tres

IO DE SCYLLA, SHOGUN DEL PACÍFICO SUR


Io


-¿Su nombre es Io?

-Sí.

-¿Cómo la princesa a la que Zeus transformó en una ternera?

Argh. De entre todas las agencias de empleos de Vancouver, tenía que llegar yo a la única con una entrevistadora experta en mitología griega.

-Mis padres viajan mucho y todos sus hijos nacimos en distintos países... el caso es que nos bautizaron según los lugares donde nacimos. Y da la casualidad de que yo nací en un pueblito llamado Io. La leyenda dice que la princesa Io pasó por ahí cuando huía del tábano que envió Hera en su contra, aunque no me parece que le quedara muy de camino hacia Egipto.

-Oh, ¿y dónde queda ese pueblo?

-En San Félix, Islas Desventuradas, Chile.

Sólo me faltó añadir "América del Sur, Hemisferio Occidental, planeta Tierra", pero ya habría sido demasiado.

-Debería llamarse Félix, en ese caso.

-Se lo dije a mis padres una vez y amenazaron con empezar a llamarme "Chile".

-Tienen sentido del humor.

-Es bueno para la profesión.

-Supongo que sí –sonrió y miró de nuevo mi hoja de vida-. Veintidós años con el Circo Internacional, suena como una carrera muy sólida, señor Fernández.

Sacudí la cabeza.

-No en realidad. Nací como parte del circo y ahí he estado toda mi vida. Es lo único que conozco.

Lo cual era patéticamente escaso ahora que debía buscar otro empleo.

El último dueño del circo había sido, pura y simplemente, un ladrón. Mi familia había quedado atascada con él gracias a un contrato que era una verdadera pesadilla de papel... y ahora que el circo había quebrado finalmente, estábamos atrapados en Canadá, sin trabajo, sin recomendaciones y sin un centavo.

¿Unirnos a otro circo? Sí, esos eran nuestros planes, pero el desastre había ocurrido justo en un mal momento para la comunidad circense y, aunque teníamos la seguridad de que habría trabajo para toda la familia, resultó que debíamos esperar al menos cuatro meses. El problema era que las finanzas familiares no iban a aguantar tanto.

Así que mis hermanos y yo empezamos a buscar colocaciones temporales.

Dos de mis hermanos, Pablo (por Sao Pablo, Brasil) y Louis (por Lousianna) ya estaban trabajando como lavaplatos en un restaurante chino. Argentina (quien, si nos ponemos estrictos, debería llamarse Buena, o Aire...) se había empleado, Dios sabrá cómo, en una oficina de correos. Mis padres y la pequeña Georgia (por la Georgia de Europa, no por la de Estados Unidos) iban por las mañanas a un parque cercano al hotel en el que nos encontrábamos y montaban un espectáculo callejero. En general, la supervivencia de la familia parecía asegurada, excepto por un pequeño detalle... del cual debía encargarme yo.

Bueno, en realidad eran dos problemas: Scylla y Caribdis, mis dos tigres de Bengala.

Aunque mi familia tenía cuatro generaciones de estar encargándose del espectáculo de las fieras, éstas habían pertenecido siempre al circo, hasta que tuve la ocurrencia de comprarlas. Invertí la totalidad de mis ahorros (y buena parte de los de mis hermanos) en ese proyecto cuando empecé a ver que el circo iba camino de la quiebra... pero sólo había conseguido comprar a dos de los tigres cuando la empresa se vino abajo y los demás animales fueron vendidos a un zoológico para pagar algunas de las deudas más grandes.

Scylla y Caribdis también estaban en el zoológico mientras llegaba el momento de que pudiéramos salir de Canadá, pero su manutención corría de mi cuenta.

Mis padres no habían hecho el menor comentario sobre el desastre que había causado al comprar a los tigres, y mis hermanos sólo habían hecho planes un par de veces para convertirme en alimento para gatos, así que puedo decir que corrí con suerte... pero iba a ser sumamente difícil encontrar un trabajo cuyo sueldo me permitiera alimentar dos tigres durante cuatro meses, en especial si tomamos en cuenta el pequeño detalle de que no estaba calificado para muchas cosas que digamos, aparte de las labores propias de un circo.

