Holaito a tods.

Aquí les traigo este nuevo capitulo que no es tan largo a pesar de la barrita de la derecha, como posiblemente notarán al ir leyendo.

Espero que les guste:


Hamburguesa, Helado y Cine

Un mes… hacía exactamente un mes, seis días, once horas y veinticinco segundos (aproximadamente) que habían ido juntos a la pizzería y Syaoran les narrara tan irreal, patética y taradúpida (donación de Sakura) historia. Porque sí, ella (Tomoyo) sabía a la perfección que esos dos solo estaban jugando, que era todo una artimaña, una vil táctica de seducción. Lo peor de todo era que ese pedazo de cretino casanova inglés sabía actuar a las mil maravillas (y el Oscar al mejor actor es para…), tenía a prácticamente todas las chicas (y más que eso) rendidas a sus pies, se lo comían con la vista, le hablaban en doble sentido e incluso babeaban en frente suyo y él… como si nada.

-¿Qué rayos espera si ya las tiene donde las quería? – se preguntaba una y otra vez.

-¿Dónde las quería? Ni siquiera sabe que existen – dijo Sakura. En palabras de Tomoyo, su prima había "caído" en la trampa a los pocos días – no es ninguna trampa, ¿acaso no lo has visto lo suficiente?

-Por favor Saku, es un charlatán.

-Pues gracias a ese charlatán, e descansado del capitán baboso – repuso la castaña.

Syaoran pasaba gran parte de su tiempo libre con su primo. Según él, no podía dejarlo solo por mucho tiempo o llegaría a Roma al medio día. Desafortunadamente para la nívea, era ella quien compartía salón con Eriol y si bien resultó ser un chico muy inteligente, su comportamiento no dejaba de ser extremadamente extraño.

-Ah, mira – dijo (gritó) de pronto Sakura señalando al rey de Roma (en este caso Inglaterra) que entraba en escena inspeccionando el lugar entre curioso y temeroso – Eriol.

-No Sakura – intentó la amatista.

Demasiado tarde, Eriol las vio y se apresuró hacia ellas.

-S…S… ehm – intentó palpándose la barbilla - ¿Anny?

-Tommy – corrigió.

-Lo sabía – así es damas y caballeros, para mayor enojo de la joven Daidoji el pelinegrodestellosazules parecía (y solo parecía) comenzar a guardar en su frágil memoria sus rostros… pero tenía un serio problema con los nombres – me perdí, o Lee se me perdió, no sé muy bien.

-Tal parece que ni siquiera sabes hacer eso bien – dijo la amatista en voz baja.

-¿Por qué no te quedas con nosotras? – propuso Sakura.

-No.

-Gracias – dijo el chico con una radiante sonrisa - ¿en dónde estamos?

-En la escuela.

-Oh… ¿por qué?

-Porque evidentemente nuestros padres no nos quieren en casa – respondió la pelinegra con fingida sonrisa.

-Aquí estás – y ese era Syaoran respirando con dificultad – te estuve buscando… por todos lados.

-Hola Lee, ¿tampoco te quieren en casa? – cuestionó el inglés.

-No le digan eso, o mejor dicho, no le digas eso Tommy – la reprendió.

-¿Qué importa? Según tú se le va a olvidar.

-Pero mientras lo recuerda se lo cree – repuso el chino – se buena con él… niña linda.

Sip, efectivamente Lee aún no olvidaba eso.

-En serio eres…

-¿Quién iba a pensar que un lindo y tierno paciente de efecto Dory lograría sacar el lado impaciente y asesino de la pequeña y siempre amable T. Daidoji? – cuestionó el chico divertido.

Respuesta: Nadie.

Hasta ella misma lo sabía y se sorprendía de sobremanera al descubrir que, efectivamente esa persona existía y estaba sentada justo a su lado, ¿cómo había sido eso posible? No tenía idea, solo sabía que la mayor parte del día deseaba ahorcarlo y borrarle esa irresistible sonrisa de… Don Juan.

