II
La heroína del traje de marinero

Saori tenía un problema.

No, no era un asunto de vida o muerte, sino el vehículo en el que trabajaba. Se suponía que el V8 con el que tenía que reemplazar el viejo V6 que agonizaba en el capó del automóvil iba a llegar a las diez, pero por alguna razón el camión que lo transportaba había quedado atascado en una congestión vehicular.

—Le dije a Johnson que condujera por la autopista, no por ese maldito atajo —rezongaba el jefe de Saori, quien se paseaba de un lado a otro, los dientes apretados y las venas de las sienes a punto de estallar.

—¿No se supone que es un atajo? —observó Saori, quien compartía la impaciencia de su jefe, pero por lo menos conseguía disimularlo mejor.

—Sí. Estaría bien si condujese por ahí, si no fuera por los otros miles de conductores que usan esa misma calle para llegar a su trabajo. Ni sé para qué mierda está esa autopista si nadie la usa.

Saori lucía pensativa. Johnson sabía que el atajo, en especial a esa hora de la mañana, le iba a causar dolores de cabeza y que su vía más rápida era la autopista, pero tomó el atajo de todas formas. Johnson no era estúpido, pues Saori lo conocía y sabía que él no conduciría por allí a menos que no tuviera una alternativa mejor.

—Will, ¿podrías encender la radio?

El aludido detestaba las veces en que Saori le pedía algo porque jamás decía "por favor". Sin embargo, siempre obedecía, pese a que ella era su subordinada. Quizás tuviera algo que ver con su carácter esencialmente dominante, pero no quiso darle más vueltas al asunto. Encendió la radio y la sintonizó en la emisora de noticias.

Resultó ser tal como Saori temía. Algo malo había pasado en la autopista.

—¡No puedo creerlo! —exclamó William al escuchar acerca del colapso de uno de los pilares de un paso sobre nivel—. ¡Esa autopista la inauguraron hace un mes!

—¿Te parece si vamos a ver? —sugirió Saori, a sabiendas de que William podía negarse.

—No contribuiremos en nada allá, Saori —dijo William y, pese a ello, sacó una cámara de un gabinete cercano—. Al menos en nada que pueda ser realmente de ayuda —añadió con un guiño.

Diez minutos tardaron Saori y William en llegar al paso sobre nivel. El lugar estaba lleno de gente, sacando fotografías o señalando con los dedos hacia el pilar colapsado. Saori notó que la superestructura se estaba arqueando por la falta de ese pilar y que en cualquier momento el paso sobre nivel iba a convertirse en un paso a nivel completamente inservible para el tránsito.

Dos equipos de bomberos habían llegado a la escena del incidente y trataban de evacuar a la gente atrapada en el paso sobre nivel. Sin embargo, Saori se dio cuenta que los demás pilares no iban a aguantar mucho más tiempo el peso extra que debían soportar, aparte que la superestructura no estaba diseñada para esa clase de comportamiento, lo cual añadía una carga sobre los pilares que no estaba contemplada. Saori no necesitaba ser una experta en ingeniería para saber que estaba a punto de ocurrir un desastre, pero también sabía que no podía hacer nada al respecto y que había cometido un error al acudir al lugar. No sabía qué la molestaba más, la idea de que gente iba a morir o que se sentía impotente ante la eventual tragedia. Saori odiaba sentirse inútil, aunque fuese por algo que sabía que no podía cambiar aunque así lo quisiese.

Saori, tratando de aceptar que los accidentes ocurrían, se fue alejando lentamente de la escena, contemplando detenidamente el pendiente que colgaba en su cuello.


Una mujer de rasgos orientales y su hija ya no podían estar más asustadas con los temblores y los crujidos de una estructura a punto de colapsar. Ellas y otras diez personas habían quedado atrapadas en el paso sobre nivel luego que las juntas en ambos extremos se hundieron unos cincuenta centímetros, demasiado para cualquier vehículo. Lo único que les quedaba a aquellos desdichados conductores era rezar por un milagro.

Y la estructura colapsó.

Todos se sintieron ingrávidos por unos breves instantes, pero luego notaron que la caída se había frenado. Por un momento, la gente creyó que no había mucha altura entre el paso sobre nivel y el suelo, pero cuando alguien se atrevió a mirar por la ventana, tragó saliva, incapaz de entender lo que estaba pasando.

