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Era ya noche cerrada, y los cuatro miembros de la familia se encontraban en el salón de la casa. La mayor de ellas, una mujer ya entrada en años y ataviada de un vestido largo verde que lo hacía estrafalario con su conjunto que en ese momento descansaba en el rellano, centraba toda su atención en un niño de apenas dos años. Este, regordete y con una mata de pelo negro, sonreía ante todo lo que le decía su abuela.

—Qué listo es mi nieto —decía ella sincera —. Seguro que de mayor serás igual que tu padre, tan inteligente.

El hombre de la casa se acercó hasta su madre y el niño, que era su hijo —Mamá, que también ha salido a su madre —lo decía porque a su madre nunca le pareció que él se casase con una hija de muggles, aunque la respetaba.

—Por supuesto, por supuesto —decía ella, desdeñando los comentarios de su hijo mientras volvía a llamar la atención de su nieto a la vez que su nuera entraba por la puerta, haciendo como que no había oído la conversación.

Se acercó hasta su marido, posando una mano en su hombro y dijo —Ya es hora de acostarle.

La mujer cogió a su nieto para llevarlo ella misma hasta su habitación y de paso después despedirse de su hijo… y su nuera. Pero de repente los tres se detuvieron, pues habían oído un fuerte ruido que los paralizó, como de una explosión proveniente de la cocina. Inmediatamente el hombre sacó su varita de su bolsillo y la alzó en ristre mientras caminaba lentamente hasta la puerta de la cocina a la vez que indicaba a las dos mujeres que se quedasen quietas.

Salió al rellano y se aproximó a la puerta, la cual entreabrió, pero rápidamente se apartó al ver un destello de luz que impactaba contra la mesa, haciéndola estallar. Acto seguido se oyó la risa estridente de una mujer. Una risa que le resultaba terroríficamente familiar. Apuntó con su varita y pronunció —Fermaportus —sabía que no serviría de nada contra ellos, pero al menos le daría el tiempo suficiente para despedirse de su familia.

Corrió hasta el salón, cerrando la puerta corredera igual que hizo con la de la cocina.

—¿Qué pasa? —decía su mujer, claramente preocupada ante la cara de su marido, que había pasado de se cálida y acogedora a estar en constante alarma, como cuando estaban en las misiones.

Su marido se acercó a las dos mujeres, la mayor de las cuales aún sostenía al niño —Tenéis que iros ya, están aquí.

—¿Quiénes? —preguntaba su madre, también preocupada por la actitud de su hijo.

—Mortífagos —las dos mujeres alarmaron aún más el rostro mientras el hombre besaba a su hijo en la cabeza sin poder articular apenas palabras de despedida hacia él, pues sería tal vez la última vez que lo viese —Adiós hijo… siempre te querré —besó a su mujer y se despidió de su madre, instándolas a que se fueran ya, pues de repente hubo otra explosión. La puerta debía haber volado en pedazos, y los mortífagos estaban prácticamente al otro lado.

La madre se negaba a irse con su nieto —Hijo… no…

—¡Madre, por favor! —jamás, jamás en la vida había gritado de tal manera a su madre, pero las circunstancias lo querían así, y no permitiría jamás, bajo ningún concepto que a su hijo le pusiesen las manos encima aquellos bastardos. Le volvió a pasar una mano por la cabeza, mientras el niño le miraba sin parecer comprender —. Cuidad de él —apartó la mirada y se dirigió a la puerta, tan sólo a unos pasos de ella, mientras enarbolaba su varita dispuesto a combatir hasta morir.

Mientras tanto su mujer se quedó mirándolo, mientras su suegra invocaba las llamas de la red Flu para irse cuanto antes, pero ella no estaba dispuesta a hacerlo. Su suegra la miró, instándola a que entrase en la chimenea, pero ella, sin decir nada, la aseguró que se quedaba. La abrazó en silencio, besó a su hijo en la frente, con toda seguridad la última vez que lo haría. La anciana lo comprendió y la prometió que lo cuidaría como hizo con su padre. Y acto seguido los dos fueron envueltos por las verdes llamas.

Mientras tanto la mujer, con su varita dispuesta, se acercó a su marido, quien se volvió hacia ella —¿Qué haces aquí? ¡Tienes que irte ya!

—Me quedo aquí contigo. Yo también soy auror y puedo luchar. No dejaré que caigas solo —asumía ya que se enfrentaban a la muerte.

Y él sólo podía pronunciar las últimas y adecuadas palabras que le podía decir a su esposa —Te quiero, Alice.

Ella lo besó por última vez y lo abrazó mientras él lloraba —Yo también te quiero, Frank —por un momento los dos sintieron que estaban en paz, que ya no había mal en el mundo, aunque este estuviese intentando entrar como fuese por la puerta, y que aún albergaban una pequeña esperanza de volver a ver a su hijo —. Tenemos… tenemos que ser fuertes. Fuerte por nuestro hijo, por Neville

Los dos se separaron y alzaron sus varitas apuntando hacia la puerta, la cual se abrió finalmente de forma estrepitosa, dejando ver entre sombras a cuatro enmascarados que portaban sus varitas y entraron en la estancia. Y acto seguido comenzaron los destellos, las explosiones y los gritos, gritos que se alargaron durante horas aquella noche.


Ya sé que alguno le resultará extraño que haya elegido esta escena para decir un Te Quiero, pero como comprenderéis, no todas las escenas de amor tienen por qué ser románticas, también tiene que haber algunas de angustia y dolor.

Para la pareja de Frank y Alice quería escoger esta escena para mostrar como sería decirse que se quieren cuando saben que pueden llegar a morir, o como sería el dolor y la pena de tener que despedirse de su hijo. Espero que a alguno/a le guste :)