Hola a todas, aqui les traigo un nuevo capitulo de esta loca historia.

Espero que lo disfruten y me dejen muchos comntarios.

Nos leemos pronto.

Besitos!

XoXo

Capítulo beteado por Flor Carrizo, beta de Élite Fanfiction:

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Dangerous

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—¡Dios, Bella!, ¿puedes tranquilizarte? —preguntó Alice mientras esperaban que el chófer de James los llevara a casa de Marie.

—No, Alice, no puedo. ¿Viste lo lindo que era?

—Bellita, ¿te dejó muy caliente el vejete? —Ella fulminó con la mirada a Riley cuando terminó de pronunciar esas palabras.

—No es ningún vejete, es un hombre con todas las letras.

—Tranquilos, chicos —intentó apaciguar los ánimos James—. ¿Tienes su teléfono?

—No.

—¿Le entregaste el tuyo?

—No, James. Luego de que me propusiera ir a su casa, me asusté. ¿Te imaginas lo que podría haber pasado?

—¿Que te hubiese follado hasta el cansancio?

—No voy a perder mi virginidad con el primero que se me cruce o no al menos de ese modo. No pienso llegar virgen al matrimonio, pero al menos merezco una cena y que me corteje antes.

—Coincido contigo —dijo Alice—. Además hay que tener cuidado para que el señor no vaya a prisión, porque si Charlie se entera es más que seguro que lo denuncia.

Bella se dio cuenta que era cierto. Pero sólo quedaban dos semanas para que cumpliera la mayoría de edad y luego de eso sería libre de entregarse a quien quisiera.

—Entonces tenemos dos semanas para averiguar quién es el hombre que enamoró a nuestra Bellita —dijo Riley.

—Podremos acceder a las listas de invitados de tu padre y de ahí ver los nombres. ¿Al menos sabes cómo se llama?

—Sí, se llama Edward.

—Perfecto, cariño, entonces desde mañana buscaremos al señor E.

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Dos días más tarde con los chicos estaban en la hora del almuerzo, marcando en una lista todos los Edward que habían acudido a la fiesta del sábado. Eran más de cien.

—Bella, Alice, debemos practicar para el juego de esta tarde —dijo Casey.

—Ya vamos —contestaron las chicas. Ambas amarraron bien los cordones de sus zapatillas y fueron rumbo al gimnasio donde el resto del equipo las esperaba.

Alice puso la música y comenzaron a calentar.

Luego de un rato en el que hicieron acrobacias, repasaron la coreografía por última vez.

Para las cinco, todo el colegio estaba reunido en el gimnasio, para presenciar el juego más importante de básquetbol. Las chicas estaban todas vestidas con sus uniformes y peinadas con una coleta tirante. Se sacaron una foto antes de salir para realizar la performance.

A lo lejos, Bella escuchó como Victoria le pedía a Casey cambiar lugar, pero no le dio importancia.

Cuando la música empezó a sonar, todas salieron como tenían estipulado, se acomodaron en sus respectivos lugares y comenzaron con la coreografía.

En el momento de una de las piruetas pudo sentir como uno de sus pies, el que apoyaba en las manos de Victoria, empezaba a ceder. No hubo forma alguna de detener la caída, pudo sentir el ruido de algo al romperse y el grito de dolor y las lágrimas empapando su rostro.

—¿Estás bien? —le preguntaron las chicas.

De inmediato un médico se hizo presente a su lado y le pidió que se mantuviese quieta.

—Hay que trasladarla a un hospital urgente, tiene la pierna rota —gritó el médico.

James y Riley se acercaron y la tomaron en brazos para llevarla al hospital, Bella no aguantaba el dolor y lo que menos quería era verle la sonrisa a Victoria que se regodeaba con su sufrimiento.

Riley sostenía en el asiento trasero a Bella, mientras que James manejaba y Alice iba en el asiento del acompañante

—James, dobla a la derecha hasta la avenida y luego a la izquierda dos manzanas más. Allí hay una clínica privada donde papá me llevó una vez —explicó Riley a su novio.

—¿Cómo te sientes, Bella? —preguntó Alice.

—Me duele mucho.

—Aguanta, Bellita, ya llegamos —susurró su amigo, mientras acariciaba su rostro.

