Mauna
capítulo 3: Rezagado.
Mauna crecía con cada día que pasaba, pero no sólo él, Rangi también lo hacía. Y con cada estación, el resentimiento de Rangi crecía aún más.
Rangi siempre había sido un presumido, desde muy temprano en su niñez, pero con la llegada de Mauna muy pocos lo volteaban a ver. Y desde que Mauna comenzó a caminar, sus dotes como navegante comenzaron a manifestarse, el bebé comenzaba a aprender.
Todos admiraban a Mauna por acciones que aún no realizaba, pero Rangi no lo entendía. Decían que ese bebé era el elegido, pero para Rangi él no tenía nada de especial, mas que la inusual marca de nacimiento que llevaba en su espalda. Para Rangi, ese dibujo no era más que un lunar raro, pero en el fondo el niño sabía que no era así. Mas jamás alabaría a ese bebé como el resto de la tribu hacía.
Sí, tráguense su tonta historia de el elegido, que como idiotas fingen creer que fue regalo de los dioses.
Mauna siempre alejaba la atención de él, sin importar cuánto se esforzara.
—Sí, mi padre dice que ya debo pensar qué debería tatuarme.— un día le dijo Rangi a sus amigas—. Como ven, muy pronto seré un hombre.
—¡Eso es genial, Rangi!— dijo Anahera, su amiga más cercana, tomándolo del brazo.
—¿Y qué piensas tatuarte?— preguntó su amiga Hine.
—Mi padre sugiere que me haga uno como el suyo, con un sol y peces y esas cosas. Mamá dice que si voy a ser navegante, debería pensar en alguna criatura marina. ¡Pero yo ya sé qué me quiero tatuar! Me tatuaré un...
Pero las niñas dejaron de prestarle atención, todo lo que pudieron ver fue al pequeño Mauna dar pasos torpes frente a ellas, al parecer se había escapada para buscar flores de nuevo.
—Miren, es Mauna.— dijo una de las niñas—. ¡Es tan adorable!
—Ese es el tatuaje en su espalda, ¡es bastante genial!— dijo Anahera.
Y en un segundo, las niñas habían abandonado a Rangi para ir a jugar con el hijo del jefe. La frustración de Rangi fue grande.
—¡Chicas!— las llamó—. ¡Ese ni siquiera es un tatuaje! ¡es una marca de...— se rindió, ellas se habían ido.
Rangi miró las aves volar por el enorme cielo azul y parte de él se sintió un poco triste.
—Ni siquiera me dejaron contarles qué me quería tatuar.
Las tardes libres, cuando terminaba sus deberes, a veces volaba un cometa, como lo hacía cuando era más pequeño. A veces recordaba cosas, cosas que ya nadie menciona por alguna razón, excepto a veces cuando el jefe no está cerca. Entonces recordaba su sueño infantil, ser alguien igual a él...
Para conseguir ese destino, debía ser más fuerte que Mauna, debía mantenerse siempre por delante de él y cualquiera.
Rangi se ofrecía siempre a todo, a los cultivos, a la pesca, al tejido, y le reconocían, pero al final el centro de su atención terminaba siendo Mauna.
Durante los viajes, el bebé trataba de medir las estrellas con sus pequeñas manos, provocando la ternura y el orgullo de todos. Mauna hacía mejores nudos cada vez, comenzaba a intentar tejer cestas, y siempre estaba atento a lo que hacía su madre, aprendiendo de ella.
Mauna casi siempre acompañaba a su madre a los viajes, pero a pesar de su rápido aprendizaje, nunca dejaba de ser inquieto.
—No te acerques a la orilla, Mauna.— le dijo un hombre llamado Matiu, cargando al bebé—. Puede que tu mamá sea amiga del océano, pero eso no evitará que ella me mate si te llegas a caer de la canoa.
Matiu era un hombre alto y robusto con cabello muy lacio y oscuro. Él solía ser el tipo de hombre que está acostumbrado a seguir ordenes, así que no se molestó cuando Moana comenzó a pedirle estar atento al pequeño Mauna cada que lo llevaban a un viaje al mar, después de todo ella no podía estar atenta al niño mientras daba ordenes y navegaba.
