Antonio de España.
Esta es la historia de un joven noble de hermosos cabellos color chocolate, ojos color esmeralda que parecieran atraparte en ellos y un cuerpo del cual todos tenían envidia, este joven se llamaba Antonio el cual vivía elegantemente en el hermoso pueblo de Florencia.
Cada día, el celebraba de manera majestuosa grandes fiestas y encuentros en los cuales, todo el pueblo asistía, pero, lo que más destacaba de él era que siempre a donde fuera, llevaba consigo a su fiel compañero, un tomate. Las personas no entendían la razón de llevar un tomate consigo y mucho menos entendían el hecho que este nunca se echaba a perder –es que es un tomate mágico- declaraba sonriente el joven cada vez que le preguntaban la razón de esto.
Un día, tras regresar de una de tantas fiestas, Antonio paso por una humilde casa, en la puerta de esta, se encontraba un joven de cabellos caoba que eran acompañados por un extraño y hermoso rizo que pareciera mirar hacia el cielo. Aquella joven figura impresiono demasiado al noble, tanto que sin darse cuenta, termino enamorándose perdidamente. Y desde entonces, día tras día, Antonio iba a visitar a su primer amor, siempre con un regalo diferente, sin embargo, el joven descortésmente le rechazaba.
-¡estúpido, te he dicho que no quiero nada contigo!- gritaba el enamorado de Antonio.
-no te hagas del rogar Lovino, se que en el fondo me quieres- declaraba mientras le extendía un ramillete de flores.
Lovino arrebato el ramillete de las manos de Antonio llevándoselo hacia la nariz, suavemente aspiro aquella fragancia tan propia de aquellas flores, no obstante, al terminar de olerlas, volteo a ver a la persona quien le había traído el ramo –¡te quiero veinte metros bajo tierra cabrón!- sentencio al tiempo que tiraba el ramo al suelo y lo pisoteaba.
No obstante, la sonrisa apacible del noble se mantuvo –mañana vendré a verte nuevamente- sentencio y así, se marcho rumbo a su lujosa mansión.
Los siguientes meses, Antonio continuo intentando enamorar a Lovino, cada vez, con artículos más lujosos y costosos y Lovino, cada día lo rechazaba de manera más cruel que la anterior.
-¡te dije que no insistieras!- gritaba Lovino desde el interior de su hogar.
Antonio quien había llegado de sorpresa a la casa de Lovino, se mantenía expectante desde el otro lado de la puerta –no es así, es la primera vez que me dices que no insistas- declaro sonriente –sal, te traje tomates, muchos tomates- añadió.
A Lovino le gusto oír la palabra tomate, sin embargo, no quería abrir la puerta ya que se encontraría de frente con aquel sujeto tan odioso para el -¡vete!- ordeno -¡pero deja los tomates!- añadió.
El noble sonrió complacido, al parecer aquel presente era del agrado de su amado –como mi amor desee- hablo al tiempo que dejaba un gran costal de aquel fruto rojo en la puerta de Lovino –nos vemos otro día- se despidió.
Tan pronto como Antonio se marcho, Lovino asomo su cabeza, la movió de un lado al otro y cuando noto que efectivamente aquel sujeto odioso se había marchado, tomo aquel gran saco y lo introdujo a su humilde casa.
Un día, tras haber gastado todos sus bienes y riquezas en fiestas y regalos para su amor, Antonio se entero de una terrible verdad, se había quedado pobre. Triste por ya no poder seguirle dando cosas a su hermoso Lovino, decidió retirarse a vivir a las afueras de Florencia donde se exilio junto con su tomate mágico y los pocos criados que podía pagar.
Con el tiempo, Lovino se desposo con un joven noble de un pueblo vecino y al poco tiempo, la feliz pareja tuvo un hermoso hijo. Tras varios años de vivir en felicidad, el esposo de Lovino cayó enfermo y sintiendo cerca su muerte, empezó a redactar un testamento donde dejaba a su único hijo como heredero de todos sus bienes y si su hijo fallecía, su fiel esposo Lovino sería el heredero universal. Al poco tiempo de haber terminado de redactar aquella ultima voluntad, en la ciudad sonaron campanas de pena, el amado esposo de Lovino sucumbió a la enfermedad.
