EL DESTINO

Casa de las mujeres

Capitulo: 3

La chica se secó una lágrima de uno de sus enormes ojos azules que habría derretido los corazones de casi todas las mujeres, pero aparentemente no de ésa. Levantó la mirada con respeto hacia Meg, en cuyo amplio recibidor se encontraba, advirtiendo de nuevo la elegancia de la mujer y la intimidante dignidad que no eran precisamente lo que había esperado al llegar. Había sido tratada con cortesía, pero la respuesta seguía siendo no.

—No es sólo que eres demasiado joven, Casandra —dijo Meg—, y no sólo que no tienes el aspecto adecuado. Pronto te convertirás en una belleza, estoy segura. Pero éste no es el modo de castigar a tus padres, ni tengo necesidad de que me arrastren frente al magistrado para que me acusen de prostituir a chicas jóvenes, ni mucho menos de secuestro. ¿Habías pensado en eso?

—No, señora.

—¿Entonces en qué habías pensado?

—Bueno, en que preferiría vivir aquí… la excitación… las fiestas, la ropa bonita, y sin padres que me digan lo que tengo que hacer.

—¿Y los hombres?

—Sí.

Meg sonrió y miró a Menestre, la mujer que había ido con ella desde Tebas seis años atrás.

—No es como piensas —dijo amablemente—. También tenemos que trabajar.

—Oh, sé lo que ocurre —dijo Casandra agitando las pestañas en un último esfuerzo por convencer a su audiencia—. Sé por qué los hombres vienen aquí. Estoy segura de que podría…

—Casandra —dijo Meg firmemente—, esto no es un orfanato, ni un lugar para las hijas de los oficiales. Es una casa de mujeres. Y tú te vas a casa. Ahora, Menestre y Achilles te acompañarán y tus padres no tienen por qué saber de tu visita a este lugar. Si aún piensas lo mismo dentro de cinco años, cuando tengas diecinueve, entonces podrás regresar y hablaremos. Aunque no prometo nada —con una mirada, convocó al hombre que estaba a un lado, y que le colocó a Casandra una mano en el hombro para llevarla hacia él—. Vete a casa, querida. Tus padres te necesitan allí.

—Sí. Gracias —dijo Casandra mirando por última vez las paredes rosas, ocres y blancas, los mosaicos del suelo, cuyos dibujos no comprendía del todo y el jardín que se encontraba a un lado de la habitación. Todo allí era atrayente y mucho más tranquilo que en su casa, donde tenía que soportar los gritos de sus hermanos—. Esto es precioso —susurró mientras se daba la vuelta.

Meg vio cómo la joven Casandra se alejaba por el patio y desaparecía entre dos tiendas que conducían a la calle. Después de que los legionarios romanos construyeran un puente sobre el río. Allí había habido asentamientos desde hacía mucho tiempo, pero, desde que se construyera el muro fortificado a través de costa a costa, los alrededores de Atenas se había convertido en un importante lugar de suministro para el ejército, creciendo constantemente y atrayendo a comerciantes de todo tipo, integrando a los civiles con los militares extranjeros. Lo que una vez había sido un asentamiento remoto lleno de cabañas y animales se había convertido en una red organizada de casas de piedra y tiendas, talleres, templos y cuarteles para aquéllos que servían a las tropas a lo largo de la muralla, los ciento diez kilómetros. Incluyendo la Casa de las mujeres.

El establecimiento de Meg había tenido unos inicios muy modestos, al contrario de lo que pudiera pensar la joven Casandra, contando al principio con muy pocas aunque selectas empleadas. Salvo por sus guardaespaldas más cercanos, nadie del ejercito sabía que Meg era una mujer de Tebas, ni que su hermano Hermón era el hijo del rey Creonte.

Era primera hora de la mañana, hora de descanso para las mujeres que trabajaban hasta tarde y se dormían tarde, hora en la que Meg se encargaba del negocio y de las tiendas que había a cada lado del callejón que daba a la calle. Un telar y una sastrería. Aquella mañana, sin embargo, hubo otro asunto que requirió su atención después de Casandra. Al atravesar la puerta exterior, se acercó a la barandilla donde se encontraban Admes y Eryx lado a lado observando la partida del trío.

—¿Cómo ha entrado aquí la chica? —les preguntó.

Aquellos dos hombres, ex gladiadores, representaban para Meg seguridad y confianza, y nunca dejaban pasar a nadie que no debiera entrar allí.

—Creemos que se coló en la cocina, señora —dijo Admes—, cuando el mozo de

cocina metió la comida antes. Hemos hablado con él. ¿Va a despedirlo?