Matiu conocía a Moana desde toda la vida y siempre habían sido buenos amigos aunque él era un poco más mayor. Su relación se volvió más cercana después del nacimiento de Mauna, cuando Matiu comenzó a cuidar del niño. Aunque todos se dieron cuenta de su cercanía, eso no evitó la perplejidad que sintieron cuando Moana nombró a Matiu como parte del consejo. E indirectamente Moana había vuelto a Matiu su mano derecha; cuando ella no estaba, él estaba a cargo.
Fue un poco difícil para Matiu dar ordenes al principio, pero después de un tiempo logró acostumbrarse.
—Oigan, niños.— le habló severamente Matiu a los niños más mayores que iban en el bote, entre ellos Rangi—. Cuando vean a Mauna o a cualquiera de los pequeños acercarse a la orilla, deben detenerlos.
Eso había sido un claro regaño y a los niños no les gustaba cuando Matiu los regañaba.
—¿Por qué?— dijo Rangi, dando un paso al frente—. Mauna es el elegido. Hemos escuchado las historias. El agua sólo lo regresará al bote si se cae.
—Eso es verdad, ¿por qué preocuparnos?— dijo Hine.
—¡Es una orden!— les dijo Matiu con una voz muy dura, y ellos ya no pudieron tener valor para seguir protestando—. El océano no es un juego, no tenemos idea de lo que podría pasar.
Rangi bufó del fastidio.
No debería ser problema mío, él pensó.
Realmente Matiu detestaba ser tan estricto, pero se había vuelto parte de su deber ahora. Ya casi sentía que Moana le dejaba el trabajo más pesado.
Al regresar a Motunui después del viaje, Moana aprovechó para enseñarles a las niñas más pequeñas un poco de danza. El baile era una tradición muy importante para su cultura y Moana amaba hacerlo. Y las niñas estaban encantadas de aprender de ella. Mauna, siempre primero en todo, trataba de imitar los movimientos de su madre, pero no le salía muy bien, era su primer intento y todos se reían de lo tierno que era.
Rangi observó lo que sucedía y no hizo más que molestarse. ¡Era lo que le faltaba! ¡que Mauna tratara de superarlo en el baile también! ¡ahora no podía detestarlo más!
Mauna era un bebé, no era experto en nada, pero sabía más que cualquiera de su edad, era un genio, lo intentaba todo y seguía creciendo y aprendiendo. Eso es a lo que le temía Rangi, que muy pronto ese bebé lo superase.
—Oye, Rangi.— lo llamó el jefe Moana, sonriendo al niño aislado—. Ven, únetenos, sé que te encanta esto.
Rangi se sonrojó por la petición del jefe, pero apartó la mirada y se alejó. Lo siento, linda, pero ya no.
—Rangi, espera.— le habló Moana, pero el niño no la escuchaba. Se giró hacia las niñas y suspiró—. Es todo por ahora, seguiremos practicando mañana, lo prometo.
Mientras las niñas se iban a jugar, dando saltos, Moana giró y contempló el horizonte, más allá del mar. Ciertamente algo le perturbaba.
—Eh... ¿Está todo bien?— le preguntó Matiu, cargando a Mauna. Al bebé le encantaba la compañía de Matiu, así que sólo rió.
—Yo... no lo sé.— respondió Moana, girando y viendo de lejos a Rangi, quien se fue a sentar en una roca y pronto fue acompañado por sus amigas—. Rangi siempre fue un niño raro, pero ama bailar, sólo que... él ya no habla conmigo.
—¿Estará enojado contigo?— Matiu se acercó a Moana y le entregó el bebé con delicadeza.
—No entiendo por qué. Yo solía gustarle, ¿sabes? Era extraño y molesto, pero un día él sólo...— Mauna se retorció en sus brazos, queriendo bajar de nuevo al suelo. Moana no lo soltó—. Un día él sólo se alejó.
—¡Ahhh!— gritó el bebé, exigente.
—¿Qué tienes, mi niño hermoso?— Moana le dio unas vueltas y después le besó la mejilla—. ¿Tienes hambre ya?
—¡Bájame!
Matiu se rió por la respuesta de Mauna. Moana le dio un empujón a su amigo por reírse. La madre bajó a su bebé pero no le soltó la mano, ya sabía cómo era su hijo y lo fácil que le resultaba escapar.
