Aviso: Habrán algunas escenas de sexo explícito, pero NO vulgar, así como también algunas palabras altisonantes en momentos requeridos durante la trama, pero NO serán frecuentes, si entiendes que esto es un inconveniente para ti, tienes la libertad de abandonar la lectura cuando gustes.
Inocente
Por: Wendy Grandchester
Capítulo 3
Justo en el momento en que Terry iba a salir del auto para cobrarle el atrevimiento a esa chica, que tras cinco minutos de conocerla la odiaba a muerte, se topa con Albert y... la innombrable. Sintió tantos deseos de rebasarlos a los tres con el auto.
—¿Qué estabas pensando? ¿Te volviste loca?— Le reclamó su hermano, había visto cuando lanzó la naranja al auto, pero no tenía idea de quién iba en él.
—Ese tipo era un imbécil que...
—Da gracias a Dios que no dañaste su auto, tengo muchas cosas que hacer más importantes que lidiar ahora con tus repentinos actos de vandalismo...
Susana ponía los ojos en blanco, no era que odiara a Candy, de hecho, se llevaban bien, pero no le importaba lo que pasara con ella y esas peleas frecuentes entre ella y su esposo la sacaban de quicio. Algo llamó su atención al mirar el auto de la discordia, quiso enfocar su mirada en el conductor, pues había sentido que alguien la miraba fijo. Terry volteó para que sus ojos no se cruzaran, ella jamás tuvo idea de quién iba ahí.
—Amigo, disculpe, me gustaría...— Albert le tocó el cristal para ofrecer una disculpa, pero Terry arrancó en ese momento, rechinando las llantas y llenándolos de polvo a los tres.
Se marchó a su apartamento privado. Por fortuna, aún lo tenía, de hecho, tenía dinero, bastante gracias a la herencia personal que le dejó su abuelo y su padre, aún así, perder la empresa equivalía a no tener nada. Él habría sido un simple mortal de no ser por el esfuerzo y la iniciativa de su abuelo, siempre con el interés de ayudar a los demás, el sudor de él y sus generaciones junto con su amigo, los viejos Andrew levantaron ese imperio. Era bueno que Albert y Neil estuvieran tan arriba, era bueno que todos los Andrew, incluyendo a esa chiquilla del demonio fueran tan altaneros, más estrepitosa sería la caída.
—Buenas tardes, señor... ¿pasó algo?
—Sí, George. Todo salió a pedir de boca...— Le dijo a su empleado personal de años, un hombre inteligente y un prodigio para los negocios, su influencia lo ayudó a formarse.
—Me va a disculpar, pero no entiendo a qué se refiere...
—Me he dedicado a estudiar a esos infelices... a conocer sus rutinas y de hecho... no sabía que había una mocosa en el clan Andrew...
—Asumo que se refiere a la única niña Andrew... Candice...
—Debe ser...— Dijo con una sonrisa maliciosa que George, que lo conocía desde que aún se hacía pipí no pasó por alto.
—Señor, entiendo que aborrezca a todos los Andrew, sin embargo, la joven Candy era a penas una niña cuando...
—¡Me importa un cuerno! Es una Andrew y se irá al diablo junto a todos sus hermanos y toda su maldita descendencia.— Dio un golpe en su escritorio, pero George ni siquiera se inmutó, ya estaba acostumbrado a los arrebatos de ira de Terry.
—Es una inocente... mire, yo tengo hijas y si...
—¿A caso yo no era inocente, George?— El hombre no respondió, sólo se le hizo un nudo apretado en la garganta.
Terry no había sido el único acusado en ese fraude tan grande, también Neil y Albert se vieron envueltos, pero jugaron demasiado bien, fueron declarados inocentes de todos los cargos. Supo que el juez había sido comprado, ese era otro que figuraba en su lista negra...
—George...
—¿Sí, señor?
—Ya que estás tan informado sobre el árbol genealógico de los Andrew... ¿qué edad tiene la niña Andrew?
—Acaba de graduarse de la escuela, señor... debe estar en sus diecisiete o dieciocho...
—Una mocosa... ¡qué pena!— Expresó con diabólica sonrisa.
—Es por eso señor que le ruego que la deje fuera de...
—Gracias, George, puedes retirarte.
Se quedó pensando en Candy... ¿cómo no se le ocurrió que fuera menor de edad? Clamarente sus actitudes no habían sido las de una mujer madura. ¿De qué iba a servirle una chiquilla que todavía tomaba el té con sus muñecas?
Bueno, pero... no iba a tener diecisiete toda la vida, ¿no? Esperaría. Planificaría bien su jugada, encontraría la manera de meterse en su vida, no era difícil hacerle perder la cabeza a una mocosa con aires de rebeldía y que además, estaba vulnerable, era huérfana, posiblemente a falta de atención, él iba a propocionarle esa atención... y mucho más.
...
—¡Es la tercera nota que recibo en un mes!— Neil sudaba frío.