La estructura todavía estaba a unos cuatro metros del suelo pero aun así, todavía estaba en el aire, sin ninguna forma plausible de que pudiera pasar algo como eso.

Uno de los conductores se atrevió a bajar de su vehículo, lo cual fue una mala idea, pues el pavimento parecía estar ondulando de algún modo, como si el paso sobre nivel estuviera en altamar. Sin embargo, aquello no era lo más extraño de todo lo extraño que estaba ocurriendo, pues el conductor pudo ver a una mujer de no más de dieciocho que tenía extendidos los brazos hacia arriba y que parecía estar vestida como una colegiala. Era como si esa joven hubiera detenido la caída, lo cual sonaba disparatado.

Mientras tanto, a nivel del suelo, los testigos miraban, estupefactos, a la colegiala que parecía estar conjurando unas corrientes de aire que sostenían la estructura. Sin embargo, era imposible que el aire pudiera contener varias toneladas de hormigón armado, lo cual explicaba el desconcierto de los espectadores. Esa chica, quienquiera que fuese, estaba desafiando las leyes de la física en público.

Volviendo a la escena del incidente, un trozo de hormigón se desprendió, haciendo que uno de los vehículos quedara con una rueda colgando. La sacudida hizo que la puerta del copiloto se abriera y una niña comenzara su descenso hacia una muerte segura. Se oyó el clamor desgarrador de una madre, todos contuvieron el aliento y algunas señoras se taparon la boca e incluso los ojos para no ver la desgracia.

No obstante, ese día era el día de las sorpresas, porque la niña fue disminuyendo la velocidad de su caída, hasta que una corriente de aire la depositó gentilmente sobre el suelo. Todos miraron a la colegiala, quien había sido responsable de salvar a la niña, pero la estructura volvió a caer y los gritos y sollozos volvieron a invadir la escena. La colegiala apenas pudo detener el impacto, pero afortunadamente, hubo un par de contusiones y un TEC cerrado, nada más. Ninguna muerte.

Los bomberos reanudaron sus trabajos de salvataje, aunque lo único que tuvieron que hacer era sacar a algunos conductores que habían quedado atrapados en sus vehículos. Las sirenas de las ambulancias no tardaron en escucharse y, en menos de media hora, todos los heridos estaban siendo atendidos en el hospital. Claro que hubo un desmayo aislado por allí y una crisis nerviosa por allá, pero la mayoría sólo tenía ojos para la colegiala que, aparentemente, había salvado a todas esas personas.

La prensa, con sus carroñeros hambrientos de exclusivas, llegó con cámaras y reporteros, enfocando a la mujer ataviada de colegiala, aunque parecía más como si alguien se hubiese emborrachado mientras confeccionaba un traje de Halloween y hubiera mezclado un uniforme de marinero con el de una estudiante bastante atrevida, a juzgar por la falda corta con pliegues y las botas largas. Desafortunadamente, ningún periodista obtuvo una entrevista con la heroína, pues ella se había esfumado mientras los camarógrafos hacían tomas de la estructura colapsada, aunque las imágenes circularon furiosamente por las primeras planas, mostrando a todo color a la mujer, con su extraño atuendo gris y blanco, cosa que le granjeó el nombre de "Seaman Grey". A partir de aquel accidente, todos hablaban de Seaman Grey y de la forma en que había salvado a decenas de personas de morir en un terrible desastre de ingeniería.

Sin embargo, todo el mundo ignoraba quién era la persona detrás del disfraz.


Saori apenas habló mientras instalaba el V8 en el vehículo que estaba reparando. Apenas podía sostener las llaves y las tuercas a causa de la conmoción. Se suponía que debía estar orgullosa de haber hecho lo que hizo, pero era imposible no sentirse de ese modo, no después de haber experimentado una inesperada transformación al querer invocar el poder del aire.

