Nada me pertenece, ni me lucro con ello.
—Puede pasar—le indicó la enfermera y rápidamente entró tras ella a la consulta.
Su mirada buscó ansiosa la de Charles, quien trató en vano de tranquilizarle, pero enseguida se desplazó centímetros abajo. La venda envolvía desde los dedos hasta la mitad del fémur. El pantalón vaquero había sido cortado por un lateral para atenderle y en el suelo descansaba su zapato junto al calcetín.
No tenía que ser un genio para adivinar la mueca de disgusto y preocupación en su cara, aunque tratase de mantener la neutralidad, era imposible.
—Charles, no es algo serio pero sabes que implica una buena curación—avisó la doctora de pelo blanquecino—Tú ya estás advertido, así que se lo diré a tu novio para que vigile que lo cumplas—le señaló con el dedo con gesto serio—Nada de tocarse el vendaje ¡y mucho menos quitárselo! Le he recetado unas pastillas para prevenir el dolor y bajar la inflamación por si aparece, tres cada día antes de las comidas. Si tiene dolores que acuda de inmediato aquí. Que evite apoyar el pie, tendrá que usar las muletas. En una semana debería estar mejor y en unos quince días ya podría empezar a apoyar el pie. Pero antes, tendrá que pasar a verme. ¿Entendido?
El alemán asintió nervioso mientras cogía la receta que le extendía la doctora y la guardaba en su abrigo. Se acercó hasta la camilla, casi temeroso.
—Erik, es sólo un esguince, no pasa nada—no contestó, la culpabilidad le carcomía por dentro.
La médica le entregó a Charles unas muletas y este las miró con disgusto resignándose a lo que tendría que acostumbrarse por una buena temporada.
—Te las presto, pero las quiero de vuelta o me meterás en un lío.
—Muchas gracias Ororo, por todo—dijo Charles mientras se colocaba una bajo cada brazo y empezaba a erguirse para salir—Y a ti también, Marie.
Ambas mujeres sonrieron, aceptando el agradecimiento y abrieron la puerta de la consulta. El castaño no pudo disimular la mueca de dolor que atravesó su rostro cuando apoyó unos instantes el pie en el suelo.
—¡Te lo he advertido! —volvió a protestar la doctora—No seas cabezón, Charles, o te dejaré esa venda hasta que peines canas o te quedes calvo. Tú decides.
El menor la miró en respuesta, meneando la cabeza. Dio los primeros pasos con ellas hasta llegar a la puerta.
—Te debo un café, aunque eres una gruñona—ella sonrió divertida y él salió al pasillo.
Erik se afanó en recoger las pertenencias de su novio y antes de salir agradeció a la doctora la atención.
Una vez en casa, y asegurándose de que Charles estaba tumbado cómodamente en la cama, se aisló en la cocina. Refugiándose en ella para evitar mirarle, se sentía intranquilo y disgustado consigo mismo. Ante él una taza de café olvidada y ya fría, las preocupaciones en su cabeza eran más importantes. Lo que debía haber sido un día inolvidable se convirtió en una visita a urgencias. A estas alturas, Erik empezaba a pensar que quizás era cosa del destino, enviándole una señal o un mensaje del futuro. No era posible que todas las ocasiones salieran mal.
Tras el fiasco en el restaurante no perdió ni un segundo en buscar algo más original y que pudiera gustarle a su pareja. Por su cabeza rondaron todo tipo de ideas, descartó las más descabelladas y se quedó con un puñado de ellas. Teniendo en cuenta que las ansias del mayor por declararse crecían con el paso de los días, analizó cada una de las propuestas para ver cual se ajustaba más a lo que quería e intentó evitar aquellas que tuvieran que hacerle esperar. Ya había esperado demasiado y no fue una buena experiencia. Así fue como se le ocurrió.
Aprovechó el día libre de Charles para hacerlo, tan sólo le pidió que no hiciera planes ese día. Le despertó con un desayuno en la cama, ambos compartieron la ducha y cuando se vistieron, el mayor se lo llevó de paseo. O al menos eso era lo que él había contestado ante la pregunta del castaño. Recorrieron las calles atestadas de gente por las fechas navideñas, se pararon en alguna librería por petición del menor. Incluso pasearon un rato por Central Park con total normalidad. Nada sospechoso, ninguna aparición sorpresa que los interrumpiera. Erik sonreía plácidamente por el buen curso de los planes. Fueron a comer a un tailandés y tras terminar, el alemán empezó a dirigir el paseo hacia su objetivo.
