Halloween
Caminaba por los corredores del castillo con esos andares gráciles, la barbilla algo alzada, su porte aristocrático y sus ojos fríos buscando alguna presa que molestar por el camino. En un lado tenía a Zabini, al que podía llamar su amigo, de alguna manera. Del otro tenía a Pansy, que le agarraba del brazo sonriendo tontamente. Parkinson no había cambiado. Siempre había estado y estaría detrás de él. A él le divertía darle de vez en cuando falsas esperanzas: Utilizar a Pansy siempre resultaba… Placentero. Escuchó unas risas tras él: Eran Crabbe y Goyle. No se molestó en preguntarles de qué se reían: seguramente tendría que ver con el chico de cuarto de Hufflepuff al que habían acorralado en los terrenos y al que casi le rompen la varita.
Detrás de sus dos guardaespaldas, como él los llamaba, iba el resto del grupo de Slytherin. A Draco le encantaba ver el miedo que inspiraba en los alumnos más jóvenes, las miradas de admiración en otros compañeros de su misma casa, los ojos de las féminas posados en él. Sí, sabía que su arrogancia tenía una base sólida, y era en la reputación que él mismo se había labrado durante siete años. Él era el único que se había atrevido a meterse con Potter directamente, el único que se enfrentaba a él en duelo con varitas, independientemente de que el resultado no soliera ser positivo para él.
—¿A qué sangre sucia vamos a fastidiar esta semana?— preguntó Zabini, mirando también a la gente de los pasillos que iban recorriendo.
—Aún no lo he decidido— murmuró Malfoy, de repente de mala gana.
—Vamos, Draco. ¿No me digas que te vas a aburrir ahora de eso? ¡Si es lo único divertido que podemos hacer hasta la salida a Hogsmade!— exclamó Blaise, visiblemente molesto.
—No seas idiota, Zabini. No he dicho que no quiera seguir, sino que aún no he escogido. Estoy barajando nombres.
—¿He oído algo de un nuevo sangre sucia esta semana?— preguntó Nott, acercándose desde la parte de atrás del grupo.
—Sí, Nott. Y procura no decirlo tan alto, ya sabes que en este castillo los chivatos son más abundantes incluso que los mestizos— dijo Zabini.
—A mí se me ha ocurrido alguien. Es Erny Sodfen— aventuró a decir Nott, mirando a Malfoy.
—¿Ese chico es de Ravenclaw, verdad?— preguntó Pansy, abriendo la boca por primera vez.
—Sí, un mestizo bastante pedante— murmuró Draco bajando la voz al ver pasar a la profesora Vector en aquel mismo momento por su mismo pasillo—. Me recuerda bastante a Potter.
—Por eso se me ha ocurrido él— dijo Nott, sonriendo también—. Es de los que enseguida sacan la varita.
Los demás rieron, especialmente cuando salieron a los terrenos del colegio en dirección al campo de quidditch, donde en ese momento debía estar el equipo de Ravenclaw practicando sus jugadas sobre escobas. Sodfen era bateador.
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—¡Mirad!— exclamó Ginny, llamando a los tres amigos mientras esperaba frente al tablón de anuncios.
Harry fue el primero en llegar hasta ella, la besó levemente, haciendo que ella se sonrojara, e incluso él también, y tras él aparecieron poco después Ron y Hermione. Todos miraron el papel que la chica pelirroja les señalaba.
—¡Por fin! ¡La fiesta de Halloween!— exclamó Ron, casi más emocionado que su hermana.
Y solo faltaban unos días para que llegara el gran día, sería la semana siguiente. La fiesta era uno de los acontecimientos más importantes del año escolar, principalmente porque no había clase, había visita a Hogsmade, y luego fiesta nocturna que duraba casi toda la noche, es decir: prácticamente el día perfecto, y no había ningún alumno que pensara lo contrario, fuera de la casa que fuera.
—Y hay que ir disfrazados— dijo Ginny, sonriendo divertida.
—Esa es la parte que menos me gusta— se quejó Ron, visiblemente molesto con el detalle.
—Vamos, Ron, el año pasado estabas muy guapo vestido con tu traje color calabaza y la careta de calabaza— dijo Hermione, tratando de contener la risa igual que los otros dos.
