Título: Bonne Foi
Categoría: Drama, Romance
Clasificación: M
Resumen: AU. Edward Masen fue convertido en 1918 y abandonado por su creador. Se alimenta de sangre humana, ignorando que hubiera otra forma... hasta que se tropieza con la estudiante de primer año Bella Swan, en una noche que lo cambiará todo.
Renuncia (autor): Una escritora es una diosa en su universo... pero sólo una escritora está haciendo dinero con Crepúsculo, y esa es Stephenie Meyer. Estos son sus personajes, yo solamente me divierto con ellos.
Renuncia (Traductor):Todo lo relacionado con Crepúsculo pertenece a Stephenie Meyer. Bonne Foi, pertenece a Amethyst Jackson. El enlace de su página es: http: // www .fanfiction .net / u / 252097/ (Quitar los espacios)
Aquí está el Tercer Capítulo de Bonne Foi como fue prometido!
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Capítulo Tres
No me había dado cuenta cuánto tiempo los humanos pasaban durmiendo, o más bien, nunca me había tocado experimentarlo de primera mano. Estaba atrapado ahí, bajo la figura durmiente de Bella, sin poder escabullirme porque había prometido quedarme.
Pero se estaba haciendo cada vez más claro para mí que si quería continuar estos intercambios sexuales con Bella, tendría que pretender forjar una relación con la chica. Ninguna mujer en su sano juicio continuaría durmiendo con un hombre indefinidamente si él no parecía querer nada más que sexo, a menos, desde luego, que la mujer no quisiera nada más que sexo, tampoco, pero esa, claramente, no era Bella. Yo ya podía notar eso.
Así que parecía que iba a tener que seguirle la corriente a la farsa humana. Querría saber más de mí y a mí me convendría saber más de ella. Tendría que dejarla verme viviendo una vida humana si deseaba evadir sospechas. Eso significaría ir a clases, tener citas, enseñarle mi casa... observar todos los ritos humanos de cortejo. Bueno, eso se podía hacer. Hasta podría ser un reto entretenido.
Eso es, si no me moría de aburrimiento mientras ella dormía. Tendría que encontrar una manera de hacer esto más soportable.
Después de unos quince minutos, empezó a temblar. La cubrí con la manta que estaba a los pies de la cama, por temor a que se despertara y comentara sobre por qué se estaba congelando. Debe haber notado mi frialdad, pero estaba aun por cuestionarlo, así que no iba yo a incitar el tema.
Ahora que lo pensaba, Bella no había mencionado muchas cosas que debería haber cuestionado. Como mis ojos negros. O que estábamos aun por usar un condón. ¿Tal vez usaba control natal? Pero aun así, debería preocuparse por las ETS. No podía ser tan ingenua, ¿o sí? Las escuelas tenían programas de educación sexual desde hacía años. Debería tener mejor criterio.
Treinta minutos. Estudié las grietas del cielo raso. Los dormitorios eran lugares tan mierdosos. Era un milagro que pudieran sostener vidas humanas del todo. ¿Vivirían aquí las cucarachas?
―Edward...
Bajé la mirada hacia la humana durmiente, con esperanza de encontrarla despertando, pero sus ojos permanecieron cerrados.
―Deja de correrte de mí ―dijo, claro como el agua. Me reí entre dientes. De manera que Bella hablaba dormida, entonces. Eso podía ser divertido. ¿Qué estaba soñando que me incluía a mí corriendo? Me pregunté. Más aún, qué demonios estaba mal con sus instintos que su subconsciente no le decía que ella debería ser la que corriera.
―Conseguiremos un gato...
Bufé. No estaba seguro de querer saber qué pasaba en su cabeza.
La habladera cesó, y pasó otra larga hora antes de que, finalmente, se despertara, parpadeando confundida. Sus ojos se volvieron hacia mi rostro y se ruborizó.
―Lamento haberme desmayado de esa manera ―dijo, jugueteando con el borde de la manta.
―Está bien ―mentí, viéndola inquietarse.
―Estaba más cansada de lo que pensé ―continuó―. Yo... yo no duermo suficiente durante la semana.
―Bien, entonces es bueno que sea fin de semana ―dije, preguntándome qué la tenía tan nerviosa.
―Correcto―. Hubo una larga pausa. ―¿Debería... debería ponerme ropa?
Me reí entre dientes de su inocencia. ―Sólo si tú quieres. A mí me gustas bastante sin ella.