—No, Admes. Pero no debe volver a ocurrir. Éste no es lugar para niñas —Meg sacó un pequeño pedazo de papel—. He recibido un mensaje del comandante del

cuartel —dijo—. ¿Qué voy a decirle sobre el brazo que le rompiste al hombre?

—¿A Claudio fornelius, señora? —preguntó Eryx—. No tiene que decirle nada.

—No entiendo por qué sigue insistiendo con el asunto —dijo ella—, a no ser que le hayan dicho que lo haga, claro. Fornelius sabe bien que no permitimos el mal comportamiento. Ha estado aquí suficientes veces para saberlo.

Admes, el más bajo de los dos gigantes, espantó a una avispa molesta y dijo:

—Será mejor que deje que uno de nosotros vaya con usted, señora. Las calles

están llenas de tropas. He oído que el mismo emperador vendrá cualquier día; él y

su hijo. Los constructores están preparando ese enorme lugar para él y su comitiva.

—¿El emperador? —preguntó Meg—. ¿Estás seguro?

Uno pensaría que Admes no se dejaría conmover por ver a una mujer hermosa, después de todo lo que había sufrido. Había sido apartado de su familia al sur, obligado a ser gladiador y, tras triunfar en eso, se había ganado su libertad. Llevaba tres años trabajando para Meg en la Casa de las mujeres y, hasta el momento, no había mostrado ningún interés en las mujeres, y sólo Meg era capaz de apartar, uno por uno, los cristales de hielo que envolvían su corazón. Incapaz de ignorar las hermosas curvas de su espalda bajo la túnica de algodón, Admes dejó escapar el aliento

lentamente mientras ella abría sus ojos violetas sorprendida.

— Sí— Dijo él — Severus Karus, nada menos. Hoy averiguaremos más cosas, y más esta noche. Iré con usted a ver a Claudio, dado que sé lo que ocurrió. Y, si mantengo los ojos y las orejas abiertas, ¿quién sabe lo que descubriremos?

Habiendo adquirido un gran conocimiento de los idiomas durante su estancia en Atenas, Admes sería un escolta muy útil en más de un sentido. Meg se observó los pies descalzos, consciente del instinto de protección que despertaba en él.

—Entonces será mejor que vaya a ponerme algo en los pies —dijo.

—Y yo iré a afeitarme por si acaso me encuentro con el emperador —dijo Admes pasándose una mano por la barbilla.

—Yo protegeré el fuerte —dijo Eryx con una sonrisa desdentada. Tenía la expresión de un hombre apaleado cuyo espíritu sigue intacto.

—Gracias, Eryx. No creo que tardemos mucho.

—¿Qué debo hacer si llega su amiga Alcina?

—Si puedes ocuparte de dos cosas al mismo tiempo, entretenla. La casa de baños estará vacía.

—¡Ja! —exclamó Admes—. No podrá decir ni una palabra.

—Bien —dijo Meg—. Pues entonces escucha. Como la mujer de un centurión, ella debería saber lo que ocurre. Sé amable con ella, Eryx, ¿entendido?

Eryx sonrió más aún.

Ninguna mujer en Grecia, habría tenido que preguntar mucho para encontrar la razón de la visita personal de un Emperador Romano en ese momento, pues era ya de sobra sabido que el ejército Romano estaba pasándolo mal en aquella parte de la muralla fortificada.

La muralla; pues había sido iniciada por el emperador Adriano para controlar el flujo de tribus y el tráfico, los impuestos y el comercio.

Durante los últimos seis años, la resistencia contra la autoridad Romana había ido teniendo cada vez más éxito de lo que nadie hubiera previsto; nadie salvo Meg y su hermano, ahora rey de Tebas. De no haber sido por el enorme éxito de su misión, su gente seguiría sufriendo como cuando se marchó. De no ser por su coraje e intuición, el ejército de Tebas habría permanecido ajeno a los puntos fuertes y flacos del ejército Romano, a sus movimientos.

Finalmente, el ejército Romano había decidido que había que hacer más para aguantar y, tras haber conseguido por fin un emperador con reputación de temerario, habían enviado más refuerzos que nunca para encargarse del problema.

Casi diariamente entraban nuevas tropas en la ciudad, construyendo más barracones, cubriendo los alrededores con tiendas de campaña, atestando las calles con su presencia, apoderándose de los caballos y los carruajes. Para molestia de Meg, algunos incluso se habían personado en su casa.

La Casa de las mujeres, abierta sólo a partir de última hora de la tarde, siempre era popular entre aquellos soldados y ciudadanos que podían permitírselo.

Jamás se habían disputado tanto la admisión, y jamás los residentes habían tenido semejante oportunidad de descubrir lo que el rey Hemón y sus compatriotas de Tebas necesitaban saber. Haciéndose pasar por ciudadana romana, Meg se había preocupado durante los seis años anteriores por no destapar sus orígenes.

