Capítulo 3: Camisa rosa


Iba a morir. Lo sabía perfectamente. Aquel tal Antonio de las narices le había pedido que lo acompañara a algún lugar, pero, ¿a dónde? ¿Y si le decía que fuese con él al cementerio para que se cavase su propia tumba? ¡No, no, no! No podía ser. Descartó cualquier posibilidad que implicase una muerte lenta y dolorosa. Al fin y al cabo, Antonio tenía aspecto de ser los que terminaban los problemas con un tiro.

Se fijó en si llevaba una pistola por algún lado. Parecía que no, así que suspiró más o menos aliviado. Eso sí, los nervios de estar ante el novio de su profesora de francés no hacían más que crecer y crecer.

—¿A d-dónde quieres que te acompañe? —mierda, ya se estaba trabando al hablar.

—A un sitio muy especial —contestó Antonio con un tono cantarín. Oh, Dios, aquel tipo era un maniaco—. ¡Venga, vamos!

Sin darle tiempo a reflexionar, Antonio cogió a Lovino por la muñeca y lo arrastró consigo hasta la parada de autobuses. El italiano había intentado zafarse del agarre, pero era sencillamente imposible. Quizás Antonio se había dado cuenta de que estaba espachurrando la muñeca del otro joven con su fuerza bruta, ya que tras dirigirle una mirada y notar su expresión asustada y dolorida, lo soltó y se disculpó torpemente.

—¡Aquí estamos! —exclamó.

—¿En la parada del autobús…? —preguntó Lovino. Tenía miedo. ¿Y si justo cuando llegase el autobús Antonio le empujaba para que fuera atropellado?

—No, bueno, sí —se rió ante su propio lío mental—. Estamos en la parada del autobús, pero este no es el sitio especial del que te hablé.

Lovino se sentó en la marquesina para mantenerse a una distancia prudencial de aquel chalado; sin embargo, él se sentó a su lado y le dedicó una sonrisa bastante agradable. El italiano decidió reunir todos aquellos trozos casi invisibles que tenía ocultos a lo largo y ancho de su cuerpo de cobarde para formar un escudo de valentía. Tenía que hablar con Antonio y preguntarle a qué venía todo aquello.

—Oye, tú —chasqueó los dedos para llamar su atención—, ¿tú… para qué quieres que vaya contigo?

—¡Es que Emma me ha estado hablando mucho de ti y por lo que me contó, pareces un buen tío! —explicó sonriente.

¿Un buen tío? Lovino sintió ganas de darle una hostia al español aquel y decirle que él no era un buen tío. No tanto como su hermano pequeño, al menos. Ambos permanecieron en silencio en espera del autobús. Una mujer embarazada se acercó a la marquesina y Antonio, inmediatamente, se levantó para cederle el asiento.

—Muchas gracias —contestó la mujer, completamente agradecida.

—De nada —se quedó con cara de bobo al ver la barriga de la mujer. ¡Y pensar que ahí dentro había un ser humano!— Perdone, ¿de cuántos meses está?

—De ocho. ¡Ya queda poco!

Antonio se rió y siguió encandilado mirando la tripa de aquella mujer. Lovino no pudo evitar sentir envidia. A él siempre le costaba muchísimo hablar con alguien y Antonio, con un motivo tan tonto y común como es cederle el asiento a otra persona, ya había logrado caerle bien a una desconocida. Normal que Emma se hubiese fijado en alguien así.

—Si quieres puedes tocar la barriga —declaró la embarazada, algo enternecida por la actitud de aquel joven.

—¡Ay, muchas gracias!

Con la ilusión propia de un niño sujetando la camiseta sudada de su deportista favorito, Antonio acarició lenta y cuidadosamente aquella tripa, diciéndole tonterías a la personita que dentro de tan poco nacería. Se reía de vez en cuando al notar pataditas.

Cuando llegó el autobús, ambos muchachos entraron y buscaron algún lugar donde sentarse. Menos mal que estaba prácticamente vacío, así que su búsqueda fue más corta de lo que se habían esperado en un principio.

