ACLARACIÓN

Los personajes no me pertenecen, sino a Masashi Kishimoto; al igual, que la historia, ésta es de Lorraine Heath.

Espero la disfruten al igual que yo.

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Capítulo 02

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Mientras Sakura caminaba hacia el salón de baile, se preguntaba si alguien notaría que sus ojos estaban un poco más brillantes, sus labios un poco inflamados, su piel ligeramente sonrojada. Sin verse en un espejo, sabía que todo eso era cierto porque sentía como si hubiera cambiado en esos momentos, y se hubiera transformado en alguien con alegría en sus pasos, una ligereza en su alma que nunca había sentido antes.

Hidan la había besado, pero sin ternura o gentileza. Incluso cuando la pasión comenzó a tomar el control y Naruto profundizó el beso, no fue sobre posesión o control, sino sobre dar, recibir, disfrutar – completa y absolutamente. Aunque inicialmente se había sentido apabullada por su hambre, y había experimentado unos segundos de pánico, su tenacidad y su honesto deseo la habían seducido para reaccionar igual, sabiendo que no quería lastimarla. Él hacía que su corazón se acelerara, su piel se calentara, sus nervios hormiguearan, sus dedos se curvaran. Por unos intensos momentos él le había mostrado lo placentero de recibir las atenciones de un hombre.

Él la había besado esta noche y lo vería en la mañana. Escasamente podía esperar. No importaba que se hubiera ido abruptamente, o que no hubiera usado un término cariñoso al despedirse. Lo importante es que ella sabía que él la deseaba. Lo que importaba es que eso no la asustaba.

—¿Sakura?—Se detuvo rápidamente cuando su mejor amiga en todo el mundo, la Condesa de Konohagure, se le acercó.

—Hola, Hinata.

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Hinata le había dado un rápido abrazo y beso en la mejilla cuando había llegado más temprano junto al Conde de Konohagure. Ahora simplemente estudiaba a Sakura como si estuviera viéndola por primera vez.

—Pareces feliz.

—Sí.— Realmente quería decirle porqué, pero todavía era demasiado pronto, tan maravilloso que decidió guardárselo por un poco más, para simplemente disfrutar de la maravilla y del vivo placer. —Tengo razones para estarlo. El baile ha sido un éxito.

—¿Recuerdas cuánto tenía que esforzarme para convencerte de que podías ofrecer una fiesta imponente?— Sakura asintió, ante el recordatorio de cómo se preocupaba por los bailes que había organizado cuando Hidan estaba vivo.

—Pero ya no temo decepcionar a nadie. Naruto Uzumaki es muy agradecido. Él y yo nos reuniremos al final de la semana y discutiremos los proyectos para el hospital.—No vio razón para mencionar que lo vería en la mañana. No quería preocupar a su amiga, y con toda probabilidad nada estaba mal. Tal vez solo eran las distracciones de estar organizando este evento. Sí, eso era, estaba segura. Empezó a planearlo tan pronto llegó a Konoha. Quería que todo fuera perfecto. Estaba dedicada, y por eso su mente no podía enfocarse en nada más.

—Eso es maravilloso,— Hinata dijo sobre el hospital. —Me alegra que tengas este proyecto para ocupar tu tiempo.

—En realidad lo disfruto, encontrarme con los arquitectos y constructores. Naruto Uumaki ha permitido que yo lo diseñe como quiera. He recorrido otros hospitales, hablado con el personal para entender mejor qué necesitan. Creo que el Dr. Uzumaki estará complacido por mis esfuerzos.

—Estoy segura que lo estará. Yo estoy bastante impresionada—. Estirándose para tocar el pétalo de un lirio que estaba en un jarrón azul, Hinata dijo, —Hablando de Uzumaki, te vi bailar con él hace un rato.

—Te ves como si algo estuviera en marcha cuando sabes que él siempre baila conmigo. Un baile. Solo un baile. Supongo que es su manera de agradecerme.

—Él te gusta.

—Como has notado, él es muy amable.

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Hinata le dio una sonrisa preocupada.