-Y… ¿en dónde estamos? – volvió a preguntar Eriol.

-Por cierto Tommy – comenzó Syaoran ignorando a su primo – ¿tienes tiempo esta tarde? – la chica frunció el ceño – hace una semana me pediste una prueba del efecto Dory (aparte de la viva que tienes al lado) y hoy sería grandioso.

-O claro, ya quiero ver esa prueba – aceptó la chica.

--

¿Por qué había aceptado?... ¿Por qué demonios había aceptado?

Quería pruebas sí, pero por… el grandísimo, estaban en el m… vendito hospital y ella odiaba los hospitales desde que, de pequeña le extrajeron las amígdalas. Nunca (y se repite) nunca iba al hospital.

-Yo dije Tommy, no Tommy y medio ser humano – dijo Syaoran con una mueca de asco – chicle – le dijo a Sakura.

-Cierra la boca Dee – exclamó la castaña.

Eriol por su parte movía la cabeza de un lado al otro al son de la canción que escuchaba a través de sus audífonos, parecía no percatarse ni de la compañía, ni del lugar. Cuando Tomoyo se fijó en él, tenía los ojos cerrados y movía los labios sin pronunciar palabra, la nívea pensó que era patético.

-Eriol, mi paciente favorito – llegó saludando una atractiva enfermera. Eriol seguía en la luna – Eriol – lo volvió a llamar y no fue hasta que lo asustó tocándolo en el hombro que reaccionó – hola.

-Lee, esta persona me asusta – le confesó intentando que ella no lo escuchara.

-Tal parece que comienza a asociarme con su doctora – dedujo la mujer – vamos mejorando. ¿Son las amigas de las que me contaste?

-Sí, son ellas – respondió Syaoran – la distraída y la escéptica – presentó.

-¿Por qué le hablaste de nosotras? – quiso saber la pelinegra nada feliz.

-Fácil, quieren que Eriol ejercite su memoria para con las personas – explicó el castaño con un peculiar brillo en los ojos – y para eso necesitaban a un par de voluntarios.

-¿Qué? De ninguna manera.

-Vamos, a ustedes las ve a diario en la escuela – siguió el chico poniéndose más serio.

-Lo que intentamos es que Eriol guarde su información en poco tiempo – dijo la médico – hasta ahora tarda aproximadamente un año para guardar a medias la información de una sola persona.

-Eso es triste – dijo Sakura.

-Syaoran ha hecho un buen trabajo – continuó la mujer – por encargo nuestro desde hace un mes que le habla de ustedes y le muestra fotos, tal parece que comienza a no tomarlas por extrañas.

-¿Qué? – casi gritó Tomoyo exigiendo con la vista una explicación.

-Me parecieron las candidatas perfectas – fue su excusa.

-¿Fotografías? – preguntó la esmeralda.

-No te hagas ilusiones, la foto del recuerdo del año pasado – se apresuró a decirle el ámbar a la vez que sus orejas se tornaban rojas tomate.

-¿Cómo te atreviste? ¿Por qué nosotras? Estas muerto Syaoran.

-Tranquila, estamos en un hospital – dijo la mujer.

-¿Hospital?

-O o – soltó Syaoran.

-Hospital, no quiero – dijo Eriol – no quiero, no me gustan los hospitales, vámonos – se levantó y antes de que pudiera dar un solo paso Syaoran lo tiró de sentón – nooooooooooo, hospital no, mis dientes están bien mira – y sacó la lengua.

-¿Empezamos? – propuso la doctora.

-Ni hablar.

-Por favor Tommy – le pidió el chino sujetando con todas sus fuerzas a su primo – sé que te gustará que te reconozca, niña linda.

-Ayúdame Candy – exclamó Eriol intentando ponerse en pie.

