Los años no pasan en vano III

Había regresado casi de manera automáticas hasta esa abertura de la tierra en la que sabía ella le estaba esperando. Un paso delante del otro. Un paseo interminable y doloroso.

La misma pregunta rondaba su cabeza una y otra vez mareándolo ¿Iba a permitir que más gente inocente muriera? ¿Iba permitir que ella muriera? Claro que no. Pero tampoco permitiría que ella sufriera una vez más por su culpa. Tenía que tomar una decisión lo antes posible ya que según palabras del propio Miroku, ellos partirían hasta el mundo de Kagome el día de mañana pero aún su mente era una vorágine de pros y contras.

—¿Dónde estabas Inuyasha? Si no supiera que ella está fuera de nuestras vidas juraría que estabas con ella— dijo Kikyo mientras que se levantaba del suelo en el que seguía recostada anudando la parte superior de su kimono protegiendo su desnudo torso del aire que lograba colarse por entre las rendijas de las escarpadas rocas —Pareces agitado y molesto—

Que perceptiva eres Kikyo, si hubiera traído un cartel que rezara "estoy en un tremendo dilema" probablemente te hubieras dado cuenta en dos días después— era verdad que la había amado en su tiempo pero ahora solo quedaba la responsabilidad cómo único sentimiento palpable en esa supuesta relación —Ya te había dicho que salí a tomar un poco de aire fresco— comentó sin ningún ánimo de continuar esa tormentosa platica.

Se levantó bruscamente del frío suelo y caminó hasta él —Has salido más de 4 horas— chilló mientras que en sus ojos brillaban como dos carbones encendidos por las infames llamas del infierno en el que se encontraban —No te doy permiso para que te vayas tanto tiempo lejos de mí—

Vivía en el infierno y su vida era otra. Irónico, no? —No necesito tu permiso para nada Kikyo así que no confundas las cosas. Que esté contigo no significa que te pertenezca. Que eso te quede muy claro— espetó con extrema calma. No estaba de humor para discutir con ella.

—Claro que me perteneces— chilló mientras que se afianzaba de las solapas de su traje —Eres mío, no lo olvides. Mío—

—Solo quiero que sepas una cosa— exclamó furioso tomándola de las manos liberándose de su lastimero agarre —Una cosa es que me halla quedado contigo porque me siento responsable de lo que te halla sucedido cuando moriste y otra muy pero muy diferente es que te pertenezca— lo había hecho. Le había dicho lo que durante 5 interminables y estúpidos años había callado —¿Dónde quedó la Kikyo que amé?— susurró dándole la espalda esperando de esa manera poner punto final a esa discusión.

—Ella murió, ¿Recuerdas?— gritó con furia mientras que lo giraba para que lo enfrentara —Tú la mataste. TÚ— le gritaba a todo pulmón con la misma rabia que había sentido ya hacía 55 años atrás y que seguía intacta como si hubiera sido apenas ayer el día en que ella fue engañada por ese vil ser.

—No Kikyo yo no te maté, no confundas las cosas—

—Claro que has sido tú—

—Fue Naraku, maldita sea. El que haya usado mi imagen no significa que haya sido yo el que te lastimó de gravedad—

—Claro que es tu culpa. Todo lo que pasó es tu culpa— el abrasador calor le quemaba la piel que se había vuelto extremadamente sensible después de tantos años de no salir a la superficie. Se abrazó a si misma dejando que su lado débil reluciera. Tantos años como sacerdotisa que le habían cercenado la debilidad de la carne —Eres mío Inuyasha, MÍO—

—Mierda Kikyo— chilló con furia —no soy tuyo y de una puta vez acéptalo porque no pertenezco a nadie—

—Eres un mentiroso, Inuyasha— le abofeteó con furia estampando su marca en la mejilla que poco a poco se iba tiñendo de carmesí —Eres de esa estúpida mocosa—

—¿Cuántas veces debo de decirte, o mejor dicho, gritarte para que entiendas? Yo no pertenezco a nadie—

—Lárgate— si tan solo hubiera sido una aldeana normal como los demás. Si tan solo el destino no le hubiera jugado esa terrible maniobra haciéndola una mujer poderosa. Si tan solo no hubiera conocido a Inuyasha —No quiero verte más Inuyasha— apuntó hacia la salida sin siquiera mirarlo a los ojos.