—Solo cuídate, dulce. Su trabajo tiene prioridad y siempre la tendrá. Está dedicado a sus pacientes.

Una hora antes, media hora antes, Sakura hubiera simplemente asentido – pero Naruto Uzumaki la había besado.

—No espero nada de él.— Bueno, tal vez solo un poco.

En ese momento, el Conde de Konohagure apareció para reclamarle un baile a su esposa. Sakura nunca había esperado que Hinata se casara con el Conde Diablo, pero no podía negar que su amiga era increíblemente feliz, y que el hombre obviamente la adoraba. Aunque eso era de esperarse, Hinata pertenecía a los linajes más distinguidos de toda Konoha.

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El resto de la noche, ella habló con una persona y otra, asegurándose que la comida y el champán estuvieran disponibles, agradeciéndole a la gente que apoyaba el evento, por garantizar la construcción de un hospital de primera calidad. Para cuando pasó la medianoche y todos se fueron, estaba exhausta por su papel como anfitriona.

Realmente tuvo que arrastrarse por las escaleras. Pero todavía no podía ir a la cama.

Caminó alejándose de su recámara, tres puertas más allá. En el interior, encontró a su hijo de siete años tendido sobre la cama, roncando ligeramente. La puerta hacia la habitación de la institutriz estaba cerrada porque ya era lo suficientemente mayor como para dormir sin vigilancia. Una lámpara iluminaba desde su mesa de noche. Él nunca dormía en la oscuridad.

Se acercó tan sutilmente cómo fue posible, luego suavemente le retiró el cabello plateado de su frente. Con la muerte de su padre, se había convertido en el Duque de Yugakure pero ella no lograba llamarlo por su título legítimo, tal vez porque todavía le recordaba demasiado a su esposo. Para ella, su hijo era Hidaiko, el nombre que se había vuelto suyo cuando ostentaba el título de Conde de Yugakure. También creía que Hidai era más apropiado para un niño. Sospechaba que no pasaría mucho tiempo antes de que quisiera ser llamado por el nombre que había pertenecido a su padre. Pero hasta entonces, ella haría las cosas a su manera.

Solo podía estar agradecida porque su padre nunca le hubiera puesto una mano encima, y porque Hidai había sido demasiado pequeño para entender lo que sucedía en su hogar. Aunque estaba segura de que iría al infierno, no se sentiría culpable por alegrarse ante la muerte de su esposo. Sabía que eso la hacía una mala persona, pero ni de cerca tan mala como lo había sido Hidan.

Inclinándose, depositó un beso ligero sobre la frente de Hidai.

—Dulces sueños, amor.

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Se tensó cuando una fragancia la asaltó. Alcaravea. Era un aroma que asociaba con su esposo, con el dolor, la humillación. Su corazón se aceleró, y giró para mirar hacia las sombras. No vio nada más que oscuridad velada.

Estaba siendo ridícula. Hidan estaba muerto, pero últimamente, su aroma había empezado a surgir de las esquinas, de pequeños bolsillos, atrapándola desprevenida de vez en cuando. Le había prohibido a los sirvientes que tuvieran semillas de alcaravea en la residencia, incluso comerlas. Alguien debía haberle desobedecido. Tendría que encargarse del asunto con el mayordomo en la mañana.

No quería recordatorios de su esposo, nada que le trajera recuerdos de su miserable existencia mientras había estado bajo su poder.

Con una última mirada a Hidai, silenciosamente salió de la habitación, cerrando la puerta con cuidado tras ella. Su corazón finalmente estaba regresando a su ritmo normal. Tal vez era hora de encontrar otra residencia en Konoha. Ésta tenía muchos recuerdos. Hacia donde mirara, había recuerdos de Yugakure. No tenía sentido que hubiera comenzado a olerlo, cuando había fallecido hace tres años, pero tal vez su habito de masticar constantemente semillas de alcaravea habría causado que la fragancia permeara todo. Ya que la casa estuvo cerrada por el invierno, era probable que la esencia quedara atrapada y ahora al abrir la casa estaba siendo liberada. Pero, ¿por qué no lo había notado antes? No podría explicarlo, no quería pensar más en eso.