Había tardes en la isla en las que Rangi y su grupo de amigos se iban a esconder, adentrándose al bosque, ocultos de todo adulto. Se recostaban en el césped y contaban las cosas que habían hecho, lo que habían aprendido, lo que les gustaba y disgustaba. Contándose chistes y chismes sobre su pueblo, haciendo retos que terminaban con más de una rodilla lastimada.
De todos, Rangi era el más intrépido, escalando las palmeras más altas, desafiando siempre su fuerza, tratando siempre de impresionar a sus compañeros, especialmente a las niñas. Se proclamaba a sí mismo como el mejor. Los otros, aún reconociendo lo fuerte que era su amigo, no lo tomaban tan en serio.
Rangi era de ese tipo de niños, que se creen lo mejor de la creación, un completo presumido. Y sus amigos sabían más que cualquiera la gran envidia que sentía Rangi hacia Mauna.
—Es un bebé de dos años, Rangi, no seas ridículo.— le dijo su amiga Hine.
—¿Cómo quieres que esté? Ese tonto príncipe siempre tiene la atención de todos.
—No es un príncipe, es el hijo del jefe Moana.— dijo su amiga Anahera.
—Es un mimado y aman la arena donde camina, no es más que un príncipe para mí.
—A mí me parece que más bien eres tú el mimado y el que desea que amemos la arena donde caminas.— le dijo Hine.
Los niños estaban sobre una colina, sentados en un saliente rocoso, a algunos metros de altura. Entonces vieron a Mauna caminando en medio de la nada, recogiendo rocas de colores y más flores.
—Hablando del elegido.— dijo Hine al verlo.
—Se alejó mucho esta vez.— dijo Anahera—. Alguien debería regresarlo a la aldea. Deben estar preocupados.
Estaban bastante lejos de la playa, de alguna forma Mauna había llegado hasta ahí sin que nadie se diera cuenta.
—Genial, ahora el niño nos arruina la diversión.— dijo Rangi, molesto—. Vamos.— ordenó cual líder de su grupo aunque ellos no tuvieran líder realmente.
Rangi fue, claro, el primero en bajar y llegar con Mauna; Rangi simplemente se había deslizado por las rocas y dado un par de saltos para bajar mientras sus amigos buscaron un camino más seguro. Cuando Rangi estuvo finalmente frente a Mauna, le dio un golpecito en la cabeza, sorprendiendo tanto al pequeño que soltó todas las rocas y flores que había recolectado.
—¿Estás perdido, pequeño mocoso?— Rangi no ocultó su molestia y le habló casi de forma agresiva. Nunca le había hablado al bebé antes ni había estado cerca de él sin la presencia de un adulto.
—¡Ahhh!— le gritó Mauna, alzando el puño con una expresión muy enojada en el rostro.
Hasta Rangi se sorprendió, nunca había interactuado tanto con el niño como para haberlo visto enojado alguna vez. Simplemente le pareció un enano muy chistoso.
—Ya basta, Rangi.— le dijo Anahera en un tono un poco preocupado, llegando junto a los demás—. Sólo volvamos a la aldea y regresemoslo a su madre.
—Me pregunto qué le ven de especial a este niño.— Rangi cargó a Mauna, manteniéndolo lejos de su cuerpo como si sostuviera algo que le causara asco.
—Nooo.— dijo Mauna, queriendo que Rangi lo bajara.
—Rangi, es un bebé de dos años, no seas idiota.— le dijo Kupe, uno de sus amigos.
—¡Claro que no es sólo un bebé! ¡Mauna es el regalo de los dioses!— Rangi dio golpecitos a la frente de Mauna—. Antes de que él llegara yo era el especial, yo era el mejor hasta que llegó este elegido, ¡yo podría ser mejor que él!
—¿Y qué piensas hacer? ¿eliminarlo para tomar su lugar y ser el jefe?— bromeó Kupe.
—Ganas no me sobran.
El grupo de niños se miraron entre sí, sin saber si tomarse en serio lo que su amigo les decía. Sabían lo mucho que odiaba Rangi a Mauna, pero ¿llegaría tan lejos?
—¡No!— gritó Mauna, sintiendo el desprecio de Rangi por sus palabras.
