Sé que en esta ocasión tardé más en subir. Ojalá les esté gustando porque tengo algunas ideas en mente (que se reflejarán en los posterior de la narración) , sólo que, para ser sincera, tardaré un poco en subirlos pues, como sabrán, existen otras ocupaciones que entretienen el proceso de escribir. Al ser mi primer proyecto de escritura reconozco algunas fallas, pero espero que sean pacientes y que su cariño por la saga les haga tenerme paciencia también.


Destinos Sellados

Toc, toc….Toc Toc

-Hipo, ¿puedo pasar?

Hipo estaba demasiado absorto peleándose con las hebillas doradas en las hombreras de su camisa que no se dio cuenta de que era su madre quien tocaba hasta que Valka entró a la habitación.

Sostenía el abrigo de su padre, una corona de flores y un trozo de tela oscura que envolvía algo pesado y pequeño. Valka sonrió compasivamente al ver a Hipo enfrentar una guerra con su traje. Dejando cuidadosamente su carga en la cama, se acercó a él y con manos ágiles y expertas ganaba la batalla que Hipo no pudo combatir. A continuación, y en silencio, tomaba el abrigo y lo colocaba suavemente por encima de los hombros de Hipo, asegurándolo primero en una hebilla dorada y luego en la otra, complacida, alisó suavemente la tela con la palma de sus manos.

-Eso es. Ya casi estás. Sólo falta esto –dijo señalando la diadema redonda con flores y hojas verdes incrustadas – Oh, pero antes…-Valka tomó en sus manos la forma pequeña cubierta en piel oscura.

Las abundantes cejas castaño oscuro de Hipo se contrajeron en un ceño de interrogación.

-¿Qué…?

-Era de tu padre. O mejor dicho, de tu abuelo Einar "El guerrero" del clan Hooligan. También se lo dio a tu padre cuando se casó, y el padre de tu abuelo a éste. Ábrelo.

Un gran destello de fuego verde se iluminó en los ojos de Hipo al sostener en sus brazos una cuchilla con empuñadura de roble, incrustaciones de oro y filo de plata. Al mirar de cerca vió grabadas en el filo siete runas cuidadosamente talladas; algunas de ellas desgastadas por el tiempo inmemorial que llevaban escritas, otras, más distinguibles por ser las más jóvenes, forjadas con delicadeza en el borde, representando mucho más que un nombre, sino la valentía y coraje de generaciones y generaciones. Hipo las contó y comprendió. Cada una representaba a los jefes de Berk antiguos. Algunas tenían líneas cruzadas, trazos elaborados que ascendían y bajaban, otras, con líneas simples y acabados sencillos. De pronto, las clases de historia que él había tenido, algunas llevadas a cabo por Bocón, otras por su padre mismo, le vinieron a la mente. Pudo identificar algunas. Ahí estaba Fehu, la abundancia flameante, Kennaz, la antorcha portadora de luz, Berkano, el poder de la fertilidad, quien, como Hipo recordó, perteneció al primer berkiano, su heptabuelo quien fue fundador de Berk, y que, si las leyendas eran ciertas, al pisar el suelo de una isla carente de almas humanas, clavó una daga justo en el borde frontal del primer árbol que avistó y clavándolo con fuerza en el fondo recitaría las palabras "Este es el lugar. La fuerza y el poder de las almas valientes". Hipo no podía creer que ésa misma daga, la misma que había sido sostenida por manos más fuertes y más valientes que las suyas, estuviera ahora sostenida por su propia mano. ¡Oh! y ahí estaba Raidho, el anillo solar, hija de su cinco veces abuelo y Uruz, el poder de modelar y Perthro, la fuente de la memoria. Pero a Hipo, todas las demás runas se relegaron de su campo visual cuando sus ojos se posaron en dos runas que le llamaron su atención. Una por lo conocida, otra, por lo nueva. La primera de ellas, una simple línea vertical, hizo que a Hipo se le erizaran los vellos de su mano y le diera un vuelco al corazón: Ise, la voluntad concentrada. "Padre" pensó. Hipo frunció el ceño al tratar de descifrar la última runa, más delicada y grabada con mayor precisión. Había sido labrada recientemente y no mostraba los rasgos de desgaste de las otras. Una línea vertical, con otra que iniciaba en la parte superior de esta que descendía de manera diagonal, y hacía vértice con otra línea pequeña que se juntaba con la primera línea, de modo que parecía un triángulo sobresaliendo de la línea simple. Thurisaz, la lucha sagrada.