Sus mejillas se enrojecieron, haciendo arder mi sedienta garganta, y sus ojos tentativamente encontraron los míos, mirándome a través de sus oscuras pestañas. ―Es que no sé realmente qué hacer conmigo misma ahora. Digo... ¿qué hace usualmente la gente, después...?
―No soy ningún experto ―dije, encogiéndome de hombros. Podía pensar en unas cuantas cosas que hacer, pero pedirle sexo de nuevo parecía de mal gusto, y morderla ahora sería definitivamente contraproducente. ―¿Fumarse un cigarro?, ¿acurrucarse?, ¿salir corriendo y gritando? Supongo que todo depende de la situación.
―Oh―. Apretó la manta a su pecho. ―Bien... ¿qué amerita nuestra situación?
―¿Por qué no sólo hablamos? ―sugerí, poniendo un brazo detrás de mi cabeza. El otro estaba atorado debajo de Bella.
―OK ―acordó, acomodándose de nuevo a mi lado. Disfrutaba tener el calor de su cuerpo ahí. ―¿Por qué no me dices más sobre ti?
―¿Qué te gustaría saber? ―pregunté, cauteloso de no dar más información de la que debía.
Se mordió el labio. ―Umm... bueno, dijiste que tus padres murieron cuando eras joven. ¿Qué pasó?
Qué debía decirle? No podría bien decirle que murieron de influenza española...
―Murieron de... una rara enfermedad. Mi padre se contagió primero, luego mi madre se contagió de él. Todo pasó muy rápido.
―Eso es horrible ―dijo, no tanto con lástima, sino más bien con sentimiento. ―¿Qué pasó contigo después?"
―Yo... viví con un tío y una tía ―inventé. Sería difícil para ella alguna vez refutar eso, si investigara a profundidad mi pasado. ―Me criaron esencialmente hasta que vine a la universidad.
―Pero, no eres cercano a ellos, ¿o sí? ―preguntó, pareciendo captar alguna nota de discordancia en mi historia. Chica perceptiva. ―Por eso viniste casi al otro extremo del país, ¿no es así?
―No, no soy cercano a ellos. Supongo que se podría decir que... crecí rápido. A veces se siente como si nunca fui un niño del todo ―dije, y eso era lo más cercano a la verdad que podía ofrecerle. Pareció satisfacerla.
―Me siento igual. Pero ya te conté sobre eso, ¿no?
―Un poco. Pero cuéntame más sobre tu infancia. Dijiste que tu madre era más bien como la hija. ¿A qué te refieres?
Bella se rió para sí misma. ―Bueno, tiene la capacidad de atención de un niño pequeño, por un lado. Siempre está tras el siguiente proyecto. Yoga, artesanía, tejido, nado sincronizado. Menciónalo y ella lo ha hecho. Pero no puede ceñirse a nada. Generalmente, yo también era arrastrada a la fase que fuera por la que estaba pasando. Cualquier cosa que hubiera elegido seguir haciendo salía por la ventana en una semana o dos.
―Podrías hacer esas cosas ahora ―sugerí, ante su descontento ceño fruncido.
Bella bufó. ―¡Como si tuviera tiempo! Además, hay cosas que no puedes reponer, ¿sabes?
―Bueno, ¿qué hubieras hecho, si hubieras tenido la opción?
Pensó en ello por un momento. ―Piano. Tome lecciones por casi un mes. En el momento quise dejarlo porque era pésima, pero ahora desearía haber aprendido bien. Amaría ser capaz hacer música por mí misma.
―Podría enseñarte un poco ―me encontré ofreciéndole sin pensar. Tal vez porque era algo fácil que podía hacer con ella. Tal vez porque sabía exactamente cómo se sentía.
―¿Tocas? ―preguntó, sorprendida.
―A mí no se me permitió dejarlo ―sonreí burlescamente. Tenía un vago, apenas presente recuerdo de rogarle a mi madre que me permitiera dejar de tocar, estaba más interesado en los deportes en ese tiempo, pero ella me decía que, cuando menos, tocar piano me ayudaría a impresionar chicas. Parecía que finalmente estaba siendo reafirmada.
―Eso sería maravilloso. Pero nunca seré muy buena, ¿verdad? Digo, eso es algo en lo que debes trabajar por años...
Me encogí de hombros. ―Eso depende de ti. Depende de cuánto tiempo estas dispuesta a invertir en eso, supongo.