Mauna lanzó una patada a Rangi, por lo que el mayor soltó al bebé y tropezó para caer al suelo. A Mauna le dolió la caída, pero no lloraba, el pequeño tomó una de sus rocas y la arrojó hacia Rangi; el mayor vio la roca venir y pudo evitarla muy apenas, sólo rozó su mejilla.
—Es un buen lanzador.— comentó Hine.
Rangi enfureció, se puso de pie y lanzó un golpe hacia Mauna con su puño. No pudo ni tocar al pequeño. Un adulto tomó a Rangi, lo apartó del bebé y lo volvió a dejar en el suelo. Rangi entendió que había cometido un gran error.
—¡Rangi! ¡¿Estabas por golpear al hijo del jefe?!— gritó Matiu, parado frente a Rangi. Mauna se ocultaba tras de él.
Al parecer Matiu había estado buscando a Mauna al volver éste a escapar.
Rangi maldijo internamente.
—Él comenzó.— alegó, pero al escuchar las risas de sus amigos a sus espaldas, se dio cuenta de que estaba haciendo el ridículo. Había iniciado una pelea con un bebé de dos años. Se sintió avergonzado y su furia aumentó más.
—¡¿Quieres que me crea algo así?!— dijo Matiu, tan severamente que dio miedo—. Tus padres sabrán de esto, y el jefe también.
—¡Moana no me asusta!— exclamó Rangi, hablando con su orgullo—. ¡Ella no tiene idea de lo que hace!
Rangi quería gritar más, sacar todo ese resentimiento que no sabía por qué cargaba. Pero su problema no es con ella, nunca debió ser con ella, por mucho que la culpara. Es por su hijo, ¡siempre es por Mauna!
Los amigos de Rangi lo miraban con impresión, casi como si vieran a un loco. Había menospreciado a su jefe sin motivo alguno.
—Está bien, no le diré a ella.— dijo Matiu, sorprendiéndolos—. Pero hablaré con tus padres y tú tendrás un castigo por esto.— miró a los niños—. ¿Y qué hacen tan lejos de la aldea? Puede ser peligroso.
—Entonces, ¿qué hace Mauna aquí?— reclamó Hine.
—Les dije que nos lo arruinaría.— murmuró Rangi.
Rangi soportaría cualquier castigo. Lo hicieron recolectar fruta y trabajar en la tierra hasta muy tarde, y sus padres no dejaron de regañarlo "¡¿Cómo se te ocurre agredir al hijo de Moana?!", decían ellos. ¡Pues era su culpa por ser un príncipe mimado por toda la isla! por haber ocupado su lugar...
Días castigado y sólo pudo considerar su sueño. Lo que deseaba de pequeño más que nada. No podría cumplir ese sueño si seguía actuando conforme a su ira, pero no podía evitarlo, no podía evitar detestar a Mauna. ¡No podía soportar estar en segundo lugar! ¡tal cosa era humillante!
Un día, así como tantos, Sina reunió a los niños y les contó historias. La historia favorita de los niños era la de su jefe Moana regresando el corazón de Te Fiti. Siempre preferían escuchar la historia contada por Sina, Moana ya no contaba la historia bien...
Los niños dibujaban sus partes favoritas del relato; a las niñas les gustaba dibujar las flores de Te Fiti, a los niños les encantaba dibujar a los monstruos del Lolatai. Mauna adoraba hacer dibujos.
Rangi amaba escuchar esa historia, así que aunque no fuera ya un pequeño, iba de vez en cuando a escuchar. Ese día se animó a hacer un dibujo también.
—Déjenme ver qué dibujaron.— les dijo Sina con voz maternal.
Los niños mostraron sus dibujos del océano, de las canoas, de las islas y de los monstruos. Mauna le mostró a su abuela su dibujo.
—El corazón de Te Fiti.— sonrió la abuela—. Es un lindo dibujo, Mauna.— la mujer observó al niño más grande, quien desentonaba al lado de los pequeños—. ¿Qué dibujaste tú, Rangi?
Rangi, un poco nervioso, le entregó su dibujo a Sina. La mujer dio una sonrisa enternecedora; pudiera que Rangi se haya vuelto mayor, pensó Sina, pero sigue siendo en el fondo aquel niñito soñador. Sina notaba lo mucho que había cambiado Rangi, y no sólo porque el niño recién cumplía los catorce años, ¿qué había pasado con aquel niño entusiasta? Seguía siendo igual o más presumido que antes, pero se había vuelto algo serio y malhumorado, distante, no con ella, sino con Moana.