Fue así como salí de la agencia de empleos con un papel en el que había escritas varias direcciones de posibles trabajos, la mayoría de los cuales podían clasificarse como "ayudante del encargado de la limpieza" y cosas así. Todo indicaba que tendría que rendirme y vender a Scylla y Caribdis. Pero de todos modos podía hacer el intento, ¿no? Aún me quedaba suficiente dinero como para alimentarlos un par de semanas más, si para entonces no había ganado lo suficiente como para mantenerlos otras dos semanas, los vendería, punto.

Y me dirigí a la primera dirección de la lista.


Kanon


-¿Ahora? Todavía es muy temprano –le dije a Baian.

La verdad era que estaba muy ocupado revisando los planos de un nuevo modelo de barco. Lo de "nuevo" era relativo, por supuesto, habíamos conseguido copias de unos diseños del siglo XVI que se guardaban en el museo del Louvre y yo no veía la hora de empezar con el primero, pero, claro, primero había que traducirlos y el francés no era mi fuerte precisamente. Tenía que conseguir un buen traductor que además supiera un poco de barcos...

-¡Pero lo prometiste!

Lo miré por encima del hombro.

"¿Estás tratando de ponerte en ridículo? Suenas como un hermanito menor..."

"Y tú estás actuando como un padre irresponsable" me sonrió, cruzándose de brazos.

"Ah, ya veo, es a mí a quien estás tratando de poner en ridículo"

"¡Bingo! Hay días en que pareces menos estúpido de lo habitual"

Sacudí la cabeza. Por ese rumbo no llegaríamos a ninguna parte, así que guardé los planos.

-Está bien, pero no te sorprendas si esto te lo cobro luego, cuando menos lo esperes.

Baian hizo una mueca.

-Esa suele ser tu forma de cobrarte las cosas, ¿no?

-¿Me estaré volviendo predecible? Tengo que corregir eso, no se puede ser una eminencia gris cuando hay alguien que puede adivinar tus planes. Ahora que, tal vez sería buena idea eliminar al sujeto que es capaz de leer mi mente.

-¿Sí? ¿Y luego cómo se lo explicarías a mi madre, a quien tanto aprecias?

En esos días estaba yo llegando a la conclusión de que quizá habría sido un buen maestro si se me hubiera ocurrido serlo: estaba convirtiendo a Baian en un excelente chantajista. Sería mejor que le pusiera un alto a eso antes de que el alumno superara al maestro.

-En cuanto se me ocurra algo, te lo haré saber... o mejor no: te mataré y lo pondré en práctica.

Se rió, ¿sería tan ingenuo como para creer que se lo había dicho en broma? En fin, no importaba, tenía razón al decir que le había prometido practicar con él toda la tarde, así que los planos y la búsqueda de un traductor tendrían que esperar.

Baian había mejorado mucho en cuanto a la telepatía y el guiarlo con eso me había servido para mejorar mis propias técnicas, pero su condición física dejaba mucho que desear para alguien que quisiera pertenecer a una orden sagrada. Cierto, cierto, el chico era fuerte como un pandillero de respeto, pero carecía de toda disciplina, y se le estaba haciendo tarde para adquirirla, al menos desde mi punto de vista. Después de todo, a mí me habían entrenado desde que aprendí a caminar, lo cual era una ventaja considerable.

Salimos a una explanada junto al astillero, un terreno vacío que había estado reservando para cuando tuviéramos tiempo como para construir ahí un edificio que albergara las cuestiones administrativas, en lugar de los cubículos provisionales que estaban en el astillero mismo, pero lo provisional estaba convirtiéndose en permanente y el terreno seguía vacío... y bastante apropiado como para mostrarle a Baian a qué me refería cuando hablaba de entrenamiento básico.

