¡COMO DOS JODIDAS GOTAS DE AGUA!

by Silenciosa

Disclaimer: No me pertenece South Park. Todo lo que hago lo hago por y para el puro disfrute de mi jodida imaginación y la de aquellos que me leen; nada más. (:


CAPÍTULO III. Hey, Jude.

"And anytime you feel the pain, hey Jude, refrain,
don't carry the world upon your shoulders.
For well you know that it's a fool who plays it cool
by making his world a little colder."

Extracto del tema Hey, Jude de The Beatles.

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La puerta se cerró bruscamente tras entrar ambos con torpeza en la habitación; imbuidos en una letanía de besos y suspiros ahogados. Dirigido por Craig, como velas de barco movidas por corrientes de viento, Kenny se había dejado llevar sin oponer resistencia. Atravesando media estancia, Craig lo dirigió contra le escritorio empujándolo deliberadamente y produciendo que del mueble cayeran los objetos colocados en él. Libros, fundas de vinilos, cajas de CDs que habían sido apiladas en pequeñas torres, carpetas, hojas sueltas... Los padres de Craig no regresarían del trabajo hasta las cinco y su hermana aún estaba en clase. Tenían todo el tiempo del mundo para hacer lo que quisieran.

La mano de Craig buscó su rostro para elevarlo un poco y llevarlo a su altura. Un par de ojos castaños, oscuros, color muerte, le recibieron con un brillo ferviente; enmarcados por pestañas como de encaje negro. Ojos directos, sin escrúpulos, tal y como le gustaban, incluso, hasta traspasar el margen de toda razón y degustar cómo los dedos de Craig se hacían intuir sobre su piel. Éstos ejercían una leve si bien suave presión en torno a su garganta. Yemas frías, heladas como gotas de deleble granizo, palpaban una tráquea que en torno a ella se bombeaba sangre enloquecida. Sus mejillas ardían y su mirada se tornaba delirante. Absorbido por los iris de su acompañante, sus indicios gestuales revelaban a que estaría dispuesto a dejarse llevar por el cúmulo de sensaciones que compartían. Quedó apoyado en el filo del escritorio, con las piernas separadas y laxas, a horcajadas, sujetadas por Craig, estando él dispuesto entre ellas. Sostenía sus piernas con tanta firmeza que logró que su cuerpos se aproximaran y se unieran hasta hacer desaparecer los pocos milímetros que habían quedado perniciosos entre ellos. El instinto hizo que sus labios se buscaran, sin pedir permiso, hasta profundizar el beso y entrelazar sus húmedas lenguas. Se saborearon desinhibidos, con necesidad, apretándose uno contra el otro. Ninguno de los dos cedió al beso. Finalmente, Kenny se dio por vencido, separándose en un impulso de tomar aire Ser el más instintivo de los dos tenía también su parte negativa: su deseo le hacía ser más débil; más presa que depredador. En respuesta, Craig carcajeó, mordiéndole con suavidad el labio inferior en un intento frustrado de no querer dar el beso por finalizado. Aquellos que han ido siempre de la mano de la Razón acatan al Instinto de una manera más pausada, más metódica, quizá. Craig necesitaba más.

―Y pensar que llegué a creer que ibas a ser tú el más hábil de los dos, Kenneth... ―arrastró Craig las palabras mientras le acariciaba el cabello con los dedos, como peinándoselo. Y luego añadió con otra media sonrisa―: Perro ladrador, poco mordedor.

Sintiéndose avergonzado y, por tanto, derrotado, Kenny se mordió los labios. Estaba inclinado hacia delante, acomodado y envolviendo los brazos en torno a su amante. Bajó la mirada y la ocultó tras una hilera de pestañas rubias invisibles. Luego carcajeó, divertido.

Era cierto. Era él de los dos quien temblaba. Ni más ni menos que él: el genuino ejemplo del descaro y del cinismo. Tucker llevaba consigo toda la razón. Como siempre.