Mauna se asomó a ver el dibujo de Rangi, Sina inclinó el dibujo para que su nieto pudiera observarlo mejor.
—Es impresionante, Rangi.— le dijo Sina.
—Ya sé.— el niño sonrió, orgulloso de sí mismo. Siempre era así de arrogante.
Mauna tocó el dibujo, dando un manotazo al lienzo para después acariciar los trazos.
—¡Deja eso! ¡vas a ensuciarlo!— gritó el niño mayor, enojado con el bebé como siempre.
En ese momento llegó Moana. Mauna dejó de lado el dibujo y caminó hasta su madre; ella lo cargó, apegó su frente a la de él y después miró a Sina y a los niños.
—Mamá.— le dijo el jefe a Sina—. ¿Les estás contando esa historia otra vez? Ya sé que hice algo asombroso pero... tenemos más historias.— dijo, fingiendo avergonzarse. Sina le sonrió mientras meneaba la cabeza.
—A los niños les gusta, ¿verdad?— los niños pequeños gritaron que sí, incluso Mauna—. Estábamos haciendo dibujos, Mauna hizo un dibujo del corazón de Te Fiti, y Rangi hizo esto.— Sina le entregó a Moana el dibujo que hizo Rangi, sin borrar sus sonrisa.
—Ah...— Rangi dio un respingo al ver esta acción.
Moana se sentó frente a los niños y al lado de su madre. Rangi permanecía de pie e inerte, pendiente a las expresiones de su jefe. El impulso de arrancarle ese dibujo de las manos lo dejó helado.
—Oh... Eres bueno.— murmuró Moana, dejando de ver el dibujo—. Es un halcón.
—Sí, como sea, es sólo un tonto dibujo, tampoco me alagues por eso.— Rangi llevó sus manos a la cintura y giró sus ojos—. No es como si te importara.— su voz se había tornado hostil de repente y con esto el niño se alejó a toda prisa de ahí, sin molestarse en tomar su dibujo que, como había dicho, era tonto.
—¡Rangi!— lo llamó Moana, pero como siempre él no le haría caso.
Entonces es eso, se dijo Sina al ver al niño mayor partir. Después de tanto tiempo, pero ¿por qué?
Sina tomó a su nieto con cariño y dirigió una mirada preocupada a su hija. Moana estaba distinta de hace un momento, apretaba sus puños en su regazo y había fruncido el ceño y los labios en una clara señal de disgusto.
—Moana...
—Está bien, ¿sí? Sólo...— ya sin querer saber nada, se levantó de un salto y le dio la espalda a su madre y a los niños—. ¡Sólo deja de contar esa historia!— dicho esto, salió corriendo al camino contrario que había tomado Rangi.
Sina se encogió de hombros, ya sin saber qué hacer o decir, ya había agotado sus intentos hacia tiempo atrás. ¿Cómo era posible que no pudiera entender a su propia hija? Tan sólo... como madre y abuela podía sentirse más triste cada vez.
Afuera, los niños volaban sus cometas en el cielo, corriendo y pasando al lado de Rangi, quien ensimismado observaba las nubes durante su andar.
¡Maldita mujer! gritaba Rangi en su interior mientras se alejaba de la aldea, pateando una piedra. ¡Y pensar que alguna vez me gustabas!
Alejándose de todos y todo, se adentró al profundo bosque, refugiándose en su soledad. Sólo podía desquitarse como mejor sabía: golpeando cosas e insultando sin sentido.
—¡No engañas a nadie!— gritó el niño, tanto como pudo pues no había quien escuchara.
Sí, odiaba a Mauna, pero lo que sentía por Moana no era odio, sólo estaba enojado con ella. Muy enojado. Y ese enojo nada tenía que ver con Mauna, era otra cosa, algo de lo que ya nadie habla. No frente a ella.
Ahí, tan solo y frustrado, sólo recordó lo que fue.