—A veces pienso que mi madre me odia. ¿Por qué me mandó algo tan horrible a mí? A Ginny le envió un disfraz de hada, ese no estaba tan mal…— murmuró, quejándose, mientras todos caminaban alejándose del tumulto junto al tablón de anuncios.
Entraron en el Gran Comedor para cenar, todavía hablando de la fiesta de Halloween. Hermione era la que se mostraba menos entusiasmada, pero la alegría de los demás les impidió notar el detalle. Cuando terminaron de cenar, subieron a la sala común, y poco después se retiraron a sus dormitorios. Cuando Hermione entró en el suyo, se sorprendió por el alboroto que había, las risas y los pequeños grititos. Encontró a Parvati y Lavender dando saltitos sobre la cama de una de las dos. Al verla llegar moderaron sus saltitos, pero la miraron intensamente.
—¿Qué ocurre?— preguntó la castaña. Odiaba que hicieran eso.
—Hermione, tenemos algo importante que decirte. Esta es nuestra última fiesta de Halloween en Hogwarts y queremos que sea muy especial— a Hermione le costó aguantar las ganas de decir que todo el mundo deseaba lo mismo, pero le dejó continuar—. Y por eso queremos que tu disfraz sea acorde con el nuestro— terminó Lavender, como si lo que acabara de decir fuera trascendental.
—¿Es que hace falta que vayamos iguales?— preguntó Hermione sin comprender.
—¿Es que no has leído el papel, Hermione?— preguntó Parvati, exaltada— En la parte de abajo pone que los chicos y las chicas de cada casa deben llevar el mismo disfraz. Y nosotras queremos dejar a Gryffindor bien alto— continuó, sabiendo que esas últimas palabras inflamarían el corazón de su compañera dejándola más que dispuesta a dejarse dominar por los gustos de moda de ambas chicas.
—Muy bien. ¿Y ya habéis pensado cuál?— preguntó Hermione, cediendo inmediatamente y sonriendo.
Las otras dos dejaron escapar pequeños grititos histéricos mientras volvían a saltar encima de la cama y la invitaban a sentarse con ellas. Hermione se sonrojó un poco y sonrió, sentándose allí también y notando la emoción que las dos chicas desprendían con cada palabra que decían.
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La semana siguiente pasó demasiado rápida para unos y demasiado lenta para otros. Hermione, que temía en un principio no tener pareja, agradeció infinitamente que Ron le hubiera pedido ser la suya. Al menos así no haría el ridículo más grande de la historia de Hogwarts yendo sola en su último año. Harry, por supuesto, hacía siglos que se lo había pedido a Ginny. Los chicos de Gryffindor se vistieron la esperada noche de Halloween de vampiros, y las chicas de Veelas. Hermione concedía a Lavender y Parvati que había sido la mejor idea de todo el colegio, la más original y desde luego la que sentaba mejor.
A ella le habían pedido que buscara un hechizo que hiciera que su pelo se moviera igual que el de las Veelas, como si una brisa suave lo moviera todo el tiempo, y a ella le había encantado el encargo: habría sido un desastre si hubiera tenido que hacer ella los trajes, así que aceptó encantada. Ginny por su parte, había llamado a Fred y George para que le enviaran unas alas que se parecieran a las de las Veelas furiosas. Casi todas las chicas de Gryffindor se habían ocupado de alguna parte del disfraz.
Se había corrido la voz de los disfraces de otras casas. Los Hufflepuff iban a disfrazarse de sirenas y fantasmas. Los de Ravenclaw de esqueletos y de ninfas del Bosque Prohibido, y los de Slytherin de hechiceros tenebrosos— cosa que no había sorprendido a casi nadie— y de banshees –lo cual, según Ginny Weasley, iba a sacar a la luz su verdadera personalidad—.
Cuando los Gryffindor salieron de su sala común la tan ansiada noche de Halloween, había gritos de emoción absoluta, risas, sonrisas, gente saltando y hablando a gritos. A Ron sus hermanos le habían mandado gratis para todos unos colmillos de vampiro que eran extensibles si se quería, solo haciendo el gesto de ir a morder a alguien. Y las chicas, simplemente, estaban fabulosas, y a más de uno se le calló la baba. A Ron, que fue incapaz de reconocer a Hermione incluso cuando ésta le dijo que era ella, la impresión le duró casi hasta que llegaron al Gran Comedor. Las otras casas también llegaban en aquel momento, y la aparición de las nuevas Veelas causó una gran impresión a la mayoría, que se quedaron observando. Había algunos alumnos que incluso aplaudían.
