Puedo ser un poco friki.

Pero nunca Suzanne Collins, a quien pertenecen todos los personajes y a quien pido una disculpa por destrozar su brillante historia.

...

CAPÍTULO 3

Los días se le hacen cortos entre la caza, su familia, las visitas al Quemador y los ratos con los Hawthorne; Prim, al volver del colegio, se sienta horas a platicar con ella sobre sus notas, sus amigos, sus sentimientos con respecto a su nuevo estilo de vida en la Aldea de los Vencedores y sobre Buttercup. Cuando tiene nuevamente una rutina establecida, el tren del Capitolio espera en la estación. Sólo 10 días había estado en su casa. Las veces anteriores durante el viaje intentaba recordar los diferentes nudos que sabe hacer para mantener la mente ocupada, sin embargo, esta vez bebe del frasquito con la mezcla de plantas una y otra vez. ¿Cuánto tiempo tardarán en ir por ella la siguiente vez? O mejor dicho ¿cuánto tiempo tardará en volver a su casa? Sabe que Cashmere sólo va una vez al año y tarda pocos días en volver a su distrito, y que Finnick a veces pasa hasta un mes fuera de casa. Es más caro mandar por ella cada cierto tiempo y presiente que es la manera en la que Snow la controla, le permite que haga su vida nuevamente y sin más manda por ella demostrándole que su vida le pertenece. Sólo habían pasado 10 días. La tregua se estaba terminando... A menos que el siguiente vencedor no sea lo suficiente espectacular (o estúpido) para ocupar su lugar en el escaparate de vencedores apetecibles.

Bebe todo el contenido del frasquito y cuando el tren llega al Capitolio ella no es consciente de eso, los colores y las formas a su alrededor se mueven danzando de un lado a otro maravillándola. Una mujer vestida de blanco se acerca. La voz de Cinna le habla pero no entiende bien lo que dice, a todo le responde con un "sí" seguido de risitas tontas. Se siente en una burbuja de colores, de esa manera no sabe bien si ve a Cinna o ve a su padre, si el auto es negro o es una motocicleta, si el comprador es joven o es viejo, si lo que siente es dolor o quizá está enferma.

Hay neblina en su mente y no puede pensar con claridad. Con el paso de las horas la niebla se vuelve vapor y la lucidez da muestras de volver. Unas lucecitas llaman su atención por lo que gira sobre la superficie acolchada. Parpadea un par de veces hasta enfocar al hombre de barba que duerme a su lado. Las luces hacen que su barba cambie de color, de forma y de tamaño. Se siente extraña y quiere incorporarse pero el pesado brazo de él rodea su cintura. Levanta la vista encontrándose con su reflejo en un espejo empotrado en el techo viéndose enredada en un lío de sábanas de seda junto al cuerpo de un hombre enorme de piel blanca como la nieve y tatuajes cobre en la espalda. Se siente mareada, gira y cae de la cama sobre un montón de tela de lo que identifica como su ropa, la alfombra, unas almohadas y ropa que en definitiva no es suya. El piso se mueve y las luces le lastiman los ojos por lo que se viste con los ojos cerrados intentando mantener el equilibrio. Los muebles se alargan y se hacen pequeños, la puerta cambia de lugar un par de veces y los pasillos se vuelven laberintos sofocantes; la necesidad de respirar aire fresco la inquieta haciéndole recordar que el bosque está del otro lado de la alambrada. Con los pies desnudos camina custodiada por colores y brillos, asfixiándose, quizá si respirara el aire del bosque el dolor de cabeza se esfumará junto con el dolor de sus piernas, que comienza a notar.

_ ¡KatnissEverdeen! _ dice un poste de colores acercándose a ella _. ¡Wow! ¿Qué haces aquí?

