Ciao a todos! Muchas gracias por seguir este endemoniado fic :'D (bah, endemoniado quizás no) Me alegra que haya gente que lo lea :')
Hetalia no me pertenece. :P
Capítulo 2: La batalla
La tensión era sólida en el aire. Nos habíamos reunido todos los países en la primera fila, porque sabíamos que cruzaríamos unas palabras con el enemigo antes de luchar.
El ejército de Rusia y Belarús avanzaba sin prisa, a un ritmo un poco demasiado seguro. Dejé escapar un resoplido al ver los innumerables hombres. Italia me echó una mirada nerviosa, pero fingí ignorarlo.
Los recién casados se acercaron a pie, pero con paso arrogante. Me llamó la atención proviniendo de Rusia; él no tenía esa actitud, por lo general era más tranquilo y risueño. Fui plenamente consciente de que China bajaba la cabeza, dejando escapar algo similar a un suspiro mezclado con un quejido.
-Buenos días, mis queridos amigos –la voz de Rusia resonó en el inmenso terreno. Me inquieté, pues había sonado segura y egocéntrica, no risueña y calmada como de costumbre. Y me resultaba conocida.
-¡Prusia! –soltó Japón indignado, adelantándose mientras desenvainaba una de sus katanas, pero Estados Unidos lo tomó por las espaldas, inmovilizándolo.
-¡Prusia, maldito! –ahora la voz ronca de China cortó el aire como un cuchillo. –¿Por qué nos haces esto? ¿Por qué Belarús se ha casado contigo? ¿Y dónde está Rusia?
La risa de mi hermano mayor llenó el ambiente.
-Belarús supo mi verdadera identidad cuando ya era demasiado tarde –explicó con una pizca de maldad en su voz. La mujer le echó una mirada cargada de ira. Me pregunté por qué no lo asesinaba en ese mismo instante y por qué no lo había asesinado antes. –Pero la Iglesia no permite la disolución de un matrimonio. Y Rusia, bueno, ¿quién sabe dónde está? Pero su gente está aquí conmigo –añadió, orgulloso, mientras con el brazo mostraba a los enormes y fuertes ejércitos.
-Con razón –gruñí. Rusia era el país más grande del mundo. Ahora me explicaba lo del ejército.
-Dejémonos de tonterías y que empiece la fiesta –sentenció mi hermano, mientras aferraba su espada.
-Ya esperaba que lo dijeras –susurré.
vVv
Lancé un tajo con mi espada al cuello del hombre que estaba delante mío, separando así la cabeza de su cuerpo. Éste se desplomó, mientras que yo pateaba la cabeza bien lejos para evitar tropezarme con ella. Continué avanzando, mientras cortaba un pecho a mi derecha, de un soldado que había hecho el intento de atacarme por sorpresa.
"Italia, dónde está Italia", pensé desesperadamente. La última vez que lo había visto estaba resistiendo el ataque de un joven de dos metros, bastante voluminoso y de mandíbula cuadrada. Me asustaban sus posibilidades de ganarle.
"No dejaré caer en batalla a Italia".
Avancé entre la muchedumbre lanzando cortes y tajos a diestra y siniestra. Me preocupaba haber perdido de vista a Italia.
Un hombre de cabello largo y negro me trazó un largo corte a un lado de la cabeza; yo le hice tropezar pasando mi pierna por entre las suyas y lo pisé fuertemente en el pecho una vez que éste estuvo en el suelo, antes de dispararle en medio de los ojos.
Oí un disparo y una bala se alojó en mi hombro derecho. Apreté los dientes para reprimir un grito de dolor, y escuché un chillido agudo proveniente de algún lugar entre la multitud. El terror invadió mi cuerpo, pero enseguida me percaté de que el que había chillado era China, y y el chillido había sido algo así como un grito de guerra, antes de cortar a la mitad a dos hombres con sus espadas.
Sentí gusto a sangre en la boca. Intenté mover mi brazo, pero estaba entumecido y no respondió. Alguien me golpeó en la cabeza con algo que no pude identificar y me desmayé.
vVv
-Vamos, Alemania-sama, resista.