Antes no era así. Siempre fue un creído pretencioso, siempre queriendo ser el mejor y presumiendo de lo que era y hasta lo que no. Pero nunca había sentido tanto odio hasta que llegó ese bebé. Alguna vez estuvo emocionado por el hijo de Moana, de verdad, incluso si en ese tiempo ya estaba enojado con el jefe; mas nunca se esperó tal adoración. Cuando se dio cuenta de que ese bebé venía a superarlo, no lo pudo soportar.
Nunca odió a Moana, ni aunque la culpara... ¡Pero odiaba a Mauna!
—¡Basta de pensar en tonterías!— se dijo—. ¡Sólo concéntrate en vencer a Mauna! ¡tú tienes que ser el mejor!
Es lo único que podía hacer, porque lo otro no estaba en sus manos.
Los meses iban pasando y todo seguía igual. Incluso si Rangi tratara de ignorar al pequeño niño, era imposible no estar por debajo.
Como un día en que Rangi iba junto a su amigo Kupe llevando una carga de plátanos que sus padres les habían mandado a recoger para almacenarlos, pero un tumulto los hizo detenerse, dejar los plátanos a un lado e ir a observar lo que todos veían con emoción. Era Mauna una vez más, quien, con la vigilancia de Moana y Matiu, trataba de trepar una palmera.
—Moana, no estoy segura de esto.— dijo Sina, con los brazos extendidos por si el bebé se caía.
—No pasa nada, él tiene un don para esto.— le respondió Moana, claramente nerviosa en un mal intento de fingir seguridad.
—Tú puedes, Mauna, ve por los cocos.— le animó Matiu, quien con los brazos extendidos aún podía alcanzar a Mauna.
La palmera era alta, pero no tanto como las demás y estaba ligeramente inclinada. Cuando Mauna pasó más de la mitad, le pidieron que bajara, lógicamente no iban a pedirle a un niño de 3 años que subiera más allá de donde lo pudieran atrapar. En realidad, Mauna fue el que tuvo la iniciativa de subir; con tan sólo ver cómo se hacía y con un par de instrucciones ya había subido poco más de 5 metros.
—¡Ven aquí, Mauna!— llamó Moana a su hijo. Mauna bajó la mirada unos instantes y con prisa continuó subiendo. Moana suspiró—. Yo voy por él.
Moana se acomodó la falda y subió a bajar a su hijo, llegando hasta él rápidamente. Cuando bajaron, la gente felicitó al niño por llegar tan lejos, pero le decían que no intentara hacerlo solo, seguía siendo algo riesgoso.
—Él es bastante genial.— le dijo Kupe a Rangi—. Sin ofender.
—¡¿Qué?! ¡Si yo subo hasta la cima en palmeras del doble de tamaño todos los días!
—Pero él es un niño de 3 años en su primer intento.— a Kupe aún no se le pasaba lo estupefacto.
Y cuando todos comenzaron a voltear, Mauna estaba tratando de subir otra vez. Kupe se fue a por los plátanos que tenían que llevar y Rangi se quedó viendo unos segundos más.
—¿Cómo puedes estar tú allá arriba?— murmuró con resentimiento.
No importa qué tan bueno fuera Rangi, no importa qué tanto se esforzara, Mauna y su prometedor futuro lo arrasaban. El bebé cada día se tornaba más insuperable, esas expectativas sobre él eran mucho más grandes de lo que Rangi pudiera llegar a alcanzar. Y el sueño de Rangi parecía cada vez más y más como un sueño infantil.
Un día decidió pasar la tarde lejos de la aldea, lo cual era bastante usual en él.
Le habían prohibido a él y a sus amigos ir a explorar a las profundidades del bosque, pero a ninguno de esos adolescentes les importaba, iban de todos modos. Esa tarde, Rangi fue solo, recordando los regaños de Matiu sobre no ir a sitios peligrosos, como el risco o esa costa al otro lado de la isla; este último su sitio favorito pero que el resto de sus amigos consideraban un poco riesgoso.
Justo allá se dirigió, esa orilla rocosa sin arena y que con un paso caes al agua, tan profunda que si echas un vistazo no puedes ver el final, sólo oscuridad. Sinceramente, hasta a él le daba miedo caer, por mucho que supiera nadar. Pero era un sitio solitario, justo lo que necesitaba cada que quería reflexionar.
Tal vez había apuntado a un sueño demasiado grande, demasiado fantasioso. Sí, demasiado como lo que un niño pequeño quisiera y mientras más Rangi crecía, la ilusión se volvía más deprimente.