Volviendo un poco en sí, hizo que sus manos recorrieran la piel de Craig que quedaba oculta bajo la camiseta. Se describía como una piel suave y delineada. Acarició con un lento recorrido los músculos sutilmente remarcados en vientre y hombros, haciendo hincapié en la hondura natural de la columna vertebral, desde la nuca hasta el coxis. En respuesta, escuchó espesar la respiración de Craig, mucho más lenta y profunda, placentera. Disfrutaba con su tacto y se lo demostraba acunándose contra él, mordiéndole levemente el lóbulo de una oreja. Cuando se vino a dar cuenta, unas manos ávidas ya le habían hecho desprenderse de su sudadera anaranjada y la camisa que llevaba debajo. Pronto quedó vulnerable ante la atenta mirada penetrante del otro. Craig no halló en su torso desnudo ni una maldita peca, lunar, herida, cicatriz, cardenal o mancha de piel que emborronaran la armonía que lo definía. Kenny era consciente de la curiosidad que despertaba en los demás por su físico. Le costaba asumir el asombro con que se quedaba Craig al mirarlo; sin embargo, no lo miraba de la misma manera que los demás. Había algo más allá en los ojos de Craig cuando lo contemplaban. Parecía que, particularmente, le asombraba su físico de manera extraña, y Craig era una persona que no se sorprendía con facilidad.

―¿Se puede saber de dónde has salido, Kenneth? ―preguntó Craig, susurrándole al oído según rozaba con la nariz su sien, con suavidad.

Sonrió en respuesta, con los ojos entrecerrados al sentir dicho contacto. En poco tiempo sólo eran audibles sus respiraciones entrecortadas. Con desesperada torpeza, según se prolongaba otro profundo beso entre ambos, Craig le desabrochó con ansiada torpeza el cinturón para seguidamente hacer tirar hacia abajo, despacio, la cremallera de sus vaqueros. Éstos al cabo de unos segundos más fueron deslizándose por sus piernas hasta alcanzar el suelo, junto con calcetines y zapatillas quitadas con ansiosa torpeza. Unos boxers blancos era lo único que lo cubrían y que no poco tardaron en ser prescindidos para acabar también arrojados al suelo. Fue entonces visible el grado de excitación en Kenny, quien buscó aliviar su dolor proporcionada por su marcada erección apretándose instintivamente contra Craig a través de las capas de tela de los vaqueros que todavía lo cubrían. Dicha fricción envió en él electricidad zumbando a lo largo de su columna vertebral. En reacción, dejó escapar un dócil "oh" placentero que apenas había sido retenido de entre sus labios, éstos ya enrojecidos e hinchados por la acción de los besos.

Esta primera escaramuza carnal hizo que Kenny actuara siendo dirigido por el instinto de complacer y ser complacido. Sus manos, que actuaron enseguida, se deshicieron de la ropa que cubría el cuerpo de su compañero. Desabrocharon botones e hicieron deslizar cremalleras bajo una ansiedad frenética. Pronto Craig había quedado tan desnudo como lo estaba él, siendo su principal objetivo al análisis pernicioso de su indiscreta mirada. Volvieron a unirse en una letanía de profundos besos con lengua según hacían uso de las manos para acariciarse intensamente. Incluso, se mordieron la piel, se chupaban y se lamían presas del desaforado juego del instinto.

Poco después, sus penes, calientes y húmedos, se presionaron juntos. Craig envolvió una mano alrededor de ambos y bombeó duro. En respuesta, Kenny gimió en la boca del otro, realizando ligeros movimientos con la cadera que fueron correspondidos al instante. El golpear del escritorio contra la pared, los gemidos que hacían eco por las paredes de la habitación, el movimiento de sus cuerpos dejados llevar por el deseo y el instinto… Todo ese cúmulo de sensaciones hizo que volcara extasiado su cabeza hacia atrás, siendo su cuello presa fácil para los sedientos labios de Tucker.

―Craig... ―le rogó mordisqueándose sensual su boca, cuyos blanquecinos dientes se dejaron entrever en el acto―, jódeme. Jódeme ahora.

Aquella voluptuosa imagen que ofrecía, más su tentativa suplicada entre jadeos, con el pene goteando sobre su plano vientre y con las piernas sutilmente extendidas, fueron motivos sobrados y suficientes como para que Craig no se lo pensara dos veces y actuara. Movido por un ardor ferviente hizo que Kenny se inclinara hacía atrás aún más, invitándole a acomodarse y apoyarse mejor contra el escritorio. Todo ello hecho entre jadeos circundando el aire. Kenny obedeció y fue ayudado a levantar un poco más sus caderas y jalar sus rodillas hacia lados contrarios para que se abriera más. Dicha posición dejó al descubierto su pequeña abertura a la vista del otro.