—¿Estás escuchando lo que dices?— sería libre de esa promesa pero algo en su interior le impedía ser feliz y ese algo era que ya no tendría excusa que decirle a los demás del porqué no podía acompañarlos —Si me voy nunca volverás a verme. He cumplido mi promesa en venir hasta al maldito infierno contigo y si me hechas de tu lado nunca me verás—

—No me importa lo que hagas con tu vida— amenazó. Preferiría verlo muerto antes que dejárselo a ella. Ya no eran cuestiones de amor sino solo de pertenencia, y él era de ella y de nadie más.

Confiaba en que Inuyasha la amaba tanto que le pediría perdón antes de que siquiera pudiera concebir la idea de abandonarla. No se dignó a mirarlo para que él no viera el brillo de triunfo bailando en sus ojos. En cualquier momento sentiría sus brazos, como las incontables veces en que peleaban y él le rogaba por su perdón, y arreglarían las cosas.

—Piensa bien lo que dices Kikyo, me iré y no me verás—

—¿Acaso eres sordo? No me importa lo que hagas—

Tomó la katana que había dejado descansar en el piso en el momento en que reingresó al infierno y sin mucho cuidado recogió sus ropajes. No había excusas para no ir con Kagome pero entonces ¿Por qué dudaba tanto?

—Adiós Kikyo— desapareció de ese fúnebre lugar dejando atrás los alaridos dolidos de esa mujer que lo llamaba con la garganta destrozada. Un círculo cerrado y uno más por cerrar.

Desde la fatídica noche en que le contó a Kagome que se quedaría con Kikyo no la había visto y la única imagen que quedaba intacta en sus recuerdos es la que menos deseaba. Ella llorando mientras que sus labios pronunciaban su nombre sin fuerza, las gotas de las lluvias estivales se empeñaban a empaparle el rostro confundiendo las lágrimas que debía de estar llorando, aún usaba ese uniforme que a él tanto le gustaba pero ahora estaba siendo portado por la figura de una señorita de 17 años.

Movimientos mecanizados sin pensamientos involucrados. Un pie delante del otro, uno delante del otro. Así estuvo hasta que su mente reaccionó en el lugar en que su corazón lo había guiado. La pequeña y ya destartalada cabaña que había servido de refugio cuando regresaban de sus peripecias aún se mantenía erguida.

—Supongo que no me queda otro remedio— se auto convenció que lo hacía porque sentía que le debía la vida a Miroku y los demás ese fatídico día en que sufrió la peor herida, la del corazón. Levantó la cortinilla de delgada madera y antiguos olores le asaltaron la memoria.

—Inuyasha— exclamó una cansada voz desde el rincón.

En un oscuro rincón estaba una figura ya envejecida, con el cabello ralo en su espalda, el rostro cubierto por la sabiduría y una nube cubriendo sus antes vivaces ojos —Has envejecido demasiado Kaede— replicó mientras que se sentaba junto a ese cuerpo que olía a tiempo.

—Los años no pasan en vano— replicó mientras que atizaba el inexistente fuego. Fue en ese entonces que él se dio cuenta de que ella ya no veía y que solo lo había identificado guiada por la esperanza —Veo que has decidido ayudarnos—

—No me queda otro remedio— anunció sin ganas apenado por el estado de semi conciencia en la que se encontraba esa anciana mujer —Le debo la vida a Miroku y lo menos que puedo hacer es ayudar cuando me necesita— ¿En dónde había quedado esa mujer que siempre le curaba? ¿En dónde había quedado esa vivacidad con la que lo detenía cuando estaba herido y él por su testarudez se levantaba? ¿En dónde habían quedado esos 5 años?

—Los motivos que te impulsan a hacerlo no me importan— contestó mientras que dejaba el gastado atizador en el fuego junto a su vetusto cuerpo que había perdido esa corpulencia dejando solo la arrugada piel colgada de los cansados y apolillados huesos —Confío en que Miroku te haya dicho que es lo que necesitamos que hagas.

Asintió con la cabeza olvidando que esa mujer ya no podía verlo —Sí— fue su única respuesta. Se negaba a creer que los años fueran tan crueles.

—Entonces sabrás que es de suma importancia que partan de inmediato. Cada segundo cuenta demasiado— dio por sentada la conversación cerrando los párpados.

Se levantó de su lugar. Tenía pensado ir al lago que estaba cerca para poder quitarse los malos recuerdos. Podría sonar como un niño estúpido por querer estar presentable cuando la encontrara ya que la anciana Kaede tenía razón. Los años no pasan en vano.