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Después de entrar a su recámara, llamó a su doncella. Pareció no llevar mucho tiempo que Terubo la arreglara para la cama. Después de que se fue, Sakura estudió su reflejo en el espejo en el tocador. Desde cierto ángulo, era casi imposible ver que su nariz había sido fracturada. Se estremeció ante el recuerdo del dolor, la sangre, el crujido del cartílago hundiéndose ante el puño. Su ofensa había sido permitir que el Conde Diablo asistiera a su fiesta. Su esposo se había puesto furioso.

Desde hace mucho tiempo, no habían ocupado su mente imágenes de esa horrenda noche. Esperaba no despertar bañada en sudor frío con los gritos haciendo eco alrededor. Pensar en esa noche con frecuencia le daba pesadillas, aun cuando años habían pasado. Era como si estuviera entretejida con el lienzo de su alma.

Levantándose de la silla, le dio una última mirada a su reflejo Naruto Uzumaki esperándola allí, de él tomándola en sus brazos, besándola con la misma pasión que había mostrado en el jardín. Aunque ella tenía todas las razones para temer a la intimidad que seguiría, se encontró anticipándola. Entendía que no todos los hombres eran tan brutales como Hidan. Anhelaba resplandecer con la misma felicidad que Hinata.

No se preocupó por alcanzar la lámpara, para apagar la llama. Su hijo no era el único que no quería dormir en la oscuridad.

Girando hacia un costado, deslizó una mano bajo la almohada – se congeló cuando sus dedos tocaron algo duro y frío.

No, no podía ser. No era posible.

Enderezándose, arrojó a un lado la almohada y jadeó ante la vista del collar de zafiros guiñándole.

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Sentado frente a la chimenea en su pequeño salón privado, Naruto bebió lentamente su whisky. Sabía que el sueño no llegaría fácilmente esa noche, no después de haberse dado un gusto. Todavía podía saborear a Sakura en su lengua, todavía podía sentir su cuerpo presionado contra el suyo. El Diablo lo llevara, pero era un tonto por anhelar algo que nunca poseería.

Generalmente visitaba a sus pacientes, excepto a aquellos que veía en el hospital. Aquella había sido a la primera que había atendido en su residencia. Había sido algo extraño, tenerla en su propia casa. No parecía tan vacía, tan sola.

Mientras ella había estado allí, él había ansiado regresar a su casa después de atender cada paciente. Su primera tarea era revisarla – sin importar la hora. Algunas veces la observaría mientras ella dormía un sueño inquieto que ni siquiera el láudano podía controlar. Sostendría su mano, que no era áspera o callosa, y la animaría a luchar.

Cuando comenzó a recuperarse, había pasado horas hablándole. Día a día, había visto cómo se fortalecía no solo de cuerpo, sino de espíritu. Captó vistazos de la dama que habría sido antes de casarse, y estuvo intrigado por la certeza de que su actitud comenzaba a mostrarse. Fue entonces que ella empezó a discutir sus planes de construir un hospital como forma de retribuirle su bondad. Él adoró la manera en que sus ojos brillaron cuando habló de los aspectos que planeaba incluir. Su emoción fue contagiosa, así que por primera vez en su vida, se había preguntado si ya se habría castigado lo suficiente, si finalmente merecía amor.

Sus meditaciones fueron interrumpidas por un golpe a su puerta. No pensó nada especial sobre ello porque estaba acostumbrado a tener visitas a altas horas de la noche. Con prisa, dejó a un lado su vaso, se levantó, y caminó hacia la puerta. Abriéndola, miró a su visitante.

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—¿Sakura?

—Necesito hablar inmediatamente con usted.

Una pelliza estaba envuelta sobre sus hombros. Su cabello trenzado. Si no fuera por la agitación en sus rasgos, él podría haberse distraído por la idea de separar sus mechones.

—Sí, claro, entre—. Mientras caminaba por el umbral, él vio su carruaje en la calle. La niebla comenzaba a extenderse. Todo parecía calmo, pero considerando la hora no había esperado nada diferente.