Ella lo ignora, jamás ha hablado con un poste de peluca rosa y no tiene tiempo para empezar ahora, lo que necesita con urgencia es respirar, tomar agua, refrescarse. El dolor de cabeza aumenta y las náuseas se hacen presentes como cada vez antes de volver al Refugio. Esto último le recuerda algo vagamente. Una fuente cercana salpica gotitas refrescantes y ella no tiene problema en inclinarse, tomar agua entre las manos y mojarse la cara. Levanta la cabeza y ve a algunas personas a su alrededor que la miran extrañados, unos la señalan, otros sonríen y unos pocos la llaman por su nombre. Una mujer se acerca extendiéndole una pluma de oro y una hoja tan blanca que lastima la vista.

_ ¿Me das una firma, por favor?

¿Qué demonios…?

El flash de una cámara la ciega unos segundos seguido de otro y otro más. Gira sobre su eje identificando el lugar pero no logra ubicarse, no tiene idea en dónde se encuentra, siente el frío de la noche y la humedad en los pies sin calzar, las luces nocturnas parpadean en el parque al lado de altas columnas y letreros brillantes de comercios abiertos desde donde algunos salen para acercarse. Las náuseas vuelven y no tiene más remedio que vomitar. El mareo vuelve y pierde la consciencia.

Cuando abre los ojos el vacío dentro de ella es peor que las veces anteriores y admite que ha consumido infusión de hierbajos en exceso. Cinna la mira con seriedad quitándole un mechón de cabello de la frente. El aroma, la luz y la calidez le revelan que está a salvo en el Refugio.

_ No quiero sermones _ dice ella con la boca seca.

Ofreciéndole un vaso con agua en el que ha echado una pastilla Cinna le cuenta de la llamada que recibió donde le informaban que ella caminaba perdida por las calles señalando cosas que no existían; que él mismo tuvo que ir por ella aunque varios medios ya habían tomado nota de eso y el estado en el que estaba: alucinante.

_ ¿Nadie indagó de dónde venía o qué hacía? _ el relato general no le importaba, sólo quería saber la respuesta a esa pregunta.

_ Dije que tenías autorización de venir, iba a ayudarte con algunos problemas que tenías con tu talento.

A ojos de los demás ha sido responsabilidad de Cinna. Para la Gira de la Victoria se supone que el vencedor muestra su talento oculto, como cazar a hurtadillas con armas artesanales pero letales no significaba otra cosa más que infringir normas con descaro y presumir de eso (cosa que la llevaría a la muerte), Cinna y ella habían acordado que su talento oculto era el diseño de modas. Cuando hubo que mostrarlos ella enseñó un catálogo entero de diseños que su estilista había hecho en su lugar.

_ Lo lamento_ susurra quedito.

Cinnano dice nada. Ella levanta la vista ya que muy pocas veces lo ha visto enojado y ninguna de esas había dio con ella, él no la mira, de un frasco transparente toma una pasta verdosa con dos dedos untándosela en el hombro acción que la hace jadear de dolor, es cuando ve las marcas moradas en su propio hombro y en su abdomen justo debajo de las costillas, donde él ya ha untado la pasta. Entrecierra los ojos viéndolas con detenimiento sin recordar cómo se las ha hecho hasta que distingue la suave marca de unos dientes. Maldice por lo bajo.

_ ¿Cuánto deberá pagar por esto? _ pregunta intentando sonar indiferente refiriéndose a los moretones. En ese momento decide que no le importa haber alucinado tanto, valió la pena por no sentir ni recordar el momento en que se los hizo.

_ ¿De verdad quieres saberlo?

_ ¿Es algo que no muchos sepan?

_ Sólo en algunos círculos. Todos pueden parecer iguales pero sólo unos pocos tienen tanto dinero para despilfarrar y estoy seguro que este no ha sido el caso.

_ No me has respondido.

_ Es seguro que venderá su auto, tal vez hasta un departamento, y espero que tenga que trabajar demasiado este año _ casi parece contento ante la idea de que el sujeto, quien quiera que fuese, perdiera mucho dinero por su arrebato. Katniss agradece en silencio su lealtad.