Sólo dos personas habían ido con ella desde Tebas; una de ellas era Menestre, su dama

de compañía; el otro era Telémaco, hijo de Creonte.

Estaba de pie a su lado cuando concluyó su ritual en el pequeño templo de Meg, donde una pequeña figura de la diosa de la sabiduría les recordaba a ambos sus orígenes.

—Me siento inquieta con respecto a este encuentro —le susurró Meg—. No sé por qué.

—No te preocupes —contestó él.

—Hemos recorrido un largo camino, Telémaco—dijo ella—. Creo que nos hemos redimido, después de seis años de éxito. Estoy segura de que tienes razón. ¿Qué tenemos que temer?

Telémaco podría haberlo explicado, pero no era el momento para eso.

Seis años antes, habían sido conducidos Atenas para montar un pequeño telar, como ella había sugerido. No les habían faltado recursos, pero tampoco lo habían tenido fácil durante el primer año, pues no podían realizar las capas de lana con la suficiente rapidez para satisfacer la demanda, y habían contratado a dos mujeres del lugar para ayudar.

El paso a la vida en la ciudad había sido incluso más duro, especialmente para Meg, quien, como hija de un rey, había esperado mantener su estatus durante el resto de su vida. Ahora era una ciudadana corriente sujeta a más restricciones de las que podría haber imaginado.

Había descubierto que las mujeres Atenienses romanizadas no disfrutaban del mismo estatus que las mujeres de su ciudad natal, y la cercanía que la protegía en Tebas había desaparecido de la noche a la mañana. Era una pérdida terrible que no había anticipado al renunciar a su estilo de vida, pues sus padres y Hemón habían sido su mundo, a los que jamás había tenido que rendirles cuentas de nada. Hemón había salido en su defensa contra Cíniras; había sido él el que organizó su nueva vida. Era su héroe, y se debían su vida el uno al otro. Diariamente, el odio de Meg hacía los Romanos aumentaba mientras trataba de sacarles información con tal de conseguir que Hemón llegase a ser el rey más temible.

Las visitas nocturnas de Telémaco a su pueblo con la información obtenida pronto comenzaron a dar resultados, causando consternación al ejército Romano a lo largo de la muralla. Tan mal iban las cosas en los fuertes enemigos que una vez habían perdido una unidad entera al ser asaltada y, poco después de eso, otras dos unidades al incendiarse un fuerte durante el invierno.

Por aquella época, Meg, había descubierto que Menestre había estado acostándose con soldados romanos por dinero, justificándose al decir que era una manera más fácil y rápida de conseguir recursos que pasarse el día entero en el telar. Dado que ambas sabían cómo evitar la concepción, Menestre corría poco peligro y, cuando llevó a una joven que necesitaba cuidados médicos, sus vidas tomaron una dimensión inesperada y poco corriente.

Su reputación como curanderas de los problemas femeninos pronto se extendió por la ciudad de Atenas.

Aun así, como su llegada a la barrio había sido tan minuciosamente preparada y ejecutada, las aparentes relaciones de Meg con los ciudadanos Atenienses romanizados parecía satisfacer incluso a los vecinos más suspicaces.

No estaba mal visto que fuera una mujer soltera con un negocio, ni que contratara a gente del lugar para ayudar en el telar. Y, cuando extendió el negocio a la tienda de al lado, principalmente gracias a las ganancias de Menestre, tuvo sentido que contratara a un sastre que pudiera mantener la fachada tras la cual se llevaban a cabo en privado otros servicios más personales.

Meg eligió a las mujeres por su inteligencia y por su belleza, así como por su disposición a escuchar cuando sus clientes, principalmente militares, hablaban de su trabajo ya fuera en la cama, en la mesa o en los lujosos baños. Esa disposición incluía el traspaso de dicha información a Meg , pues todas sus empleadas compartían ya una lealtad común a su ciudad. Lo que su adorada jefa hiciera con la información no lo preguntaban, aunque probablemente lo sospecharan a raíz de la creciente irritación de sus clientes hacia las ciudades locales de Grecia, particularmente la situada en Tebas.

Los cambios del modesto negocio original también se reflejaban en la propia Meg; tanto cae, durante sus visitas secretas a Tebas, regresaba al aspecto que tenía al marcharse siendo una chica de dieciséis años desafiante y dolida. En Atenas, sin embargo, era Meg, alta y esbelta, tan cercana a los ideales masculinos de una diosa como le era posible.