Ahora él y su hijo se habían quedado con toda la fortuna del noble. El hijo de Lovino, un pequeño inquieto y jovial, empezó a juntarse mucho con Antonio ya que este le contaba maravillosas historias donde él y su tomate tenían aventuras. A Lovino no le agradaba la idea que su único hijo se juntara con aquel sujeto que tiempo atrás lo acoso día y noche, no obstante, si el deseo de su hijo era tener a ese sujeto desquiciante como amigo, tenía que respetarlo.
Al poco tiempo, cuando Lovino recién se había recuperado totalmente de la pérdida de su amado esposo, se entero que su hijo ahora estaba empezando a sucumbir por la misma enfermedad que mato a su amado. El pequeño quien ahora se la pasaba postrado en cama, no tenía ánimos de jugar y día a día su condición empeoraba. Lovino quien deseaba lo mejor para su pequeño, insistía diariamente en su bienestar –hijo mío, si deseas algo dímelo que te lo cumpliré con tal que mejores pronto- declaraba preocupado.
Al hijo se le iluminaron los ojos al escuchar la palabra "desear", con una febril sonrisa llamo a su madre –madre querida, hay algo que siempre he deseado- susurro –siempre he querido el tomate de Antonio-.
Lovino palideció, el deseo de su hijo era algo imposible para el ya que sabía perfectamente que Antonio jamás se alejaba de aquella fruta –hare lo posible…- dijo preocupado.
Al siguiente día, Lovino se hallaba meditando si ir o no a casa de Antonio. Una parte de el ansiaba ir y arrebatarle tan preciado objeto a aquel sujeto despreciable, sin embargo, otra parte temía irlo a ver ya que resurgiría en el aquel amor que tiempo atrás le profeso incansablemente. Finalmente, al finalizar el día, Lovino decidió ir a casa de Antonio.
La mañana siguiente, Lovino salió temprano de su hogar, con pasos decididos y con la cara más seria, se dirigió hacia las afueras de Florencia. Al llegar, toco bruscamente la puerta de aquel humilde hogar -¡bastardo ábreme la puerta o la tiro!- gritaba.
A los pocos minutos, un sonriente Antonio le abrió la puerta de si humilde hogar –oh Lovino, me alegra que vengas a verme- decía con aquella sonrisa tan típica en el.
-como sea- respondió cortamente –voy a venir en la tarde, a la hora de la comida y espero tengas algo rico para comer- ordeno. Tan pronto como termino de decir aquello, Lovino se marcho de aquel lugar, dejando muy feliz al humilde hombre.
Cuando Antonio ingreso a su hogar, se dio cuenta que no tenía nada digno para darle de comer a aquel invitado tan deseado para él. Un poco triste, pensó en vender algunas de sus pocas posesiones para poder comprar ingredientes para hacer de comer y estaba en eso cuando vio sobre la mesa a su tan confiable amigo y compañero, el señor tomate.
Una lagrima rodo por su ojo, aquel objeto sería suficiente para darle una buena comida a su amado Lovino. Conteniéndose, tomo al tomate y se lo entrego a uno de sus sirvientes –háganlo en un gazpacho- ordeno.
Llegando la hora de la comida, Lovino llego puntual y directo -¿ya está la comida?- pregunto al tiempo que se sentaba en una de las sillas preparadas especialmente para él.
-por supuesto- respondió Antonio quien traía dos platos humeantes de aquella sopa. Y así, ambos empezaron a sorber aquel delicioso manjar.
Cuando terminaron de comer, Lovino empezó a hablar –bastardo, necesito que me entregues tu tomate mágico- ordeno –mi hijo está enfermo y su mayor deseo es poseer tu tomate- dijo extendiendo su mano.
Antonio contorsiono su sonrisa -perdón- se disculpo –pero al no tener nada bueno que ofrecerte para comer, decidí hacer el tomate en aquel delicioso gazpacho que acabamos de comer-.
Lovino se impresiono y un sudor frio recorrió todo su cuerpo -¡cómo te atreviste desgraciado, ahora por tu culpa mi hijo se va a morir!- grito exaltado y llevando ambas manos al cielo.