El Gran Comedor mostraba un aspecto bastante especial: las mesas habían sido movidas hasta dejarlas junto a la pared, miles de calabazas se movían por el techo flotando, dejándose caer de vez en cuando sobre algún alumno. Cientos de velas le daban a todo un aspecto tenebroso y a la vez encantador, y murciélagos que según Neville no había duda, estaban vivos, revoloteaban sobre sus cabezas. Dumbledore habló con voz potente y todos callaron. El director quería que todos vieran los disfraces de las demás casas y se escogiera al mejor.
Salieron los de Hufflepuff, y hubo multitud de aplausos cuando las sirenas entonaron un canto maravilloso, como si estuvieran bajo el agua, y gritos impresionados cuando los chicos se elevaron un poco por los aires, como si de verdad flotaran como los fantasmas. Les siguieron los de Ravenclaw. Los chicos parecían poder sacar de sus disfraces huesos que lanzaban al aire y explotaban, y las chicas soltaban flores con la varita. Dumbledore llamó a los Gryffindor. Las chicas se elevaron mientras sus cabellos se movían gracias al hechizo de Hermione – quien repitió el hechizo tantas veces que pensó que se quedaría sin magia— y movían sus alas. Hubo algunos alumnos que tuvieron la tentación, por la increíble similitud, de abalanzarse hacia ellas. Los chicos se adelantaron hacia el centro del Gran Comedor y sus dientes se agrandaron haciendo que algunos gritaran de la impresión.
Y por último salieron los de Slytherin. Las chicas habían cambiado un poco el común aspecto de la banshee inglesa por la nórdica, y todas llevaban vestidos de un rojo llameante junto a una alborotada melena rubia. Seamus Finnigan, al que todos sabían que no aguantaba las banshees desde su clase con un Boggart con Lupin, cerró los ojos tratando de aguantar la visión de aquellas mujeres. Los chicos de Slytherin, que vestían como los antiguos hechiceros oscuros, llevaban máscaras. Ron le dijo a Harry en voz baja que probablemente se las habrían pedido a sus padres mortífagos. Llevaban túnica negras y capuchas, de sus varitas salía un humo negro y denso que se elevaba en espiral haciendo figuras de dragones y monstruos extraños, consiguiendo que de algunos se escaparan sonidos y comentarios de admiración.
Tras la última muestra de disfraces por parte de la casa de Slytherin, se sucedieron fuertes aplausos y ovaciones para todos, hasta que finalmente se hizo el silencio. Los profesores emitieron su veredicto poco después haciendo de jurado: Habían ganado los chicos de Hufflepuff por usar el hechizo Wingardium Leviosa y Levicorpus en una mezcla lo suficientemente buena como para que pareciera que de verdad flotaban. El Fraile Gordo aplaudió emocionado. Hubo aplausos por toda la sala excepto de parte de los Slytherin, que fueron mucho más contenidos y miraban con bastante mala cara a los exaltados Hufflepuff.
Las parejas empezaron a formarse. Había muchas parejas formadas por alumnos de distintas casas. La música sonaba alegre y los alumnos de Hogwarts comenzaron a bailar y a cenar de lo que apareció rápidamente y por arte de magia en las mesas. La abundante comida prometía durar horas. Hermione, que bailaba con Ron, no creía que podría pasárselo tan bien. La música era divertida, todo Hogwarts, desde los de primer año hasta los de séptimo parecían estar pasándoselo en grande.
En uno de los bailes, se soltó de Ron al recibir un involuntario empujón. Miró a quien la había empujado dispuesta a exigirle una disculpa, pero unos ojos fríos y grises la observaban tras una máscara de un color plata oscuro.
—No sé por qué no me extraña que hayas sido tú— dijo ella, sonriendo locuaz.
Agitó la cabeza y su melena se movió, elevándose ligeramente como mecida por el viento, y elevó las manos hacia arriba, mostrando las alas conseguida por Ginny que demostraban que una veela estaba furiosa.
Escuchó una risa sibilante provenir de detrás de la máscara.
—Siempre tan agresiva, Granger— murmuró Malfoy, su voz arrastraba las palabras casi inaudibles entre el fragor de la música.