Cerrando la puerta, la llevó hacia el salón.

—Por favor, siéntese—. Ella tomó asiento cerca al fuego. Arrodillándose frente a ella, tomó sus manos. Podía sentir los pequeños temblores que la estremecían. —Mi Dios, está helada.

—No sabía a quién más acudir—. Levantó sus ojos llenos de lágrimas hacia él. —Creo que me estoy volviendo loca.

—¿Por qué pensaría eso?— Liberando sus manos, ella alcanzó su retículo, sacando algo, luego lentamente abrió sus dedos para mostrar un collar de zafiros.

—Lo encontré bajo mi almohada.

—Me contará todo, pero primero tenemos que hacer que deje de temblar.

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Enderezándose, fue hacia la mesa y sirvió whisky en un vaso. Deseó tener algo más elegante para ella, pero ya que raramente tenía visitantes que no tuvieran prisa, no se había preocupado por tener variedad de licores a mano. El whisky era perfecto para sus necesidades y cuando la gente estaba molesta y necesitaba algo más aparte de sus palabras, servía también para las suyas.

La había invitado a venir a este lugar para un examen porque tenía una sala de examen aquí, y pensó que ella estaría más cómoda hablando lejos de su residencia. Ese lugar albergaba demasiados malos recuerdos.

—Le entregó el vaso. Con un asentimiento de agradecimiento, aceptó su ofrecimiento y bebió—. Sospechaba que estaba demasiado alterada para notar que el fuego pasaba por su garganta, pero esperaba que la calentara.

Tomando la silla frente a ella, la estudió por un momento. Estaba pálida, demasiado pálida, aunque podía ver un rastro de color que volvía a sus mejillas. Ahora entendía por qué estaba trenzado su cabello. Habiendo encontrado el artículo bajo su almohada, sin duda ya se habría retirado para la noche. Luchó por no distraerse con imágenes de ella en la cama.

—Ahora cuénteme sobre el collar—, la urgió.

—Le conté en el jardín, que no estaba en la caja fuerte. Y mientras me acomodaba en la cama, deslicé mi mano bajo la almohada. Lo descubrí allí. ¿Por qué alguien lo pondría allí?

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Inclinándose hacia adelante, con los codos sobre los muslos, empezó a analizar las cosas. No era tan bueno descifrando motivos de los asuntos como Juugo. Era mejor determinando la causa de fiebres, enfermedades y heridas.

—Tal vez alguien lo tomó de la caja, la escuchó entrar, y lo deslizó bajo la almohada para recuperarlo más tarde.

—¿Un sirviente? ¿Por qué me robarían ahora?

—Deudas de juego, tal vez. Tal vez tuvieron un día libre complicado.

—Temo que yo lo hice—. Frotó su frente. —Como dije en el jardín, he experimentado algunos ataques de olvido. Últimamente, he perdido las cosas con frecuencia. Tengo un libro en mi mesa de noche, uso una cinta para marcarlo. Algunas veces cuando abro el libro, está en una página que ya he leído o a muchas páginas de donde quedé la última vez. Mi perfume, lo mantengo en mi tocador. Pero una vez lo encontré en el alfeizar de la ventana.

—Fácilmente explicable. Una sirvienta no tuvo cuidado cuando limpió.—Ella negó vigorosamente con la cabeza.

—Algunas veces cuando me despierto en la noche, huelo a mi esposo. Tenía la manía de comer incesantemente semillas de alcaravea. Siempre olía a ellas. Les he prohibido a los sirvientes que las tengan en la casa. Pero el olor siempre está en distintos lugares. También duermo con una lámpara encendida, pero algunas veces me despierto en medio de la completa oscuridad, la llama extinta, el aroma de alcaravea más vivido como si hubiera tenido un visitante.

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Envolvió sus manos tan apretadamente contra el vaso que él pudo ver que sus nudillos empalidecían. No era algo tolerable. Él saltó de la silla, se arrodilló a su lado, tomó el vaso, y una vez más entrelazó sus manos con las suyas.