Una vez que acomodara su cuerpo contra el de Craig, lo atrapó rodeándolo con las piernas. Sabía que justamente en aquellos instantes de intimidad compartida no durarían demasiado. La inexperiencia sexual de la juventud traía eso. No importaba: aún tendrían tiempo de aprender a saber qué quería el uno del otro.

Llevado por el instinto, Craig lo aferró por la parte posterior de los muslos y fue penetrado despacio, muy despacio, con cuidado hasta cerciorarse de no hacer más daño del debido. Kenny se mordió los labios con fuerza y, ahogándose entre suspiros y gemidos, apretó los ojos con aunque éstos ya estuvieron nublados en lágrimas. Craig gruñó débilmente deleitándose con sus gemidos a sabiendas que estos producirían colores, si bien invisibles para él, eran totalmente visibles para la sinestesia de Craig. Los colores que Kenny producía y que sí eran captados por Craig eran colores bermejos, púrpuras, rojizos apagados, anaranjados intensos… Era tan maravilloso como presenciar una aurora boreal.

―Mmm, me gusta ―le susurró complacido a Kenny.

―Dime, ¿qué es lo que te gusta?

―Esos sonidos que haces.

―Siento ser tan ruidoso ―se disculpó, entre juguetón y pícaro, demostrando una media sonrisa. Luego exhaló un gemido menos contenido e inesperado al sentir a Craig totalmente dentro de él hasta rozar en aquel punto de placer. Añadió dificultosamente―: No me podrás negar que soy irresistible incluso gimiendo, Tucker.

Acto seguido, Craig le sonrió y abordó sus labios en otro beso procaz, impúdico. Eso era un en toda regla. El calor, la humedad y succión con que comenzó a embestirle hicieron aumentar el ritmo hasta alcanzar su próstata. Kenny se tensaba y movía más las caderas. Casi agónicamente, sus lenguas se buscaban ansiosas. Sus miradas se encontraron en el momento del clímax, moviéndose con anhelo, y el último hilo de control de ambos jóvenes se quebró. Había demasiada tensión anhelante por consumar el alivio, emociones acumuladas y expectativas. El acto sexual había sido intenso, febril y desesperado, y también rápido; sexo inexperto aunque explosivo de pura complacencia adolescente. Para ellos, estaba siendo perfecto, justamente lo que querían que el sexo fuese. El cuerpo de Kenny se inclinó hacia delante hasta chocar contra el de Craig, arqueando a su vez la columna todo lo que podía para que la penetración precedente al orgasmo fuese lo más profunda posible. El orgasmo fue alcanzado y los abatió entre espasmos. El líquido caliente y blanquecino del semen de Kenny se esparció por sus vientres unidos. Esta reacción que lo invadió plácidamente fue todo lo que necesitó Craig para correrse dentro de él y llenar su interior; estando rodeado por unas piernas que lo apresaban sin ya apenas fuerzas. Asimismo, los brazos de Kenny habían caído exhaustos, pesados y flácidos, sobre los hombros de Craig, permitiendo que reposara sobre el calor de su cuerpo. Un agradable silencio quedó perviviendo durante largos minutos en la habitación. Sólo los jadeos convertidos en respiraciones aleteadas eran perceptibles. Si se prestaba una mayor atención, podía oírse débilmente el repiqueteo de dos corazones anhelantes por bombear dosis considerables de sangre por las venas.

Craig levantó la mano e hizo pasar los dedos sobre su frente. Quitó los mechones albinos que le caían sobre los ojos. Luego, Kenny se apoyó contra el pecho de Craig. Aún jadeante y entre espasmos más débiles, empleó sus últimas fuerzas para abrazarlo y así aprovecharse de la intimidad que mantenían. Antes de conocer a Craig, Kenny abrazaba y besaba poco. Pensaba que ese tipo de afecto estaba por encima del sexo en sí. Querer no era lo mismo que desear. Querer a alguien implicaba mucho más. Y, él mismo se sorprendía al actuar así con Craig. Le salía así de natural y espontáneo el hecho de besarle y rodearlo con los brazos. Es más, le hacía sentir bien. Cuando despertó del atolondramiento después de ceder al calor y la comodidad que le proporcionaba el acogedor cuerpo de Craig, se dio cuenta de que había sido llevado hasta la cama en brazos. Supuso que había sido demasiado evidente el hecho de que no podía moverse ni un ápice. Tampoco es que pesara demasiado: era un saco de huesos comparado con el cuerpo saludable, aunque no musculoso, de Craig. Las yemas de los dedos de éste surcaron despacio por la hondura de su columna. De arriba a abajo. El rostro de Kenny quedaba oculto entre su propio campo reluciente de mechones platinos y muy alborotados, brillantes como rayos de luz de mediodía. Caían y descansaban en libre albedrío de aquí para allá. Le llegaba el pelo justo por encima de los hombros. El típico peinado que llevaría un adolescente amante del grunge y de Kurt Cobain. Craig realizó el mismo movimiento varias veces, con el pensamiento absorbido en lo que hacía. Era algo que le gustaba hacer después de tener sexo, acariciarlo hasta que cayera extenuado de sueño.