Se había convertido en una mujer hermosa con unos encantadores ojos violetas y una melena negra y ondulada que, como una mujer digna, llevaba recogida con una cinta. Mantenía su figura esbelta como si hubiera dado clases de baile desde la infancia, captando la atención de los hombres con el contoneo de sus caderas y la gracilidad de sus brazos. Al haber adoptado el estilo de vestir romano, las sedas y prendas de lino se deslizaban por su cuerpo provocativamente, realzando sus caderas y sus piernas. Su cuello de cisne, oculto en público bajo un elegante velo, quedaba expuesto de noche, revelando collares de oro y perlas.

A la vez que exigía un nivel muy alto de refinamiento en las mujeres que trabajaban para ella, los principios personales de Meg la habían colocado fuera del alcance de los hombres. Ni una sola vez se había unido a aquéllas que servían a los oficiales en sus visitas nocturnas a la Casa de las mujeres, oficiales que iban sólo por recomendación. Meg se negaba a admitir a cualquiera, aunque tampoco podría permitírselo cualquiera.

Uno de sus clientes más frecuentes era el centurión Claudio Fornelius, cuyas generosas ofertas nunca había aceptado, aunque él siempre se lo había tomado bien. Como oficial, tenía la ventaja de poder casarse, mientras que sus legionarios no.

Pero Severus Karus prefería la soltería y sus visitas a la Casa de mujeres; y Meg y las demás mujeres escuchaban con atención sus charlas sobre la vida en la muralla antes de pasar la información a su señora, normalmente esa misma noche. Ahora Meg esperaba que Claudio hubiese enviado a alguien a buscarla para demostrar su eficiencia, al tiempo que ponía a prueba su tradicional discreción.

No, no había razón para preocuparse, salvo que el soldado al que le habían roto el brazo hubiera decidido vengarse de alguna forma. Caminaron por las atestadas calles de la ciudad, el enorme Admes un paso por delante de Meg y Telémaco un paso por detrás. Cuando llegaron a la calle, se vieron obligados a mantenerse alejados del camino de los soldados, que llevaban la cabeza cubierta con cascos de pinchos que les daban aspecto de erizos monstruosos.

—Legionarios —murmuró Telémaco. Dedicados, disciplinados y muy peligrosos, eran las máquinas de matar que los hombres de su familia esperaban aniquilar con medios más ortodoxos que la guerra.

—Auxiliares, no legionarios —dijo Admes—.De la peor clase. No son famosos por su disciplina. Nuestros caballos son mejores que los suyos.

—¿Cuántos tenemos? —preguntó Meg.

—Una cohorte. Normalmente ochocientos. Mezclados. La mitad de infantería y la otra mitad de caballería. Vamos, ahí pasa el último.

Esquivando el estiércol, llegaron hasta la calle principal, llena de grandes graneros a un lado y templos, barracones y casas de militares al otro, tras un alto muro de piedra. A su alrededor, la gente hacía lo posible por evitar los carros de madera y los grupos de soldados que pasaban.

Al girar a la izquierda por una calle secundaria, se vieron inmersos en el mundo militar, donde se gritaban órdenes y los hombres practicaban con sus armas, al tiempo que sonaban las trompetas, provocándole escalofríos a Meg. Todo a su alrededor estaba ordenado, pulido y blanco, monumental y rígido, típicamente romano.

—Giremos a la derecha en la arcada —dijo Admes, que ya había estado en lugares como aquél—. La sala de Claudio estará por aquí.

En dos ocasiones fueron desafiados y se les permitió el paso antes de llegar a la puerta de madera donde se encontraba un legionario haciendo guardia.

—¿Cuál es el motivo de vuestra visita? —le preguntó a Admes.

—La señora ha venido a ver al centurión Claudio Fornelius —dijo. colocándose frente a Meg para protegerla de la mirada del legionario—. Está esperándola.

El guardia abrió la puerta y habló brevemente con el hombre que había dentro. Oficiales vestidos con túnicas blancas que llevaban tablillas de cera en los brazos pasaban de un lado a otro, golpeando el suelo con sus sandalias. Desde el otro extremo del vestíbulo, el penacho rojo en forma de abanico de un centurión se aproximó hacia ellos con la expresión oculta entre las piezas curvas del casco que se cerraba en las mejillas.

—¿La señorita Megara? —dijo—. Claudio Fornelius la recibirá aquí —la mirada que les dirigió a Telémaco y a Admes sugería que ellos quedarían excluidos, pero Meg le hizo cambiar de opinión antes de que hablara.

—Mis guardaespaldas siempre van conmigo —dijo ella—. Claudio Fornelius los conoce a los dos.

El centurión pareció estar a punto de decir algo pero en ese momento se abrió la puerta que había al final del vestíbulo y un oficial los instó a pasar, dejando a Meg con la extraña sensación de que aquello era algo más que las simples preguntas de rutina. Entraron y aquella sensación fue alimentada al no ser saludados por Claudio Fornelius, pues estaba situado detrás de un oficial desconocido; su habitual sonrisa parecía forzada, y sus ojos no mostraban el brillo que solían tener.