_ Cinna… ¿Sabes cuánto pagaron por mí la primera vez? _ él levanta la vista encontrándose con sus ojos, recuerda el día de la Primera compra tan bien como ella_. Lo sabes, ¿verdad? Espero que haya sido mucho. Demasiado _ continúa desviando la mirada, hablando como si se tratara del clima _. Digo, no nada vez fue la Primera Compra, quiero decir, fue…

Su voz se quiebra y las lágrimas se agolpan en sus ojos. Aunque Cinna conozca tanto de ella y la apoye como él sólo puede hacerlo, llorar frente a cualquiera es algo que la hace sentir chiquita, indefensa, vulnerable y perdida. Incluso frente a esos hombres desea ser fuerte, no gritar, no llorar, no quejarse. "Todo esto es mío y algún día terminará", es su pensamiento cuando los besos comienzan. Sin embargo, cada que las lágrimas se hacen presentes reconoce el sentimiento que le quema y la controla: miedo. El miedo que la persigue desde que escuchó el nombre de Prim el día de la cosecha. Los Juegos no terminaban; cada habitación, cada cama y cada caricia eran una lucha por ser fuerte. La diferencia era que no había una meta.

Él la rodea con un brazo invitándola a recargarse en su hombro y darse la oportunidad de ser débil pero ella no lo hace. Contiene las lágrimas afirmando que se encuentra bien.

_ Con respecto a todo esto… No volverá a pasar. Lo prometo _ le muestra la palma de la mano extendida con solemnidad _. Pero no puedes pedirme que deje de beberlo.

_ No, no lo haré, sin embargo, te aconsejo que seas más cuidadosa. A estas alturas los medios habrán sacado mil conjeturas estúpidas y muchos de los compradores consumen narcóticos, como si fuera algo extraño en el Capitolio, y no estoy muy seguro de que acepten una negativa de tu parte si te los llegaran a ofrecer. Esas drogas no se comparan con lo que te día a beber la primera vez, no recordarías ni tu nombre.

_ ¿Y si estuviera así qué pueden hacerme? ¿Violarme? _ lanza una risa mordaz _ ¡Como si hubiera diferencia!

Cinna no comparte su humor y le dedica una mirada de enfado.

_No quiero que termines como una adicta. Modera lo que bebes, incluso eso puede volverte una.

Después de una veloz ducha debe ir a la estación. El regreso es rápido gracias a la pastilla que uno de los ocupantes del tren le dio murmurándole algo que le sonó a "No en exceso", por lo que supuso que ya habían hablado de su paseo en la televisión. Si la tregua se estaba terminando ella la había apresurado la noche anterior ya que ser discreta era lo último que había hecho. ¿Pasaría mucho tiempo hasta que tuviera la misma reputación de Finnick? Bueno, la misma que él quizá no, nadie jamás iba a poder ser como él pues tenía todas las características más deseadas en el Capitolio. ¿Qué pensarían Prim y su madre al respecto? ¿Y Gale?

La noche ha caído cuando el tren llega a la estación del distrito cubre hasta la cabeza con la chamarra que Cinna le ha dado conocedor del clima de su distrito en estas fechas, húmedo y lluvioso, la noche es fresca y tranquila por lo que camina sin muchos ánimos hasta su casa en la Aldea de los Vencedores repasando la explicación que planeó para su madre y Prim durante el viaje, la misma que dará a los medios cuando se vea forzada a responder cuando comiencen con todas esas estúpidas entrevistas durante el Vasallaje de los 25 que había sido anunciado unas semanas atrás. Expira con fuerza ante la idea de volver al Capitolio y por un motivo diferente a venderse, quizá sea mejor venderse que tener que ser mentor en el Vasallaje porque ¿de verdad valía la pena regresar con vida a alguno de los tributos de su distrito?