―Hmm... ¿Puedo escucharte tocar alguna vez?
―Por supuesto.
Bella guardó silencio entonces, y la dejé con sus pensamientos al tiempo que yo me retraía en los míos. Era extraño cuánto encontraba en común con esta frágil y pequeña criatura. Quizá ese era el por qué era más fácil estar con ella que con otros humanos...
―¿Crees que esto es extraño? ―dijo, finalmente, apoyándose sobre uno de sus codos. Un destello de su seno se asomó por debajo de la manta.
―¿Creo que qué es extraño? ―pregunté, distraído por ese pedacito de piel.
―Esto. Nosotros. Digo, hemos estado juntos dos veces en una semana y apenas nos conocemos... pero no se siente mal, tampoco.
―Creo que si no se siente mal, probablemente esté bien ―respondí―. Tal vez no sea convencional, pero, ¿eso qué importa?
Bella se mordió el labio. Quería morderlo por ella. ―Yo sólo se que mi papá me mataría si supiera. Bueno, de hecho, probablemente te mataría a ti primero.
―No lo puede lastimar lo que no sabe. O a nosotros, en ese caso ―me reí burlescamente. La amenaza de un padre enojado no me enervaba particularmente. No había mucho que pudiera hacer respecto a mí.
Se rió. ―Sí. Y no es como si voy a salir embarazada o algo así, de manera que supongo que nunca se enterará.
Arqueé una ceja, preguntándome por qué se pensaba inmune al embarazo. Debería serlo conmigo, pero ella no tenía modo de saber eso. ―¿Tomas anticonceptivas, entonces?
Sus cejas se alzaron retándome. ―Un poco tarde para preguntar eso, ¿no crees? Pero no, no puedo nunca salir embarazada.
―Y eso, ¿por qué? ―pregunté. Bella presionó su rostro a mi pecho, como si pudiera esconderse ahí, y se acomodó en el doblez de mi brazo.
―Hubo un accidente, alrededor de una semana después de mudarme a Washington. Estaba gélido, la última gran helada del año, y estaba de pie junto a mi camioneta en el parqueo de la escuela cuando Tyler Crowly perdió el control de su van y se estrelló contra mi camioneta, conmigo en medio.
―Es un milagro que sobrevivieras ―dije, sorprendido. ¿Cómo se había sobrepuesto a semejante trauma?
―Así he escuchado ―dijo, secamente, sin emociones. ―En fin, la mayoría de los daños fueron en mi pelvis. Quedé atrapada contra el parachoques de mi camioneta. Mi útero estaba tan dañado por todos los huesos astillados que tuvieron que removerlo. Y eso es todo.
Admiré a esta chica en mis brazos, sabiendo ahora lo que había causado la cicatriz bajo su ombligo que antes había desestimado.
―Lo siento ―dije, suponiendo que eso era lo adecuado decir. ―Eso debe ser algo difícil de manejar.
Se encogió de hombros. ―Nunca he sido muy maternal; digo, nunca me vi con hijos ni nada de eso. Más que nada, estoy contenta de haber sobrevivido hasta la madura edad de 19 años. Casi se siente como que mi tiempo se acabó hace algún tiempo y que uno de estos días no me salvaré por un pelo.
No sabía que decir a eso, aparte de que probablemente estaba en lo cierto. Debo haber estado en silencio demasiado tiempo, por que volteó su cabeza, sonrojándose. ―Lo siento. Te espanté, ¿no es cierto? Debes pensar que estoy loca.
―No. No, no pienso que estés loca―. Pensaba que era la humana más inusual que hubiera conocido, con instintos que la llevaban a lugares que no debía y con una extraña conciencia de sí misma de la que la gente solía carecer... ¿pero loca? No, su mente era tan sólida y tan impenetrable como una roca. Y era lo suficientemente fuerte como para darme una pequeña lección de humildad.
―¿Todavía te duele? ―pregunté, curioso. Jamás había mostrado señales de dolor conmigo, pero parecía imposible que un cuerpo pudiera curarse de un daño tan grande.
―¿Me duele qué todavía?
―Tu... lesión.
―Oh. No, no realmente. Hay dolores a veces, pero nada realmente terrible.
De nuevo hubo silencio. No sabía cómo comportarme en un momento como ese.
―¿Me... ves diferente ahora? ―preguntó, insegura. Subí una ceja.
