la letra? Las canciones que Héctor tocaba para Imelda nunca tenían letra. Ninguno de los dos las cantaba delante del resto de la familia, y si alguno de los otros las conocía, tampoco hacía comentarios al respecto. Ella no tenía ni idea de que… Cada melodía de guitarra, cada tarareo aleatorio…

¿Era ese el tipo de cosas que se cantaban? ¿Que se decían?

Se escabulló de vuelta a su cuarto en cuanto oyó que Héctor empezaba a tocar otra vez, pero apenas pudo dormir aquella noche, incapaz de dejar de dar vueltas a lo que había visto y oído, la voz de Imelda, las palabras de la canción. Cosas que hasta entonces le habían pasado más desapercibidas ahora cobraban sentido. El secreto de Héctor no era su energía ni su carisma. Era su música. Y su música no era solo lo que tocaba con la guitarra, sino su lenguaje, la forma en que se comunicaba y se relacionaba con el mundo. Sabía qué necesitaban oír los demás, qué se ajustaba mejor a cada circunstancia, como si cada persona, momento o emoción tuviera una melodía interna propia que él podía escuchar e interpretar. Por eso le resultaba tan fácil llegar a la gente, comprenderlos, incluso curarlos. Porque la música era la voz del alma. La música era un idioma en sí misma, capaz de expresar y evocar felicidad, nostalgia, anhelo, amor. Así que perderla… era como si te cortasen la lengua.

Por primera vez, Victoria fue plenamente consciente del infierno que debía haber vivido Imelda al renegar de la música. Su hermetismo, su intransigencia llevada hasta el límite, su pétrea coraza, su soledad. Esa barrera que habían mencionado sus tíos, que la aislaba y le impedía canalizar sus emociones.

Por primera vez, comprendió por qué sus sentimientos habían sido tan intensos, lo que significaba Héctor para ella de verdad y el insoportable dolor que debió suponer perderlo. Porque nadie reacciona con tanta virulencia ante algo si le resulta indiferente.

Un alma como la mía

A la mañana siguiente, fue la primera en levantarse. Pero, cuando entró en la cocina, se encontró a sus abuelos ya allí, Imelda preparando la cafetera y Héctor echando ingredientes a una olla que borboteaba en el fuego. Sin poder evitarlo, se removió con incomodidad, preguntándose vagamente si habrían pasado la noche entera en el jardín cantándose al oído.

—¡Buenos días, Vico! —saludó Héctor, dedicándole una amplia sonrisa.

—Buenos…

—Enseguida estará el café, m'ija.

—Mmm. —Se sentó a la mesa, sin apartar los ojos de ellos—. ¿Qué están haciendo?

Imelda rio con ironía.

—Tu abuelo se empeñó en demostrar que todavía recuerda cómo se cocina.

—Eso no es cierto, Imelda, di la verdad. —Héctor le lanzó a Victoria una mirada chispeante de diversión—. Tu abuela apostó a que yo no recordaba cómo se cocina. Tengo que acabar con esta oleada de desconfianza en mis habilidades, así que hoy prepararé la cena yo.

—¿Y empiezas a prepararla a primera hora de la mañana?

—Esto está mejor cuanto más tiempo repose.

—En realidad quiere tener margen por si el guiso se echa a perder y tiene que empezar de nuevo.

—Ja-ja, ya te tragarás tus palabras, mujer. Toma.

Héctor le ofreció una cuchara con un poco de caldo e Imelda se inclinó hacia él para probarlo. No hizo ningún comentario y solo le sostuvo la mirada con expresión neutra, casi aburrida. Pero él la observó atentamente con una mueca y al final concluyó:

—Sí, justo lo que pensaba.

Agarró un bote de especias y espolvoreó el guiso. Imelda intentó reprimir una sonrisa, pero no lo consiguió.

—¿Sí? ¿Estás seguro?

—Sí. Sé que te gusta picante. —Y con una elocuente mirada de reojo, añadió—: Picante, pero sabroso.

Imelda soltó una carcajada.

—¡Échale chile verde a esto y yo habré ganado la apuesta!

—¡Ay de mí!

Volvieron a reírse, como dos chiquillos. Imelda le golpeó un brazo, antes de volver su atención a la cafetera y empezar a tararear por lo bajo. La Llorona, esta sí la conocía. Y Victoria no fue capaz de retener la sonrisa que se le escapó.

Ahora podía verlo. Imelda no había estado quebrándose ni desmoronándose durante aquellos meses; había estado reconstruyéndose. La imagen de su abuela que ella conocía nunca había sido la Imelda original, no al cien por cien. Estaba herida e incompleta, y el suelo firme sobre el que ellos se habían apoyado siempre había estado desnivelado, porque ella lo cargaba sola sobre su espalda. Durante casi toda su vida había ejercido como matriarca, con mucha gente a su cargo a la que proteger, pero lidiando sola con las responsabilidades del cabeza de familia. Héctor cambiaba aquello, redistribuyendo el peso. Él no era una carga más, sino su compañero. Con él, Imelda podía permitirse ser mujer, esposa y amiga, además de madre. Estaban al mismo nivel, ambos se sostenían mutuamente y, juntos, sostenían al resto de la familia. Si ella era la fuerza, él era la luz. Imelda daba seguridad y él daba optimismo. No más suelos inclinados ni cimientos sobrecargados. Su compenetración los hacía más sólidos, más fuertes, más plenos. Y el tándem en el que se apoyaban y a través del que se comunicaban era la música.