—¿La viste, Lovino? ¿La viste? —seguía emocionado— ¡Tenía una barriga tan grande! Espero que el niño le nazca sano como una lechuga. ¡Pegaba unas patadas tan fuertes! Fijo que sale futbolista.

Lovino tuvo la tentación de responderle algo ofensivo, pero no pudo. En primer lugar, porque le tenía miedo. Aunque a decir verdad, aquel pavor se iba desvaneciendo poco a poco ya que Antonio de veras parecía un buen chico. Y en segundo lugar, porque la situación en sí le parecía un tanto incómoda. Al fin y al cabo, estaba sentado en el autobús con un hombre al que acababa de conocer.

—Uno de mis sueños es que algún día Emma también se quede encinta —esbozó una sonrisa más tranquila a la vez que su tono se endulzaba—. ¡Las mujeres embarazadas me inspiran tanta ternura! Además, pensar que ahí dentro estaría mi futuro hijo sería tan… tan…

—Tan fascinante —continuó Lovino con sarcasmo. Le estaba poniendo mal que Antonio sacase un tema de conversación así.

¿Acaso aquel mendrugo no se podía dar cuenta de nada? Aunque a lo mejor lo hacía adrede, claro que sí. Mencionaba la paternidad para demostrar que Emma era suya y no de Lovino. Qué listo era aquel cabrón sonriente.

—¡Exacto, fascinante! —sus pupilas verdes centelleaban ante la idea de tener a un bebé entre brazos— ¡Debe de ser como estar en el paraíso!

Ante aquello, Lovino perdió el miedo por completo. Antonio era idiota y punto, no había ni un ligero ápice de maldad en sus palabras. Mejor así, ya que el al menos Lovino podía liberarse de aquella angustia tan cargante.

—Por cierto, Lovino, ¿tú tienes novio?

El miedo volvió a invadir aquel cuerpo italiano. ¡Mierda, ¿por qué justo cuando se estaba tranquilizando se tenía que volver a poner nervioso?

Lovino analizó lentamente las palabras de Antonio. Dijo novio, no novia, ¿verdad? Sí, definitivamente había dicho eso. Probablemente Emma, para mermar los celos de Antonio, le dijo que su alumno era homosexual. Sí, debía de ser eso. ¡Pues era una gran idea! Si decía que era gay, Antonio no tendría de qué preocuparse y ya no tendría motivo alguno para intentar asesinarlo.

—No —respondió tajantemente, dándose cuenta enseguida de que aquel no era el plan que había trazado segundos atrás—. Quiero decir, soy gay. Muy gay. Pero aún no tengo pareja.

—Fijo que pronto encontrarás a ese alguien especial —le guiñó un ojo—. ¡Buena suerte, Lovino!

No contestó. Ambos continuaron sentados y, de vez en cuando, Antonio intentaba sacar algún tema de conversación, pero Lovino se negaba a charlar con su acompañante. Tras varios minutos, llegaron a su destino y ambos se bajaron del autobús.

—¡Aquí estamos! —anunció Antonio poniendo los brazos en jarra.

Lovino se quedó mirando el edificio que tenía enfrente sin ningún atisbo de interés. ¿Aquél era el sitio tan especial y maravilloso que le había prometido el novio de Emma?

—Un centro comercial —dijo Lovino, mirando a Antonio con una mirada indignada.

—¡Exacto! —asintió con una sonrisa— Verás, quería darle un detallito a Emma y me preguntaba si podrías ayudarme a escoger un regalo adecuado.

Lo que le faltaba por oír. ¡Casi prefería que le hubiese dado la paliza! No le hacía ni pizca de gracia el tener que estar soportando a aquel dichoso español parlanchín durante horas sólo para comprarle un regalo a su churri querida del alma. Qué diantres, ¡si ni siquiera conocía a Antonio de nada!

—Paso.