Tenía que moverme mucho más despacio de lo que estaba acostumbrado o Baian ni siquiera tendría oportunidad de esquivar mis golpes, lo cual era algo que me desesperaba en extremo al principio. Tenía la impresión de estar retrocediendo en mi propio entrenamiento cuando trataba de enseñarle algo a Baian. Fue durante esos meses que empecé a aprender qué quería decir el Maestro Shion con eso de que la paciencia y la persistencia eran el inicio de toda conquista personal.

Porque no fue nada fácil controlar mi velocidad y mi fuerza lo suficiente como para no resolver en forma definitiva todo problema que representara mi "alumno" y además no desalentarlo con la idea de que estaba siendo condescendiente o que trataba de protegerlo. ¿Cómo lo logré? No tengo ni la menor idea. Tal vez sí habría podido ser un buen maestro, tal vez.

Pero era una tarea realmente difícil. Mi Maestro primero y Saga después me dijeron muchas veces que no debía dejarme llevar por la cólera ni por el entusiasmo, que si no tenía cuidado sería una presa fácil para cualquiera que consiguiera sacarme de quicio... y Baian era un experto en sacarme de quicio.

En esa ocasión realmente se superó a sí mismo, burlándose abiertamente de la lentitud con la que lo atacaba mientras trataba de enseñarle las bases de la defensa personal, era claro que había confundido mis esfuerzos por no lastimarlo (demasiado) con una auténtica debilidad y encontraba risible mi demostración. Me enfurecí.

Pura y simplemente, perdí el control, igual que todas las veces en las que Saga me hizo morder el polvo delante de nuestro Maestro, igual que todas las veces que me dijo (con ese desesperante tonito de superioridad) que debía poner todo mi empeño si quería igualar su velocidad algún día. Era demasiado fácil hartarse de su incapacidad para ver que en realidad estaba poniendo ya todo mi esfuerzo.

Sé que en algún momento escuché a Baian gritando y me pregunté (un poco distraídamente) por qué me sonaba familiar esa voz que estaba pidiendo auxilio.


Io


Probablemente equivoqué la calle, porque el lugar al que estaba llegando parecía más un terreno baldío que un astillero, pero no tuve tiempo para reflexionar mucho al respecto. Escuché gritos. Alguien estaba pidiendo auxilio.

Es curioso el fenómeno que se da en las ciudades: alguien grita pidiendo ayuda y nadie parece escucharlo. Eso nunca dejará de sorprenderme. Pero, claro, no estaba pensando en eso mientras corría al lugar de donde venían los gritos.

Un tipo alto estaba pegándole a un adolescente, casi un chiquillo. Bueno, era evidente que el chico necesitaba ayuda, así que hice lo que me pareció más lógico.


Kanon


De repente, todo se llenó de estrellas.

Creo que me quedé en blanco unos segundos, porque cuando recuperé la capacidad de razonar (más o menos), estaba de rodillas en el suelo y los gritos de Baian estaban perforándome los tímpanos.

Hubiera querido preguntar "¿qué pasó?" y luego añadir algo por el estilo de "¿y por qué me duele tanto la cabeza?", pero no conseguía encontrar las palabras en ese momento. Me llevé la mano a la parte posterior de la cabeza, donde el dolor era más intenso, y cuando la retiré, pude ver que había algo de sangre en mis dedos.

Detesto el color rojo. Detesto la sangre.

Y, muy por encima de todo, detesto tener que contemplar mi propia sangre.

-¡Kanon! ¡Kanon, por favor, háblame, di algo! –seguía gritando Baian.

Con algo de esfuerzo, conseguí enfocar mis sentidos y mirarlo.

-Cállate –le dije.

Me miró desconcertado por unos segundos, y luego estalló en carcajadas.

-¡Oh, bueno, menos mal! ¡Llegué a pensar que te quedarías así para siempre!

-¿Así, cómo?

-Mirando hacia el infinito y más allá, completamente en blanco. ¡Ni siquiera podía leer tus pensamientos!