Vio que él levantaba la varita, y un humo oscuro empezó a salir de ella. El humo se dirigió hacia ella. La forma que poseía era difusa, pero Hermione no pudo dejar de pensar que parecía una serpiente. Se vio rodeada por el humo, que no le dejaba ver. Agitó las alas, y el humo se dispersó pronto.
—Que pases una buena noche, Granger.
—Lo mismo digo, Malfoy— dijo ella en su mismo tono arrogante.
La castaña escapó de la cárcel intangible que había formado el humo oscuro, y perdiéndose entre la gente, volvió hasta donde recordaba que estaba Ron, que ya la estaba buscando entre las otras parejas. Sonrió al verla, llamándola alzando una mano, y la llevó hasta donde estaban Harry y Ginny para continuar la fiesta.
Cuando fue lo suficientemente tarde como para que la mayoría empezara ya a notar agotamiento y los profesores McGonagall y Snape decidieran que ya había sido suficiente por ese año, la música cesó, las velas atenuaron su luz y la comida desapareció de las mesas. Hubo comentarios de protesta de los muchos que todavía querían quedarse, y de los que aseguraron que no pensaban moverse ni un milímetro del Gran Comedor. Pero sus comentarios cambiaron en cuanto Snape amenazó con quitar todos los puntos de la casa del que pusiera inconvenientes a sus órdenes. La gente comenzó entonces a salir del Gran Comedor con cara molesta pero a la vez alegre por la increíble fiesta que acababan de disfrutar.
—Los profesores y los prefectos de las casas patrullarán por los pasillos durante una hora por si acaso a alguien se le ocurre quedarse por los pasillos— dijo McGonagall seriamente acercándose a la puerta del Gran Comedor.
Hermione, que estaba agotada y sólo quería quitarse el disfraz para ir a dormir sintió por primera vez que no quería obedecer las órdenes de un profesor. Se detuvo y se despidió de Harry y Ginny, y se alejó con Ron para situarse donde estaba la profesora McGonagall y donde ya estaban los prefectos de Slytherin y Hufflepuff. Los de Ravenclaw no tardaron en unírseles.
Vio que Malfoy la observaba, ya sin la máscara. Lo saludó con un gesto leve de la cabeza para que Ron, que se estaba quejando a la profesora McGonagall, no se diera cuenta.
—Weasley, es usted prefecto y por tanto tiene más derechos y obligaciones que el resto de los alumnos. No se queje porque sólo va a ser una hora, y podría mandarles estar todo lo que queda de noche por los pasillos.
Ron se cruzó de brazos, claramente molesto, mientras Padma Patil, de Ravenclaw, le daba unas palmaditas en el hombro para tranquilizarlo con una mirada comprensiva. Goldstein sonreía, mientras admiraba el disfraz de Hermione diciendo que era extremadamente realista. La profesora McGonagall determinó las parejas y los lugares que deberían vigilar, y les indicó dónde se encontraría por si tenían algún problema, así como dónde estarían Snape, la profesora Sprout y Filch si necesitaban a algún otro profesor.
Hermione salió con Hannah Abbot en dirección al primer piso, mientras se despedía de Ron que iba con Anthony Goldstein hacia el sexto piso.
—Vuestro disfraz era precioso— decía Hannah mientras caminaban lentamente mirando de reojo por las clases—. Me ha impresionado mucho. ¿Cómo habéis conseguido lo del pelo?— preguntó señalándoselo a Hermione.
—Ah, eso— dijo ella, sonrojándose un poco—. Finite Incantatem— murmuró, y el pelo se quedó quieto por fin—. Lo encontré en un libro de la biblioteca, y luego lo amoldé un poco para que sirviera para el pelo.
—¡Increíble!— exclamó la rubia de Hufflepuff, cuya cola de sirena se había escindido en dos piernas nada más empezar el baile de la fiesta— También estaban bien los disfraces de las otras casas, ¿pero no crees que las chicas de Ravenclaw se han esforzado poco solo sacando flores con la varita? Quiero decir, cualquiera puede hacerlo y…
Hermione procuró que la rubia no viera cómo ponía los ojos en blanco. Hannah Abbott siempre había tenido un serio problema con los cotilleos: La consumían hasta tal punto que no sabía hablar de otra cosa, y lo mismo le ocurría a Ernie McMillian. Harry y Ron nunca les habían aguantado mucho, sobre todo desde que chismorrearon y extendieron en parte el mito sobre si Harry era el Príncipe de Slytherin en segundo curso. Pero ella había intentado ser amable siempre, aunque con el paso de los cursos vio que aquellos dos no iban a cambiar por mucho tiempo que pasara.