-Hagamos esto, ayúdanos hoy y cuando terminemos te hablaré sobre la falta de memoria a corto plazo, si te convence nos sigues ayudando, sino empezamos de cero – le dijo la doctora poniéndose frente a frente con una (para ella) escalofriante sonrisa en el rostro que logró erizar los vellos de los brazos de Syaoran.

Tomoyo suspiró profundamente, lo pensó un par de segundos y al final dijo:

-Te odio Lee.

--

Pruebas médicas sólidamente establecidas, artículos publicados en prestigiadas revistas, tomografías, encefalogramas, historial de toda una vida (dieciséis años, siete meses y trece días), incluso un documental de discovery. Todo eso demostraba que, el efecto Dory dejaba de ser solo una tonta forma de seducción y pasaba a la lista de enfermedades extrovertidas de uno en varios varios millones (muy aproximada a la probabilidad del nacimiento de un genio o de un niño mariposa).

Y aun así, Tomoyo no podía ni quería creerlo. El pensar que una persona como Eriol padecía tal enfermedad era tan fantasioso como la guerra de las galaxias, era simplemente, una mala pasada de la vida. De entre todos esos millones, ¿por qué él?, ¿por qué su familia, su madre, sus tíos y primos? y sobre todo, ¿por qué ella tenía que soportarlo?

Ese individuo era precisamente al que no lograba tolerar, el que sacaba la parte negativa de ella, la que deseaba convertirse en sádica, la que, durante toda su vida había permanecido en el anonimato. No dejaba de preguntarse ¿cómo había pasado eso?

Y para colmo de males, tendría que volver al hospital en un intento por ser reconocida, algo que de su parte no quería… o tal vez sí… no, no lo quería… o ¿sí y no quería reconocerlo? No, definitivamente no, no, no y no. ¿Por qué querría ella que el chico al que estaba planeando matar la reconociera? Tonterías.

-Me alegro de poder ayudarlo – dijo Sakura de camino a casa. Tomoyo se limitó a verla entre enojada y enojada – o vamos, ¿aún no te convences?

-Es solo que…

-Es solo que… no quieres admitir que te gusta – y se ganó una mirada de muérete propia de un soldado inglés a uno alemán en la segunda guerra mundial – y no te culpo, si es lindísimo.

-O por favor.

--

Dos semanas después y Eriol ya no tomaba por extrañas a Tomoyo y a Sakura, no sabía quiénes eran, no sabía que era lo que hacían, no sabía sus nombres ni porqué estaba con ellas y aún desconocía la existencia Max Planck, pero venga que por lo menos había dejado de preguntar sobre su presencia cada vez que estaban juntos en la escuela, en el hospital o caminando por la calle. La amatista sabía perfectamente que eso no traería nada bueno.

-Necesito que me hagas un favorcito – le pidió Syaoran a la hora de la salida.

-¿Qué sucede? – cuestionó rápidamente, era raro que el orgulloso de Syaoran Lee pidiera favores.

-Lleva a Eriol a mi casa.

-Olvídalo – respondió mecánicamente.

-Por favor Tommy – dijo tomándola del brazo.

-Llévalo tú.

-Eres mi mejor amiga, nunca me has negado un favor – siguió el castaño poniendo ojos de cachorro herido – no me niegues este.

-Syaoran, no soporto a tu primo – dijo la nívea con toda calma - ¿cómo me pides que lo lleve a tu casa? Seguramente terminaría en la comisaría tras matarlo con sus propios lentes.

-Es que yo no puedo llevarlo, el entrenador nos extenderá la práctica por el partido del sábado y si lo dejo conmigo sé que se irá en menos de cinco minutos – explicó tan rápido que de milagro no se trabó – por favor, por favor, por favor.

-Ni hablar.

-Vamos, solo llévalo a casa – le rogó hincándose y abrazándola de las rodillas.

-Syaoran.

-No es nada difícil – siguió él soltando grandes chorros de lágrimas – es un buen niño, no te dará problemas.