—Siempre has sido un maldito cobarde, Neil. Seguramente debe tratarse de una broma pesada...
—O tal vez me quieran extorcionar... ¿la leíste bien?— El pelirojo de ojos ambarinos, flacucho, le estaba temblando hasta la lengua.
Di$frútalo mientra$ dure
El Diablo
—Eso es justo lo que quiere, asustarte. Ignóralo, Neil. El dinero y el éxito siempre despertarán envidia
—Albert...— Neil tuvo una visión de repente.
—¿Hace cuánto que Terrence está en la cárcel?— Al rubio se le abrieron los ojos como platos.
—¡Malnacido! Ese idiota sólo quiere atención.
—Yo no me fiaría...
—No hay nada que pueda hacer en nuestra contra, la empresa ni siquiera le pertenece ya... es un don nadie...
—Aún así, yo...
—Sólo me gustaría saber dónde se esconde el pobre imbécil...— Murmuró con un gesto sarcástico.
—¿Dónde se esconde quién?— Susana llegó cargada de paquetes junto con Candy.
—Nadie, mi amor. Cosas de negocios.— Le dio un beso y le sobó la barriga.
—Hola, Neil, es una sorpresa verte aquí...— Susana le sonrió con intención.
—Lo mismo digo... estás enorme, eh.
—¡Neil! ¿Por qué no venías desde hace tiempo?— Candy fue hacia él.
—Mucho trabajo, linda. ¿A ti cómo te ha ido?— Le apretó las mejillas.
—Me aceptaron en NYBU...
—¡Vaya! Eso es perfecto. Papá se habría sentido orgulloso.
—Neil...
—Dime, preciosa.
—¿Puedo irme a vivir contigo en vez de con Albert?— Le suplicó.
—Candy...
—Yo ya le dije que no. Su tutor soy yo, le guste o no.— Tronó la voz de su hermano mayor.
—¡Tú sólo me haces la vida imposible! Y para que te enteres, no seré menor toda la vida.
—Hogar, dulce infierno. ¿Cómo están, familia?
—Vaya, hasta que te dignas en honrarnos con tu presencia.
Anthony había llegado, con su pantalón de traje de baño aún, una playera, chanclas y su tabla de surf. Era una versión joven de Albert, hasta parecía hijo suyo, tenía veintisiete años, el menor de los varones.
—A veces yo también quisiera quedarme a discutir con ustedes, pero luego recuerdo que en el mar la vida es más sabrosa y se me pasa.— Se burló.
—Pues dichoso tú que te puedes escapar de esta maldita casa de vez en cuando.
—Candy, vete a tu cuarto.— Albert perdió la paciencia con ella.
—¿Qué? No tengo diez años...— Se rió burlonamente.
—¡Dije que te fueras a tu cuarto!— Gritó y todos saltaron.
—Tan pronto como sea mayor, ¡me iré de esta maldita casa!— Respondió gritando también y se fue.
—Tony, no te retires todavía.
—Albert, estoy cansado...
—Llevas mucho tiempo haciéndote de la vista gorda con los negocios de la familia, ya es hora de que te aplomes.
—Albert, cariño...
—Susana, déjanos solos, por favor.— Refunfuñando, la rubia se marchó.
—Bien, ¿qué sucede, pasa u acontece?
—Sucede, que el maldito Grandchester está fuera de la cárcel...
—¿Y? ¿Ahora tienes miedo?— Se burló el rubio menor.
—¿Puedes tomarte las cosas en serio un maldito segundo?— Lo sujetó por el cuello.
—Tranquilo, hermano, estoy en son de paz...— Hizo el gesto con la mano, simulando ser un hippie.
—¿Sabes lo que eso significa?
—Eh... ¿que es un hombre libre?— Respondió como si tal cosa.
—¡Que querrá venganza!— Lo soltó de un tirón.
—¿Y eso a mí en qué me afecta? Yo no tuve nada que ver con...
—¡Eres tan culpable como todos! ¿O a caso crees que él hará una excepción contigo por tu cara bonita?
—Bueno... si en la cárcel su orientación sexual cambió... tal vez yo tendría una opotunidad...— Neil se rió con esa imprudencia.
—Sabes qué, mejor lárgate, imbécil.
Anthony se fue a la habitación de Candy. Eran los que mejor se llevaban.
—¡No te quiero ver!
—Candy, soy Tony.— Ella se levantó de la cama y fue a abrirle la puerta.
—Lo siento, pensé que era... ¡olvídalo!— Cerró la puerta y se sentaron juntos en la cama.
—Andas muy volátil últimamente, ¿qué te pasa, Candy?— Le acarició el rostro con dulzura.
—No sé de qué hablas...
—Siempre estás a la defensiva, de pronto se te ha metido una rebeldía extrema, estás algo incontrolable, tú no eras así...
—Es que...
—¿Qué es lo que le pasa a mi dulce Candy?— Le pellizcó la nariz.
—Ustedes... ustedes siguen pensando que soy una niña, a veces se les olvida que incluso tengo un cerebro...
