El castillo lucía renovado, observaban todos los vampiros. Era como regresar a sus tiempos más glamorosos, pero con un toque moderno.

Sin embargo la concurrencia no veía con buenos ojos al esclavo humano que decía ser la mano derecha de Drácula.

-Él no es el mismo- le comentó un alto ser de cabellos blancos, a su esposa, que iba de su brazo, igualmente de cabellos blancos. Pero ambos de rostros muy jóvenes y hermosos.

Se hacían llamar Richard y Beatriz, pero Alexander desconocía por completo quiénes eran.

De hecho, Alexander no conocía a la mitad de aquellos invitados, pero el propósito del baile también era ése, el de conocer el nuevo mundo al que había llegado.

Por supuesto, su mundo, no la Londres humana que dejó atrás después de eventos tan catastróficos.

Sin embargo, era la mujer la que llamaba la atención de todos. La hermosa neófita de rojo.

Porque era una neófita, por sobre todas las cosas, y eso no era muy bien recibido por los vampiros más oscuros que habitaban el reino de Transilvania.

La joven, que en realidad no era joven, permanecía callada, siempre, ante todas las cortesías que le brindaban los invitados. Ella no terminaba de sentirse parte del mundo de Alexander, y las miradas que la rodeaban no le ayudaban en nada a cambiar eso.

Alexander sabía mejor que nadie, que jamás se podía ser confiado. Sin embargo él era un maestro a la hora de dominarlos a todos. Cuidaba de Ilona, y se daba cuenta de todo lo que ocurría a su alrededor, pero por el momento había que disimular y guardar las apariencias.

-Es igualita- habló en voz alta Von Trêviere, cuando ella pasó a su lado -¡Usted, es Ilona Tepes!-

La joven solo lo observa con su mirada gris, una reminiscencia de lo que fue el azul mortal de sus ojos humanos, y le hace un gesto.

-Parece un milagro, señora, porque muchos supimos que Ilona Tepes fue quemada en la hoguera-

Von Trêviere tenía el retrato allí justo a sus espaldas, el retrato de Ilona que tenía cuatro siglos de existencia.

-Usted es un milagro- le ratifica, y la saluda besando su mano.

-Gracias-Ilona, por un momento quebranta su frialdad para responder a la cortesía de Von Trêviere.

Estaba impresionada, por todo, su Alexander se había lucido creando una armoniosa celebración que difícilmente se podía comparar con las celebraciones de los altos reyes humanos.

Sin embargo, ella quería estar sola.

Se había quedado frente al retrato, Ilona Tepes... Era ella, siempre lo fue. Sin embargo ella ahora solo recordaba su vida como Mina Murray.

Y extrañaba a su padre, y también a...

-¡Lucy!- exclamó en voz alta sin darse cuenta.

Su amiga Lucy, era también una vampira ahora.

Sin embargo, mientras miraba a la mujer del retrato, ella no podía concentrarse en otra cosa, en su mente solo había fuego.

Fuego, llamas que la consumían. Y un montón de hombres rodeándola y celebrando su horrible muerte. Y le ardía, todo su cuerpo.

Ilona era presa del pánico que le causaba el fuego.

Se tapó el rostro con las manos y ya no soportaba más estar allí, le dolía. Y la mujer del retrato que la miraba tan implacablemente.

-Noo, no más- sollozó y dio la vuelta para marcharse. Y cruzó por en medio de todo el mundo, apurada, dejando a Alexander solo y desconcertado.

Los invitados voltearon para ver a la mujer escapar, como una estela de fuego con aquel vestido, y desaparece por las escaleras hasta perderse dentro del castillo.