—¡¿Qué? ¡¿Cómo que pasas?

—Pues eso, paso. Si quieres comprarle algo a Emma, hazlo tú —se cruzó de brazos—. Es tu novia, no la mía.

Ante eso, Antonio adoptó una expresión ceñuda. ¿Y ahora qué iba a hacer? Él era demasiado torpe como para comprarle algo perfecto a Emma y Lovino, siendo amigo de ella, podría ayudarlo a la hora de elegir un obsequio. Al menos ese había sido el plan. Podría intentar llamar a Elizaveta y sonsacarle información de provecho, pero Antonio no quería la ayuda de aquella chica, sino la de Lovino. Este se asustó un poco al ver el semblante tan serio del español. Había estado tan alegre y sonriente durante tanto tiempo que ahora aquel cambio tan brusco de humor le había parecido extraño.

—Yo quería que me ayudaras tú —murmuró con un deje melancólico.

—¡¿Y por qué yo? ¡Si no nos conocemos de nada!

—Pero eres amigo de Emma —le miró a los ojos—, eso quiere decir que eres buen chico. Además, pensé que esta sería la oportunidad ideal para conocernos y, no sé, a lo mejor luego podríamos quedar y tomar unas copas, ver el fútbol juntos y… esas cosas.

Lovino no supo qué contestarle. Decir que le había dejado boquiabierto sería una exageración, pero lo cierto era que algo sorprendido sí que estaba. Le costaba creer que alguien tan alegre y simpático —y pesado, sobre todo pesado— como Antonio tuviese que ir pidiendo amistad tal y como pediría dinero un mendigo. Tragó saliva. Era la primera vez que se veía reflejado en otra persona, a pesar de que esta fuera tan diferente, y ¿era lástima lo que sentía? Mierda, si en el fondo Lovino era un sensiblero.

—Te ayudaré a elegir el regalo de Emma, pero sólo —hizo una pausa para añadirle énfasis a la última palabra— porque es mi amiga y no quiero que le regales cualquier baratija que encuentres.

—¿Eh? ¿En serio? —preguntó casi sin creérselo. Al instante, ya había recuperado su sonrisa habitual— ¡Muchas gracias, Lovino!

Antes de que el italiano pudiera articular palabra, Antonio ya se había metido en el centro comercial, deseoso de explorar todas las tiendas que había en aquella jungla de ofertas. Lovino, a paso más lento y pesado, fue siguiendo a su compañero, hasta que Antonio se detuvo delante de la librería, observando el escaparate minuciosamente. Segundos después, Lovino se unió y siguió la vista del español, aunque realmente no sabía qué estaba buscando. Bufó.

—¿Se puede saber qué estás buscando?

—¡A Emma le gusta Stendhal! —exclamó— ¡Y sé fijo, fijísimo que no tiene ningún libro suyo! Más que nada porque siempre se queja de que no tiene ninguno.

Como una flecha, Antonio entró en la librería para comprar una novela cualquiera de aquel escritor. Iba con tanta prisa que Lovino no pudo evitar preguntarse si aquel idiota realmente pensaba que alguien le iría a quitar el libro de las manos. En menos que canta un gallo, Antonio ya había salido de la tienda con una sonrisa victoriosa adornando su rostro y una bolsa de plástico entre sus dedos.

—¡¿Se puede saber para qué me arrastras hasta aquí, si luego compras lo que te sale de los huevos? —gritó Lovino, atrayendo la atención de algunas personas que pasaban cerca de aquel par de jóvenes.

—En realidad te engañé —mostró una sonrisa pícara.

—¿C-cómo que me engañaste?

—¡Sólo quería conocerte! —declaró sonriente— Tal y como te dije antes, Emma me habló mucho de ti y tuve ganas de ver cómo eras. Pero intuí que no sería fácil sacarte de casa, así que me inventé una excusa. Soy listo, ¿eh?

