Descargo de responsabilidad: ® Todo el universo de Shingeki no Kyojin es propiedad de Hajme Isayama. El Soldadito de Plomo le pertenece al maestro Hans Christian Andersen.


3. Memorias del Alma.

«El alma es una parte de la vida.»

—Alfred Adler.


Conducir de regreso a casa, únicamente acompañado del rugido suave del motor, fue ideal para relajarse un poco y meditar en todo lo que había venido sucediéndole desde aquel incidente que le había enviado a casa.

Acababa de dejar a su hermano menor en la escuela, quien no había parado de hablar en todo el camino. El chico realmente estaba feliz de que su hermano mayor estuviera en casa, tanto, que podría reventar de tanta alegría. El mayor, por su parte, nunca había sido precisamente amigo de las palabras, sino más bien taciturno y reservado. Sin embargo, la animada cháchara de su hermano fue bien recibida, y le escuchó atentamente durante todo el camino.

Pero ahora, en la soledad de su auto, se sentía casi aliviado de poder tener unos minutos a solas para él, únicamente acompañado por sus pensamientos. No eran pensamientos muy alegres, pero todo había sucedido tan rápido desde aquel día, tantas cosas habían ocurrido, que apenas le habían dejado a solas.

Su vida acababa de dar un giro vertiginoso, casi tan repentino como el giro que tuvo dar al volante para esquivar unos escolares retrasados. Vaya, si hacía apenas dos meses que estaba sentado, con su elegante uniforme militar, conduciendo un avión de la Armada. Eso era lo que más le apasionaba, el sueño que le robaba el descanso y la concentración desde niño. Ser un piloto, atravesar el límpido cielo azul y sentir por un momento la libertad de desplazarse por los aires, casi como si fuera él quien volara.

Y lo había cumplido, exitosamente. Cuando terminó la secundaria hizo las pruebas necesarias para ser admitido. Se esforzó en ganarse un lugar allí, en el ejército, estudiando, entrenándose, haciéndose fuerte. Se graduó con las mejores notas en la academia, pero eso no lo detuvo. Siguió asistiendo a las prácticas, viajando en busca de mayor conocimiento y experiencia. Por casi diez años, había sido el mejor piloto del ejército.

Hasta que aquel accidente le dejó una lesión en su pierna derecha que sería difícil de sanar.

Había tenido suerte de sobrevivir con no más que un par de fracturas y una pierna lesionada, le dijeron los médicos. Los paracaidistas que iban con él para aquella práctica no tuvieron tanta suerte. Dos de ellos murieron, el tercero perdió un brazo, y los otros dos todavía se estaban recuperando de varias heridas severas en el hospital. Por no hablar de los demás soldados, aquellos que no se subieron al helicóptero pero que fueron víctimas del siniestro.

No fue su culpa, desde luego, pero así se sentía. Un peso en sus hombros, en su consciencia, una carga negra y pútrida que le carcomía el corazón. Había ido a dar sus respetos por la muerte de sus compañeros ante sus familias en cuanto salió del hospital, asumiendo una culpa que no era suya y retribuyendo una cantidad escandalosa de dinero de sus propios fondos que no le pidieron. Aun así, sentía que era él quien merecía estar bajo tierra ahora.

Pensamientos agobiantes hicieron nido en su cabeza, nublando por un momento su sentido de razón y realidad. Casi atropella un descuidado perro que caminaba por la calle, y el grito de alerta del dueño fue lo que le trajo de vuelta al presente. Se pasó los dedos por el cabello, y con la mano hizo un gesto de disculpa hacia el dueño, quien le devolvió un ademán de reproche y siguió su camino con el can.

La situación estaba acabando con él. Por no mencionar claro, las pesadillas.

Ah, las malditas pesadillas. ¿Hasta cuándo tendría que soportarlas?

Le habían atormentado de niño, y ahora seguían haciéndolo. Pensó que luego de tanto tiempo de sueño sin interrupciones éstas se quedarían encerradas en el profundo cajón de su memoria, que se quedarían allí atrapadas como prisioneras sin esperanza de escapatoria, olvidadas para siempre, pero no había sido así. Ya ni siquiera se acordaba de los inquietantes sueños que le habían llevado con un psicólogo infantil a la tierna edad de ocho años, cuando una noche en el hospital mientras se recuperaba, la escena de una criatura humanoide de gigantes proporciones aplastaba a una chica como si fuera un insecto. La imagen fue suficiente para despertarlo de golpe, y hacerle vaciar el poco contenido estomacal a un lado de la cama.

Los medicamentos para dormir funcionaron, por unos días. Entonces más imágenes volvieron, con niños sosteniendo sables y un ser querido colgando muerto de un cable. La dosis tuvo que ser aumentada, hasta que soñó con una chica pelirroja bañada en su propia sangre y con la columna doblada en un ángulo anormal. Se despertó llorando esa noche, y la siguiente. Con pesar, el médico a cargo de su caso le informó que ya no podía darle más medicación por su propio bien.

Intentó no dormir. Pero el cansancio le vencía. Intentó dormir de día, pero su delicado ciclo de sueño se resistió. Lo único que podía ayudarlo -y no siempre funcionaba-, era acostarse con un poco de música, suave y arrulladora. Pero ni los delicados violines ni el suave susurro del piano podían llevarse el claro pesar y sentimientos de malestar que le embargaban por las mañanas.

El médico le recomendó ver a un psicólogo, alguien que le pudiera orientar con lo que le estaba sucediendo. Estrés post-traumático le llamó el médico, pero en el fondo de su corazón, algo le decía que era mucho más que eso. Rechazó la oferta, y regresó al calor de su hogar, donde su madre y su hermano menor le recibirían con los brazos abiertos y corazones llenos del amor que podrían ayudarlo a curarse.

Entonces la primera noche que durmió allí, en su antigua habitación donde el niño que fue jugaba a la guerra y fantaseaba con surcar el cielo azul, el espantoso sueño donde volaba por el bosque hasta descender junto al árbol con la chica muerta le asaltó con sorpresa en una maraña de sábanas desordenadas y cabello húmedo por el sudor.

Detuvo el auto, sintiendo una pequeña punzada de dolor en su pierna cuando hundió el freno. No, ya no quería pensar en estas cosas. Estaba harto. Harto de las ojeras que sus noches de insomnio le causaban, harto del sentimiento de pesar que le embargaba cuando se despertaba, harto de fingir que estaba bien y nada le afectaba. Harto de soñar con una vida que no era suya y que no desearía tener que vivir. Harto de ver un delicado rostro femenino que no existía.

Hasta hoy, decidió con determinación.

Dando media vuelta, sintiendo nuevamente dolor en su pierna herida, se dirigió al consultorio donde le recibieron una vez, cuando las memorias reprimidas de un corazón destrozado irrumpieron en su mente de ocho años.


Lamento la tardanza en actualizar, las últimas semanas fueron horribles. Pueden enviarles sus agradecimientos a esos profesores que se van de paro, yo ya lo hice :v (?)

Este capítulo prácticamente se escribió solo, no pensaba ahondar tanto en el pasado de Leví por los momentos, pero ahora me doy cuenta de que es el mejor momento para hacerlo y estoy bastante satisfecha con el resultado.

Gracias a todos por tomarse el tiempo de leer, nos vemos en el próximo capítulo.

—Fanfiction, 14 de julio de 2015.