―¿Debería?
Se encogió de hombros incómodamente. ―A veces, cuando la gente se entera, es como si... fuera menos persona para ellos, o menos mujer. Me dan una mirada de lástima, como si tuviera una enfermedad mortal e incurable, como si mi vida ya hubiera terminado. Y odio eso, por que mi vida no se ha acabado. Tal vez no pueda tener cierto tipo de vida, pero yo he aceptado eso y no quiero la lástima de nadie.
La vehemencia de sus palabras me sorprendió. No sabía que era capaz de eso. ―¿Te di esa mirada de la que hablabas? ―especulé en voz alta.
―No ―dijo, viéndome por el rabillo del ojo― Pero pensé que mejor preguntaba en qué estabas pensando, por si acaso.
―Pienso ―dije, cuidadosamente―, que eres una bella mujer joven que podría tener todo lo que quisiera.
Y podría, con esa cantidad de espíritu en ella. ¿Qué había visto ella que la hacía quereme a mí? ¿Percibía, de alguna manera, que a mí se me había arrebatado una vida típica también? Porque eramos afines en ese sentido. Yo sabía lo que era despertarse y encontrar que el mundo cambió, igual que ella.
―Gracias, Edward ―dijo, suavemente, con un rubor en sus mejillas otra vez.
―¿Por qué?
―No lo sé. Por ser diferente, supongo―. Estiró su cuerpo hacia arriba y me dio un beso que hormigueó extrañamente en mis labios.
―Bueno... de nada―dije, sin saber qué más decir.
Su sonrisa en respuesta era brillante, al igual que sus ojos. ―Entonces... la noche es aun joven... más o menos. ¿De qué tienes ganas?
―¿Te gustaría que responda honestamente? ―pregunté, aunque ya trazaba mi dedo índice al rededor de un excitado pezón. Sus párpados bajaron y jadeó. Sabía cual sería su respuesta cuando frotó sus piernas, una a otra.
―Siempre prefiero la honestidad ―dijo, sin aliento.
―Es bueno saberlo ―dije, antes de darle vuelta sobre su espalda―. Entonces, ¿honestamente? De lo único que tengo ganas es de ti.
Se estremeció, y luego me conmocionó al enrollar su pequeña y caliente mano en mi pene. ―¿Qué te detiene?
Cubrí su impertinente boca con la mía. Me aseguraría de que quedara sin habla antes de que la noche terminara.
Bella se volvió a dormir, y esta vez no se despertó después de unas pocas horas. Cuando estuvo profundamente dormida, me desprendí de ella y apagué las luces. Parecía tener frío, así que la puse bajo las sábanas cuidadosamente, esperando que eso la mantuviera dormida. Y luego procedí a curiosear por su cuarto.
Su sección del ropero y vestidores ―los que olían a ella― estaba pelona. Había tal vez quince camisas en su ropero. Sus gavetas contenían tres pares de jeans y unos cuantos calcetines, calzones de algodón, camisetas y pantalones deportivos. Tres de las cinco gavetas estaban completamente vacías.
Todo indicaba que tenía más libros que ropa. Jane Austen y las Brönte eran los más desgastados, y deduje que esos eran sus favoritos. Habían unas cuantas antologías, para clases, supuse, y algunas colecciones de poesía. Cuatro títulos en español. Debía ser experta entonces. Y unas pocas series de libros de fantasía que dudaba que fueran parte de su curso académico.
Su tarea de álgebra descansaba incompleta sobre su escritorio, un desastre de marcas de borrador y garabatos. Su computadora, una máquina anciana y pesada, estaba apagada. Sus libros de texto estaban apilados nítidamente en una esquina del escritorio. No había fotos, ni chucherías por ningún lado. Sobre su mesa de noche había un reloj de alarma y un reproductor de CDs. Encontré su colección de CDs en la gaveta superior, había un revoltijo de estilos, desde Linkin Park hasta las Nocturnas de Chopin. Parecía una versión en miniatura de mi colección de CDs. Sonreí para mí mismo. Al menos me había encontrado una humana con buen gusto.
Más allá de eso, no parecía tener muchas posesiones. ¿La complacerían los regalos?, me pregunté. Si tenía tan poco, podría ayudarme a ganármela si le daba cosas... pero luego recordé su anterior insistencia de que no deseaba la lástima de nadie y pensé que quizá los regalos insultarían su sentido de independencia. Tendría que probarla con cosas pequeñas primero.