-¿Estuve inconsciente?

-No lo sé, caíste al suelo, pero tenías los ojos abiertos y no reaccionabas.

-Estuve semi inconsciente, entonces...

Casi podía ver a Saga sacudiendo la cabeza y preguntándome "¿pero por qué es que lo haces todo a medias?".

-¿Y qué fue lo que pasó? –pregunté por fin.

Baian señaló con la cabeza a alguien que estaba a unos pocos pasos, con las manos en los bolsillos y cara de culpabilidad.

-Eh... hola... –me saludó.

No pude reconocer su acento; a decir verdad, parecía la mezcla de muchos acentos, como si estuviera acostumbrado a hablar con gente de diversas nacionalidades. Interesante.


Io


En parte deseaba que me tragara la tierra y en parte encontraba divertida la situación. Nunca había esperado que el chico se pusiera histérico cuando noqueé a su supuesto asaltante con un palo, pero su reacción fue tal que por un momento pensé que me atacaría a mí.

Resultó que eran amigos y que estaban practicando defensa personal y se les fue la mano.

Lo primero que pensé fue que el sujeto de cabello azul debía tener muy poca experiencia como instructor si le pasaba algo así, pero al poco rato de estar hablando con Baian, me di cuenta de que debía ser difícil mantener la calma con ese chico. Baian era una legítima peste, todavía peor que mis hermanos.

Me alegré de que su amigo se recuperara, pero me inquietó el que se negara a que lo lleváramos a un hospital.

-Estoy bien –insistía, y yo no podía dejar de pensar que la opinión de alguien que acaba de recibir un golpe en la cabeza no debería ser tomada en cuenta para decidir si veía o no a un médico.

-No, señor, o vamos al hospital o llamo a mamá para que venga a examinarte –respondió Baian, lo que sonó como la primera cosa inteligente que había dicho desde que se quedara mirándome boquiabierto luego de que golpeé a su amigo.

-Ya te dije que estoy bien, y no vas a molestar a tu madre, ella tiene mucho trabajo en estos días y...

Cuando pienso en retrospectiva, tengo la impresión de que Seadragon nunca me perdonó el que ayudara a Baian a arrastrarlo hasta el consultorio de la doctora O'Hara.

Aún así, cuando regresé al día siguiente al astillero con la esperanza de que esa vez sí podría hablar con el encargado de contratar personal y me llevé la sorpresa de que había noqueado nada más y nada menos que al dueño, Seadragon fingió que no había rencores y me dio el trabajo.

Así que de momento mis tigres tenían la comida asegurada y yo tenía alguna esperanza de sobrevivir hasta que mi familia pudiera unirse a otro circo.

Nunca esperé el golpe que vino después.


Kanon


Crecí entre ruinas, toda mi vida transcurrió entre edificios derruidos e inestables que podían derrumbarse al menor descuido. Pasé toda mi vida viendo morir a mucha gente, en formas muy diversas.

Así que no me explicó por qué me impresionó tanto ver lo que había quedado de aquellos edificios, cuando una manzana en una de las zonas más pobres de Vancouver ardió hasta volverse cenizas.

Quizá se debió a que conocía a algunas de las personas que murieron ahí.

Habían pasado seis semanas desde que cometiera la estupidez de darle trabajo a Io cuando llegaron a avisarnos del incendio. Ya era de noche, pero él se había retrasado charlando con Baian e Isaac, de quienes no me explico en qué momento se había hecho amigo.

Cuando llegamos, ya no había nada qué hacer. Todo fue demasiado rápido. El hotel era un edificio viejo y ardió como si hubiera sido de papel.
Io volvió al trabajo al día siguiente del funeral, pero para entonces ya era otra persona.

Debí haberme deshecho de él entonces, aquella mirada de desesperación reprimida que sorprendía de vez en cuando en sus ojos me resultaba familiar, era como la mirada de Máscara de Muerte cuando todavía vivía el monstruo que tuvo por Maestro, y aquello no me gustaba en lo más mínimo. Mi hermano estaba lo suficientemente loco como para confiar en otro loco, pero yo no.