—Las fragancias permanecen, particularmente en la ropa. Tengo un pañuelo que pertenecía a mi padre. Todavía puedo sentir su aroma.

—Consideré eso, pero Dr. Uzumaki…

—Por favor llámame Naruto.

—Naruto será.

—Estoy seguro que hay una explicación para todo.

—Sí, eso. Como dije estoy volviéndome loca.

—Lo dudo seriamente—.

—Entonces tal vez un fantasma me está atormentando, porque podría jurar que lo he visto—. Cada músculo y fibra de su ser se pusieron en alerta.

—¿Dónde?

—Una vez en el extremo del jardín. En el crepúsculo. Era difícil ver claramente, porque comenzaban a extenderse las sombras. Él estaba allí y luego ya no. Otra vez en el parque. Aunque no puedo estar completamente segura porque estaba muy lejos, el parecido a esa distancia era extraordinario. A decir verdad, no fue tanto verlo como la sensación de que me estaba observando. Siempre pude sentir cuando Hidan me observaba, porque lo hacía con tanta intensidad como si esperara que yo cometiera un error o que me comportara mal, y él quisiera ser capaz de atacar inmediatamente para corregirme.

Él levantó su mano hasta su mejilla y lentamente acarició su suave piel.

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—Mi madre era una mujer cruel que me golpeaba religiosamente. Cuando murió, durante años, me pareció verla en las calles. Todavía creo verla de vez en cuando – especialmente en aquellas noches cuando estoy exhausto y mi guardia está baja. Cuando somos traumados por aquellos a quienes amamos, con frecuencia es difícil creer que realmente se han ido. Pero tu esposo ha muerto. No puede herirte, Sakura. —Ella asintió.

—Lo sé, y no podrías haber dicho palabras más verdaderas. Algunas veces es tremendamente difícil creer que realmente se ha ido – lo que me trae otra vez a la posibilidad de estar volviéndome loca. Porque siento su presencia cuando sé que no debería.

—Sakura, necesitar olvidar la idea de estar enloqueciendo. Sobreviviste una terrible experiencia que para la mayoría de la gente sería difícil si no imposible de superar. Los vestigios de eso, no el fantasma de tu esposo, te están atormentando. Pero sobrevivirás. Necesitas asegurarte que descansas lo suficiente y que tienes cosas en que ocupar tu mente y tu tiempo para que no te pierdas en el pasado.

Cuando ella sonrió, la culpa saltó en su interior.

—Como el hospital—, dijo ella.

—Sí. Nos reuniremos para discutirlo en un par de días. Pero ahora es tarde y debes tener un muy necesitado descanso.

Ella puso su mano en la mejilla de él.

—Muchas gracias. Siempre me haces sentir mejor.

Sosteniéndole la mano, él giró su cabeza ligeramente y depositó un beso en su palma.

—Un placer. Te acompañaré a casa.

—No es necesario. Ya te he molestado mucho.

—Nunca me molestas.

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Apagó el fuego y tomó su chaqueta antes de acompañarla al carruaje. Después de ayudarla a subir, se sentó a su lado, puso un brazo sobre sus hombros, y la atrajo a su lado. Todo en su interior gritaba que eso no era apropiado. Pero esta hora de la noche era para cosas inapropiadas. Depositó un beso sobre su cabeza, aprovechando la alegría por tenerla cerca.

—Me siento tan tonta—, dijo ella después de un rato. —No sé por qué reaccioné como lo hice. Estoy segura que hay una explicación lógica para todo.

—No eres tonta. Algunas veces solo necesitamos hablar con alguien de lo que nos está molestando. Podemos agrandarlo fuera de las proporciones si somos nuestros únicos consejeros.

—Siempre eres tan amable.

No, no siempre. Sospechaba que su esposo lo describiría como el demonio.

El carruaje se detuvo. La ayudó a bajar.

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—Me gustaría revisar tu residencia solo para asegurarme de que no hay monstruos en los rincones.

—Me siento como una niña.

—No lo eres. A menudo, necesitamos garantías. Ella le dio una dulce sonrisa. —Está bien entonces.