-Basta Syaoran.

-Nunca volveré a pedirte nada en la vida.

-Deja de hacer esto.

-Te daré lo que quieras, te pondré un harem (con Eriol como bocadillo principal).

-Te digo que no.

-Por favor, por favor, por favor – le rogó sin soltarla – ni yo ni mis descendientes volveremos a pedirte nada nunca en toda nuestra miserable existencia.

-Está bien, lo haré – le gritó irritada.

-Sí, gracias Tommy, eres de lo mejor – y se incorporó rápidamente sin señas de llanto – iré por él.

-Algo me dice que me arrepentiré – se dijo a sí misma viendo a su amigo arrastrando con el inglés.

-Tu niña linda te llevará hoy a casa – le dijo.

-SYAORAN.

-Nos vemos – y salió en fuga.

-¿Te llamas linda? – le preguntó el oji-azul con una encantadora sonrisa – yo soy Eriol.

-Solo camina – le pidió la chica comenzando a sentir una pequeña punzada en la cabeza.

Comenzaron su caminata en silencio. Tomoyo estaba decidida a llevar al extraño ser proveniente de otra galaxia lo más rápido posible a casa de Lee y refugiarse en su cuarto hasta la hora de la cena. ¿Qué tanto podía tardar en llevarlo? Aparte, en esos momentos estaba en silencio inspeccionando todo a su alrededor; era una ventaja que no preguntara quién era o dijera su nombre cada cinco segundos.

Y tan metida estaba en sus pensamientos que no se percató que el chico ya no iba a su lado. Había desaparecido, posiblemente sus parientes llegaron en su pequeño platillo volador y se lo llevaron mientras no veía, o mejor aún, era un tipo de topo mutante y escavó bajo tierra para refugiarse del sol. O muy posiblemente era el chico que trotaba cuesta abajo moviendo los brazos como robot evidentemente feliz y despreocupado de la vida.

-Yo lo mato.

Salió corriendo tras él, que ni cuenta se dio. Si alguien los hubiera visto en esos momentos hubiera pensado que esos chicos tenían serios problemas con su edad, ¿tan grandecitos y todavía jugando a las traes? O posiblemente algún conflicto de enamorados. El chiste era que él trotaba sin parar de un lado al otro, rodeando árboles, saltando bancas, haciendo equilibrio sobre un árbol caído, extendiendo sus brazos como avión y corriendo más. Ella hacía lo posible por seguirle el paso de forma graciosa, ya hacia equilibrio él, ya hacia equilibrio ella, hasta que notó que eso no era necesario y solo la retrasaba más.

-Eriol – le gritó cuando no pudo más.

El chico se paró en seco y giró la cabeza de un lado al otro y hacia arriba.

-Eriol – volvió a llamarlo.

Esa vez supo quién lo llamaba y se acercó a ella que, en un ángulo extraño trataba de recuperar el aliento.

-Hola – le dijo agachándose a su altura - ¿se te ofrece algo?

-¿Por qué corriste? – le preguntó notablemente molesta.

-Porque es divertido, ¿no te gusta correr? Porque debería, es un buen ejercicio.

-Escucha, solo te llevaré a tu casa y listo – le dijo incorporándose.

-¿Sabes dónde vivo? – cuestionó ladeando la cabeza – porque yo no.

-Lo sé, vamos.

-No.

-¿No? ¿Por qué no? – cuestionó frunciendo el ceño, ¿qué se creía ese chico? ¿A qué estaba jugando?

-Tengo hambre – respondió – dicen que si no comes, tus tripas se comen unas a otras, y no creo que eso se sienta bien.

-Comerás cuando llegues a casa.

-No – dijo y comenzó a trotar de nuevo – comer, comer, comer.

-Espera – haciendo un gran esfuerzo lo alcanzó antes de que se alejara - ¿a dónde vas?

-No sé, tengo hambre – volvió a decir.