El humilde hombre se arrodillo en acto de suplica –golpéame Lovino, me lo merezco- rogo –en mi juventud te di todo lo que tenia aunque no lo querías y ahora que anhelabas algo con todo tu ser, no fui capaz de dártelo- sollozo.
Aquellas culpables palabras llegaron al corazón de Lovino haciéndolo desistir de golpear a su anfitrión y aun molesto, abandono aquel lugar.
Cuando llego a su casa, fue corriendo a la habitación de su hijo, al llegar ahí, le conto lo sucedido, de cómo fue a hablar con Antonio y como este hizo el tomate en gazpacho y que aunque no quisiera admitir, sabia a gloria. El hijo al terminar de escuchar la historia de su madre, entristeció y a los pocos días falleció.
Ahora, Lovino se había quedado totalmente solo, su esposo y su hijo habían fallecido y el siendo aun joven y ahora enormemente rico, era infeliz. Meses más tarde, cuando aún seguía un poco triste por la pérdida de su esposo e hijo, su hermano menor empezó a hostigarle.
-hermano, estas joven, deberías desposarte pronto- insistía el pequeño.
A Lovino no le gustaba aquella idea, nadie reemplazaría aquel profundo amor que llego tener hacia su difunto esposo –deja de insistir hermanito-.
-pero Lovino- hablo el pequeño.
-Si te dije que no, es no, ahora vete- ordeno molesto Lovino.
Los siguientes meses, su hermano menor continuo con la insistencia de casarse nuevamente y finalmente, tras tanta insistencia, Lovino empezó a pensar seriamente si deseaba casarse con alguien más, sin embargo, no estaba interesado en lo absoluto.
Un día, su pequeño hermano le trajo un sinfín de pretendientes de todos los pueblos cercanos y no tan cercanos –elige el que más te guste- sonrió.
Lovino hizo una mueca de disgusto y empezó a inspeccionar cada pretendiente escogido por el hermano –muy feo, demasiado bajo para mi, muuuuuy alto, no me gusta su nariz, no me gustan sus ojos, demasiado gordo para mi gusto- decía descaradamente mientras señalaba a cada uno de ellos.
Finalmente, todos fueron rechazados por Lovino. –Hermano, haz rechazado a todos los pretendientes que te traje, si no querías a ninguno de ellos, porque no me dices a quien realmente quieres- hablo molesto su hermano.
Lovino hastiado de tanta insistencia, se acordó de Antonio, aquel sujeto que siempre le había profesado amor eterno y el cual había sacrificado algo tan valioso como acto de su amor hacia él –Toño…- susurro.
-¿toño?- repitió el hermano –pero si el es un pobretón- dijo incrédulo por la decisión de su hermano mayor.
En el momento que su hermano menciono la palabra pobretona, a Lovino le nació una gran culpabilidad, si bien era cierto que Antonio era pobretón, se debía a que se gasto toda su riqueza en regalos lujosos para el –si no me caso con Antonio, ¡no me casare con nadie!- exclamo.
El hermano al ver que no había otra opción, acepto el profundo deseo de su hermano y sin más, se retiro dejándolo solo. Tan pronto como su hermano se marcho, Lovino salió corriendo rumbo a la casa de Antonio. Al llegar ahí, empezó a tocar insistentemente la puerta. Al ver que no le abrían, tomo impulso y se arrojo contra la puerta la cual derrumbo -¡cásate conmigo!- ordeno el viudo sorprendiendo a Antonio quien se despertó de su siesta al escuchar tal escándalo.
El apacible sujeto quien aun se encontraba algo somnoliento y de luto por la pérdida de su amado tomate mágico, volteo a verle extrañado, una sonrisa tonta se asomo por sus labios y siendo impulsivo, se lanzo a los brazos de su amado Lovino –sabia que algún día serias mío- declaro feliz.
-no digas estupideces- dijo el noble viudo –solo me caso contigo para que dejen de estarme molestando en que consiga esposo nuevo- admitió intentando mantenerse serio, sin embargo, aquello no funcionaba frente a Antonio.
-lo que tu digas mi amor- dijo sonriente mientras besaba el cabello del su amado.
Al poco tiempo de aquel incidente, Antonio y Lovino se casaron. Antonio vivió feliz con su amado Lovino y juntos, crearon un gran sembradío de tomates mágicos.
Fin.