A su mente llegó el recuerdo de los dos prefectos de Hufflepuff en la enfermería por culpa, muy seguramente, de Draco Malfoy. La cara de Hannah cubierta por algún tipo de hechizo. Contuvo un atisbo de sonrisa al pensarlo: En el fondo le divertía la idea de Malfoy vengándose de los Hufflepuff por no haber acudido aquella tarde al llamado de Filch. Los de Hufflepuff se jactaban de ser trabajadores, y luego resultó que habían sido los primeros en escaquearse de su trabajo como prefectos. Malfoy tenía razón: Se lo merecían.
Hannah seguía hablando, sin descanso. Hermione la escuchaba como un repiqueteo constante y algo molesto. Se limitó a asentir de vez en cuando y a soltar alguna palabra que creía que tendría algún sentido para que Hannah no pensara que la ignoraba, y así pasó la hora por fin. Inmediatamente se despidió de la prefecta de Hufflepuff, y disculpándose por no quedarse a hablar un poco más diciendo que estaba muy cansada, se dirigió a la sala común de Gryffindor donde, según tenía entendido, todos pretendían seguir la fiesta cuando los echaran del Gran Comedor.
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—Hola— saludó la castaña al recién llegado sin levantar la vista de su libro.
Al parecer, los profesores se habían enterado de que en las Salas Comunes de las cuatro casas la fiesta de Halloween había continuado hasta altas horas de la mañana, y consecuentemente muchos alumnos habían decidido quedarse durmiendo en vez de acudir a la primera clase, y la mayoría de los profesores estaban más que enfadados. McGonagall les había mandado tanta tarea extra que Hermione empezaba a pensar que necesitaría una semana para terminarla.
—Tengo tanto trabajo que creo que necesitaré otro curso para terminarlo— se quejó Malfoy, sentándose en un butacón cercano al suyo.
Hermione levantó un momento la vista hacia él: El rubio traía una cara de fastidio bastante explícita, y llevaba además una cantidad de libros considerable que dejó caer al suelo sin mucha consideración.
—Aún no entiendo cómo descubrieron que nadie se fue a dormir— murmuró Hermione.
—Granger, las paredes del castillo no están insonorizadas, y si las otras casas hicieron la mitad del ruido que hicimos nosotros, debió oírse incluso en Hogsmade— dijo Malfoy, con un tono de clara molestia, aunque no hacia ella sino al trabajo recién adquirido.
—¿De qué te han mandado deberes extra?
—Creo que de todas las asignaturas de este año y de los anteriores.
—Exagerado
—Cállate, Granger, y ponte a lo tuyo— Malfoy cogió una pluma y un tintero, un libro y un trozo de pergamino para empezar a escribir.
—Impertinente— susurró Hermione, pero Malfoy no llegó a entender lo que dijo por lo que no pudo contestarle.
Allí, en la sala común de los Premios Anuales, se respiraba una tranquilidad y un silencio que probablemente ni siquiera se alcanzaba en la biblioteca ni con la señora Pince patrullando entre las estanterías con su peor cara. Solo el leve crepitar del fuego que calentaba la sala hacía notar algún ruido, pero tan leve que no molestaba en absoluto. Hermione trabajaba como una máquina, leía páginas sin descanso y escribía al mismo tiempo a una velocidad extraordinaria. Cuando solo le quedaban los deberes de una asignatura, se detuvo a descansar un momento y a dejar que la mano que empezaba a dolerle de tanto escribir le descansara un poco. Elevó la vista y se encontró con los ojos claros y fríos del Slytherin, que la observaba sin apenas parpadear, con un gesto serio.
—¿Qué estás mirando?— preguntó ella, sonrojándose un poco.
—No te pongas roja, Granger, no te miro como tú me miras a mí— dijo el chico, riendo con arrogancia.
—Yo a ti no te miro de ninguna manera, y en todo caso me sonrojo porque me has pillado desprevenida— dijo ella frunciendo un poco el ceño.
—Estaba pensando que a lo mejor tienes razón y no eres un hombre, Granger.
Ella abrió los ojos de sorpresa y enfado por su comentario.