-Comerás en tu casa.

-No quiero, no quiero y no quiero – dijo emberrinchado dando pisotón tras pisotón.

-Ya estás demasiado grandecito para eso – le soltó elevando la voz – vámonos – e intentó arrastrarlo hasta su casa.

-Quiero comer – chilló el inglés llamando la atención de varias personas.

-De acuerdo – gritó la chica cerrando fuertemente los puños para evitar abalanzarse sobre él – después de que comas irás directo a casa.

-Sip.

Macdonals fue el primer sitio decente que Tomoyo encontró para que su suplicio aplacara su hambre y sus supuestas tripas no se devoraran la una a la otra. Y viéndolo comer de esa forma terriblemente encantadora se reprimió internamente por pensar que comía de una forma terriblemente encantadora. Es decir… no había nada que decir, simplemente no podía seguir pensando, imaginando, creyendo, sintiendo que el chico frente a ella era… ideal. Después de todo, físicamente (en física no se piense mal) lo ideal no existe.

-Esto está buenísimo – comentó con la cara llena de cátsup como si fuera un niño de 6 años - ¿Cuál es?

-Big Mac – respondió la nívea por tercera vez suspirando pesadamente.

-¿Y la tuya?

-Es una sencilla.

-¿Tienes complejo con tu peso?

-No – se ofendió – solo no tengo hambre.

-¿Entonces por qué comes?

-No tengo mucha hambre – se corrigió.

-Bueno – el pelinegrodestellosazules siguió disfrutando y embarrándose su comida de una forma tan…

-No, ni siquiera lo pienses Tommy – se reprimió la joven – es solo un bobo, ¿Qué persona de 16 años se bate cuando come una hamburguesa? Dios, tiene servilletas al lado.

Cuando por fin terminaron, reanudaron su caminata, él de nuevo explorando todo a su alrededor caminando felizmente y sin tener la menor idea de haber ingerido alimentos; ella con la esperanza de que el chico cumpliera su palabra y dejara que lo llevara a su casa.

Desafortunadamente para ella, tan pronto entraron al parque, el chico volvió a perderse de vista.

-No te lo puedo creer – se dijo a si misma girando de un lado al otro – Lee me las pagará.

Recorrió prácticamente todo el parque como si fuera una cazadora en busca de su presa, el pequeño y casi extinto inglesis doryanus. Pensaba cazarlo, torturarlo y colgarlo en la pared de su sala… si es que lo encontraba.

-Eriol – gritó desesperada y medio asustada (solo medio) – Eriol.

Siguió así por un largo rato, ¿cuánto? No lo sabía, en esos momentos le preocupaba más otras cosas que ver el reloj.

-Eriol.

-Dime – respondió su voz salida de quién sabe dónde.

-¿Dónde estás? – preguntó volteando a todos lados.

-Aquí.

-¿Dónde?

-Aquí – repitió sacando la cabeza de la falda de un árbol como mono araña.

-¿Qué rayos haces ahí? – quiso saber acercándose – baja.

Por sorprendente que parezca, el chico la obedeció.

-¿Por qué te fuiste? – cuestionó reprimiéndolo – prometiste volver a tu casa después de comer.

-¿Ya comí?

-Sí.

-Quiero un helado – dijo sonriendo.

-¿Qué?

-Quiero un helado – repitió – helado, helado, helado, de chocolate.

-Comimos en Macdonals, ¿por qué no lo pediste? – preguntó frunciendo el ceño.

-Porque quiero un helado.

-Debiste pedirlo en Macdonals.

-Que quiero un helado.

-Eso ya lo dijiste – dijo a punto de gritar – pero, ¿por qué no lo pediste en Macdonals?

-Porque quiero un helado – repitió sin elevar la voz.