―Oye, explícame una cosa ―inició diciendo mientras se frotaba de manera infantil el rabillo del ojo con un dedo. Alzó el rostro para mirar a Craig sin dejar de frotarse el ojo. No tardaría mucho en que, debido al cansancio, Kenny se durmiera―. ¿Por qué saliste tan cabreado del despacho señor Mackey? ¿Qué fue lo que ocurrió?

―Mackey le contó al profesor de música que tengo sinestesia ―le respondió Craig―. Cuando se lo conté él me prometió no decírselo a nadie. Me molestó mucho que lo hiciera.

―¿Y qué más da si lo saben? ―Kenny frunció el ceño sin comprender del todo. Su voz era pausada y estaba somnoliento, con la mejilla pegada al hombro de Craig―. No tienes por qué avergonzarte de lo que eres.

―Bastante jodido estoy ya como para querer buscarme más problemas sin necesidad, ¿no crees? ―argumentó Craig y añadió―: Deberías alegrarte por no tener que esconder nada sobre ti a los demás. Si no fuera así, seguro que entenderías mi postura.

―En eso estás muy equivocado.

Craig suspiró alzando un poco las cejas. Después, incorporándose un poco, le levantó el rostro con ambas manos e hizo que lo mirara directamente a los ojos. Kenny quedó mirándolos, hipnotizado. Esos pétreos y metódicos ojos oscuros, hijos atómicos del boro, que le hacían temblar de deseo y admiración de pies a cabeza.

―Te he mentido, Kenneth. Sé que guardas demasiados secretos.

Kenny se mordió los labios para evitar decir cosas de más. Respiró hondo y volvió a apoyarse en el pecho de Craig sin decir nada. En el fondo sabía que había cosas, que por muy inexplicables que fueran, no se podían decir ni siquiera a la persona más importante de su vida. ¿Cuántos años había perdurado su silencio? Era difícil mirar hacia atrás, hacia su pasado, sin que le doliera. Su vida estaba marcada por la infelicidad y la desgracia, aunque al verle nadie dudaría de que fuera un joven alegre y lleno de vitalidad. A lo largo de sus diecisiete años, Kenny había aprendido desde niño a fingir a la perfección. Había sido capaz de sonreír cuando su corazón se rompía en mil pedazos. Sólo un observador avezado descubriría que detrás del azul índigo de sus ojos hallaría el gris de su alma.

Y Craig lo era. Cada día que pasaban juntos, poco a poco Craig iba adentrándose en el mundo laberíntico de los secretos de Kenny. Craig lo había tomado de nuevo por el rostro tal y como había hecho antes.

―Vamos, suéltalo. Dime por qué estoy en un error. Llevo tiempo queriendo escucharte hablar sobre lo que sea que escondes.

Negó con la cabeza. ―Olvídalo. Sólo estaba tomándote el pelo, nada más. Yo no escondo nada.

Craig, concentrado, torció el gesto mientras lo analizaba sin cortarse ni un pelo. ―No se te da muy bien mentir, Kenneth.

―Ya te he dicho que lo olvides. No le des importancia a algo que no existe.

Kenny quedó ausente, como si por dentro estuviera luchando con viejos demonios; luchando con su consciencia entre decírselo o no. Esta indecisión fue comparada por Craig con la de un niño pequeño, hecho que hizo que carcajeara entre dientes.

―Está bien, está bien. Lo dejaremos ahí. No vaya a ser que te de un cortocircuito cerebral de tanto pensar.

Kenny soltó un bufido burlón. ―Eres un capullo.

―Todo lo que sirva para sacarte de quicio está bien.