De modo que parecía que la sala de Fornelius había sido tomada y ella tendría que defenderse por sí sola. Resignada, Meg centró su atención en el perfil del oficial responsable del extraño silencio de Fornelius, un hombre alto y fuerte demasiado inmerso en su conversación con su ayudante como para advertir su llegada con Telémaco y Admes.

A primera vista, le resultó imposible averiguar su rango, aunque evidentemente era superior. Su túnica rojo oscuro estaba cuidadosamente plisada, pero cubierta de cintura para arriba con una armadura de cuero, en cuyo pecho podían verse tres filas verticales de discos plateados que sabía que eran distinciones por un servicio extraordinario. Sobre cada hombro había una corona de laurel de plata, que hizo centrar su atención brevemente en su cuello fuerte y robusto.

De su armadura colgaban tiras de cuero que casi le cubrían las mangas cortas, y la luz de las ventanas resaltaba sus brazos musculosos adornados con brazaletes de oro, más premios por su valor. Su calzón de cuero le llegaba hasta la mitad de la pantorrilla, revelando que era un oficial de caballería y mostrando que sus piernas estaban tan bronceadas como sus brazos.

Cuando finalmente se giró hacia ella, Meg vio la cara de un hombre de unos treinta años, aunque era difícil saberlo con exactitud debido al casco que la cubría.

Unos ojos azules la observaron sin revelar nada, aunque fue el ligero movimiento de sus hombros lo que contradijo su aparente indiferencia. Meg era capaz de interpretar casi todas las señales emitidas por los hombres.

—¿Quién es? —preguntó él secamente.

Su voz era profunda y, como Meg había imaginado, extranjera. Y su actitud era grosera, como poco. Ella miró a Claudio Fornelius, pensando que tendría que presentarla.

Pero, al ver que sus ojos permanecían fijos en un objeto lejano sobre la puerta, volvió a mirar a aquel hombre y decidió que el silencio sería la mejor manera de tratar con él.

La habitación estaba llena de hombres, uno de ellos con el brazo en cabestrillo y aspecto incómodo. Cuando el oficial no recibió una respuesta inmediata, miró fijamente a Claudio Fornelius.

—¿Y bien? —preguntó—. ¿Piensa decírmelo alguien?

— La señorita Megara —dijo Claudio Fornelius—. La siguiente en su lista. El caso de asalto. Posee dos tiendas y una casa cerca del Ágora , donde tuvo lugar el asalto.

—¿Y estos dos? —volvió a preguntar el hombre.

—Su guardaespaldas y su acompañante, señor.

—¿Cuál es el marido y cuál el amante?

—Seguramente pretendiera que eso fuera un insulto, señor —dijo Meg, decidiendo que ya era hora de hablar—, pero, teniendo en cuenta los insultos, podría haber sido mucho peor.

Éste es Admes, un hombre libre empleado por mí para proteger a los residentes de mi casa. Telémaco también es libre, como yo. Es mi hermanastro y, por tanto, no podría ser ni mi marido ni mi amante. ¿Tiene alguna pregunta personal más antes de pasar a tratar el tema por el que estamos aquí?

El hombre entornó los ojos y, por un momento, pareció desconcertado ante su respuesta.

A través de una puerta entornada se oyeron gritos que rompieron el incómodo silencio en la sala, antes de que el oficial señalara violentamente hacia allá ordenando que cerraran la puerta. Miró fijamente hacia una tabla de madera que su ayudante estaba deslizando lentamente sobre la mesa.

—Está aquí para responder a los cargos de asalto sobre un soldado del ejército imperial romano —dijo con firmeza—. Tiene una casa en la calle Plaka. ¿Es ésa la casa a la que invitó al legionario Grappus ¡Ven aquí! — le gritó al hombre del brazo en cabestrillo.

El hombre obedeció.

—Yo no invité a Grappus? a mi casa —dijo Meg—. Se invitó él solo.

—¿Cómo? Eso no es lo que yo tengo entendido. Pero fue asaltado y tiene un brazo roto. Eso ocurrió en su propiedad. ¿Cómo lo explica?

—No fue asaltado, fue expulsado de mi propiedad por comportamiento inaceptable. Es culpa suya que tenga el brazo roto. Mis dos guardaespaldas tienen órdenes de…

—¿Qué comportamiento inaceptable exactamente? —el oficial no se había movido de su sitio, pero Meg sentía su cercanía abrumadora y la fuerza de su hostilidad desde donde se encontraba—. ¿Cuál fue su ofensa?

—Estaba borracho —dijo ella sin querer entrar en detalles.