—¡No eres listo! —frunció el ceño— ¡Y no hables como si hubiera salido de casa porque me apeteció, que en realidad me arrastraste contigo! ¡Aún tengo las marcas en la muñeca para demostrártelo!

Enseñó sus doloridas muñecas, pero Antonio las ignoró y continuó riéndose. En aquel momento, Lovino descubrió algo que no olvidaría jamás:

Antonio era idiota.


Antonio no había insistido ni una ni dos veces para llevarse al italiano a una cafetería, sino siete. ¡Siete! Lovino ya estaba demasiado harto de aquel error de la naturaleza —conocido también como Antonio— y no tuvo más remedio que aceptar su propuesta. Craso error.

—Oye, Lovino, ¿puedo hacerte una pregunta?

—Sí, claro —sorbió su café—, aunque que te responda o no es otra historia…

—¿Puedo llamarte Lovi? Suena muy carismático y te queda bien —señaló con una sonrisa.

—No.

—¡Pero Lovino…!

—¡Que no, coño!

Ambos continuaron bebiendo sus cafés, aunque ninguno parecía demasiado satisfecho con el fin de aquella conversación. Las miradas furtivas de Antonio no hacían más que incomodar a Lovino, que ya estaba planteándose seriamente si lanzarle aquel capuchino a la cara o no.

—Oye, Lovino.

—Dime —contestó ya de mala gana.

—¿Y qué te parece Vino? Te daría un toque elegante.

—¡¿Pero tú eres tonto? ¡No es normal irle poniendo motes raros a la gente a la que acabas de conocer!

—Pero eso es porque yo quiero ser tu amig…

—¡A callar!

Suspiraron al mismo tiempo. Lovino pegó su trago final y dejó un rastro inconfundible de espuma adornando su labio superior. Antonio empezó a reír al considerar que aquello parecía un bigote. La mueca de desesperación del otro joven no tardó en aparecer.

—No es por nada —se secó su «bigote»—, ¿pero no te molestaría si yo ahora te empezara a llamar Toño o Toni, así por las buenas de Dios?

—En absoluto —contestó de buen humor—, es más, cuando me presenté te dije que podías llamarme así.

Mierda, aquello era cierto. Pero de todas formas a Lovino no le gustaba que el novio de Emma se tomase tantas confianzas. Le daba pena que el pobre cachorrillo estuviera tan solo y desamparado en el mundo, pero era improcedente que se empezasen a tratar como amigos de toda la vida el mismísimo primer día. Y qué diablos, ¡Lovino no quería ser amigo de alguien así! Si en aquellos momentos no había hostiado aún al español no era porque quisiera caerle bien, sino porque le daba lástima.

—Lovino —canturreó esta vez.

—¿Qué quieres ahora? —preguntó desganado.

—¿Qué te parece Lovar, de Lovino Vargas? Suena muy artístico, desde luego. Si me dijeran que el famoso Lovar trabaja en no sé qué restaurante, yo acudiría inmediatamente.

—Suena ridículo, no artístico —bufó—. Además, mi hermano sí que es cocinero y sé a ciencia cierta que si se pusiera un nombre tan absurdo nadie iría a su restaurante.

—¿Tienes un hermano cocinero? ¡Qué pasada! Cenar en su casa debe de ser una gozada.

—No lo es. Suele cocinar su marido —puso una mueca de asco al pronunciar la palabra «marido». ¿Por qué diantres Ludwig tenía que ser su cuñado? ¿No había más hombres en el mundo o qué?— y obviamente no tiene ningún don para la cocina. Es alemán.

—¡No digas más! Eso lo explica todo —bromeó Antonio.

Lovino esbozó lo que podría considerarse una sonrisa minúscula. O no tan minúscula, la verdad. Le gustaba hacer chistes sobre alemanes, pero no se esperaba que a otra persona le hiciese gracia. Curiosamente, el humillar de tal forma a Ludwig le había relajado bastante. Se sentía mucho menos tenso y estaba un poco más dispuesto a charlar con el piltrafilla que tenía ante él.

