-¿Dulce Andrea Blanco? -hubo una pausa prolongada, y la respuesta esperada jamás se escuchó en el amplio salón de clases de la facultad de Economía. Los alumnos eran pocos, ya que el ochenta por ciento de la matrícula desertaba en los semestres anteriores y sólo unos cuantos perseveraban hasta graduarse. Triste realidad, pero inevitable también. Las matemáticas y los números no eran para todos y las cada vez más complicadas y absorbentes materias acababan por ahuyentar a las mentes menos tenaces.
-¡Andrea! ¡Responde! -cuchicheó Nelson tras ella, en tono evidentemente preocupado. Eso la hizo reaccionar y levantó la mano al tiempo que replicaba "presente", justo a tiempo para evitar la consabida falta. El profesor de Ingeniería Económica era implacable respecto a las reglas que imperaban durante su cátedra y la mayor exigencia era no distraerse.
-¡Fiu! -silbó Ray por lo bajo, desde el lugar a su costado izquierdo-. ¡Te salvaste por un pelo, chica de los rizos!
-¿Tiene algo qué decir, señor Torres? -la voz severa del catedrático se dejó escuchar desde el frente del aula. Sonaron un par de risas ahogadas a mitad de la fila y luego, ocurrió algo inesperado; porque el consejero académico ingresó en ese momento, interrumpiendo la rabieta que estaba por comenzar. El argentino era temperamental cuando lo interrumpían en sus disertaciones; algunas de ellas completamente inútiles y aburridas, en la opinión de Dulce.
-¡Buen día a todos! -saludó el consejero, con una sonrisa. Académico destacado, con un par de maestrías y un doctorado de altos vuelos realizado en una universidad de renombre en el extranjero, además de empresario preeminente de la ciudad; todos los alumnos de la facultad lo respetaban debido a su cortesía y su disposición a brindar asesoría sin importar el momento y el lugar; así que no fue raro que la mayoría de los presentes respondiera al saludo con alegría.
Después de estrechar la mano del titular y cruzar algunas palabras con él, ambos salieron al pasillo, con rumbo desconocido y la clase quedó olvidada hasta el siguiente viernes, cuando se tenía programado un exámen parcial previo al final.
-¡Rayos! ¡Eso estuvo cerca! -declaró Raymundo con alivio-. ¡Lo último que me hace falta es una inasistencia! ¡Ya he coleccionado demasiadas este semestre!
-Lo de la inasistencia es lo de menos -terció Nelson, ocupado en guardar su libreta y un par de libros en su portafolio-. Habría sido peor que se le ocurriera uno de esos horrorosos tiempos de compensación académica.
-¡Uy! ¡cállate! ¡Ni siquiera lo menciones! -dijo Dulce con expresión aterrorizada; y no era para menos: las compensaciones académicas con el argentino eran mortales.
-¡Y todo por tu culpa, señorita! -gruñó Raymundo.
-Nadie les pidió que estuvieran hablando en clase -replicó Dulce de buen humor.
-¿Ves? ¡Con eso nos paga tanta preocupación! -declaró Raymundo a Nelson en tono dramático; pero este no hizo ningún comentario y se limitó a entornar los ojos con exasperación.
-Oigan -dijo Dulce, recordando algo importante de improviso-. Se me había pasado decirles que siempre me admitieron en el Corporativo San Andrés.
-Pero ¿No se supone que dijiste que primero completarías el Servicio Social? -inquirió Nelson, ahora sí mostrando el máximo interés.
-Pues sí; pero Patricia me avisó de ese empleo y pienso que un año o dos no serán problema. Si les soy sincera no pensé que me darían el puesto, porque estoy aún en último semestre.
-Deberías pensarlo, Andrea...
-¡Que no me llames Andrea! -interrumpió disgustada.
-Pues "Dulce" no eres -dijo Raymundo con aburrimiento, haciendo, como siempre, caso omiso de su rabieta-. Deberías pensarlo. En especial porque, tratándose del Corporativo San Andrés, por seguro el trabajo es muy absorbente. ¡Quien quita y acabas trasladada hasta Londres y sin sacar el título!
-¡Hey! ¡Déjala en paz! -interrumpió Nelson- ¡Si la trasladan hasta Londres quiere decir que tendrá un excelente puesto y no importará que no tenga título! ¡Mejor que empiece ya en vez de quedarse a perder el tiempo con la burocracia académica!
-¡Cálmate líder socialista!
-¡Cállense los dos, que me empieza un dolor de cabeza! -se quejó Dulce.