Prim le sonríe sentada en la sala y todos sus pensamientos se esfuman al verla con su ropa de dormir y dos trenzas rubias a los lados mientras acaricia el lomo del gato en sus piernas.

_ No quería irse sin verte llegar _ dice su madre desde la puerta de la cocina mirándola con una intensidad que no le veía desde hace mucho tiempo, la misma mirada que le dirigió cuando cantaba El árbol del ahorcado y la reprendió prohibiéndole cantarla de nuevo. Suspira identificando la emoción de su madre consciente de que algo han visto en la tele y le espera un sermón, ese que evitó de Cinna y el que tal vez está dispuesta a soportar de Haymitch, pero no de su madre.

_ Antes de que digan cualquier cosa: lo lamento, ¿si?

Se deja caer en el sillón a un lado de su hermana atrayéndola hacia sí con los brazos, Prim la abraza sin borrar la sonrisa de alivio por tenerla nuevamente en casa. Se había vuelto muy nerviosa con respecto a ella desde que volvió de los Juegos. Reafirma lo que Cinna dijo aunque ellas sepan bien que no es realmente por el talento, inventa una comida en casa de su estilista donde abundó el vino y ella al no estar acostumbrada bebió de más perdiéndose en el tiempo y el espacio.

_ Es una suerte que no bebamos vino en el distrito. No es nada recomendable, terminaría como Haymitch _ Prim ríe por lo bajo tal vez imaginándola. Le importa un bledo lo que la gente piense menos lo que su hermana crea de ella.

Su madre hace muchas preguntas, molesta, Katniss responde todas las que puede con seguridad hasta que no puede evitar decir: "Cuando necesité de ti y tus consejos no estuviste. Sé cómo manejar mi vida". Se siente culpable pero su madre no dice nada más zanjando el asunto cuando Prim bosteza por décima vez yéndose todas a la cama.

Sin obligación de ir a buscar qué comer al bosque despierta muy entrada la mañana, cuando Prim ya se ha ido al colegio, y al primer movimiento siente el dolor en los músculos desde el cuello hasta las piernas, sin mencionar el dolor de cabeza que la aqueja. Toma un baño y por primera vez desde que hubiera perdido las decisiones sobre su cuerpo desea mirarse en el espejo detenidamente para comprobar las marcas que adquirió en esta visita y ver si no ganó unas más de las que no era consciente. Parpadea reconociendo a la persona del reflejo. Era verdad lo que Gale había dicho sobre verse más delgada, quizá sólo aquellos que la conocen notan el cambio, a estas alturas Prim y su madre empezarán a preguntar. ¿Cómo lucirá en unos años? ¿Y cuando ya no sea lo suficientemente joven para satisfacer los instintos de los compradores poderosos? ¿Qué ocurriría con ella? "Con suerte y muera joven", piensa, aunque en realidad ese es el futuro que se plantea: morir joven, cuando tenga el dinero suficiente para que su familia pueda vivir con dignidad en la antigua casa de la Veta escupirá en la cara al Capitolio y se quitará la vida. Dramático e improbable, pero sólo esa clase de futuro se imagina. Suelta la toalla que resbala por su cuerpo dejándole ver su desnudez en el espejo. No puede evitar fruncir el ceño ante la mancha morada debajo de las costillas, la toca con los dedos y no siente dolor, examina el moretón en el hombro, después se observa de perfil una y otra vez sin encontrar ninguna otra marca morada salvo el pequeño círculo rojizo en su espalda a la altura del hombro y que a duras penas puede ver debido a la incomodidad de la posición frente al espejo, es la marca de la inyección a presión que le es aplicada por una enfermera a la entrada del Centro de Cuidados Estéticos, para el control de la natalidad. El colmo sería que ella, renegando siempre sobre formar una familia entre la inmundicia del distrito, trajera al mundo a un crío de algún bastardo del Capitolio.