—Antonio, ahora yo te haré una pregunta a ti, ¿vale?

—¡Claro! Adelante.

—¿Cómo supiste que era gay? ¿Te lo dijo Emma? —preguntó con curiosidad. Necesitaba saber si después de todo era una estratagema de Emma. Al fin y al cabo, si la respuesta fuera afirmativa, eso demostraría que Antonio era un hombre celoso.

—¡Qué va! —sus ojos juguetones se posaron sobre los de Lovino— Es por tu camisa.

—¿Mi camisa? —se mostró casi ofendido— ¿Qué le pasa a mi camisa?

—Es rosa.

El italiano iba a replicar, pero las palabras decidieron que lo mejor sería no salir al exterior. Lovino quería preguntarle a Antonio qué tipo de persona intuía la sexualidad de otra a partir de una camisa, pero si se mostraba indignado quizás el novio de Emma empezase a sospechar algo.

Y qué diablos, su camisa era elegante y muy chic. Que fuera rosa no significaba nada, ¿o acaso todos los homosexuales iban vestidos de rosa y los heterosexuales de marrón o gris? Había que ser muy corto de miras para pensar algo así, pero Antonio ya había demostrado su grado de estupidez varias veces a lo largo del día.


Oyó cómo la puerta de su casa se abría y traía consigo una alegre melodía silbada. Sonrió al instante. Sabía que Antonio había llegado. Se levantó del sofá y fue a recibir a su novio, expectante ante lo que pudiera contarle sobre su día con Lovino.

—¡Toni! ¿Qué tal te ha ido con Lovino? —preguntó ilusionada.

—¡Genial! —exclamó contento— Es un poco gruñón, pero buen tío al fin y al cabo. ¡Y qué gracioso es!

—¡Me alegro tanto de que os llevéis bien! —la chica juntó sus palmas, esbozando una sonrisa gatuna— ¿Entonces crees que podríais salir juntos más a menudo? Lovino necesita amigos.

—¡Claro que sí! Cuando tengamos más confianza le presentaré a Gilbert y a Francis.

Emma sonrió ante el entusiasmo de su novio. Parecía que su plan para que Lovino consiguiese amigos estaba saliendo mejor de lo esperado.

—Ah, por cierto, esto es para ti —Antonio le dio una bolsa y un beso en la mejilla.

Abrió la bolsa y se encontró con un libro de uno de sus autores favoritos. Saltó a los brazos de su novio, aunque esperaba algo más. Antonio siempre, siempre le traía cierto regalo.

—Toni, ¿no tienes otra cosa para mí?

—¿Un libro no te parece suficiente? ¡Fue caro! —bromeó.

Antes de que Emma pudiera replicar, Antonio ya le estaba entregando un clavel. Desde el día en que se conocieron, él le regalaba aquella flor a su novia. No importaba lo que pasase, Emma siempre sabía que un clavel nuevo y fresco adornaría el jarrón de su mesita de noche.

A veces se preguntaba si aquel clavel simbolizaba el amor de Antonio.


La llegada de Lovino a su casa no fue tan dulce, ni mucho menos. Nada más abrir la puerta, se encontró con la oscuridad más profunda, a pesar de que aún era de día. Un escalofrío recorrió su espina dorsal. Sabía que algo malo le iba a ocurrir. Cerró la puerta y se adentró en el pasillo, esperando que la luz apareciese de un momento a otro. Nada más llegar al salón, se topó con una vela que iluminaba el rostro de Govert, quien permanecía con una expresión ceñuda sentado en un sillón, clavando su mirada penetrante en Lovino.

—Joder, qué desagradable… —musitó Lovino.

—Que llegues a estas horas sí que es desagradable. ¿Dónde has estado?

Lovino parpadeó varias veces antes de captar el significado de aquella pregunta. Le parecía ilógico que Govert, como si se tratase de una esposa despechada, le estuviera preguntando semejante cosa. Es más, ni era de noche, ni venía borracho. ¿A qué venía todo aquel teatrillo? A Govert sólo le faltaba el rodillo en mano, unos tubitos en el cabello, un mandilón y unas pantuflas rosas.