Bella comenzó a balbucear dormida, y regresé a la cama junto a ella, temeroso de que despertara y me encontrara registrando su habitación. Ella meramente se me acurrucó, envolviendo su brazo alrededor de mi torso mientras se acomodaba nuevamente en un sueño profundo. Cerré los ojos y despejé mi mente, buscando la cosa más cercana al sueño que pudiera lograr.
En la mañana, fingí estar dormido mientras Bella se movía por la habitación para luego escabullirse al baño, ubicado entre su cuarto y el siguiente, envuelta en la manta con que la cubriera la noche anterior. La escuché prender la ducha y decidí que era un momento tan bueno como cualquiera para ponerme mi ropa. Esperé impacientemente a que saliera, sabiendo que sería considerando descortés irme sin decirle nada.
La escuché mientras se lavaba en la ducha, visualizando el jabón resbalar por su cuerpo y preguntándome si le importaría que me le uniera. Eventualmente, sin embargo, el chorro se cerró y oí el susurro de la toalla mientras se secaba. Luego el restregar de un cepillo de dientes a la vez que se encendía una secadora de pelo. Por lo menos podía hacer varias cosas a la vez.
Bella finalmente salió del baño, recién vestida en jeans y una blusa liviana, con su cabello cayendo nítidamente por su espalda.
―Buenos días ―dijo, ruborizándose―. Yo... um... ¿querías ducharte o algo?
Me encogí de hombros. ―Puede esperar hasta que llegue a mi casa.
―Está bien―. Retorció sus manos. ―Um... ¿Tienes hambre? Usualmente tomo mi desayuno a esta hora...
―Yo no desayuno, pero iré contigo ―dije, levantándome de la cama. ―¿Usualmente comes en el comedor?
―Sí―. Se ruborizó de nuevo. ―O sea, no tienes que venir si no quieres. Sólo pensé...
―Quiero ir ―dije, más que nada para detener sus inquietos nervios―. Muéstrame el camino.
Esperé a que tomara su cartera y sus llaves y enllavara la puerta. Luego, emprendió el corto camino desde el dormitorio hasta la cafetería. Estaba callada, echándome ojeadas cuando pensaba que no podía ver.
―No debe ser muy divertido, levantarse temprano todos los sábados sólo para tomar el desayuno ―comenté.
Se encogió de hombros, con la mirada en la acera. ―Te acostumbras. Además, nunca he tenido el lujo de levantarme tarde.
―¿Por el trabajo? ―supuse. Sonrió tristemente.
―Trabajo, tareas, cualquier cosa. Hoy necesito ir a buscar empleo.
―No imagino que esa sea una tarea muy placentera.
―No, no lo es ―dijo cuando estábamos llegando al edificio de la cafetería. Abrí la puerta para ella, preparándome para la arremetida de los olores de la comida, realmente no había nada más nauseabundo.
Seguí a Bella por la fila, viéndola escoger una variedad de cosas y ponerlas en su bandeja: Frutas, cereal, yogur, un panquecito, jugo de naranja. Nada parecía muy apetitoso para mí.
El lugar estaba casi vacío, pero Bella se dirigió a una mesa en una esquina del fondo. Me senté enfrente de ella, observándola tomar su cuchara y empezar a aplastar su cereal en la leche. Los hábitos humanos eran tan raros.
―¿Adónde ibas a ir a buscar empleo? ―le pregunté.
―Aquí mismo, en la ciudad ―dijo―. Adonde pueda ir a pie, si puedo conseguirlo. Mi camioneta está en las últimas.
―¿Conduces una camioneta? ―Me reí entre dientes, tratando de imaginarla en un vehículo tan grande. La había estado visualizando en algo seguro, convencional. Un Volvo, tal vez. Pero, ella había mencionado una camioneta anoche, ¿no? ¿Sería la misma? ¿Sería posible que sobreviviera el accidente?
Me miró fieramente. ―¿Qué hay de malo en conducir una camioneta?
―Nada ―dije, levantando mis manos en gesto de rendición. Tema delicado, pues. ―Sólo fue inesperado. ¿Te gustaría que le echara un vistazo por ti? No soy experto, pero he hecho una buena cantidad de trabajos automotrices a través de los años.
―Oh, no hay problema ―dijo con un gesto desdeñoso de su mano. ―Sólo le diré a Jake que la revise la próxima vez que vaya a casa.