—Nosotros me suena a multitud.
—Buento, tú no, pero Albert y Neil... me han hecho la vida de cuadros desde que... primero me envían a ese colegio de mierda...
—¡Esa boca!
—Lo siento, a ese colegio horrible. Cuando me entusiasmo con la idea... Albert se pone como loco y me trae de vuelta aquí...
—Te encontró a punto de... con aquél chico.
—¿Y qué? ¡Es mi vida! Tarde o temprano sucederá y ni él ni nadie estará ahí para impedírmelo.
—Candy, nosotros no pensamos que seas una niña sin cerebro...
—¿Ah no?
—Eres nuestra hermanita, aunque tengas mil años, serás nuestra niña, siempre.—Le besó la mejilla.
—Ya voy a cumplir dieciocho...
—¡Miren qué grande es ella!— Dijo sarcástico.
—¡Cállate!— Le lanzó un peluche.
—Además de que te amamos, tú nos recuerdas siempre a mamá...— A Anthony se le aguaron los ojos.
—Tienes suerte de recordarla todavía, yo ya no...— Sus lágrimas cayeron.
—No te creas, lucho porque su cara no se borre de mi memoria. Por eso me quedo viéndote. Tienes sus ojos, su pelo... y estas pecas de niña traviesa...
Candy sonrió. Le gustaba imaginarse a su madre, tenía cinco años cuando murió de un infarto fulminante. Su madre le hacía tanta falta, siempre...
Tienes unas pecas horribles. De pronto recordó eso, fue un recuerdo que no había sido invitado a ese momento único y privado de hermanos. Pero llegó a su mente para quedarse.
—¿Se puede saber de qué te ríes?— Anthony la trajo de vuelta a la realidad.
—Yo...
—¿Es por el chico al que Albert estuvo a punto de asesinar?
Candy parpadeó varias veces, estaba pensando en un chico, pero no en Henry, de hecho, ni siquiera estaba pensando en un chico, estaba pensando en un hombre... un hombre hecho y derecho que la había insultado y la había atemorizado. Un hombre... alto, fuerte... recordó su mirada fría y sin escrúpulos, su sonrisa de chico malo...
—Si quieres me voy para que sigas riéndote sola...
—Lo siento, es que...
—Hasta mañana, soñadora.
...
—¿Cómo me quedó?
—Están muy bonito, mamá.— Respondió Terry con un nudo en la garganta y la mandíbula apretada por la rabia ante el dibujo que su madre había terminado de colorear.
—Me salí un poco del contorno...
—¡Mamá!— Le gritó y la sujetó por los hombros.
—¿Qué? ¿Por qué gritas?— Su semblante era el de una niña asustada.
—Necesito que regreses.— Chasqueó los dedos.— Te necesito completa, ¿entiendes?—La miró a los ojos, desesperado.
Los ojos de ella se aguaron, como si de pronto hubiera recuperado un grado de lucidez completa ante la desesperación de su hijo.
—Él me hace mucha falta, Terry. Mucha...— Se desbordó en llanto y se refugió en los brazos de su único hijo.
Iban a pagar por eso. Uno por uno los iba a mandar al infierno. Empezaría por la presa fácil. Ya sabía dónde estudiaba... sólo era cuestión de ganársela...
Candy llevaba una semana de estudios a penas. Estudiaba lo mismo que habían estudiado su padre y sus hermanos, porque ella era una Andrew, tenía que conocer como sobrellevar y administrar su dinero y cuando fuera el momento, ella también tendría que ser partícipe de los asuntos de la empresa.
Iba caminando hacia el Starbucks de la calle de al frente, el club de los estudiantes locales, como le llamaban popularmente. Iba vestida con un jean ajustado y una camiseta corta, mostrando el ombligo, en el cual tras años de pelea con su padre y sus hermanos, finalmente se hizo el piercing. Llevaba zapatillas y su pelo ondulado suelto. Caminaba con gracia, como si fuera la dueña del mundo.
—¿A dónde vas con tanta prisa, princesita Andrew?— La dijo un hombre que pasaba en su auto tras bajar el cristal.
—Yo... ¿a ti qué te importa, imbécil?— Le dijo con altanería cuando se percató de quién era.
—Vine en son de paz. Quiero que hagamos las paces.— Bajó del auto y se recostó del mismo, sonriéndole anchamente, una sonrisa falsamente amigable que la hizo suspirar.
—Yo no tengo nada que arreglar contigo...
—Yo diría que sí...
Continuará...
¡Hola! Vengo de volada, espero que lo disfruten y gracias por comentar:
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Comentarios:
*Nat Hale: "La pasión tiene memoria" es un libro que está disponible en Amazon (digital) está a la venta, ya no está en esta página ni en ninguna otra, así como tampoco adaptado a los personajes de Candy-Candy.
*La inmadurez de Candy es adrede, porque como se imaginarán, pronto, tendrá que "crecer" y "madurar" a la fuerza...
Hasta pronto,
Wendy