Se observa unos segundos identificando en el espejo las partes del cuerpo que más le duelen en ese momento. Cierra los ojos cuando los recuerdos borrosos de otras citas llegan y cree que jamás volverá a sentir alivio en los brazos o en las manos, cuando debe contenerse de golpear y arañar mientras la fuerza de otras manos presiona sus muñecas, o en las piernas cuando lo que desea es patalear y huir, y que por más que desee esforzarse nunca mantiene una cerca de la otra.

Se viste sin volver a hacer caso del reflejo, se pone la cazadora de su padre y baja las escaleras de dos en dos. Toma un pedazo de pan, queso y manzanas de la cocina decidida a evitar un enfrentamiento con su madre (quien la observa con escrutinio mientras clasifica diferentes hojas con ayuda del libro de la familia), echa todo en la bolsa de caza para desayunar en el bosque, en el Quemador o donde fuera, menos en su casa. Sin pensarlo mucho se dirige a casa de su único vecino, el único vencedor vivo de su distrito, como cada vez que vuelve, para desquitar una parte de su frustración con él.

Entra haciendo la mayor cantidad de ruido posible en parte a propósito y en parte porque todo está tan desordenado que tropieza más de una vez con botellas vacías. Su mentor, como casi siempre, está durmiendo de cara a la mesa de la cocina, algunas botellas a su lado y un cuchillo en la mano. A veces teme que Haymitch muera mientras duerme, la congestión etílica no es algo muy ajeno teniendo en cuenta la cantidad de licor que ingiere diariamente. Lo mueve con brusquedad varias veces, en pocos segundos toma la decisión de vaciarle un cubo de agua, lo que hace que terminen discutiendo y gritándose como siempre, por la mugre, por la forma de despertarlo, por sus palabras, por venir, por molestarlo, por cazar, por respirar, por caminar...

_ ¡Nadie pidió tu ayuda! _ grita Haymitch perdiendo los estribos escupiendo licor _ ¡Además, si tanto te molesta la pocilga en la que vivo lárgate y ya!

Ella cierra los puños con fuerza. Nunca le ha gustado ir a la casa de Haymitch, es el lugar más asqueroso en el que ha estado jamás, lleno de ropa sucia, sobras de comida rancia, botellas vacías, excremento de ratón, manchas de vómito y alguna vez jura haber visto un charco de orina. Sin embargo, por mucho que le pesara ese hombre la había ayudado a salir con vida de la arena y aunque a veces se lo reprochaba, si ella no hubiera salido su hermana estaría desamparada.

_ ¡Pensé que habías muerto! _ contraataca_ Casi te tiro de la silla y no reaccionabas…

_ ¿Y para qué me querías despierto? _ interrumpe poniéndose de pie _ ¿Para contarme qué te regalaron esta vez? ¿O para discutir qué demonios hacías vagando por las calles como fantasma?

Debe haber visto la expresión en su rostro porque ríe y se empina otro trago de licor. ¿Qué habrán dicho en la televisión sobre ella? ¿Se habrán creído el cuento de Cinna?

_ Ya te lo he dicho, preciosa, mientras más rápido finjas un orgasmo más rápido terminaría tu cita.

El color sube a sus mejillas de golpe pero no tiene nada que ver con la vergüenza. Es rabia. Quiere decir algo hiriente, algo que lo haga sentir humillado y furioso como a ella, quiere que él también pague de alguna forma por lo que el Capitolio la ha obligado a hacer, pero el nudo en su garganta se lo impide.

_ ¿Has escuchado hablar sobre marcar a un Vencedor?