Ella abrió la puerta. Cuando entraron, él estuvo algo aliviado porque ella hubiera cerrado con llave la puerta antes de irse. Pero valdría la pena cambiar las cerraduras. Se lo mencionaría después. No quería alarmarla más de lo que ya estaba. Dejándola en el vestíbulo, caminó rápidamente por las habitaciones que de ninguna manera le recordaban a ella.

Aunque ya no estaba allí, la presencia de su esposo dominaba en los oscuros y sólidos muebles, oscuras paredes y gruesos cortinajes. Pasó un momento extra en un pequeño cuarto que sin duda no solo le servía a ella como sala, sino como refugio. Un delicado escritorio estaba contra una pared, frágiles figuras de animales adornaban pequeñas mesas. La tela que tapizaba las sillas y el sofá era amarillo pálido y verde, como si ella luchara por traer luz a su vida. Sobre la chimenea, una pintura de una niña con una canasta de flores. Los ojos eran inocentes, pero él los hubiera reconocido en cualquier sitio. Pertenecían a Sakura.

Pero no encontró nada sospechoso entre las sombras de ninguna de las habitaciones.

Le dio un tranquilizador asentimiento cuando se encontró con ella en el vestíbulo.

—Todo parece estar en orden—, le dijo.

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La escoltó hacia las escaleras. Mientras ella esperaba fuera de su recámara, él examinó la habitación, tomando nota de los más pequeños detalles: las flores azules del papel tapiz, las arrugadas sábanas, la copia de Itachi Takei en la mesa de noche. Su exótica fragancia a jazmín permeaba la habitación. Una pintura con marco dorado de un chico recogiendo flores. Tras él, estaba seguro de encontrar la caja donde ella creía que sus joyas más preciosas estarían seguras.

Retrocedió al corredor.

—Todo parece estar en orden. Solo voy a revisar las otras habitaciones—.Él hizo rápidamente la labor, teniendo cuidado de no despertar a su hijo. Siendo niño, trabajando para Orochimaru, aprendió como irrumpir en las casas y revisar el interior velozmente para encontrar tesoros. Algunas habilidades nunca se olvidaban.

Cuando regresó a su lado, ella se sonrojó.

—¿No hay fantasmas?

—Ninguno que haya detectado.

—La verdad sea dicha, no esperaba que encontraras algo. Todo es tan raro, ¿cierto?

—Estoy seguro de que hay una explicación. Lo resolveremos fácilmente. Mientras tanto, intenta dormir y envíame un mensaje si me necesitas – para lo que sea.

—Realmente aprecio tu amabilidad y ayuda. Le di instrucciones al cochero para que te regrese a tu residencia.

—Gracias—. Acunando su rostro con una mano, él se inclinó y la besó, solo un sabor fugaz que lo apoyaría en lo que tendría que hacer después.

—Dulces sueños, Sakura

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Dejándola allí, descendió las escaleras apresuradamente antes que una mala decisión lo controlara y se encontrara acompañándola hasta la cama – asegurándose de unírsele para arrugar un poco más las sábanas. Odiaba dejarla, pero sabía que nada bueno saldría de quedarse.

En el exterior, llamó al cochero, —Continúe. Yo caminaré—.

Esperó hasta que el carruaje desapareció en la cochera. Luego paseó rápidamente por los jardines. Nada malo. Nadie escondido en las sombras. Trató de consolarse por eso.

Pero encontró que no había consuelo.

Una hora después estaba ante la chimenea de la biblioteca del Conde de Konohagure. Uchiha y su esposa estaba acurrucados juntos en un sofá. Karin Darling, la vizcondesa de Otogakure, estaba sentada en una silla cerca a Suigetsu Hozuki. Juugo no Tenpi se había sentado al exterior del círculo.

—Son las tres y media de la mañana. ¿Qué demonios está sucediendo?—, preguntó Sasuke.

—Podemos tener un problema—, le dijo Naruto.

—¿Qué diablos sería?

—El Duque de Yugakure. Temo que puede haberse levantado de entre los muertos.

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