Esa era la lengua en la que estaba escrita la historia de sus abuelos. Por eso le había costado tanto comprenderlo al principio.

Y Óscar y Felipe habían estado en lo cierto: una canción nunca era solo una canción.

-Fin-

N/A: Cuando estaba preguntándome cómo abordar este periodo de tiempo entre la reunión y la reconciliación, me di cuenta de que prefería intentar buscar un enfoque diferente. Hay muchos fics ya narrados desde los PoV de Imelda y Héctor, tratando al detalle las situaciones y conversaciones por las que tendrían que bregar para poner las cosas en su sitio y poder empezar a construir algo nuevo. Y me encantan esas historias, pero también son carne de angst, y angst no es lo que me apetece escribir ahora mismo. De hecho, voy a procurar que encontréis poco drama en esta colección. Habrá, sobre todo en uno de los próximos one-shots, que narra los años de Héctor en la Tierra de los Muertos, desde su muerte hasta la muerta de Imelda (no es posible hablar de todo eso sin drama). Pero, por lo demás, quiero mantener un tono lo menos denso posible. Porque seamos francos: la peli ya es bastante dramática de por sí como para añadirle aún más leña al fuego.

Por eso decidí tomar el PoV de Victoria y narrar todo este proceso desde fuera, tal y como lo viviría el resto de la familia. Espero que os haya gustado en vez de frustraros, a pesar de todo :)

De todos los Rivera fallecidos, la verdad es que tengo debilidad por Victoria, y además me encanta el tipo de relación que podría establecer con Héctor. Quiero escribir más sobre ellos dos en el futuro, porque la dinámica abuelo-nieta tiene mucho potencial y a mí estas cosas me pierden. Pero bueno, de momento Vico solo ha actuado como testigo para contar la reconciliación de sus abuelos (por cierto, que no tenía ni idea de que "Vico" era uno de los diminutivos de "Victoria", pero lo encontré hace tiempo en un fic y me enamoré tanto que ahora no puedo imaginar a Héctor llamándola de otra forma; no es una fórmula que usemos en España, que yo sepa, así que si es incorrecta, avisadme, por favor XD).

Hablando de nombres: sé que ambientar una historia en México y no tener algún personaje llamado Guadalupe debe ser como ver volar un cerdo :'D Seguro que es la madre de todos los clichés, pero en mi defensa diré que Guadalupe es un nombre que me ENCANTA, me parece precioso, y siempre, siempre, desde el minuto uno he pensado en la madre de Héctor con ese nombre. Intenté cambiárselo cuando vi que aparecía por todas partes, pero ya lo tenía tan interiorizado que no pude. Así que nada, Lupe quedó. De ella no digo nada de momento, porque ya tiene un one-shot dedicado.

Y sí, creo que a Héctor se le daría bastante bien bordar y que todo el trabajo manual que haría para la zapatería iría en esa línea (adornos, decoración, etc.). Pero sin llegar a convertirse oficialmente en zapatero, como los demás. Siempre he tenido la impresión de que la discusión que tiene Imelda con Miguel en el callejón donde le canta La Llorona ("tienes que elegir, no lo puedes tener todo") era un guiño a alguna discusión que pudo tener con Héctor en vida, antes de la gira. Y la cara que se le queda a Imelda cuando Miguel le dice que él no quiere tener que elegir, que solo quiere que ella lo apoye, es muy reveladora también. Así que ahora, teniendo a Héctor en casa de nuevo, creo que se cuidaría bastante de no volver a ponerlo entre la espada y la pared. Sí, ayúdanos en lo que quieras en el taller, colabora como te parezca oportuno, es genial, pero no te olvides de que tú eres músico y eso es lo que yo quiero que sigas siendo, por encima de todo lo demás. Del mismo modo, Imelda no va a dejar de ser zapatera jamás, pero también me la imagino echándole una mano a Héctor cuando él empiece a componer otra vez, interpretando juntos de vez en cuando y demás. Cada uno tiene su vocación y su espacio, pero se entrelazan y colaboran porque, como dijo Miguel, A y B pueden convivir sin necesidad de elegir obligatoriamente una u otra.

Alma mía sigue siendo una canción de María Grever, mi favorita y, hasta ahora, la que me parece más perfecta para Héctor e Imelda. La versión exacta que tenía en mente para la escena en la que la cantan en el jardín es la de Natalia Lafourcade (la podéis encontrar en YouTube en un vídeo que se llama "Acoustic: Live at KCRW"; es la que canta con Los Macorinos, pero este vídeo tiene mejor audio que el oficial que grabaron en la residencia de ancianos). Os la recomiendo muchísimo, porque es una preciosidad.

Bueno, a partir de este one-shot se rompe la linealidad y ya pasaré a centrarme en cosas más específicas, tanto del pasado como del periodo que he tratado aquí y de lo que venga después. Como siempre, opiniones, correcciones, sugerencias, teorías o lo que os apetezca compartir son muy bienvenidas. ¡Gracias de antemano! :D

¡Qué paséis buena semana y hasta el domingo que viene!