—He salido…

—¿Con quién?

— Con Antonio, el novio de…

—Sé quién es Antonio.

Se formó un silencio incómodo. Lovino no sabía qué estaba sucediendo ni por qué estaba todo tan oscuro, así que se limitó a presionar el interruptor de la luz, lo cual incomodó la vista de Govert, que se había acostumbrado ya a la oscuridad. ¿Pero cuánto tiempo se había pasado a oscuras esperando por Lovino?

—Mira, chaval, no te diré con quién tienes que salir y con quién no.

—Faltaría más —protestó Lovino.

—Pero no te juntes con Antonio. No es trigo limpio.

Lovino tragó saliva. ¿A qué se refería Govert? Se notaba que Antonio tenía sus defectos, pero no le parecía mala persona en lo más mínimo. Aunque bueno, fiarse de una persona que se pasaba encerrada día y noche en su cuarto «trabajando» y que era fan de productos extraños —como tulipanes parlantes— tampoco es que fuese muy normal.


Emma estaba deseosa de volver a tener clase con Lovino para preguntarle qué tal le había ido con Antonio. No es que no se fiase del resumen de su novio, pero a él simplemente le solía caer bien todo el mundo y se divertía fácilmente. Cuando fue a buscar a su alumno a casa de su hermano, se encontró con un italiano con unas ojeras que casi llegaban a asustar.

—¡Lovino! ¿Y esas ojeras? —preguntó tan curiosa como siempre.

—Pasé la noche viendo películas.

Era mentira. La verdad era que Govert había estado viendo series japonesas a todo volumen durante toda la noche como un poseso. Lovino se quejó varias veces hasta el punto de amenazarle con llamar a la policía, pero el muy inconsciente no se dio cuenta en aquel momento que amenazar al casero nunca era la mejor solución para arreglar los problemas.

—Vaya —alzó una ceja—. En fin, ¿cómo te ha ido con mi Toni?

—Es imbécil —contestó rápidamente.

Quiso rectificar y endulzar su respuesta, porque al fin y al cabo, era el novio de Emma —su amiga— y tampoco era bonito ir insultando a Antonio de buenas a primeras. La chica se mostró preocupada y pensativa, observando a Lovino.

—¿Entonces te cae mal?

—Pues…

—No sabes lo ilusionado que está él contigo —interrumpió Emma, añadiendo una pizca de dramatismo—. Me contó que le encantaría ser amigo tuyo. Si vieras la carita que se le ponía mientras hablaba de ti… Te cogió mucho cariño.

—Parece que Antonio se piensa que soy un perro o algo así —respondió desdeñoso.

—Ni mucho menos —rió la joven—. Por eso, si no es mucho inconveniente, me gustaría que hoy estudiásemos donde trabaja Toni, así podremos aprender un poco de vocabulario.

—¿Dónde trabaja Antonio…? —ya se esperaba lo peor. Quien contratase a alguien como Antonio no tenía muchas luces, desde luego.

—En una juguetería.

¿Una juguetería? Lovino no se esperaba menos de alguien como Antonio. Fijo que cuando no tenía clientes, el muy tonto se ponía a jugar como un crío con los balones. Qué injusto era el mundo, Lovino en el paro y Antonio trabajando en un lugar maravilloso.

Cuando se montaron en el coche, Lovino siguió pensando sobre el tipo de actividades que podría realizar el español en una juguetería. Lo más probable es que fuera el típico dependiente simpático que es amigo de los niños y que convence a sus madres para que les compren juguetes. Y claro, las madres no tendrían más remedio que hacerle caso, porque con aquella sonrisa cualquiera saldría convencido del local.

—Seguro que se lo pasa genial en el trabajo —comentó Lovino con envidia, lanzándole una mirada a Emma, que conducía algo pensativa.

