Hellsing no me pertenece, sino a Kouta Hirano.
Por fin, el último capítulo de este fic que, además de lo ya dicho, es pretencioso. Ahora narro la noche que compartieron Seras y Heinkel. Y ya. Creo que no tengo nada más que decir. Gracias por soportar leer esto.
Y le cambio la clasificación, por si las moscas de la censura o de lo que sea andan por aquí (como sea, no es explícito).
Adverbios
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Modo
...y le da un beso suave, tan suave y dulce que ese calor, bien conocido y aborrecido por la Iscariote, surge otra vez en su pecho y le provoca responder esa caricia. Pero ella no es delicada, no puede permitírselo, por eso vuelve a tomar a Seras entre sus brazos, para estrecharla fuerte, como si nunca quisiera alejarse de ella, mientras los besos se hacen más y más intensos y el contacto de sus cuerpos incrementa... Es como si pudieran decirse todo y nada con ese acercamiento y cualquier barrera desapareciera, al punto de que ni siquiera su "enemistad" fuera necesaria.
Heinkel recorre pesadamente el cuerpo de la draculina, delineando sus formas, cada una de sus curvas; en tanto Seras invade su boca y la reconoce como en tantas otras ocasiones: curiosa, hambrienta, como las primeras veces... Porque siempre es como una primera vez, y no, para ambas. Y los dedos de la Iscariote ya han llegado hasta la blusa de la inglesa y se entretienen soltando uno a uno los botones de su ropa, lo hace lento, aunque el deseo y la impaciencia la consuman; y, en medio de los besos, la Hellsing no puede evitar suspirar con anhelo, por lo que también levanta sus manos y las mete entre las prendas de la otra mujer, para tentar su piel... Baja hasta los pantalones de la asesina y los desabrocha; su mano se desliza, intrusa, y siente el calor que emana de ese cuerpo vivo y que se remueve imperceptiblemente ante cada uno de sus toques.
Se alejan un poco, para que una pueda dejar caer la blusa y la otra se deshaga de su saco y, sobre todo, para que las dos se repongan de los estremecimientos que esos roces, apenas superficiales, les han provocado. Wolfe la toma de la cintura y la acerca otra vez, pero ahora no se unen en un contacto húmedo, porque, en lugar de eso, ella pasa sus labios por el cuello, los hombros, el pecho de Seras, mientras busca el broche del sostén de la rubia. Sus senos son liberados y ella tiembla cuando Heinkel la presiona más contra sí y palpa su espalda desnuda.
- Quítatela - pero Victoria susurra en el oído de la otra, al mismo tiempo que jala hacia arriba su camisa, porque también quiere sentirla. - Quítatela... - vuelve a decir antes de besarla nuevamente y perderse con el sabor de su boca, porque podría hacer eso siempre... Heinkel rompe el vínculo, muy a pesar de ambas, para desabotonar su ropa y quitarse el alzacuellos; Seras le ayuda, mientras se encaminan con pasos lentos hacia la cama, sin dejar de verse en ningún momento. Se recuestan sin deshacer las sábanas y continúan sus caricias, a pesar de sentir que su piel arde, casi literalmente, al tocarse.
Pero entonces eso que las contiene se rompe y la pasión se manifiesta con más intensidad. Wolfe explora el torso de su amante, besando, saboreando cada centímetro de piel, una piel fría que parece derretirse con el calor de sus labios y la fricción de sus manos, en tanto su dueña gime bajito y se agita cuando ella llega hasta uno de sus senos y rodea su pezón para lamerlo con calma, realizando círculos con la lengua y dándole chupetones breves, porque su ansiedad se ha aplacado una vez que tiene a la draculina a su completa merced. Seras empuña con fuerza sus manos y gime de nuevo, arquea su espalda cuando siente un suave mordisco en sus costillas y una mano abriéndose paso entre sus piernas. Eso es injusto, porque ella también desea tocar y probar el cuerpo que está sobre el suyo, pero Heinkel ejerce el control y ella no puede oponer resistencia, aturdida por el placer. Eso es injusto... mas no le importa mucho si puede sentir a la Iscariote, que se funde con ella en un abrazo ávido.
Wolfe se incorpora un poco, sólo lo suficiente para abrir la cremallera de la falda de Seras y retirar la prenda, en tanto acaricia las torneadas piernas de la otra mujer, mas se detiene cuando ella habla. - Eres injusta... - le reclama con una voz cargada de deseo, pero Heinkel la acalla y bebe de sus labios ese veneno que la embriaga y le hace perder la cordura. - Somos injustas - la Iscariote le responde, y quiere decir más, decirle que enloquece cada vez que la toca, que le parece llegar al cielo y caer al infierno, todo al mismo tiempo, cuando está con ella, y que la odia por eso, pero... Pero guarda silencio, decidida a cobrarle ese "odio" de otra manera, y si eso no fuera suficiente, si hubiera que hacer algo más... Casi podría amarla.