Y así fue, en pocos minutos estuvieron en la puerta de la clínica. Una agradable mujer los recibió y les indicó que en unos momentos el doctor Cullen los atendería, hizo pasar a la paciente a un consultorio y, con la ayuda de James, logró estirar la pierna sobre la camilla. Su amigo tuvo que esperar afuera.

—Buenos días, Isabella. Soy el doctor Edward Cullen, ¿en qué puedo ayudarte? —preguntó amablemente.

La muchacha levantó su rostro, que estaba cubierto de lágrimas, y se impresionó de volver a ver a Edward.

—Hola, Edward —dijo entre hipidos.

—¿Bella?

—Sí.

—¿Qué te sucedió, nena? —preguntó él sorprendido, acercándose a donde ella estaba.

—Me caí mientras hacía una pirueta.

—Bueno, déjame ver tu pierna —dijo al tiempo que con delicadeza examinaba a la muchacha.

Para Bella fue inigualable sentir las manos del médico en sus piernas, sentir sus largos dedos tocarla fue algo único.

—Cariño, tendremos que sacar una tomografía y luego evaluaremos cómo está. Creo que te descolocaste la rodilla, pero hay que averiguar en qué estado están tus ligamentos.

Ella lo miró sorprendida y sin saber bien qué consecuencias podía traerle eso.

—Tranquila, Bella, no te pasará nada. —Buscó la silla de ruedas que la enfermera había dejado a un lado de la habitación y cargó a la joven en ella.

Edward nunca había pasado por algo así, él era la persona más profesional de todos, no se involucraba con sus pacientes y, mucho menos, si era menor de edad, pero no podía evitar pensar en esa chiquilla que lo traía loco.

Tras pedirle a Jen, una de las mejores enfermeras de la clínica, que se encargara personalmente de Isabella, se dirigió a su despacho. Estaba sumamente excitado por haber visto a Bella con un uniforme de porrista. Era algo encantador, pero tocar su suave piel lo llevó a la locura, aún no estaba muy seguro de cómo había logrado ocultar la erección que tenía. Pensó en cualquier cosa para alejar la imagen de Bella acostada en su camilla con esas hermosas piernas descubiertas.

Veinte minutos más tarde, ya mucho más calmado, examinaba la tomografía de Bella. La cabeza de la tibia se había descolocado y uno de los ligamentos cruzados se había lesionado. Sin duda debían operarla.

Se dirigió al cuarto donde había examinado a Bella y le comunicó lo que sucedería.

—Nena, debemos hablar con tus padres para que autoricen la operación. Mientras tanto pediré a Jen que te extraiga sangre para el pre-quirúrgico y que te coloque un calmante así no te duele tanto.

—Gracias, ¿puedes llamar a mis amigos? Deben estar en recepción.

—Claro, ¿cómo se llaman?

—Riley, James y Alice.

—Ya los hago pasar y en cuanto logres comunicarte con tus padres volveré —dijo mientras acariciaba su mano en un gesto cariñoso.

Los chicos entraron y encontraron a Bella descansando.

—¿Cómo estás, Bells? —preguntó Alice.

—Estoy bien, pero me duele mucho y me tendrán que operar —dijo adormilada por el calmante—. Tienen que llamar a mi Bubu, para que dé la autorización para la operación.

—Claro, nena, no te preocupes, nosotros nos haremos cargo —agregó James.

Una hora más tarde, Renée se hacía presente en la habitación de Isabella.

—Cariño, ¿qué te sucedió?

—Me caí.

—Ok, pequeña, no te preocupes que mami está aquí —dijo mientras acariciaba su cabello.

—Renée, no soy una niña, lo fui hace diez años mientras estabas en algún lugar perdido del planeta, no vengas con eso que no es necesario. Limítate a firmar la autorización y vete.

—Isabella, soy tu madre tienes que tenerme más respeto.

—No, tú no eres mi madre, fuiste sólo una incubadora que me permitió llegar al mundo, ahora no vengas a hacerte la preocupada cuando no te importó dejarme siendo una bebé.

—Bella, ¿tan mal te educamos?

—Tú no me educaste, limítate a firmar la autorización para la operación —pidió enojada.