El aludido volvió a sonreírle con naturalidad y descendió el rostro hasta que ambos quedaran frente a frente. Kenny fue el primero en decidirse y lo besó. Craig, en cambio, abrió su boca y cedió la entrada a su lengua ávida. También le permitió que se aferrara contra su cuerpo. Cuando Kenny abandonó aquella boca tan sugestiva, entrecerró los ojos de nuevo y bostezó como un crío de parvulario. Estaba cansado y quería dormir pegado al frío cuerpo de Craig. Mientras que el resto de la gente prefería el calor de un cuerpo acogedor, Kenny amaba la fría tibieza del cuerpo de Craig, el cual le costaba entrar en calor. Cuanto más frío irradiase el cuerpo de Craig, más anhelante se sentía Kenny por aferrarlo para sí. Se recostó contra su hombro. Pronto su energía proporcionara el calor que tan dificultoso le era a Craig por conseguir.

―¿Puedo quedarme también esta noche contigo?

Craig asintió consintiendo dicha petición sin problema. ―Claro. Ya no necesitas pedírmelo todos los días. Aunque... dime una cosa, ¿hasta cuándo piensas seguir enfadado con tu padre?

Kenny se contuvo con otro premeditado e espontáneo silencio. Un silencio que hubo intercedido por él.

―Sé que no soy quién para dar consejos pero creo que deberías hablar con él, Kenneth. No lo pospongas por mucho tiempo porque, a veces, las acciones que llegan tarde no traen sino repercusiones. Al menos piénsalo, ¿de acuerdo?

Asintió obediente. ―Sí. Tienes razón.

―Siempre la tengo ―bromeó Craig.

Kenny carcajeó. Craig podría decir lo justo; sin embargo, lo que decía era lo acertado. Lo que realmente Kenny necesitaba oír. Al menos, para él.

―Gracias.

A continuación, Craig le acarició de nuevo su cabello alborotado en motivo de aceptar sus agradecimientos. Poco después, los dos quedaron dormidos. Imbuidos en la deriva pacífica del sueño.

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Por una carretera de una sola vía iba una furgoneta vieja de carrocería en azul claro. Era el típico vehículo hippie por excelencia de la marca Volkswagen. Éste traspasó a una velocidad moderada el letrero de madera rancia que daba anuncio de la llegada a la entrada de South Park. La noche era espléndida a diferencia de semanas anteriores. El cielo estaba completamente despejado, revestido con una luna llena exultante y un compendio de estrellas que iluminaban todo sin la necesidad de alumbrado eléctrico. Asimismo, la temperatura del aire era menos fría e insoportable. El verano estaba comenzando a despertar en la pequeña región alpina cercana a las Montañas Rocosas. Las primeras casas no tardaron en aparecer. Y, más allá, la carretera se conectaba con la amplia avenida, principal motor de vida social y comercial de aquel pueblo de no más de trescientos habitantes. Dentro de la vieja furgoneta se oían voces que cantaban al mismo tiempo que lo hacía el cantante, cuya voz nacía de los altavoces, bajo un tema de rock sesentero agradable sin tener en cuenta si se hacía bien o mal.

"Na na, nananana na…,

nanana na...,

Hey, Jude."

A diferencia del cantante, los jóvenes que canturreaban y aplaudían lo hacían bastante mal... aunque daba lo mismo. Se respiraba un buen ambiente y de por sí contagioso. Todo se reducía a una melodía puesta a volumen alto que resonaba en todo el interior de la furgoneta y salía estrepitosa por la abertura de las ventanas conjuntamente con las voces desgañitadas de sus imitadores que poco se comparaban a la voz única de McCartney. La conductora de dicho vehículo, una chica de dieciséis con el carnet de conducir prácticamente recién sacado, de cabellos larguísimos, castaños y peinados a partir de mechones trenzados, miró por el retrovisor interior a los ocupantes de los asientos traseros.

―¡Ey, tíos, dejad de berrear y escuchadme un momento! ¿Os apetece una última cerveza en el lago Stark? ―sugirió ella en tanto que bajaba un poco el volumen y esgrimía una agradable sonrisa en sus labios―. Aún no son ni las cuatro de la mañana. La noche es joven, ¿a qué sí?

Los chavales aceptaron sin reparos y entre gritos de júbilo. La conductora maniobró con el volante sin brusquedad en dirección a la carretera de tierra que los llevaría en nada al pequeño lago situado en uno de los extremos del pueblo. Uno de los jóvenes se inclinó cual resorte hacia delante, apoyando su barbilla en el asiento del mismo. Con sus preciosos y cristalinos ojos azules abiertos, notablemente sorprendidos, le preguntó confundido a la muchacha conductora:

―Hey, Karen, ¿vas a beber? Si es así casi que prefiero no ir al lago. Mejor será que lleguemos todos a casa de una sola pieza.