Io


¿Por qué Seadragon me miraba de esa manera? Casi parecía que estaba esperando que yo sufriera algún tipo de crisis en cualquier segundo.

Quizá no estaba tan descaminado.

En aquel entonces yo pasaba el día completamente aturdido. Si alguien me hubiera preguntado al final de la jornada qué había hecho desde la mañana, no habría sabido qué responder. Los días pasaban sin que los sintiera, sin que lograra despertar del todo, sin que me importara nada, absolutamente nada. Y no era tan malo, porque cuando podía sentir lo único que deseaba era poder dejar de hacerlo. Ojalá para siempre.

Creo que no morí en los días que siguieron sólo porque la doctora O'Hara le encargó a Seadragon y a Baian que me vigilaran constantemente. Me figuro que Seadragon habrá protestado por ese trabajo extra, o quizá no dijo nada y se limitó a comprobar que al menos comiera, no lo sé y la verdad es que no importa. Simplemente todos los días se aparecía alguien por el rincón del astillero donde me habían brindado refugio y se aseguraba de que yo siguiera respirando. A veces era Baian, a veces era Krishna, a veces era Seadragon y, en contadas ocasiones, Isaac, que rara vez se aparecía en el astillero.

Curioso, fue precisamente en una de las escasas visitas de Isaac al astillero cuando sucedió lo que finalmente me obligó a despertar.

Yo estaba trabajando, no sé si bien o mal, cuando escuché a aquellos tres discutiendo acerca de una grieta que amenazaba con derrumbar una pared entera. Parecía ser que no estaban seguros de cómo repararla y al final Seadragon propuso que fueran a examinarla.

Y un agujero se abrió en el aire.

Cuando los vi desaparecer por ese agujero, me quedé boquiabierto, pero aquello duró apenas un instante. No tuve tiempo de darme cuenta de la enorme tontería que estaba haciendo, cuando recobré la conciencia de mí mismo, los había seguido y había pasado de la deslumbrante luz de la mañana del puerto a una penumbra fría que me dejó totalmente confundido.

Traté de seguir avanzando y choqué con algo metálico que se derrumbó con un gran escándalo.

Cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra, descubrí que los tres me estaban mirando como quien ve a un fantasma.

-Eh... ¿hola? –logré decir.

-¿Ustedes creen que Poseidón se enfade si llega a enterarse? –preguntó Baian, fingiendo ingenuidad.

Seadragon, que ya estaba recogiendo la pila de cosas de metal que yo había derribado, le lanzó una mirada de enojo y le indicó con un ademán que lo ayudara con eso.

-¡No toques nada! –me gritó cuando vio que iba a tomar uno de los pedazos.

¿Pero por qué se enojaba tanto? Solo era metal oxidado.

Una vez que la pila de metal estuvo armada otra vez, Seadragon señaló hacia otro agujero que acababa de abrirse en el aire, a pocos metros de donde estábamos.

-Vamos a regresar al astillero, y cuando estemos ahí, vas a olvidarte de todo lo que viste en este lugar.

-¡Oye, espera un momento! –protestó Baian-. ¿No irás a borrarle la memoria, o sí?

-¿Crees que sería mejor matarlo? Por mí no hay problema, ¿lo haces tú o lo hago yo?

-Eh...

No podían estar hablando en serio, ¿o sí?

Yo me había sacudido buena parte del aturdimiento que había llevado a cuestas los días anteriores, pero aún así no estaba muy seguro de estar reaccionando normalmente a lo que sucedía a mi alrededor, aún tardaría un poco en normalizarme, si se me daba la oportunidad, claro.

Mientras nos dirigíamos hacia la salida miré una vez más al montón de metal que había tumbado y a los otros montones que lo rodeaban como si fueran una guardia de honor... oh, pero si eran esculturas... Al parecer no estaban terminadas todas porque algunas parecían sólo un amontonamiento de materiales, pero otras en verdad llamaban la atención de inmediato por el cuidado del detalle y lo extravagante del diseño. Un dragón marino, un calamar, un caballo con cola de pez... ¿y aquella otra? Parecía tener de todo...