Anda a besos por el torso de Victoria y llega hasta su vientre. Sus manos se ocupan en deslizar hacia abajo las medias de la draculina, de manera lenta, casi tortuosa; Seras dobla las piernas para ayudar a quitarlas pronto, porque le parece que las manos de Heinkel son como brasas que consumen su piel, y ella no sabe si pueda soportarlo más - siempre lo hace y siempre lo hará -. La del Vaticano para su labor y la mira sólo para asegurarse del estado en que se encuentra su enemiga: agitada, con el rostro acalorado y una mirada que le suplica seguir rápido... Sin embargo, no cumple esos deseos, porque desea ser cruel, por eso continúa los roces, pero con toda la indolencia de la que es capaz; así, vuelve a atacar a Seras, ahora en las piernas, y sus manos vienen y van a lo largo de estas. Se ubica entre sus muslos y besa y muerde su piel, tan sensible; en tanto ella deja escapar un suspiro al sentir la boca de Heinkel acercarse a su intimidad.
- No... - la inglesa murmura cuando Wolfe frota por encima de sus bragas. - ¿Qué? - la otra se levanta un poco y la observa detenidamente, con una expresión presuntuosa en su rostro. - No - Seras repite. - ¿No? - la Iscariote pregunta sin alejar esa sonrisa de superioridad, mientras sube para alcanzar a la Hellsing y besarla apasionadamente. Merde! Merde! Merde! Por un momento, a Seras le parece que se le ha pegado el mal vocabulario de Pip, pero el pensamiento se esfuma pronto, pues no puede mantener ninguno, no cuando la lengua de su rival se mueve de manera tan deliciosa en su boca y sus salivas se mezclan... y ya no sabe nada, solamente que Heinkel puede hacer con ella lo que le plazca. Cuando se separan, ambas jadean, como si hubieran consumido todas sus fuerzas en ese beso.
- ¿No? - la del Vaticano cuestiona de nuevo, pero ahora su tono es calmado, casi afectuoso, y Victoria le susurra con dulzura en los labios. - Sí...
- ¿Segura? - la pregunta sale, amable, de Wolfe. ¿Amable? Sí y cautelosa, como si se preocupara por ella y no quisiera lastimarla.
- Sí - ella responde, tratando de controlar su turbación y ese latido que le pareció sentir entre sus costillas, al oír a la Iscariote. Y luego de eso, la afirmación de ese amor y esa pasión violenta...
...
¿Cómo pasó todo eso? No es el tiempo, no es la cantidad, sino el modo en que todo comenzó. ¿Cómo fue? Pero quizá también sea la causa. ¿Por qué fue? Y, después de todo, tal vez sea el tiempo. ¿Cuándo fue? Y la cantidad. ¿Cuán intenso es?
Es todo: un cúmulo de preguntas y una escasez de respuestas, y la voz de Seras que la llama, una y otra vez, entre gemidos entrecortados. Es eso y lo débil que se vuelve no sólo al tocarla, sino también al pensar en ella. Es por eso y por la bondad de la mirada de Victoria, sin importar qué. Es desde la primera vez que la tuvo cerca, y puede que haya sido desde antes. Y es mucho más, tanto que nubla su entendimiento y confunde su corazón, ese que casi se sale de su pecho al oír su nombre en boca de su amante... Su amante... Ella también quiere nombrarla, pero no desea abandonar su ocupación ahora, no cuando está a punto de lograr un orgasmo más en su rival.
- Heink... - la escucha y sabe que no continuará más allá de eso, pues de nuevo curva su espalda, dominada por ese éxtasis - ¿divino? - que se regalan mutuamente, pero que sólo Seras recibe en ese instante. - Dios mío... - oye que ella susurra al dejarse caer e intentar relajarse. - Dame un respiro - la inglesa casi suplica, pero vuelve a sentir la boca y los dedos de Wolfe entre sus piernas, porque no le dará tregua, al parecer no quiere hacerlo.
Es eso, la inclemencia de su cuerpo, al someterla, que Seras acepta a pesar de todo y la docilidad en que sume su propio espíritu cuando están juntas. Es la Hellsing y es ella, son ambas... Heinkel lo entiende en ese preciso momento.
...