La amatista se contuvo de soltarle un enjambre de groserías, de ahorcarlo, arañarlo y picarle los ojos. Le dio la espalda, se masajeó la sien y contó hasta diez lentamente. Rápidamente recordó que no podía perder de vista por mucho tiempo a ese… niño o definitivamente llegaría a Roma. Se giró lentamente y (menos mal) el oji-azul permanecía ahí observando las hojas del árbol.

-Quiero un helado – repitió cuando sus vistas cruzaron.

-De acuerdo – accedió – y después a casa.

-Sip.

Caminaron hasta la heladería más cercana y pidieron dos conos (-extra grande, extra grande, extra grande… la dueña tuvo que ingeniárselas para ese nuevo tamaño, pero lo hizo feliz por el lindo niño que se lo pedía, en sus propias palabras).

Y volvieron a retomar su camino… otra vez.

-Temo que volverás a huir tan pronto me despiste un poco – le dijo la pelinegra al chico que, de nuevo comenzaba a batirse – límpiate.

-Ok.

-¿Por qué siempre te escabulles? – le preguntó considerablemente más calmada, el helado había ayudado después de todo.

-Es que no sé si voy contigo – respondió con simplicidad.

-¿Cómo lo sabes ahora?

-Porque también llevas un helado y hablas conmigo.

-Y… ¿cómo hacer para que sepas que vas conmigo? – siguió, era la plática más civilizada que habían tenido hasta el momento.

-Bueno, unas personas me amarran un hilo a la cintura y se quedan con el otro extremo – hasta ahí había sido civilizada – otras personas hablan conmigo, cosas como esas.

-¿No hay algo más? – no se vería muy bien que lo llevara como si fuera un cachorro y hablar mucho con él tampoco sonaba muy atractivo.

Como respuesta, Eriol dibujó la sonrisa más linda y dulce que había visto en su vida, pero la acción que cometió a continuación le impidió seguir viendo la curvatura de sus labios: ¡la había tomado de la mano! De su mano libre… caminaban ¡tomados de la mano!

-¿Qué haces? – tartamudeó sintiendo un extraño calor en sus mejillas.

-No sé si esto sirva, pero si no recuerdo que voy contigo, no creo perderme tan fácil – dedujo llevándose el helado a los labios, Tomoyo pensó que era una buena idea – a menos de que quieras que me pierda, entonces me sueltas y me dejas ir, vagando por… por aquí, solito en la vida, sin un perro que me ladre… quiero un perro.

-También tienes tu lado dramático ¿eh? – dijo y él sonrió exageradamente mostrando los dientes.

-Vamos a tu casa.

-Quiero ir al cine.

-No de nuevo – se quejó.

-Quiero ir al cine – repitió y sacó su libreta de bolsillo como pudo – sí, quiero ir al cine, mira – le puso la libreta pegada a la nariz – quiero ver esta.

Tomoyo solo pudo distinguir unos finos rasgos antes de que el chico retirara la libreta.

-Vamos al cine, vamos, vamos, vamos – rogó con ojos suplicantes – anda, di que sí.

-Ni siquiera recordarás que fuiste – objetó ella evitando verlo directamente.

-Lo anotaré en mi libreta.

-Eres extraño.

-Quiero ir al cine.

Y de nuevo, el niño ganó. Por lo menos se había dignado a pagar las entradas y un montón de golosinas que se le antojaron. Sentados en primera fila, esperaban la gloriosa entrada de la película que, según él se moría por ver… ¿cómo? Quien sabe, ella solo sabía que se había dejado arrastrar por ese extraño ser y ahora no tenía salida, por lo menos si tenía una soda.

Al salir de la sala después de una no muy mala (debía admitirlo) película, la sonrisa del inglés radiaba de alegría. Tomoyo se preguntó si recordaba por lo menos cual película habían visto, pero se contuvo de preguntar.

-Vamos ahí – dijo el chico apuntando a los fotomatones.

-¿Sabes lo que son?