La sonrisa burlona desaparece del rostro de Haymitch lo que le hace suponer que sí ha escuchado de eso. Cuando alguien compra a un vencedor existe una única regla impuesta: no dejar marcas. Eso significa que no se le puede golpear o morder o dejar cualquier muestra de evidencia física; marcar a un vencedor implica una multa excesiva no porque se preocupen por la integridad de la persona, sino porque la mayoría de las veces es comprado un mismo día por dos personas diferentes lo que impedía esperar a la desaparición de los moretones. De cualquier forma sólo hay dos formas de marcarlo: o el comprador no es suficientemente sensato para controlarse y termina endeudado, o el comprador tiene suficiente dinero para hacer lo que le dé la gana. Éstos últimos son los peores porque se puede esperar cualquier cosa de ellos. No entendía cómo la gente del Capitolio podía desviar de esa forma algo que, en teoría, debía hacerse relacionándolo con los sentimientos. Ella aún no conocía la última clase de compradores y temía el día que se encontrara con uno. Sobre la primera clase, éste había sido el primero pero eso a Haymitch no se lo iba a decir.

Se levanta la playera con una mirada entre desafío y dolor dejándole ver la marca morada en su abdomen. La baja bruscamente sacando el brazo izquierdo de la cazadora dejando al descubierto otra mancha entre morada y negra en su hombro.

_ No me golpeó, si quieres saberlo _ dice intentando sonar dura pero su voz se quiebra al final _ ¿Te parece que puedo fingir?

Al imbécil seguramente le había costado el triple pero eso no le quitaba las marcas y por supuesto que podían desaparecerlas con métodos de la capital y por alguna razón –u orden- no se lo habían propuesto, sólo habían autorizado la pasta que Cinna le había aplicado. Era el ultimátum de Snow: la tregua se terminaría pronto, justo después del Vasallaje.

_ ¿Por eso quieres terminar como una adicta?

Aunque está borracho como siempre la voz de su mentor suena firme, quizá la vista de las lesiones en su cuerpo le ha bajado el alcohol de golpe. Sin embargo, la pregunta le recuerda a Cinna, que le había dicho exactamente lo mismo.

_ Tú terminaste como un alcohólico, ¿qué autoridad moral tienes? ¡Ah! ¡Lo había olvidado! _ sabe que tiene las palabras correctas para hacerlo retorcer de dolor por dentro y se siente una mierda por estar a punto de emplearlas _ Quieres evitar los recuerdos de cuando eras un chico de 16 y creíste que sería muy útil usar el campo de fuerza en tu beneficio hasta que…

Pero no continúa. La botella que Haymitch tenía en la mano se estrella con fuerza junto a ella, en la pared, salpicando su cabello de licor y trocitos de cristal. Ella no lo esperaba y repentinamente se siente asustada. Haymitch se acerca rápido sujetándola del brazo con fuerza.

_ Y no terminará, preciosa_ está muy cerca de ella y comienza a lastimarle el brazo con la fuerza de su agarre_, con palabras hirientes y arrebatos no disminuirá lo que sientes y NADA podrá borrarlo. Déjate de estupideces alucinógenas y mejor ven a ahogar tus penas en alcohol, si quieres estar aquí es lo único que puedo ofrecerte.

Quiere llorar porque sabe que es cierto, pero no hace nada más que soltarse de su agarre y salir corriendo de allí. ¡Maldición, sólo quería hablar con él! En las escaleras del pórtico choca con alguien perdiendo el equilibrio y cayendo al suelo con un golpe seco. Maldice en voz alta porque el dolor en el cuerpo arremete. Por un momento cree haberse estrellado con Prim, la única persona de la Aldea de los Vencedores además de ella que va a visitar a Haymitch muy de vez en cuando, sin embargo, el dolor en el lugar del impacto le dice que se trata de alguien fuerte. Después de ellas, Cray es el único que a veces se pasa por allí.

_¡Idiota! _ exclama con rabia frotando el hombro lastimado. Se pone de pie quitando con furia un pedazo de tela que había caído encima de ella, lo que provoca que algunos bollos salgan del trapo y rueden por la tierra _. ¡Eres un imbécil!

Los ojos que la miran, de un azul profundo, no son los de Cray.