Recordó cómo se alejaba de la escena, luchando contra su impotencia, contemplando el pendiente que le había llegado recién ayer. Recordó cómo el deseo de ser útil venció a su sentido común e invocó el poder del aire para luego convertirse en esa heroína uniformada. Luego, todo fue un caleidoscopio de imágenes difusas; un paso sobre nivel que caía y que después flotaba en el aire, una niña de no más de tres años que habría muerto de no ser por ella y cómo todos se salvaron. De entre todo lo inesperado, lo que más vívidamente recordaba era el asedio de la prensa. Ver todas esas cámaras filmándola y todos esos reporteros desesperados por una declaración de su parte fue más de lo que pudo soportar. Y la razón se remontaba hacia sus días en el orfanato.

Saori había pasado la mayor parte del tiempo sola, haciendo muy pocos amigos, lo que no la había preparado para lidiar con un montón de gente al mismo tiempo. Y todos sabemos que el ser humano es un animal de costumbres, por lo que era entendible cómo se sintió Saori frente a los reporteros. No era pánico escénico, por supuesto, pero sí había desarrollado una inhabilidad para reaccionar frente a un público masivo. Aquello explicaba también por qué estaba tan nerviosa mientras trataba de salvar a todas esas personas.

¿Cómo había llegado a eso?

¿Cómo demonios un simple pendiente podía transformar de ese modo la vida de alguien?

No obstante, había un poco de indignación dentro de ella, y era por algo tan trivial como un nombre. Seaman Grey era un alias estúpido, aunque tenía algo de sentido (seaman es marinero en inglés) pues a la gente de mar se le llamaba de ese modo. Y, hasta donde Saori podía recordar, ella lucía como un marinero, pero de la marina.

Saori sólo pudo reírse. No había pensado en ello, pero ya estaba imaginando apodos, como esos nombres de superhéroes que aparecían en las historietas. Mientras fijaba las últimas tuercas del V8, se le cruzaron varios sobrenombres por su cabeza, tales como Windmaster, Hurricane, Hailstorm y otros que sonaban demasiado masculinos. Saori quería que su nombre clave fuese más femenino.

—Listo, Will. El V8 está instalado. El cableado está en su sitio. Puedes encenderlo.

Mientras su jefe acudía al vehículo para probar el nuevo motor, Saori volvió a evocar su traje: un cruce entre marinero y colegiala, aunque tenía la idea que había más de marinero que de colegiala. No le gustaba esa enorme corbata de moño gris tan cursi, aunque no tenía forma de saber que había otra atrás, justo donde comenzaba la falda. Tampoco le entusiasmaba mucho la idea de mostrar tanto las piernas. Creía que iba a convertirse en una fantasía sexual dentro de no mucho, y aquello a Saori le apestaba más que cualquier otra cosa. Sin embargo, alguien dijo que un general iba a la guerra con el ejército que tenía, y lo mismo se aplicaba a Saori, aunque no le gustase.

—¡Lo tengo! —exclamó Saori a viva voz. William, quien estaba cerca, arqueó una ceja.

—¿Qué tienes?

Saori tragó saliva, a sabiendas que William no entendería nada si le explicaba lo que estaba pensando. En lugar de eso, se le ocurrió una verdad a medias.

—Eh, nada —dijo ella, poniéndose un poco roja—. Lo que pasa es que alguien me pidió que le pusiera nombre un disfraz para una fiesta de cumpleaños y se me ocurrió una idea para ello.

William miraba a Saori con suspicacia.

—¿Estás segura que no se trata de algo que yo necesite saber?

—No, no es de tu incumbencia, Will —repuso Saori pero, aunque no había sonado cortante, aquella fue una pobre elección de palabras.

—Ah, ya veo, con que no quieres contarme —dijo William, simulando sentirse herido, aunque Saori ya supiera que estaba fingiendo—. Bueno, te dejaré sola con tus ideas. Sólo quiero que hayas terminado con la pintura para las seis, porque estarás en graves problemas si no es así.

Saori asintió con la cabeza a modo de respuesta y, después de ponerse una mascarilla y unas gafas de protección, tomó el spray, se aseguró que el color fuese el correcto y se puso a pintar el vehículo. Pero el nombre con el que pretendía ser conocida no se le esfumó de la cabeza. Y, aunque no estaba preparada para ser una heroína, no necesitaba estarlo. A ella le bastaba con querer ayudar a otras personas que la necesitaran.

Bueno, Seaman Grey ha muerto. Bienvenida, Sailor Grey.