No supe en qué momento me detuve y acabé acercándome a esa escultura para tratar de identificar mejor los animales que la componían.

Tampoco me di cuenta del repentino silencio de los otros tres. Lo único que podía hacer en ese momento era mirar la escultura como si mi vida dependiera de ello.

-Oso grizzly... –me escuché decir a mí mismo.

-No... –oí que decía Kanon y también lo escuché acercarse a mí.

-Murciélago vampiro... –continué.

-¡No, no, cállate! –exclamó Kanon. Supe que correría hacia mí, pero alguien lo detuvo.

-¡Espera un minuto! ¡Sí hay un oso ahí! ¡Lo vi en uno de tus libros! ¡Él debe ser el cuarto!

-¡De ninguna manera!

-¿Por qué no? –la voz de Isaac sonó más grave que de costumbre. ¿Por qué Kanon se quedaba callado?

-Serpiente pitón... –continué.

-No creo que sea la persona adecuada –dijo Kanon.

-Creo que eso no lo decides tú, sino Poseidón –declaró Isaac.

-En el supuesto de que Poseidón decida algo –intervino Baian-, pero cuando menos parece que la Escama tiene voto en este asunto.

-Esto no es una democracia –protestó Kanon.

-Águila real...

-¿En serio? ¡Podías habérmelo dicho antes, jefe!

-¡Baian!

-Lobo gris...

-¡Suéltenme de una buena vez! ¡Hay que detenerlo!

-Si la Escama lo acepta, no podemos objetar nada, Kanon. Yo no dije nada en contra de la elección de Baian...

-¿Es que tenías algo en contra, Isaac? –la voz de Baian se escuchaba sorprendida, casi ofendida.

-Eh... nada personal...

-Abeja reina...

-¿"Nada personal"? ¡¿Qué es lo que tienes en contra?

-Bueno...

-¡Basta!

Yo ya había reconocido los animales que componían la escultura, pero faltaba algo ahí. Algo que los relacionara, algo que los convirtiera en una unidad... entonces lo supe, eran seis animales, pero en realidad eran uno solo. Eran...

-Scylla –dije, al momento de extender la mano para tocar la escultura.

No me sorprendió que Scylla respondiera a mi llamado como si estuviera viva. Sabía que estaba viva, su mente hizo contacto con la mía y comprendí que los seis elementos no pensaban en forma individual, desconocían la palabra "yo" y sólo poseían una mente colectiva, juntos formaban a Scylla y ese era el lazo que los unía.

También era lo que los mantenía separados de los demás seres de metal que habitaban aquel mundo submarino. Supe que los componentes de Scylla se mantenían aislados de todo lo que no fuera los propios componentes, me aceptaron como el séptimo de ellos, y a partir de ese momento se comunicarían conmigo utilizando un "nosotros" que acabaría convirtiéndose en una expresión completamente natural para mí.

Empecé a reír sin darme cuenta. Era extraño.

Sabía que Scylla estaban aislados, pero ellos no percibían ese aislamiento porque estaban juntos, porque eran un solo ser y por lo tanto jamás estarían solos aunque no tuvieran contacto con nada ni con nadie fuera de Scylla. Y yo los contemplaba desde fuera sin comprenderlos, pero también desde dentro y los comprendía. Yo era parte de ellos. Parte de "nosotros". Era Scylla.

Y supe que me estaba volviendo loco.

En algún momento caí de rodillas, todavía riendo a carcajadas.

Alguien me sujetó por los brazos y me habló con fuerza, tratando de calmarme. No pude comprender nada. Scylla sólo se comunica con Scylla, cualquiera que no formara parte de Scylla simplemente no existía...