Rangi quería ser un héroe...
—El héroe de todos.— murmuró con un suspiró.
Pero tal vez no estaba en su destino.
Y ahí comenzaba su odio una vez más. ¡Al menos podría ser alguien si no fuera por el entrometido de Mauna! ¡tal vez tendría oportunidad si él no existiera, si él no fuera el elegido! ¡¿Por qué él había nacido con ese destino?! ¡¿por qué todos alababan a ese mocoso?! ¡¿por qué su existencia le destrozaba tanto las esperanzas?! ¡¿Por qué él era ahora el favorito?! ¿por qué le había arrebatado eso?
—¡¿Por qué naciste?!— gritó, iracundo, golpeando una palmera y como resultado su puño le dolió.
No era fuerte, no lo suficiente, no para competir contra Mauna "el regalo de los dioses". ¡Odiaba sentirse así de débil por un maldito bebé!
Finalmente llegó a la costa, apartó con sus manos las ramas y arbustos que cubrían su camino, entonces pudo ver no sólo la orilla, el mar y el horizonte.
Justo ahí, jugando con rocas, hojas y flores, estaba Mauna. Justo en la orilla. El hijo del jefe había escapado otra vez y caminado hasta allá.
Por un fugaz segundo, a Rangi le vino a la mente algo que le había dicho Kupe tiempo atrás.
¿Y qué piensas hacer? ¿eliminarlo para tomar su lugar y ser el jefe?
Sería tan fácil, no había ningún testigo. Con un tropiezo, Mauna podría ser tragado por las aguas profundas, podría desaparecer para siempre. Con tan sólo un pequeño empujón...
El pequeño Mauna se acercó al agua, que en el fondo se veía tan oscura, como si no existiera suelo allí abajo. El bebé dejó caer accidentalmente una de sus flores y ésta flotó y flotó, alejándose de la orilla.
Cáete, pensó Rangi, con toda su ira puesta en ese pensamiento, apretando sus dientes con coraje. ¡Tan sólo cáete y desaparece, maldito elegido!
Entonces, cuando Mauna trató de alcanzar la flor que se le había escapado, cayó al agua, hundiéndose de inmediato. Había pasado tan sólo en un segundo.
El agua lo regresaría, eso es seguro. Pero nada pasaba. Él sabe nadar, él es siempre bueno en todo, no hay forma de que el hijo de Moana no sepa nadar. Pero no salía.
—¡Mauna!— gritó Rangi, reaccionando un par de segundos tarde.
¡No! ¡no! ¡no! ¡no! ¡no! ¡Yo no quería esto! ¡esto no puede estarme pasando! ¡tiene que ser una broma!
¡No! ¡no era en serio! No podría desear la muerte de alguien de verdad, todo eran sólo pensamientos irracionales por estar tan molesto, ¡pero nunca desearía esto!
Rangi corrió hasta la orilla, se inclinó y logró ver al pequeño, desapareciendo en las profundidades.
—¡Ayuda!— gritó el niño, desesperado.
Pero no había nadie que lo escuchara. Estaba solo.
—¡Maldita sea!— rugió.
Echó un vistazo a la oscuridad de esas aguas, no podía verse qué tan profundo era. Sintió miedo. Tomando una gran bocanada de aire, después de retroceder para tomar impulso, Rangi se arrojó al mar.
Podía verlo cayendo al abismo. El bebé luchaba. Estaba sufriendo.
Rangi nadó lo más rápido que sus fuerzas le permitían, estirando su brazo, intentando alcanzar al pequeño. Finalmente sus manos lograron alcanzarlo, ya abajo cuando la luz se iba acabando. Aferrando al bebé en su pecho, trató como pudo de soportar un poco más hasta lograr salir.
—¡Eres un tonto!— gritó Rangi tan pronto subieron a la superficie y colocó al niño en la orilla segura—. ¡¿Cómo se te ocurre caer así?! ¡si te morías iba a ser mi culpa, maldito mocoso!
Estaban empapados. Rangi estaba sentado con las piernas cruzadas, con la respiración agitada; mientras Mauna no paraba de toser y llorar.
—¡Waaa!— chilló Mauna, empezando a toser nuevamente—. ¡Mamá!