―Sabes perfectamente que no me gusta el alcohol, Stan. Ni olerlo, vamos. Bastante tengo con mi padre como para seguir su filosofía de vida. Si lo digo es para estar un rato más con vosotros. ―Karen rodó los ojos y volvió a sonreír al fiel amigo de su hermano Kenny―. Además, seguro que a esta hora mi padre estará llegando a mi casa con su típica borrachera de todas las noches ―tensó los labios y puso atención a la carretera con indicios notables de una profunda e interior molestia―. Es una mierda verlo así. Por eso yo prefiero mil veces ver el amanecer en el lago con vosotros.

―Seguro que Kenny estará ya en casa, Karen. Habrá puesto orden.

La muchacha sonrió para sí y renegó con la cabeza lacónicamente. ―Lo dudo mucho, Marsh.

Stanley alzó una de las cejas en señal de incomprensión. Recapacitando unos segundos, carcajeó con ganas negando variadas veces con la cabeza.

―¡Vale, ya lo pillo! ¡Es verdad! ¡No sé por qué coño me sorprendo! Seguro que Kenny andará metido bajo las sábanas de alguna tía del instituto. Como para no conocerlo a estas alturas, hostias.

La chica chasqueó los dientes mientras manejaba secamente la caja de cambios.

―No. No es por eso ―lo miró desde el retrovisor, preguntando ella, extrañada―: Espera, Stan. ¿Es que Kenny no está quedándose contigo? ¿Acaso Kenny no te lo ha dicho?

―¿Decirme el qué?

―Hace casi un mes se metió en medio de una discusión que tenían mis padres. Papá apestaba a whiskey barato y los dos no paraban de gritarse. El caso es que Kenny llegó a casa y vio la escenita, intentó frenar a mi padre y recibió un puñetazo en toda la cara.

―¡Mierda! ¿En serio? ¡No tenía ni idea! ¿Pero qué coño le pasa a tu padre, Karen? ¡Dios! Ni siquiera he visto a Kenny con un hematoma en la cara.

Vio a Karen meditar por segundos el qué decir:

―No. Gracias al cielo no se le hinchó. A veces pienso que Kenny está hecho a prueba de balas. O... algo así.

―Oye, ¿y por qué discutieron tus padres esta vez? Tuvo que haber sido por algo bastante grave, digo yo.

Karen no le dijo nada al respecto. Se había cerrado en banda. Frenó un poco y tomó las últimas curvas. Unos pocos metros más allá y se podrían divisar las aguas del largo Stark siendo iluminadas por el claro de luna.

―En resumen ―prosiguió Karen―, mi hermano lleva desde entonces quedándose fuera de casa. Sólo viene después de clase cuando mis padres están fuera. Kenny come conmigo, se prepara y, con la misma, se va a currar a la librería de los Glenn y no lo veo hasta el día siguiente. Él me había dicho que se estaba quedando a veces en tu casa, y otras, en la de Kyle. Entonces yo me quedé tranquila pensado que estaría bien con vosotros. Pero ahora me entero que Kenny me ha estado mintiendo y no sé dónde carajos estará pasando las noches.

―Puede que se esté quedando en casa de alguna chica, Karen. Siempre ha estado rodeado de faldas.

De fondo, los ocupantes de la segunda línea de asientos habían alcanzado el final de la melodía y no paraban de cantarla entre risas y aplausos. Stan exhaló un suspiro. Que Kenny no le contara cosas no era del todo habitual. Pero tampoco podía inmiscuirse en su vida si éste no se lo permitía. Admitió para sus adentros que Kenny no siempre estaba con ellos. Siempre había sido más independiente que Kyle y que él mismo; de la misma manera que Cartman. Así que no se extrañó por el hecho de que lo excluyera de ciertos temas personales; sin emabrgo, no evitó preocuparse por él.

―¿Sabes si se está quedando en casa de Kyle o Cartman, Stan? ―le preguntó Karen.

―No, no lo creo. Ninguno de los dos ha comentado nada. Si hubiera estado quedándose en casa de los Broflovski, estoy casi seguro de que Kyle me lo hubiera dicho tarde o temprano.

―Mañana cogeré a mi hermano por banda y hablaré con él.

