Meñique tenía ojos en todas partes, y uno de esos ojos estaba en el castillo de Selwin. Allí había pocos más ojos desde que aquel hombre había perdido a su mujer. Totalmente deprimido se había encerrado en su habitación y apenas abría la puerta para aceptar la comida que le servían. Su mujer y todos sus hijos excepto Brienne habían ido muriendo uno tras otro. Y un día la pequeña cayó enferma. Era una niña preciosa, pero muy pequeña y frágil. La pequeña Brienne no sobreviviría a su quinto día del nombre, y eso era una certeza que sabían todos en aquel castillo, incluido su padre. La melancolía del hombre era bien conocida. Los niños no habían sido vistos fuera del castillo y apenas salían de sus habitaciones. Todos fueron pequeños y enfermizos durante su corta existencia.
Meñique llegó a la isla con la pequeña Aena en los últimos días de vida de Brienne. Se presentó ante Selwin con la altivez propia de un enviado del rey y le expuso su caso como un asunto de estado, algo a lo que no se podía negar. Selwin le propinó un golpe con su mano diestra con las pocas fuerzas que le quedaban, pero sabía que no podía hacer más. Era un enviado de la corona y como tal sus órdenes nunca eran una petición. Ocultarían la muerte de su hija cuando llegase, y la joven entregada tomaría su nombre y posición.
La inexplicable curación de la niña se explicó por un intento de envenenamiento, y se despidió a todo el servicio. Todo aquel que hubiera podido ver en alguna ocasión a la pequeña Brienne fue expulsado del castillo. Meñique trajo nuevos hombres para ayudarle a recuperar su servicio, y de paso poner más ojos en la isla de Tarth. Los susurros siempre eran bien recibidos, viniesen de donde viniesen.
Los rumores sobre la pequeña no tardaron en llegar. Todos la tomaban por muy torpe, porque en realidad tenía dos años menos de los que se suponía. Era muy inquieta y, aunque no quedaba nadie en aquel castillo que pudiera notar la diferencia con sus otros hijos, Selwin lo hacía. El torbellino de energía fue devorando su melancolía hasta que el hombre revivió. Persiguiendo a la niña y jugando con ella era más feliz de lo que había sido mucho tiempo, y poco a poco las puertas del castillo se abrieron, y Tarth volvió a tener un gobernante digno.
Selwin finalmente se convirtió en un padre de verdad, y olvidó los oscuros años previos. Llenó aquel vacío con historias inventadas y memorias fantasiosas que contaba a su nueva hija con tal maestría que la pequeña creía recordarlas como si efectivamente hubieran ocurrido. La niña tuvo una infancia feliz en el mundo que había sido creado para ella, y su padre se desvivió para que ninguna sombra de tristeza pudiese tocarle nunca.
A medida que la joven crecía, mantener su felicidad se hacía más y más complicado, ya que la chica no parecía disfrutar del destino de una doncella noble. Sólo sonreía con una espada en la mano, y eso es lo que Selwin le entregó. Cuando quiso servir a un rey sin derecho al trono, a su padre no le importaron las repercusiones que pudiese tener él, ni Tarth, ni todos los malditos habitantes de Poniente. Sólo le importaba su hija y, aunque no podía evitar que se separase de él un tiempo, se aseguró de que fuera siempre feliz.
Bran había narrado la historia con un semblante neutro, sin mostrar emoción alguna. Sin embargo todos a su alrededor expresaban algún tipo de sentimiento, al menos un atisbo de empatía hacia la pobre chica que permanecía estática y muda. Jaime miraba a Brienne con miedo, como si esa enorme mujer se fuese a romper ahí mismo, delante de todas aquellas miradas vacías.
-Disculpenme.
Con sólo una palabra Brienne desapareció del salón. Sansa salió detrás a buscarla, y Jaime se quedó completamente paralizado.
No podía creerlo. Nunca se lo había contado a nadie excepto, curiosamente, a ella. Jaime era su prisionero entonces, siguiendo cada paso e intentando molestarla con todo lo que podía. Llevaba horas hablando sin conseguir que ella respondiera a ninguna de sus provocaciones así que probó suerte.
- Moza, ¿sabes que salvé una niña una vez? Sí, soy lo más despreciable que conocéis, aunque no me conozcáis, pero hay una niña en el mundo respirando gracias a mi. -
Ella paró a mirarle. Por fin había llamado su atención, así que le contó por encima la historia, omitiendo detalles y añadiendo otros que le resultasen divertidos, hasta que la moza se cansó
- Matarreyes, todo el mundo conoce esa canción. Si me vais a contar un cuento por lo menos que sea más original.-
Jaime la miró con extrañeza. Valoró por unos segundos que se escribiese alguna canción con un relato tan parecido al que él había vivido y lo desechó. En esta ocasión debía ser la moza la que mentía.
Seguía perdido en sus pensamientos mientras los presentes analizaban la nueva información y consideraban las repercusiones. La puerta volvió a abrirse y Sansa entró, dirigiéndose a Podrik. - No he podido encontrarla. Podrik por favor, ¿puedes ayudarme?.
Antes de que el escudero pudiese reaccionar Jaime estaba saliendo por la puerta.
Cuando encontró a Brienne en un extremo de los muros de Invernalia, sus ojos azules miraban el horizonte, como si estuviese buscando Tarth en la lejanía. Como si buscase el lugar donde descansaban los restos de la niña a la que había quitado el nombre.
- Me dijiste la verdad, me lo contaste. - Lo dijo sin mirar. Jaime se preguntó como sabía que era él.
- Y tú ya la conocías. No era una canción, era tu historia.
Brienne no sabía si habían sido sus primeros recuerdos resonando por su cabeza, si a partir de ellos había ido construyendo esa canción o si su padre de alguna manera había querido transmitirle parte de su historia, inventando esa canción para ella. De cualquier modo era demasiado doloroso.
- No te recuerdo, pero he soñado contigo miles de veces. - Dijo con una voz tenue- Eras más flaco, tenías el pelo más largo... y no llevabas barba. Eras sólo un muchacho. - Le tembló la voz- En mis sueños mataban a mi padre, a Selwin, y yo me quedaba escondida en el armario. Entonces aparecía el caballero que me rescataba, me sacaba de allí y me llevaba al mar.
"Siempre has sido tú" Jaime quiso decirlo en alto, pero sólo quedó en su cabeza. "Todo lo bueno que he hecho, siempre has sido tú." Repasó su vida y sólo veía errores. El daño que hizo a su hermano por obedecer a su padre, los miles de horrores que hizo por su hermana, cuando atacó a Ned Stark por su hermano... Sólo había hecho daño por aquellos a los que amaba. Sin embargo ella le hacía ser mejor. Desde niña, siempre había hecho lo correcto por ella. Perdió la mano por ella, luchó contra aquel oso, abandonó desembarco y regresó a Invernalia... Todo lo que ella le inspiraba se convertía en algo bueno. Y había comenzado mucho antes de lo que él creía. No podía entender cómo no había reconocido aquellos ojos. Dioses, esos ojos.
Daenerys interrumpió sus pensamientos. Como un fantasma apareció tras él, tomó a Brienne de su mano y la llamó hermana. Habló de sus dragones, de su sangre y del honor, y la llevó de la mano bajando juntas las escaleras, hasta que Jaime las perdió de vista.