Rangi gruñó, bastante irritado con todo lo que había pasado. Resignado, se arrastró hasta el bebé, lo tomó y comenzó a palmear su espalda, sin saber qué hacer exactamente. El pequeño había tragado mucha agua, pero parecía bien, sólo que estaba muy asustado.
Pudo observar la marca de nacimiento del bebé, nunca la había tocado y nunca le había prestado verdadera atención. El dibujo de una isla, con diminutas estrellas y figuras pequeñas como árboles. No era parecido a ningún tatuaje que hubiera visto antes. ¿Dónde estaba el mar? ¿dónde estaba el agua? ¿dónde estaban las palmeras y los peces? ¿Eso era realmente una isla?
—¡Waaa! ¡Waaa! ¡Waaa!
—¡Ya basta! ¡deja de llorar!— dijo Rangi después de que el pequeño dejara de toser y escupir agua—. ¡¿Qué pasó?! ¡¿por qué el océano no te ayudó?!
Es verdad que el océano no le facilitaba las cosas al jefe de Motunui, pero esto había sido algo diferente. Esto había sido un niño de tres años a punto de morir.
—¡Mamá! ¡mamá!— siguió llamando a Moana, pero estaban demasiado lejos como para que cualquiera lo escuchara—. ¡Mamá! ¡aaahhhh!
Rangi no sabía qué pensar, ¿qué iba a decir llegando a casa? "Oigan, vi cómo Mauna iba a la orilla y no lo aparté. Se cayó y el océano dejó que pasara" ¡No podía simplemente decir eso!
—No le contemos de esto a nadie, no tienen por qué saberlo. Me meteré en problemas si se enteran.— le dijo seriamente, viendo al bebé a los ojos llorosos.
Mauna no podía dejar de sollozar, por más que lo intentara. Seguía temblando por el susto que se llevó y sus lágrimas no paraban.
El pequeño se aferró a Rangi con mucha fuerza, en busca de consuelo.
—Mamá... Mamá.
—Qué molestia, suéltame.
Pudo verlo. Al sentir lo mucho que temía Mauna de separarse de él, lo vio entonces, su verdadera fragilidad. Era un niño pequeño que necesitaba a su madre, era tan sólo un niñito llorón con mucho miedo. Era llamado elegido, era llamado regalo de los dioses, pero no era más que un bebé que necesitaba un abrazo.
Verlo de esa forma hacía sentir a Rangi tan... quebrado.
—Cállate ya, Mauna.— le dijo sin molestarse en ocultar su fastidio.
Rodeó al bebé con ambos brazos y lo apegó más a sí mismo. No quería esto, nunca lo hubiera deseado y si por él fuera se desharía de todo esto, pero ya no podía. Lo sentía muy en sus adentros y esto era ya irrevocable.
—Yo estoy aquí... yo te cuido.
Y en ese momento, en ese pequeño instante, Rangi sintió su destino.
Este capítulo fue bastante difícil porque todo es desde la perspectiva de Rangi y la dificultad reside en que la historia acaba de empezar, pero desde ya debo saber qué vendrá más adelante. Para escribir los pensamientos y sentimientos de Rangi, yo debo estar segura de qué es lo que ha hecho, qué es lo que sabe, qué es lo que ha visto y oído, qué es lo que sintió y a consecuencia qué es lo que realmente quiere.
Hay personajes que no necesitan tener pasados trágicos, ni familias crueles y ni malas influencias para ser como son, hay idiotas que sólo son idiotas y ya está. Que odian por odiar. Pero hay veces, algunas veces, en las que alguien puede ver algo más, que puede hacerle sentir mucho más. Sí, describí a Rangi como un causa problemas y poco más, y esto es ese más. No un pasado especialmente trágico ni nada que lo haga actuar como lo hace, sólo es orgulloso porque así es, pero no es malo. Pero, como he dado a entrever, sí que hay algo en su pasado. Algún día lo sabremos...
Otra cosa, sé que este fanfic se centra mucho en los OC, lastimosamente son los principales aquí, les pido un poco de paciencia que poco a poco se irá descubriendo el pasado enigmático que envuelve a Moana.
Aunque debo decir que a Rangi no lo considero 100% un OC, los listos ya se habrán dado cuenta.