-¿Esta es… mía?

Su madre sonrió ampliamente.

-Así es, tu padre la labró cuando naciste. –Hubo un silencio compartido por ambos –Él estaría muy orgullo de ti. Así como lo estoy yo.

Hipo sostuvo en su mano la daga, sopesándola, notando cómo adquiría la forma perfecta de la curva de su mano.

-Gracias mamá, yo….Gracias –no tenía palabras para expresar su emoción.

Su madre rozó suavemente la mejilla de Hipo en un gesto de afecto y en parte también para admirarlo. Las llamas verdes de sus ojos eran los mismos que desprendían los de Estoico, aunque los del segundo eran determinados, firmes y pasionales, los del primero adquirían el mismo vigor pero con destellos cálidos y los sabores de la juventud.

-Sólo una cosa más. –La corona de guirnaldas fue acomodada en la nuca de Hipo, las hojas verdes a la par de sus ojos – Listo. –dijo Valka complacida. –Ya es hora.

El frío invernal, para la realización de una boda al aire libre, podía ser un impedimento bastante admisible para las mentes caprichosas y los cuerpos débiles, pero es de sobra sabido que los vikingos, cuando no son testarudos, son sólidos y resistentes como los robles, y cuando no, podían ser ambas cosas. Hipo no se percató de la cantidad de testarudos que habitaban su pequeña localidad hasta que los vio a todos reunidos en el campo abierto que habían distinguido como explanada principal. Tampoco se había percatado que una figura de piedra se alzaba justo al frente del terreno concurrido, cuyas angulosas formas, facciones tozudas, barba abundante y huesos fuertes le conferían la apariencia de un vigilante o un protector. Hipo pudo darse cuenta de que tuvieron especial cuidado en esculpir las facciones irónicas de su padre. Así como tampoco se había percatado de las bien firmes y terminadas edificaciones que se alzaban alternadamente a los alrededores de la parcela, y que hasta hace unos días, parecían más construcciones demolidas que a punto de concluirse. Pero sobre todo, no se había percatado de lo deslumbrante y encantadoramente bella que estaba Astrid, hasta que la tuvo frente a él. Su corazón se detuvo un momento cuando la vio sólo para tomar fuerza y latir con más velocidad. Parecía una ninfa del bosque de invierno, toda calidez y fiereza, rebeldía y confortabilidad, ferocidad y amor. Su cabello rubio danzando libre en el viento, sus ojos lanzando llamaradas de fuego y su sonrisa derramando vida. Sus mejillas sonrojadas, e Hipo tuvo la impresión, que por esta ocasión no se debían a la gelidez del clima. De pronto, todo el tumulto de emociones que lo acecharon durante todo el día, desapareció. Todo el ruido en su cabeza se esfumó. Los gritos, las exclamaciones, órdenes e imprecaciones que lo habían hecho alejarse y tomar un respiro en soledad, se fugaron de pronto y se esparcieron en el aire. Todo era silencio, paz y quietud cuando sus manos tomaron las de ella, sus ojos miraron los de ella, su sonrisa compartió la de ella y sus labios se tocaron. Las exclamaciones, y gritos de alegría, bramidos de felicidad y barullos de júbilo por parte de la audiencia sólo eran una proyección externa de su regocijo interno. Creyó oír llorar a Bocón, seguido de los gimoteos y alaridos de Patapez quien era consolado por una extrañamente apacible Brutilda. Patán y Brutacio por su parte, aplaudían y lanzaban vitores de orgullo (Hipo creía saber el por qué del orgullo de Brutacio, pero tenía otras cosas en mente como para dedicarle tiempo a pensar en ello ¡Cómo si hubiera sido la hazaña de Brutacio, Ja!) Eret, hijo de Eret, sopesaba el ramo de inocentes flores que el destino, o mejor dicho, la dirección del viento, había colocado en sus manos como si fueran una bestia extraña y peligrosa. Valka, sonreía, complacida, orgullosa y satisfecha a la vez que lanzaba una rápida mirada a la efigie de piedra y luego al cielo. El querido lector podrá juzgar con su propia emoción y criterio, la felicidad momentánea compartida por un pequeño grupo de vikingos que han perdido amigos alados, bestias amigas protectoras y amigables que habían formado parte de su vida por más de una generación y que, por los actos de un corazón joven, valiente, visionario y heroico, habían emprendido vuelo hacia un lugar mejor, sellando de esta manera el destino de la bestia y el hombre, enemigos de antaño pero amigos por siempre.