―Tal vez Kenny ya no confíe en mí ―pensó Stan en voz alta, sin quererlo.

―No lo creo ―le aseguro Karen con una sonrisa de lo más honesta―. Yo sé muy bien que Kenny te tiene sobre un pedestal. Siempre te ha tenido un respeto y un cariño muy grandes. Bueno, tú ya sabes cómo es: no le gusta para nada que se preocupen por él.

Tras decir aquello, el vehículo frenó con lentitud para quedar finalmente parado a menos de veinte metros del lago. La noche se previó larga y eterna para aquel grupo jovial de adolescentes amparados por un manto perlado de estrellas.

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Cuando el repiqueteo persistió contra el cristal de la ventana, bufó molesto. Abrió con pereza un ojo tras haberse deshecho de las sábanas que anteriormente lo cubrían casi por completo. La claridad del amanecer le indicó que pronto sonaría la alarma del teléfono móvil. Intuyó entonces que más o menos serían las siete de la mañana. Se quitó la ushanka con la que se había acostumbrado a dormir desde que tenía memoria; ya de un color verde raído por el tiempo; desgastado y ya ajustado para su crecidita cabeza. En consecuencia, una marabunta de rizos anaranjados cayeron liberados en torno a su rostro. Hecho que le fastidió. Odiaba tener mechones bermejos que le estorbasen una vista ya de por sí gastada. Tanteó pesadamente con la mano en la mesa de noche, buscando a tientas las gafas de pasta, para ponérselas y dirigirse con una mirada asesina hacia el motivo causante de su mal despertar. Para su sorpresa, su ofuscación se transformó en una escondida alegría al reconocer que, tras los cristales, se hallaba el rostro que más había contemplado a lo largo de su vida.

Un muchacho habido tras la ventana, aferrado entre el alféizar y el tubo vertical de desagüe adherido firmemente contra la pared exterior, volvió a usar los dedos de su mano, tamborileando con sus uñas el cristal. Bajo una de esas tantas sonrisas plácidas que tanto le gustaba recibir por parte de él. Hacía muchos años que Stan no lo despertaba de aquella forma. Muchos, muchos años.

―¿Stan? ―Se acercó a la ventana para abrirla cuanto antes y todavía sin creérselo―. ¿Qué demonios...?

―¡Buenos días, Kyle! ―exclamó éste, atropellando sus palabras.

Stanley hablaba con tanta vitalidad y alegría desde tan temprano que hasta daba envidia. Sobre todo, porque Kyle se consideraba a sí mismo como una de esas tantas personas que se levantaban de muy mal humor por las mañanas. Y él era un chico con carácter. Todo había que decirlo. Kyle lo escrutó con la mirada según lo ayudaba a entrar a su habitación. Cuando vio que Stan tambaleaba mientras intentaba introducir la última pierna en el interior, supo enseguida que algo andaba mal. En segunda instancia, su nariz percibió un olor particular que desde hacía varios meses venía siendo habitual en Stan... aunque fuese indirectamente.

―¡Joder, tío! ―le soltó mientras tiraba de él con dificultad. Stanley se había apoyado casi en su totalidad sobre su cuerpo―. ¡Cómo apestas a maría! ¿Has estado con esos hippies? ¡Buf! Para no fumar nada hueles como ellos. ¿Y...?, ¿y has estado bebiendo?

El olor a cerveza fue lo siguiente que captó su olfato. Algo que le hizo arrugar la nariz y alzar su cabeza para mirarlo con resquemor. No le gustaba que Stan se comportara al estilo Kenneth McCormick.

―¿Yo? ―preguntó Stan con incoherencia típica de alguien que se pasa más de la cuenta bebiendo.

―No, tu culo.

Kyle lo llevó a duras penas hacia su cama para recostarlo y así conseguir que durmiera un poco para que se le fuera la mona que llevaba encima. Stanley carcajeaba como si dicha escena fuese divertida. Sonrió débilmente y consideró entonces de que tal vez lo era. Hacía mucho tiempo que los dos no compartían tiempo juntos. Esta situación era el detonante y, a su vez, el vago recuerdo, de lo importante que había sido su amistad en el pasado. Entristeció de pronto; echaba de menos a Stan. Extrañaba poder estar así con él. En confianza. Aunque en parte era debido a la embriaguez de Stan. Viendo Stan la repentina ausencia en la que había quedado, lo tiró sin que se lo esperara sobre la cama. Kyle tiró de Stanley en acto reflejo y éste cayó con él entre risas. Ya tirados sobre la cama, los dos forcejeaban como niños. Stan comenzó a hacerle cosquillas molestas; de ésas que hacen reír con ganas hasta llorar y pedir clemencia para que cesen.