—¡Claro que no soy un hombre, Malfoy!— le gritó ella, visiblemente enfadada.
—Ahora lo sé, Granger. Cuando me lo decías tú no lo tenía tan claro, pero después de verte ayer, ahora no me queda ninguna duda de que eres una chica.
—¿Por qué lo dices?— preguntó ella, más enfadada todavía.
—Por el disfraz que llevabais las de Gryffindor. Hay que admitir que si no hubieras sido una chica se habría notado, pero estabas perfectamente camuflada con el resto de las de tu casa— Malfoy se movió al ver que un tintero salía despedido hacia él dispuesto a darle un buen golpe, pero dio contra la pared, estallando en pedazos—. No te enfades, Granger. Si estabas casi guapa.
—Calla, Malfoy— dijo Hermione, sonrojándose de nuevo, y esta vez más claramente.
—Tampoco te lo tomes como un cumplido personal, Granger. Es algo que era obvio. La mitad del Gran Comedor no pudo quitaros la vista de encima, y Parkinson estuvo criticando vuestro disfraz más que ningún otro, lo cual demuestra que se moría de la envidia.
—¿Ah sí?— Hermione sonrió, satisfecha por lo recién descubierto.
—Sí, aunque ganaran los de Hufflepuff por pena. Nuestro disfraz era cien veces mejor que esa tontería de los fantasmas.
—¿Tienes envidia de los de Hufflepuff?— preguntó Hermione con malicia alzando una ceja.
—Ni en sueños— Draco arrugó la nariz y la miró con molestia, como si la sola idea fuera una tontería.
—A mí me lo parece.
—Te lo parece mal.
—¿Entonces por qué no aceptas el veredicto?
—Porque era erróneo.
—A mí me gustó su disfraz.
—Pero crees que el tuyo era mejor, ¿no?
—Claro
—Lo sabía— y Malfoy sonrió con petulancia al haberla pillado por sorpresa.
Hermione frunció el ceño y dejó escapar un suspiro.
—Eres agotador, ¿lo sabías?
Malfoy alzó una ceja, como si el comentario le divirtiera.
—Es bueno que encuentres a alguien que te haga padecer lo mismo que haces soportar tú a los demás, sabelotodo.
—Y a ti también te viene bien que alguien te diga algo con una lengua tan afilada como la tuya para dejarte en tu sitio, serpiente— dijo Hermione triunfante, al ver que él fruncía el ceño visiblemente contrariado por su último comentario.
Malfoy sonrió arrogante, y volvió a bajar la vista al papel en el que había estado escribiendo antes. Hermione también hizo lo propio y cogió el libro de su última asignatura y un nuevo pergamino.
—Eso no quita que estuvieras bien ayer, Granger— dijo Malfoy, sin levantar la vista de su pergamino, en el cual ya empezaba a escribir.
Hermione se detuvo un momento.
—Gracias, tú también estabas bien— murmuró, y sonrojada otra vez, volvió de nuevo la atención a su libro para terminar por fin las tareas.
—Eso ya lo sabía— respondió el Slytherin, haciendo un gesto condescendiente con la mano.
—Retiro lo dicho— dijo ella al ver la soberbia del rubio.
—Demasiado tarde, Granger. Has aceptado que era el chico más atractivo de la fiesta, es comprensible. No has sido la única, aunque has tardado más que otras.
—¡Yo no he dicho eso en ningún momento!— exclamó ella, escandalizada.
—No hace falta, ratón de biblioteca. Ser irresistible es algo de nacimiento. Lo he padecido toda la vida, estoy acostumbrado.
—¿Te escuchas cuando hablas?— preguntó Hermione.
—Claro que sí. ¿Por qué desaprovechar la oportunidad de escuchar frases tan astutas como las mías?
—Malfoy, cállate ya.
—Granger, solo yo te digo a ti "cállate, Granger". No me copies las frases, resulta patético.
—¡Yo no te copio nada!
—Granger, cállate.
—¡Eres insufrible!— exclamó sin poder aguantarlo más la Gryffindor, llevándose las manos a la cabeza en un gesto inconsciente.
—¿Insufriblemente atractivo? También lo sabía— afirmó el rubio, complacido con el estado de enfado de la castaña.
Ella negó con la cabeza, y tapándose la cara con una mano para no poder verle ni que el Slytherin viera su gesto de profundo fastidio, volvió a sus deberes. Realmente era una serpiente astuta, pero desesperante.