"Y si dejas que este remolino te trague, jamás saldrás de él. Imponte a ellos. Eres el domador, domínalos. Gana su confianza y que sean tus amigos, o supera su poder y haz que te obedezcan como a su amo, pero no te fundas con ellos".

Las voces de Scylla formaban un coro ensordecedor, una cacofonía sin sentido alguno tratando de ahogar esa nueva voz que parecía hablar directamente a...

... mi mente...

... no a "nuestra" mente...

... no a Scylla...

... a mí...

... a Io...

... a Io de Scylla...

Las voces se callaron de repente. Aún podía sentir la mente colectiva, pero ahora distinguía en ella seis partes bien definidas, y podía diferenciarlas de la mía propia, de la misma manera que podía distinguir el punto en que se unían las siete, formando un remolino mental del que no hubiera podido escapar si esa voz ajena a las nuestras no me hubiera obligado a imponerme sobre el resto de "nosotros".

Abrí los ojos y miré a la persona que me había obligado a rescatarme a mí mismo.

-¿"Domador" dijiste? –pregunté, mi voz sonaba casi como un graznido, tenía la garganta completamente seca.

Seadragon resopló, de alguna manera supe que él había estado conteniendo la respiración, quién sabe por cuanto tiempo, y me soltó de golpe. Caí hacia atrás con un sonoro ruido metálico y dándome cuenta de que me dolían bastante los brazos, ¿cuánto tiempo había estado sujetándome y gritándome para volverme a la realidad? Un momento... no me había gritado. Había hablado a mi mente... Sentí que estaba otra vez al borde del vértigo y traté de apartar esos pensamientos hasta que pudiera examinarlos con más calma.

-Hombre, tienes todo el aspecto de alguien que acaba de volver de un muy mal viaje... –comentó Baian, dándome palmaditas en la espalda.

-Y no es el único –dijo Isaac, mirando a Seadragon, que se frotaba las sientes como quien sufre de una fuerte jaqueca.

-Si hubieras visto lo que vi... –murmuró Seadragon- y eso que no fue ni la mitad de lo que vio él...

-¿Por eso no querías que reclamara la escama? –preguntó Baian-. ¿Sabías que algo malo podía pasar?

-...Digamos que tuve un presentimiento –los dos chicos no parecieron darse cuenta, pero era evidente (al menos para mí y Scylla) que Seadragon estaba mintiendo-. Lo admito, muchachos, no soy precisamente un experto en este asunto...

-No me digas, nunca lo hubiera adivinado –sonrió Baian.

-Pero, a diferencia tuya, Baian, yo he estado estudiando todo lo que he podido encontrar acerca del funcionamiento de la Orden.

-Oye, tu biblioteca está en griego y no es culpa mía no saber griego. Qué rayos, tú eres griego, ¿qué mérito tienes por saber leer en tu lengua materna?

-Ya cállate, Baian, déjalo que termine.

-Hay una constante en los registros de la Orden acerca de los shoguns de Scylla, suele tratarse de personas muy inestables, con síntomas claros de esquizofrenia en muchos casos... –Seadragon suspiró-. Como sea, parece que Io sobrevivirá a la Escama. Al menos por algún tiempo.

¿La Escama? Sí, esos seres se llamaban escamas... Me miré a mí mismo y descubrí con no poco asombro que las piezas que conformaban a Scylla me habían envuelto, creando una especie de armadura... justo como las otras escamas estaban haciendo con los otros tres en ese momento.

Luego me explicarían que formaban parte de una orden sagrada destinada a servir al dios de los mares, luego me dirían que yo era el cuarto Shogun de nuestro ciclo y que debería participar en la reconstrucción del Santuario Submarino. Y, mucho más adelante, Seadragon se dignaría a hablarme de sus verdaderas intenciones. Por el momento se limitaron a darme la bienvenida entre ellos.

-Sé bienvenido en nuestra Orden, Io de Scylla, Shogun del Pacífico Sur –dijo Seadragon.

Me encogí de hombros. No era algo que nos interesara demasiado a Scylla y a mí.

Continuará...