-No tengo idea – confesó sin dejar de sonreír – pero se ven divertidos, tiene colores geniales y ese osito es so cute – y sin más, la arrastró hasta las susodichas máquinas - ¿cómo se juega?

-Saca fotografías.

-Genial – soltó tomando la actitud contraria a lo que la nívea había imaginado – las fotos son importantes para mí.

-Lo imagino.

-¿Cómo se hace?

Tomoyo le explicó en 3 pasos sencillos como hacer para obtener la fotografía, él se apresuró y antes de que pudiera salir invicta y ausente en la condenada foto, el níveo tiró de ella.

-Sonríe – dijo haciéndolo él – esa no es una sonrisa, venga sonríe – volvió a decir – sonríe sí – le pidió volviendo a mostrar su exagerada sonrisa muestra dientes – así, chiiis.

-De acuerdo, ya comiste, obtuviste tu helado y fuiste al cine – enumeró la heredera Daidoji – ahora a casa.

-Ok.

La oscuridad estaba presente sobre la ciudad, las farolas encendidas y los caminantes eran pocos. Tomoyo suspiró resignada, había perdido toda su tarde al intentar llevar al paciente de efecto Dory a su casa, algo que, supuestamente Lee sería fácil y nada tardado se convirtió en una tarea de horas. Aun que, si lo pensaba bien (algo que se resistía a hacer) no tenía nada mejor que haber hecho, en su casa seguramente habría pasado uno a uno los canales de la televisión varias veces mientras esperaba la hora para ir a la cama. No quería admitirlo, pero esa cita… no, solamente salida no planeada había sido después de todo… entretenida.

La joven Daidoji llegó arrojando su mochila en cualquier parte de su cuarto. Dejar a Eriol en su casa había sido toda una proeza y más cuando, al dejarlo en la puerta de la casa, la siguió porque supuestamente no sabía que era ahí donde vivía. Le tomó aproximadamente 20 minutos convencerlo, junto con el mayordomo que esa era la casa Lee… Tomoyo descubrió entonces (y el mayordomo lo confirmó) que Eriol era paranoico.

Se sentó en el borde de su cama y no pudo evitar tomar la única fotografía que tenía sobre el buró donde aparecían ella y un atractivo chico de cabello negro un poco largo, piel igual de nívea que la suya y unos embriagantes ojos color violeta intenso.

-Ojalá estuvieras aquí conmigo – le dijo sonriendo con melancolía – sería mucho más fácil para mí, ni siquiera te imaginas lo que está pasando ahora… te extraño tanto.


Explicaciones del capitulo:

1.-Max Karl Ernest Ludwick Planck. Fue un brillante físico alemán del siglo XX considerado el fundador de la teoría cuántica y galardonado con el premio nobel de física en 1918, sin duda una persona (o un nombre) que todos deberíamos conocer.

2.-Todo mundo conoce Macdonals como sinónimo de hambuguesas, es por eso que Eriol insistía en decir que quería un helado cuando Tomoyo le reclama de no haberlo pedido en el restaurant.

---

Cómo la ven chavales? espero que les haya gustado, pensaba agragarle una escena más, pero ya está un poco largo no les parece.

Por cierto, en un inicio este capítulo iba a ser publicado el proximo lunes, pero no pude evitarlo... Por qué el lunes?? Por que hay fiesta en Perú, así que (aun que no sea publicado el lunes), Feliz cumple Ziitah. Este capi es tu regalo (lo disfrutaste?? te gustó??)

Agradecimientos especiales a:

Sniper85

Cuty Ligia-chan

Cleilis

Sama

Blouson Der Herz

Emiko hime-sama

gabyhyatt

LyS Cosmo

Amizumi Hiwatari

Ziitah-TXE-

mamori anasaki

Whiten-white

Lirio Negro

y a todas las personas que nos agregaron a su lista de alertas y lista de favoritos, son lo máximo.

Sin más por el momento, yo les digo:

ADIOSIN :D