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—Había escuchado decir a Cara Rajada y a la Comadreja en el Comedor que no te habían visto en todo el día, pero pensaba que exageraban— Malfoy sonrió con burla—. Al parecer decían la verdad. Aunque no sé de qué me sorprendo.
—La biblioteca es para estudiar, Malfoy, no para hablar ni montar bronca— dijo Hermione en susurros, dando una mirada a la señora Pince que aún no había reparado en ellos, y luego volviendo a fijar la vista en sus pergaminos, que tenía esparcidos por encima de la mesa—. Y ahora lárgate. Estoy intentando concentrarme.
Malfoy miró también hacia la bibliotecaria, que desde su sitio parecía estar muy concentrada leyendo algo. Luego recorrió con una mirada el resto de mesas y las estanterías cercanas: Todo estaba vacío, no había nadie, solo la Gryffindor en aquella mesa alejada, casi en una esquina de la biblioteca.
En el comedor, después de cenar cuando se disponía a salir, había escuchado decir a aquellos dos inútiles que Granger había estado perdida e ilocalizable desde el desayuno, cuando se había disculpado y se había marchado rápidamente. Él mismo tampoco la había visto por los pasillos para molestarla ni una sola vez, aunque tampoco le había dado más importancia. Parecía obvio cual podía ser el lugar en el que la chica estaría, y más si había sido durante tanto tiempo.
Dejó escapar un suspiro cansado, y dando la vuelta a la mesa se sentó en el banco que ocupaba la castaña, a su lado.
—¿No te he dicho ya que te largues?— preguntó ella aún sin levantar la vista, rasgando el pergamino con la pluma a una velocidad inaudita.
—Mira, Granger, hago esto por el bien de todos los prefectos e incluso por el tuyo propio. Nos das mala fama. La gente va a empezar a pensar que todos somos unos sabelotodos repelentes. Estar aquí todo un día, y además un día que ni siquiera es de clases, es malo para la salud de cualquiera.
—Para mí no. Me encuentro perfectamente, gracias, así que ya puedes desaparecer.
—¿Acaso has comido algo?
—He desayunado tostadas— respondió ella con desgana.
—Ni siquiera los sapos aguantan con tan poca comida.
—Yo sí— respondió ella algo molesta por la continua interrupción.
—Te repito, Granger, que nadie aguanta tanto tiempo sin comer y estudiando sin parar. Te va a reblandecer el cerebro.
—A lo mejor me lo llena en vez de dejármelo vacío— dijo con una clara segunda intención que Malfoy captó sin ningún problema.
—Qué mordaz— se burló—. Quedan aún siglos para los exámenes, Granger.
—Si no se empieza a tiempo, luego se acumula el trabajo— dijo ella, con un tono tan parecido al de McGonagall que Malfoy frunció el ceño inevitablemente al recordarla.
—Te lo digo en serio, Granger. Luego no te podrás quejar si te llamo rata de biblioteca, o cargante sabelotodo.
—Me da igual lo que pienses o cómo me llames, Malfoy— dijo ella, a quien claramente no le importaban en absoluto las razones del Slytherin para que ella abandonara la biblioteca.
Malfoy pareció rendirse. Pero solo lo pareció. Hermione solo llevaba algunos minutos trabajando en silencio cuando un ruido incesante la distrajo. Era Malfoy, que golpeaba la mesa con los dedos como si siguiera algún tipo de canción, molestándola de una forma bastante irritante. La castaña trató de concentrarse en la redacción para Historia de la Magia, pero por más que lo intentó el ruidito no se lo permitía.
—¿Quieres parar de una vez?— preguntó, levantando por primera vez la mirada hacia él, tratando de controlar el tono de su voz para no gritar y que la señora Pince no la echara.
—Qué susceptible— dijo él haciéndose el ofendido.
Hermione bufó, claramente molesta, y volvió de nuevo su atención a la redacción. Mojó la pluma en el tintero y siguió escribiendo sobre las revoluciones de los gnomos de 1814. La mesa empezó entonces a vibrar, haciendo que su letra saliera movida y temblorosa sobre el papel. Al ver que su perfecta redacción se había ido al traste y no se podía permitir a sí misma entregar una redacción con una sola palabra emborronada, dejó la pluma y miró a Malfoy con furia.