—¿Y…? ¿Es eso algo que no se puede tolerar en su casa?

—Para su información, se metió en la piscina. Algunos de mis huéspedes estaban allí en ese momento —el oficial por fin se movió, colocándose frente a ella para mirarla más de cerca.

—¿Tiene una piscina? ¿Quiere decir que tiene baños en su propiedad? ¿Una casa de baños? ¿Es eso lo que está diciendo?

—Sí —dijo ella levantando la barbilla—. Tengo una casa de baños. ¿Hay alguna razón por lo que no debería?

—Dígame, señorita Megara —preguntó el oficial después de mirar con reproche al soldado lesionado, indicando que había pasado por alto ese detalle de su informe —. ¿Qué tipo de establecimiento regenta en la calle Plaka que tiene una casa de baños donde, deduzco, hombres y mujeres se bañan juntos?

—Es una casa que varios de los hombres de esta sala han visitado con frecuencia —dijo ella—. Es una casa muy agradable a la que sólo hombres de modales impecables tienen acceso. Con dinero, naturalmente. Grappus no posee ninguna de esas dos cosas. De hecho, tras meterse en la piscina, vomitó en el suelo de mi comedor y, si me hubieran hecho caso, le habrían roto los dos brazos. Tuve que hacer que limpiaran la piscina, así como el suelo de mosaico.

—¿Tiene mosaicos? —preguntó el hombre, sorprendido de nuevo.

—Sí. ¿Usted no? ¿Le parece eso más interesante que el comportamiento insultante de uno de sus hombres?

Los dos se miraron desafiantes durante unos segundos, hasta que el oficial se giró furioso hacia el soldado lesionado.

—¡Lárgate! —gritó—. Ya me encargaré de ti más tarde. No puedo castigar a una mujer, sea cual sea su negocio, por ocuparse de escoria como tú —entonces se giró hacia Claudio—. ¿Y por qué no recibí todos los detalles, centurión? Esta mujer lleva un burdel, nada menos. ¿Paga los impuestos correspondientes?

—Le pido perdón, tribuno —dijo Claudio—. Pensaba ocuparme yo mismo de este caso. Sí, paga los impuestos correspondientes, señor.

—¿De verdad? —le preguntó a Meg.

—Claudio ya le ha dicho que sí. Él es quien se encarga de recibir el dinero.

—¿Ah, sí?

—Puede examinar mis cuentas cuando desee, y los recibos. Haré que se los envíen. Un esclavo de confianza se encarga de ellos. Es griego.

—¿Tiene esclavos?

Tratando de no mostrar lo agitada que estaba ante sus constantes desafíos, le dirigió una mirada compasiva y dijo:

—Lleva usted demasiado tiempo en el ejército, señor. Tal vez debería ver más mundo —con una ligera señal hacia Admes y Telémaco, se dirigió hacia la puerta con tal velocidad que el solado que había allí apenas tuvo tiempo de abrirla—. Buenos días —concluyó antes de salir.

Esperando algún tipo de intervención expeditiva en cualquier momento, los tres se sintieron sorprendidos al verse libres con tanta facilidad. La luz del exterior les hizo tragar saliva y moverse sin pausa. La túnica de color turquesa de Meg se enredaba en sus tobillos, y el dobladillo dorado brillaba con el sol. No aminoró la velocidad hasta que no estuvieron de nuevo en la estrecha calle secundaria.

—Telémaco, se me ha desatado la sandalia —susurró.

Telémaco le agarró la muñeca y la detuvo, agachándose para atársela de nuevo mientras Admes se acercaba, dándole la espalda.

—Estás temblando —dijo Telémaco al incorporarse.

—Gracias —dijo ella mientras caminaban más tranquilamente—. Sí. Volvamos a casa.

—Ha hecho bien, señora —dijo Admes—. Me pregunto quién será ese bastardo.

Claudio ha dicho tribuno. Es la primera vez que tenemos aquí a un tribuno desde que llegamos. Las cosas deben de estar empeorando.

Telémaco se mostró cínico.

—Tras haberse encargado de los bárbaros de la zona —dijo—, volverá mañana para recibir otro reconocimiento. Misión cumplida. No volveremos a verlo.

—Oh, tiene mosaicos —dijo Meg imitando al oficial—, y baños, y esclavos… ¿Y también lleva zapatos? ¿Qué será lo próximo? ¡Qué simple!

—¿Has reconocido el acento, Admes? —preguntó Telémaco.

—Me resulta familiar, pero no logro ubicarlo. Lo averiguaré. Déjamelo a mí.

La incesante cháchara de Alcina era lo último que Meg deseaba, pero, al oír los gritos resonando por el vestíbulo principal provenientes de la casa de baños, supo que la ocasión de recopilar información era demasiado buena para dejarla escapar.

