Casi termino, no sé cómo escribí esto tras darle como tarro (?) a mi cerebro.

Digimon no me pertenece.


Cuatro madres


Primeriza — Mimi Tachikawa

Bajó la mirada hasta el batido de frutas tropicales, colocando la pajilla y dándole un profundo sorbo, Satoe, frente a ella, le daba una mordida a un brownie. Madre e hija se miraron, sonriendo con complicidad. Keisuke no tenía ni la menor idea de que su esposa se había escapado dos semanas completas a Estados Unidos para visitar a su hija, sí, habían quedado en ir en cosa de un mes y algo, para cuando su única hija tenía fecha para el parto.

—Estoy nerviosa, —Mimi cerró los ojos un momento, tamborileando las uñas delicadamente arregladas contra la mesa de la cafetería— mamá, estoy muy nerviosa. Hasta ahora los médicos dicen que Eiji-chan es un niño muy sano, pero… es mi primera vez, ¡no sé cambiar siquiera un pañal! —y acto seguido, la castaña hizo un mohín, mirando a su mamá con expresión de «enséñame, por favor»—.

Satoe solamente rió a carcajadas, mirando con una sonrisa a su hija y acariciándole los cabellos.

—Creo que hemos terminado, Mimi, —esperó a que su "gorda" –como la apodaba con cariño– se terminara el batido para salir a andar con ella— ¿vamos a caminar? El médico dice que debes tener una buena actividad física.

Mimi sonrió, como si su madre y aquel odioso doctor hubiesen conspirado en su contra para obligarla a ejercitarse. Se puso pie, agarró su cartera y luego a su madre por el brazo. Con alivio notó que Satoe había dejado de pelearle a la edad; ya no tinturaba su cabello y no olía a esas cremas antiarrugas ridículamente costosas, sólo a esa fragancia de flores que en el pasado le desagradaba, pero que ahora resultaba agradable.

Echaron a andar por las calles neoyorquinas, contemplando escaparates y entrando en alguna que otra tienda a comprar más ropa para la embarazada y más cosas para el "príncipe" que venía en camino, porque algunos hábitos no cambian y sea donde sea, Satoe y Mimi serán igual de consumistas, aunque ahora ya no ahogaban penas con una tarjeta de crédito.

Simplemente compartían un tiempo de madre e hija, de abuela y nieto, de madre e hijo, las pataditas que Abel Eiji daba en la pancita de Mimi lo confirmaron, ambas rieron.

—Sin duda que serás una buena madre, Mimi, aprenderás en el camino, así como yo aprendí contigo… ¡no sabía nada de cambiar pañales cuando naciste! Mi madre tuvo que enseñarme. —Comentó Satoe, tomando un conjunto de color azul para el pequeño—. Aprenderás, Mimi, estoy segura.

A Mimi se le empañaron los ojos un momento, tuvo que hacer una pausa y abrazar a su madre, ya canosa.

A Michael podía mentirle con que estaba hormonal, incluso su padre se creería esa excusa, pero Satoe sabía perfectamente que sus lágrimas eran de emoción pura.

Para Mimi era un verdadero orgullo escuchar a su madre con tanta fe en ella y su maternidad.

Porque para todo hay una primera vez y la maternidad no es más que el inicio de una cadena de aprendizajes.

Definitivamente.


500 palabras exactas.

Aquí me basé más en mi querida hermana, quien, de alguna manera, fuer un poco mamá para mí. Mi madre trabajaba mucho cuando yo era pequeña y pasaba el día entero al cuidado de mi hermana.

Y Mimi con su madre a veces parecen más hermanas que madre e hija.

Catherine, gracias por ser mi herma-má, no sé cómo decirlo de otra forma.

Y como de costumbre, gracias a ustedes por leer.

* . Carrie.