—¿Quieres parar de dar patadas a la mesa?— y no pudo modular su voz, hablando casi a voz en grito.
Una advertencia de la señora Pince no se hizo esperar, que los miró de forma reprobatoria mientras se llevaba un dedo a los labios, indicando silencio.
—Qué poco respeto, Granger, ¡qué estás en una biblioteca!— dijo Malfoy con su mirada afilada.
—Ha sido tu culpa y lo sabes.
—Si no quieres quedar más en ridículo, salgamos de aquí.
—¿Y por qué no te vas tú solo?— preguntó Hermione.
Malfoy no contestó, sino que negó con la cabeza y miró a la señora Pince, asegurándose de que no miraba en aquel momento. Volvió de nuevo a mirar a la Gryffindor, que esperaba, expectante y claramente enfadada por sus continuas interrupciones.
—Granger, si no nos vamos de aquí ya y me haces caso, quemaré todos esos pergaminos que tanto rato te ha costado escribir.
Hermione le miró con los ojos como platos, y observó con preocupación el pequeño montón de pergaminos que reposaban a su lado sobre la mesa. Miró de nuevo a Malfoy, como si sopesara la veracidad de sus amenazas. Al ver cómo el Slytherin miraba sus pergaminos y cómo en sus ojos se veía que claramente que no tendría ningún problema en hacerlo y mucho menos remordimientos o cargo de conciencia por ello, suspiró y asintió.
—Bien, salgamos— dijo ella, y al decirlo notó lo cansada que estaba.
Le dolía horrores la mano de tanto escribir e incluso sentía los ojos irritados de tanto leer letras diminutas.
—Sabía que terminarías haciendo lo correcto— comentó Malfoy, y Hermione alzó una ceja algo escéptica.
Lo correcto. Para Malfoy lo correcto era siempre hacer lo que él decía o lo que él quería. Se levantó de su asiento metiendo los pergaminos, los libros, el frasco de tinta y las dos plumas en su mochila. La cerró y siguió a Malfoy a la salida. Se despidió de la señora Pince y se disculpó por el ruido anterior. En cuanto cruzó la puerta, Malfoy la esperó con otra más de sus frases.
—No le pidas disculpas a esa vieja. Es una amargada.
—¿Siempre tienes que sacar algo malo de todo el mundo?
—Sí, porque todo el mundo tiene algo malo.
—También tiene algo bueno— contraatacó Hermione.
Malfoy se encogió de hombros y le cogió la mochila que ella llevaba colgada del hombro. Ella le miró algo sorprendida por el gesto, y acercó las manos para recuperarla. Pero Malfoy, en vez de darle su mochila, le dio un paquete envuelto en servilletas. Ella le miró suspicaz, no muy segura de lo que significaba eso.
—Es un bocadillo. No te preocupes, no lo he hecho yo, lo han hecho los elfos domésticos de las cocinas. Lo más seguro es que sea comestible— añadió con ironía.
Hermine lo abrió mientras caminaban: Era un sándwich y parecía tener buena pinta. Lo mordió y en cuanto lo hizo notó lo hambrienta que estaba. La verdad, el primer mordisco le sentó divinamente.
—¿Pero cómo puedes caminar con este peso?— preguntó Malfoy, mirando con desagrado la mochila— Debe pesar más que tú.
—Gracias, Malfoy— dijo Hermione— Por la comida y llevarme la…
—Sí, sí, sí. Lo que tú digas, Granger. Ahora calla y come. No quiero tener que hacer las rondas yo solo, sería aún más aburrido que contigo, y si vas con este peso muerto de libros y tienes que ir a cenar, tardarás demasiado y lo más probable es que termine en el segundo piso con el pobretón de Weasley.
—¿Así que solo lo haces por interés?
—No te quepa duda.
Hermione sonrió levemente sin que él lo notara mientras daba otro mordisco a la comida. Definitivamente, sí que le quedaban dudas al respecto.
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Continuará….
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Quiero agradecer nuevamente sus reviews a: Silviota, Bea Black, Waleska Pavlova Korsakov , Nadia op, maiebella black, Roxane , Pity—san, Lina—san y marce Malfoy.
También quiero agradecer a quienes agregaron esta pretensión de fic para seguir leyéndolo. Espero que este capítulo os haya gustado, o al menos os haya agradado. Un saludo!