En ese momento Edward entró a la habitación, no había podido evitar escuchar la conversación que mantenía Bella con su madre y, realmente, no le agradó nada lo que había oído.

—Buenas tardes —saludó amablemente—. Soy Edward Cullen, el doctor de Isabella.

Alice, Riley y James se miraron y miraron a Bella, ella asintió. Ya habían descubierto que Edward era el señor E, el hombre por el que Bella estaba loquita. Luego los chicos, discretamente, se retiraron a esperar fuera de la habitación.

—Mucho gusto, soy Renée Dwyer, la madre de esta jovencita.

Bella rodó los ojos y bufó en signo de frustración.

Renée se acomodó el cabello y se puso en modo coqueto.

—Doctor, ¿podría explicarme qué le pasó a mi hija? —dijo con voz seductora. A Edward ese comportamiento lo enfado.

—Señora Dwyer… —Renée lo interrumpió.

—Señorita o sólo Renée. —Él respiró profundo para darse paciencia y en un gesto inconsciente pasó su mano derecha por su cabello.

—Señorita Dwyer —dijo para poner distancia entre ellos—, Bella sufrió una caída, lo que provocó que la cabeza de su tibia se descolocara y se dañaran los ligamentos cruzados de su rodilla derecha. Debemos operarla. Le pediré a una enfermera que traiga los formularios con las autorizaciones para que los firme. —Luego miró a Bella—. Le diré a Jen que te instale en una habitación y te deje descansar. En un rato iré a verte.

Él salió del cuarto dejando a Renée suspirando y a Bella más molesta con su madre.

—Renée, llama a Bubu y firma los papeles. Luego vete.

—Isabella, no me iré. Te acompañaré durante el tiempo que estés en el hospital.

—Edward ni se fijará en ti. Pierdes tu tiempo y eres completamente patética.

Charlie tocó la puerta y, luego de unos momentos, ingresó a la habitación donde encontró a su hija y su ex mujer con el ceño fruncido. Cuando se enojaban ellas eran muy parecidas.

—Bells, ¿qué pasó, cariño?

—Me caí, papi, Victoria cambió el lugar con Casey, no sujetó mi pie y me desplomé. Tienen que operarme.

—Tranquila, cariño, todo estará bien.

—Papá, ¿puedes sacar a Renée de aquí? No la quiero cerca, quiero a mi Bubu —dijo ella, mirándolo con los ojos llorosos y esa cara que su padre no podía resistírsele.

—Renée, escuchaste a Bells, vete de aquí.

—¿Tienes que hacer todo lo que la niña te ordene? —preguntó indignada.

—Al menos tengo en cuenta los deseos de nuestra hija.

—¿Qué quieres decir con eso, Charlie?

—Sabes exactamente a lo que me refiero.

Las lágrimas rodaban en el rostro de Bella. Siempre con sus padres era así, ellos discutían, Charlie le recriminaba a Renée haberlos abandonado y ella se defendía y, al final, ambos olvidaban que ella existía.

Por suerte, la enfermera llegó y se la llevó a otra habitación, mientras ellos aún seguían discutiendo. La acomodó en el cuarto, le ayudó a ponerse un feo camisón de hospital y, luego de colocarle una vía en el brazo, le dio otro calmante.

—Señorita, en unos minutos vendrá el doctor Cullen a ver cómo está. Trate de descansar.

—Gracias, Jen, ¿podría decirle a mis amigos en que habitación estoy? —pidió mientras se limpiaba los rastros de lágrimas.

—Claro que sí.

Los chicos pasaron a saludarla, pero el calmante comenzó a hacer efecto y rápidamente se quedó dormida.

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Edward estaba dando vueltas en su consultorio como un loco, no podía dejar de pensar en la jovencita que debía operar, en como deseaba tener a Bella para él. Él quería besar nuevamente esos labios, tocarla, acariciarla. Iba a tener que cortar su inmaculada piel y, por primera vez, dudó de sus capacidades como médico; por primera vez desde que se recibió de médico tuvo miedo de que algo saliera mal, que pudiera dañar a su paciente. Pero sabía que eso no era porque dudara de su desempeño profesional, sino que era porque sentía algo por ella.