La voz baja y mecánica de Japón me despertó. Había pasado uno de mis brazos por mi hombro mientras que él me tomaba de la cintura, arrastrándome como podía.
-Ja-Japón –dije con voz ronca, escupiendo un poco de sangre. –¿Q-qué…?
-No se preocupe –respondió él apresuradamente, pero la voz le falló. –S-se ha desmayado y está herido, pero no es nada muy grave, se lo aseguro.
-¿Y t-tú, Japón…?
-Algunos rasguños –esbozó una leve sonrisa. –Y me duele un poco la cabeza. Nada que un buen té no pueda remediar.
Me quedé unos segundos en silencio, intentando pensar con más claridad. De repente, una sola persona ocupó toda mi mente.
-¡Italia! –grité. –¡¿Cómo está Italia?!
Japón sonrió temblorosamente, como si quisiera esconder algo, pero unas lágrimas escaparon de sus ojos oscuros.
-L-lo siento, hemos hecho todo lo posible, pero… -sollozó, incapaz de continuar.
Nunca había visto llorar a Japón.
Y todo aquello sólo podía significar una cosa.
Italia.
vVv
-¡Italia! –grité apenas entramos en la tienda.
Busqué su cuerpo entre los heridos, mientras China intentaba, inútilmente, tranquilizarme.
-Alemania, por favor, está muy herido, descanse –insistía.
-No. Antes tengo que ver a Italia –lo corté.
Japón escondía su rostro con las manos, mientras sus hombros se convulsionaban por el llanto. Había estado llorando todo el camino.
-N-No –tragué saliva al encontrarlo.
Lo primero en que fijé mi vista fue en su pecho. No se movía. Él tenía los ojos cerrados, los labios entreabiertos y el brazo derecho y mitad del pecho cubiertos de sangre. Me acerqué tembloroso a su cuerpo. No podía creerlo. No quería creerlo.
-No… -murmuré, cayendo de rodillas ante él. –No, Italia, por favor no…
A mis espaldas, los sollozos de Japón aumentaron de volumen. Yo no atinaba a nada, excepto a contemplar el cuerpo sin vida de Italia.
-Y-yo… Si lo hubiera sabido, te hu-hubiera tratado con más amabilidad… -susurré con la voz entrecortada. Notaba cómo mi corazón de pronto se había hecho más pesado. Apoyé suavemente mi frente sobre su pecho, mientras sentía que todas las esperanzas a las que me había aferrado hasta aquel entonces se derrumbaba. Sólo quedaba en mi interior el deseo de morir junto a Italia.
En ese momento me di cuenta de la Cruz.
-La Cruz… -levanté la cabeza de golpe y toqué su cuello. –¿Dónde está la Cruz?
Los sollozos de Japón cesaron y noté cómo tanto el como China prestaban atención.
-¿C-Cruz? –preguntó China. –¿Qué cruz?
-¡La Cruz de Hierro que le regalé! ¡¿Dónde está?! –sólo mi hermano Prusia y él (sin contarme a mí) tenían una Cruz.
En ese instante me di cuenta de lo que en realidad estaba sucediendo.
Alargué la mano hasta su cabello y le arranqué su rulo (al que Italia denominaba su "zona erógena") con facilidad, como si no estuviera agarrado al cuero cabelludo. Detrás de mí, Japón y China contuvieron una exclamación.
Pasé la mano por el resto de su cabello, ensuciándome de barro y dejando al descubierto una cabellera pelirroja, y no castaña como la de Italia. Temblando, abrí con delicadeza uno de sus ojos. Eran celestes, y no marrones… como los de Italia.
Me incorporé con la mente más movida que una licuadora. Me di la vuelta. China se había llevado un puño al pecho, y Japón se había tapado la boca con las dos manos.
-Si él no es Italia –dijo, destapando su boca y tragando saliva, –entonces ¿dónde está el verdadero Italia?
Y dónde se habrá metido... :o
Muchas gracias nuevamente por seguir mi primer fic :'o Dejen review en caso de preguntas, opiniones, etcétera.
