Elia no era ninguna idiota a la que las canciones de un torneo pudieran distraerla de la realidad. No era la hermana de Doran Martell por casualidad.

Sabía que algo más grande que todos ellos se estaba maquinando.

Que a pesar de los vientos de primavera, un invierno más duro que ninguno conocido se acercaba.

Pero Elia sabía que era algo aún más grande a lo que la gente pensaba.

Algo más que la futura rebelión de su esposo contra el Dragón Loco.

Algo más que la traición de unos cuantos señores a su rey.

Podía sentirlo en la brisa de la primavera. El aire estaba viciado con traición, lujuria y locura.

¿Nadie más se daba cuenta?

Antes de que su esposo acometiera contra su Caballero Blanco. Antes de que venciera. Antes incluso de que se subiera a su maldito caballo.

Elia lo sabía.

Podía leer en el alma atormentada de su esposo como en un libro abierto.

Estaba a punto de cometer tal locura, que superaría con creces a todos los cuerpos ennegrecidos y apilados de aquellos a los que Aerys mandase arder bajo su aliento de Dragón.

Tal vez Rhaegar también estuviera loco.

Loco por la profecía de las tres cabezas del dragón.

Tal vez ella tenía la culpa.

Si hubiera conseguido darle un hijo más... Tan sólo una cabeza más vería su esposo. Pero quizás nada de esto hubiera sucedido.

Fue por la culpa, por lo que cuando su esposo pasó de largo sin mirarle si quiera, ella no pestañeó. No cambió su pose de princesa educada. No derramó lágrima alguna cuando la confortable mano de Ashara envolvió la suya.

Sólo podía pedirle a los Dioses que la gente olvidase aquellas rosas azules.

Que olvidasen la traición y la afrenta.

Que su esposo olvidase a la joven cachorro.

Pero los Dioses nunca habían escuchado a Elia. Nunca escuchan a nadie.


Y yo solo espero que no se os olviden lo bien recibidos que son los reviews ;)