—¿Inuyasha?— giró sobre sus talones y encontró ese ajado rostro en esa tierna pose en la que debía de haber estado desde hacía noches —Gracias—

—Keh— se dio la vuelta y ya no pudo ver la tímida sonrisa que amaneció en esos dos pequeños ojales blanquecinos.

Las dudas les carcomían las entrañas al pensar que ese hombre que les había acompañado durante incontables aventuras les hubiera dado la espalda y lo peor de todo, que hubiera abandonado, por segunda vez, a la mujer que había dejado todo por seguirlo y amarlo sin recibir nada a cambio.

Se despojó de las desagarradas y manchadas ropas y decidió que un baño limpiaría su conciencia. El agua cristalina se enturbió cuando lavaba sus cabellos quitando el polvo que 5 años habían dejado huella en él. Los recuerdos amargos se lavaban en ese río en el que por primera vez la había visto desnuda y debido a su insensatez o por confundirla con Kikyo, no había apreciado esa belleza natural. La misma luna que había presenciado la noche en que su corazón lloró.

Tenía preparada su mente para cualquier enfrentamiento que ella pudiera darle por haberse marchado en ese lluvioso día en el que él había sellado su destino con Kikyo, y todo para perder a la persona que le había sanado el alma.

El amanecer lo recibió con los cálidos brazos rodeando su cuerpo. El día en que iría al encuentro del pasado había llegado con suma rapidez. Se acomodó las gastadas ropas y partió al encuentro de sus antiguos camaradas. Ahí ya estaban los demás esperándolo listos para emprender un viaje al pasado en el que se encontraba Kagome. Unas sonrisas de cortesía y un asentimiento de cabeza y ya estaban encaminados al pozo que los conduciría a ese lugar del que más de uno temía ir, aunque por diferentes razones.

Un último vistazo a la anciana que los despedía con un ligero movimiento de mano y ya estaban traspasando la barrera que dividía las dos épocas. El youkai de bajo rango que había caído pudo pasar por ciertas escrituras en las paredes del pozo y de esa manera pudieron viajar 505 años en el futuro a la espera de cualquier cambio amenazador ya que a pesar de que Inuyasha ya había ido varias veces a ese mundo, no estaba completamente familiarizado con él y además había ya transcurrido 5 años desde su separación.

Las improvisadas escaleras se encontraban enramadas dándole un aspecto de completo abandono a ese cobertizo por el que se accedía al pozo. El aire se encontraba viciado, las telarañas por todas las esquinas extendiéndose, uno que otro insecto caminando apresurado huyendo de esos extraños que irrumpían sus hogares después de mucho tiempo. La puerta corredera se encontraba hinchada por la humedad y tuvieron que destrozarla para poder salir de ese escalofriante lugar.

Las hojas secas llenaban el patio haciéndolo un espectáculo penoso de ver, el árbol sagrado se veía extrañamente triste, las paredes de la residencia Higurashi se encontraban decadentes con la pintura cayendo en capas que parecían nunca desprenderse.

—Corrígeme si me equivoco Inuyasha— comenzó mientras que desprendía un pedazo de pintura blanca de las corroídas paredes —pero creía que la época de la señorita Kagome, sería más… limpia— dejó caer el pedazo que mantenía entre sus manos y lo miró mientras que éste caía sin prisas al suelo.

Esto no está bien. Algo esta pasando— saltando con la poca fuerza que le quedaban en sus cansadas piernas llegó hasta la entrada. El corazón le oprimía mientras que con la mano en la manilla dudaba en girarlo para enfrentarse a los monstruos del pasado que le despertaban en las madrugadas —Kagome— soltó con voz cansada mientras que dejaba que su mano actuara con mente propia girando el pomo de la puerta.

La estancia estaba ligeramente sucia por el polvo que se colaba por las rendijas, no había zapatos en la entrada, no había un abrigo colgado, no habían sonidos que anunciaran la presencia de alguien la casa. Todo estaba demasiado tranquilo, demasiado. Recorrió la estancia en la que antes se alzaba el comedor pero solo estaba las 4 paredes blancas sin ningún tipo de adorno, en donde él se ponía a "jugar" con Buyo estaba desolado.