—Sí, seguramente. Aunque no me gusta que se lo pase tan bien.

—¿Y eso? —se mostró curioso.

—Pues… Porque siempre está rodeado de niños y me temo que le entren ganas de ser padre o alguna locura así —sonrió melancólicamente—. Aunque me gustan los niños, me aterra la idea de ser madre.

Lovino no contestó, sino que recordó la ilusión que mostró Antonio al ver a aquella mujer embarazada y lo pesado que se puso después con aquel temita. Decidió no darle más importancia al asunto y dejar que Emma condujese tranquila, porque de repente los nervios se fueron apoderando de ella y el coche ya empezaba a hacer eses.


—¡Cari! —Antonio abrazó a Emma nada más verla. Luego le dirigió una sonrisa resplandeciente a Lovino, quien estaba al lado de su profesora— ¡Anda, Lovino! ¡Qué bien que hayas venido! ¿Qué tal, tío?

—Estoy bien —ni se molestó en mostrarse simpático. Era una tarea demasiado ardua—. Y no me llames «tío».

—¡Guau! ¡Menudas ojeras! —exclamó Antonio, acercándose poco a poco a Lovino, para examinarlo de cerca— ¿Has pasado la noche viendo películas o qué?

—Sí, algo así —se alejó de Antonio—. ¿Por qué no dejas de preocuparte por memeces y te pones a trabajar?

Antonio miró a los lados, pero como de costumbre no había ningún cliente en la tienda. Los niños cada vez utilizaban menos juguetes tradicionales, ya que estaban demasiado ocupados derrochando su tiempo pegados a una videoconsola. Desperdiciaban su niñez de una manera absurda, al menos desde el punto de vista de una persona que se dedica a vender juguetes.

—No tengo mucho que hacer, como puedes ver —se encogió de hombros.

—Bueno, dejemos a Toni tranquilo. ¡Vamos a aprender vocabulario, Lovino! ¿Has traído tu libreta?

Lovino asintió y cuando se disponía a seguir a su joven profesora, notó que una mano se posaba sobre su hombro. Se volvió y notó la mirada cálida del juguetero.

—Lovino, quería preguntarte una cosa antes de que te pusieras a estudiar.

—No, no puedes llamarme Lovi, ni Vino, ni Lovar ni mierdas así —frunció el ceño, ya anticipando la cuestión absurda de aquel pobre memo.

—Tranquilo, no era nada de eso —soltó una carcajada y le dio un par de palmaditas en la espalda al italiano—. Sólo quería decirte que esta noche hay partido, pero no un partido cualquiera, sino un Barça-Madrid. ¿Vienes a mi casa a verlo?

Lovino no sabía qué decirle. Si bien le gustaba bastante el fútbol, le incomodaba tener que ir a casa de Antonio —a pesar de que ya había estado varias veces, al fin y al cabo, también era el hogar de Emma—. Y lo peor de todo, nunca había visto un partido con otra persona. Siempre lo hacía solo y, si bien había visto en series y películas que los amigos solían ver el fútbol juntos, nunca lo había experimentado en su vida. Mierda, se sentía nervioso por una tontería así. ¿Acaso era eso lo que sentían todas las personas que tenían una vida social más o menos normal? Probablemente no.

—Mientras prepares aperitivos…

—¡Dalo por hecho! —sonrió Antonio— Venga, no te molesto más. ¡Buena suerte con el francés!

Lovino asintió y se acercó a Emma, que ya estaba impaciente esperando por su alumno. Nada más verlo, le comentó lo simpático que era Antonio y lo buen chico que era. Por primera vez, Lovino asintió firmemente con la cabeza, a pesar de no hacer ningún comentario al respecto.

¿Cómo era posible que su vida estuviera cambiando tan rápido? No lo sabía ni tenía necesidad de encontrar una respuesta; no obstante, no tenía ni la menor idea de hasta qué punto Emma y Antonio serían importantes en su vida.