—¿Patinar? —preguntó sorprendido ante la petición de su novio—¿Qué bicho raro te ha picado, Erik? Hemos pasado por aquí cientos de veces y jamás has querido.
—Venga Charles, hazlo por mi. Nos lo estamos pasando muy bien.
Tan solo unos instantes después estaban poniéndose los patines y esperando su turno para acceder a la pista del Rockefeller. En su mayoría llena por jóvenes y algún que otro adulto. El frío le despejaba la mente y ayudaba a controlar sus nervios. Revisó de nuevo los cordones y metió la mano una última vez en su abrigo, asegurándose de tener la caja. Exhaló profundamente y observó a Charles.
En cuanto el chico les indicó entraron, perdiéndose entre la gente con los primeros impulsos sobre el hielo. No hizo falta mucho hasta que la risa contagiosa del moreno apareció. Sí, había sido una buena idea. Extendió la mano para tomar la suya y dieron un par de vueltas esquivando a niños y jóvenes parados para hacerse fotos.
—Te ves hermoso—le dijo al menor, este se sonrojó y se acercó para besar su mejilla.
—Gracias, tú tampoco estás nada mal.
Erik frenó en seco fingiendo sorpresa entre que Charles se alejaba mirándole y soltando una preciosa carcajada. Fue entonces cuando empezó a perseguirle, sorteando a la gente. No le perdía de vista, a pesar de el ruido general su risa era para él casi como un canto de sirena. Estuvo a punto de atraparle un par de veces pero siempre se alejaba con gracilidad. Hasta que en uno de los tramos Charles se volvió a guiñarle y el alemán que le estaba sonriendo se dió cuenta y quiso avisarle.
—¡Charles! —gritó apresurándose, pero ya era inevitable.
Este se volvió en el último momento, encontrándose con una niña y para no impactar contra ella se deslizó a toda prisa hacia la izquierda pero sus cuchillas no respondieron como debían y acabó contra el suelo.
En unos segundos Erik estaba a sus pies, preocupado, miró su cabeza por si tenía algún golpe pero no veía nada extraño. Fue al tratar de levantarse cuando lo supo.
De ahí se fueron al hospital urgentemente, a pesar de que Charles insistió en que no era nada, si lo era. Había sido una suerte que una amiga y colega de él trabajara en urgencias porque los habían atendido sin demora.
Salió de su ensimismamiento al escuchar las pisadas de las muletas acercándose. Tomó el café entre sus manos, fingiendo estar entretenido.
—Cariño, no pasa nada—dijo Charles—Te conozco y sé que estás dándole vueltas y culpándote. Cuando el torpe fui yo, no debería haberme dado la vuelta. Había más gente y fui un estúpido.
Levantó la mirada y trató de detener su discurso sin éxito.
—Es verdad, además no es tan grave como te crees. Como mucho estaré una semana de baja, no te creas a Ororo, ella es una exagerada—siguió tratando de restarle importancia mientras tomaba asiento en uno de los taburetes de la cocina, justo frente a él.
—¿Te duele? —preguntó Erik.
—No, solo me aprieta la venda.
Se produjo un incómodo silencio que ninguno sabía resolver. Sus miradas lo expresaban todo, los verdes irises estaban embargados por la culpa y la decepción. Ya no únicamente porque no había salido según lo previsto, sino porque no había podido protegerle. La mirada azul emanaba tristeza al no ser capaz de convencerle de lo contrario.
Charles le quitó la taza de las manos y las tomó entre las suyas.
—Erik, por favor. No te sientas culpable, nos lo estábamos pasando genial y no quiero que el día termine de esta manera. Ha sido un accidente, y no eres responsable de ello. Además, si hay algo que te tengo que dar es las gracias—la incredulidad surcó el rostro del alemán, soltando un bufido irónico.
—Charles... —empezó.
—Es verdad, últimamente con tanto trabajo de ambos no teníamos tiempo para pasarlo juntos, y sin embargo tú me has dado este día extraordinario.
El apretón en sus manos se hizo más intenso y las barreras de Erik cedieron lentamente creyendo el brillo en su mirada.
—¿De verdad?
El castaño sonrió y se inclinó hacia él, soltando sus manos para tomar su barbilla atrayéndole en un beso.
—De verdad bobo—murmuró contra sus labios.
Al menos parte de la angustia de su estómago se había esfumado y en estos 15 días que tuviera a Charles en casa se esforzaría por tratarle como un rey.
