Capitulo 3

Me desperté de un sobresalto, fue algo automático. Me sentía un poco mareada, pero me percaté de que mis sentidos, de alguna manera, se habían intensificado. También me di cuenta de que aquella habitación no era la mía, ni ninguna que yo conocía.

Estaba recostada en una cama de dos plazas de una excelente calidad de caoba, la cabecera tallada con dibujos intrincados. Un gran mueble de la misma manera, a sí también como una especie de escritorio, con un gran espejo detrás.

Miré por las ventanas. Era de noche. De lejos me llegaba el sonido del mar romper contra las rocas. Pero eso era imposible, que yo recordaba, la casa donde había estado estaba en el medio del campo, y la costa más cercana estaba a dos días de viaje en carruaje. Recordé entonces, con un leve escalofrío, lo sucedido cuando anocheció: el marqués de Glasgow entrando por mi ventana, sus besos y cómo bebió mi sangre. Toqué con mis dedos mi cuello y me sentí helada, aunque no tenía frío. Me acerqué a verme en el espejo y quedé sorprendida. Aquel reflejo era yo, y a la vez no lo era. Era mucho más hermosa de lo que recordaba, una belleza inocente por momentos, pero se veía la arrogancia de la boca, un pétalo rosado en la blanca palidez de mi tez.

Mis ojos también habían cambiado. No podía decir en realidad de qué color eran ahora, pero me gustaron. En ellos podía ver un submundo intrigante y atrapador, que deleitaría a mis víctimas en los años que siguieron.

Me sentía fuerte, un sentimiento que no estaba acostumbrada a tener. Tenía una libertad de mis movimientos que los mejores actores y acróbatas hubieran envidiado. No sé cuánto tiempo permanecía así de pie, examinando cada parte de mi cuerpo.

Sentí entonces una mano fría pero de una suavidad increíble rozar la desnudez de mis hombros. Y no necesitó decir quién era, porque en ese toque había dicho mucho más que con palabras, un conocimiento interno que aún hoy me asombra cada vez que pasa. Me di vuelta despacio para observar a aquel hombre que había entrado en la estancia sin hacer sonido alguno, a mi creador.

Ante mis nuevos ojos, era un ser mucho más maravilloso. Su inocente expresión, sus ojos cálidos y su suave cabello negro rodeando aquel rostro de ángel. Supe que lo amaba, un amor que me llenaba por dentro. Era una conexión padre-hija, de amantes, de amigos, mucho más íntima de lo que había experimentado alguna vez en mi forma humana.

Alcé mis manos para tocar su rostro y él cerró sus ojos ante mi toque. Su piel sedosa era increíble y millones de imágenes llenaron mi mente. Fruncí el ceño tratando de comprender. Supe del peso de su soledad de 300 años, vagando por el mundo en busca de respuestas, en busca de una compañera con quien compartir la vastedad de la inmortalidad. Fue entonces cuando comprendí el nuevo ser que era yo.

No era humana, pero no estaba muerta. Respiraba, pero no compartía el aire como lo hacían las miles de personas que dormían en aquel país. Y tenía necesidades de un alimento distinto al del resto. Quería la vida misma que corría libre por los cuerpos del resto, que me llamaba. Quería la sangre, roja, caliente y pulsante.

Por primera vez sentí la sed. Años después me puse a leer qué era lo que creían los humanos (y los pocos vampiros que escribieron algo) era la sed. Pero ninguno de ellos lo pudo describir con precisión. Aún hoy me cuesta describir qué es lo que se siente. Es mucho más poderoso que el hambre, mucho más doloroso, pero es una sensación llevadera a la vez. Me estoy enredando con mis propias palabras....

En silencio, me llevó por las escaleras de aquel lugar, percatándose de mi sed. Salimos por la puerta principal, al campo abierto. Dejé que me llevara de la mano, mientras mis ojos se perdían con lo que veían. Los árboles de todas formas y colores, las estrellas refulgentes del cielo oscuro y los pequeños animales que escapan de nosotros, sintiendo la amenaza. Hasta que sentí la presencia de un mortal. Nos detuvimos a unos pocos metros de él. Podía sentir el latir de su corazón, fuerte y vital, el calor de su cuerpo, y podía escuchar la voz de su mente, tarareando una antigua canción. Me dejé guiar, sola, hacia él. Sabía lo que tenía que hacer. Me vio llegar de entre los árboles y se sorprendió. Comprendía que creía ver a la misma Virgen, y estaba embelesado con mí ser. No sintió miedo mientras acortaba la distancia y lo abrazaba, mirando sus ojos, dejando que se perdiera en los míos.

Y entonces, coloqué mi boca en su garganta y él creyó por un momento que lo besaba. Cuando la sangre me tocó el paladar, dejé salir un gemido de placer. Aquello era el éxtasis en todas sus versiones. Mi desconocido, mi presa, comenzó a luchar, pero no podía zafarse de mi abrazo mortal. Bebí de su vida hasta que mi razón me dijo que debía soltarlo y él cayó inerte en el suelo. Sus ojos me vieron antes de volverse vidriosos. La imagen del ángel de la muerte perfecta mientras su alma dejaba su cuerpo.