Notas: Ya lo he advertido, los primeros capítuos serán lentos y tortuosos :3 La verdad es que este capítulo no quedó como lo había planeado en un principio, pero bueno~

Contador de palabrotas: ¡12!

¡Y muchísimas gracias por todo vuestro apoyo! :D Gracias a todos~

LovinaxTonio95: ¡Oh, pero qué dulce! No sabes cuánto me alegra que digas que vayas a leer el fic a pesar de odiar el Spabel xD Pues me resulta sencillo imaginarme a Holanda viendo magical girls, la verdad xD Fijo que colecciona figuritas y todo ¡Muchas gracias por el review!

Yahoho: Es que si Antonio y Bel no estuvieran juntos, la historia no tendría sentido, lo siento ;A; Pero como bien has dicho, la historia - algún día - se centrará más en Antonio y Lovino. Mira si va a ser lento el fic que ahora se va a centrar más en la amistad de Toño y Lovi que en el romance en sí xD ¡Muchas gracias por el review!

Setsuka_Minami: Me alegro de que te haya gustado~ Se meterá poco a poco, aún no es el momento (?) El trabajo de Govert continuará siendo un enigma por ahora *aire misterioso* (vale, no tengo ni idea de cuál es su trabajo xD). Fijo que tiene cosplay de Sailor Moon y Pretty Cure xD ¡Muchas gracias por el review!

SonneDark: Pues la verdad es que pensé eso xD Mis pensamientos fueron así: "¿pero qué corcho hace esta aquí? ¡¿Por qué no está estudiando? `3´" - "B-bueno, es normal que descanse durante un rato... ouo" - "¡Pero qué criatura tan adorable! *A*" Pero no hace falta que te tortures a ti misma leyendo todos mis fics, ¡no mereces morir tan joven! ;A; ¡¿Pero qué me estás contando? x'D ¿En serio existía una serie así? Y yo que me creía original por crear un personaje llamado Bolla la Cebolla xD Sería extraño ver a Lovi como el personaje más popular del instituto (?), así que supongo que todo el mundo lo pone de marginado amargado... porque es lo que mejor le queda xD Jarrr, ¡lo has acertado todo~! Estoy orgullosa de ti :'D Sería muy raro ver a Toño dándole una paliza a Lovi ;A; ¡No querría jamás que eso pasase! Bel expondría su caso en ADV y siempre saldría algún listo diciendo que es un FAKE. Mientras, Toño iría al Diario de Patricia (¿sigue existiendo este programa? xD) a decirle a Lovi que se case con él. La verdad es que este capítulo es un ñordo, pero dejo alguna que otra pista que repercutirá en capítulos posteriores *música misteriosa* Es que si Bel fuera la que se metiera en la relación, ya me imagino a un pelotón de fangirls diciendo que Bel es una zorra y no quiero ;A; Tu review ha sido maravilloso, querida *A* ¡Muchas, muchísimas gracias por el review, Sonne~!

Mikaelaamaarhcp: La vida de Lovino no es sencilla, pero ya le diera a mucha gente vivir en un piso -prácticamente- gratis y tener clases de francés de balde xD ¡Muchas gracias por el review!

OhMyGodHappy: Sí, Holanda va de tipo duro pero es fan de Pretty Cure y se sabe todas las canciones de memoria. Además, tiene cosplay de Sailor Moon y se lo pone en su cuarto (por eso siempre está encerrado 8D). Bueno, quizás eso último esté un pelín exagerado... pero podría pasar xD Tomás el Tomate va a seguir apareciendo en este fic~ xD Lovi es adorable, no sé cómo siempre está tan solo ;A; Bel y Toño son los únicos que ven la belleza interior de Lovino (qué cursi suena esto xD), además de Feli, claro. Toño está para darle de comer churros... Churros españoles *mirada pervertida* ¡Muchas gracias por el review!

En fin, gracias a todos~ Me imagino que a partir del siguiente capítulo las cosas ya irán avanzando un poco más (o eso espero~). ¡Hasta el próximo capítulo!