Para su tranquilidad, Eryx estaba aún en su puesto y seguía sonriendo ante la descarada oferta de la mujer. Se reía cuando su jefa se acercó.

—Menestre y los asistentes al baño están con ella, y su dama de compañía, sea cual sea su nombre —dijo él.

—Estoy segura de que sabes bien cuál es su nombre —dijo Meg—. Pero ojalá se fueran a casa a bañarse en vez de venir aquí. Me hace perder la mañana.

—Pero piénsalo —dijo Telémaco—. Piensa en las jugosas noticias que te perderías. Tiene que contárselas a alguien, así que mejor que sea a ti.

Era cierto, pensaba Meg mientras se quitaba las sandalias y caminaba hacia la casa de baños. El aire allí era húmedo, y sentía las baldosas del suelo calientes bajo sus pies descalzos, y los gritos habían cesado. Alcina estaba recibiendo un masaje.

Meg tomó aire, tratando de olvidar el episodio de los barracones. Regresaría más tarde a su cabeza, seguro, recordándole una y otra vez que era mejor mantenerse alejada de los hombres.

—¡Alcina! —gritó desde el otro lado de la piscina—. Es un placer volver a verte.

¿Qué noticias traes? —sería mejor hacer su interrogatorio antes de que Alcina hiciera el suyo.

Una cabeza húmeda de pelo rubio se levantó de una almohada blanca.

—¡Querida! —gritó—. Ven aquí, rápido. Tengo que hablarte del hombre más increíble que he conocido en años. Es… oh, es maravilloso —insistió mientras Menestre deslizaba las manos por su espalda. La pintura de pestañas de Alcina se había corrido durante el tiempo que había pasado en la sauna, y sus mejillas sonrojadas y boca de piñón le recordaban a Meg a una rosa madura a punto de dejar caer sus pétalos.

Alcina siempre había estado dispuesta a dejar caer sus pétalos a la más mínima invitación.

Meg se lamentó en silencio ante la idea de tener que escuchar cómo Alcina le hablaba de otro de sus descubrimientos, el cual no le interesaría a ella en lo más mínimo.

—¿Sí? —dijo Meg—. Tienes que contármelo. ¿Qué ha sido de Flavio?

Como amante del centurión Flavio, Alcina tenía lo mejor de ambos mundos; la seguridad de los barracones de los oficiales y la libertad de deleitarse si le ofrecían algo mejor. Sobraba decir que ella no dejaba de buscar y, si Flavio no hubiera estado tan ciego ante aquella mujer vivaz y amoral, tal vez se hubiera mostrado más receptivo a las no tan sutiles advertencias de sus compañeros oficiales con referencia a su virtud. Flavio no tenía necesidad de visitar la Casa de mujeres, pero no le importaba que su amante fuera amiga de Meg mientras él estuviese de servicio.

—Oh, Flavio, apenas ha estado en casa desde que comenzaron a llegar los nuevos batallones. Sus hombres han estado en la muralla desde hace unos días. Tienen que aumentar el fuerte de allí para albergar a la nueva unidad de caballería. Nunca ha estado tan ocupado, Meg. Estoy empezando a estar desesperada.

—¿Desesperada por qué?

—Por un hombre. ¿Por qué si no? ¡Ay! ¡Menestre, ten cuidado!

—Perdón, señora. ¿Le duele aquí?

—Me duele en todas partes —dijo Alcina—. ¿Dónde has estado? —le preguntó a Meg.

—En la sala del comandante. Nada más.

—¿Y has visto a alguien interesante?

—No. Están tan metidos en su armadura dándose tanta importancia que apenas puedes verlos.

—No sé cómo puedes vivir sin un hombre, Meg —de vuelta con el tema, comenzó a darle a su amiga una completa descripción sobre la altura, el peso y los rasgos del hombre que había conocido. Y cómo, tristemente, él se mostraba indiferente ante sus intentos de amistad. De modo que necesitaba por eso el tratamiento completo: un masaje, manicura y pedicura, peluquería, tratamiento facial y la promesa de Meg de que invitaría a ese hombre allí para que ella se dejase caer, accidentalmente, claro, en ese mismo momento.

—No —dijo Meg metiendo los pies en la piscina—. Ni hablar.

Meg se sentó al borde de la piscina, que habría estado rodeada de mármol blanco si hubiera podido permitírselo. Había hecho que pintaran la habitación para que pareciese un jardín soleado con árboles y pájaros en las verjas bajo un cielo pintado de azul con nubes de algodón, aunque el suelo estaba embaldosado.