No saben cuántas horas han trascurrido desde que llegaron a ese cuarto de hotel, pero están agotadas. Victoria se encuentra con más de medio cuerpo sobre el de Heinkel y sus piernas se entrelazan con las de ella; las dos están completamente desnudas y las sábanas ahora cuelgan, revueltas, de una orilla del colchón.
- ¿Te molesta mi peso? - pregunta en voz baja. - Puedo quitarm...
- No, está bien - la Iscariote dice, mientras cierra sus ojos y descansa una de sus manos en la espalda de Seras.
- Mmmm... - murmura.
Muy lejos, unos truenos apenas hacen ruido en el cielo nocturno; cerca, el ventilador emite un zumbido sordo y, mucho más cerca, el corazón de Heinkel late y se mueve, tan vivo que a Seras se le antoja poder acunarlo en su propio pecho. Pum, una. Pum, pum, dos. Pum, pum, pum... tres e incontables veces más; Seras aguza su oído para atrapar, y guardar en su memoria, todas y cada una de las palpitaciones de esa campanilla que repica dentro de Wolfe. Cambia de posición y se recuesta en la cama, de lado, con un brazo flexionado para alcanzar a ver a su querida adversaria. Estira la otra mano y la coloca en el pecho de ella, buscando algo...
Heinkel no abre los ojos, ni se mueve por la curiosidad de saber qué pretende Seras, quien termina la búsqueda en su cuello. - ¿Lo hallaste? - la del Vaticano cuestiona sin pensarlo.
- Sí.
- ¿Y qué es?
- Los latidos de tu corazón - la vista de Seras se fija en ese punto que sus dedos tocan y en el movimiento acompasado del tórax de la otra, al inhalar y exhalar.
Entonces el tiempo parece congelarse, pues todo se queda quieto, silencioso, y ambas mujeres se concentran en una sola idea y en una sola emoción. Heinkel pasa saliva. ¿Realmente está dispuesta a permitirlo? Porque si lo hace... Si lo hace, eso significará que ya nunca habrá marcha atrás - ¿en verdad quiere volver atrás? - y que su entrega será completa. Respira profundo y siente la mirada intensa de Seras, que espera sin esperar a que algo suceda.
- Hazlo - es lo único que dice.
- ¿Qué? - ahora es la draculina la que pasa saliva, confundida. Heinkel abre los ojos y la atrae hacia sí, colocando una mano en su mejilla, para poder besarla.
- Hazlo - susurra en sus labios, tal como hace poco lo hizo Victoria, que afirma con la cabeza cuando entiende todo.
¿Y qué si se hunde más en las profundidades del infierno? Es lo que piensa Heinkel al sentir que Seras le clava los colmillos en la base del cuello, muy cerca de su clavícula izquierda, y dar un leve respingo por el dolor. En ese momento no le interesa nada más, porque podría amarla...
Y Seras, ella no cabe en sí de gozo, porque ese gesto, eso, eso es... Recuerda haber escuchado que la sangre es la moneda del alma, ¿o no?; entonces quien la ofrece también da una parte de sí, como Integra, que hace años le dio un poco de fuerza para seguir peleando, o Bernadotte que le entregó su vida para continuar viviendo. Ahora ella le permite beber de su sangre, ella, Heinkel Wolfe, asesina de la Sección XIII Iscariote; ella, con quien ha peleado muchas veces; ella, quien le ha robado tantos dulces y demandantes besos; ella, que ahora le da un poco de su existencia y de su alma. Y, por unos segundos, esos que tarda en beber sangre de la asesina del Vaticano, cree padecer nuevamente los signos de la vida: el pulso, la respiración, el calor... que su amante le obsequia.
...
Cuando se han saciado de sus desnudeces, cuando ya han saboreado todo lo que el cuerpo de cada una puede dar a la otra, se dan cuenta, una vez más, de que esa no será la última ocasión en que estén juntas.
- Eres muy débil para ser un monstruo - Heinkel susurra.
- Tú también - Seras responde al tiempo que voltea a verla, pero ella no se molesta, porque es la verdad.
Y el "casi" pierde sentido y el "siempre" se vuelve vital, pero, más allá de todo eso, está la forma en que se aman sin decirlo y sin notarlo. Porque lo suyo es muerte y vida, entendimiento e incomprensión, odio y amor, que únicamente pueden demostrar a través de la acción y la omisión.
...
"Si empezara a decirlo con fantasmas
de palabras y engaños, al azar,
llegaría, temblando de sorpresa,
a inventar la verdad:
¡Cuando fingí quererte, no sabía
que te quería ya!"
Xavier Villaurrutia