―¡Mierda, Stan, he dicho que pares de una vez! ―pidió mientras se intentaba zafar de las manos del otro. Y todo sin poder evitar desternillarse entre carcajadas limpias.

Cuando Stanley vio que él no podía más paró y quedó recostado boca arriba. Uno al lado del otro.

―¿Ves, Kyle? ¿No te sientes mejor ahora? Hoy has empezado el día con buen pie; riéndote.

―Eres un puto crío, Stan. Madura de una vez.

Kyle cogió aire mientras se deshacía de las lágrimas de la risa que habían quedado ahogadas en sus pestañas. No pudo reprimir arquear sus labios y sentir la alegría abatirle el cuerpo. Ya no le costaba admitir para sus adentros lo bien que se sentía teniéndolo a su lado.

―Acabas de llegar de Denver, ¿cierto?

Stan disintió adormecido. ―En realidad llegamos a eso de las tres de la mañana. Pero hemos estado tirados bebiendo en el lago Stark.

―¿Sabes ya que has suspendido Filosofía? ¿Te lo ha dicho Wendy?

―No, me lo dijo ayer el amargado de mi primo.

―¿Y?

―¿Y qué?

―¿Qué piensas hacer al respecto?

Stan suspiró hondamente. ―Yo qué sé. Será joderme y estudiar para la recuperación.

―El examen será el lunes.

―Ya..., ya, lo sé.

Kyle arrugó de nuevo la nariz entrecerrando a la par sus ojos color verde musgo. ―Hoy es jueves y sólo te quedan cuatro días para estudiarte todo el temario que es más denso que la hostia. ¿Cuándo vas a empezar a tomarte las cosas un poco en serio?

Pero, en vez de conseguir un gesto versado entre miedo y preocupación, encontró que el joven seguía sereno, muy a pesar de estar algo ebrio. Con la misma indulgencia y alegría le sonrió para decirle de un solo tirón.

―Venga, va. Ya no soy ningún crío. No te preocupes por mí. Ya me las apañaré.

Y, con la misma, Stanley quedó dormido. Al cabo de unos segundos, de éste nacía una respiración tranquila y acompasada. Kyle lo dejó dormir, sin quitarle la vista tan cariñosa con que lo contemplaba en silencio. Luego, cuando sonara la alarma, le obligaría a levantarse, a que se diera una ducha para eliminar todo olor a fiesta hippienta de su cuerpo y le llevaría a rastras a clase. Pero, en esos instantes, lo dejó descansar. Quedó absorto sin ocultar la angustia de pensar que, si Stan llegara a suspender y no pudieran irse juntos a la universidad, acabaría lejos de él. Podría aceptar resignado que su amistad decayera y no volviera a ser como en un principio. Podría aceptar que se lo arrebatase una morena inteligente y, para colmo, agraciada con un físico que quitaba el hipo. Podría aceptar también que se llevara mejor con Kenny. Podría aceptar las nuevas amistades hippies de Stanley. Pero, sin embargo, no iba a dejar que un amplio margen de kilómetros lo separasen de él definitivamente.

A estas alturas sólo se conformaba con tener a Stanley cerca.

Eso era lo único que no estaba dispuesto a perder bajo ningún pretexto.

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FIN CAPÍTULO III.

En fin. He necesitado media cajetilla de cigarrillos, una tetera bien cargada de té negro y mucha, mucha música para terminar este capítulo enterito en un plazo de seis horas y pico. De lo que había sido un esbozo, hoy he dado el visto bueno al decidir que este capítulo está más que finalizado y por ello me siento nerviosa por no saber aún cómo lo recibiréis vosotras, mis queridas lectoras, cuando leáis el lemon. Es el primero que publico y hasta el último minuto dudé en quitar muchas partes. Cosa que al final no hice. Ahora... pienso que debería subirle el Rating a M. Mea culpa si le he quitado el sueño a alguna (risilla maléfica owo).

Gracias por los comentarios, por leer, por llegar hasta aquí leyendo estas últimas líneas.

NOTA: Capítulo revisado y modificado parcialmente el 29 de Abril de 2013.