El olor que se había desvanecido durante esos 5 años seguía estando presente para su extremadamente desarrollado olfato. Sangre, y estaba por todos lados impregnándolo todo llenándolo de pavor al pensar en la situación que se debió de llevar a cabo en esa casa.

Corrió subiendo las escaleras esperando encontrar a Kagome sentada frente a su escritorio con una cara de fastidio al no entender un problema de esa estúpida escuela en la que ella se obsesionaba en seguir atendiendo y que cuando lo viera le sonriera como 5 años antes y el dijera que todo estaba bien. Dejaría los libros a un lado para poder acompañarlo a la cocina en la que deberían de estar todos como antes. Su madre con esa eterna sonrisa en los labios diciéndole que si deseaba comer algo, ese mocoso que lo seguía a todas partes y ese anciano que se empecinaba en contarle historias que para nada le interesaban.

Sonrió con tristeza y con la mano temblorosa giró la manilla de la puerta esperando ver a Kagome como siempre la encontraba cuando iba a buscarla pero ahí no había nada. No había un rostro sonriente, no habían libros que descartar, no había ninguno de esos pequeños detalles que adornaban la recamara de ella, no estaba ella. Golpeó frustrado la pared de la habitación una y otra vez hasta que sus nudillos se pintaron de carmín pero aún así continuó descargando su furia. Su maldita indecisión y su traición habían causado esto. Ella no estaba ahí.

Llegaron segundos después deteniéndose en el umbral donde estaba el ánimo desmoronado de Inuyasha que luchaba por mantener la fuerza suficiente para hablar —Ella no está— afirmó mientras que dejaba que sus piernas lo vencieran y cayera fuerzas al suelo deslizándose por el marco de la puerta sin ánimos de que su corazón siguiera su ritmo.

—¿Douka shita no?— inquirió cuando vio como esa desolación que presentaba Inuyasha solo se incrementaba —¿Dónde está la Kagome–sama?—

La cabecita pelirroja de Shippo se asomo de entre las piernas de Sango para mirar ese desolado paraje en el que se supone encontrarían a Kagome —¿Inuyasha, dónde está Kagome?—

¿Por qué mierdas todos se obstinaban en pedirle explicaciones de donde estaba ella cuando ni él mismo podía encontrar una respuesta? ¿Acaso él no había llegado al mismo tiempo que ellos? —No lo sé, no lo sé— se llevó las manos a la cabeza en un vano intento de aliviar la tensión que se acumulaba en él. Parecía que la cabeza le iba a explotar en cualquier minuto.

Estaba furiosa por ese infantil comportamiento que Inuyasha había desplegado frente a ella. Esa maldita mocosa seguía interfiriendo en sus planes aún después de que ya no estaba en sus vidas —Inuyasha no baka— bufó mientras que caminaba por las extensas fauces que ahora respondían con el nombre de su hogar.

—Veo que sigues pensando en ese estúpido, no? mi querida Kikyo— interrumpió una voz desde las tinieblas anunciando su presencia mientras que con pasos seguros se hacía paso entre los seres que se pegaban a sus ropas implorando por una salida de ese maldito lugar apestado de azufre.

¿Para que dignarse a dar la cara cuando sabes perfectamente quien está detrás de ti con solo sentir esa maligna presencia que tras años de vida seguía delatándolo? —Y veo que sigues siendo el mismo bicho rastrero que se esconde cobardemente debajo de las rocas—

—Igual de encantadora como siempre mi querida Kikyo— se acercó hasta estar justo detrás de ella —Solo porque me eres absolutamente necesaria no acabo con tu preciosa vida— su mano recorriendo la tersa e increíblemente blanca piel de su cuello —En el preciso momento en que tu sola presencia me sea una molestia puedes despedirte para siempre ya que ni el infierno será tu hogar—

—Sigues siendo igual de galante Naraku— comentó con ironía mientras que se retiraba de su lado.

—¿Quieres salir de aquí, verdad? Pues ten por seguro de que yo soy el único que lo puede lograr— dijo con la misma tranquilidad con la que siempre actuaba.

—Continúa— dijo dejando de caminar pero aún manteniendo su orgullosa espalda encarándolo.

—Podrás salir de aquí, vengarte de esa niña y de ese estúpido de Inuyasha, y tendrás toda una vida para hacer lo que te plazca—

—Tú nunca das nada a cambio de gratitud así que deja de dar rodeos y dime de una buena vez que es lo quieres que haga— la idea de la venganza que la había motivado a continuar con vida ahora le volvía a tentar.