¿Jake? Fruncí el ceño, preguntándome quién era ese nunca antes mencionado hombre. Era hija única, y no creía que tuviera muchos primos por ahí. Ella dijo que nunca había tenido novios, pero, ¿estaría escondiendo algo? No tenía forma de saberlo, ¿o si?
―¿No me confías con tu camioneta? ―pregunté, súbitamente deseando mucho mantenerla lejos de ese Jake.
―¡No! Es sólo que tú ya te has ofrecido a hacer tantas cosas por mí. No parece justo―. Miró de nuevo hacia su cereal, evadiendo mis ojos. ―No es gran cosa, Jake es quien reconstruyó el motor originalmente; él puede encargarse de eso.
―¿Quién es ese Jake? ―finalmente pregunté, incapaz de contenerme por más tiempo. Nunca había considerado que tendría un rival por el afecto de Bella. La idea era inaceptable. Ella era mía.
―Es un amigo de la familia ―Bella dijo, mirándome con el ceño fruncido―. El hijo del mejor amigo de mi papá. Mi papá se la compró a ellos cuando me mudé a Forks. Edward, no estás... no estás celoso, ¿o si?
Me encogí de hombros. ¿Estaba celoso? Si, supongo que lo estaba. Pero la forma en que lo dijo lo hacía sonar tan... humano. No era como si necesitara que me amara, razoné. Sólo necesitaba saber que nadie más la tocaría.
―Es sólo un amigo. Casi como un hermano ―me dijo, viéndome especulativamente―. No estaba esperando que fueras del tipo celoso.
―Yo tampoco ―murmuré, desviando la mirada. Una de las trabajadoras de la cafetería nos veía fijamente, o a mí, más bien. Me volví hacia Bella, y encontré sus ojos firmemente sobre mí.
―Lo siento, Edward ―dijo gentilmente―. No fue mi intensión hacerte sentir mal por eso. Yo sólo... encuentro difícil de creer que alguien como tú pueda estar celoso por alguien como yo. Eso nunca me ocurrió. Pero te lo prometo, no tienes nada de qué estar celoso.
Forcé una sonrisa. ―Si, bueno, tendrás que perdonarme tú también. Nunca antes había estado en esta situación.
―¿Nunca? ―cuestionó, luchando por abrir su yogur―. Pero... has estado con otras mujeres antes.
―Sí ―confirmé―. Pero nunca antes me había encontrado en una... relación.
Bella se mordió el labio. ―¿Es eso lo que esto es?
―¿Objetas el término? ―pregunté, luchando por descifrarla.
―No, no. Sólo que no sé hacia dónde va esto. Siento como si siempre estás a un segundo de desaparecer para siempre...
Sacudí la cabeza. ―Estaré cerca, Bella.
―¿Qué somos entonces?
Contemplé la manzana que se estaba comiendo. La fruta se miraba mejor entre sus labios.
―Supongo que los términos 'novio' y 'novia' funcionan tan bien como cualquier otro, a menos que tengas algo en mente.
―No, eso funciona ―dijo, sonrojándose. ―Ya... um... ya terminé, si deseas irte.
―Muy bien ―dije, siguiéndola de nuevo mientras levantaba su bandeja y la llevaba a la cinta transportadora que lo enviaba a la lavadora.
―¿Te gustaría que te llevara a buscar empleo? ―pregunté, mientras nos marchábamos. Después de nuestra discusión sobre su amigo Jake, me sentía renuente a dejarla fuera de mi vista. ¿Cuántos hombres por ahí estarían más que dispuestos a robármela?
―Yo... um... ―Se mordió el labio, insegura―. Si no es un inconveniente para ti, sería grandioso.
―No es un inconveniente del todo ―dije, guiándola con una mano en su espalda en dirección a mi carro―. No tengo ningún plan por el día.
―OK ―acordó con una leve sonrisa―. Gracias.
Me encogí de hombros. ―Es un placer.
BF BF BF BF BF BF BF BF BF BF BF BF BF BF BF BF BF BF BF BF BF BF BF BF BF BF BF BF BF BF BF BF BF
N/T: Bueno, definitivamente, ¡querer es poder!
¡Arduo trabajo! *secándose la frente*
Valió la pena, totalmente.
Dense una vueltecita por mi Polyvore, ya está el de este capítulo ;) … el link está en mi profile.
¡Déjenme un Review!
;)
:)