Tras ellas se encontraba el resto del complejo de baños donde los huéspedes podían sentarse en el vapor o recibir un baño con esponja. Había casas de baños en casi todos los fuertes a lo largo de la muralla, pero ninguna de ellas, según los huéspedes, podía compararse con la de Meg, donde podían disfrutar al mismo tiempo de la compañía femenina. Por un precio.

– ¿ Por qué no? — preguntó Alcina.

Ya sabes por qué. Tengo que ganarme la vida, y mis chicas no necesitan competir contigo. Si quieres reunirte con tu magnífico hombre, tendrás que invitarlo tú a cenar, querida.

– Eres mala— dijo Alcina riéndose.

– Sí— dijo ella— Lo sé. Pero, para compensar mi maldad, te haré las cejas— Cualquier cosa antes que tenerla allí toda la tarde hablando de su último amor, fuera quien fuera.

—. ¿Y cómo se llama este nuevo hombre?

—Eh… Hércules creo… no sé.—como Meg, Alcina era una Griega romanizada, pero de Tesalia.

Meg se metió en el agua y sintió el frescor hasta la barbilla, reconfortándola después de la rabia de la mañana y del increíble escape que habían tenido, sin ni siquiera una advertencia. Ni tampoco había habido una disculpa, aunque eso habría sido pedir demasiado de aquel hombre. La había inquietado más de lo que quería admitir, pues se daba cuenta de que su intento de insulto había estado destinado a que hablara por ella misma. Y había funcionado.

—¿Así que están agrandando el fuerte de la muralla? —le preguntó a Alcina, recordando aquel penacho de rayas negras y blancas sobre el casco brillante. ¿Tribuno? Así se habían referido a él. Bueno, no tenía de qué preocuparse; ningún tribuno visitaría una casa de mujeres, pues seguramente tendría una de las mejores casas del fuerte, donde viviría su mujer y su familia.

Antes de que concluyera el masaje de Alcina, y Meg salió de la piscina como una diosa acuática, dándole la espalda a los ojos de su amiga. Ni a los dos jóvenes asistentes al baño ni al esclavo de Alcina les estaba permitido ver la espalda de Meg, pues sólo Menestre y Telémaco sabían de la cicatriz que tenía en el omóplato izquierdo; dos lunas crecientes, metida la una dentro de la otra. La marca de Tebas.

Ni siquiera ella misma la había visto, pero recordaba las lágrimas de su madre, y

las de Menestre, y el brillo malévolo en la mirada de Cíniras, mientras se disponía a romper la perfección de su cuerpo. Cíniras había fallecido, justo antes que su padre, y ella se había negado a asistir al funeral.

– Déjemelo a mí— le había dicho Admes a Meg. Tan pronto como hubo cerrado la puerta de la calle tras Alcina y su esclavo, regresó junto a ella. Meg estaba sola en el jardín, donde el sonido de los pájaros y las abejas era una bendición después de la incesante cháchara.

. – He hecho averiguaciones —añadió Admes cuando llegó a su lado—. Ese bastardo ha venido para arreglar las cosas antes de que llegue el emperador.

—¿De modo que regresará a Roma ostra vez, después de todo?

—No, no lo hará. Es el nuevo comandante de una nueva unidad de caballería de quinientos conocida como la Segunda unidad de caballería. Se albergará en Ática, junto a la muralla. Ya están agrandando el fuerte allí. Establos, una nueva casa de baños. Todo.

—Sí, ya me he enterado de eso. Supongo que estaba poniéndonos a prueba esta mañana. ¿Y su familia estará aquí en Atenas, o en Ática?

—No tiene familia. Es un hombre de carrera, uno de los cuatro tribunos que han venido con el emperador para dirigir la unidad auxiliar. No tiene tiempo para una esposa, al parecer. Como sus tu ciudad. Tienen unos jinetes brillantes.

Meg se sentó en el banco de piedra. Tenía una sensación extraña en la boca del estómago.

—¿Cómo se llama? —preguntó, recordando la inquietud que había sentido

antes del encuentro. Cuando Admes contestó, ella contestó a la vez en voz baja.

—Tribuno Hércules...

—Que los dioses nos ayuden —susurró ella. Había sido deseo suyo ir a vivir a Atenas para ayudar a su pueblo a cambio de su vida, y había mantenido su palabra desde entonces, incluso arriesgándose a ser descubierta. Ahora, el poder de Roma y el emperador en persona habían ido a castigarlos, y sin duda todas Grecia acabarían sufriendo.

—. Señores de la guerra. Han venido buscando venganza, ¿verdad, amigo mío?

—Sí, señora —dijo Admes—. Señores de la guerra. El precio del éxito rara vez es barato. Yo debería saberlo.

Gracias Mdm99 me alegro que te guste.

Un saludo a mis queridos lectores.