Capítulo 3
Al día siguiente, a pesar de la tensión entre los dos vencedores, tuvieron que posar ante las cámaras del capitolio. La entrevista se alargó más de lo que les hubiera gustado a ambos. A Katniss le empezaba a doler la mandíbula de fingir tanta sonrisa y felicidad, y Peeta no dejó ni un momento de desear que ojalá Katniss se sintiera así en realidad. Aunque en esos tiempos, era complicado. Ni siquiera él mismo, estando al lado de la chica que quería, podía ser feliz del todo.
Effie Trinket se puso tras las cámaras para efectuar las preguntas.
—¿Sois felices aquí, en la aldea de los vencedores? — Los dos chicos se miraron, sonrientes e intentando aparentar estar enamorados.
—Por supuesto, ¿qué más podríamos desear? Estamos junto a nuestras familias y vivimos a escasos metros de distancia. Nos vemos siempre que queremos y eso es maravilloso. Aún me cuesta creer hasta dónde hemos llegado — explicó Peeta a la cámara y, por consiguiente, a todos los espectadores. Katniss se maravillaba de sus dotes de actor. Pensó si mentía tan bien o es que en parte estaba diciendo la verdad. Sintió una punzada de dolor al pensar en cuán egoísta estaba siendo. Pero ella era así, las circunstancias habían creado a esa Katniss, preocupada por salvar a todos pero sin prestar atención al amor ni a su propia felicidad. Supervivencia, eso es todo.
Pensándolo fríamente — que era la manera en la que Katniss pensaba habitualmente —, todo eso apestaba: las cámaras, Effie sonriendo y deseando lo mejor para la pareja, ella sonriendo como una boba, mirando con ojos vidriosos y esperanzados a Peeta… daba asco. Ella quería que la dejasen en paz, vivir en su asquerosa casa de rica, gastar su asqueroso dinero en su madre, Prim y Gale, y disfrutar, si así podía llamarse, de todo lo que había conseguido gracias a sobrevivir a un grupo de chicos que no tenía culpa ninguna de la crueldad a la que estaba expuesto su mundo.
Por fin terminó el agobiante paripé y cada uno se fue a su respectiva casa. Sin hablar, sin mirarse. Sin despedirse siquiera.
Katniss sabía que esa actitud distante no haría que él cambiase de opinión en cuanto a no ir a los Juegos del Hambre. Pero, ¿qué iba a hacer que cambiase de opinión en realidad? Nada. Era muy tozudo, igual que ella.
Cuando entró en casa, un olor extraño la inundó. Y conforme se adentraba a la casa, el olor se convertía en algo asqueroso, y justo al abrir la puerta descubrió de dónde provenía.
—Señorita Everdeen, un placer volver a verla. — Sólo instantes después de esa frase, reparó en los guardias que envolvían la biblioteca, enmarcando así al presidente Snow en la silla que estaba ocupando.
—Presidente Snow — consiguió decir sin parecer demasiado asustada. Porque lo estaba, y mucho. — ¿A qué se debe su visita?
Katniss había hecho muchas cosas en su vida que no hubiera hecho de no ser por las circunstancias que vivía. Y a pesar de haber hecho tantas cosas malas, nada le ponía la piel de gallina como ese hombre despreciable lo hacía.
—Sólo he venido a advertirla, señorita Everdeen. No estoy muy seguro de su historia con el chico. Se me antoja todo una farsa, ¿me equivoco? — Katniss estaba frente a la mesa que él ocupaba, rígida.
—Se equivoca, señor. Estamos muy enamorados.
—Sé lo que está haciendo, señorita —. En ese momento, uno de los guardias del presidente Snow inicia un holograma donde aparece Katniss besándose con Gale. — Esto podría tener consecuencias graves para…
—Por favor — rogó ella con tono histérico —, ¿qué quiere que haga?
—Haga que todos crean su historia. Haga que yo me la crea, señorita Everdeen.
Y se marchó seguido de sus guardias. Y Katniss se quedó de pie, mirando al suelo, procesando aquella repugnante visita y maldiciendo su situación.