Debía estar mal de la cabeza, Bella era sólo una niña, una hermosa niña que podría haber sido su hija. Ese pensamiento le dio asco. Por suerte el teléfono lo distrajo.

—Hable —dijo serio.

Doctor Cullen, su madre desea hablar con usted —dijo Jessica, su asistente.

—Pásamela por favor —respondió sin mucho entusiasmo.

Amaba a su madre, pero era una persona sumamente absorbente y contradictoria.

—Hola, mamá —saludó—. ¿Cómo estás?

Bien, hijo, ¿y tú?

—Bien, por entrar en cirugía. ¿Qué necesitas?

Sólo quería saber de ti, ¡me tienes abandonada, cariño!

—Lo siento, mamá, pero hay mucho trabajo en la clínica —se excusó.

Bueno, pero podrías dedicarme un poco de tu tiempo. Quizás mañana podrías venir a almorzar, vendrá Betty con su hija.

Otra vez su madre intentaba emparejarlo, aunque nunca pasaba de la primera cita, porque no había ni una sola mujer en la tierra que colmara las expectativas de ella. Pensó en Bella, en lo hermosa e inocente que era. Quizás ella sí fuera considerada por Elizabeth una buena mujer.

¡Edward!, ¿me estás escuchando?

—Perdona, mamá, pero debo irme.

Mañana te espero, hijo.

—Ya veré si voy, madre, te lo confirmaré mañana.

Ok, hijo. Pero haz el esfuerzo, por favor.

Tras cortar la comunicación fue a la habitación de Isabella para ver cómo se encontraba.

Tras golpear la puerta y no escuchar ningún sonido, entró asustado de que le hubiese pasado algo. Se encontró con una jovencita completamente dormida, ella parecía un ángel, en su rostro pudo ver rastro de lágrimas y se preguntó si sería por el dolor o por la presencia de su madre. Como nadie lo veía, acarició su cabello suavemente y dejó un suave beso en sus labios.

La puerta sonó y rápidamente tomó la carpeta que contenía el historial médico de Bella, un hombre de ojos chocolates y aspecto cansado ingresó seguido por Renée.

—Buenas tardes, doctor, soy Charlie Swan, el padre de Isabella. —Extendió la mano y, de inmediato, Edward la tomó.

—Soy el doctor Edward Cullen, el médico de Isabella. ¿Le comentaron de la operación a la que será sometida su hija?

Charlie miró reprobatoriamente a su ex mujer y negó con la cabeza.

—Supongo que tampoco han firmado la autorización.

Los padres de Bella volvieron a negar.

—Acompáñenme a mi despacho, así les explico en detalle el procedimiento.

Edward los guió hacia el despacho y, una vez sentados, les mostró las imágenes de la rodilla de Bella y cómo debían repararla. Ambos quedaron satisfechos con la actitud del médico y de inmediato firmaron la autorización.

El doctor llamó a Jen y pidió que prepararan a Isabella para el quirófano, se vistió con el ambo de cirugía y fue al encuentro de esa muchachita que lo traía loco.

Luego de lavarse las manos a conciencia, cepillarse las uñas y colocarse los guantes, entró al quirófano, donde Bella estaba ya en la camilla, con su rodilla derecha colocada en un estribo y cubierta con tela verde. Ella aún estaba consciente.

—Hola, nena, ¿cómo te sientes? —preguntó acercándose al rostro de ella.

—Estoy asustada.

—Tranquila, ¿confías en mí? —Ella asintió con su cabeza—. No dejaré que te pase nada y prometo que sólo te quedará una pequeña marquita, casi imperceptible en esa linda pierna que tienes.

Bella le dedicó una sonrisa.

—Ya llegará el anestesista y comenzaremos, ahora trata de descansar. —Le dio un suave beso en la frente y fue a llamar al resto de su equipo.

Media hora más tarde, Edward realizaba el primer corte y comenzaba a reparar los daños en la rodilla de Bella.

Finalmente, la operación fue todo un éxito, Edward se aseguró de que Bella estuviese en su cama con una buena dosis de calmantes y mucho hielo en la rodilla. Tras avisarle a su familia que la joven dormiría toda la noche, los padres se fueron a descansar, pero a él le fue imposible dejarla sola. Se dirigió al cuarto que estaba al fondo de su despacho y decidió dormir allí.