Se acercó con paso seguro y casi felino hasta estar justo detrás de ella —Solo pido un pequeño favor— dijo mientras que su mano delineaba el contorno de su figura bajo su traje de miko.

—¿Y ese sería?—

—Solo necesito que me ayudes a encontrar el último fragmento de la perla que se encuentra con los yokunai, solo necesito que me digas quien lo tiene y es todo lo que te pido. Después de que hagas lo que te ordené puedes irte y ya nunca más te buscaré—

—No estoy familiarizada con ellos— respondió con la misma frialdad que su piel despedía.

Sonrió con malicia mientras que en su mente se dibujaban las miles de cosas que le gustaría hacer con esa miko que había despreciado su anterior vida como humano —Es verdad— continuó con impaciencia —Tú no sabes que es lo que sucede en el mundo exterior y ese estúpido de Inuyasha no comprende la gravedad del asunto. Los Kiroptero han resurgido—

—Debes de estar bromeando, yo misma acabé con el último de ellos hace más de 70 años—

—Oh, pero parece que no hiciste bien tu trabajo porque por lo que he visto no solo han resurgido sino que ha habido clanes más grandes que la pequeña aldea que protegías. Ellos han logrado traspasar al futuro, exactamente en la época en la que se encuentra tu resurrección— sonrió de forma diabólica al ver como ella hacía una mueca de increíble desagrado con tan solo nombrar a esa mujer —Ellos lograron arrebatarme un gran pedazo de la Shikon no tama y lo quiero de vuelta y tú eres la única que puede ayudarme ya que por lo que pude escuchar hace poco, los estúpidos insectos que acompañaban a Inuyasha han venido a pedirle su ayuda y es mejor arrebatárselos a un montón de ineptos vampiros que a ese imbécil y teniéndote de mi lado mientras que estás con tu "adorado" Inuyasha me serás de increíble ayuda entregándome el fragmento que me falta—

—Y supongo que tú ya sabes donde es que está localizado, ne?—

Rió con ganas —Pero claro que sé donde está y de casualidad me he enterado de que esa mujer está con ellos—

Su cara de asombro era casi irreconocible —¿A sí que esa mocosa te ha traicionado, no Inuyasha? Será divertido de ver como ves que tu preciosa Kagome te rechaza— oh, como disfrutaría de ver a Inuyasha cuando supiera que ella estaba en el lado contrario —¿Y qué gano yo con eso? Bien podría escapar de este lugar yo sola y no tendría que ayudarte—

—¿La culpa de entregarme el pedazo de la Shikon no tama te está molestando?— se mofó.

—Sabes muy bien que no me importa quien la tenga— agregó sin darle la cara —¿Es todo lo que necesitas de mi?—

Sonrió con complacencia —Tomaré eso como un sí, y sí, eso es todo lo que te pido ¿Aceptas?—

Movió afirmativamente la cabeza, aún cuando escuchó la satisfactoria risa de parte de Naraku ella no dudó ni permitió que ningún segundo pensamiento se hiciera camino a su mente —¿Por qué tardas tanto Naraku? ¿Qué no fuiste tú el que dijo que podía sacarme de aquí, pues qué esperas?—

Pasó detrás de ella y sin pensarlo más hizo desaparecer esa barrera que le impedía a los muertos salir de las entrañas del infierno. Ya había logrado su cometido y mucho más rápido de lo que había pensado —Después de ti— anunció con fingida caballerosidad.

Desaparecieron sin dejar rastro de su huida mientras que sus sombras se perdían entre los ramajes de los árboles dirigiéndose a la misma puerta por la que Naraku había regresado en el tiempo. La misma luz azulada los envolvió y desparecieron de esa línea de tiempo.

La época moderna era en extremo diferente a la que ella estaba acostumbrada pero no dejó que eso la deslumbrara y la desviara de su cometido, Inuyasha. Caminó hasta la casa que se alzaba a espaldas del pozo y entró siguiendo la presencia que dejaba tras de si Inuyasha.

—No sabía que sufrieras tanto solo porque ella no está esperándote, pero que esperabas, los años no pasan en vano Inuyasha—

Todos se sorprendieron de escuchar esa gélida voz desde el umbral de la puerta con el rostro estoico como siempre —¿Kikyo?—


Bueno espero que les guste si quieren que la siga pongan su Reviews

Y gracias a lo que los pusieron jejeje...